
Humano: Especiales de TollWriter
Capítulo 15: Oops!… I Did It Again (P.3)
A mediados de mes, había llegado bastante preocupado a casa, diciendo que la policía les estaba dando problemas en la ruta sur. Yo le había preguntado por qué demonios movían ellos mismos la droga, o «caramelos» como la Manada la llamaba por alguna razón que no entendía. Le había dicho a Tom que sería más sencillo si usaran camiones de reparto o frigoríficos, de esos que recorrían constantemente la ciudad de noche y que no llamaban la atención. El lobo me había escuchado con interés y después se lo había contado a Gustav, el Alfa, al que, al parecer, le había parecido una gran idea. Por eso estaban reorganizando el reparto y Tom estaba un poco más atareado últimamente.
Aún así, hizo un hueco ese domingo por la tarde para ir a ver la casa de Woodinvile. Nos despertamos más temprano de lo habitual, echamos un buen polvo y nos detuvimos a desayunar de camino. Tom estaba de muy buen humor, tenía una imperturbable sonrisa en los labios y me acariciaba el muslo con más energía de la habitual mientras sonaba Oops!… I Did It Again a todo volumen. Movía la cabeza al ritmo y cantaba, hasta que llegó la parte que más le gustaba, para la cual siempre bajaba la música, me miraba y me decía:
—Bill, before you go, there’s something I want you to have.
—Oh, it’s beautiful, Tom, but wait a minute, isn’t this?
—Yeah, yes it is.
—But I thought the old lady dropped it into the ocean in the end.
—Well baby, I went down and got it for you.
—Aww, you shouldn’t have —terminaba yo, lo que siempre arrancaba una enorme sonrisa al lobo, que volvía a subir el volumen al tope e iba a por el último estribillo con todo.
Era otra de nuestras pequeñas bromas, quizá una con un calado especial y algo retorcido, ya que la letra de la canción podía tener un significado especial para alguien como Tom, que rompía corazones con solo chasquear los dedos. Conociendo al lobo, quizá aquella fuera una advertencia sutil para mí, una de la que a mí me gustaba reírme. Si tenía miedo de que me enamorara, podía estar tranquilo, porque «I’m not that innocent…».
La casa que tanto le había llamado la atención y que íbamos a ver, era una cabaña un poco perdida entre los árboles, no lejana a una carretera secundaria y bastante tranquila. No había vecinos cerca y el camino de tierra que tuvimos que atravesar ni siquiera aparecía reflejado en el GPS. Allí nos esperaba Susane, la chica de la inmobiliaria, bajo un paraguas para cubrirse de una repentina llovizna de verano. Sonreía mucho y nos saludó con la mano, hasta que vio bajar al lobo, entonces se quedó helada y abrió sus ojos delineados con eyeliner como si acabara de ver un puto fantasma. Con pequeñas palabras tartamudeadas y miradas cortas, nos acompañó a la cabaña, la abrió y, más o menos, nos hizo un breve resumen de lo que allí había. Les voy a decir lo que había: treinta mil dólares en decoración y diseño de interiores para convertir aquel sitio en una cabañita «chick» que alquilarle a una pareja de ricachones de la ciudad para que se fuera a tener sexo al bosque, eso era lo que había.
Pero no voy a mentir, la cabaña les había quedado de puta madre. No era muy grande, solo tenía unos treinta metros cuadrados muy bien utilizados para aportar una sensación de amplitud y sencillez. Habían economizado el espacio con decoración simple en madera o piedra natural. La habitación estaba en un altillo sobre la cocina, al que se ascendía por unas escaleras rectas, los pocos muebles parecían cómodos y útiles, había muchas estanterías para guardar cosas, encima y debajo los cristales que rodeaban la cabaña para que entrara un montón de luz natural; pero una de las paredes tenía puertas correderas que daban a una terraza con muebles de jardín y vistas al precioso bosque salvaje. Todo estaba abierto, a excepción del baño, recogido en un pequeño cuarto con ducha, retrete y lavabo. Yo lo miraba todo con expresión indiferente porque sabía que el alquiler de aquel lugar no podría bajar de los mil o mil quinientos dólares.
Llegado el momento, Tom le pidió a Susane que nos dejara un momento a solas. No fue nada educado, solo una orden seca mientras me abrazaba por la espalda, de la que no se había separado en ningún momento.
—¿Qué te parece? —me susurró al oído—. A mi me gusta muchísimo.
Entreabrí los labios, dispuesto a repetir una vez más lo que me parecía, demasiado caro, pero me limité a responder:
—La verdad es que es muy bonita.
—Decidido, entonces. Nos mudamos —anunció, hundiendo su rostro en mi cuello antes de ronronear con placer.
