Fic Toll de WifesKaulitz

Capítulo 22

Abría los ojos lentamente, todo se veía borroso a mi alrededor. Habían cuatro cabezas observándome con curiosidad mientras recobraba la conciencia.

Lo primero mis ojos enfocaron a Georg, luego a Gustav, después a un rubio de cabello casi platinado y finalmente a uno que me hizo fruncir el celo exageradamente y empezar a desvariar.

— ¿Tom? — susurré sin despegar mis ojos del tipo que se veía exactamente igual al trenzado, pero con la única diferencia de que a este chico le caian unas ratas rubias a los lados. Tenía la misma pinta de Tom, esa de colocarse un pañuelo en la frente, después una gorra y todas las prendas que le quedaban tres veces más grande.

— Почему он называет меня Том? — se dirigió hacia el rubio con el ceño fruncido y lleno de curiosidad.

— ¿Ah? — ví a Georg hacer una mueca de no entender lo que pasaba. El rubio se aclaró la garganta antes de explicar.

— Dice que ¿por qué lo llama Tom?

— ¿¡Pues cómo más le va a decir!? — decía un Georg exaltado. — ¡Si ese idiota se parece a Tom Kaulitz pero rubio, con pinta de ladrón y más joven!

— Ou. — el rubio hizo un puchero en los labios mientras fruncía el ceño. — Ты знаешь Том?

— ¿¡Qué ha dicho!?

— Que si ustedes conocen a Tom.

— Ehm… sí. — suspiró Gustav tocando mi frente. — Es nuestro amigo.

La copia ladrona de Tom soltó una risita divertida.

— Ya mladshiy brat, posledniy iz Kaulittsev, rad poznakomit’sya s vami.

— ¡Dile que no hable en taka taka que no le entiendo! — Georg se veía frustrado mientras se rascaba la cabeza y luego ponía las manos en ambos lados de su cintura. El rubio se rió con gracia mientras mi amigo le da un golpe en el brazo. — Malditos rusos y su idioma complicado, hijos de puta.

Ambos chicos rubios se rieron a carcajadas.

— Ofrecemos una disculpa, mi amigo es el hermano menor de Tom, el último de los Kaulitz y está encantado de conocerlos.

— ¿¡Pero qué!? Oh, por dios. Su mamá ha parido puras fotocopias porque son tan iguales.

— Perro sou el más guapo. — trató de hablar el de rastas. El alemán le salía un poco gracioso que yo me empecé a reír captando la atención de los cuatro chicos. — ¿De quie se ríe?

— Es que esto es imposible. — negaba con la cabeza tapando mi rostro con ambas manos. — ¡Otro Kaulitz más! ¡Genial!

— Ohm, ¿uh huh?

— ¿Qué edad tiene él? — cuestiona Gustav.

— Francis tiene dieciocho años.

— ¿Y Tom?

— Veintiuno.

— Ah.

— Vot pochemu ya govoryu, chto ya samyy krasivyy, potomu chto ya ne staryy.

— ¿Traducción?

— Por eso eso digo que soy el más guapo, porque no soy viejo.

— Ah, bueno. — decía Georg restándole importancia. — Que bueno para saber. — ese tal Francis le daba una sonrisa de suficiencia a Georg, quien lo miró con una ceja arqueada y luego se acercó al rubio para apartarlo a un lado y así poder hablar. Gustav abandonó la escena probablemente celoso y yo solo me senté, quedando frente a frente con el rastafari.

Me di el lujo de observarlo mejor, era el mismo Tom con un look diferente.
Francis tenía el piercing, la nariz perfecta, el lunar en la mejilla, las cejas pobladas y las pestañas bonitas iguales a las de su hermano.

— Endy, ¡skazhi yemu, chtoby on ne smotrel na menya! — exclamó sonrojado en dirección a su amigo.

— Sí, sí. Él dice que no lo mires.

