12: El Príncipe sucio (P.2)

Humano: Especiales de TollWriter

Capítulo 12El Príncipe sucio (P.2)

Sarah me había llamado ocho veces y me había enviado cinco mensajes bastante repletos de insultos. Cuando al día siguiente quise llamarla de vuelta, colgó sin si quiera responder, así que estaba muy enfadada y no volvería a hablarme hasta que me necesitara de nuevo. Me encogí de hombros y continué colocando los paquetes de tabaco en el estante tras la mesa de la caja registradora. No era mi culpa que hubiera tenido suerte y me hubiera largado con el lobo más guapo del local. Lobo que, para mi sorpresa, interrumpió mi noche de trabajo.

Oí un golpeteo en el cristal y, cuando levanté la cabeza de la vieja tele, me encontré con un enorme hombre con camiseta blanca y apretada, la melena recogida en un moño improvisado sobre la nuca y la sonrisa más sexy del mundo. Me saludó con la mano y señaló con el pulgar a sus espaldas. Yo me quedé un momento paralizado, con el ceño fruncido, los tobillos cruzados sobre la mesa y los brazos cruzados. Cuando Tom había dicho que iba a volver a verme, no me imaginaba que se referiría al día siguiente. Salí de detrás del mostrador y me acerqué a la puerta automática, que se deslizó con un pitido de alarma. Me giré hacia el lobo y antes de que pudiera decir nada, me preguntó:

—¿Quieres coger?

Tenía muchas preguntas, pero solo una única respuesta:

—Sí.

Señaló con la cabeza el Hyunday Tucson aparcado al otro lado de la carretera y, con las manos en los bolsillos de los vaqueros, me dirigí hacia allí. El lobo me siguió de cerca, a solo un paso de distancia, hasta que me metí en la parte de atrás. Apestaba a sudor caliente y jadeé, sintiendo una profunda e instantánea excitación a olerlo, sentimiento que solo se hizo más y más intenso cuando el lobo me siguió al interior y cerró la puerta. Lo primero que hizo fue quitarse la camiseta blanca y descubrir su increíble cuerpo de vikingo, con pecho hinchado y peludo, brazos enormes y poderosos y unos abdominales y una uve tan marcada que daba vértigo. 

Si embargo, antes de nada, se levantó un poco y puso la música tecno y algo retro de sonidos repetitivos y profundos graves. Eso fue lo último, después se dejó caer en el asiento, haciendo temblar un poco el auto, se desabrochó la bragueta de los vaqueros y giró el rostro hacia mí. Sin decir nada, me agarró del pelo y me acercó para besarme como él lo hacía.

Si pensaba que tras solo quince horas después de coger, estaría más preparado para mantener el control, me equivocaba. Volví a perderme por completo en aquella penumbra repleta de música, peste a sudor, gruñidos y gritos. Le chupé la verga de arriba abajo mientras me hacía unos dedos y después le monté sin demasiado cuidado, compartiendo insultos, jadeos, besos fuertes y lamidas. Tom volvió a escupirme y, cuando yo le tiré de la melena y le escupí incluso más; se puso tan caliente que casi se corrió dos veces seguidas, agarrándome del cuello y la cadera mientras movía la cadera como un loco y apretaba los dientes de anchos colmillos. Todo terminó tres orgasmos después, cuando al fin se detuvo y se quedó con la cabeza recostada en el asiento, respirando con fuerza y sudado.

Yo no estaba mucho mejor, apoyando la frente en su hombro mientras luchaba por recuperar el aliento. No dijimos nada durante la inflación y, después, simplemente me salí de encima y fui en busca de mi cajetilla de tabaco.

—Joder… —murmuré, dándome cuenta de que la había dejado en la chaqueta —¿Me das un cigarro, Tom? Te lo devolveré la próxima vez.

—Sí, no te preocupes… —murmuró, abriendo los ojos para mover la cabeza—. Los tengo en el pantalón.

Me incliné para buscar su vaquero, saqué uno para mí y otro para él porque me lo pidió en un leve susurro.

—¿Y lo de las cerillas? —le pregunté antes abrir la cajita para sacar una.

—El tabaco sabe mejor —se encogió de hombros —Lo oí una vez en una película de vaqueros y desde entonces siempre las utilizo.

Arqueé las cejas y prendí una cerilla para encenderme el cigarro.

—A mí me sabe igual —murmuré, acercando la llama al suyo para encenderlo antes de apagar la llama con un movimiento rápido de la muñeca.

Me giré y abrí un poco la ventanilla con cristal ahumado y totalmente empañada debido al calor acumulado y la peste más intensa que ahora llenaba el Hyundai. Recosté la espalda en el cómodo asiento y me quedé así, fumando y flotando en mi nube de calma. Tom estaba a mi lado, todavía con las musculosas piernas abiertas, la verga flácida entre ellas y pecho velludo manchado con chorros de semen. No estaba orgulloso de reconocerlo, pero el lobo me hacía correrme como un puto aspersor de lo caliente que me ponía. Eso no era algo que a Tom pareciera importarle, es más, creía que hasta le excitaba bastante, porque siempre me miraba muy fijamente mientras lo hacía, como si no quisiera perderse ni un momento de aquello.

—¿Eres fan del tecno de los 2000? —le pregunté tras un minuto en silencio, tan solo escuchando aquella música de bases repetitivas.

—Sí, me gusta mucho la música de los 2000 en general. No importa lo mala que piense que la gente que fuera, fue una gran época.

Ladeé la cabeza y fumé una calada, pensando sobre ello.

—Yo era un adolescente por entonces, así que le tengo más cariño que otra cosa.

—Y yo también —se rio y me miró por el borde de los ojos mientras arqueaba una ceja—. ¿Cuántos años te crees que tengo?

—No sé, ¿treinta y dos? 

Tom resopló.

—Lo único que tengo de treinta y dos, es lo que me mide la verga, Bill. 

Fruncí el ceño y apoyé un brazo en el respaldo para girarme hacia él.

—¿A quién quieres engañar exactamente con eso, Tom? —le pregunté—. Porque te la he chupado ya un par de veces y me la he metido por el culo, por si te has olvidado. No te mide más de veinte ni de broma.

El lobo hinchó el pecho y levantó un poco la cabeza con orgullo.

—Veinte justos —murmuró—, y si le sumas cinco, tienes mi edad.

—Ah, así que somos de la misma generación —comprendí—. Parecías mayor.

—Tú también parecías mayor, Bill .