Arqueé las cejas y seguí mirando las preciosas vistas al bosque y aquella terraza. Yo no lo iba a pagar y, si el lobo podía permitírselo, no iba a ser yo quien se negara a vivir en aquel lugar; al menos hasta que tuviera que irme y buscarme otro apartamento de mierda para mi solo.
Cuando se lo dijimos a Susane, ella volvió a sonreír de forma nerviosa y respondió:.
—Le… le preguntaré a los dueños…
—Tenemos dinero y vamos a pagar —añadí yo, porque sabía que no había posibilidad alguna de que nos alquilaran aquello sin un poco de juego sucio—. Así que pregúntales también si quieren que su cabañita del bosque se queme porque son unos hijos de puta racistas y han enfadado a quien no deben…
Sí, era una amenaza, no exactamente un chantaje, pero estaba cerca. Lo suficiente para que aquella misma madrugada Tom volviera con una enorme sonrisa en los labios, diciendo que le habían llamado y que en un día nos darían las llaves.
—¿Has lavado ya las sábanas del Celo, Bill? —me preguntó, yendo al armario para rebuscar un poco—. Sería genial ponerlas para que la cabaña fuera cogiendo buen olor a mí lo antes posible.
—Están en una bolsa de basura, debajo de todo —respondí, cruzado de brazos y con el hombro apoyado en la pared.
No las había vendido todavía porque me daban un precio de mierda por ellas, eran de Macho Común y el mercado tras el Celo estaba tan saturado que había decidido esperar un poco e intentarlo unos meses más tarde, cuando no hubiera tanta oferta y los precios se inflaran. Tom las encontró enseguida, desató el nudo y olfateó el interior, gruñendo con fuerza.
—Joder… —le oí jadear—. Ni siquiera las has lavado… —eso pareció encantarle. Así que aquellas sábanas y el edredón asquerosos y apestosos fue lo primero que nos llevamos aquella última semana de junio que nos pasamos preparando la mudanza. Tom cerró las puertas correderas de la terraza para que no se escapara el olor y así crear una atmósfera hermética a la que solo iba añadiendo más y más de sus cosas apestosas. Hasta la mudanza, no había dado cuenta de cuántas de sus mierdas se había ido trayendo a mi casa poco a poco; como un cuentagotas, cargando aquella mochila de Nike semana a semana. Prácticamente, no le quedaba ya nada en el Refugio que no hubiera traído, incluida su guitarra.
—Me gusta tocar de vez en cuando —fue lo único que me dijo en su momento cuando apareció con ella—. Bueno, tocar me gusta siempre —se corrigió con una sonrisa sórdida y un guiño—, me refiero a la guitarra —y tocó un acorde sencillo para mí.
Por mi parte, no había mucho que llevarme más que ropa y mi cafetera nueva. Dejé atrás los muebles recogidos en la basura, la televisión rota, la cama de colchón chirriante y aquel barrio lleno de drogadictos y pandilleros y, cuando la cabaña ya apestaba mucho a Tom, nos mudamos; sin si quiera mirar atrás.
Lo celebramos con una cena rápida y un polvo salvaje en la enorme cama sobre las que habíamos dejado las sábanas del Celo. En tan solo un par de días, no había sitio de aquella cabaña en la que no hubiéramos cogido: la cocina, el sofá del salón, la ducha del baño e incluso la terraza. Ese sí que fue bastante bueno, un Rodeo al aire libre sobre el sofá de jardín de mimbre. A Tom le gustaba mucho estar allí esas calurosas noches de julio, completamente desnudo y pegado a mí mientras miraba el cielo plagado de estrellas y escuchaba los sonidos del bosque a nuestro alrededor.
A veces le oía suspirar y le miraba sonreír, con su melena de león alborotada mientras me buscaba con los labios para darme algún beso tonto y húmedo. Entonces me miraba a los ojos un par de segundos y ronroneaba, como si fuera el lobo más feliz del mundo. Después de todo, tenía razones para estarlo: seguía comiendo sus ocho tuppers a la noche, el trabajo en el almacén le iba bien, visitaba a sus humanos y seguían adorándole como a un dios en el Luna Llena… Tom se había arreglado muy bien la vida.
En cuanto a mí, digamos que también estaba bastante feliz; vivía en una cabaña de puta madre que no tenía que pagar, el trabajo de operario de peaje era aburrido pero fácil, seguía ganando dinero con la venta de ropa usada y, además, me hinchaba a coger con un pedazo de lobo vikingo. Tom era una puta máquina sexual, incluso con todos aquellos humanos y sus noches en el Club, seguía toqueteándome y dejándose tocar todo el rato, jugando y cogiéndome como un animal a la menor ocasión.
