
Fic Toll de WifesKaulitz
Capítulo 23

Quería reír, lo admito.
La mano de Francis sobre mi hombro era con una confianza que no se podían imaginar. Cómo si el y yo fuéramos amigos de toda la vida pero la mirada de Tom… Dios, la mirada de Tom era puro veneno.
— Vámonos, Francis. Tenemos que hablar un poco. — dijo Tom en voz baja, ¡cómo si lo estuviera amenazando indirectamente!
Qué sinvergüenza.
— ¿Pochemu? (¿Por qué?) — Francis no se intimidó; al contrario, apretó más su agarre, acercándome a su costado con un descaro que me hacía querer desaparecer. — Bill ser… divertido. Tom amargado.
Karina seguía alternando la vista entre los tres, procesando la escena con una mezcla de horror y fascinación, mientras sus mejillas seguían encendidas por la presencia de Andreas.
— Te quiero mostrar mi coche, compré uno más grande.
— ¡Wow ohoh! Ya ochen’ khochu poyti, no ya s Bill. Eto budet drugoy den’. (Quiero ir en verdad, pero estoy con Bill. Otro día será.)
Ahora Karina y yo no sabíamos que decía.
— Oh, ya. — asentía Tom con una sonrisa que parecía ser de puro perdido.
— Da, Tom. Ya le di um beso de benvienida hou. Sabor cereza, muy rico. — el silencio que siguió fue incómodo.
— Oh, no lo puedo creer. — Karina se reía de la cara de los tres.
¿En qué momento me había metido yo en todo esto?
— Eso no es cierto. — solté un suspiro ruidoso mientras me soltaba del agarre de Francis con un empujón. Salí echo una fiera de la casa de Karina rumbo a mi coche, torciendo mis pies en el proceso hasta llegar.
Me subí en el y cuando estaba a punto de arrancar el tipo de trenzas se colocó en frente de mi.
No se movió a pesar de que el coche rugió amenazante. Tenía la respiración agitada y la mandíbula tan apretada que parecía que se le iba a partir.
— ¡Quítate de ahí, Tom! ¡Apártate o te juro que te paso por encima! — grité desde la ventana, golpeando el volante con frustración.
Él no gritó. Se limitó a rodear el coche con zancadas rápidas y, antes de que pudiera bloquear el seguro, abrió la puerta del conductor de un tirón.
— Baja del coche. — ordenó tan tranquilo.
— ¡Ni muerto! ¡Vete con tu prometida, con tu maldita vida perfecta! ¡Déjame en paz! — Tom no esperó a que terminara de insultarlo. Se inclinó sobre mí, invadiendo todo mi espacio, y me desabrochó el cinturón de seguridad. Me tomó por la cintura y, prácticamente a rastras, me obligó a pasarme al asiento del copiloto por encima de la palanca de cambios. Fue un forcejeo torpe y desesperado donde mis piernas se enredaron con las suyas, pero en menos de lo que pensaba él ya estaba sentado en mi lugar, cerrando la puerta con un golpe seco.
iiiih, me enfurecí.
— ¡Eres un animal! ¡Es mi coche! — le solté un manotazo en el hombro, pero él ni se inmutó.
Metió la marcha bruscamente e hizo que los neumáticos chillaran contra el suelo, saliendo de la propiedad de Nick a una velocidad suicida. Yo me aferré a la manija de la puerta bastante asustado.
— ¡Tom, ve más despacio!
— Está bien. — pero aceleró más.
— ¡NOOOOO! — grité histérico sintiendo que las lágrimas de rabia empezaban a empañar mi maquillaje. — ¡Si quiero vivir!
Tom frenó en seco en un camino apartado, lejos de las luces de la ciudad, donde solo nos rodeaba la oscuridad y el silencio del bosque en medio de una carcajada. Apagó el motor pero dejó las luces encendidas, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Se giró hacia mí y aún riéndose.
