Fic Toll de WifesKaulitz

Capítulo 20

Bueno…

Ya que estaba en la ducha aproveché para darme un bañito rápido y al salir me envolví con el albornoz que me quedaba enorme.
Me salí de la habitación descalzo dejando gotas de agua en el suelo.

Caminé hacia la cocina y me detuve en el umbral, la imagen que vi me hizo querer dar media vuelta y encerrarme de nuevo en la cama del trenzado.

Tom estaba sentado a la cabecera de la mesa mirando un punto fijo en el mantel, ya completamente vestido con prendas oscuras deportivas. Pero lo que me dejó quieto fue Ría. Estaba frente a la estufa, moviendo algo en una sartén con una soltura que me revolvió el estómago. Se veía radiante, hogareña, como si ese fuera su lugar natural.

— Oh, hola, que bueno que estás aquí. — dijo ella al notar mi presencia. Me dedicó una sonrisa tan amable y genuina que me hizo sentir como el villano de una película. — Justo a tiempo. Preparé pasta con camarones, sé que a Tom le encanta y supuse que tendrías hambre también.

No supe qué responder.
Lo único que se es que estoy sintiéndome ridículo mientras ella, con una delicadeza casi maternal, servía un tercer plato y lo colocaba en la mesa.

— Siéntate, por favor. — insistió, señalando la silla frente a Tom.

Obedecí su petición en completo silencio. Ría se sentó al lado de Tom y empezó a comer, mientras yo solo podía mirar mi plato.
Tom ni siquiera levantó la vista; cortaba la comida como si estuviera diseccionando un problema que no tenía solución.

— Está muy rico, Ría. Gracias. — murmuró Tom, aunque su voz sonaba hueca.

— No es nada, cariño. — respondió ella, dándole un toque fugaz en la mano.

Sentí una punzada de celos tan aguda que me obligó a hablar solo para interrumpir esa paz doméstica que me estaba matando.

— Voy a volver a dormir aquí. — solté de golpe, rompiendo el silencio como un cristal estrellándose contra el suelo.

Tom detuvo el movimiento de su tenedor. Ría levantó las cejas, manteniendo esa sonrisa educada pero con un brillo de sorpresa en los ojos.

— ¿Otra vez? — preguntó ella suavemente, mirando a Tom y luego a mí. — Pensé que te estabas quedando con esa chica Karina. Tom me lo dijo.

— Estaba. Pero mis cosas están aquí y como aún no arreglo las cosas con mis padres pues bueno, espero y no te moleste, Ría. — todo eso dije viendo fijamente a Tom, desafiándolo a que me contradijera frente a ella. Tom finalmente levantó la vista. Se le ve cansado, cargado y fatigado emocionalmente que parecía pesarle más que cualquier otra cosa.

— El departamento es grande.

— Por supuesto. — asintió ella, tan ingenua la pobre. — Al final del día, todos queremos lo mismo: que Tom esté tranquilo y bien cuidado, ¿verdad? Sobre todo ahora que las cosas van a cambiar tanto.

Le dio un sorbo a su copa de agua sin quitar sus ojos de mí.

Parecía que aquí el ingenuo era yo.

&

Me encontraba en el cuarto de invitados, rodeado de las bolsas que había comprado antes de que el mundo se fuera al carajo.

Me miré al espejo de cuerpo entero. Llevaba puesta una de las tangas de encaje rojo oscuro que Tom había elegido para quitarme con los dientes. El contraste del encaje fino contra mi piel y mis tatuajes era deliciosa, pero me sentía como un impostor.

¿Para qué me ponía esto si el dueño de la casa apenas me dirigía la palabra y tenía a su chica ideal en el comedor?

— Menuda mierda. — susurré para mí mismo. En ese momento, mi teléfono vibró sobre la cama interrumpiendo mis pensamientos.

Era Karina.

— ¿Dime que no estás muerto o en una zanja? — fue lo primero que soltó al contestar con su tono habitual de urgencia dramática.

