3: My name is…

Fic Toll de ZenTortugaHua

Capítulo 3: My name is…

La tarde transcurría con un movimiento inusual en el club.

Los empleados iban y venían por los pasillos acomodando cada detalle como si esperaran la visita de alguien importante.

Kimberly terminaba de colocarse un pendiente frente al espejo cuando Sara apareció detrás de ella.

—Date prisa.

—¿Por?

—Porque hoy viene el jefe. Lo ha dicho David hoy en la reunión en la que no viniste.

Kimberly arqueó una ceja.

—¿Desde cuándo tenemos jefe? ¿Qué no era David?

Sara soltó una risa.

—Siempre lo hemos tenido. Otra cosa es que nadie lo haya visto más que David.

La pelinegra se giró para mirarla.

—¿Nadie? ¿Solo David?

—Dicen que casi nunca aparece. Y cuando lo hace, entra y sale sin avisar.

—Qué raro.

—Raro no. Peligroso.

Kimberly frunció el ceño.

—¿Cómo sabes eso?

La castaña se encogió de hombros.

—Rumores. Dicen que nadie se mete con él. Nadie, Kim.

Kimberly terminó de acomodarse el cabello.

—Bueno… mientras no venga a molestarme.

Su mejor amiga negó con la cabeza.

—Haz bien tu trabajo hoy. Si el jefe llega a fijarse en ti, más vale que sea por razones buenas.

La mujer mostró una sonrisa despreocupada.

Todavía no tenía idea que ya lo había conocido.

&

Esa misma noche, el club estaba más lleno que de costumbre.

Luces rojas y moradas bañaban los rincones, la música era baja y sensual, y el aire olía a perfume, alcohol y deseo.

Kimberly llevaba un conjunto corto y ajustado de color negro que marcaba sus pechos y dejaba poco a la imaginación. Se había echado únicamente un gloss en los labios porque sus labios de por sí ya eran demasiado rojos naturalmente. Se soltó el cabello dejándolo caer en ondas suaves sobre sus hombros.

Caminaba entre las mesas con esa gracia natural que tenía, sonriendo a los clientes habituales, coqueteando con la mirada. Ya había rechazado a dos hombres y estaba buscando a uno que valiera la pena cuando sus ojos se detuvieron en la zona VIP.

Allí, sentado en el sillón de cuero negro y un vaso de whisky en la mano, estaba él.

«El mafioso».

Sintió un golpe de calor subirle por el cuerpo. Y por un segundo se quedó paralizada, pero luego sonrió con esa mezcla de dulzura y descaro que usaba para trabajar.

Pensó que era un cliente más. Un cliente muy peligroso y muy guapo.

Se acercó con paso lento y sensual, deteniéndose frente a él. La luz roja caía sobre su piel pálida.

—Hola…— Ronroneó, inclinándose ligeramente hacia adelante para que el hombre pudiera apreciar bien su escote.— ¿Estás solo esta noche? Porque yo puedo hacer que no te sientas así.

Él levantó la vista lentamente. Sus ojos oscuros se clavaron en Kimberly con esa intensidad que ya le había quitado el aliento la primera vez.

No dijo nada al principio. Solo la miró. De arriba abajo, deteniéndose en sus labios rojos, en sus pechos, en la curva de sus caderas.

La mujer interpretó el silencio como interés.

Se sentó con gracia en el brazo del sillón, cruzando las piernas de forma que la falda corta se le subiera.

—¿Quieres que te acompañe un rato?— Preguntó bajito, acercándose lo suficiente para que él sintiera su perfume dulce.— Puedo ser muy… entretenida…

—Estoy bien— Respondió el hombre de trenzas con voz grave y baja.

Ella sonrió, sin desanimarse. Se inclinó más, rozando ligeramente el brazo del hombre con sus pechos.

—¿Seguro? Pareces alguien que merece que lo mimen un poco…— Susurró— Puedo arrodillarme aquí mismo si quieres. O subir contigo a una habitación. Lo que prefieras.

Él la miró fijamente. Sus ojos bajaron a los labios rojos de Kimberly un segundo más de lo necesario.

—No— Dijo simplemente.

La mujer parpadeó pero mantuvo la sonrisa coqueta.

—¿No? ¿O sí, pero te gusta hacerte el difícil?— Ronroneó acercándose aún más.— Porque yo creo que te gustaría mucho…

En ese momento, una voz cortante interrumpió:

—Kimberly, ¿qué idiotez crees que estás haciendo?

David apareció de la nada, con los ojos muy abiertos y una cara de pánico.

Kimberly se giró confundida.

—Trabajando— Respondió con naturalidad, muy obvio.— ¿Por qué?

David palideció.