— ¡Estúpido! ¿¡QUIÉN TE CREES PARA SUBIRTE A MI COCHE Y LLEVARME COMO SI QUISIERAS MATARME, AH!? ¡CLARO! ¡ESO ES LO QUE QUIERES! ¡BORRARME DEL MAYQIEBSHA PUAKABAH… — la lengua se me estaba trabando de la rabia. Eso aumentaba su risa. — ¡SÍ, TOM! ¡RIETE! ¡RIETE! ¡PERO TE VAS A REÍR MAS CUand… — y mis palabras fueron interrumpidas por sus labios, me dejó mudo y sin aire.
Sus labios presionaban los míos con una urgencia que me hizo soltar un gemido de sorpresa, pero mi cuerpo, traicionero como siempre, se rindió antes que mi mente.
Mis manos, que querían estrangularlo, terminaron hundiéndose en su nuca, apretando el pañuelo que cubría sus trenzas mientras él me acercaba más, eliminando cualquier espacio que quedara en ese asiento del copiloto.
Ladeábamos la cabeza en el proceso, buscando un ángulo más profundo como si estuviéramos tratando de recuperar cada segundo de oxígeno que nos faltó durante estas semanas de ausencia. El roce de su piercing negro contra mi labio inferior me enviaba tanta corriente que me hacían estremecer, y yo solo podía aferrarme más a él, tirando de sus trenzas a través de la tela del pañuelo para obligarlo a no soltarme.
El interior del coche se sentía cada vez más pequeño, cargado con el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y el roce de mi camisa contra la suya. Tom soltó un gruñido bajo mientras su lengua invadía mi boca tan delicioso que me dejó las piernas temblando.
Cuando finalmente se separó, apenas lo suficiente para pudiera hablar empecé a putearlo de nuevo.
— ¡GENIAL, AHORA ME BESAS SIN MI MALDITO CONSENTIMIENTO! ¡ERES UN ESTÚPIDO, TOM! ¡NO SABES LO MUCHO QUE TE ODIO!
— Y tú no sabes lo mucho que me hiciste falta.
— Estás loco… — susurré inclinándome sobre el asiento, con los ojos cerrados.
— Loco por ti, Bill. — respondió él con la voz ronca. — No tienes idea de lo mucho que necesitaba verte.
— ¡NO, ESO ES MENTIRA! ¡YO NO TE CREO!
— Cállate de una vez, Bill. — para que su petición funcionara me puso la mano directamente en la entrepierna, apretándolo tan bien que me erizó la piel. Le di un manotazo fuerte que solo le hizo sonreír. — Solo… cállate.
— ¿Que me calle? — logré articular, aunque mi cuerpo seguía siendo un traidor. — Desapareces semanas, vuelves con una supuesta boda, me besas ¡y dices que me calle!
— Necesito explicarte.
— Sí, sí. Ya sé que tú deber es casarte a los veintiuno y que debes darle un nieto a tus padres, ajá, ajá. ¿Qué más me vas a explicar?
Tom se burló. — Pues escúchame todo. — me quedé en silencio esperando a que hablara. — Verás… yo me salí de la casa de mis padres cuando tenía quince años precisamente porque no quería estar bajo sus estúpidas reglas, ¿me entiendes?
— Ajá.
— Es cierto que trabajé como un burro, día y noche haciendo cosas de las cuales ahora me arrepiento pero si le veo desde el lado bueno pues… me da mucho orgullo. — hizo un drama limpiando una lágrima falsa de su ojo. — David y yo nos empezamos a prostituir con mujeres ricas, nos iba demasiado bien y entre los dos empezamos a reunir. David siempre fue un cabeza hueca que gastaba su dinero en lo primero que veía mientras que yo, guardaba el dinero día a día y me puse un par de negocios.
— ¿Cuáles?
— One Direction, L’Èclipse, el servicio de hombrezuelos e invertí en una marca de coche Cadillac. Tengo un club deportivo en el centro de Berlín y ahora estoy tratando de elaborar mi propia empresa y crear escencias de perfumes, maquillaje y así.
— Wow, eso no es un par.
— Como sea. — soltó un suspiro mirando hacia la ventana. — Sobre el servicio de hombrezuelos… quisiera explicarte que… yo no iba a ser el hombre que iba a follar contigo, pero surgió un imprevisto con el otro chico Tomás. Tuvo que salir de viaje a Múnich porque uno de sus familiares se puso grave de salud y como la mayoría estaban ocupados fuí yo. Aunque no creas es un servicio que llaman muchísimo y nos va bien porque la atención es excelente.