— Estoy vivo. En el departamento de tu tío. — susurré, sentándome en el borde de la cama y acariciando la tela del albornoz que había dejado caer a mis pies.

— ¡Lo sabía! Eres un masoquista, Bill. — bufó ella, pero luego su voz cambió a una más seria. — Pero equis, te llamo para avisarte que mi querido padre acaba de aterrizar de su luna de miel con la mujer esa. La mansión va a ser un campo de batalla de amor falso y no quiero estar en medio de eso. Parece que me iré a otro lado.

— Entiendo… — tragué saliva, mirando la puerta cerrada de la habitación. — Aquí las cosas están… raras. Ría está aquí. Cocinó. Comimos los tres como si fuéramos una familia disfuncional de un reality show.

— ¿Esa mujer sigue ahí metida? — Karina soltó una carcajada seca.

— Sí.

— No puedo creer que estés en un triángulo amoroso, ah. Ya incluso van a vivir los cuatro. ¡Que tierno! — rodeo los ojos en completo silencio como si ella pudiera verme. — Bill, tienes que ser inteligente. Si ya te instalaste, no te muevas. Marca tu territorio. ¿Crees que puedas aguantar vivir ahí con Tom y esa mujer? Porque si te quedas, tienes que ir a por todas. No dejes que ella gane si de verdad quieres con Tom. Olvida lo que te dije ese día, estaba molesta.

— Le dije que me quedaba. — dije, recuperando un poco de firmeza mientras miraba mi reflejo. — Él no se opuso. Me miró como si estuviera agotado, pero no me echó.

— Bien. Úsalo a tu favor. Que te vea, que te huela, que sepa lo que se está perdiendo por jugar al papá responsable con alguien que le está mintiendo y lo sabe. Si necesitas ropa o que vaya a hacerte el aguante para fastidiar a Ría, solo avísame. Mi papá va a estar muy ocupado con su nueva esposa como para notar que falto.

— Gracias, Kari. De verdad.

— De nada. Ahora cuelga, ponte algo escandaloso y sal a esa sala como si fueras el dueño del edificio. ¡Suerte!

Colgué el teléfono y me quedé mirando la cajita de las tangas.
Karina tenía razón. Si iba a vivir en este limbo, no iba a hacerlo con la cabeza gacha.

Me terminé de arreglar, asegurándome de que el encaje se asomara sutilmente bajo el albornoz, y me preparé para salir al pasillo.

Pasé los dedos por el cabello húmedo, despeinándolo un poco para mantener ese look de recién salido de la ducha que sabía que a Tom le descolocaba los sentidos.

Salí con paso felino. En la sala, la luz era tenue. Tom estaba allí, tal como imaginé, sentado en el sofá que quedaba justo frente al televisor. Tenía el mando en la mano y la TV en un canal de noticias financieras, pero sus ojos estaban fijos en la pantalla con una rigidez que gritaba que no estaba procesando ni una sola palabra de lo que decían.

Caminé hacia el sofá de enfrente sin decir una palabra, sintiendo su mirada quemarme la piel antes de que pudiera siquiera sentarme. Con una lentitud calculada, me tumbé de lado, apoyando la cabeza en uno de los cojines y estirando mis piernas.

Al acomodarme, hice que el albornoz se deslizara sin querer. La tela se abrió desde el muslo hasta la cadera, dejando que el encaje rojo y el inicio de mi tatuaje de estrella quedara expuesto bajo la luz de la lámpara lateral.

— El cuarto de invitados es frío aún. — solté con voz perezosa, estirando un brazo para alcanzar una revista de moda que había sobre la mesa de centro, obligando a que la prenda se abriera un poco más. — Creo que me faltan un par de colchas.

Tom no respondió de inmediato.

Escuché cómo apretaba el mando de la televisión, el plástico crujiendo bajo la presión de sus dedos. Sus ojos se desviaron de la pantalla por un milisegundo hacia mis piernas desnudas, y pude notar cómo su manzana de Adán—poco notoria—subía y bajaba con dificultad.

