Fic Toll de WifesKaulitz

Capítulo 24

El trayecto de regreso fue rápido. Me aferré a la cintura de Francis mientras la moto rugía por las calles tratando de ignorar cómo mi cuerpo reaccionaba a la cercanía de otro Kaulitz. Cuando finalmente se detuvo frente a mi casa, el silencio de la calle se sintió extrañamente pesado.

Me bajé de la moto, quitándome el casco con torpeza mientras intentaba recuperar la compostura. Francis bajó el apoyo de la moto y se quedó sentado, mirándome con esa intensidad que empezaba a resultarme familiar, pero que en él no se sentía como una amenaza, sino como una invitación al desastre.

Algo inocente, genuino.

— Gracias por la comida, Francis. — dije, tratando de sonar casual mientras metía las manos a mis bolsillos traseros. — Estaba muy rico el desayuno… todo. — Francis sonrió con inocencia. Se levantó de la moto y caminó hacia mí hasta quedar a escasos centímetros.

— Bill ser… especial. — susurró, acortando el espacio. — Yo querer despedida de caballero ruso.

Se inclinó lentamente. Pensé que me daría un beso en la mejilla con un gesto inocente para cerrar el día, pero justo cuando sus labios rozaron mi piel, Francis giró la cara con astucia. Sus labios capturaron los míos dejándome sin aliento.

Mierda.
No fue como los besos de Tom que eran rudos y me hacían perder el control al momento. El beso de Francis era tímido, con vergüenza pero con todas las ganas. Solté un gemido de sorpresa que él aprovechó para profundizar el contacto, pasando sus manos por mi cintura y pegándome a su cuerpo.

Yo no me moví, me quedé con las manos abiertas en el aire, los ojos bien abiertos y mi cara de shock.

Francis se separó de golpe, como si se hubiera quemado. Sus pupilas estaban dilatadas y su respiración era un desastre. Se acomodó la gorra, luciendo genuinamente descolocado, como si su propio impulso lo hubiera asustado.

— Chort… ya ne dolzhen byl etogo delat’ (Maldita sea… no debí haber hecho eso.) — lo dijo agitado, retrocediendo hacia su moto a pasos torpes.

— ¿Qué? ¿Qué dijiste? — pregunté, todavía con los labios pulsando y la cabeza dándome vueltas.

Estaba confundido.

— Ty slishkom opasen, Bill. Prosti. (Eres demasiado peligroso, Bill. Lo lamento) — continuó diciendo, sin dejar de mirarme con una mezcla de pánico mientras se ponía el casco a toda prisa.

Arrancó la moto con un estruendo que seguramente despertó a media vecindad y, antes de que yo pudiera articular una sola palabra salió disparado por la avenida, dejándome solo ahí y con el pensamiento de que me había dicho prosti.

Entré a mi casa como si acabara de sobrevivir a un tornado de hormonas y rastas rubias. Me tropecé con el escalón, casi tiro la dichosa figura de mi madre (otra vez) y terminé desplomado en el sofá, el mismo donde me despertó el acosador de ojos igual a Tom hace unas horas.

Necesitaba hablar con alguien o iba a terminar gritándole a las paredes. Saqué el celular y marqué a Karina con los dedos temblorosos.

— ¡KARINA! — chillé en cuanto me contestó. — ¡Karina, mi vida es un basurero! ¡Un basurero lujoso, pero un basurero al fin!

— ¿Bill? ¿Qué pasó? — preguntó y juraría que escuché el sonido curioso de unas respiraciones agitadas cuando te interrumpen el sexo o cuando acabas en la cima.

Qué sensación bien deliciosa.

Me levanté de golpe empezando a subir rumbo a mi habitación.

— Acabo de llegar de comer con Francis.

— ¿Y? ¿Te llevó a comer tierra, hablar de motos, carros, de su ropa y lo increíble que es Rusia?