Para lo mucho que me importaba.
— Y… sobre la boda, no sé cómo te enteraste el chisme pero yo seguía pensando en que no me voy a casar. Pensando en que no estoy dispuesto a seguir la estúpida regla porque soy un hombre joven, quiero disfrutar aún. Tener hijos no está en mis planes porque yo trabajé mi dinero y la plata es mía.
— ¿Y entonces? — mordí mi labio inferior. — Explícame por qué dicen que es Ría tu prometida…
— Mi papá me vió cuando acompañé a Ría a hacerse el aborto, nos vió en un momento comprometedor dónde ella me decía que la perdone, que me quería y entre tantas cosas más. Luego de su aborto yo… me perdí cuidandola porque según él psicólogo era un momento donde requiere apoyo y todo eso. Casi no me daba tiempo por el resto de trabajos que tengo, fue muy complicado. Me trasladé a vivir con ella, vendí el departamento porque me compré una casa más grande y me imagino que por eso las suposiciones de la boda.
— Okay. — inflé mis mejillas cargándolas de aire antes de expulsarlo, quizás un poco más tranquilo por todo esto. — Pero sigo sin disculparte que hayas desaparecido.
Tom sonrió.
— Billy… en todo ese lapso si pensé en tí, me moría por llamarte pero quería sanar primero lo que pasó entre ambos y darme una segunda oportunidad contigo. Admito mucho que tengo miedo que en cualquier pelea tú vayas y me hagas lo mismo, no es fácil.
— Entiendo.
No, en realidad no lo entendía.
— Te traje aquí porque quería saber si tú estás dispuesto a casarte conmigo… siento que es sencillo porque hay conexión entre ambos y la convivencia sería excelente. También porque quiero la parte de mi herencia… eso más que todo. Soy un hombre ambicioso y el dinero nunca es suficiente. Conmigo no tendrás que trabajar, solo estudiar, estudiar y estudiar. Y… también atender bien a tu marido.
Parpadeo repetidas veces en completo silencio.
Las palabras de Tom — esas de «atender bien a tu marido»— resonaron en mi cabeza como una sentencia de muerte, disparando una película de terror en mi imaginación.
Me vi a mí mismo en una mansión frívola, atrapado entre las cuatro paredes. Me imaginé despertando cada mañana no para cumplir mis sueños, sino para ser el accesorio perfecto de un hombre de negocios ambicioso. Cocinando mientras esperaba a que Tom llegara de sus clubes, oliendo a mujeres y alcohol, esperando su cena y su atención mientras yo me convertía en una sombra y todo para su maldita herencia.
Me imaginaba siendo un puesto decorativo en la mesa. Una vida de sumisión, de silencio y de ser el «esposo de», mientras él seguía siendo el dueño del mundo.
Mi infancia me tenía tan traumado de las veces que mi padre llegaba borracho, le pegaba a mi mamá y yo veía escondido en el closet.
¿Me esperaba lo mismo a mí?
El asco me subió por la garganta. Me alejé de él, pegándome a la puerta del coche como si su contacto me contagiara una enfermedad terminal.
— ¿Casarme contigo? — solté una carcajada seca, carente de cualquier pizca de humor. — No…
— Bill, no lo entiendes, es un negocio donde ambos ganamos…
— ¡EL ÚNICO QUE GANA ERES TÚ, MALDITO EGOÍSTA! — le grité, y esta vez no era rabia pasajera, era puro desprecio. — Te desapareces semanas para cuidar a tu ex, me ignoras como si fuera basura, y ahora vuelves con una propuesta de matrimonio que suena más a una oferta de esclavitud que a amor. ¡Me das asco, Tom! ¡Mucha asco!
Tom intentó alcanzar mi mano, pero le di un golpe tan fuerte que sus dedos chocaron contra el tablero.