—Sí, es de trabajar como un hijo de puta, te deja la piel un poco mustia…

Tom frunció el ceño y ladeó el rostro, volcando su preciosa melena de león por un hombro, hacia su pecho fuerte y abultado la cadena plateada que el colgaba del cuello.

—¿A quién quieres engañar exactamente con eso, Bill ? —me preguntó—. Porque te he estado mirando un rato antes de llamarte y no hacías nada más que jugar al teléfono y rascarte los huevos.

Mantuve su mirada en silencio, pero terminé con una media sonrisa en los labios. Fumé una calada y la eché a un lado, hacia la ventanilla.

—A veces hago cosas y todo —respondí—. Repongo las baldas, friego el suelo, doy mal el cambio a un cliente borracho para quedarme con dinero… Ya sabes.

—Oh… —Tom sonrió y asintió, sacándose el cigarro de los labios—. Entonces quizá podrías robarme un poco de tabaco y algo para comer…

Tragué saliva, que todavía tenía un intenso sabor a verga de lobo, miré a través de la ventanilla y después a los ojos marrones de Tom en la penumbra.

—¿En serio, Tom? No puedes tener un precioso todoterreno con luces de neón y un sistema inmersivo de música y pedirme que te robe tabaco y comida.

El lobo se encogió de hombros.

—Me gustan las cosas gratis —dijo sin más—. Y si me das más razones para venir, volveré más a menudo…

—Oh… —arqueé una ceja y asentí varias veces—. Quieres vaciarte los cojones y aún por encima que te regale cosas a cambio… Estás muy equivocado conmigo, Tom.

El lobo movió una mano y me acarició el cuello con el reverso del dedo, allí donde ya me había dejado un par de moratones al apretarme.

—¿No quieres darme un poco de tabaco y algo para comer, Bill ? —me preguntó con un tono más bajo y aterciopelado—. Todavía tengo que volver al trabajo y me he pasado el tiempo de descanso viniendo hacia aquí para verte…

—Ogh… —era indignante, pero lo había hecho tan obvio que hasta me hizo gracia—. Hay que joderse… —aparté la mirada hacia la ventanilla, con la carretera y la tienda al fondo—. Te daré el tabaco porque te lo debo, y puede que saque algo de comer porque eres un bastardo que me está empezando a caer bien, pero no te acostumbres, porque no tengo mucha paciencia con las estupideces.

Dicho eso, me dejé el cigarro en los labios y me incliné en busca de mis pantalones. Tom me observó fijamente y una ligera sonrisa en los labios, no hizo nada por vestirse antes de que saliera del auto y cerrara la puerta, pero cuando volví con una bolsa llena de bolsas de snacks, algunos dulces y sándwiches precocinados, ya estaba con la ropa puesta y esperándome en el asiento del conductor. Le arrojé la cajetilla de tabaco sin abrir y él la cogió al vuelo con una sonrisa. Miró con atención la bolsa que levanté y gruñó por lo bajo, casi como un ronroneo, apresurándose a mirar el interior..

—Vaya… —dijo—. Debió gustarte mucho el polvo para ser tan generoso conmigo….

—Que te jodan —le dediqué un corte de manga y me di la vuelta. Tom me respondió con otro, pero no había dejado de sonreír.

Cuando volvió dos días después a la tienda, hicimos lo mismo, algo que se repitió intermitentemente a lo largo de la semana; bueno, no exactamente lo mismo. En cada ocasión el lobo me sorprendía con algo nuevo, añadiendo más y más capas a ese sexo cerdo y salvaje que compartíamos. Empezó a comerme el culo, a chupármela y hasta nos hicimos un buen sesenta y nueve. Me puso tan caliente que me corrí entre gemidos, pero gemí incluso más cuando Tom se lo tragó antes de correrse también en mi boca. Ganó muchos puntos con eso, sinceramente. No me importaba tanto traerle una bolsa de comida y tabaco gratis si sabía que saldría de ese auto en una nube de peste a lobo y sexo sucio. No hablábamos demasiado, no de nada importante; solo bromeábamos, compartíamos comentarios cortantes y subidos de tono, nos vacilábamos y pasábamos un rato fumando hasta que me bajaba y me iba.

En la segunda semana, tras tres días sin vernos, apareció a la salida del trabajo, me pitó con la bocina y me saludó. Arqueé las cejas, porque ya no le esperaba aquella noche y, cuando me acerqué, me preguntó:

—¿Te hace coger en tu casa y cenar algo?

—Claro —respondí, dando la vuelta al Hyundai para subirme en el asiento del copiloto.

Aspiré aquel ambiente cálido con peste a sudor y suspiré. Solo necesitaba aquello para ponerme caliente como una perra. Me quité la chaqueta y la tiré en el hueco de los pies, inclinándome hacia la entrepierna de Tom. 

El lobo soltó un gruñidito grave de placer y enseguida recostó un poco el asiento para dejarme total acceso. Nuestra relación era totalmente sexual, así que no había ningún tabú, ni momento de incertidumbre, ni vergüenza, ni dudas tontas; si quería comerle la verga en la penumbra de su auto con música tecno a todo volumen, lo hacía y punto. Principalmente, porque me encantaba hacerlo.

Para cuando llegamos a mi casa, Tom ya se había corrido una vez y se había asegurado de limpiarme los labios a lametones en el segundo rellano, donde casi me hizo unos dedos sin importarle demasiado quién pudiera vernos allí.

 Me bajó los pantalones un poco en el pasillo y me masturbó mientras me comía el cuello y yo trataba de luchar para abrir la puerta mientras no paraba de jadear.

—Joder… serás hijo de puta…

—Sí, pues espera a que te ponga a cuatro patas en el sofá —respondió en mi oído. Y eso hizo. Tom siempre cumplía sus promesas sórdidas, no eran solo comentarios excitados, sino toda una declaración de intenciones. Me llevó agarrado del cuello hasta allí y solo se bajó los pantalones vaqueros lo suficiente para cogerme a gritos y fuertes golpes de cadera, provocando un ruido seco cada vez que chocaba contra mis nalgas, acompañado por su rugido y mis gritos. Tras la segunda corrida, me volvió a agarrar del cuello para apretarlo y aceleró mucho el ritmo de la embestida. Terminó con un cuarto orgasmo bastante ruidoso, mordiéndome el hombro y tirando de mi pelo. Ya había empezado a hacer aquello de morderme y no sabía muy bien cómo sentirme al respecto. En el momento, en mitad del sexo, me daba igual, pero después esas pequeñas muescas me picaban un poco y me molestaban si había clavado sus colmillos.

Durante la inflamación, se desató el moño revuelto de la nuca y dejó caer la melena, pasándose una mano para colocarla hacia un lado.