— No. — reí con el ceño fruncido. — Me llevó a un restaurante fino pero ese no es el punto… — hice una pausa mirando a todos lados de mi habitación. — Tu tío me ha dado un beso…

Karina soltó una carcajada que casi me rompe el tímpano.

— ¡No te lo puedo creer!

— Sí…

— Bill, estás enamorando a todos los Kaulitz, no importa la versión. Solo no quieres salir de la familia.

— ¿Qué? ¡No! ¡No es mi intención!

— Okay, okay… ¿Qué vas a hacer ahora? ¿También ir por el abuelo Jörg para completar el set?

— ¡NO ES GRACIOSO! — grité, aunque una risa histérica empezaba a escaparse de mis labios. — ¡Se puso todo nervioso, me dijo algo en ruso que sonó como si estuviera invocando a un demonio o pidiendo perdón por un pecado mortal o incluso llamarme prosti, y luego boom, salió disparado en su moto! ¡Me dejó más confundido que un daltónico resolviendo un cubo Rubik!

Karina estaba muerta de la risa.

— Bill, dime algo. Si tuvieras que escoger entre el Kaulitz menor y el de en medio, ¿a cuál escogerías?

— A tú papá. — Karina soltó un suspiro que me hizo reír.

— A estás alturas prefiero todo menos a la insoportable de Heidi. ¡Pero ya dime!

— ¡A ninguno! — mentí descaradamente mientras me tocaba los labios. La verdad no estaba seguro, ambos chicos son guapos, una copia del otro pero… — Creo que a Tom si es que regresa humillado y me ruega de rodillas.

«Y mejor todavía si se olvida la idea de casarse, puedo vivir con él lo que quiera hasta que nos cansemos. No lo sé…»

— Entonces ya está. — decía saliendo Tom Kaulitz desde mi armario. Colgué el teléfono con pánico y me tapé la cara con un cojín.

¡Mi vida era oficialmente una telenovela de bajo presupuesto!

— Si me prefieres a mi, no hay más que pensar. Cásate conmigo.

El cojín no fue suficiente para ocultar el grito ahogado que solté. El corazón me golpeaba tan ruidoso que juraría que Tom podía escucharlo desde el otro lado de la habitación. Me destapé la cara, con el cabello hecho un desastre para encontrarlo ahí, de pie, recostado contra la madera de mi armario.

Realmente pensaba que era un sueño, ¡pero no!

Se veía terrible. Tenía las ojeras marcadas, el pañuelo mal puesto y  cara de que no había dormido nada.

— ¡Eres un maldito enfermo! — chillé, saltando de la cama como si el colchón estuviera en llamas. — ¿¡Cómo entraste!? ¿¡Y cuánto tiempo llevas ahí metido como un psicópata, eh!?

— Lalita me dejó pasar. Cree que venía a pedirte perdón. — dijo él, dando un paso hacia mí. — Pero luego te escuché por teléfono… aunque eso no es importante… Solo los vi en el restaurante.

— ¡Me importa una mierda lo que hayas visto! — le espeté, retrocediendo hasta que mi espalda chocó contra la pared. — Tú me llamaste mediocre. Me dijiste que no me buscarías más. ¡Vete con tu herencia y tus planes de boda a otra parte!

— ¡Dije que te casaras conmigo, no que me sermonearas! — rugió Tom, acortando la distancia de un solo tajo y golpeando la pared con la palma de la mano, justo al lado de mi oreja. — Y mierda, lo del restaurante… lo que hiciste con Francis… ¿acaso…? ¿acaso te gusta Francis?

¿Qué?

Iba a decir algo pero al ver lo cabreado que estaba Tom con la idea de que podía llegar a gustarme su hermanito menor me había gustado demasiado.

— ¡Pues sí!

— Ay, Bill. — rió un poco agachando la cabeza. — Casi la mayoría de chicas que van por Francis ya han pasado por mi cama y cuando las rechazo, se meten una especie de psicología barata, esa de si no es con él, es con el hermano. Porque a pesar de la edad que nos llevamos, somos bastante iguales.