— Pídeselas a Ría. — respondió con una voz ronca, forzando la vista de vuelta a la televisión. — O búscalas en el clóset del pasillo.

— Qué servicial, Tom. — susurré, pasando una página de la revista con un movimiento lánguido. — Pensé que quizás querrías ayudarme a buscarlas tú. Ya sabes, para asegurarnos de que esté… bien instalado otra vez.

Me giré un poco más hacia él, dejando que el albornoz se resbalara casi por completo de un hombro. Tom soltó un suspiro pesado, de esos que intentan contener un incendio interno. El ruido de las noticias financieras era lo único que llenaba el espacio, pero entre nosotros dos la tensión era enorme.

— Bill… — advirtió él, girando finalmente la cabeza para mirarme. Su rostro estaba tenso, sus mirada lasciva mezclada de rabia. — No juegues. Te dije que podías quedarte, pero no me busques porque no sabes de lo que soy capaz.

— ¿Y quién dice que te estoy buscando? — le dediqué una sonrisa inocente mientras pasaba la punta de mi dedo por el borde del sofá. — Solo estoy descansando en mi casa. ¿Te molesta que esté aquí, Tom?

Él apagó la televisión de golpe, dejando la sala sumida en un silencio.
Me sostuvo la mirada durante unos segundos que parecieron horas. Vi cómo sus ojos recorrían la línea de mi cuerpo deteniéndose en el rojo. Juré que se levantaría para cruzar la distancia que nos separaba.

Sin embargo, su mandíbula se apretó tanto que se le marcaron los tendones del cuello. Soltó el mando de la televisión sobre la mesa con un golpe seco, como si el contacto con el plástico le quemara.

— No me molesta. — habló con una voz carente de emoción, una frialdad que me caló más hondo.

Se puso de pie muy agil. No volvió a mirarme, ni siquiera cuando pasó por mi lado para dirigirse al pasillo. Yo me quedé ahí, inmóvil en el sofá, con el albornoz abierto y el corazón latiéndome en la garganta.

— Buenas noches. — soltó sin girarse.

Escuché sus pasos pesados alejándose por el corredor. Luego, el sonido de la puerta de su habitación cerrándose y no fue suave; fue un impacto firme que resonó en todo el departamento. Y lo peor vino después: el sonido metálico del seguro de la puerta al girar.

Me había encerrado fuera. Literal y figuradamente.

Me cerré el albornoz de golpe, sintiendo un frío repentino a pesar de la calefacción. La revista de moda seguía abierta en mis manos, pero las letras bailaban frente a mis ojos. Había intentado jugar al cazador y terminé sintiéndome como la presa olvidada en medio de una sala demasiado grande.

Por suerte Ría seguía no estaba para ver mi humillación.

Entonces acurruqué mi cuerpo en el sofá, abrazando mis propias piernas. La victoria que Karina me había motivado se sentía ahora como una… derrota.

Pero yo nunca pierdo.

&

Luego de la universidad me fui con Karina a su casa.

El ambiente en la mansión era el escenario perfecto para un desastre: el padre de Karina había salido por cuestiones de trabajo y Heidi, la nueva esposa, andaba dando vueltas por la casa con esa sonrisa de catálogo que a Karina le daban ganas de borrarle de un plomazo.

— Vamos a darle una bienvenida que no olvide. — me dijo Karina mientras sacaba un par de botellas de la reserva privada de su papá.

Empezamos a beber sin medida en la estancia principal, poniendo la música a un volumen que hacía vibrar las ventanas, solo por el placer de ver a Heidi asomar la cabeza con desaprobación. El alcohol me pegó rápido, mezclándose con la tristeza residual del rechazo de Tom y la humillación de la noche anterior…

Pero cuando la tercera botella estaba a la mitad, el mundo ya era una mancha borrosa de risas histéricas y confesiones a medias que no esperaba en verdad.
Karina se sentó a mi lado en el sofá, con las mejillas encendidas y la mirada más brillante de lo normal.