—¿Estás loca?— Siseó bajando la voz. Se giró hacia el hombre muy temeroso.— Jefe… discúlpela…

El mundo se detuvo para Kimberly.

Sus ojos volvieron lentamente hacia él, que seguía sentado con esa calma inquietante observando todo sin decir palabra alguna.

—¿»Jefe»…?— Repitió con voz apenas audible.

El de trenzas tomó un sorbo de su whisky, sin confirmar ni negar. Solo la miró fijamente, como si estuviera disfrutando ver cómo Kimberly se daba cuenta de su error.

Ella sintió que la cara le ardía. Se levantó del brazo del sillón tan rápido que casi se tropieza. El corazón le latía desbocado como aquella vez.

Diferente situación pero misma persona.

—Yo… no sabía…— Murmuró completamente descolocada.

David la agarró del brazo y la jaló hacia él.

—Él es Tom Kaulitz. El dueño de aquí y toda cosa que corra en Alemania. No es un cliente, idiota— Siseó en un susurro.—Discúlpate y vete a otra zona— Le ordenó.

Pero Kimberly no se movió. Vio a Tom Kaulitz con los ojos muy abiertos.

Por ella se extendió una mezcla de vergüenza, sorpresa… y algo más. Algo caliente y peligroso que se instaló en su estómago.

Tom Kaulitz, por su parte, solo curvó ligeramente la comisura de la boca, casi una sonrisa.

—No hace falta— Dijo con esa voz grave.— Puede quedarse.

David lo vio sorprendido, pero no se atrevió a contradecirlo, solo bajó la mirada de inmediato, asintiendo. Y se fue.

La pelinegra se quedó ahí, parada frente al dueño del lugar donde trabajaba, con el corazón latiéndole en la garganta.

Él la miró una última vez, de arriba abajo, lento y deliberado. Luego volvió la vista hacia su whisky, como si nada hubiera pasado.

Estaban los dos solos en la zona VIP…

El de trenzas tomó otro sorbo de su whisky, observándola con esa mirada oscura y divertida.

Curvó la comisura de los labios en una sonrisa peligrosa.

—¿Te comió la lengua el gato?— Preguntó con voz baja y burlona.

Kimberly sintió que toda la sangre le subía al rostro. Se sonrojó hasta las orejas, algo que rara vez le pasaba.

—Yo…— Articuló, pero las palabras se le atoraron. Era la primera vez que alguien la dejaba sin habla de esa forma.

El de trenzas soltó una risa baja, grave y corta, que le provocó de todo a la pelinegra.

—Mírate— Dijo— Hace un rato estabas tan segura de ti misma, ofreciéndote como si fueras el mejor regalo de la noche y ahora ni siquiera puedes hablar.

Kimberly se mordió el labio inferior, avergonzada pero también excitada por la burla.

Nadie se había atrevido a hablarle así. Nadie.

Con un impulso de rebeldía, se sentó de nuevo en el brazo del sillón, esta vez más cerca.

—No me comió la lengua— Respondió finalmente recuperando algo de su descaro habitual.— Solo no esperaba que fueras el dueño; pensé que eras un cliente.

Tom Kaulitz levantó una ceja, divertido.

—¿Y si fuera un cliente? ¿Qué me habrías ofrecido exactamente?

La pelinegra sintió el calor subirle otra vez, pero no se echó atrás; se inclinó, acercando su rostro al de su jefe.

—Todo lo que quisieras— Susurró con voz suave y coqueta.— Boca, manos… o dejar que me folles como quieras. Soy buena en lo que hago.

El de trenzas la miró fijamente.

—Interesante— Murmuró— Muy interesante.

Ella sonrió, ganando confianza al ver que él le seguía el juego.

—¿Entonces? ¿Quieres que te demuestre lo buena que soy?

El hombre soltó otra risa baja, esta vez más larga. Y la miró con algo parecido a fascinación.

—Eres valiente. La mayoría se habría ido corriendo al saber quién soy.

—No soy como la mayoría— Se encogió de hombros con una sonrisa tímida pero atrevida.

Tom Kaulitz la observó en silencio un momento. Luego levantó la mano y, con dos dedos, le levantó suavemente la barbilla, obligándola a mirarlo directamente a los ojos.

—Ten cuidado, Bill— Le dijo con voz más baja y peligrosa.— No todos los que entran aquí salen igual.

Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Dejó de respirar por un instante.

Hacía años que nadie la llamaba así.

Sin evitarlo, una emoción se le dibujó en el rostro, y respondió casi por reflejo:

—Me llamo Kimberly.

El hombre sostuvo su mirada sin cambiar de expresión.

—No.

Hubo un instante de silencio.

Entonces habló una vez más.

—Te llamas Bill.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉

por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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