— Si a mí no me gusta Francis por eso.

— ¿Entonces?

— ¡Francis me trata como nunca! — le grité en la cara, aunque el aliento me fallaba por su cercanía. — Él no me usa para cobrar una herencia, ¡él…! ¡él no me esquiva los besos como tú! — y señalé su pecho con mi dedo índice.

— ¡CÁLLATE! — su voz tronó en la habitación, pero no fue un grito de odio, sino de pura desesperación.

— ¡NO, NO ME CALLO! — y antes de que pudiera soltar otro insulto, Tom estrelló sus labios contra los míos. Sus manos se enterraron en mi pelo, tirando de él hacia adelante como si me obligara a corresponder mientras su lengua invadía mi boca. Hizo que gimiera de rabia y deseo al mismo tiempo.

Mis manos intentaron empujarlo, golpearon sus hombros, pero en segundos mis dedos se cerraron sobre su camiseta, acercándole hacia mí. El odio y las ganas se mezclaron de inmediato. Tom bajó una de sus manos con brusquedad, agarrando mi muslo y subiéndolo a su cintura mientras me presionaba contra la pared, haciendo que mi erección chocara directamente contra la suya.

— Eres mío. — gruñó contra mis labios, bajando los besos hacia mi mandíbula. Tan desesperado el Tom. — Y no, no te gusta Francis. Sé cuando me mientes porque cuando te beso me correspondes con la misma intensidad del principio.

— Te odio… — susurré, arqueando la espalda cuando sus dientes rozaron el lóbulo de mi oreja. — … te odio tanto, Tom…

— Miénteme todo lo que quieras. — respondió él, soltando el botón de mis pantalones mientras me sentaba sobre la cómoda, tirando al suelo mis libros. — Ahora solo demuestra… demuestra qué tanto me prefieres.

Tom se deshizo de su propia ropa con una desesperación que nunca le había visto, dejando al descubierto su pecho ahora bronceado, el pene y sus increíbles piernas. Estaba tan impecable, depilado como siempre y me provocó una erección tan dura como una roca.

Llevó sus dedos cerca de la boca para escupirse y luego los metió en mí. Los giró un poco en mi interior, haciendo que me retorciera mientras me colocaba el dedo índice en el labio, mirando su rostro con el ceño fruncido, evidentemente excitado.

— Mhmm. — ahora mordí mi labio inferior.

Cuando entró en mí usando su súper polla, lo hizo con un empuje profundo que me sacó un grito que se perdió en su boca porque volvió a besarme.
No había espacio para la ternura; era una lucha de poder y posesión, un ritmo errático y violento que hacía que los muebles suenen por sus penetraciones.
Mis uñas se hundieron en su espalda, marcando su piel mientras mis piernas se enredaban en su cintura, entregándome a ese castigo delicioso.

El placer me nublaba la vista, cada embestida era un recordatorio de por qué, a pesar de lo mucho que me lastimaba, seguía siendo su esclavo personal.

— Oh. — gimió una ves que deja de besarme, pegando su frente a la mía. Levanta su mano para enredarse en mi cuello, para apretarlo con fuerza.

— Dios, Tom… mhmm… — lo miraba directamente a los ojos. No sé si fue una mala jugada de mi cabello pero, ví un rato a Francis. Apreté los ojos ahuyentando semejante estupidez y me centré en él.

Sí…

— Joder. — para centrar mejor mi mente bajé la mano para masturbarme, sin cerrar los ojos ni un momento de la figura del trenzado.

¿Cuál era la probabilidad de un trío?

— ¡Mierda! — gemía cuando tocó mi punto sensible en cuanto me hice esa pregunta. Tom sonrió, se esforzó más en moverse y me cacheteó suave.
Yo con el ceño fruncido también lo hice pero a Tom le gustó mucho.

