Fic Toll de WifesKaulitz

Capítulo 14

En cuanto escuchamos la puerta del cuarto cerrarse, el silencio volvió a reinar, pero era un silencio diferente. Tom se giró hacia mí, con los ojos encendidos de nuevo y esa vena en su frente que delataba que su erección no se había ido a ninguna parte.

— ¿En qué estábamos? — me levantó de un salto haciendo que mis piernas rodearan su cintura para llevarme.

— No lo sé. — sonreí con inocencia.

Tom ni siquiera esperó a llegar a la cama, me estampó contra la pared del pasillo con una urgencia que me sacó un gemido de sorpresa que fue callado de inmediato porque no estábamos solos en casa. Sus manos se enterraron en mis glúteos, apretándome contra su dureza mientras sus labios buscaban los míos con una voracidad que decía claramente que no pensaba dejar que el efecto Karina arruinara lo que quedaba de noche.

— Estábamos en que yo mando, ¿recuerdas? — gruñó contra mi boca.

— No es cierto. — murmuré enredando mis dedos en sus trenzas y tirando un poco hacia atrás para que me mirara. — Yo mando.

Tom soltó una risa ronca mientras se niega con la cabeza y me llevó ahora sí directo a su habitación, cerrando la puerta con el pie y poniéndole el seguro con un clic que sonó a gloria bendita. Ahora había una capa nueva de adrenalina por el riesgo de tener a alguien en la habitación de al lado.

Me soltó sobre el colchón y, sin perder un segundo, se deshizo de sus pantalones, quedando de nuevo en desnudez que me hacía sentir que el mundo era muy pequeño y él era lo único que importaba. Se posicionó sobre mí, atrapándome con su peso, y sus manos volvieron a mis caderas con una firmeza que prometía no tener piedad.

— Vamos a tener que ser muy silenciosos, Billy. — susurró, bajando sus besos por mi cuello hasta la clavícula, succionando la piel justo donde me volvía loco. — No queremos que la niña se traume más de lo que ya está con la boda de su padre, ¿verdad?

¿Niña?

Jum.

— Entonces… — jadeé, arqueando la espalda cuando sentí su mano bajar buscando el lubricante que afortunadamente había traído consigo entre sus pantalones. — …haz que me muerda los labios, Tom. Haz que no pueda ni respirar.

Él no necesitó que se lo dijera dos veces. Con una lentitud que era pura tortura psicológica me dejó al desnudo de un par de movimientos rápidos. Volvió a prepararme pero no se detuvo tanto en billanito.
Lo ví bañarse el miembro con el lubricante y creo que los pensamientos intrusivos le ganaron porque terminó también lavandose el pecho con el mismo.

Tomó su pene en la mano, se masturbó un poco y sus ojos no se despegaron de los míos. Había una conexión diferente ahora, algo que iba más allá del sexo y del juego de poder.

Me gustó muchísimo que me diera mi lugar aunque solo fuera una mentira delante de Karina…

Cuando finalmente volvió a entrar en mí, el mundo se redujo a la fricción de nuestras pieles y al sonido de nuestras respiraciones entrecortadas. Me aferré lo suficiente a su espalda con la intención de tener todo el peso de su cuerpo en el mío y morder su hombro, aguantándome los gemidos con cada embestida profunda y lenta que le daba a mi interior.

Tom se movía con una destreza que me hacía sentir que me desarmaba pieza por pieza, sus manos entrelazadas con las mías, apretándolas contra las sábanas.

— Mhmm…

— Eres… increíble. — logró decir Tom, con el sudor brillando en su frente mientras aceleraba el ritmo, rompiendo su propia regla del silencio con un gemido bajo y ronco.

Después salió de mi para acomodarse a mi detrás, quedando de cucharita. Abrió mi pierna lo suficiente para tocarme la entrepierna ganoso antes de meter la suya adentro.
El cambio de posición fue como gasolina sobre el fuego. Al sentirlo detrás de mí, su pecho caliente pegado a mi espalda y su respiración errática quemándome la nuca, sentí que mis sentidos se multiplicaban.

— Quédate… muy… quieto… — susurró con la voz rota, intentando mantener el control mientras se hundía de nuevo en mí desde ese ángulo, haciéndome arquear la espalda hasta que mi cabeza descansó en su hombro con calma.

Era una posición nueva para mí.

El roce de su piel sudada contra la mía, el sonido rítmico de la cama que crujía levemente y el esfuerzo sobrehumano que ambos hacíamos para no hacerle saber a Karina lo que estábamos haciendo elevó la tensión a un nivel insoportable. Cada estocada de Tom era una súplica y una orden a la vez.

Pero yo necesitaba más. Necesitaba verlo, necesitaba sentir que yo tenía las riendas de este caos. Me gustaba la pose pero también me gustaba sentir que tengo el control.

