Fic TOLL de WifesKaulitz

Capítulo 2

Reí por lo bajo ante su comentario.

Me acerqué al pequeño agujero que servía de ventana en la celda que ahora compartía con Abby. Apenas se veía un fragmento de cielo gris, tan frío y vacío como yo. Me toqué la cara con tristeza; todavía sentía la adrenalina quemándome bajo la piel, el eco de los gritos de mi compañera y el sonido del jarrón estallando.

Miré a Abby que estaba sentada en la litera de abajo, limpiándose la cara justo en la nariz con un gesto amargo. Recordé la mirada de los policías sobre nosotros mientras nos sacaban del departamento. Nos miraban con asco, con morbo, como si fuéramos especímenes de un experimento.

No voy a negar que se sintió horrible.

De repente, un golpe violento en los barrotes nos hizo saltar a ambos. Un tipo con la cara tatuada y ojos que habían visto demasiada oscuridad nos observaba desde el pasillo.

— Oye, muñeca. — siseó con una sonrisa que mostraba un diente de oro pero manteniendo su mirada fija en mí. — Espero que seas tan suave como pareces. Mañana en el patio vamos a ver de qué estás hecho y luego me encargaré de tu amigo.

Sentí un escalofrío pero la mano de Abby apretó mi tobillo desde abajo. Algo dentro de mí hizo que me armara de valor. La tristeza se evaporó, dejando solo ese frío glacial que sentí cuando reventé la cabeza de Gerard contra la alfombra. No bajé la mirada. Me acerqué un poquito, solo MUY poquito a los barrotes para hablarle.

— No soy una muñeca… — fruncí el ceño tratando de verme malo y enojado por la confianza que me hablaba.

Jum, atrevido.

— Pero yo sí. — dijo Abby con una calma que me asustó a mí mismo, acercándose al hombre, sosteniendo los barrotes en sus manos.
El tipo parpadeó, sorprendido por la falta de miedo en su voz, que era de absoluta coquetería y se alejó soltando una carcajada burlona. — ¿Le viste?

— Creo que esperaba que nos caguemos de miedo. — murmuré con una sonrisa divertida junto a mi amiga.

— Pero que atractivo estaba, eh.

— Todo lo que tenga un pene te parece atractivo.

— Es que soy adicta al pene pero no de quien lo porta, son cosas distintas, precioso. — murmuró y yo me reí negando con la cabeza.
Me tiré en la litera. El colchón era delgado y olía a humedad, pero no me importó. Sabía que Stammheim era de lo peor y sabía que los gritos de los demás presos eran solo el inicio de lo que venía.

Esa noche, mientras el resto de la galería gritaba y se peleaba tras las puertas de acero, yo cerré los ojos.
Tratando de dormir aunque a la defensiva.

&

La campana de la mañana sonó como un taladro perforando el concreto. No dormí; me quedé contando las grietas del techo, esperando a que el sol, o lo que sea que pase por luz en Stammheim, se dignara a aparecer.

Cuando el cerrojo de la celda saltó, el estruendo me puso de pie por puro instinto. Las puertas de toda la galería se abrieron a la vez, liberando el olor a encierro y a hombres desesperados. Salí al pasillo junto a Abby tratando de mantener la espalda recta, sintiendo cómo las miradas me recorrían como manos sucias.

— ¡A la fila, basura! — gritó un guardia, golpeando su porra contra la pared. Hice una mueca de horror ante tal acto.
Caminamos hacia el área común para el desayuno siguiendo a un tipo que iba del mismo uniforme que nosotros.

— Por dios. — relamía sus labios, podía ver en su mirar como los ojos verdes le brillaban de una emoción que jamás me iba a poder imaginar.

Ella no luce como una persona que… bueno, eso. Se veía tranquila ¿o estaba aparentando?

— Hola, guapo. — murmuraba coqueto, tocándole el pecho a un hombre robusto, moreno y de cabello castaño claro. — Ay. — el mismo hombre había estrellado su mano en el glúteo derecho.

Yo me quería morir.

— Dios, que paraíso.

— Estás mal. — crucé mis brazos rodeando los ojos.

— ¿Qué? — fingió una voz inocente que me hizo suspirar en total desacuerdo.

— Nada.

— Ash, que amargado.