— No me toques. Me hablas de «atender a mi marido» como si fuera una puta de tu servicio de hombrezuelos. ¿Eso es lo que quieres? ¿Un muñeco que no hable y que te abra las piernas cuando llegues a casa cansado de facturar? Eres igual de patético que mi padre. Eres un machista de mierda que solo ve billetes donde debería haber sentimientos claros. ¡Yo no quiero atarme a tí! ¡Tampoco quiero que me pegues como mi papá lo hacía con mi mamá cuando empezó a verla fea por tenerme! ¡No lo quiero!
— Bill, te estoy ofreciendo una vida de lujos, no tendrías que mover un dedo… — su voz empezó a endurecerse, herido por mis palabras.
— ¡ME CAGO EN TUS LUJOS! — le espeté, abriendo la puerta del coche con tal fuerza que casi se sale de las bisagras. — Prefiero mil veces vivir como estoy, irme a la universidad pública y caminar bajo la lluvia que ser el trofeo de un tipo que me ve como un trámite para cobrar una herencia. ¿Sabes? Ni siquiera te reconozco. Eres un desconocido ambicioso que me da lástima. Me arrepiento de cada segundo que perdí llorando por ti. ¡Ojalá te cases con Ría y se pudran en su ambición!
Me bajé del coche porque el aire empezaba a asfixiarme.
Tom se bajó también, rodeando el vehículo. Su rostro estaba transformado, la burla y la seguridad habían desaparecido, reemplazadas por una palidez mortal y una mirada de odio que nunca le había visto.
Se detuvo a metros de mí, con los puños apretados.
— Está bien. — su voz era tan fría que me hizo dudar por un segundo. — Fui un idiota al pensar que podrías entender lo que es construir un imperio. Fui un imbécil al pensar que aceptarías crecer conmigo, ahora solo eres un mediocre. ¿Cómo mierda crees que me voy a comportar como el cavernícola de tu padre? ¡Estás mal!
— No sé, no sé, no sé, ¡no sé! — chillé subiéndome de nuevo al coche. — ¡No me veas! ¡Súbete y llévame a mi casa que no soporto estar un segundo más cerca de tí, señor ambicioso!
Tom no dijo más nada y solo me llevó.
&
El sol entraba con una agresividad innecesaria por los ventanales de la sala, quemándome los párpados. Sentía el cuello adolorido por haberme quedado dormido en una posición imposible sobre el sofá, envuelto en una manta que olía a pura derrota.
Mi último recuerdo era yo mismo maldiciendo a todos los Kaulitz del árbol genealógico mientras me quedaba absorto viendo la televisión apagada.
Abrí un ojo con pereza, quejándome por el sabor amargo de una boca sin lavar, pero lo que vi me hizo saltar del sofá como si me hubieran puesto un petardo debajo de mi pene. A centímetros de mi cara, dos ojos color miel me observaban con una fijeza perturbadora.
— ¡AAAAAH! ¡HIJO DE…! — el grito se me quedó a medio camino porque me enredé con la manta, perdí el equilibrio y terminé aterrizando de pompas en la alfombra con un golpe seco.
— ¡Privyet, Bill! (¡Hola, Bill!) — Francis soltó una carcajada sentado de cuclillas justo donde hace un segundo estaba mi cabeza.
Llevaba una gorra verde, un pañuelo del mismo color y una sudadera que parecía ser la capa de Robin. Me miraba consonrisa de inocenton mientras yo trataba de recuperar la dignidad y el aire.
— ¿¡Tú!? ¿Pero qué carajos haces en mi casa?! ¡Lalita! ¡LALITA, HAY UN LADRÓN RASTAFARI EN LA SALA! — chillé, señalándolo con un dedo tembloroso mientras intentaba desenredarme de la manta.
— Lalita darme té. — dijo él, señalando con el pulgar hacia la cocina mientras hablaba un alemán que haría llorar a un profesor. — Ella dice que tú dormir como… ¿suis? No, ¿svin’ya? Como cerdito, oh.
— ¡No duermo como un cerdito! — me puse de pie de un salto, acomodándome el cabello desastroso y dándome cuenta de que todavía llevaba puesta la ropa de ayer, arrugada. — Y no me importa el té, ¡vete! ¡lárgate! ¡odio los Kaulitz!
