Fic TOLL de WifesKaulitz

Capítulo 4

La traición de Abby pesaba más en mi pecho más que el agarre de los hombres de Tom. Mientras me arrastraban por los pasillos frívolos, el eco de sus sollozos mezclados con el sonido de su inhalación desesperada se repetía en mi cabeza.

Mi mejor amiga me había vendido.
Mi única ancla en ese infierno me había canjeado por un gramo de paz química y eso no lo iba a perdonar.

Llegamos a la Galería C con dificultad por la resistencia que ponía, fui golpeado la mejilla en dos ocasiones y pronto se vería el hematoma.
El ambiente aquí era distinto; el aire era más frío, cargado de un olor a encierro, sudor y cuerpos sin bañar. Se detuvieron frente a una celda que, a diferencia de las demás, tenía la reja entreabierta, como si las reglas de la prisión no se aplicaran allí.

— Traemos el paquete, jefe. — anunció Gus con una reverencia burlona.

Tom Kaulitz estaba sentado en el borde de su catre, terminando de vendarse los nudillos. Al vernos, una chispa de sorpresa, seguida de un brillo depredador, encendió sus ojos oscuros.

— Vaya, Gustav… — Tom se puso de pie con una lentitud tortuosa, caminando hacia nosotros. — No esperaba que fueras tan eficiente. Pensé que el pajarito necesitaría más tiempo para caer del nido.

— Fue más fácil de lo que parece. — rió Gustav, empujándome hacia el centro de la celda. Yo tropecé, cayendo de rodillas frente a las botas de Tom. — El travesti se desmoronó por una dosis. Fue un intercambio justo.

Tom soltó una carcajada ronca y sacó un envoltorio sellado de su bolsillo, lanzándoselo a Gustav como quien le tira un hueso a un perro.

— Buen trabajo. Dile a los de la lavandería que se busquen a otro; este es mío. Largo.

Gustav atrapó la mercancía en el aire, me guiñó un ojo con malicia y cerró la pesada puerta tras de sí, dejándome a solas con el hombre que juró tomarme.
Estaba al borde del llanto y hasta del colapso.
El silencio en la celda era absoluto, roto solo por mi respiración entrecortada.

Tom se acercó a mi a pasos lentos.

— Así que… — su mano se enredó en mi cabello, obligándome a levantar la vista. —Tu amiga te vendió. ¿Ves cómo es la lealtad aquí dentro, Bill? No vale nada. Hace un momento te defendió y luego te dejó.

— Ella está enferma… — logré articular, aunque las lágrimas ya nublaban mi vista.

— Él. — corrigió. — Ese gay es débil y tú eres el premio. — su otra mano bajó a mi cuello, apretando lo justo para recordarme quién tenía el control. Me empujó contra el colchón mugriento de su celda, su peso cayendo sobre mí a plomo y jadeé, del mero susto. — Te dije que te iba a tomar, Trümper. Y soy un hombre de palabra.

Empecé a forcejear, golpeando su pecho con desesperación, pero él ni siquiera se inmutó. Sus manos eran expertas, crueles, desgarrando la tela de mi uniforme con una violencia que me dejó el alma desnuda. Justo cuando sus labios se estrellaron contra mi cuello con una posesividad brutal, la puerta de la celda se abrió de golpe.

— ¡Paren! ¡Esperen! — era la voz de Abby.

Entró tropezando, con las pupilas dilatadas pero el rostro desencajado por el horror. El efecto de la droga le había dado el valor suicida de regresar, pero llegó demasiado tarde.

— ¡No empiecen sin mi! — dos de los guardias de Tom, que vigilaban el pasillo, la atraparon de inmediato por los brazos, inmovilizándola contra los barrotes. — ¡Suéltenme! — gritaba ella, pataleando.

Tom no se detuvo. Ni siquiera se giró del todo. Solo giró un poco la cabeza, manteniendo su cuerpo sobre el mío, mientras sus manos continuaban su labor de despojarme de toda prenda.

— Déjenla que mire. — ordenó Tom sonriente. — Que vea exactamente el precio de su dosis. Que vea lo que le pasa a lo que me pertenece.

Creo que recién ahí le cayó el golpe de la realidad junto con el de sus acciones.

— ¡No! — decía esta vez. — ¡Déjalo!  ¡Por favor, Tom! — suplicó Abby, su voz quebrándose en un alarido cuando los guardias le obligaron a mantener la cabeza erguida, forzándola a mirar hacia el catre.