Cuando finalmente colapsamos, unidos en un clímax que nos dejó temblando y sin aliento sobre la madera, Tom se quedó encima de mí, ocultando su rostro en el hueco de mi hombro.

Me había llenado todo, todo, todo.

— Tom… — digo empujándolo para que se despegue de mi y así yo poder ir a mi cama con las piernas temblando.

— ¿Qué?

— Vete, por fa. Y no vuelvas a faltarme el respeto así, ¿okay? — me quedé tumbado en la cama, mirando al techo mientras sentía cómo el rastro de nuestra intensidad se enfriaba sobre mi piel. El silencio en la habitación ahora era pesado, cargado con el olor a sexo.

Tom se incorporó lentamente, sentándose en el borde del colchón. Se pasó las manos por la cara y soltó un suspiro que sonó a derrota.

Escuché el sonido de su ropa siendo recogida del suelo. El roce de la tela, el ruido de su cinturón. Se vestía en silencio…

— Está bien. — dijo finalmente. Escuché sus pasos acercarse a la cama. Sentí el peso de su mano rozando mi cabello por un segundo y traté de esquivarlo. — Me voy. Pero ten en cuenta que Francis es un niño que juega a ser hombre. Yo soy el hombre que te hace gritar así. Tú decides qué versión de los Kaulitz quieres contigo… aunque ambos sabemos la respuesta.

La puerta de mi habitación se cerró con un «clic» suave, dejando un vacío que me hizo apretar la almohada contra mi pecho.

.

FRANCIS

El silencio en la habitación de la casa de mis padres era tan pesado que podía escuchar el tic-tac de un reloj que ni siquiera sabía dónde estaba. Estaba tirado en la cama, todavía con la gorra puesta de medio lado y las zapatos, miro el techo como si fuera a encontrar las respuestas de mi vida en las molduras de yeso.

— Chort…(Maldición) — susurré, pasándome la mano por la cara.

No dejaba de pensar en él.

En Bill.

Había sido una locura. Una absoluta estupidez. Yo solo quería divertirme, quería ver a Tom explotar de rabia porque, seamos honestos, mi hermano se merece un poco de eso por siempre dejarme sus sobras pero ese beso frente a la casa… eso no fue por Tom.

Cuando mis labios tocaron los suyos, sentí algo que no estaba en planes. Bill no sabía a las chicas de los clubes que Tom no hacía caso cuando iba de viaje a Moscú. Bill sabía a esa fruta que robé de su plato, a cereza y a algo tan suave que me dio miedo.

Mucho miedo… y… por eso salí corriendo como un cobarde, gritando cosas en mi idioma que él probablemente pensó que eran insultos.

— Ty slishkom opasen. (Eres demasiado peligroso) — repetí en voz baja, cerrando los ojos.

Él era peligroso. Peligroso porque me hacía querer ser… no sé… ¿algo que no soy para estar a su nivel?

Muchísimo antes mis relaciones fracasaron porque me veía demasiado infantil, no les daba el interés suficiente por estar jugando play ¡pero es que era el especial del champions league!

— Bah. — me acomodé en la cama, sintiendo la presión en mis pantalones. El recuerdo de su cintura bajo mis manos me estaba quemando y yo nunca había sentido eso en mi vida. Ni siquiera con ninguna novia. Pensaba que eso no es tan bueno como decían pero la urgencia… uff, la urgencia…

Me desabroché el cinturón con torpeza, bufando. Yo nunca me había masturbado en mi vida y si Tom supiera que su hermanito menor estaba aquí, encerrado, fantaseando con el chico que él quiere como su esposo, me cortaría el cuello. Pero Tom no estaba aquí.

Cerré los ojos con fuerza, imaginando a Bill de nuevo. Lo imaginé despeinado, como cuando se levantó del sofá «como un cerdito», con esa mirada de furia que lo hacía ver tan jodidamente sexy.

