
Fic TOLL de WifesKaulitz
Capítulo 5

Tom a la fuerza me había llevado a su celda para tenerme bajo vigilancia, iba a dormir donde el pudiera verme e hizo informar a los guardias que mi cambio de celda era porque quería darme protección.
Me quedé despierto toda la noche, consciente de su mirada y de los guardias que no apartaban los ojos de mí. El plan de Georg de fingir un colapso se estaba desmoronando sin ni siquiera haberlo iniciado.
Estaba atrapado en el corazón del reino de Kaulitz, y mi única moneda de cambio era lo único que me quedaba: mi cordura.
La mañana siguiente fui parte de su mesa con tan solo mi ¿segundo? ¿tercer… día?
El comedor de Stammheim se había sentido tan asfixiante. El estrépito de las bandejas de metal contra las mesas de madera solía ser un ruido blanco, pero hoy cada golpe resonaba en mi cabeza como una sentencia.
Caminé junto a Tom, con su mano pesada descansando sobre mi cintura, guiándome no como a un compañero, sino como a una posesión preciada. Si trofeo. No me llevaron a la fila del rancho común; uno de sus hombres ya tenía una bandeja preparada en la mesa central, la zona prohibida para cualquiera que no llevara el apellido Kaulitz, su bendición de sangre o su guardia.
Me obligó a sentarme a su derecha.
Georg estaba sentado en la mesa de enfrente, con la mirada fija en su avena, evitando mis ojos por puro miedo o vergüenza. A mi izquierda, Gustav masticaba con una sonrisa ladeada, disfrutando del espectáculo.
— Come, Bill. — dijo Tom, con una calma que me ponía los pelos de punta. Empujó un trozo de pan blanco hacia mí. Ese pan se veía mucho mejor que el de ayer. — Te ves pálido. Y no queremos que te desmayes antes de que termine el día, ¿verdad? tenemos mucho que hacer.
Levanté la vista y recorrí el comedor. Cientos de ojos estaban clavados en nosotros. Los neonazis susurraban entre dientes, las bandas turcas observaban con una mezcla de respeto y asco, y allá a lo lejos, en la mesa de los solos, vi a Abby.
Estaba hecha un desastre. Tenía el cabello revuelto, la piel grisácea y me miraba con una intensidad aterradora. No se veía bien, quedaba una adicta viendo cómo su fuente de apoyo—yo—estaba sentada en el trono del hombre que tenía la llave de su paraíso químico.
— No tengo hambre. — susurré, dejando la cuchara sobre la bandeja.
Tom dejó de comer. El silencio en nuestra mesa se expandió por el resto del comedor como una mancha de aceite. Dejó el pan con lentitud y se giró hacia mí, invadiendo mi espacio personal hasta que nuestras rodillas se rozaron bajo la mesa.
— Fue una orden. — su voz bajó a un murmullo peligroso solo para mis oídos.
— ¿O qué? — lo reté observando sus ojos fijamente, sosteniendo su mirada y casi desafiando su orden.
El aire en la mesa se congeló. Pude escuchar cómo Gustav dejaba de masticar y cómo Georg, a unos metros, contenía el aliento. Nadie retaba a Tom Kaulitz, y mucho menos un «pájaro caído del nido» que apenas llevaba unas horas bajo su bota.
Tom no se apartó. Al contrario, se inclinó más, reduciendo la distancia hasta que la punta de su nariz casi rozó la mía. Sus ojos, antes depredadores, se volvieron dos pozos de obsidiana fría, desprovistos de cualquier rastro de la fascinación que mostró anoche.
— ¿O qué?
Su mano, que hasta hace un momento descansaba perezosamente en mi cintura, subió con una rapidez eléctrica hasta mi garganta. No me asfixió, pero cerró sus dedos lo suficiente para que sintiera el pulso de mi propio miedo golpeando contra su palma.
— ¿Crees que porque estás conmigo tienes voz, Bill? — su voz se había convertido en un tono que me produjo escalofríos. — Si no comes por las buenas, haré que Gus te sostenga mientras yo mismo te obligo a tragar hasta que vomites.
Sentí la punta de sus dedos clavarse en mi piel, justo encima de las marcas que me había dejado horas antes.