— Mira bien, gaycito. — siseó uno de los hombres en su oído. — Mira cómo tu amigo paga tu deuda.

Me quedé sin aliento cuando Tom hundió sus dedos en mi cadera. Miré hacia la puerta, encontrando los ojos de Abby. Ella estaba allí, temblando, obligada a presenciar cada segundo de mi humillación, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas y el polvo azul que todavía manchaba su nariz le recordaba que ella misma me había entregado a los lobos.

En ese rincón oscuro de Stammheim, los gritos de Abby se convirtieron en un susurro lejano comparado con el sonido de mi propio corazón rompiéndose.

La humillación no fue solo física; fue el sonido de la respiración de Tom en mi oído y el sollozo ahogado de Abby al otro lado de la reja. El tiempo en esa celda se estiró como una goma a punto de romperse. Tom se movía con una confianza animal, marcando mi piel con una posesividad que me hacía sentir más como un objeto que como un hombre.

Cuando finalmente se apartó, lo hizo con una parsimonia insultante. Se ajustó el cinturón y se sentó en el borde del catre, encendiendo un cigarrillo como si acabara de terminar una tarea rutinaria.

— Puedes llevártelo. — dijo Tom, lanzando una nube de humo hacia el techo. — Ya me aburrí de su cara bonita por hoy, quizás nos veamos mañana.

Los guardias soltaron a Abby. Ella se desplomó en el suelo, pero se levantó de inmediato, gateando hacia mí. Yo estaba hecho un ovillo sobre la manta áspera, tratando de cubrirme con los tirones de mi uniforme. Mis manos temblaban tanto que no podía ni abotonar lo poco que quedaba de mi camisa.

— Bill… l-lo siento, de verdad, yo no… — Abby estiró la mano para tocarme el hombro, pero yo me encogí, alejándome de ella como si su tacto fuera ácido.

Tom miraba la escena con fascinación.

— No me toques. — susurré entre dientes con rabia, mi voz era un hilo quebrado muy notorio pero Abby me ayudó a levantarme a pesar de mi resistencia. Caminamos por el pasillo bajo la mirada burlona de los demás presos. Algunos chiflaban, otros hacían comentarios sobre la nueva mascota de Kaulitz. Gustav estaba apoyado en una pared, contando unos cigarrillos con una sonrisa de suficiencia.

Al llegar a nuestra zona, Georg nos esperaba con los brazos cruzados. Su expresión de preocupación se transformó en puro horror al ver mi estado: el labio partido, las marcas en el cuello y la mirada vacía que yo cargaba.

— Dios mío… — murmuró Georg, acercándose rápidamente para ayudarme, yo me abracé a su cuerpo todo para que Anthony no siguiera tocándome. — ¿Qué pasó? ¿Por qué lo permitiste, Abby?

— Tenía que hacerlo, Georg.

— Me vendió por una sustancia. — murmuré en cuanto mi cuerpo adolorido tocó la cama.

— ¡Me estaba muriendo! — gritó ella, estallando en un llanto histérico. — ¡Tú no sabes lo que es sentir que los huesos se te rompen por dentro! ¡no sabes la maldita desesperación que tengo!

— ¡Vendiste a tu amigo! — le espetó Georg, dándole un empujón que la hizo retroceder. — ¡Lo vendiste a ese animal por un poco de polvo!

— P-pero de todas formas e-el lo iba a tomar… iba a…

Me encogí en la litera abrazando mis rodillas. El efecto de la droga en Abby empezaba a decaer, dejándola en un estado de paranoia y culpa que la hacía caminar de un lado a otro de la celda pequeña.

— Bill, di algo… — suplicó ella, deteniéndose frente a mí. — Insúltame, pégame, pero no te quedes así. Te quiero mucho.

La miré.

Sus ojos seguían dilatados, pero había una sombra de la Abby que conocía allí abajo.

— Ya no somos amigos, Anthony. — dije con una frialdad que me sorprendió incluso a mí. — Ahora solo somos dos personas compartiendo una jaula y te suplico que no me hables.

Georg se sentó a mi lado y me puso una manta sobre los hombros.

— Escúchame, Bill… — decía con lentitud bastante preocupado. — Tom no va a parar. Ahora que te ha marcado, los demás te dejarán en paz, pero él… él vendrá por ti todas las noches si a él le da la gana. Tenemos que sacarte de su radar.

