
Fic Toll de WifesKaulitz
Capítulo 15

Como había pasado de buen humor y Tom estaba todo el día en casa haciendo unas cosas para su hermano desde cama dediqué mi tiempo para hacer una comida siguiendo las instrucciones de un manual de cocina escrito a mano en un cuaderno que encontré en la alacena.
La receta iba de un estofado rústico de carne y cerveza negra de esos que necesitan fuego lento y mucha paciencia. El cuaderno tenía las hojas un poco amarillentas y la letra era una cursiva elegante pero apretada así que supuse que era de la madre de Tom o de alguna abuela, porque tenía anotaciones al margen como «echar un poco más de pimienta si el invierno es duro» o «no dejar que se seque, como el corazón de un ex».
Me divertía seguir las instrucciones al pie de la letra. Cocinar era una de las mejores cosas que había en la vida, sin duda.
— ¡Huele a gloria, Bill! — gritó Tom desde el cuarto, rompiendo el silencio del departamento. — ¿¡Qué demonios estás haciendo!? ¿¡Acaso estás intentando enamorarme por la pancita, eh!?
— ¡Sigue trabajando, Tom! — le respondí riendo, mientras agregaba las zanahorias cortadas en trozos irregulares, tal como pedía el manual.
El aroma a cebolla caramelizada, tomillo y el toque amargo de la cerveza empezó a invadir cada rincón. Era una tarde pacífica, una burbuja de normalidad. Me sentía cómodo, moviéndome en la cocina de Tom con una soltura que me recordaba que, a pesar de los dramas externos, este era mi lugar.
Cuando el guiso ya burbujeaba suavemente, Tom apareció en la cocina. Llevaba las trenzas medias despeinadas, unos pantalones de chándal grises y la mirada cansada de estar frente a la pantalla, pero al verme ahí, con el delantal puesto y la cuchara de madera en la mano, sus ojos se suavizaron por completo.
Se acercó por detrás, rodeando mi cintura con sus brazos y apoyando la barbilla en mi hombro, aspirando el aroma de la comida y el de mi propio perfume.
— Nick está loco, Karina está histérica y yo… — murmuró, dándome un beso corto en la mejilla. — Yo tengo mucha suerte de tenerte aquí haciendo recetas de cuadernos viejos.
— Según el manual, esto necesita un toque de amor y media hora de reposo. — dije, girándome un poco para verlo de frente. — Así que tienes media hora para despegarte de la computadora antes de que sirva.
Tom no se movió. Se quedó ahí, manteniéndome atrapado contra la encimera, disfrutando de esa calma que solo nosotros sabíamos construir cada día que pasábamos juntos.
— Olvida la media hora. — susurró, bajando la mirada hacia mis labios. — Creo que el cocinero necesita una recompensa por seguir instrucciones tan complicadas. — me tomó del mentón con suavidad, obligándome a inclinar la cabeza hacia arriba. La mirada de Tom recorrió mi rostro intensamente que me hizo soltar la cuchara de madera sobre el mármol con un golpe seco.
Entonces él me besó lento. Yo me aferré a la tela de su camiseta, atrayéndolo hacia mí, mientras él profundizaba el beso sin prisa. Sus manos subieron para enredarse en mi cabello, sosteniéndome como si fuera lo único sólido en su mundo caótico.
Ambos ladeamos la cabeza en el proceso, dándole larga al beso lo suficiente como para sentir que el aire nos estaba faltando.
Nos separamos apenas unos milímetros, jadeando, con las frentes unidas y los labios todavía húmedos y entreabiertos.
Dándonos besos cortos…
— Anoche soñé que te ibas a tu casa, de vuelta con tus padres, Bill. — comentó arreglando mi cabello detrás de la oreja. — Y que me decías que terminamos nuestro noviazgo porque solo era para vivir juntos y que como ya no vivimos juntos ahí acaba todo.
— Ayyy, Tom… — susurré, acunando su rostro con mis manos, sintiendo la textura de su piel bajo mis palmas. — Fue solo un mal sueño, ¿sí? — Tom asintió con la cara igual que un perrito asustado. Le di un beso corto en la punta de la nariz, tratando de borrar esa sombra de duda que el sueño le había dejado. — No me voy a ninguna parte.
— Te quiero mucho, Billy bebé.
