Fic TOLL de WifesKaulitz

Capítulo 3

El resto del desayuno transcurrió en una calma tensa, no supe qué decirle a Georg ante tal confesión. Solo le di una mirada de lastima y continué mi comida. Cuando terminamos, nos dirigieron al patio. El cielo seguía siendo una costra gris sobre nuestras cabezas. El aire frío de la mañana me quemó los pulmones, recordándome que estaba vivo, aunque fuera en una jaula.

El patio era un rectángulo de asfalto rodeado de muros de diez metros con cristales rotos de botella que hacían el papel de cuchillas que brillaban bajo la luz pálida. Grupos de prisioneros se movían como manadas de lobos: los neonazis en una esquina, las bandas turcas en otra, y los solitarios, como Abby y yo, pegados a las paredes.
Busqué a Georg, pero se había ido a hablar con unos tipos cerca de la lavandería y luego lo perdí de vista.

— No sabes lo que hablé con Kaulitz.

— ¿Qué?

— Pues bueno, le agradecí que nos haya defendido pero sus hombres se burlaron de mí. No creo que haya estado mal.

— Seguramente es un egocéntrico.

— Y guapo.

— Que pereza contigo, en verdad.

— ¿Ahora yo que hice?

— Tú nunca haces nada. — iba a alejarme de Abby pero unas sombras se proyectaron sobre el asfalto frente a mí. Levanté la vista esperando ver a Müller y sus hombres, pero era alguien mucho peor.

Eran los hombres de Tom.

— El jefe quiere hablar contigo. — dijo uno de ellos, un tipo con el cuello ancho. No era una invitación; era una orden. Abby me miró con una extraña curiosidad y solo porque me salvó no pensaba negarme.

— Yo también voy…

— No, tú te quedas.

Me escoltaron hacia una zona del patio que estaba extrañamente despejada. Tom Kaulitz estaba sentado en un banco de madera que parecía ser su trono personal. Georg estaba allí también, de pie a un lado, con una expresión de preocupación que no trató de ocultar.

Cuando llegué frente a él, los guardias de Tom me obligaron a detenerme. Tom se tomó su tiempo. Estaba examinando sus propios nudillos, que estaban limpios y cuidados aunque por debajo su palma se veía callosa.

— Bill Trümper. — dijo finalmente. Su voz era profunda, con un matiz de seda y acero. Tan grave e imponente que me puse a temblar. — El chico que mató a un hombre por defender a un desubicado. Un crimen donde la amistad es lo máximo. Muy… poético.

No respondí. Me quedé mirándolo, tratando de descifrar por qué me sentía tan magnéticamente atraído.

— Te pareces a él. — solté sin pensar.

El patio pareció quedarse en silencio absoluto. Los hombres de Tom se tensaron, esperando una señal para lanzarse sobre mí por mi insolencia. Georg cerró los ojos, como si estuviera presenciando un accidente de tren a cámara lenta.

Tom, sin embargo, arqueó una ceja y soltó una risa corta y sin gracia.

— No sé cómo fue, pero debía de ser un imbécil para dejarse atrapar por alguien como tú.

Se puso de pie y caminó hacia mí. No era unos centímetros más alto, y eso me parecía gracioso aunque su presencia era tan abrumadora que tuve que luchar contra el impulso de retroceder. Se detuvo a escasos centímetros de mi rostro. Podía oler su aroma sudoroso mezclado con el olor a tabaco.

— Escúchame bien, Bill. En Stammheim, la gente como tú no dura una semana. Eres bonito, te ves frágil y tienes esa mirada delicada que excita a los sádicos de la galería C. — su grande mano se deslizó por mis mejillas, bajando a mi mandíbula y ascendiendo por mis labios. — Y como yo pertenezco a uno de esos, te voy a tomar primero.

— ¿Tomarme? — solté, y aunque el corazón me martilleaba el pecho, una chispa de mi antigua dignidad (o quizá de pura estupidez) brilló en mis ojos valientes. — Ni que fuera una muestra gratis en el supermercado.

Georg dejó escapar un gemido ahogado, cubriéndose la cara con una mano. Los hombres de Tom se quedaron congelados, procesando si debían matarme o burlarse por el atrevimiento.

Tom no se inmutó.

Al contrario, una sonrisa ladeada, peligrosa y malditamente atractiva, curvó sus labios. Se inclinó un poco más, invadiendo mi espacio personal hasta que sentí el calor de su aliento en mi oreja.