Un ritmo que solo se resintió durante una horrible ola de calor de agosto, cuando al genio del Alfa se le ocurrió hacer el traspaso de todo el material hacia el nuevo almacén que Tom dirigiría. El lobo se despertaba más temprano y volvía más tarde, cada día más cansado y maloliente por lo mucho que sudaba. Entraba por la puerta, dejaba las llaves en el taburete verde y venía a paso lento hacia la terraza para sentarse a mi lado con un gemido, rodearme con el brazo y besarme a forma de saludo.
—¿Te has tomado las vitaminas? —le pregunté.
—Saben a mierda —murmuró, frotando la nariz contra mi cuello antes de aspirar su propio olor en mí—. ¿Me das un Baño de Sultán, Bill…? —me terminó preguntando.
Un «Baño de Sultán» era como había llamado a cuando le desnudaba, iba por un caldero de agua fresca y una esponja y le «bañaba». Evidentemente, también le tocaba bastante, le besaba mucho, le hacía una mamada y le acababa montando. Se lo había hecho una noche que había llegado cansado y caliente, pero no había tenido muchas ganas de moverse, y desde entonces me lo pedía de vez en cuando porque le volvía bastante loco. Diría que casi tanto como a mí.
—Mañana le he pedido a Fred que viniera a buscarme, así puedes llevarte el Hyundai al supermercado —susurró en mi oído, interrumpiendo el continuo ronroneo que le había acompañado desde el último orgasmo hasta casi el final de la inflamación.
—Mmh… —murmuré, recostado sobre su cuerpo fresco de agua, tan grande y agradable que era el acompañamiento perfecto para mi nube de relajación y placer post-cogida.
—Sé que te horroriza ir solo, sin mí para guiarte y decirte todo lo que tienes que hacer… —continuó él mientras me acariciaba la espalda de arriba abajo—, pero tienes que ser valiente, Bill. Solo pregúntate: ¿qué haría el maravilloso Tom, ese pedazo de Macho que me tiene loco? Ah, sí, meter la mano en el bolsillo trasero de mi vaquero para tocarme el culo y después pararse para comerme la boca en la sección de congelados… Ah… pero ya que está allí, metería muchos helados de esos que tanto le gustan en el carrito e iría a por un par de cajas de cerveza… Es verdad…
Levanté la cabeza casi al final de aquella estúpida pantomima, solo para mirar sus ojos marrones en la penumbra y su sonrisa fina de cabrón.
—Tranquilo, Tom. Te traeré el puto helado salado y la cerveza… El lobo gruñó con placer y se acercó para darme un beso.
—Gracias, bebé.
«Bebé (baby o babe)», era la nueva estupidez que le había dado por llamarme ahora. Todo había empezado una tarde en la que le había tenido que hacer el desayuno en casa porque no nos daba tiempo a tomarlo fuera, se había levantado de la pequeña barra de madera que era la mesa y se había acercado para darme una caricia en el mentón, un beso rápido en los labios, y despedirse con un simple:
—Nos vemos a la mañana, bebé.
Yo me había quedado mirándole con el ceño fruncido, preguntándole si le había dado un puto derrame cerebral y estaba confuso y desorientado; pero Tom solo se había reído con una de sus profundas carcajadas y se había ido por la puerta. La segunda vez había sido después de un polvo brutal en la cama, cuando, con los morros empapados en saliva y restos de semen, me había dado un beso antes de suspirar, llevarse las manos detrás de la cabeza y mirar el techo de madera de la cabaña.
—Joder, bebé… llevaba todo el día con unas ganas de comerte que daba puto miedo —se rio—Gal no paraba de decirme: «vete a ver a Bill y relájate un poco». Pero había mucho trabajo organizando el traspaso y no pude irme antes.
Inmerso en mi nube de calma, felicidad y peste a Tom, no se me ocurrió hacer nada más que murmurar algo incomprensible y asentir con la cara hundida en su cuello. La tercera vez, me lo dijo en el trabajo, cuando apareció con el Hyundai y paró frente a la ventanilla a la espera de que me levantara del asiento y me inclinara para darnos un buen morreo húmedo. De esos más o menos cortos porque estaba de camino a algún sitio y no podía pararse demasiado.
—¿En serio, Tom? ¿No tienes suficiente de eso en la Guarida? —nos interrumpió una voz a su lado. Yo no me había dado cuenta, pero el lobo estaba acompañado de otro rubio y, para mi sorpresa, unos bonitos ojos azules.