Con un movimiento ágil y un jadeo que apenas logré contener, me giré sobre él. Tom me sujetó por la cintura, ayudándome en la transición hasta que quedé sentado a horcajadas sobre su regazo. Mis rodillas se hundieron en el colchón a los lados de sus caderas y mis manos buscaron apoyo en sus hombros anchos.

— Así… — gemí casi de forma inaudible, bajando la mirada para encontrarme con sus ojos lindos, que brillaban en la oscuridad de la habitación como los de un felino en plena caza.
Empecé a moverme con un ritmo propio, lento. Disfrutando de cómo Tom apretaba la mandíbula y cerraba los puños sobre mis muslos para no lanzarme contra el colchón y devorarme como antes.

Yo tenía el control ahora… subía y bajaba, sintiendo cada milímetro de él, deleitándome con el sonido de su respiración escapando en ráfagas cortas entre sus dientes apretados.

— Bill… maldita sea… vas a hacer que… — se interrumpió a sí mismo con un gemido bajo, tirando de mi cadera hacia abajo para que el impacto fuera más profundo.

Me incliné hacia adelante, dejando que mi cabello rozara su rostro, y busqué sus labios en un beso desesperado, sediento, que sabía a sal y a urgencia. Mis dedos se enterraron en sus trenzas, tirando levemente, mientras aceleraba el movimiento arriba de él.

— Ay… — en el último segundo, Tom me sujetó con una fuerza casi dolorosa, enterrando su rostro en mi cuello mientras ambos alcanzábamos la cima en un silencio. En medio de un colapso de placer que nos dejó sin aliento, fundidos en un abrazo sudado y exhausto, con el corazón de Tom latiendo contra mi pecho como un tambor de guerra que finalmente encontraba la paz.

&

Habríamos dormido más en absoluta tranquilidad si no fuera por el ruido de su teléfono sonando con insistencia.
Abrí los ojos mientras tenía el ceño fruncido. Estaba abrazando a Tom por la espalda mientras sentía su trasero desnudo.

Tuve que darle una nalgada para que despertara.

— Mhmm, Bill, ¿qué?

— Atiende esa mierda. — murmuré mientras posaba mi cabeza en el hueco de su cuello, cerrando los ojos.

Tom soltó un gruñido que parecía venir de lo más profundo de su pecho, estirando un brazo hacia la mesa de noche con una torpeza digna de alguien que acaba de regresar del paraíso. El brillo de la pantalla nos cegó a ambos por un microsegundo. Sin siquiera mirar el identificador, deslizó el dedo para contestar y pegó el aparato a su oreja, hundiéndose de nuevo en la almohada.

— ¿Mmh? ¿Mamá…? — balbuceó Tom con la voz arrastrada, espesa por el sueño y el cansancio post-coital, apretando mi brazo inconscientemente contra él.

Yo solté una risita ahogada contra su nuca, divirtiéndome con su confusión, hasta que una voz masculina, estridente y cargada de una furia autoritaria, retumbó desde el auricular con tanta fuerza que pude oírla perfectamente sin despegar la cabeza de su cuello.

— ¿¡MAMÁ!? ¿¡ME ESTÁS JODIENDO, TOM!? ¡SOY NICK! — el grito de su hermano mayor hizo que Tom diera un respingo, abriendo los ojos de golpe como si le hubieran echado un balde de agua fría.

Tom se sentó en la cama de un salto, desorientado, mientras yo me quedaba ahí, mirando su espalda tensa y tratando de no estallar en carcajadas por el susto que se había llevado.

— ¿¡Nick!? — Tom parpadeó, pasando una mano por su rostro para tratar de recuperar la compostura. — Joder, hombre… son las siete de la mañana. ¿Qué demonios quieres?

— ¡QUIERO SABER DÓNDE ESTÁ MI HIJA! — rugió Nick desde el otro lado. — Karina no durmió en casa y me acaban de decir que la vieron entrar en tu edificio. ¡Más te vale que no me estés ocultando nada, Tom, o juro por Dios que la boda de este fin de semana va a ser en tu funeral!

Tom me miró de reojo, con una expresión que mezclaba la culpa, el fastidio y el remordimiento de haber dejado que la sobrina rebelde se quedara a dormir en la habitación de al lado. Yo simplemente arqueé una ceja, disfrutando del caos matutino desde la comodidad de las sábanas.

— Relájate, Nick… — susurró Tom, bajando la voz y lanzándome una mirada de auxilio. — Está aquí. Está durmiendo en el cuarto extra. Llegó llorando porque dice que te vas a casar con una vieja o algo así. Disculpa por no llamarte, estaba muy ocupado.

Se hizo un silencio sepulcral al otro lado de la línea, seguido de un suspiro pesado que delataba que Nick Kaulitz estaba a punto de perder la poca paciencia que le quedaba.