Mis dedos se cerraron sobre mi miembro, empezando un movimiento lento, rítmico.

— Bill… — mascullé, apretando los dientes. Visualicé su cuello, la forma y color rosa de sus labios. Podía sentir casi el calor de su piel. Estaba a punto de llegar tan rápido como un rayo McQueen, la tensión acumulándose en mi vientre, el mundo exterior desapareciendo…

¡PAM!

La puerta de mi habitación se abrió de un golpe, rebotando contra la pared con un estruendo que me hizo saltar sobre el colchón.

— ¡FRANCIS! ¡Dice tu madre que si no bajas a cenar ahora mismo, va a subir ella y te va a…! — Andreas se quedó congelado en el umbral. Sus ojos se abrieron como platos al verme con la mano en mi pajarito y los pantalones a medio bajar.

El silencio que siguió fue el más incómodo de toda mi existencia.

— ¡MALDI…! — grité, cubriéndome frenéticamente con la manta. — ¡AGH! ¿¡NADIE ENSEÑAR A TOCAR EN ESTA CASA DE LOCOS!? ¡VETE, ENDY! ¡VETE!

Andreas parpadeó, pasando de la confusión a una sonrisa burlona y malvada en tiempo récord. Se cruzó de brazos, apoyándose en el marco de la puerta.

— Maldición. — soltó con una risita. — ¿Interrumpo algo importante? ¿O solo te has puesto demasiado… cariñoso contigo mismo?

— ¡Vete al infierno! — le aventé una almohada, pero él la esquivó riendo. — ¡Tocar antes de entrar! ¡Regla número uno!

— La regla número uno es que la cena está servida. — dijo Andreas, dándose la vuelta pero asomando la cabeza una última vez. — Por cierto, tienes la cara roja como un tomate. ¿En quién pensabas, eh? ¿En alguna rusa de cabello negro o en cierto chico de ojos grandes que Tom no deja de mencionar?

Me quedé helado.

— ¡CERRAR LA BOCA E IRTE! — le rugí. Cuando finalmente escuché sus pasos alejarse por el pasillo, me desplomé hacia atrás, tapándome la cara con las manos. El momento se había ido al demonio, igual que mi cordura.

— Suka… (perro) — susurré al aire. Me acomodé mejor la ropa e iba a salir de mi habitación cuando el bueno para nada de mi hermano mayor «el de en medio» apareció por la puerta. — ¿Es día de visita o qué?

— Francis, estoy feliz. — sonrió pasando su brazo por mi hombro mientras yo lo miraba con una ceja arqueada y media de desagrado.

— ¿A cuántas cogiste Tom?

— Solo a uno… y ese es Bill. — susurró en mi oído antes de irse riendo con gracia, rumbo a la terraza mientras yo lo veía sin saber cómo reaccionar.

¿Khorosho? (¿Bien?)

.

BILL

Había pasado una hora sumergido en el jacuzzi, tratando de que el agua caliente y las sales de baño disolvieran la tensión de haber tenido ayer a un Kaulitz en el armario y al otro besándome en la acera… me tenían pensando en ambos.

Salí envuelto en una nube de vapor, con la piel rosada y una toalla baja en la cadera que apenas cumplía su función. Me sequé bien con la toalla y la tiré por ahí quedando expuesto.

Me senté en el borde de la cama, rodeado de mis botes caros de crema. El cuidado de la piel era mi religión, y después de tanta rabia, mi rostro necesitaba un milagro.

— Bien, Bill… hidratación profunda para olvidar traumas profundos. — murmuré para mí mismo.

Me apliqué una capa generosa de una mascarilla blanca, espesa y pegajosa que me hacía parecer un mimo o un fantasma con problemas de poros. Estaba concentrado, masajeando mis pómulos con movimientos ascendentes y con los ojos cerrados, disfrutando del silencio de mi habitación… hasta que el silencio fue interrumpido por el sonido de una ventana deslizándose.