— No…
— Me estás retando delante de mi gente, perrita. — continuó, y esta vez noté un rastro de furia genuina vibrando en su mandíbula tensa. — Eso es un error que la mayoría no vive para contar. ¿Quieres saber qué pasa con los que me dicen que no? Puedo enviarte de vuelta al patio ahora mismo, pero sin mi protección. ¿Cuánto crees que tardará Müller en decidir qué parte de ti quiere cortar primero? ¿O prefieres que use a tu amiga como saco de boxeo para que aprendas a obedecer?
— Imbécil. — murmuré.
Me sostuvo la mirada un segundo más, esperando una señal de sumisión. Yo sentía que el corazón me iba a estallar, pero mis ojos no se desviaron. Sin embargo, el dolor en mi garganta y la imagen de Abby temblando al fondo del comedor me obligaron a tragarme el orgullo.
Tom soltó mi cuello de golpe, dándome un empujón que me hizo tambalear en el asiento.
— Come. Ahora. — ordenó, golpeando la mesa con el puño, un sonido que hizo que varios presos en las mesas cercanas saltaran de sus sitios. — Y si vuelves a mirarme así, te juro por Dios que te arrancaré esa cara hermosa a golpes antes de que termine el almuerzo, perrita.
Tomó su cigarrillo, lo encendió con manos firmes y me observó fijamente, esperando mi primer bocado como quien observa a un animal siendo domado. Cada bocado de ese pan, que sabía a ceniza en mi boca, lo pasé bajo la mirada implacable de Tom. Él no dejó de observarme, soltando el humo del tabaco con una suficiencia que me revolvía las tripas. Cuando terminamos, no me permitió volver a la celda; me llevó a los talleres de carpintería, donde él supervisaba a los presos que realmente trabajaban.
— Muévete, muñequita. Camina como si no tuvieras un palo metido en el culo, aunque si sigues así de respondón, pronto lo tendrás. — soltó Tom con una carcajada ronca, dándome un palmetazo en la parte baja de la espalda que me hizo saltar.
Gustav, que caminaba detrás, se desternilló de risa.
— Jefe, el pajarito tiene los cables cruzados. Cree que esto es un internado de monjas.
— Ya se le quitará lo santurrón. —añadió Tom, escupiendo al suelo. — Aquí hasta el más rezador termina de rodillas, y no precisamente para hablar con Dios.
De pronto, un guardia de aspecto debilucho se acercó con una tablilla.
— Trümper, tienes visita. Locutorio 4.
Mi corazón dio un vuelco. ¿Será mi familia? ¿Mi madre había logrado venir? Miré a Tom, esperando que el permiso de la autoridad fuera suficiente, pero él me agarró del brazo antes de que pudiera dar un paso.
— ¿Visita? Qué tierno. — dijo Tom, con una sonrisa maliciosa. — Y no pongas esa cara, perrita. Ve rápido.
Asentí siguiendo al guardia, al pasar delante de Tom me soltó una nalgada de las fuertes que casi caigo.
— Culote rico, ¡miau!
Y sus cómplices se reían.
Allá llegar el cristal era grueso y estaba lleno de huellas dactilares. Al otro lado, vi a mi tía, la única que siempre tenía un poco de dinero y que, extrañamente, no me había dado la espalda.
La amaba mucho.
— ¡Bill! Dios mío, mira cómo estás… —sollozó ella a través del auricular.
— Tía, estoy bien
— Oh, me alegro mucho, cariño. — decía con desconfianza. — ¿Necesitas algo? supe que tú madre no quiere verte.
— Creo que sí. — susurré desesperado. — Necesito dinero, ropa, cosas de aseo, tía. Te prometo que te lo voy a devolver… — ella asintió frenéticamente, sacando un fajo de billetes pequeños que había logrado pasar por el control de alguna manera gris, mostrándolos contra el cristal.
— Es todo lo que tengo, Bill. Son casi tres mil euros. Te los pondré en la cuenta de la cantina. ¿Con eso estarás a salvo?
Sentí un rayo de esperanza. Si le daba ese dinero a Tom, quizá me dejaría volver a mi celda y quizá compraría mi libertad física.
Colgué el teléfono cuando el guardia nos dio la señal. Salimos al pasillo y, en cuanto estuvimos lejos de la vista de mi tía y corrí rápido a dónde el dueño del aire que respiraba. Acorralé a Tom contra una esquina, aunque la diferencia de fuerza era ridícula.
El miraba mis ojos con una ceja arqueada y me atrevería a decir que hasta con coquetería.