— Bueno. — solté un suspiro mientras me acomodaba mejor el cabello, dispuesto a irme. — Ya me voy, gusto conocerlos. — estaba por irme pero la mano del rastafari se detuvo en mi antebrazo.

Su mano cálida me sonrojó hasta la punta de las orejas.

— Invitar copa para hablar poka ya zhdu Tom.

— ¿Podemos tomar una copa mientras esperamos a Tom?

— ¿Tom va a venir?

— Yeah, yeah. — mierda, la mención de Tom hizo que mi corazón, que apenas se estaba estabilizando tras el desmayo, empezara a torturar mi pecho de forma salvaje. — Tom pribudet cherez tridtsat’ minut.

— Dice que llega en unos treinta minutos. — tradujo el rubio platinado, Endy, pero que nombre para más raro. — Francis no quería esperarlo solo en la oficina de David y decidimos bajar a ver el ambiente. No pensamos que causaríamos un desmayo.

— A ver, Endy. — interrumpió Georg. — Mejor cállate, ¿sí?

— Mi nombre es Andy, bueno… Andreas pero de cariño me dicen Andy.

— Endi, moy nasyshchennyy kislorodom rebenok. (Andy, mi rubia oxigenada) — le dijo Fran a Andy con una sonrisa burlona, logrando enrojecer a Andreas, quien no tradujo lo que le dijo pero asumo que fue vergonzoso.

El calor de la mano de Francis estaba quemando mi piel. Todo era tan irreal. Verlo a él era como ver al mismísimo pero con una energía mucho más cargada y… joven.
Salimos del lugar de donde estábamos nosotros cuatro rumbo a una mesa para sentarnos.

— No sé si sea buena idea que me quede. — balbuceé tratando de soltarme suavemente del agarre porque a pesar de ya no estar los cuatro solos, nunca me soltó. — Tom y yo… no estamos en los mejores términos. Hace semanas que no sé de él.

Francis, aunque no entendía todo mi alemán, pareció captar la amargura en mi voz. Soltó mi brazo pero no me dejó irme; en su lugar, hizo una señal al barman—que nos miraba igual sin poder creer—y pidió algo con un gesto rápido.

— Tom plokho sebya chuvstvuyet. On dumaet tol’ko o Bill. — dijo Francis sin quitarme la mirada de encima. — Ty Bill, da?

Qué también habrá dicho.

— Ohm, tie vesto en phouros. Tode el mundo dece Bill, Bill, Bill. ¡Ya rada poznakomit’sya s vami lichno, a ne po fotografiyam s bratom na svad’be Nick! — el barman llegó con los tragos y Francis nos repartió a cada uno.

— ¿Bill es tu nombre, cierto? — asentí con la cabeza. — Francis está encantado de conocerte en persona y no desde las fotos con su hermano en la boda de Nick.

— ¡Na zdorov’ye! — exclamó el Kaulitz menor, como si estuviera brindando con entusiasmo.

Bebí de un golpe, sintiendo el ardor bajar por mi garganta y así empezó mi noche. Mientras Francis intentaba explicarle a Georg, mediante señas y palabras rotas, por qué su ropa era tan grande y porque había ido a Rusia, yo no podía dejar de mirar hacia la entrada del área VIP.

Treinta minutos….
En treinta minutos vería al hombre que me ignoró por semanas y que me dejó haciendo arrunchis con la soledad y lo peor de todo es que estaba sentado con su copia rusa bebiendo tragos.

No sé cuánto iba a resistir.

— ¿¡Entonces tú te fuiste a Rusia a vivir con la familia materna de tu mamá!? — gritó Georg para que Francis pudiera oírlo.

— Da, da. — asentía bebiendo otra copa de vodka puro.

— ¿¡Y por qué viniste!?

— Tom. — empezó hablando lento mientras Georg asentía con la cabeza, pegando su oído muy cerca al de Fran. — On zhenitsya.