— Yo también te quiero a ti, cielo. — sonreí dándole un abrazo fuerte a aquel hombre grandote. Luego me separé de él con una sonrisa, dándole un último apretón cariñoso antes de señalarle la mesa. Tom, con los ojos todavía un poco brillantes por el momento sentimental, se sentó obediente mientras yo servía dos platos generosos del estofado.
— Espero que sea de tu agrado, ¿okay? — comenté nervioso poniendo el plato frente a él y sentándome a su lado. Comimos en un silencio cómodo, disfrutando del sabor intenso de la carne que se deshacía en la boca.
El cuaderno no mentía: la paciencia era el ingrediente clave.
Tom devoraba la comida con un gusto que me inflaba el pecho de orgullo. Limpió el plato con un trozo de pan y soltó un suspiro de satisfacción pura, recostándose en la silla.
— Bill, esto ha sido lo mejor que he comido en meses. — dijo estirando sus piernas bajo la mesa. — En serio, me has devuelto la vida. Ahora me siento con energías para contarte el resto de la agenda de mañana.
— ¿El resto? — pregunté, dándole un sorbo a mi copa. — Pensé que ya estaba todo dicho… ignorar a Karina, sonreír para las fotos y evitar cualquier problema.
Tom se aclaró la garganta y me miró con una expresión que intentaba ser casual, pero que yo ya conocía como su cara de voy a soltar una bomba atómica.
— Bueno… Nick me confirmó hace un rato que al final mis padres sí vienen. Al parecer, Heidi les mandó un jet privado porque no quería que faltaran. — soltó como quien dice que va a llover. — Así que mañana, en la mesa principal, vas a conocer oficialmente a tus suegros.
Me quedé congelado con el tenedor a mitad de camino a la boca.
— ¿Mis… qué? — el tenedor cayó sobre el plato con un ruido ensordecedor.
— Suegros. — repitió
— ¿Tus padres? ¿Los señores Kaulitz?
— Así es.
— ¡Tom! — me levanté de la silla de un salto, sintiendo cómo el estofado empezaba a dar vueltas en mi estómago. — ¡No, no, no! — empecé a caminar de un lado a otro por la cocina, gesticulando frenéticamente. — ¡Pensé que no venían!
— Van a venir y no me hace feliz.
— ¡Oh, por dios! Definitivamente no estoy listo para este momento. — Tom intentó aguantar la risa, pero falló miserablemente cuando me vio intentar peinarme el cabello con los dedos en un ataque de ansiedad pura. — ¡No te rías! — chillé señalándolo con un dedo acusador. — ¡Tengo que volver a nacer de aquí a mañana! ¿Qué les gusta? ¿Hablan de bioética? ¿Hablan de literatura inglesa o solo inversiones? ¡Voy a parecer un tonto! ¡Dime que es una broma o juro que me mudo con mis padres ahora mismo para que tu sueño se haga realidad!
— ¡Billy, respira! — logró decir Tom entre carcajadas, levantándose para intentar atraparme en medio de mi histeria. — Solo les vas a saludar si yo decido acercarme y presentarte con ellos. Mi relación es un poco deplorable, así que tranquilo.
— ¡Cállate! ¡Voy a entrar en pánico! — exclamé, escondiendo mi cara en mis manos mientras él me rodeaba por la cintura para que dejara de dar vueltas.
Divertido por mi reacción.
&
El aroma a incienso y flores blancas saturaba el aire de la catedral. Yo sentía que el traje me apretaba más de lo normal, pero Tom, que caminaba a mi lado con una seguridad envidiable, mantenía su mano firmemente apoyada en la base de mi espalda. Sus dedos daban pequeños toques, un código secreto que solo yo entendía «Respira, Bill, todo está bien.»
La iglesia estaba a reventar. La crema y nata de la ciudad cuchicheaba mientras avanzábamos por el pasillo central hacia los bancos reservados para la familia. Sentía los ojos de los invitados clavándose en nosotros, después de todo escuché por ahí que Tom Kaulitz no solía aparecer en eventos familiares y menos con un novio que le sostuviera la mirada con tanta elegancia.
— Ahí están. — susurró Tom cerca de mi oído. En la primera fila, Nick lucía impecable y extrañamente nervioso, ajustándose los gemelos de oro. Pero mi atención se centró en la pareja que estaba a su lado. Tom me dijo que sus padres se llamaban Charlotte y Jörg Kaulitz.