Se acercó tanto que podía oler el licor en su aliento.

— ¿Sabes algo, Bill? — dice repentinamente, dejando su copa en el suelo con un golpe torpe. — Siempre me gustaste. Por eso te hacía la vida imposible en la uni. Era la única forma de que tus ojos de delineado perfecto se fijaran en mí.

Quedé con la copa en mano a mitad de camino hacia mi boca.

— Kari, estás borracha… — balbuceé, intentando reír, pero ella me puso una mano en el pecho, deteniéndome.

— No, hablo en serio. Me gustas, Bill. Me gustas mucho más que cualquier idiota de los que traigo a casa. — continuó ella, ignorando por completo el hecho de que Heidi acababa de entrar a la sala con cara de pocos amigos. — No tienes que esperar a Tom. Él tiene a su rubia, a su no bebé… tú me tienes a mí. Yo te entiendo, yo te cuido… y yo no te voy a cerrar la puerta con llave. — decía en tono de burla.

Antes de que pudiera procesar sus palabras, Karina se puso de pie con movimientos torpes. Con una audacia que solo el alcohol y el despecho otorgan, se llevó las manos al borde de su vestido.

— Mírame. — empezaba a desnudarse frente a mí, dejando caer la prenda al suelo ante la mirada horrorizada de Heidi, que se tapó la boca desde el umbral de la puerta.

No sabía que hacer. La cabeza me daba vueltas. Ver a Karina así, después de todo lo que habíamos pasado, era como un cortocircuito cerebral.

Lo que tenía frente a mí era una situación que se nos estaba escapando de las manos.

Karina ajena a todo lo que no fuera su propio impulso ebrio me dejó ver su ropa interior negra. Toda su atención estaba sobre mí y antes de que pudiera reaccionar, se abalanzó sobre el sofá y se sentó a horcajadas sobre mi regazo.

— Karina, para… — balbuceé, intentando poner mis manos en sus hombros para apartarla, pero mis movimientos eran torpes y lentos.

— Cállate, Bill. — susurró ella, acercando su rostro al mío con desesperación. — Deja de pensar en él por un segundo. Mírame a mí, piensa en mí… — sujetó mi rostro con ambas manos y me besó, muy agresiva.

El grado de alcohol que ambos llevábamos encima y de años de sentimientos reprimidos que yo nunca había sospechado me estaba descolocando. Al principio, me resistí. Mi mente giraba en torno a Tom, pero mi cuerpo, traicionado por el alcohol y el dolor empezó a ceder.

Había una especie de consuelo retorcido en el toque de Karina. Ella me quería. Ella estaba ahí, ofreciéndome una salida fácil a todo el drama con Ría y el bebé. Cerré los ojos, por un momento que pareció eterno.
Le devolví el beso, dejando que mis manos subieran por su espalda desnuda. Fue un acto de puro despecho, una forma de gritarle al mundo que yo también podía ser deseado.

No me di cuenta de cuándo Heidi desapareció de la sala. El tiempo se volvió elástico, una mezcla borrosa de la piel fría de Karina, el sabor amargo del alcohol y el latido ensordecedor de mi propio corazón. Podrían haber pasado cinco minutos o tal vez veinte.

De repente, un estruendo rompió la burbuja. El sonido de la puerta principal cerrándose con violencia y unos pasos pesados y rápidos acercándose por el pasillo.

Me separé de Karina de golpe. Ella miró hacia la entrada de la sala, confundida y molesta por la interrupción.

Heidi apareció primero, con una expresión de triunfo mal disimulado. Y detrás de ella, la figura que me hizo querer que la tierra me tragara.