— Ya estás otra vez hablando en ruso, ¡ya te dije que no me hables en ruso!

Francis rió y luego le dió un zape a Andreas para que le explique a Georg lo que dijo.

— Tom se va a casar. — sentí que el trago se me quedaba atascado en la garganta, quemándome las cuerdas vocales antes de que pudiera procesar la noticia.

¿Casarse? ¿Tom? ¿En serio?

— Mejor no hubieras abierto la boca, amigo. — Andy suspiró, encogiéndose de hombros.

— Hace como una semana que llamaron los señores Kaulitz a Rusia para dar la noticia, yo vivo con los abuelos de Fran porque soy el hijo del chofer y bueno, me enteré y Fran también. Por eso vinimos volando, queríamos ver con nuestros propios ojos quién era la valiente… o la suicida.

— Tom ser perrrro. — arrastró la doble r.

Miré a Francis y él me miraba a mí, serio. Con cara de no estar diciendo una broma de mal gusto.

— Ty… — Francis señaló mi pecho con su dedo índice, ladeando la cabeza. — ¿Ty ne znal?

— ¿Tú no sabías?

— No. — susurré, sintiendo que los ojos me escocían. — Yo no sabía nada…

¿Cómo voy a saber?

Llevaba semanas sin señales de vida, semanas siendo ignorado, y resulta que él motivo de su desaparición era porque estaba planeando una boda.

&

El resto de mi día la pasé llorando, malhumorado, cansado, estresado y todo lo que termine en ‘ado’.

Cada vez que cerraba los ojos, la voz de Andy repitiendo «Tom se va a casar» resonaba en mi cabeza.
Era como si me estuviera torturando a mi mismo y culpándome por ser tan estúpido y haber echo de todo por no creerle…

Estaba encerrado en mi habitación, con las cortinas corridas y la sudadera de Tom —que ahora olía más a mi propia tristeza que a él— hecha un nudo entre mis brazos. Me dolía el orgullo y, sobre todo, me dolía ese maldito «te amo» que confesó antes de desaparecer.

— ¿Bill? — escuché los golpes en la puerta. — Joven, tienes visita abajo. — la voz de Lalita sonaba cautelosa.

— ¡Diles que me morí, Lalita! ¡Que me dio un infarto de pura estupidez y pasé a mejor vida! — grité contra la almohada.

— Dice que viene de parte del joven Tom y es urgente. Cómo sus padres no están, lo dejé pasar.

— Ay. — levanté mi cuerpo a regañadientes, arrastrando los pies y con el cabello pareciendo un nido de pájaros. Bajé las escaleras con una cara que uff, si me miras te mato.

Al llegar a la sala, me detuve en seco. Francis Kaulitz estaba sentado en el sofá, luciendo impecable, pero lo que me hizo hervir la sangre fue verlo sosteniendo una figura de cerámica Ming que mi madre cuidaba como si fuera otro hijo perruno más. Fran la giraba entre sus manos con una curiosidad casi infantil, como si estuviera a punto de lanzarla al aire para ver si volaba.

— Si rompes eso, mi madre te va a usar de abono para sus orquídeas. — hice presencia desde el último escalón, cruzándome de brazos.

Francis dio un salto, la pieza amenazó con caerse pero la agarró bien. Miró mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mis ojeras y en mi aspecto.

— Ty vyglyadish’ ochen’ nekrasivo.

— Verás, si vas a hablar tu mierda de idioma mejor no me hables. — Francis rió y me hizo una seña de que me acercara. Obedecí con toda la mala gana del mundo hasta estar cerca de él y me senté, cruzando las piernas y brazos.

Sacó su increíble teléfono de último modelo y en la sección de traductor empezó a teclear.

«Dije que te ves feo»

Yo lo mire con los ojos entrecerrados y ladeando la cabeza. Francis volvió a teclear en su móvil antes de mostrarme.