—Buff, qué ganas de comerte tenía —me dijo al oído.

Solo pude murmurar algo incomprensible, con la frente pegada al respaldo del sofá mientras recuperaba el aliento. Yo también tenía muchas ganas de que el lobo volviera. Cada día mi ropa olía un poco más a él y me asaltaban repentinos ataques de excitación en los momentos más extraños. Solo podía tocarme como un adolescente mientras pensaba en el enorme lobo vikingo. Después me enfadaba, porque me sentía estúpido y tonto, me prometía que no volvería a hacerlo y a las cuatro o cinco horas ya me estaba volviendo a masturbar mientras notaba su peste a sudor en la chaqueta negra. A esas alturas ya tenía bastante claro que, o me había vuelto adicto al sexo o a Tom; y no sabía cuál opción era la peor. Simplemente, el sexo era demasiado bueno y el lobo demasiado guapo.

—Me comería una vaca entera ahora mismo —murmuró él, separándose tras la inflamación—. ¿Tienes algo de comer por aquí?

Levanté la cabeza y miré la cocina frente a mí, todavía atontado y en mi nube de placer post coito, asentí.

—Genial —sonrió él, terminando de bajarse los pantalones por las rodillas y de quitarse las zapatillas. Lo dejó todo allí tirado y se fue hacia el baño mientras estiraba los brazos y gruñía con placer tras un trabajo bien hecho.

Me froté el rostro, tomé una bocanada de aire y me levanté del sofá. Me subí los vaqueros, pero me quité la camiseta manchada de mi corrida para tirarla también a un lado. Lo primero, un cigarro y un café, después busqué en el congelador y saqué las tres cajas de burritos tamaño familiar que tenía allí. Los puse a calentar en el microondas y me quedé allí, con un café en una mano y el cigarro en la otra, mirando el asqueroso suelo de la cocina. No pensaba en nada, solo me quedé allí con la boca todavía mojada y manchada de líquido viscoso, al igual que mi trasero. Todo era sucio con Tom.

El lobo regresó con una preciosa medio sonrisa, se sentó en el taburete sin molestarse en ponerse pantalones antes, alargó una mano hacia mi cajetilla y se sacó un cigarro para él antes de encenderlo con mi zippo plateado. 

Soltó una bocanada al techo y me miró.

—¿Estás bien, Bill ? ¿O es que te he cogido tan duro que te he dejado tonto?

Le dediqué un corte de manga, una respuesta ya bastante común entre nosotros, a lo que él respondió con un gesto bastante obsceno, diciéndome sin palabras que le podía comer la verga.

—Ya lo hice en el auto —le recordé antes de ponerme el cigarro en los labios y darme la vuelta para coger los burritos ya calientes.

Los puse delante de él y Tom gruñó, mirándolos con una gran sonrisa en los labios. Dejó el cigarro en el borde de la mesa, con la punta fuera para no quemar la madera, y tragó saliva antes de que su estómago rugiera de hambre al oler la carne especiada.

—Hay dos cajas más, ¿las quieres?

Me miró un momento por el borde superior de los ojos mientras se ataba el pelo en una coleta improvisada.

—Por supuesto —me dijo con tono serio antes de empezar a comer como un puto animal. 

Jadeaba porque quemaba, pero no se detenía demasiado entre bocado y bocado.

Le saqué la segunda tanda y se la tragó tan rápido como la primero, pero en la tercera ya ralentizó el ritmo y se paró más a masticar. Yo le observaba atentamente, bastante seguro de que no podría con todo, porque era muchísima comida; sin embargo, Tom se lo terminó todo como un héroe, quedándose muy quieto y con la respiración profunda bajo su camiseta negra. 

Eructó con fuerza y suspiró, yendo en busca de otro cigarro porque el de antes ya se había consumido por entero, arrojando la ceniza al suelo. Se lo encendió, le dio una calada y apoyó el codo en la mesa para frotarse los ojos.

—Joder… estoy a punto de reventar… —murmuró—. Estaba muy bueno…

—Si vas a vomitar, te vas a la puta puerta —respondí, dejando el vaso de café vacío en el fregadero.

—No, no… solo necesito sentarme un momento —respondió, levantándose para darle otra calada al cigarro y, tras un breve instante en el que pareció que se iba a desequilibrar y caerse de cara al suelo, dio un paso rápido y alcanzó el sofá—. Oh… joder… —gimió, sentándose y recostando la cabeza en el respaldo. Pasó una mano por encima y fumó otra calada.

La escena era… curiosa: un enorme lobo con la barriga abultada y sin pantalones en mi sofá, fumando lentas caladas con los ojos entrecerrados y adormilados. Me senté a su lado y puse la televisión para ver algo mientras descansaba. Noté un movimiento y volví el rostro. Tom me miraba por el borde de los ojos y me daba pequeños toques con la rodilla en la mía. Tras un momento, me hizo una señal con la cabeza como si quisiera que me acercara más a él.

—Ah… —comprendí.

Subí un brazo por el respaldo para estar más cómodo y coloqué la mano en su barriga abultada para acariciarla sobre la camiseta negra.

—Oh… —gimió Tom, cerrando los ojos antes de empezar a ronronear como un gatito.

A los lobos les encantaban las caricias, algo de lo que me había olvidado porque Tom y yo nos habíamos saltado bastantes de los pasos que la mujer de la charla nos había dado. Sí era cierto que el lobo se ponía nervioso si le tocaba el cuello y que nunca me daba la espalda, pero en lo demás no había acertado demasiado. Solo pasaron un par de minutos hasta que Tom se quedó dormido, roncando y sufriendo contracciones en la pierna. Se me saltó la risa y negué con la cabeza.

—Hay que joderse… —murmuré, quitándole el cigarro de la mano antes de que quemara algo de mi puta casa.

Me dio tiempo a recoger la cocina, lavar los platos y fumarme otro cigarro con un segundo café y volver a sentarme para terminar de ver las noticias de la madrugada antes de que el lobo se despertara casi de un salto. Miró a los lados y parpadeó un par de veces al encontrarme a su lado.

—Me quedé dormido —anunció con voz ronca y los ojos todavía adormilados.

—Sí, se podían oír tus putos ronquidos a kilómetros, Tom —respondí.

El lobo tomó una buena bocanada de aire, me acercó contra él y se limpió los morros en mi pelo.

—Hago mucho ruido siempre —me dijo en voz baja—. En todo… —y se rio un poco de su propia broma—. ¿Qué hora es? —preguntó entonces.

—Las ocho y media..

—Buff… joder, que tarde —me liberó para que pudiera volver a sentarme y miró el salón.