—No le hagas caso, bebé —me dijo Tom, separando tan solo un poco los labios de los míos—. Kai es un envidioso pedazo de mierda…
—Kai ya tiene suficiente con la puta peste que sueltas, no necesita verlo también…
Tom sonrió mucho, me dio otro beso con lengua y se despidió con un guiño de esos que podrían incendiar el bosque si no tenía cuidado. La cuarta vez fue en el restaurante de la zona turística donde ahora íbamos a comprar la comida; al principio no nos habían querido por allí, pero después de hablar con el encargado y llegar a un acuerdo de casi cuatro cifras, no había tenido problema en hacernos una entrega especial con una sonrisa en su cara de cerdo.
—¿Te importaría pedirme un tupper más? —me susurró Tom al oído—. Me estoy quedando con un poco de hambre últimamente.
—¿Cómo que «con hambre»? —le pregunté, girando el rostro con una mirada cortante—. ¿Desde cuándo?
—Desde hace poco —respondió, acariciándome el abdomen por debajo de la camiseta y abrazándome un poco más fuerte, como si quisiera calmarme con eso—. No es culpa tuya, bebé —añadió.
—Claro que no es culpa mía —le aseguré, porque yo le daba los tuppers que él me pedía, ni más, ni menos. Si pasaba hambre era solo porque alguno de sus humanos le estaba dejando de dar de comer, o quizá porque no tenía tiempo para ir a verlos tanto como antes.
De todas formas, le pedí uno más, y con ese ya iban ocho que cada noche se llevaba en su bolsa de deporte en la que ponía «Ricitos de Oro». La quinta vez fue en el supermercado, cuando miraba una bolsa de café y, de pronto, me pegó más a él con su brazo en mis hombros, me dio un beso en el pelo y preguntó:
—¿Compramos mejor este café de Kenia, bebé? —le dio la vuelta para mirar el reverso.
Entonces ya era demasiado tarde para corregirle o darle importancia, así que simplemente lo dejé pasar y terminé por acostumbrarme a esa nueva broma suya.
—¿Te lo ha recomendado ese humano tuyo, Sullivan? —pregunté, mirando el precio—. Es la clase de tontería cara que compraría un abogado del centro.
Tom se rio y decidió meterlo en el carrito de todas formas, siguiendo adelante con su brazo alrededor de mi hombro y una sonrisa en los labios.
—Oye, bebé, ¿qué te parece si ponemos un jacuzzi en la terraza? —me preguntó a final de semana.
Tom se estaba terminando de poner una de sus camisas hawaianas en mitad del salón, que también era el vestidor porque guardábamos la ropa en las cajones
bajo las ventanas, que también eran asientos cubiertos de cojines. Para celebrar la apertura del nuevo almacén y el final del traspaso, la compañera del Alfa, una tal Lisa o Lidia o alguna estupidez así, había hecho otra de sus cenitas. Tom me había pedido que le llevara hasta el centro y que después fuera a buscarle, porque iba a beber y no quería conducir borracho; por eso yo le esperaba con un cigarro en los labios y tumbado en el sofá de la terraza mientras tocaba acordes tontos en la guitarra.
—Si necesitas que alguien te masajee los huevos, puedo hacerlo yo, Tom. No necesitas gastarte mil dólares en un jacuzzi —respondí.
Su risa llegó desde el interior de la cabaña, al igual que la suave claridad de las luces metidas en botellas de cristal, otra de esas tonterías de decoración que le daban un toque a la casa. El lobo apareció por la abertura de las puertas corredizas de cristal y se detuvo frente a mí. Se había abotonado un poco la camisa porque era una cena formal, pero todavía se veía su amplio pecho por la abertura junto con su cadena plateada. Sin decir nada, apartó la guitarra, me quitó el cigarro de los dedos para darle un calada y tiró de mi muñeca para levantarme.
—Los he visto en una tienda que hay de camino al almacén y pensé que sería genial poner uno aquí —dijo cerca de mis labios mientras me metía una mano por debajo del bañador para acariciarme el culo.
—Ah… ¿y quieres traer a alguno de tus humanos para sorprenderles incluso más con un baño de burbujas? —le pregunté mientras le rodeaba el cuello con los brazos.
Había sido una broma, pero el lobo frunció el ceño y me dedicó una mirada seria.
—Aquí no puede venir nadie, Bill. El jacuzzi es solo para nosotros.
—Ah… —asentí, no demasiado preocupado por su reacción seria.
Lo solucioné rápido con un par de besos con lengua y unos pocos mordiscos en su mejilla, como él hacía conmigo cuando me enfadaba. Tom era muy fácil de llevar si sabías cómo, era una de esas personas que no se enfadaban y que te daban la oportunidad de dar marcha atrás y corregirte después de una cagada.