«Entiendo un poco el alemán, ¿sabes? cuéntame cómo te sientes luego de que te traje a casa»

Solté un suspiro pesado mirando a cualquier dirección menos a él.
Ayer luego de saber que Tom se iba a casar salí echo una fiera del club rumbo a mi casa. No esperamos a que el susodicho llegara.
Georg no me siguió porque Gustav lo había buscado y espero de todo corazón una reconciliación.

Francis y Andreas me siguieron detrás. Vieron cómo iba por las calles desoladas rumbo a casa y decidieron darme un aventón.

Pero carajo, no quería hablar de eso.

— Mejor dime cómo no te perdiste al llegar a mi casa.

«Andreas me trajo aquí y se luego se fue a una cita con mi sobrina, conectaron lindo en cuanto se conocieron»

— Ah, es buena señal. — sonreí emocionado por ella. — Me alegro mucho.

— Dime cómo essstásss. — trató de hablar, probablemente dándose cuenta de que quería cambiar de tema.

— Fran. — suspiré tratando de levantarme del sofá pero él no me lo permitió, poniendo su mano sobre mis piernas expuestas.

— ¿Mhmm?

— Si te lo digo lloro.

— Shora…

— Joder. — sonreí mirando hacia el suelo, con la vista nublada. — Me duele mucho porque no tuvo el descaro de decirme, solo se fue.

— Mhmm…

Lo ví de nuevo empezar a escribir en su traductor.

«Yo no lo culpo, tenemos unos padres jodidos pero me sorprende de él porque siempre fue un rebelde y que acepte las condiciones de mis padres me asusta.»

— Entiendo.

«Sí e incluso hablé con mami y me dijo que pensaba que se casaría contigo pero no, la chica con la que se va a casar Tom se llama Rita»

— ¿Rita? — arqueo una ceja.

— I’m sorry. — empezó a reírse a carcajadas. — Yeye zovut Ria (Se llama Ría)

«Ría»

Eso sí que le había entendido.

«Pero no te preocupes, si Tom no está estoy yo»

— Ajá, no seas idiota. — Francis guardó su teléfono con esa sonrisa de suficiencia que parecía ser heredada genéticamente. Me miraba como si fuera un juguete nuevo e interesante, y aunque su alemán era un desastre, su lenguaje corporal hablaba en voz alta.

— Ya luchshiy variant. (Soy la mejor opción)  — murmuró, acortando la distancia entre nosotros. — Tom ser viejo… yo joven.

— Sí, sí, lo que digas, Francis. Ahora muévete, que tengo que irme a mis clases. — trato de ignorar que el parecido con su hermano me estaba poniendo los nervios de punta.

Pero Francis no se movió. En un movimiento rápido, antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, me tomó por la nuca y plantó sus labios sobre los míos. No fue un beso largo ni profundo, fue un robo descarado, rápido a la mala.

La indignación invadió mi cuerpo de inmediato.

— ¿¡Pero qué te pasa, pedazo de animal!? — exclamé empujándolo con todas mis fuerzas.

Francis se tambaleó hacia atrás, soltando una carcajada sonora mientras se levanta del sofá y yo a su detrás.

— ¡Fuera! ¡Lárgate de aquí ahora mismo! — empecé a darle golpes en el brazo, unos puñetazos que, aunque me dolían más a mí por lo duro que estaba el tipo, no paraba de lanzar. — ¡Eres un idiota! ¡Igual de estúpido que tu hermano! ¡Fuera!

Francis ni siquiera intentó cubrirse, solo levantaba los brazos para protegerse la cara mientras retrocedía hacia la salida, riéndose como si le estuviera contando el mejor chiste de su vida al infeliz.

— ¡Ty takaya milaya, kogda zlites’! (¡Te ves tan lindo cuando estás enojado!) —gritó entre risas, guiñándome un ojo. Ush, eso me molestaba más. — ¡Poka, Bill! (¡Adiós, Bill!)