Bajó una mano del respaldo para rascarse los huevos como todo un señor y después se levantó, agitó la cabeza para aclararse y fue en dirección al baño. Me quedé mirándole con las cejas arqueadas y sin saber qué decir sobre todo aquello. Oí su fuerte meada, otro eructo y un leve «joder…» antes de que volviera a aparecer por el salón—. Estaba muy espaciada la carne —me dijo.

—Eres un puto cerdo, Tom… —respondí con tono serio.

—No te quejas tanto de eso cuando te como el culo o hacemos un buen beso blanco, ¿eh, Bill ? —dijo, agachándose a por sus pantalones para ponérselos.

Entreabrí los labios, pero no tenía nada que decir al respecto. Tom me había cerrado la boca con aquello. Se subió sus vaqueros, se metió la verga por dentro y subió la bragueta, sentándose a continuación en el sofá para calzarse.

—Por cierto, en dos semanas es El Celo —me dijo—. Voy a venir aquí.

—¿Qué?.

—Que voy a pasar El Celo contigo —repitió, como si realmente se creyera que no le había oído bien la primera vez—. Es para que vayas preparándolo todo y tal— terminó de abrocharse los cordones de sus carísimas Nike y se puso de pie. Entonces se sacó un cigarro y lo puso en los labios, ignorando por completo mi mirada seria e incrédula. 

Tom estaba hablando con calma y la totalidad seguridad de que aquello iba a suceder y de que yo estaría encantado por ello. No fueron sus palabras, sino su actitud lo que me estaba dejando tan sorprendido que no era capaz ni de enfadarme, solo quedarme allí plantado con los labios entreabiertos.

—Tendremos que coger más en la cama — continuó como si nada, señalando con el pulgar a sus espaldas, donde estaba la habitación—, sé que no has cambiado las sábanas, pero no huelen lo suficiente a mí. Lo solucionaremos rápido —aseguró con un tono más bajo y sórdido, añadiendo uno de esos guiños capaces de hacer que una monja de clausura se corriera a mares. Se detuvo para encender una cerilla y acercarla a la punta del cigarro y entonces se despidió con una sonrisa y un—: Nos vemos, Bill .

El lobo se dio la vuelta hacia la puerta y se fue.

—¿¡QUÉ!? —rugí entonces.

Me quedé jadeando, con los ojos abiertos como platos y el corazón latiendo con fuerza el pecho. Una vez que la sorpresa se había disipado, llegó la profunda ira. Me levanté de un salto y me fui a la ventana para abrirla, pero, como todo en aquella casa, no funcionaba bien y se quedó encajada. Apreté los dientes y tiré de ella, pero no se movió por mucho que lo intentara. Al final, terminé por meter el cuerpo como pude para sacarlo afuera…

—SERÁS HIJO DE PUTA —le grité al lobo, pero ya era demasiado tarde y ya se estaba alejando por la carretera a toda velocidad..

Rugí y golpeé la repisa con el puño, volviendo a meter el cuerpo para no terminar empapado con la lluvia. «No, no, no…» repetía para mí, negando con la cabeza. Tom podía estar bien seguro de que en mi casa no iba a pasarse El Celo.

Pasaron otros tres días hasta que volví a verle. Tres días alimentando mi ira y mi resentimiento en un bucle infinito de frases susurradas y dientes apretados. Estaba esperando pacientemente ese momento en el que apareciera por la tienda, porque se iba a largar de allí con una patada en la boca y los huevos de pendientes. 

Entonces sucedió, una noche de jueves al salir de la tienda después de que la señora Ming apareciera con su cara de asco y me diera el cambio de turno. Bajo la lluvia, había un precioso Hyundai Tucson aparcado a un lado de la acera. La ventanilla se bajó y vi al lobo más guapo del mundo, con su increíble sonrisa y un fajo de billetes con los que se abanicaba como si hiciera calor.

Mantuve mi expresión de ira contenida hasta que me acerqué lo suficiente y le oí decir:

—Hola, cosa sexy, ¿cuánto me cobrarías por una buena mamada en el auto, un polvo sudoroso en tu cama y una buena cena?

—Tom… —le dije, deteniéndome frente a la ventanilla, bajo la lluvia. Había el momento de soltar mi discurso cargado de veneno y que daría por finalizada aquella relación entre nosotros..

—¿Qué pasa, Bill ? —me preguntó, frunciendo el ceño y perdiendo de pronto la sonrisa—. ¿Ha ocurrido algo? —se incorporó en el asiento, cerró el fajo de billetes y miró por el retrovisor hacia la tienda—. ¿Han sido los putos racistas de tus jefes?, ¿quieres que les haga una visita?

—No —negué—. Es sobre ti y El Celo, Tom..

—Ah… —de pronto pareció más tranquilo, relajó la postura erguida y su expresión seria—. ¿Tienes alguna pregunta? Entra, no te quedes ahí en la lluvia. 

Esperé unos segundos, pero decidí entrar en el auto. Llevaba mucho esperando por aquello y no tenía prisa por disfrutar de mi venganza. Ni el olor a sudor fuerte y cálido del lobo pudo con mi orgullo esta vez.

—Pero antes, tengo algo para ti —me dijo entonces, cuando cerré la puerta—. Bueno, realmente tengo dos cosas para ti. La primera es esto —y me ofreció el fajo de billetes.

Me quedé mirando el fajo de dinero. Alargué una mano y lo cogí, abriéndolo para contar más de diez de veinte. Doscientos cuarenta dólares en total. Levanté la mirada hacia Tom, que había apoyado la mano en el cabezal de mi asiento y sonreía como si supiera que aquello me iba a encantar.

—Sé que no te sobra el dinero, Bill , y que vas a tener que pedir días libres para El Celo y comprar algunas mierdas más —se encogió de hombros—, así que he pensado en poner mi granito de arena.

Cerré el fajo de billetes y lo golpeé suavemente contra mi muslo mientras pensaba en cómo reaccionar a aquello. Seguía enfadado, por supuesto, pero aquella había sido toda una sorpresa bastante agradable.

—Y esto es lo segundo que quiero darte —añadió él, y se llevó la mano a la entrepierna para apretar el obsceno bulto de sus vaqueros y mover un poco la cadera—. Me he estado aguantando estos dos últimos días. Oh… —sonrió más, como si la idea de lo que me iba a hacer ya le estuviera volviendo loco —Vamos a dejar esa cama tan apestosa que se va a oler en todo el barrio…..