Charlotte era una mujer de una belleza serena y ojos que analizaban todo. Jörg, un hombre imponente que emanaba la misma aura de mando que sus hijos.
Karina estaba justo detrás, vestida de un color pastel que contrastaba con su mirada de pocos amigos. Cuando nos vio llegar, sus labios se curvaron en una mueca de satisfacción maligna, como si estuviera contando los segundos para vernos arder.
— Madre, Padre. — dijo Tom con voz firme, deteniéndose frente a ellos para saludarlos. El hombre vió a Tom sin expresión alguna pero la mujer si se emocionó al ver a su hijo menor ahí, presente en el evento.
— Cariño, que gusto verte. Pensamos que no ibas a venir.
— Sí. — sonreía incómodo. Después carraspeó un poco. — Él es Bill. Mi pareja.
«Oh, si se había animado a presentarme ante sus padres.»
Charlotte se puso de pie y me hizo sentir que me tropezaría con mis propios pies. Me recorrió de arriba abajo con la mirada, deteniéndose en mi cabello perfectamente peinado y en los anillos que Tom me había puesto.
— Oh, creo que me suena un Bill porque Karina no para de hablar de él y de como se robó el cariño de su tío. — dijo ella, extendiendo una mano enguantada en medio de una sonrisa. — Mucho gusto.
— Es… es un honor conocerla, señora Kaulitz. — logré decir, estrechando su mano, rogando para que no notara que mis palmas estaban ligeramente sudadas.
— Por favor, dime Charlotte. Odiaría que mi futuro yerno me hiciera sentir más vieja de lo que ya me hace sentir Nick con esta segunda boda. — respondió con una sonrisa enigmática que me dejó descolocado.
Jörg solo asintió con la cabeza, dándome un apretón de manos que casi me tritura los huesos, pero con una chispa de aprobación en los ojos.
Era todo raro…
— ¡Ya comenzó! — chilló Karina en un susurro áspero, interrumpiendo el momento probablemente con envidia.
Nos sentamos justo detrás de ellos. El parlante empezó a sonar las primeras notas de la marcha nupcial y las enormes puertas de la catedral se abrieron. Heidi apareció, radiante, envuelta en una nube de encaje y tul que probablemente costaba más que mi departamento con Tom.
Mientras ella avanzaba hacia un Nick que parecía a punto de llorar, sentí que Tom buscaba mi mano por debajo del banco. Entrelazó nuestros dedos con fuerza, ocultos por la tela de nuestros trajes combinados.
— ¿Ves? — me susurró mientras el cura empezaba la liturgia en latín. — Sobreviviste a la suegra. Ahora solo queda el banquete… y nos vamos a nuestra casa. Odio las bodas.
Me entró una risa nerviosa que tuve que ahogar en un estornudo falso.
El resto de la ceremonia fue un borrón de palabras solemnes y cánticos, pero yo solo podía pensar en que, contra todo pronóstico, estaba ahí, sosteniendo la mano del hombre que anoche soñaba con perderme, mientras su familia —la de verdad— me observaba con una curiosidad que no se sentía como un ataque.
Las campanas de la catedral repicaron con una fuerza ensordecedora, anunciando al mundo que Nick y Heidi finalmente eran marido y mujer. Salimos de la iglesia bajo una lluvia de pétalos blancos y arroz, con Tom caminando a mi lado como si acabara de ganar un premio, ignorando deliberadamente los empujones de Karina, que intentaba colarse entre nosotros para salir en las fotos oficiales.
— ¡Al auto, rápido! — ordenó Tom con una sonrisa traviesa, guiándome hacia el carro que nos esperaba adornado con cintas elegantes. — Si llegamos antes que los demás al salón, podré robar un par de postres.
El trayecto hacia la recepción fue un desfile de autos de lujo cruzando la ciudad. Yo iba pegado a la ventana, tratando de asimilar que Charlotte Kaulitz no solo no me había echado a patadas, sino que me había llamado yerno.
— Tom, sigo en shock. — admití, ajustándome la corbata frente al espejo del auto. — Tu madre es… inquietante.
— Es una Kaulitz, Bill. Todos lo somos. — rió él, tomando una curva con destreza. — Pero al parecer le caíste bien. Créeme, si no le hubieras gustado, ya estaríamos de regreso a casa.