—Bueno, si puede calentar el agua, se podría usar en invierno también —le dije.
—Oh… eso sería genial —sonrió, frotando su rostro contra el mío y ronroneando—. Entonces, ¿compramos uno?
Me encogí de hombros y le di un último beso en los labios antes de recuperar mi cigarro.
—Es tu dinero, Tom —murmuré.
Yo pagaba la comida y las compras, pero el lobo se hacía cargo del alquiler de la cabaña y todas esas cosas que decidía comprar, la mayoría caprichos tontos e innecesarios como aquel. Había dejado los diez mil dólares del «reparto de la Manada» en una caja metálica, sobre la estantería de la cocina, y yo sacaba mil trescientos cada principio de mes para hacer el ingreso del alquiler. Algo que él mismo me había pedido. Jamás tocaba ese dinero para otra cosa, pero parecía que Tom tampoco lo hacía. Simplemente, estaba allí.
Con un gruñido de felicidad, me llevó hacia el auto. Conducía yo, pero aún así puso su mano en mi muslo mientras cantaba todas las canciones, animándose bastante de camino al centro, donde aparqué en una calle repleta de todoterrenos.
Allí había una especie de hotel que, creía, era el famoso Refugio, pero no estaba del todo seguro.
—Aparca, quiero invitarte a una cerveza —me ofreció él con una sonrisa en los labios.
—No sé… —murmuré, mirando la calle. Había algunos lobos por allí que no conocía y no estaba seguro de hasta qué punto quería relacionarme con aquella panda de criminales, criminales jodidamente guapos y musculosos, pero criminales.
—Vamos, bebé —insistió, inclinándose para mordisquearme el lóbulo y besarme un poco el cuello—. Es temprano y no habrá mucha gente. Me encantaría que te tomaras una cerveza conmigo para celebrar lo del almacén.
Cogí aire y lo solté lentamente. Tenía la noche libre y tampoco es que fuera a hacer nada interesante, así que no me importó quedarme un poco más allí antes de volver a la cabaña.
Aparqué el auto en el primer sitio que encontré y salí con un cigarro en los labios antes de recolocarme el bañador que Tom me había estado subiendo con las continuas caricias. El lobo ya me estaba esperando en la acera para rodearme los hombros y, con una sonrisa y un guiño juguetón, robarme el cigarro para quedárselo él, obligándome a sacar otro para mí. Me guio hacia un edificio viejo de oficinas, con una entrada cubierta bajo la que nos detuvimos. Allí había otro grupo de lobos a los que, por suerte, reconocí.
—Ey, Norman, Jared —les saludé junto un movimiento de cabeza.
—Hey, Bill y Tom —respondió Norman—. ¿No deberían estar aún en la Guarida, o es que ya han asustado a todos los animales del bosque con sus gritos y su peste y han venido a probar suerte en la ciudad?
—Venimos a probar suerte —afirmé—, pero ya habían salido todos espantado al ver tu mierda de perilla.
El lobo alzó la cabeza con orgullo y se pasó los dedos por la barba rizosa y negra.
—A mis humanos les gusta bastante.
—¿Son tus humanos ciegos, Norman?
—¿Lo eres tú, Bill? —me preguntó.
Tom se inclinó un poco para mirar al otro lobo por el borde superior de los ojos, entonces se señaló a sí mismo e hizo un divertido gesto de extrañeza, como diciendo: «Claro que no es ciego, está conmigo». Norman resopló con una sonrisa antes de negar con la cabeza y llevarse el cigarro a los labios. Jared hizo un gesto rápido que alertó a los demás de la llegada de otro lobo. Tom giró el rostro y saludó con un asentimiento más profundo al enorme hombre pelirrojo que pasó directo hacia la puerta, dedicando una mirada a todos y, finalmente, a mí. Aquello se repitió más veces cuando aparecieron más lobos. Algunos se acercaban, saludaban al resto y después esperaban a que Tom les diera una especie de señal para mirarme a mí y presentarse o hablar tranquilamente. Eso me hubiera puesto de los jodidos nervios, sino fuera porque Tom no paraba de darme explicaciones a susurros discretos e íntimos.
—Es educado preguntarme primero si pueden hablar contigo, es algo de la Manada, espero que no te importe. Es como si me dijeran: «Ey, Tom, ¿este es el rubiazo que te estás comiendo? A lo que yo digo: «Sí, es este». «Pues que suerte tiene de que un pedazo de Macho como tú le reviente ese precioso culo todas las noches». «Sí, lo sé, es un humano muy afortunado…»
—Me fascinan las películas que te montas tú solo, Tom…
Cuando los chicos se fueron por una segunda ronda de cervezas y nos quedamos solos, me llevó con él a la pared, metió la mano en el bolsillo de mi chaqueta y sacó la cajetilla de tabaco para repartir dos cigarros. Tras encenderlos con el zippo, soltó el humo y me rodeó con el brazo.