Seguí golpeando el fajo de billetes contra el muslo, descendiendo la mirada tan solo un momento para ver como se apretaba la verga bajo el vaquero, cada vez más gruesa y dura contra la tela.

—No me gusta como has dado por hecho que iba a aceptar pasar El Celo contigo, Tom —murmuré, con tono serio, pero no tan frío y duro como me había imaginado que se lo diría.

—¿Qué? —preguntó, dejando de manosearse y perdiendo parte de la sonrisa—.¿Por qué, qué problema hay con eso? ¿No quieres un Macho para El Celo?

—No me gusta que me sueltes algo así y te vayas sin si quiera hablarlo — continué, mirando sus ojos en la penumbra del auto—. Estaba bastante enfadado de que dieras por hecho que podías pasarte tres o cuatro días en mi casa, sin siquiera pensar en los problemas que podría darme eso, pero, al parecer, sí tenías una cierta idea… —levanté el fajo.

El lobo asintió, extrañamente serio para ser él, lo que le hacía parecer casi otro lobo diferente, igual de atractivo y sexy, pero diferente al que nunca dejaba de tontear conmigo y decirme guarradas.

—No soy estúpido, Bill . He visto el barrio en el que vives, tu trabajo de mierda y tu ropa de segunda mano —me dijo con tono serio—. Que no hable de ello no quiere decir que no me dé cuenta.

—Ahm… —murmuré, ladeando un poco el rostro—. Así que eres de esos que miran mucho y hablan poco…

—¿Te parece que hablo poco? No paro de preocuparme por ti y preguntarte cómo te encuentras.

Tardé unos segundos, pero terminé sonriendo.

—Es cierto —murmuré—, siempre te preocupas mucho por saber si me gusta cómo me coges la boca o el culo. Eres todo un detallista, Tom.

El lobo bajó la mano del respaldo y me acarició el rostro.

—Lo sé… Soy como un héroe sin capa…

—Totalmente, salvando a la humanidad a vergazos.

Tom sonrió, hinchó su pecho con orgullo y levantó la cabeza.

—He nacido con un enorme don —declaró, agarrándose la verga por encima del pantalón—, y mi deber es compartirlo con el mundo…

Murmuré una vaga afirmación, guardé el fajo de billetes en el bolsillo de la chaqueta y me la quité, porque estaba empapada de lluvia y quería estar cómodo. Me incliné, colocando una mano en el respaldo y la otra sobre su entrepierna.

—Así que yo no soy el único al que salvas por las noches… —deduje, murmurando cerca de sus labios.

Tom no respondió, solo extendió su afilada sonrisa y gruñó por lo bajo, disfrutando de la sórdida caricia antes de besarme. Seguía pensando que Tom no era el que mejor besaba del mundo, pero no importaba cuando notabas su lengua caliente recorriendo cada centímetro de tu boca. De mis labios pasó a mi cuello y sus manos ya estaba apretándome las nalgas  cuando cerré los dientes para ahogar un gemido..

—Eres de los que más me gusta salvar… —susurró en mi oído antes mordisquearme el lóbulo y tirar suavemente del pendiente de aro.

—Aha… —murmuré, desabrochando el botón de su vaquero antes de bajarle la bragueta—. Pero yo no necesito un héroe, Tom —susurré pegado a sus labios, sintiendo los leves jadeos del lobo cuando le alcancé la verga empapada bajo el pantalón—. Lo que necesito es que me digas las cosas y que me las expliques antes de irte y volver con doscientos dólares… ¿Entiendes?

Ladeé un poco el rostro, pero Tom ya estaba perdido en la excitación y le costó responder:

—Sí…

Saqué la mano de sus pantalones y me lamí el líquido preseminal que allí había, incluso algo más denso, apestoso y fuerte de lo que solía ser, así que el lobo no había mentido al decir que se había «aguantado» para aquella ocasión. Tom me miró hacerlo con los labios entreabiertos y perdiendo el aliento.

—Sí… joder… —jadeó ante de tragar saliva y besarme para saborearse en mi boca.

Yo sabía perfectamente que clase de guarradas le gustaban a Tom, porque se parecían mucho a las que me gustaban a mí.

 El lobo gruñó más fuerte al lamerme los labios y después me agarró de la muñeca para ser él mismo quien recogiera el líquido viscoso que después compartió conmigo en otro beso sórdido y húmedo. Cuando se separó, agitó la cabeza y soltó un ya clásico: «guau», señal de que estaba encantado con aquello. Se quitó la camiseta y la tiró sobre el salpicadero sin ningún cuidado, reclinó el asiento y arrancó el motor.

—Tenemos que llegar a casa —me dijo, pero pareció más algo que se estuviera recordando a sí mismo.

Murmuré una afirmación, pero no me detuve. Le acaricié su pecho grande, velludo y fuerte y le lamí el cuello. Tom no pareció muy seguro de aquello y se puso algo nervioso, aunque fue apenas unos segundos antes de gemir y apretar el abdomen. Su verga dura y fuera de la bragueta empezó a producir una cantidad obscena de líquido preseminal contras sus marcados abdominales, más incluso de la que ya había allí; apestando por completo el auto y poniéndome como una jodida moto.

No me había pasado el enfado, no del todo, porque yo soy una persona rencorosa, sin embargo, el dinero me había calmado bastante. No me refiero a los doscientos dólares, sino a la muestra de que Tom no era tan cabrón, egoísta y egocéntrico como creía que era. Había dado por hecho algo sin consultarme, pero había vuelto con una solución para los problemas que pensaba que podría darme. Una frágil balanza con la que debería tener cuidado.

Cuando llegamos a mi barrio, Tom ya estaba jadeando y algo sudado. Le había estado manoseando y lamiendo todo el viaje, su verga estaba tan dura que palpitaba de vez en cuando mientras no dejaba de agrandar más la mancha viscosa contra su abdomen y su vello rubio oscuro. No se molestó en limpiárselo un poco antes de metérsela de nuevo en el pantalón y, con bastante dificultad, conseguir abrocharse el botón. Tampoco se puso la camiseta, sino que salió con el cuerpo al aire hacia la calle lluviosa, esperándome con impaciencia a que hiciera lo mismo. 

En esa ocasión no hubo tonteo en el rellano, ni parones en las escaleras. Un Tom bastante enloquecido tiró de mí directo al cuarto piso, donde él mismo abrió la puerta tras buscar las llaves en el bolsillo de mi chaqueta. Mojado de lluvia, se deshizo el moño de la nuca y me llevó a la cama. Lo primero que hizo fue quitarse los pantalones con un gemido de placer y liberación, lo segundo, fue pegar mi cara a la enorme mancha de líquido viscoso.