Tom estaba ahí, pálido, tenso, y sus ojos llenos de rabia junto con la decepción tan profunda que me dolió más que cualquier bofetada.
Se quedó estático en el umbral, recorriendo la escena: Karina sobre mi regazo en ropa interior, mi cabello alborotado, mis labios hinchados por el beso…

— ¿En serio? — la voz de Tom salió baja e incrédula. Intenté ponerme de pie, empujando suavemente a Karina para que se bajara, pero el alcohol hizo que me tambaleara. Me aferré al respaldo del sofá para no caerme.

— Tom… no es lo que parece… — balbuceé, poniendo la excusa más cliché del mundo sonando ridícula en mi boca.

— Ya. — asintió moviendo la cabeza lento. — Vámonos, anda. — Karina, que se había bajado de mi regazo y estaba tratando de recoger su vestido levantó la vista hacia Tom.

— No te metas, Tom. Tú ya tomaste tu decisión con la rubia. Déjanos en paz.

Tom se giró hacia ella, fulminándola con la mirada.

— Ay, Karina. — espetó desprecio que la hizo retroceder un paso. — Tápate. Ten un poco de dignidad, por el amor de Dios. No des este espectáculo frente a Heidi. No olvides que es la esposa de tu papá y espero de todo corazón que te regañen.

Karina se puso el vestido a toda prisa, con las mejillas encendidas de vergüenza y rabia.

Sin decir más Tom volvió a mirarme a mí.

— Vámonos. — murmuró dándome la espalda y caminando hacia la salida. — Ya diste suficiente vergüenza por hoy. No voy a dejar que te quedes aquí en este estado.

Me quedé quieto un segundo, mirando a Karina, que me observaba con los ojos llorosos, y luego a Heidi, que sonreía como con pena… no lo sé. Sabía que si cruzaba esa puerta con Tom, la convivencia en el departamento sería un infierno. Pero el miedo a perderlo del todo era más fuerte que cualquier otra cosa.

Recogí mi chompa del suelo y caminé detrás de Tom, sintiendo que mis piernas eran de gelatina. Salimos de la mansión en silencio. Tom caminaba rápido hacia su coche, sin esperarme. Me subí al asiento del copiloto y él arrancó el motor acelerando con la misma exageración del mundo.

El trayecto de vuelta al departamento fue el viaje más largo de mi vida.

&

En cuanto entramos el silencio de la casa se rompió por el estruendo de los pasos de Tom hacia mi habitación. No me dio tiempo ni de decirle nada, estaba cabreadísimo.

— ¡Tom, por favor, escúchame! — grité, entrando detrás de él con las piernas temblando, el pánico sustituyó al alcohol.

Él no se detuvo a oírme. Abrió el armario de un tirón y empezó a sacar mis maletas y las bolsas que estaban ahí. Empezó a lanzar mi ropa dentro de ella, sin doblarla, sin cuidado, simplemente amontonando todo con violentamente.

— ¿¡Es que no tuviste suficiente con los del club!? — giró hacia mí mientras me lanza una de mis camisas a los pies. — ¿¡No tuviste suficiente con restregarte con esos dos tipos en el sofá frente a mí para ver qué hacía!?

— ¡Estaba borracho, Tom! ¡No sabía lo que hacía! — intenté acercarme, pero él puso una maleta entre nosotros como una barrera.

— ¡Y ahora con Karina! ¡Con mi propia sobrina, Bill! ¡Wow! — su voz se quebró. — ¿¡Hasta dónde vas a llegar para castigarme!? ¿¡A quién más vas a besar para intentar hacerme daño!?

— ¡Ella me besó a mí! ¡Ella me dijo que le gustaba y yo solo quería sentir que le importaba a alguien! — chillé en un mar de las lágrimas, arruinando lo poco que quedaba de mi maquillaje.

Tom rió con amargura.
Cerró la maleta de un golpe y me la puso en las manos.

— No, Bill. No uses eso de excusa para tu falta de dignidad y creo que ya no podemos seguir compartiendo un mismo aire, me haces daño… por eso no me liaba con nadie ¡y apareces tú a joderme la paz! ¡Lárgate de mi casa!

Oh, por dios.