— ¡Qué poka ni que nada! ¡No vuelvas! — le solté un último golpe en el hombro antes de que cruzara la puerta de mi casa hacia fuera y cerrara la puerta de golpe.

Estaba respirando agitado y pasándome el dorso de la mano por los labios para borrar cualquier rastro de ese beso.

Estaba furioso, sí, pero en el fondo de mi mente una voz molesta no dejaba de repetir que los Kaulitz, sin importar la versión, eran expertos en hacerme perder la cabeza pero de la rabia.

Maldición.

&

Ahora hasta lo que me apasionaba no quería hacerlo. Iba con tanta mala gana a mis clases, pero por lo menos ya podía conducir el auto sin necesidad del chofer.

El trayecto a la academia fue una tortura porque iba lleno de pensamientos intrusivos. Quería acelerar el coche e ir a estrellarme con lo primero que encontraría a mi alcance pero no lo hice. Se quedaron solo en pensamientos.

Estacioné el auto con una brusquedad innecesaria, reflejo de mi estado de ánimo, deseando que las clases de hoy fueran lo suficiente interesantes como para olvidarme de todo.

Sin embargo, antes de que pudiera apagar el motor ví a Karina, quien estaba apoyada contra su coche justo en la entrada del salón, luciendo unas gafas de sol y muy guapa. Al verme, levantó una mano y me hizo señas con entusiasmo. Bajé del auto y corrí hacia ella.

— ¡Karina! — exclamé, sintiendo un alivio genuino al ver una cara conocida que no compartiera la misma cara de los Kaulitz. Ella creo que se parecía más a su mamá que a su papá.

Y mejor.

— Por dios, Bill. — dijo con una sonrisa cálida, dándome un abrazo rápido. — Te ves fatal, Bill. Necesitas una distracción urgente. Esta noche mi padre va a dar una cena de bienvenida en mi casa, algo íntimo, solo para los más cercanos. Y tú vienes conmigo ahora mismo, nada de clases, ¿okay? también eres mi familia.

— Yo… — tragué saliva mientras me abrazaba a mi mismo, mirando al suelo. — ¿Estás segura que puedo ir?

— ¡Sí! Anda, vamos. Súbete a tu coche y sígueme. — dejé escapar la respiración volviendo a mi coche con las manos sudando. Lo puse en marcha detrás del de Karina y sentía que estaba sudando a mil por hora.
Ni siquiera le pregunté por qué era la cena de bienvenida aunque estoy ya era obvio.

Al llegar a su casa, el ambiente era puros sirvientes de aquí para allá. Karina, notando mi aspecto demacrado me llevó directamente a su habitación y me metió en el enorme vestidor.

— No vas a bajar así, cariño. — sentenció, sacando un conjunto de ropa tratando de adecuarlo a mi estilo. — Toma, esto te quedará perfecto. Duchate y arréglate; yo me encargaré de que parezcas todo un muñeco.

Le hice caso nomás porque no tenía otra opción.

Claro que me tomó un tiempo, pero bajo la supervisión de Karina, logré transformarme. Me aplicó un poco de delineador con precisión experta, resaltando esa mirada que los días de llanto habían apagado, y me arregló el cabello de forma que luciera rebelde. Me miré al espejo y mierda, me sentía demasiado empoderado. Fuera de mi mismo.

La ropae quedaba demasiado bien, sus botas de plataforma también. Me veía más alto y joder, el maquillaje le daba a mi mirada una sensualidad enorme.

— Te ves bien guapo, Bill. No puedo creerlo. — sonreí de lado sonrojado. — Ahora baja. — me ordenó con un guiño. — Los invitados están por llegar.

Miré el reloj de mi móvil, eran las ocho de la noche. Nos fuimos de largo solo arreglándome a mí.