Fue un sexo muy sucio, apestoso y duro, como siempre con Tom, aunque en esta ocasión el lobo estuviera mucho más excitado y descontrolado, cogiendome, besándome y mordiéndome como un animal mientras se corría un poco por todas partes. La primera en mi boca después de un sesenta y nueve; la segunda en mi pecho mientras me escupía y me agarraba del pelo; la tercera en mi ano, sacándola antes para masturbarse y volver a meterla, produciendo un sonido mucho más viscoso y sórdido que antes ahora que tenía el culo lleno de semen; la cuarta llegó en ese momento, entre gritos y gruñidos fuertes; y, para mi sorpresa, continuó hasta una quinta, esta vez de cara, con más de rodillas en la cama que parecía a punto de romperse, agarrándome en brazos mientras yo le rodeaba la cadera con las piernas. Y con un simple: «jo…der…» gemido casi sin aliento, todo cesó.

Tom se derrumbó hacia delante, llevándome con él para provocar un último crujido de la cama y un último golpe contra el cabezal. Sudado, jadeante y caliente, se quedó con la cabeza al lado de la mía. Yo no estaba mucho mejor, pero tuve que levantar una mano temblorosa para apartarle la melena que había caído sobre mi rostro. Normalmente Tom solía decir algo durante la inflamación, pero no en aquella ocasión, que se quedó quieto sobre mí mientras le acariciaba la musculosa espalda, resbaladiza por el sudor. Todo apestaba bastante al lobo, así que, en general, había cumplido su promesa.

—Si ahora me das tanta comida como para reventar, será la noche perfecta… — le oí susurrar en mi oído poco después de que la inflamación remitiera..

—Dame un puto minuto más —respondí, porque todavía seguido montado en mi nube de felicidad y placer. Me había corrido dos veces, o al menos eso creía, puede que solo me hubiera meado un poco debido a la fricción continua de la próstata, pero me daba igual.

No fue uno, sino unos buenos cinco minutos, cuando, con un gruñido de queja, aparté al lobo y me fui al baño para… tratar de limpiar el desastre que era en ese momento. Todavía estaba lavándome la cara cuando Tom entró también con una expresión muy calmada y se quedó frente al retrete, colocando una mano en la pared para echar una de sus largas y ruidosas meadas.

—Entonces, ¿tienes alguna pregunta del Celo? —me preguntó sin levantar la vista—. Básicamente es un montón de sexo salvaje en la cama, pero voy a perder la conciencia y no vas a poder hablarme ni pararme. —Se la abaneó un poco, pero no demasiado, para soltar las últimas gotas. Tiró de la cisterna y vino hacia mí para abrazarme por la espalda y mirarme a través del espejo sucio frente al lavabo—. Básicamente serás como el precioso culito en el que voy a descargar litros y litros de buena corrida de Macho.

—Si me lo dices así, no sé cómo podría rechazarlo —murmuré, terminando de frotarme la barba con agua jabonosa.

—A qué sí… —dijo en voz baja, inclinando su preciosa sonrisa sobre mi cuello, en el que había dejado bastantes nuevas marcas de mordiscos y moratones. Lo olió con una buena respiración y gruñó por lo bajo—. Si dejas de usar jabón con perfume, sería genial —me dijo entonces, no como una petición, sino casi como un consejo. Se separó y me dio un cachete en el culo—. Olerías más a mí.

Dicho eso, se fue a la ducha. Me sequé los morros con la toalla y fruncí el ceño. A veces Tom parecía querer decir algo sin ser nada concreto con lo que quería, lo que no me gustaba demasiado. Yo no estaba allí para darle vueltas y analizar cada momento buscando mensajes ocultos. No era esa clase de persona y ya se lo había advertido.

—Tengo dos paquetes de lasaña familiares, ¿caliento los dos? —le pregunté, lo suficiente alto para que pudiera escucharme tras el ruido del agua.

—No deberías seguir preguntándome eso, Bill.

Puse los ojos en blanco y negué con la cabeza, pero el lobo no pudo verme. A Tom le gustaba decir que comía mucho, pero después llegaba al límite enseguida y dejaba parte en el plato. Ya había tenido que tirar un par de restos, así que solo calenté una lasaña mientras me preparaba un café y me fumaba un cigarro al lado de la puerta de emergencias.

 El lobo apareció recién duchado y con una toalla enroscada alrededor del pelo, lo que me hizo arquear las cejas en una expresión de sorpresa y curiosidad.

—¿Qué pasa, Bill ? ¿Nunca has visto a un sultán? —me preguntó con una de esas sonrisas sexys y suaves antes de sentarse en el taburete cara a mí, completamente desnudo y con las piernas abiertas—. He venido a ver a mi concubina y ahora quiero mi cena —añadió, alargando el brazo para coger un cigarro de mi cajetilla y encendérselo con el zippo.

Le dediqué un corte de manga, que él respondió con un movimiento de cabeza prepotente y una sonrisa más amplia mientras soltaba el humo hacia el techo. Había que ser tan guapo como Tom para que, incluso con una estúpida toalla anudada en la cabeza, siguiera pareciendo jodidamente sexy. 

El timbre del microondas nos interrumpió y, cuando abrí la puerta, brotó un delicioso vapor y un leve sonido de queso derretido que hicieron gruñir al lobo y rugir sus entrañas. 

Miró la bandeja con ojos muy atentos y dejó el cigarro a un lado, sobre el cenicero que le había dado después de obligarle a limpiar la puta ceniza que siempre caía al suelo.

El lobo aceptó el tenedor y entonces empezó a comer, rápido al principio, manchándose la barba rubia como cuando cogíamos, pero cambiando la saliva, el líquido preseminal y el semen por queso derretido y carne en salsa. Fui por una cerveza de medio litro y se la dejé cerca, junto con la mía y un sándwich que me comí mirando cómo el lobo devoraba la lasaña. El me miraba de vez en cuando y, hacia el final, se empezó a detener, sus bocados se hicieron más pequeños y masticaba con mayor detenimiento. Quizá solo por orgullo, se la terminó, apartó la bandeja vacía y resopló.

—¿Quieres la otra? —le pregunté, solo por joder.

Tom me miró por el borde superior de los ojos mientras tomaba lentas bocanadas de aire.

—Ya había comido de camino aquí —murmuró, como si fuera una justificación por la cual no podía con más. Alargó un brazo para ir a por otro cigarro y se lo encendió, sorbiendo el aire y frotándose la frente bajo la toalla.

Se tomó entre uno y dos minutos para levantarse e irse hacia el sofá, donde cayó rendido.