— ¡No me puedes echar! — me aferré a su brazo, suplicando. — ¡Dijiste que podía quedarme! ¡Dijiste que el departamento era grande!

— Eso fue antes de ver cómo te revolcabas con mi sobrina. — me soltó el agarre con brusquedad. — Agarra tus cosas y lárgate. No me importa a dónde vayas, pero te quiero fuera de mi vista. No quiero volver a ver tu cara… ¡fuera!

Me quedé allí, de pie en medio de la habitación con la maleta a medio cerrar, viendo cómo Tom se iba de la habitación para encerrarse en la suya.
Acomodé mejor mis cosas y empecé a salir para demostrar que si tenía dignidad aunque él no lo creía.

Llegué a pasos torpes hasta la sala donde alcancé a ver la silueta de Ría, observando todo en silencio con una expresión de lástima que me sacó de quicio.

— Todo esto es tu culpa.

— No. — se cruzó los brazos. — Tú mismo estás arruinando lo que ese hombre siente por ti, Bill.

— Claro, claro. — sonreí continuando mi paso.

— En serio… verás… — Ría caminó hasta plantarse en frente de mí. — Hablamos con Tom, yo… no voy a tener el bebé, ¿okay? estoy muy joven, solo tengo veinte años para hacerme cargo de un niño tan temprano.

— ¿Y a mí qué me importa?

— ¡Pues que me confundí! — exclamó como si fuera lo más normal del mundo. — Pensé que este hijo era de Tom, pero no, no es de él. Recordé que en la noche que apareciste, hiciste que el mesero regara trago en mí blusa yo me fuí al baño. Cuando volví ya no estaban ninguno de los dos. Me dijeron que Tom salió con un chico de pelo negro y corrí hasta donde estaba su coche. Yo ví como te cogía, como te lo hacía tan decidido. Tan caliente él, algo que nunca pasó conmigo en las dos ocasiones que estuvimos porque yo hacía todo el trabajo. Eso me molestó, lo admito, fuí y me acosté con él primer baboso que me invitó copas. Lo hice por despecho porque realmente me gusta Tom y bueno. Ese día vine y como sabía que entre ustedes pasaba algo me quise vengar un poquito de ti, es todo.

— ¿Y ya? — sonreí dejando mi maleta ahí para cruzarme de brazos.

— Pues sí, ya… o bueno, no sé si te interesa saber que no sé como localizar al papá de esta criatura, aunque ya no tiene caso, Tom como buen amigo me ayudará con el pro… — no la dejé terminar.

Le metí una cachetada de esas que le dí a Tom la otra noche.

El impacto seco de mi mano contra su mejilla resonó en toda la sala que me dejó la palma ardiendo y a ella con la cabeza girada hacia un lado. Ría se quedó asustada, con los ojos muy abiertos y la mano subiendo lentamente hacia su rostro, que empezaba a enrojecerse por la furia contenida.

— ¡Eres una maldita enferma! — le grité. Yo ya no me sentía tan borracho, estaba hablando y reaccionando desde el odio puro. — ¡Has jugado con los sentimientos de ambos, idiota!

— ¡Tú no eres nadie para juzgarme! — chilló ella, recuperando el aire. — ¡Mira cómo estás! ¡Mírate! Solo, borracho y echado a la calle como un perro porque ni siquiera Tom aguanta tus boberías. ¡Te lo mereces!

— ¡Cállate! — di un paso hacia ella, pero el ruido de una puerta abriéndose con violencia nos detuvo a ambos.

Tom apareció en el pasillo bajando rápido y observando la escena agotado. Había escuchado todo. Absolutamente todo.

— Ría, lárgate.

— Tom, yo… — ella intentó acercarse, con los ojos empezando a lagrimear, pero él levantó una mano, deteniéndola en seco.

— Silencio. — pidió tan cabreado que ella se cortó de una. — Te pregunté tantas veces si estabas segura de que era mío y me dijiste que sí, aseguraste, juraste por la vida de tu madre y dijiste que sí. Te dije que no estaba listo para un hijo y aceptaste no tenerlo y ahora entiendo por qué.