Yo solo asentí con lentitud.
Llegamos a la recepción: un jardín inmenso con carpas blancas, lámparas de cristal colgando de los árboles y un banquete que me revolvía el estómago de hambre. La música de jazz suave llenaba el ambiente y los meseros circulaban con copas de champán.
Después de que los novios hicieron su entrada triunfal y Nick soltara un discurso lagrimoso sobre «encontrar la paz en medio del caos» (mientras miraba de reojo a su hija, que seguía con cara de pocos amigos), Heidi se puso de pie, radiante.
— ¡Atención a todas las solteras y solteros! — exclamó Heidi, subiéndose a una pequeña tarima con su ramo de orquídeas blancas y peonías. — ¡Es hora de decidir quién será el próximo en pasar por este calvario tan maravilloso!
Se formó un semicírculo de gente ansiosa. Karina estaba en primera fila, prácticamente saltando sobre sus tacones de diseñador, lista para atrapar el ramo y restregárselo a todo el mundo. Yo solo pensé en lo hipócrita que se veía.
Yo me quedé atrás, junto a la barra, con una copa en la mano y la intención de pasar desapercibido. Tom estaba a mi lado, susurrándome algo al oído sobre lo ridículo que le parecía el ritual aunque animándome a ir.
Heidi se dio la vuelta, contó hasta tres con una energía desbordante y lanzó el ramo con un arco perfecto hacia atrás.
El tiempo pareció detenerse.
El ramo voló por encima de las manos desesperadas de Karina, rozó los dedos de una de las damas de honor y, tras rebotar en un arreglo floral, salió disparado hacia atrás con un efecto extraño.
Yo estaba distraído moviendo la bebida que tenía en mi cola cuando de repente sentí un golpe suave en el pecho. Por instinto, solté mi copa (que Tom atrapó con reflejos de gato) y mis manos se cerraron alrededor de algo suave, fragante y pesado.
Miré hacia abajo.
Tenía el ramo de Heidi entre mis manos…
El silencio en el jardín fue incómodo. Karina se giró, con el rostro rojo de la furia, mirando las flores en mis manos como si fueran granadas activas. Nick soltó una carcajada ruidosa desde la mesa principal, y Charlotte alzó su copa hacia mí con una ceja arqueada y una sonrisa triunfal.
— Bueno… — soltó Tom, rompiendo el silencio bastante nervioso. — Qué… suerte. Parece que el destino tiene planes para nosotros, Billy.
— ¡Eso es trampa! — chillo Karina desde la pista. — ¡Él ni siquiera estaba en el grupo! ¡Papá, dile algo! — Nick solo se encogió de hombros, divertido.
— El ramo no miente, nena. Felicidades, Tom, estaré feliz de ayudarte a planear tu boda así de perfecta como la mía.
Me puse del color de las peonías mientras Tom me rodeaba los hombros, besándome la sien frente a todos, incluidos sus suegros, que no dejaban de mirarnos.
La noche avanzaba entre burbujas de champán y risas que ya no se sentían forzadas. Una vez pasado el susto del ramo, la tensión pareció evaporarse, dejando paso a una euforia contagiosa. Tom y yo habíamos bailado un par de piezas por un buen rato, moviéndonos con una complicidad que hacía que los invitados se detuvieran a mirar.
El mundo daba vueltas, pero era un giro agradable, como si estuviera flotando en una de esas nubes de tul del vestido de Heidi. El champán no era como cualquier otro, subía rápido, sabía a gloria y te quitaba ese filtro de chico educado y reservado que tanto me había costado mantener frente a los suegros.
Ahora estaba sentado en un sofá de terciopelo que se sentía como un abrazo, y a mi lado, la imponente Charlotte me escuchaba como si yo fuera la persona más interesante del jardín.
— ¿Sabe qué, Charly? — le dije, inclinándome hacia ella con una confianza que solo me daban las cinco copas que llevaba encima. El ramo de Heidi descansaba en mi regazo como un trofeo exhibidor. — Al principio pensé que usted me iba a analizar con un microscopio y me iba a echar por la puerta trasera. ¡Zas! Fuera el intruso.
Me reí de mi propio comentario y ella me siguió el juego, chocando su copa de cristal con la mía. El sonido fue como una campanita musical en medio de la fiesta.