— Las muestras gratis no causan tantos problemas, Trümper. Tú… tú te ves como el tipo de mercancía por la que vale la pena iniciar una guerra.

— ¡A un lado, testosterona andante!

El grito de Abby rompió el momento de tensión entre los dos. Apareció de la nada, abriéndose paso entre los gorilas de Tom como si estuviera desfilando en una alfombra roja en lugar de un patio de concreto. Traía el uniforme naranja amarrado a la cintura, dejando ver una camiseta blanca que le quedaba sospechosamente ajustada, y caminaba contoneando las caderas con confianza.

— A ver, Tomy, rey de la pocilga. — dijo Abby, poniéndose entre Tom y yo, obligando al dueño del aire a retroceder un paso por pura sorpresa. — Mi amigo es virgen, no le hables de tomar que se me asusta y luego no hay quien lo duerma. Si buscas entretenimiento, aquí tienes a una profesional de la atención al cliente.

Tom la miró de arriba abajo, incrédulo.

Georg parecía querer tragarse su propia lengua.

— ¿Quién demonios era este? — preguntó Tom, aunque su voz no sonaba fría, sino genuinamente desconcertada.

— Pues Abby o Anthony, ya me presenté con anterioridad y soy el amor de tu vida si dejas de mirar a mi amigo como si fuera un bombón. — respondió ella, guiñándole un ojo y dándole un toquecito en el brazo tatuado. — Por cierto, Georgie me contó que eres el jefe. Qué desperdicio de perfil griego en este agujero, de verdad. Si las paredes hablaran, pedirían que te quitaras la camiseta más seguido.

— ¡Abby! — siseé, tirando de su brazo.

— ¿Qué? Hay que romper el hielo, Bill. El ambiente está más tenso que la cara de Caitlyn Jenner. — murmuró ella sin perder la sonrisa.

Tom Kaulitz soltó una carcajada auténtica esta vez. No fue corta ni seca; fue una risa que iluminó su rostro de una manera que lo hacía ver interesante.

— Tienes agallas, Antony. — dijo Tom, recuperando su compostura de hierro. Volvió su mirada hacia mí, ignorando a mi amiga por un segundo. — Y tú… te has salvado, por esta vez…

Se dio la vuelta y, con un gesto perezoso de la mano, hizo que sus hombres se dispersaran. Georg se quedó un segundo más a nuestro lado, mirándonos como si fuéramos alienígenas.

— No sé si son los tipos más valientes que he conocido o los más suicidas. — murmuró Georg negando con la cabeza. — Pero felicidades. Acaban de confundir a Tom Kaulitz. Eso es más difícil que conseguir comida decente aquí dentro.

— Es mi don, Georgie. La confusión y el perreo. — sentenció Abby, agarrándome del brazo para empezar a caminar. — Bueno, Bill. Ya te marcó como territorio y seguro piensa que estás buenísimo. Me has quitado la oportunidad con él.

— Estás loca — murmuré, sintiendo finalmente que el aire regresaba a mis pulmones, aunque la mirada de Tom seguía clavada en mi nuca como un tatuaje. — Pero gracias, acabas de salvarme… creo que el quería…

— Cállate.

Mientras regresábamos a las celdas, sentí que Stammheim me había puesto el ojo al instante. Lo pensaba muchísimo mientras iba en completo silencio abrazándome a mi mismo.

¿Qué hubiera pasado si Abby no llegaba?

&

Habíamos decidido tomar cursos para entretenernos ya que no sabíamos por cuánto tiempo estaríamos ahí. El primero que se ofrecía Abby, Georg y yo ingresamos.

El primero fue un curso de encuadernación de libros que era un chiste; las hojas estaban amarillentas y el pegamento olía a pescado podrido, pero era el único lugar donde los guardias no te respiraban en la nuca cada cinco segundos. Sin embargo, para Abby, el curso era lo de menos.

Apenas llevábamos media hora sentados cuando noté que sus manos no dejaban de tamborilear contra la mesa metálica. Un sudor frío le perlaba la frente y su pierna derecha subía y bajaba con un ritmo frenético que hacía vibrar todo el banco.

— Abby, ¿estás bien? — susurré, acercándome a ella.

— Me pica todo, Bill. — masculló entre dientes, con los ojos inyectados en sangre y las pupilas dilatadas. — Siento que tengo hormigas caminando bajo la piel. Maldita sea, necesito algo. Un pase, una pastilla, lo que sea que me apague el cerebro antes de que me arranque la cara.