Salimos de su habitación y bajé las escaleras lentamente, con el corazón en la boca. Desde el último inconveniente en la casa Kaulitz yo me sentía muy avergonzado con Heidi… y si la veía me iba a disculpar.

El sonido de las copas y las conversaciones bajas llenaba el salón a medida que me iba acercando. Al llegar al último escalón mis ojos se desviaron accidentalmente a un punto fijo. Para ser exactos en una esquina, cerca de la terraza.

Ahí estaba el de trenzas.

Sostenía una copa de cristal, hablando con alguien de espaldas a mí. Llevaba una camisa negra, pantalones anchos como siempre y un pañuelo que le tapaban las trenzas.
Sentí que el aire me faltaba y Karina fue consciente de ello.

— Respira, ¿sí? — susurró Karina dándome caricias suaves en la espalda, traté de desviar la mirada «cosa que no pude» cuando Tom pareció notar mi presencia porque se interrumpió a mitad de una frase y giró la cabeza lentamente.

Nuestras miradas se cruzaron después de semanas de silencio, de ninguno saber del otro. El impacto fue tal que el ruido del resto de la fiesta simplemente desapareció.
Tom se quedó rígido, sus ojos recorriendo mi figura, deteniéndose en mis labios —ahora perfectamente pintados y rosados— y en la intensidad de mi maquillaje oscuro.

Estaba ahí. Casi frente a frente con el hombre que supuestamente se iba a casar, pero que me miraba como si yo fuera la última maravilla del mundo.

— Bill. — Karina chasqueaba sus dedos frente a mí rostro, haciéndome volver en sí. — Carajo, no lo veas. Se va a creer importante el hijo de puta.

— Tienes razón. — susurré, obligándome a parpadear y rompiendo el contacto visual.

Sentí un calor abrasador subir por mis mejillas. Karina tenía razón: si le seguía sosteniendo la mirada con esa cara de cordero manso, Tom iba a pensar que todavía me tenía comiendo de su mano. Y aunque el corazón me gritaba que corriera hacia él, el orgullo me mantenía anclado al suelo.

— Camina, no te detengas. — me instruyó Karina por lo bajo, entrelazando su brazo con el mío. — Vamos a saludar a mi abuela. Mantén la barbilla arriba, Bill. Eres una obra de arte, no un premio de consolación.

Caminamos por el salón con paso firme. Podía sentir la mirada de Tom quemándome la espalda, siguiéndome mientras atravesábamos el grupo de invitados.

Llegamos hasta donde estaba Charlotte, que lucía un vestido verde esmeralda impresionante y a su lado estaba Heidi con un vestido beige.
Al vernos, Charlotte cambió su expresión de la cortesía a una sorpresa genuina.

— ¡Bill! — exclamó ella, dejando su copa sobre una bandeja. — Pero qué elegancia, cariño… casi no te reconozco. Te ves… increíble, de verdad.

— Gracias, Charly. — le di un abrazo y ella me correspondió de la mejor manera, demostrando lo bien que le caía a mi no suegra. Al separarnos me dió un toque suave en la mejilla y sonreí. Después me dirigí a Heidi, tratando de que la voz no me temblara. — Yo, Heidi… ahm, quería aprovechar para pedirte disculpas por lo de la última vez.

Heidi suspiró y me puso una mano suave en el antebrazo.
— Olvídalo, cielo. Son cosas que pasan en las familias… complejas. Me alegra mucho que hayas venido.

Asentía con la cabeza mientras veía de reojo como Karina estaba en total desacuerdo con mis disculpas hacia su madrastra.

— Cariño. — empezó Charly luego de beber su copa. — Explícame algo, verás… el deber de casa Kaulitz es casarse hasta los veintiun años y Tom los tiene recién cumplidos.

— ¿Ya? — traté de dar una sonrisa pero lo único que me salió fue una mueca que mostraba mis dientes de abajo.