Francis se levantó, estirándose con una pereza que me recordó —muy a mi pesar— a su hermano. Me sacaba casi media cabeza y se movía con una confianza que me ponía de los nervios.
— Tom estar muy enojado. — soltó Francis de repente, ladeando la cabeza con curiosidad. — Él llegar a casa de Nick, romper botella de vodka carísima y decir que tú ser… ¿mediokre? ¿Qué es mediokre?
— ¡Dile que se meta su vocabulario por donde más le quepa! — le espeté, aunque el corazón me dio un vuelco al saber que Tom había hecho un berrinche digno de su ego. — Y tú, ¿viniste a decirme eso? ¿A presumir que tu hermano es un imbécil?
Francis se encogió de hombros y dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio.
— No. Yo venir porque Tom decir nunca más buscar a Bill. — Francis sonrió, mostrando un hoyuelo que Tom no tenía en las mejillas. — Y si Tom no buscar… yo sí buscar. Yo solo querer… — buscó la palabra en su mente, frustrado. — …divertido. Ohm… ¿Tú querer ir a comer? Yo tener moto grande, muy rápida. — hizo una señal de estar conduciendo una moto imaginaria. — ¡Brrrm!
Me quedé mirándolo. Mis ojos recorrían todo su rostro poniéndolo nervioso.
— ¡Estás loco! — dije finalmente, aunque una parte de mí, la parte herida y furiosa con Tom, sentía una tentación maligna de aceptar solo para ver la cara de Tom cuando se enterara. — ¡No quiero saber nada de los Kaulitz! ¡Oye bien, idiota! ¡Nada de los Kaulitz!
Francis se rió, acercándose un poco más y guiñándome un ojo con confianza.
— Tom no saber si tú salir conmigo si preocupar eso. — se acercó a mi oreja y susurró con su acento marcado. — Además… yo besar mejor, ¿remember?
Agarré la figura valiosa de mi madre sin ni siquiera darme cuenta e inicié una persecución hacia el rastafari por toda mi maldita casa mientras él se burlaba de mi histeria, corriendo por su vida. — ¡AAAHHH, FRANCIS KAULITZ TE VOY A MATAR!
— ¡NEIN, BILL! ¡NEIN! — gritaba Francis entre carcajadas, saltando por encima del respaldo de un sillón individual con agilidad.
— ¡VEN AQUÍ, COPIA BARATA! ¡TE VOY A BORRAR LOS HOYUELOS DE UN FIGURAZO! — bramé, corriendo ahora con la cerámica en alto. Mis pies descalzos golpeaban las baldosas y la manta que todavía arrastraba a medias me hacía parecer un fantasma esquizofrénico en medio de un brote psicótico.
Francis llegó al comedor y usó la mesa larga como escudo, dándole vueltas mientras me señalaba con el dedo y se doblaba de la risa.
— ¡Tú ser muy rápido! — se burlaba, esquivando un manotazo que casi le alcanza la sudadera. — ¡Atención! ¡Cuidado con el… cómo se dice… jarrón! ¡Mami matar a Bill, no a Fran!
— ¡MI MADRE ME VA A MATAR DE TODOS MODOS CUANDO SEPA QUE NO ENTRÉ A CLASES POR IRME CON LOS KAULITZ! — tiré un cojín que estaba en una silla, pero él lo atrapó en el aire con una mano, haciendo una reverencia burlona.
Lalita asomó la cabeza desde la cocina, sosteniendo una cuchara de madera y mirando la escena con una mezcla de lástima y diversión.
— ¡Lalita, ayúdame! ¡Saca a este bicho de aquí! — pedí jadeando, deteniéndome un segundo para recuperar el aire.
— Ay, mi niño, el joven Francis es muy simpático, hasta me ayudó a alcanzar la alacena de arriba. — contestó ella con una sonrisa traicionera antes de volver a sus asuntos.
— ¡Lo ves! Lalita quererme. — Francis aprovechó mi distracción para acercarse. Antes de que pudiera reaccionar, me arrebató la figura de las manos con rapidez y la dejó sobre el aparador. — Ya, ya… no más guerra. Bill estar cansado, Bill necesitar azúcar.
Me quedé ahí, con los brazos caídos y el pecho subiendo y bajando, mirándolo con puro odio pero sin energía para seguir el trote.