—¿Estás bien, bebé? —susurró—. ¿Prefieres irte ya?
—Sí, estoy bien. ¿Por qué?
Se encogió de hombros, me acarició la nariz contra la suya, cerró los ojos un momento y suspiró junto con un leve ronroneo.
—No quiero que estés a disgusto, ya lo sabes. Si te pones nervioso, me lo dices…
—Lo que me pone nervioso es verte hablarme así de serio.
Tom abrió los ojos y una sonrisa se extendió por sus labios.
—Estoy serio porque te has pasado cuarenta minutos seguidos sin tocarme la verga, debe ser un nuevo récord personal…
Bajé la mano y le apreté la entrepierna abultada de una forma nada sutil.
—¿Mejor? —le pregunté.
Tom sonrió mucho, mostrando sus preciosos dientes blancos de colmillos anchos. Iba a decir algo, pero vio algo a mis espaldas y me hizo una leve señal.
—Ese es David, Tercer Beta de la Manada, y el que va con él es Lucio, uno de mis chicos del almacén.
—¿Es al que una humana casi le mete nata por la verga?
Tom se rio y asintió, llevándose el cigarro a los labios. No me había parado a pensar en los muchos lobos que conocía, no de vista, pero sí de las historias que Tom me contaba o de comentarios que hacía sobre ellos. Sabía quienes le caían bien y quienes no, aunque él se llevara educadamente con todos y bromeara con ellos. David, el Beta rubio de ojos de caramelo, no le caía demasiado bien.
Tom siempre se quejaba de que no paraba de darle problemas porque era el encargado de organizar a los Machos y nunca le enviaba suficientes para el almacén; él creía que lo hacía a propósito porque le tenía envidia del éxito que tenía el lobo vikingo en el Luna Llena.
—¡Vaya, así que este es el famoso Bill! —exclamo David, acercándose a nosotros para echarme un vistazo de arriba abajo— Eres una leyenda por aquí, Bill —me dijo—. Debes pasarte la mitad de la noche preparando tuppers y la otra mitad montándole la verga a Tom. Sino, no me explico cómo puede apestar así —y se rio.
Iba a responder, porque, aunque había sonado duro, había un tono de humor por debajo. No era la primera broma que me hacían sobre lo mucho que olía Tom ahora a «Macho muy feliz». Kai, Norman, Ash, Finn o Don ya me habían hecho comentarios parecidos cuando pasaban por el peaje. Sin embargo, un gruñido grave y ronco se adelantó. Tom miraba a David con expresión muy seria, esa que daba miedo.
El Beta arqueó las cejas y retrocedió un poco, alzando las manos como si pidiera disculpas.
—No lo sabía —murmuró.
—¿Y tampoco lo hueles? —preguntó él con un tono seco que jamás le había oído.
David aspiró un poco y emitió un gruñido de entendimiento. Asintió y agachó un poco la cabeza, un gesto de sometimiento ante el error que parecía haber cometido.
—Perdona, Bill —se disculpó, miró a Tom un momento más y volvió a asentir antes de marcharse hacia el interior.
—Tranquilo, Tom —murmuró Lucio, que había sido testigo silencioso de todo aquello—. Ha sido solo un error.
—Lo ha hecho a propósito —respondió, bastante convencido de sus palabras—. ¿Todos lo han olido menos él, Lucio? Porque no es que sea nada sutil…
Lucio gruñó por lo bajo, indeciso. Al parecer, fuera lo que fuera, era lo suficiente obvio para que todos se dieran cuenta. Yo no dije nada, me quedé allí con la espalda apoyada sobre el pecho de Tom, me tomé la otra cerveza que trajeron los chicos, me fumé otro cigarro y me fui cuando el lobo vikingo me susurró al oído:
—Va a empezar la fiesta. Estate atento al teléfono , me pongo algo tonto cuando bebo y voy a necesitar una Mamambulancia.
Me reí. «Mamambulancia» era como llamábamos al sexo apresurado para bajar el calentón. Había empezado con las mamadas en el auto, por eso lo de «mamada-ambulancia», pero incluía todo tipo de sexo que practicábamos más a prisa y directo de lo normal.
—De acuerdo —me despedí con un beso húmedo y Tom añadió una caricia en mi mentón y un guiño del ojo; sin importarle que los demás lobos estuvieran delante.