— ¡Privyet, Bill! (¡Hola, Bill!). Yo traer… ¡OH, MY…!

Abrí los ojos de golpe.

Francis estaba a medio camino de entrar por la ventana, con una pierna colgando hacia adentro y una bolsa en la mano. Se quedó petrificado. Sus ojos recorrieron mi cuerpo, bajando desde mi cara blanca de fantasma hasta mis hombros desnudos, y deteniéndose mucho más abajo de lo que la decencia permitía.

¡EN POCAS PALABRAS ME VIÓ DESNUDO!

— ¡AAAAGH! ¿¡TÚ OTRA VEZ!? — chillé, tratando de cubrirme con una almohada ya que no tenía la toalla cerca. — ¿¡ES QUE EN ESA FAMILIA NADIE SABE USAR LA MALDITA PUERTA PRINCIPAL!? — Francis no se movió. Tenía la boca abierta y la bolsa empezó a inclinarse como para caerse.

— Bill… tú estar… blanco. — logró articular, señalando mi cara con un dedo tembloroso mientras sus mejillas se encendían de un rojo violento. — Y tú estar… muy… mucho… pogoly (desnudo).

— ¡CIERRA LOS OJOS, IDIOTA! — grité, tirándole un bote de crema hidratante que él esquivó por puro milagro, terminando de caer dentro de la habitación de forma torpe.

— ¡Nyet! (No) ¡Yo no cerrar ojos! —Francis se tapó la cara con una mano, pero dejó los dedos lo suficientemente abiertos como para verme.

Qué estúpido que era, en serio.

— Bill tener piel de… ¿porcelana? Oh, maldita sea, Tom tener mucha razoun en volverse loco.

— ¡Vete de aquí, Francis! ¡Parezco un payaso con esta crema y tú estás invadiendo mi propiedad privada por segunda vez en veinticuatro horas!

Él soltó una risita nerviosa, tratando de recuperar su pose de tipo rudo pero no podía dejar de mirar mis piernas. Se acercó un paso, dejando unas donas visibles en la mesilla de noche, justo al lado del anillo que Tom había dejado olvidado.

Al ver el anillo, su sonrisa flaqueó un segundo, pero luego me miró a mí, a la cara blanca y los ojos furiosos.

— Yo no irme. Yo traer azúcar para Bill. — dijo, estirando la mano hacia mi rostro. — ¿Eso ser… pintura? ¿Tú querer ser fantasma sexy para asustar a Tom?

— ¡Es una mascarilla de arcilla volcánica, analfabeto imbécil! — le espeté, aunque me quedé quieto cuando sus dedos rozaron la comisura de mi mandíbula, quitando un poco de crema blanca. — ¡No me toques!

Francis se lamió el dedo con una lentitud que me hizo estremecer.

— Sabe a flores. — murmuró con la voz de repente más grave. — Bill… tú estar muy guapo, incluso cuando parecer loco. — se sentó en la cama, justo al lado de mis piernas desnudas, y pude sentir el calor que desprendía.

El ambiente pasó de ser una comedia de enredos a algo mucho más pesado en cuestión de segundos.

Me puso extremadamente nervioso por su cercanía.

— ¿Sabes? — dijo Francis, mirando a cualquier lado menos a mí. — Tom… ohm… ya ne mogu nayti slova. (No encuentro las palabras.) — entonces sacó su teléfono para empezar a textear en el traductor y dejarme leer.

«Tom me dijo que cogió contigo»

Mis ojos saltaron de la pantalla del teléfono de Francis a su rostro, que ahora lucía una expresión herida, casi infantil, mezclada con una amargura que le pertenecía por derecho de sangre a un Kaulitz.

— Francis… yo… — las palabras se me atascaron en la garganta.

No sabía qué era peor: que Tom fuera tan imbécil como para presumir su conquista con su propio hermano menor, o que Francis me estuviera mirando con esos ojos de perro apaleado mientras yo estaba sentado frente a él, desnudo bajo una almohada.