No le dije más, simplemente caminamos hacia el área común, pero a mitad del pasillo, el aire se me escapó de los pulmones. Me detuve en seco. Al final del corredor había un hombre que al girar hacia nosotros tenía la misma estructura ósea—pero más fornida—,el mismo porte arrogante del tipo al que anoche le borré la cara.

El pánico me golpeó y me hizo dudar tanto.

¿Acaso Gerard no estaba muerto?
¿Acaso sus influencias lo había traído de vuelta del infierno?

Mis manos empezaron a temblar, buscando inconscientemente algo con qué golpear pensando que en cualquier momento podría atacarme y defenderse. De pronto, una mano pesada se posó en mi hombro y en el de Abby, colocándose en la mitad de ambos.

— No lo miren tanto si no quieren que sea lo último que vean sus ojos, chicos.

— ¿Quién es ese? — susurró Abby mientras se pegaba muchísimo al de cabello castaño largo lacio, tocándole los pectorales que tenía al descubierto con un rostro lascivo… hasta casi mordiéndose el labio inferior. — Ush, que rico.

— Ese es Tom Kaulitz. — murmuró él tratando de apartar a Abby pero ella se rehusaba. — Aquí adentro, él es el dueño del aire que respiras. No es un reo más; es el poder absoluto. Si él decide que vives, ves el sol mañana.
Si decide que no… bueno, ni siquiera encontrarán lo que quede de ti en las alcantarillas.

— Oh, por dios. ¡Está mirando aquí! — susurró/gritó con voz sensual. — Protégeme, please. Me da mucho miedo.

Que zorro.

Tom Kaulitz se detuvo y sus ojos se cruzaron con los míos. No hubo burla alguna como esperaba. Solo una evaluación fría, como la de un carnicero mirando una pieza de carne nueva. Me perturbaba su rostro: era una versión más afilada, más cruel y, extrañamente, más hermosa del tipo que yo había asesinado en nuestra sala. Era como si el destino me pusiera frente al fantasma de mi pecado, pero dotándolo de garras y un increíble cuerpo.

— Tengan cuidado. — finalizó el de cabello lacio, dándole un empujón suave a mi amiguita para que siguiera caminando. — Por cierto soy Georg Listing.

— Bill. — hablé con un intento de sonrisa.

— Abby.

Georg lo miró raro.

— O sea… me llamo Anthony pero me llaman Abby p-por…

— No me importa. — interrumpió con suavidad. — Ya me di cuenta, no te preocupes.

Ella asintió avergonzada.

— ¿Por qué deberíamos de tener miedo de ese tal Tom? ¡si se ve muy mono!

— Porque a Tom le gustan los desafíos. — arqueo una ceja, bastante desinteresado en la absurda historia de ese tal Tom. Solo era un recluso más. — …y tú. — Georg me miró fijamente. — Tienes cara de ser el problema más interesante que ha entrado por esa puerta en años.

Dicho eso nos dejaba solos en medio del pasillo. Abby me miró serio, con una ceja arqueada y avanzó. Yo seguí su paso sintiendo cómo el flujo de prisioneros me esquivaba como si fuera una piedra en un río de lodo. Las palabras de Georg Listing zumbaban en mi cabeza.

Observé como Tom Kaulitz se alejaba y yo caminaba con una inseguridad notoria.

Llegué al comedor, un lugar inmenso con mesas de metal atornilladas al suelo que olía a café quemado y a desesperación rancia. Tomé una bandeja de plástico con manos que aún no dejaban de temblar. La ración era una masa grisácea que se suponía era avena y un trozo de pan duro. Para la bebida era un lavado de manos que se hacía pasar por limón.

— No te sientes en las mesas del fondo. — susurró una voz detrás de mí. Era Georg de nuevo, que aparecía y desaparecía como una sombra protectora, junto a él estaba Abby. — Esas son de la gente de Tom. Si te acercas sin invitación, te cortarán el cuello antes de que puedas decir tu nombre.

— ¿Por qué me dices todo esto, Georg? — pregunté, girándome hacia él. Sus ojos eran cansados, pero no malvados.

— Digamos que me gustan las causas perdidas. Y tú, Bill, hueles a tragedia desde un kilómetro. Además… —hizo una pausa, mirando hacia donde Tom Kaulitz se sentaba solo en una mesa larga, como un monarca en su banquete. — Tom no suele mirar a los nuevos dos veces. Contigo se detuvo. Eso te hace especial.

Mis ojos se desviaron un poco a Abby, estaba fulminándome tan solo con la mirada y agaché la cabeza.