— ¿Qué sucede, culo rico? ¿vienes a que te lo abra? no sabes cómo me encantó ser el primero.
— Mi tía va a poner tres mil euros en la cuenta. — dije, tratando de sonar firme. — Es tuyo. Todo. Solo… déjame volver con Abby y Georg. Déjame en paz. Consigue tu maldita mercancía con eso y olvídate de mí.
Tom se quedó callado un segundo. Luego, empezó a reírse. Fue una risa profunda, que venía desde el estómago, cargada de un humor negro que me heló la sangre.
— ¿Tres mil euros? — repitió, limpiándose una lágrima imaginaria. — Bill, perrita, ¿tú crees que yo soy un muerto de hambre como la basura que duerme en la Galería A? Esos tres mil euros no pagan ni el tabaco que me fumo en una semana.
— Es mucho dinero… — insistí, con la voz quebrada.
Tom se acercó, atrapándome entre la pared y su cuerpo. Su rostro estaba a milímetros del mío, y su expresión se volvió puramente carnal y obscena.
— Escúchame bien, porque parece que ese cerebro de pajarito no procesa. — siseó. — Yo no quiero tus asquerosas miserias. El dinero me sale por las orejas en este agujero. Lo que yo quiero es ver cuánto tardas en quebrarte. Quiero el sudor de tu espalda cuando te use de almohada y quiero que cada vez que cierres los ojos, veas mi cara. En pocas palabras, gatita, te quiero a ti.
Me pasó la lengua por la oreja, un gesto que me hizo temblar de asco y miedo.
— Quédate con el dinero de tu tía. Úsalo para comprarte vaselina en la cantina, la vas a necesitar. — se separó, dándole un golpecito juguetón en la mejilla que tenía el hematoma.
— Joder, al menos déjame estar en mi celda y… te prometo que yo v-voy a obedecer.
— Que no, Bill. Tu cuerpo es lo único que tiene valor de cambio conmigo y todavía no has terminado de pagar ni los intereses.
Se dio la vuelta, haciéndole una seña a los guardias.
— ¡Llévenlo de vuelta a mi celda! Y asegúrense de que no coma nada fuerte, no quiero que cuando se la ponga me la embarre de mierda.
Mientras me arrastraban de vuelta, solo podía pensar en el fajo de billetes de mi tía. No servía de nada. En el reino de Tom Kaulitz, la única moneda era la piel.
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La noche llegó más rápido de lo que esperaba y junto con ella Tom, trayendo consigo un aire de fatalidad que hacía que el oxígeno en la celda se sintiera como plomo. No venía solo. La puerta metálica se abrió con un estruendo y Tom entró con esa sonrisa de lado que prometía de todo menos piedad, escoltado por Gustav y otros dos gorilas que apestaban a tabaco barato y a malas intenciones.
— ¡Abran paso, cabrones! — exclamó Tom, arrojando su franelilla sobre el catre. — Traigo el entretenimiento de la noche. Miren nada más qué joyita tenemos aquí, todavía temblando como si fuera a poner un huevo.
Se sentó en su trono de colchón mugriento, abriendo las piernas con una confianza asquerosa, mientras sus hombres se apoyaban contra los barrotes, observándome como si fuera un trozo de carne en oferta.
— ¿Qué pasa, perrita? — soltó Tom, soltando una carcajada seca mientras encendía un cigarrillo y se desnudaba con total descaro. — ¿Te comieron la lengua los ratones?
— No, solo diles que se vayan… — logré articular, mi voz sonando pequeña y quebrada.
— ¡Uy, pero qué delicado nos salió el nene! — se burló Gustav, soltando una risotada. — ¿A poco crees que esto es tu fiesta de quince años, princesa?
Tom soltó una bocanada de humo directamente hacia mi cara, haciéndome toser.
— Escucha, Bill, te lo voy a explicar con manzanitas para que ese cerebro de pajarito lo entienda —dijo Tom, con un sarcasmo que goteaba veneno. — Estos muchachos de aquí son mis fieles perros de caza, y les prometí que hoy verían cómo se doma a un semental de exhibición. Así que, o te pones de rodillas por las buenas, o dejo que ellos te enseñen geografía humana a base de golpes. Y créeme, Gus no es muy bueno usando lubricante cuando se emociona.
Continúa…
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o sea, empezamos desde lo malo y ahora vamos hacia lo más culero 😭