— Sí, verás… no entiendo por qué no eres tú el que se va a comprometer con mi hijo. ¡Yo los ví en la boda de Nick! Ambos se veían enamorados.

— ¡Ay, sí! — exclamó Heidi en medio de un puchero. — Hacen linda pareja, ¿qué ha pasado?

— Quizás Tom obedeció mi orden. — llegaba diciendo Jörg, metiéndose en la conversación. — Sabe perfectamente que debe darnos un nieto, esa es la obligación de un Kaulitz para que se siga con el apellido. Dudo mucho que casándose con otro hombre pueda…

— ¡Abuelo!

— ¡Jörg! — exclamaron Karina y Charlotte al mismo tiempo. Tragué saliva y sonreí, fingiendo que su comentario no me afectaba.

— Ven, vámonos.

— Llévalo a conocer a Francis. — comentó Charlotte antes de que Karina tomara mi mano y me arrastre lejos de sus abuelos. No sabía a dónde me llevaba solo sé que me apartó de ahí y me dejó hablando con una de sus mejores amigas. Casi cerca de la terraza donde ví a Tom.

Mientras ella hablaba, el perfume del mencionado inundó mis sentidos antes de que pudiera verlo. Un segundo después, su voz, esa voz ronca que no había escuchado en semanas y que me provocaba escalofríos, sonó justo detrás de mí.

— No sabía que venías. — murmuró Tom. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.

— Nos vemos. — dice la mejor amiga de Karina antes de dejarnos solos.

Me giré lentamente, usando mis botas de plataforma para quedar casi a su misma altura. Tom me miraba con tanta intensidad que daba miedo; sus ojos recorrían cada centímetro de mi rostro, deteniéndose en el delineador negro y bajando por mi cuello hasta el escote de la camisa. Parecía que quería decir mil cosas, pero la mandíbula apretada solo le permitía soltar frases cortas.

Gran estúpido.

— Karina me invitó. — respondí con frialdad. — Pero si usted me sigue molestando me iré.

— Bill… — empezó él, dando un paso más hacia mi espacio personal.

— Tom, no molestes a Bill. — intervino Karina a su detrás, llegando con su mejor amiga. Las palabras lo había dicho con un tono protector, poniéndose entre nosotros. — Acaba de llegar y estamos disfrutando de la noche. Ve a buscar a tu prometida o lo que sea que tengas que hacer.

El rostro de Tom se transformó. La amargura cruzó sus facciones y sus ojos miel se clavaron en los míos buscando una reacción, haciendo caso omiso a las palabras de Karina.

Él iba a hablar pero fue interrumpido por el maldito idioma ruso que me empezaba a irritar.

— ¡Eu, hola! — interrumpe Francis. Yo me cruzo los brazos y adopto una pose de apoyar todo mi peso en la pierna derecha, mirando a todos lados menos a ese par solo para evitar compararlos. — Rad tebya videt’, brat.  (Qué bueno verte, hermano).

— Francis, yeshche raz zdravstvuy. (Francis, hola otra vez) — saludaba Tom.

¡Puedo jurar que tenían el mismo tono de voz en ese idioma de mierda!

¡Bah!

— Karina. — llamé su atención. — Ya me voy, ¿okay? cualquier cosa avísame al teléfono.

— ¡Nein, Bill! — exclamó el rastafari, acercándose a mi con una sonrisa y pasando su brazo derecho por mis hombros. Fruncí demás el ceño.

— ¿Cómo? ¿Ustedes ya se conocen? — sonrió Karina pasando sus ojos de Tom, a mi y de mi a Francis.

— Maomeno, maomeno. — explicaba el rubio que le hizo seña a Andreas para que se acerque. Ví a Karina ponerse MUY nerviosa. — Tú con sobrina, Bill y yo y Tom… meh, Tom ser comprometidog.

La cara de Tom era todo un espectáculo.

Continúa…

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por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

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