Él se acercó con cuidado, como quien trata con un gato callejero a punto de morder, y me puso una mano en el hombro.
— Escucha… Tom ser un idiota, da. Él decir mediokre porque tú tener miedo. — Francis se puso serio por un segundo, y sus ojos miel brillaron con una honestidad que Tom rara vez mostraba. — Pero yo no ser Tom. Yo querer ir a comer, reír, y luego yo dejarte aquí. No boda, no herencia, solo… brrrm en moto. ¿Da?
Me pasé una mano por la cara, quitándome el cabello de los ojos. Me sentía patético, arrugado y con un Kaulitz ruso pidiéndome una cita en mi propia sala.
— Si me niego vas a insistir, ¿verdad?
Francis asintió.
— Sí, acepto… — murmuré, entornando los ojos. — …¿prometes que no vas a hablar de tu hermano ni una sola vez?
Francis se llevó la mano al corazón, haciendo un gesto solemne.
— ¿Tom? ¿Quién ser Tom? Yo no conocer ningún Tom hoy.
Solté un suspiro largo.
Mi parte racional me decía que me bañara y me fuera a estudiar, pero mi parte herida gritaba por un poco de caos y atención. No necesitaba pensar más en lo molesto que fue discutir con Tom en mi auto.
En serio estaba dolido.
— Está bien. Dame quince minutos para bañarme y quitarme esta cara de muerto. — sentencié señalándolo con un dedo amenazador. — Y si tocas algo de la sala, te juro que te mando de regreso a Rusia por correo ordinario.
Francis celebró con un pequeño bailecito de victoria.
— ¡Horosho! (¡Bien!) ¡Yo esperar aquí, bebiendo té de Lalita! ¡Woo! — en cuanto yo pasé por su lado rumbo a las escaleras que iban a dar a mi habitación, Francis me dió una nalgada que me hizo ir hacia adelante.
— ¡IIMMMBEEECILLLL! — le grité volviendo a corretear detrás de él.
Definitivamente los hermanos Kaulitz me iban a matar.
¡Lo juro!
&
— En Rusia todo muy frío. Alemania calor, afu, afu. — decía acariciándose el brazo que estaba expuesto al sol ante una ventana de aquel lujoso restaurante donde me había traído a comer. — ¿Qué tal meu Alemán, Bill? No traer a Endy, querer aprender solo a hablar.
— Es horrible. — reí picando una porción de fruta para luego llevarla a mi boca. — Pero siento que se oye sexy.
Francis se detuvo en seco, con el tenedor a mitad de camino hacia su boca, y me miró con una mezcla de sorpresa, orgullo, emoción…
Sus ojos se iluminaron, dejó de lado su pose de niño revoltoso para regalarme una sonrisa que—maldita sea mi suerte—era super parecida a la que Tom usaba cuando sabía que me tenía en la palma de su mano.
— ¿Sexy? — repitió, arrastrando la «x» con ese acento ruso tan marcado. — Oh, Bill… eso ser muy peligroso decir a un Kaulitz. Nosotros creer mucho en nosotros mismos.
Se inclinó sobre la mesa, apoyando los codos y reduciendo la distancia entre nosotros. El sol de la mañana golpeaba su cabello rubio, dándole un aspecto casi angelical.
— Si mi alemán ser sexy… entonces yo hablar todo el día. — continuó en un susurro, bajando el tono de voz. — Yo decir cosas… interesantes al oído de Bill.
Sentí un escalofrío en todo el cuerpo. Era extraño; Francis tenía la misma estructura ósea que Tom pero más delgado, la misma mirada, pero su energía era mucho más ligera, menos cargada de ese drama existencial y ambición que me había hecho pedazos la noche anterior. Con Francis todo parecía un juego.
Me divertía mucho aunque me sacara de mis casillas.
— No te abuses, Francis. — le advertí, tratando de recuperar mi compostura mientras bebía un poco de jugo. — Dije que se oye sexy, no que tú lo seas. No alimentes más tu ego, que ya debe ser del tamaño de Moscú.