Oh.

No podía ser.

La abstinencia le estaba pegando con la fuerza de un camión. Su carisma de profesional de la atención al cliente se había evaporado, dejando a una persona desesperada y temblorosa.
Muy ansiosa.

— Solo aguanta un poco más, ya casi termina la hora. — traté de consolarla, pero ella me apartó la mano de un manotazo.

— ¡Tú no lo entiendes! — siseó.

En ese momento, un recluso pequeño, de cabello rubio y ojos astutos, se deslizó hacia nuestra mesa con la agilidad de una rata. Según su tatuaje se llamaba Gus, o al menos creía. Se sentó frente a nosotros, dejando sobre la mesa un pequeño envoltorio de plástico transparente que contenía unos cristales azulados.

Abby se lanzó hacia adelante, casi tirando la mesa, pero Gus cubrió la mercancía con su mano rápidamente.

— Despacio, mi rey. —dijo el rubio con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. — Te he visto y sé que estás sufriendo la abstinencia.

— ¿Qué es eso?

— Esto es de la reserva personal de Tom. Calidad pura. Te quita el temblor en un segundo y te hace sentir que estás en un spa en las Bahamas.

— Dámelo. — suplicó Abby, con la voz rota. — Por favor.

— El por favor no paga la mercancía, cielo. Esto cuesta y mucho.

Abby buscó desesperadamente en sus bolsillos vacíos, dándose cuenta de la realidad. En Stammheim no teníamos nada. Nada más que nuestra ropa y existencia, y lo primero era propiedad del estado.

— No tengo dinero… — murmuró ella, empezando a sollozar. — Pero te juro que cuando salga…

— Aquí afuera no existe, mi rey. —interrumpió Gus. Luego, sus ojos se desviaron hacia mí, recorriéndome con una lascivia que me revolvió el estómago. — Pero tienes algo mejor que el efectivo. Tienes al bombón que tiene loquito al jefe.

Sentí un escalofrío.

— ¿De qué hablas? — pregunté, retrocediendo un poco.

Gus se inclinó hacia mi, ignorando a Abby  por completo, y me susurró lo suficientemente alto para que escuchara:

— Mira, en dos horas va a estar convulsionando en el suelo de la celda.

Joder.

— O… puedes hacer un trato conmigo. Yo le doy esto ahora mismo, y tú te entregas. No para mí, claro… hay un par de tipos en la lavandería que pagarían oro por ser los primeros en estrenar esa carita de ángel antes de que Kaulitz lo reclame oficialmente.

— ¡No! — grité, pero mi voz sonó pequeña.

Abby me miró. Fue una mirada que nunca olvidaré. Era el conflicto entre la lealtad y la necesidad física que le estaba desgarrando las venas. Sus dedos temblaron hacia la droga y luego hacia mí.

— Bill… — susurró ella, con las lágrimas rodando por sus mejillas. — Bill, me voy a morir… Me duele mucho…

— Solo será una hora. — murmuró él rubio.

— Abby, no puedes estar hablando en serio. — dije, sintiendo que el mundo se desmoronaba.

Gustav sonrió, empujando el envoltorio un centímetro más cerca de Abby.

— Decide rápido, Anthony. ¿Tu dosis por su virginidad? No tenemos todo el día.

Abby cerró los ojos con fuerza, soltando un grito ahogado de frustración y dolor, y antes de que yo pudiera reaccionar, su mano se cerró sobre el plástico.

— Hecho. — dijo ella en un susurro casi inaudible, sin atreverse a mirarme a los ojos. Iba a morir. — Llévatelo. Solo dámelo ya.

Gus soltó una risita triunfal y me agarró del brazo con una fuerza sorprendente para su tamaño junto con otros tres más para llevarme.

— Vamos, muñeca. Tienes una cita en la celda de Tom Kaulitz.

Me quedé helado, mirando a mi mejor amiga inhalar desesperadamente aquel polvo mientras yo era arrastrado hacia la oscuridad de la galería C donde nadie escucharía mis gritos.

Continúa…

Gracias por la visita. No olvides comentar 😉

por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Bandido 3»
  1. wey, qué carajos?

    o sea, iba a comentar sobre una posible relación entre gerard y tom, PERO QUE PUTAS MIERDA LE PASA A ABBY??? VENDIÓ A SU AMIGO POR UNA PUTA DROGA??? EL QUE ASESINÓ PARA SALVARLA???? QUE CARAJOS

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