— Bill, querido, he visto pasar a mucha gente por la vida de mis hijos. — respondió ella, mirándome con una suavidad que me desarmó. — Pero tú eres diferente. Tienes esa chispa que a Tom le faltaba. Bebe conmigo y cuéntame… ¿es verdad que mi hijo es tan testarudo como parece o solo es una fachada para que no le roben el corazón?
— ¡No estoy seguro! — exclamé, soltando una carcajada. —Solo sé que es un drama andante. ¡Anoche soñó que lo abandonaba! ¿Puede creerlo? Como si yo fuera tan tonto para dejarlo después de que me acostumbró a sus nalgadas de buenos días y a cocinarle recetas en cuadernos viejos. Eso solo pasó una vez.
Charlotte soltó una carcajada genuina. Sentí una satisfacción inmensa al ver que se divertía conmigo…
En mi estado de embriaguez, ella ya no era una figura intimidante, era simplemente la mamá de Tom, y yo quería que me quisiera tanto como yo empezaba a querer a su hijo.
— ¡Y las trenzas! — seguí hablando, ya sin frenos. — Se tarda una eternidad en acomodarlas, pero luego me mira con esos ojos de perrito asustado y se me olvida que quería lanzarle una almohada. Es un idiota, Charly, pero es mi idiota.
Ella sonrió, bebiendo de su copa mientras me observaba con una mezcla de diversión y aprobación.
— Me alegra que sea así, Bill. Porque sospecho que nadie más tendría la paciencia para domarlo como tú lo haz echo. ¡Era un chico complicado! Pero siempre supe que era gay porque los mujeriegos siempre terminan siendo gays.
— ¡Él me hace feliz! ¡salud!
— ¡Salud!
A lo lejos, alcancé a ver la silueta de Tom. Estaba apoyado en la barra, con una mano en el bolsillo y una bebida en la otra. Me estaba mirando fijamente, sonriendo de lado. Estaba satisfecho, disfrutando de ver cómo yo ahora tenía a su madre comiendo de la palma de mi mano.
Le lancé un beso volado con la mano libre y vi cómo soltaba una risita nerviosa antes de levantar su copa hacia mí.
— ¡Ese es mi hombre! — le grité, aunque probablemente sonó más como un balbuceo feliz, haciendo que Charlotte riera de nuevo.
La noche era perfecta…
El alcohol me hacía sentir valiente, el ramo me hacía sentir el futuro, y la mirada de Tom… la mirada de Tom me hacía sentir que estaba exactamente donde debía estar.
Sin embargo y no sé cómo, sentí unas manos grandes y cálidas rodeando mi cintura desde atrás.
— Creo que ya has emborrachado suficiente a mi madre por hoy, Bill. — susurró Tom contra mi oído, haciéndome cosquillas.
— ¡No estamos borrachos! Estamos… conectando. — respondí, dándome la vuelta entre sus brazos con una sonrisa floja.
Él se rió, se despidió de su madre con un gesto cómplice y me arrastró suavemente hacia el centro de la pista. La música había bajado de ritmo, ahora sonaba algo lento, profundo… de esas canciones que te obligan a cerrar los ojos.
Me pegué a su pecho, escondiendo mi rostro en el hueco de su cuello mientras nos movíamos con torpeza pero con mucha dulzura. El ramo seguía entre nosotros, aplastado suavemente por nuestros cuerpos.
Estaba tan aferrado a no soltar ese ramo.
— Me has dejado impresionado hoy, Bill. — me dijo Tom, apretando el agarre en mi cintura— Joder, nunca te he visto más guapo.
— Es el poder del ramo. — balbuceé, sintiendo que me quedaba dormido sobre sus hombros. — O del champán.
— Ay. — mi novio se reía por lo bajo.
Me puse a llorar de pura felicidad (el alcohol me pone sentimental, no lo puedo evitar) y lo besé con lentitud bajo las estrellas, sintiendo que flotaba.
Pero, como en toda buena noche con esta familia, la paz duró poco. Justo cuando nos separábamos del beso, una sombra se proyectó sobre nosotros. Era Nick, que venía con la corbata desatada y una sonrisa de oreja a oreja, del brazo de una Heidi radiante.
Continúa…
Gracias por la visita. No olviden dejar un comentario 😉