— Ay, joder. — agachó la cabeza con vergüenza. — Lo siento, yo…

— Y tú. — la interrumpió ahora dirigiéndose a mí. Yo seguía ahí con la maleta a mis pies y el corazón latiéndome en la garganta. La verdad había salido a la luz… Tom me había dicho la verdad en el lago, y yo… yo me había besado con su sobrina por puro despecho, había echo mierdas solo por no creerle.

— Tom… — susurré, dando un paso hacia él, pero él retrocedió.

— ¿Por qué mierda no te has ido?

— Sí, sí. Ya me iba. — agaché la cabeza.

Ría agarró su bolso y yo mi maleta para salir del departamento. Lo único que nos dejó Tom fue un portazo en la cara de ambos.

&

El viaje en taxi hasta la casa de mis padres fue un desfile de sombras y luces de ciudad que solo lograban recordarme lo solo que estaba.
Bajé del auto arrastrando mi maleta, sintiendo que cada paso pesaba una tonelada.

El jardín perfectamente cuidado como siempre me recibió con ese olor a césped cortado que antes me daba paz, pero que hoy me revolvía el estómago.

Toqué el timbre y esperé unos segundos.
Cuando la puerta se abrió, vi a mi madre. Llevaba uno de sus conjunto formal impecable, pero su rostro no se iluminó al verme.

— Hijo. — ella se hizo a un lado para dejarme pasar.

Entré al salón y mi padre estaba allí, sentado con el periódico, aunque sabía que no estaba leyendo. Dejé la maleta a un lado, sintiéndome como un intruso en mi propio hogar.

— Mamá, papá… — susurré, bajando la mirada hacia mis botas. — Yo… quería pedirles perdón. — mi padre bajó el periódico lentamente, mirándome por encima de sus gafas. Su mirada siempre fue fría conmigo.

— ¿Qué le hiciste a Tom que ahora vienes, Bill? — preguntó con voz neutra.
Tragué saliva, sintiendo el nudo en la garganta. — Porque algo tuvo que pasar para que vuelvas con la cola entre las patas. Te conozco bien.

— Me porté mal. Muy mal. — confesé, y las lágrimas empezaron a traicionarme, cayendo por mis mejillas sin permiso. — Fui inmaduro con él. Le hice daño porque estaba dolido, y terminé haciendo cosas de las que me avergüenzo. Le fallé a Tom, y sé que les fallé a ustedes también. Por favor, perdónenme.

Mi madre cruzó los brazos, apoyada en el marco de la puerta de la cocina. No se acercó a abrazarme, ni me ofreció té, ni me quitó el abrigo.
Se quedó allí, observándome como si fuera un extraño por estar ahí disculpándome.

Admitiendo mis errores.

— Tom nos llamó. — dijo ella en voz baja. — Sonaba agotado, Bill. Nos pidió que si volvías, te recibiéramos, que no te dejáramos en la calle.

Ese detalle dolió.

Después de todo lo que hice Tom seguía asegurándose de que yo tuviera un techo sobre mi cabeza.

— Puedes quedarte en tu habitación. — continuó mi padre, volviendo a su lectura sin mostrar ninguna emoción. — Pero espero que entiendas que no estamos felices, Bill. Nos decepciona ver en lo que te has convertido estos meses. No te reconocemos.

— Papá, yo…

— La cena está en la nevera si tienes hambre. — me interrumpió mi madre, dándose la vuelta para irse al piso de arriba. — Mañana hablaremos de qué vas a hacer con tu vida. Por ahora, intenta no hacer más ruido.

Me quedé solo en el centro de la sala, rodeado de mis maletas. El silencio de mis padres era una pared de hielo mucho más alta que cualquier discusión. Había vuelto a casa, sí, pero nunca me había sentido tan lejos de ellos como en ese momento.

Continúa…

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por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

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