Francis escribió algo más, sus dedos golpeando la pantalla con una fuerza innecesaria. Me lo puso frente a la cara de nuevo:

«No entiendo por qué me lo dijo»

— Ni siquiera yo.

¿O tal vez sí?

— Tom ser un… svoloch’. (canalla) — gruñó Francis, tirando el teléfono sobre las sábanas.

— Francis, lo de Tom fue… — intenté explicarle quizás el motivo del por qué lo hizo ya que le había dicho a Tom que me gusta su hermano, pero él me puso un dedo sobre los labios, manchándose de nuevo con la mascarilla.

— No importa Tom ahora. Tom no estar aquí. — su mirada bajó de mis labios a mi cuello, y luego a la almohada que yo apretaba contra mi pecho. Su respiración se volvió pesada.

— Bueno, ¿qué es lo que quieres?

— Bill, yo… uhm… — Francis me miró los ojos y luego los labios por unos segundos. Ladeo la cabeza evitando un beso que entendió bien y solo suspiró, esbozando una sonrisa. — No saber razoun por qué querer besar labios tuyos… esos verse deliciosos.

Francis me mira con una honestidad tan cruda que me hacía sentir más expuesto que el hecho de no llevar ropa… y cada vez lo sentía tan cerca.

— Francis… — susurré, y la mascarilla blanca se agrietó un poco en mis mejillas. — Respétame, por favor. Salte y déjame vestir, lo hablaremos.

Él soltó una risita.

— ¿Sabes qué creo yo? — continuó, su rostro ahora está a centímetros del mío.

— No, no sé. ¡Y ya salte o métete al baño que me quiero cambiar! — Francis sonrió adentrándose al baño donde se aseguró de cerrar la puerta con seguro. Solté un suspiro terrible, con los dedos temblorosos y la cara tiesa por la mascarilla blanca, busqué algo decente en mi armario. Me sentía observado incluso a través de la madera… tener un Kaulitz al otro lado de la pared era como vivir en una zona de alto riesgo.

Me limpié el rostro a toda prisa con una toalla húmeda, revelando mi piel sonrosada por los nervios, y me puse unos pantalones de cuero ajustados con una camisa ceñida al cuerpo.
De repente, la voz de Francis retumbó desde el baño, amortiguada.

— ¡Bill! — gritó, y escuché cómo abría la llave del agua, probablemente solo para jugar con ella. — Tú estar muy aburrido aquí encerrado con cremas y baños salados. ¡Esta noche haber fiesta en L’Èclipse!

— ¡Ni lo sueñes, Francis! — respondí mientras me amarro los zapatos. — Lo último que necesito es que Tom nos vea juntos en su club.

— Tom estar ocupado con sus negocios de herencia y aburrimiento. — replicó él. Escuché un golpe seco, como si se hubiera sentado en el borde de la tina. — Andreas decir que DJ exclusivo venir hoy. Mucho vodka, mucha música, cero amargura de hermano mayor. ¡Tú necesitar bailar para olvidar que Tom ser un idiota!

Me puse un poco de perfume, sintiendo cómo la idea empezaba a tentarme.

— ¿Y pretendes que aparezca contigo así como así? — pregunté, acercándome a la puerta del baño. — Estás mal. — la puerta del baño se abrió apenas un centímetro. Pude ver uno de sus ojos mirándome con una chispa de maldad pura.

— No loco. — susurró él. —  Además… yo prometer ser un caballero toda la noche. Ningún beso si Bill no querer. Solo baile… y quizás vodka extra.

Terminó de abrir la puerta y Francis salió, luciendo su gorra ladeada y esa sonrisa que solo causaba problemas. Se detuvo a pocos centímetros de mí, inspeccionando mi atuendo.

— Tú estar… prekrasnyy (hermoso) — dijo, bajando la voz.

Continúa…

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por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

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