— ¿Cómo? Si tú dijiste que es el dueño de este lugar, no le veo manera.

Georg miró hacia la puerta, asegurándose de que nadie escuchara, y bajó la voz hasta convertirla en un secreto peligroso.

— Hay un traslado programado para la próxima semana. Es a una unidad médica fuera de Stammheim. Si logramos que te autolesiones lo suficiente o que finjas un colapso… podrías salir de su alcance. Pero él no podrá ir contigo.

Abby se quedó helada al escuchar eso.

— ¿Y qué va a pasar conmigo? Si Bill se va, Tom me matará por haber interrumpido hoy o… peor aún… ¿¡cómo le voy a pagar si necesito droga!?

— ¡Pues es tu problema! — le grité de vuelta.

El grito me desgarró la garganta, pero se sintió como la única parte de mí que todavía estaba viva. Abby retrocedió, golpeando su espalda contra los barrotes fríos, el silencio que se instaló entre nosotros no fue muy intenso.

— Bill, por favor… — sollozó ella, con las manos temblando frente a su cara. — No puedes dejarme aquí sola con ellos. Me van a despedazar.

— Tú me despedazaste primero —respondí, sin apartar la mirada de sus ojos inyectados en sangre. — Me entregaste en una bandeja de plata para no sentir dolor, Anthony. Ahora te toca sentirlo todo… además, te vas acostumbrar. Estás en el paraíso, ¿no?

Georg me apretó el hombro, dándome un apoyo silencioso. Él sabía que no era el momento de sermones; el daño ya estaba hecho. Se inclinó más hacia mí, ignorando los lamentos de Abby que ahora se había hecho un ovillo en el suelo, rascándose los brazos compulsivamente.

— Escucha bien, Bill. — murmuró Georg. — El traslado es el martes. Tienes tres días para que tu cuerpo parezca estar al límite. No comas, no bebas mucho agua, y cuando Tom vuelva por ti…

— No. — lo interrumpí sintiendo un escalofrío recorriéndome la columna. — No quiero que vuelva a tocarme.

&

Pasaron las horas y la celda se convirtió en una cámara de tortura psicológica. La abstinencia de Abby regresó con una ferocidad redoblada. Empezó a gemir, a pedirle perdón a las paredes, y luego a insultarme en susurros, culpándome por ser tan delicado.

— Si no fueras tan malditamente perfecto, él no te querría. — masculló ella desde el rincón oscuro. — Si fueras un despojo como yo, estaríamos a salvo. A él yo no le intereso, por eso no me ha violado.

No le respondí.

Solo rodeaba los ojos oyendo cada barbaridad que salía de sus labios y poco a poco traté de dormir.
A medianoche, el sonido de la reja abriéndose me hizo saltar el corazón. No eran los guardias haciendo la ronda.

Era él.

Tom entró solo, con esa seguridad aterradora de quien no teme a las consecuencias. Se quedó de pie en el centro de la pequeña celda, mirando primero a Abby—que se encogió de miedo—y luego a mí.

Tom se acercó a mi litera y se sentó en el borde, atrapando mi tobillo con una mano que quemaba.

— He oído rumores, Bill. — dijo, inclinándose sobre mí, ese aroma, el cual le había agarrado tanto asco con olor a tabaco estaba inundando mis sentidos. — Dicen que estás planeando enfermarte para irte de aquí.

Pero ¿cómo?

Me quedé helado. En esta prisión, las paredes tenían oídos y esos oídos le pertenecían a él.

— No sé de qué hablas. — mentí, tratando de que mi voz no temblara.

Él sonrió, una expresión carente de calidez, y sacó una pequeña navaja de su bolsillo, pasando el pulgar por el filo.

— Sería una pena que tuvieras que irte tan pronto. Todavía me debes muchas noches por el favor que le hice a tu amiga. La mercancía me cuesta mucho y me fascina mucho la forma en la que me pagó.

Continúa…

Gracias por la visita. No olvides comentar 😉

por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Bandido 4»
  1. no te pases de verga, lo volvió a vender??? WEY LA PUTA HISTORIA NI VA A LA MITAD Y YA QUIERO QUE ALGUIEN MATE AL PUTO CABRÓN DE ANTHONY ABBY COMO PUTAS SE LLAME

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