—No tendrás una manta o algo por ahí, ¿verdad? —me preguntó.

Volví a poner los ojos en blanco, dejé la bandeja en el fregadero y me fui a la habitación en busca del edredón deshecho y enredado sobre la cama. Tom me miró y lo celebró con un leve ronroneo mientras le cubría, después me miró a los ojos y me hizo aquella leve señal para que me sentara a su lado. Algo silencioso, ni una pregunta ni una petición, solo una simple oferta. Lo que quería era que le acariciara la barriga y el pecho hasta que se quedara dormido, cosa que hice, porque la verdad es que hacía algo de fresco, el lobo estaba muy caliente y el edredón guardaba aquella calidez junto con la deliciosa peste de Tom.

—Pon un documental o algo —me pidió, interrumpiendo los ronroneos para entreabrir unos ojos ya demasiado adormilados—. Me gustan…

—¿Y de dónde mierdas quieres que saque un documental a las siete de la mañana?—le pregunté, pero él solo se encogió de hombros y volvió a recostar la cabeza envuelta sobre el respaldo.

Cogí el mando con una mueca de asco y pasé canales. Por suerte para él, yo no tenía televisión por cable ni ninguna idiotez así, lo que llegaba a mi tele de mierda eran cadenas públicas, y allí abundaban los canales educativos repletos de documentales para rellenar horas de emisión a muy bajo coste. Elegí uno de la sabana africana y me quedé mirándolo hasta que, finalmente, también me venció el sueño.

Me desperté lo que creí que fueron segundos después, sin embargo, por los cristales repletos de lluvia entraba una claridad plomiza de medio día. Giré el rostro y vi a un Tom tan adormilado como yo.

—Vamos a la cama —me dijo con voz ronca.

Asentí sin más y me levanté con un gemido de queja, arrastrando por el suelo el edredón de camino a la cama. Tom se quitó la estúpida toalla, se pasó una mano por la melena y se dejó caer en el colchón, el cual se abaneó un poco debido al peso del enorme lobo. Yo me tumbé a su lado, tiré del edredón para, solo con las piernas, extenderlo lo suficiente para cubrirnos. Cerré los ojos y volví a quedarme dormido.

La segunda ocasión que me desperté, lo primero de lo que fui consciente era del calor y el peso. Había un cuerpo muy pegado a mí, lo que al principio, en mitad todavía de la inconsciencia, me resulto extraño y chocante. Entonces olí algo, sudor fuerte y cálido, denso, pero nada desagradable. Al instante, de una manera tampoco del todo consciente, supe que aquel hombre que me abrazaba y roncaba en mi oído era Tom. Entonces me tranquilicé y, pasada la sensación de peligro, solo fui consciente de la deliciosa peste y lo cálido que era el lobo. Gruñí con placer y me volví un poco para pegarme más a él. Todavía adormilado, le acaricié el pecho abultado y fuerte, bajando hacia sus abdominales. Con mi boca busqué sus labios, dándole un par de besos suaves antes de descender por su cuello. Oí un gruñido y un leve jadeo. Tom también se había despertado y por el bulto carnoso cada vez más duro y mojado contra mí, debía tener tantas ganas de coger como yo.

Se volcó hacia un lado, de cara al techo, para dejarme libre acceso a su cuerpo y empezó a gruñir cada vez más fuerte y grave mientras le lamía el pecho y hundía mi cara en el vello pardo que allí había, bajo la cadena plateada. Yo gemía de puro placer, totalmente extasiado por su peste y aquel cuerpo de salvaje vikingo. Como si Tom lo supiera, levantó un brazo y me agarró del pelo para tirar de mí hacia su axila. No es algo que yo hubiera hecho nunca, ni tampoco algo que creyera que me fuera a gustar especialmente, pero, joder, hundir la cara en esa enorme axila apestosa y peluda me puso tan caliente que creo que perdí totalmente la razón. Para cuando la dejé empapada en saliva, Tom ya estaba jadeando y deseando besarme y lamerme los restos de mi boca.

Fue un pedazo de polvo brutal de primera hora. Tom se corrió cuatro veces sin casi parar entre orgasmo y orgasmo, volvimos a hacer un montón de ruido y a golpear sin cesar el cabecero de la cama. Terminamos en la postura del misionero, con Tom mordiéndome el cuello y tirando de mi pelo mientras yo le arañaba la espalda y le apretaba con fuerza contra mí, ahogando a la vez gritos de dolor y de placer. Cuando llegó la inflamación, nos quedamos recuperando el aliento hasta que él incorporó la cabeza, se pasó la mano por la melena para volcarla toda hacia un lado como una cascada y me miró a los ojos.

—¿Qué hay de desayunar? —me preguntó.

Continué jugando con su pelo sedoso entre las dedos un poco más antes de apartar la mirada del techo para mirarle a él.

—¿Qué mierda quieres? —respondí.

—Unos huevos revueltos con beicon, salchichas y un buen café con leche no estarían mal.

—Solo tengo huevos en la nevera —murmuré, volviendo a cerrar los ojos antes de tomar una buena bocanada de aire. Estaba tan a gusto que hasta me costaba centrarme para pensar—. Pero si quieres podemos ir a una cafetería y que lo preparen allí.

—¿Te refieres a que vas a ir a buscarlo y a pedirlo y lo vas a traer aquí? 

Abrí de nuevo los ojos y le dediqué una mirada seria.

—No —negué al momento—. Me refiero a que levantes el puto culo y vayamos los dos a desayunar.

—Ah… —exclamó, pero, por alguna razón, pareció sorprendido—. Sí… eso también estaría bien —murmuró antes de darme un suave beso en los labios y añadir—: Me gusta mucho salir…

Me limité a asentir y esperar esos tres deliciosos minutos que nos quedaban de inflamación, hasta que remitió y tuvimos que dejar la cálida y apestosa cama para ir a ducharnos y volver a vestirnos. 

Tom ya tenía un cigarro en los labios y el pelo recogido en unos de sus moños cuando subió al Hyundai Tucson. Buscó una cajetilla de cerillas en el cajón que había entre los asientos y se encendió una para prenderlo. Yo usé mi zippo y bajé un poco la ventanilla para dejar salir el humo. Todavía no le había dado demasiadas vueltas al hecho de que Tom se hubiera quedado a dormir en casa, simplemente era algo que había ocurrido y a lo que no tenía por qué darle importancia.

—Dime, ¿a cuál quieres ir? —me preguntó, arrancando el motor y quitándose el cigarro de los labios para dejar ambas manos en el volante.