— Moscú ser grande, pero mi ego ser… — hizo un gesto con las manos indicando algo infinito. — …más. Pero Bill ser lindo cuando miente.
Dejó escapar una risita y pinchó un trozo de mi fruta, robándomelo sin el menor remordimiento. Mientras masticaba, su mirada se desvió un momento hacia la entrada del restaurante y su expresión cambió sutilmente a una de maldad pura.
¿Qué pasaba por su cabeza?
— Bill. — dijo recuperando su alemán horrible. — ¿Tú querer que Tom realmente… cómo se dice… follar su cabeza de rabia?
— ¿A qué te refieres? — pregunté, frunciendo el ceño y girándome un poco para ver qué miraba.
— Mira fuera. — señaló con la barbilla hacia el gran ventanal que daba a la calle.
Yo no conocía mucho de autos pero era inconfundible aquel auto grande de modelo reciente y brillo inconfundible del Cadillac de Tom, que estaba detenido en el semáforo justo enfrente de nosotros. Pude ver el perfil de sus trenzas y el pañuelo en la frente, con la vista fija viéndose tan amargado y serio.
Francis estiró su mano sobre la mesa y tomó la mía, entrelazando nuestros dedos a la vista de cualquiera que mirara por ese ventanal.
— Sonríe, Bill. — susurró Francis, acercándose a mí como si fuera a contarme un secreto íntimo pero se detuvo en mi mejilla para besarme en la comisura de los labios.
Para cualquier otro que no supiera lo que estaba pasando diría que es un beso de boca a boca pero no.
No entendía por qué Francis estaba haciendo todo esto.
Podía sentir el calor de los labios de Francis rozando la comisura de mi boca. Era un ángulo perfecto para que Tom, desde su Cadillac, viera exactamente lo que Francis quería que viera.
Quise apartarme, pero estaba con todas las ganas de joder. Así que me quedé quieto, cerré los ojos y dejé que la mano de Francis apretara la mía con fuerza sobre el mantel blanco.
— Sonríe… — volvió a susurrar él contra mi piel y su aliento estaba oliendo a la menta del té.
Me hizo sentir rico el olor.
Lancé una mirada de reojo hacia la calle. El semáforo cambió a verde, pero el Cadillac no se movió de inmediato. Vi cómo la cabeza de Tom giraba lentamente hacia el restaurante. A pesar de la distancia y los cristales, pude jurar que sentí el peso de su mirada.
Entonces, el auto desapareció después porque Tom aceleró furioso que el sonido del motor se escuchó y fue dejando una capa de humo y neumáticos quemados mientras desaparecía por la avenida a una velocidad ilegal.
Francis se separó lentamente, relamiéndose los labios con una satisfacción que daba miedo.
— Ochen’ khorosho. (Muy bien) — murmuró, volviendo a su asiento como si nada hubiera pasado. — Tom ahora tener… ¿fuego? en los ojos. Mañana él romper más botellas.
— ¡Estás demente, Francis! — exclamé, recuperando el aire y soltando mi mano de la suya como si me quemara. — ¡Te va a matar! ¡Y yo no quiero más problemas con él!
— Él ya odiar a tú. — dijo Francis encogiéndose de hombros mientras seguía comiendo mi fruta. — Pero ahora él odiar con… ¿pasión? Es mejor que nada, Bill. Los Kaulitz ser aburridos cuando estar tranquilos. Además… — me guiñó un ojo. — …tú disfrutar un poquito, yo solo sentir tu mano apretar.
Me sonrojé hasta la punta del pene. El maldito tenía razón. Había sentido una descarga de adrenalina pura al saber que Tom me estaba viendo.
— Vámonos de aquí antes de que decida dar la vuelta y entrar a balacear el lugar. — sentencié, pidiendo la cuenta con un gesto nervioso. — Y deja de buscar excusas para besarme, o la próxima persecución no será con una figurita de cerámica, será con un cuchillo de carne para cerdos… ten en cuenta que tendré un cuchillo en cada mano.
Francis soltó una carcajada.
— Bill ser muy dramático. Me gusta. — se puso de pie, ajustándose la gorra en el proceso. — ¡Brrrm en la moto ahora! Yo llevarte a casa.
Continúa…
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