Fui al Hyundai, puse algo de música de verdad, una que no tuviera veinte años, me saqué otro cigarro y conduje hacia casa sumergido en lo profundo de mis pensamientos. El tiempo pasaba y el lobo seguía con sus secretos y sus medias verdades, como siempre. Había escondido algo con aquella invitación para «una copa». Estaba seguro de ello, como estaba seguro de que llamaba a la cabaña «su Guarida» a mis espaldas, porque, aunque nunca lo hubiera hecho delante de mí, los demás lobo no paraban de hacerlo y a Tom no parecía importarle.
Tom había sido muy sutil, se lo había montado muy bien y había ido dando pequeños pasos, con cada nueva cosa que traía a mi casa, gota a gota, hasta llenar el vaso. Entonces, ¡zas! Ahora era su Guarida, todo apestaba a él y yo no me había dado cuenta. O quizá eso era lo que el lobo se creía, pero yo no era tan tonto para no haberme dado cuenta ya de que todo aquello no era normal. Y no me preocupaba tenerle cerca, porque esa había sido una decisión mía. No le daba ocho putos tuppers y le mimaba como a un jodido cerdo por nada. Lo hacía por mí. Porque coger con Tom era una pasada y me divertía muchísimo, además del dinero que estaba sacando por su ropa usada.
Así que el problema no era que Tom hubiera decidido tener una Guarida conmigo, el problema era que el lobo nunca hablaba con claridad de lo que quería o lo que buscaba. Eso era lo único que no me gustaba de él. Sus putos planes secretos y sus jodidas peticiones con motivos escondidos. Haberme llevado a «tomar una copa» solo había sido el detonante de una larga lista de cosas que percibía en él y que me preocupaban demasiado como para ignorarlas. Por eso, esa noche, cuando aparqué frente a la cabaña y apagué la música, me planteé muy seriamente coger mis cosas y largarme de allí para siempre. Ya lo había hecho antes y podía hacerlo ahora.
Y de pronto, sonó una campana de mensaje y la pantalla del auto brilló con una notificación.
No sé si creen en las señales divinas. Yo no creo en esas tonterías, pero lo digo porque, si lo hacen, quizá crean que ese momento fue una especie de retorcida intervención de Dios, Alá, Buda o yo que coño sé. El lobo siempre silenciaba las notificaciones cuando yo iba con él en el auto y nunca miraba el teléfono más que para leerlas rápidamente y ver si había algo importante. Pero dio la casualidad de que aquella noche, al conducir yo, se había olvidado de hacerlo, y dio la casualidad de que se trataba de un mensaje de Sheila, una de las humanas de Tom, y dio la casualidad de que, al deslizar la pantalla hacia abajo para leerla, apareciera una foto de una preciosa mujer con piercing en la lengua y unas enormes tetas que el sujetador de encaje apenas era capaz de contener. Solo había una frase de texto: «¿Vienes a cenarlas esta noche para celebrar ese ascenso?».
Me quedé mirando las tetas un momento, después deslicé la pantalla para cerrar los mensajes y miré al frente. ¿Cómo me sentí? Aliviado. Tomé una profunda respiración y cerré los ojos, soltando el aire por entre los labios mientras me recostaba en el asiento. Por un momento había llegado a pensar que Tom había sido un cabrón egoísta y había decidido meterme de cabeza en algo que yo ni buscaba ni quería; y, aun por encima, engañándome y manipulándome para ello. Pero sabía que no podía ser, porque los omegas del foro siempre se quejaban de que sus lobos seguían viendo a sus demás humanos, y eso significaba que no habían alcanzado ese punto tan importante, ese que podría desarrollar una relación peligrosa y sin retorno.
Entonces me reí, de mí mismo y de lo estúpido que había sido. La verdad es que sonaba un poco prepotente y soberbio asumir que Tom se hubiera enamorado de mí, pero, en parte, era lo que temía que hubiera pasado. Lo de los apodos cariñosos, las constantes muestras de cariño y la forma en la que a veces me miraba, habían conseguido confundirme por completo.
Me había olvidado de que Tom era Tom, y del «Oops!… I Did It Again». Quizá a eso se refería, a que se ponía mimoso con sus humanos y al final les confundía cuando realmente nada había cambiado para él.
Salí del auto y fui hacia la cabaña, entrando en aquella atmósfera que apestaba a ese sudor cálido y tan agradable. Me fui a preparar un café con hielo en la máquina y me lo llevé junto con un cigarro a la terraza, dejándome caer en el sofá de jardín antes de cruzar los tobillos sobre la mesa baja. Con el vaso y el cigarro en una mano y el teléfono en la otra, entré en esa sección del Foro sobre Vínculos que nunca me había molestado ni en mirar.