—Si quieres un desayuno fuerte a estas horas de la tarde, hay un par de cafeterías Redmond. Iba a una de ellas cuando trabajaba de jardinero por horas podando los setos de las mansiones —fumé otra calada y eché el humo por la rendija antes de girar el rostro y sonreír un poco—. ¿Sabes cuántas amas de casa trataron de ligar conmigo?

—Podría hacerte la misma pregunta —me aseguró él, arrancando el motor y dando un giro en la calle para atajar en dirección a Redmond.

—Una incluso me ofreció dinero —añadí.

—Pff… —Tom puso una media sonrisa prepotente y me dedicó un rápida mirada por el borde de los ojos—. A mí me han llegado a ofrecer mil dólares por dejarme hacer una mamada.

No estaba sorprendido, el lobo lo valía.

—Y aceptaste —dije.

—Claro que acepté —frunció el ceño y negó con la cabeza, como si fuera algo obvio—. Eran mil putos dólares por los tres minutos que el humano tardó en correrse.

Me reí y después fumé otra calada del cigarro, apoyando el codo en la ventanilla antes de rascarme el bigote con el pulgar.

—Yo nunca he aceptado dinero por coger —le confesé, mirando la calle lluviosa y a la gente que cruzaba corriendo o bajo enormes paraguas.

—¿Cómo que no? Te has quedado doscientos dólares por El Celo.

—No es lo mismo —respondí, girando el rostro hacia él—. Tú me vas a hacer perder ese dinero por los días de trabajo a los que no podré ir. No me estás pagando por coger…

Tom mantuvo su sonrisa mientras fumaba una calada y me dedicaba otra de esas miradas rápidas. Para una persona que normalmente conducía a ciento cincuenta por hora, aquella tarde se lo tomaba con mucha calma, solo yendo un poco por encima del límite de velocidad.

—Entonces, ¿por eso tardaste dos días en volver? —le pregunté—. ¿Estabas poniendo el culo en las esquinas, Tom?

Se rio un poco y, con cada golpe de aire, soltó también un leve humo grisáceo de tabaco.

—No, tenía trabajo en la Manada. El dinero lo conseguí en un cajero automático— respondió— Fui hasta allí y toqué esos botoncitos hasta que la muy perra me escupió los billetes… Más o menos lo que te hice a ti esta mañana, pero sin menos gritos y chupetones en el cuello —y me guiñó un ojo.

—Oh… —asentí. Mirando un momento las marcas que le había dejado al lobo, no de forma intencionada, tan solo por la excitación del momento—. Que cerda, cuando voy yo solo me dice que le debo dinero.

Tom volvió a reírse y giró el volante en un cruce, cuando la calle fue más llana y recta, movió una mano y la dejó en mi muslo, acariciándome suavemente con el pulgar . Un roce íntimo y extraño que no me esperaba de él.

—Cuéntame algo de ti, Bill  —me pidió entonces—. Además de chuparme la verga como si no hubiera un mañana, ¿qué más te gusta hacer?

—Chuparte las pelotas como si no hubiera un mañana.

El lobo volvió a reírse, pero tras una calada y arrojar el cigarro por el hueco de su ventanilla, insistió:

—Vamos, joder, lo digo en serio. Cuéntame un poco sobre ese trabajo de tus sueños en la tienda china.

Chasqueé la lengua y tomé una bocanada de aire. No era mucho de compartir mi vida con los demás, pero terminé contándole a Tom algunas de mis experiencias en la «Wondering Shop», algunas buenas, otras graciosas y algunas indignantes. Eso llenó el viaje de media hora, cuando nos detuvimos en el aparcamiento de una cafetería y el lobo me señaló que fuera primero, quedándose a un paso de distancia a mis espaldas. Aquella estupidez era tan común que ya ni me sorprendí. 

Elegí por los dos una mesa al lado de la ventana y le entregué la carta junto con un breve «invito yo». Cuando llegó la camarera, bastante sorprendida y asustada de vernos allí, le pedí un café solo para mí y un sándwich, después un Tom bastante serio e intimidante le pidió un desayuno «El Rey», con huevos, salchichas, beicon, tostadas con mantequilla y un par de rollos de crepes salados con jamón de york y queso chédar. Nada más irse la mujer, volvió a sonreírme y me preguntó:

—¿Y qué pasó después de eso?

No me esperaba que el lobo realmente tuviera la más mínima curiosidad por mi vida, y no me importó seguir quejándome de mi trabajo y mis jefes mientras desayunábamos. Tom me miraba de vez en cuando, metiéndose absurdas paladas de su desayuno en la boca y parándose solo a beber de su café con leche para bajarlo. Al terminar, soltó aire y me dijo:

—Estaba muy rico —miró alrededor, con las mesas repletas de gente tomándose un café antes de volver a casa para cenar—. Y hay… bastantes humanos aquí.

—Sí, es lo que suele pasar en las cafeterías —respondí sin más antes de ponerme un cigarro en los labios y levantarme para ir a pagar.

Tom me acompañó a un paso y se quedó de brazos cruzados y muy serio ante la camarera que no sabía si mirarle o ignorarle por completo. Al fin me dio el cambio del billete de veinte y pudimos irnos de allí.

—¿Te dejo en el trabajo? —me preguntó Tom en el auto, encendiendo el motor para poner la calefacción.

—Sí, será lo mejor. Puedo hacer tiempo antes de entrar —respondí.

Tom asintió y fue a buscar una cerilla para encenderse el cigarro largo, la apagó con el mismo humo de la calada y la tiró por el ventanilla antes de empezar a conducir.

—Si quieres, la próxima vez te llevo a una cafetería que conozco, pero está en el centro. También hay muchos humanos allí…

Otra vez, sentí que el lobo quería decir mucho más de lo que había dicho con aquello. Que había algún tipo de significado oculto en todo aquello. Fruncí el ceño y le miré un par de segundos en silencio antes de responder:

—Como quieras, pero invitas tú..

Tom sonrió un poco y asintió antes de colocar su mano de vuelta en mi muslo. Por aquel entonces yo no tenía ni idea de lo mucho que aquel gesto significaba para él, solo me parecía un roce casual y sin importancia entre dos personas con una relación como la nuestra, muy sexual y cercana. Después de todo lo que le había lamido y las guarradas que hacíamos cogiendo, ya quedaba muy poca intimidad que guardar el uno del otro. O eso creía por entonces; pero Tom era un lobo complicado, con un montón de capas por debajo de aquella actitud relajada y juguetona.

Lo que yo había visto hasta entonces, solo era la punta de iceberg.

Continúa…

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por TollWriter

Escritora del Fandom

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