Caminé para sentarme en una mesa intermedia, rodeado de tipos que nos miraban con una hambre que no era de comida. Mantuve la vista baja, desmenuzando el pan. La tensión en el aire era física; era como estar en una habitación llena de gas y que todos tuvieran un encendedor en la mano.

— ¿Qué tienes? — cuestioné a mi mejor amiga.

— No es posible que el estar junto a ti me siga haciendo sentir menos, Bill. Todos te miran, eres muy guapo y a duras penas me miran a mí

— ¿Qué insinúas?

Ella no dijo nada.

— ¿Acaso te gustó ese Tom Kaulitz? — murmuré tratando de entender el por qué volvía a sacar un tema que había aclarado desde hace mucho.

— Quizás.

— Oh…

De repente, el ruido de las conversaciones se apagó. El silencio en una prisión nunca es bueno. Levanté la vista y vi a tres tipos acercándose a mi mesa. El líder era el mismo que me había molestado en la celda la noche anterior, el del diente de oro.

— Vaya, pero si la muñeca salió a desayunar. — dijo, golpeando mi bandeja y haciendo que la avena salpicara mi uniforme naranja. Me quedé un poco tieso. — Te dije que nos veríamos en el patio, pero creo que no puedo esperar tanto.

— Déjame en paz. — dije, tratando de que mi voz no flaqueara.

— ¿O qué? — se burló, inclinándose sobre mí, tanto que podía oler su aliento a mierda. — ¿Vas a llorar? ¿Vas a llamar a tu mami? He oído por qué estás aquí y me rehúso a creer que con esa carita rompiste un plato.

Mis dedos se cerraron alrededor de la cuchara de plástico, apretándola hasta que mis nudillos se pusieron blancos.

— Ha dicho que lo dejes en paz. — está vez habló Abby mirándolo directamente a los ojos. Por el rabillo del ojo ví como Georg se encogió en su asiento. Desde que se sentó junto a nosotros estaba tan callado, no opinaba, no hablaba como antes.

Tal vez le tenía miedo o solo no le interesaba.

El tipo del diente de oro soltó una carcajada y alargó una mano para agarrarme del cabello. Pero antes de que sus dedos me tocaran, un sonido metálico agudo cortó el comedor.

¡Pam!

Alguien había golpeado una jarra de metal contra una mesa. Todas las miradas se dirigieron a la mesa del fondo. Tom Kaulitz estaba de pie, con una mano apoyada en la superficie de metal y la otra sosteniendo un cigarrillo apagado. No dijo una palabra, solo hizo un leve gesto con la cabeza hacia un oficial que vigilaba desde la pasarela superior.

El guardia, que hasta hace un segundo parecía ignorar el acoso, golpeó su porra contra la barandilla.

— ¡Müller! ¡A tu sitio o vas al hoyo! —gritó el oficial hacia el tipo del diente de oro.

Müller me lanzó una mirada cargada de odio, pero retrocedió.

— Casi me meo en los pantalones.

— Nadie en Stammheim desobedece una orden que viene indirectamente de Tom. — susurró Georg. El tal Müller solo se alejó mascullando insultos, seguido por sus secuaces.

— Ah, ahora sí hablas, ¿no?

El castaño suspiró avergonzado, rascando su nuca.

Abby se burló de su rostro mientras tomaba su bandeja entre las manos.
— ¿A dónde vas? — pregunté arrugando el entrecejo y tratando de darle una mordida a mi pan.

— A agradecerle a Tom Kaulitz. — me guiñó el ojo antes de salir casi corriendo hasta su mesa. Georg y yo lo miramos con las cejas arqueadas y luego nos miramos ambos.

— No lo creo.

— Así es ella.

— Okay… — continuó con su desayuno en silencio. — Disculpa por no intervenir pero cuando yo llegué aquí ese tipo… abusó de mí.

Continúa…

Gracias por la visita. No olvides comentar 😉

por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Bandido 2»
  1. entonces dios bajó y dijo: «es que soy adicta al pene pero no de quien lo importa»

    mi mayor debilidad es cuando ponen a tom como un chulos cabrón con poder pero solo con ojos para bill

    y me iba cayendo bien abby, pero wtf con su comentario??? wey, bill mató a alguien por ti, y todavía le dices que le tienes envidia??? wtf ojalá tom lo mandé alv

    y oh georg:(

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