Evidentemente, Tom y yo teníamos un Vinculo desarrollado porque había una Guarida de por medio. Así que me salté las primeras etapas y fui directo a donde ponía Vínculo Mixto. Resultaba que todo lo que estaba pasando entre nosotros no era para nada extraño: alta impregnación, numerosas marcas, muestras de cariño, leve cercanía a la Manada y muchísimo sexo, pero visitando a otros humanos, lo que quería decir que la relación no era romántica, sino más bien muy cercana e íntima, aunque no estrictamente sentimental. Ese vínculo era el más largo y difícil de superar, podía ir hacia delante, estancarse para siempre, o, simplemente, desaparecer con el tiempo. No era determinante y no tenía por qué significar nada, solo que al Macho le gustabas mucho y se sentía muy cómodo a tu lado. Había demasiados anexos y variantes de lo mismo, pero todo se reducía al hecho de que tenías un lobo de amante que cuidaba de ti porque tú cuidabas de él. Fin.
Una llamada me sorprendió en mitad de mi pequeña pausa para prepararme un segundo café. Con una leve sonrisa, respondí:
—Buenas noches, aquí el servicio de Mamambulancias, ¿en qué puedo ayudarle?
Una ruidosa risa se oyó al otro lado.
—Buenas noches, sí, me encantaría que me enviarán una mamambulancia urgente al centro de la ciudad —respondió Tom con la voz algo aletargada por el alcohol. Nunca bebía mucho, pero aquella era una ocasión especial y debía haberse tomado varias cervezas de más—. ¿Podrías enviar a ese pedazo de cabrón rubiazo con tatuajes? Me pone terriblemente caliente… Ah, y advertirle de que va a ser muy sucio y que venga preparado para una buena peste a Macho.
—Lo siento, ese rubiazo está ocupado con otro servicio ahora mismo.
Se produjo un breve silencio y entonces oí un profundo gruñido de enfado.
—Vale, Bill. Eso no me ha hecho ni puta gracia.
Pero yo me reí, fui en busca de las llaves del auto sobre la barra de la cocina y le dije:
—Era broma, Tom. Por cierto —añadí, de forma muy casual y nada intencionada—. Te saltó una notificación en el auto, creo que era de Sheila.
—Oh… ¿Y qué decía?
—No lo sé, Tom, no la miré.
—A ver… —oí como el lobo se apartaba el teléfono del rostro para revisar los mensajes, porque seguía hablando solo en voz baja y lejana hasta que, cuando ya estuve en el auto, me dijo—: Me ha enviado una foto de sus tetas y me ha felicitado por el «ascenso».
—Uh… —murmuré, fingiendo estar impresionado. Arranqué el motor, puse el manos libres y empecé a conducir mientras le preguntaba—. ¿Quieres dejar lo de la Mamambulancia y pedir un servicio de chofer?
—No, quiero la mamambulancia. Ya iré a ver a Sheila en otro momento.
—Bien, pues estoy de camino, en veinte minutos llego.
—Mmh… No sé si podré mantenerme despierto tanto tiempo. Oye, bebé, ¿por qué no me vas describiendo lo que quieres hacerme…?
—Buff… No tienes ni idea lo que voy a hacerte, Tom.
—¿No…? ¿Y qué es…? —su voz se volvió más baja y golosa mientras su respiración se aceleraba y jadeaba un poco al teléfono—. Joder, ¿es un Baño Cerdo? ¿Un 2×1? No, un Picnic Sudoroso. Oh… ya sé, Un Rodeo Blanco… — concluyó antes de gruñir de pura excitación—. Todo un clásico…
Yo sonreía y conducía a ciento veinte por hora, escuchando como Tom se excitaba a si mismo solo con pensar en cual de nuestros muchos juegos iba a usar esa noche con él. Agh…, aunque me joda un poco reconocerlo, Tom me hacía muy feliz. Nuestros tonteos, nuestras bromas y aquella relación juguetona y divertida que compartíamos me gustaban demasiado. Y, aunque hubiera estado a punto de huir, me preocupaba el día en que volviera a estar solo, el día en el que Tom encontrara a un humano mejor, quizá hasta a un compañero, y yo tuviera que pasar otra vez por la abstinencia y la soledad. Me aterraba pensar que el lobo estaba llenando rápidamente aquel pozo oscuro y profundo que era mi vida, y que, cuando se fuera, solo dejaría tras de sí un abismo más grande del que ya había.
Pero, por el momento, lo disfrutaría lo más posible. Sin tonterías y sin límites, porque angustiarse por el futuro solo amarga el presente, y el presente era demasiado dulce, demasiado fácil y demasiado divertido. Como Tom.
Continúa…
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