— ¿¡Cómo que con una vieja, Tom!? ¡Respeta a mi novia!

— Pero eso dijo tu hija, no yo.

— ¡Dile a esa mocosa que me importa una mierda lo que opine de Heidi! — rugió Nick, y podía imaginarlo caminando de un lado a otro en un despacho de mármol. — ¡Y que se prepare, porque si no está en casa en media hora la mando al campo con la bisabuela! No, no. Mejor pásamela, Tom. Ahora.

Tom soltó un suspiro de resignación, dándome una mirada de disculpa mientras se pasaba una mano por las trenzas.

— Está bien, está bien. Iré a despertarla antes de que tires la puerta abajo vía telefónica. — masculló Tom, levantándose de la cama desnudo descaradamente que me dejó sin aliento por un segundo. Se puso los boxers de lana y el albornoz. Salió de la habitación con el teléfono todavía pegado a la oreja, murmurando insultos contra su hermano.

Aproveché el momento. Mi cuerpo se sentía pesado, marcado por el rastro de Tom, y necesitaba que el agua caliente borrara un poco la neblina del sueño. Me metí al baño principal, disfrutando de la ducha rápida que me acababa de dar. Usaba mi shampoo caro que adornaba junto a los de Tom, lavé bien mi cuerpo y al asegurarme de estar limpio salí.

Me puse una de sus sudaderas negras que me quedaba como un vestido y unos calcetines gruesos, añadiendo un pantalón de tela ligero de los míos.

Con el cabello todavía húmedo, bajé las escaleras hacia la cocina, esperando encontrarme con el olor a café y quizás una Karina arrepentida diciendo que volvería a su casa pero me detuve en seco antes de entrar al comedor ya que las voces venían de ahí.

Tom ya no estaba al teléfono y Karina tampoco, estaban frente con frente. La tipa se servía un vaso de jugo tranquilamente.

— …es que no lo entiendes, Tom. — decía Karina, y su voz ya no sonaba rota, sino cargada de veneno. Ese que tanto odiaba. —  Mi papá está loco, pero tú también. ¿Bill? ¿En serio? Es decir, entiendo que sea divertido por un rato, porque todos sabemos lo fácil que es… ¿pero tenerlo en una relación seria? Dios mío.

Me quedé pegado a la pared, con el corazón dándome un vuelco.

— Karina, cierra la boca. — advirtió Tom, aunque su tono no era tan cortante como yo hubiera querido.

— Por favor, Tom. Solo míralo. — continuó ella con una risita seca. — Es el tipo de chico que hace cualquier cosa por un poco de atención y popularidad. Bill es más usado que baño público, más fácil que la ya tabla del uno, recorrido por toda la universidad.

El silencio que siguió me dolió más que las palabras de la chica. Esperé que Tom le gritara, que la echara a patadas por decir eso que el no sabía que yo mismo había inventado, pero lo único que escuché fue el sonido del hielo chocando contra el cristal.

— Agradezco tu preocupación, Karina. — dijo Tom finalmente, luego de tanto silencio y es ahí donde me hice presencia, entrando a la cocina a buscar en la alacena unas galletas. Karina solo se encogió de hombros antes de salir rumbo a la salida, cerrando la puerta a su detrás.

Tom no me decía absolutamente nada.

Entonces decidí hablar yo.

— ¿Qué te ha dicho?

Me mantuve de espaldas a él, fingiendo que mi única prioridad en el mundo era encontrar ese paquete de galletas, aunque mis manos temblaban tanto que el plástico hacía un ruido delator. El silencio de Tom se sentía denso, como si las palabras de Karina todavía estuvieran flotando en el aire de la cocina, ensuciándolo todo.

Tom dejó su vaso sobre la encimera. Escuché el roce de su albornoz mientras caminaba hacia mí, pero no se detuvo hasta que estuvo justo detrás, sin tocarme, pero lo suficientemente cerca como para que su calor me resultara doloroso.

— Nada que no sepas que sale de la boca de esa niña cuando tiene rabia, Bill — respondió finalmente. Su voz era tranquila, demasiado controlada para un tipo traumado como yo y acostumbrado a resolver todo a gritos. — Estaba diciendo estupideces para intentar molestarme porque la obligué a hablar con su padre.

Me giré lentamente, sosteniendo el paquete de galletas contra mi pecho como si fuera un escudo. Lo miré a los ojos, buscando esa chispa de burla o de duda, pero solo encontré una fatiga profunda.

— ¿Estupideces? — repetí, forzando una sonrisa amarga. — Dijo que soy fácil, Tom. Que soy más usado que un baño público y que estoy más recorrido de todos los de la universidad. Y tú… tú te quedaste callado un buen rato antes de decirle que agradecías su preocupación.

Tom suspiró, pasando una mano por su rostro y evitando mi mirada por un segundo…

— Bill, yo…

— ¿Qué?

No dijo nada.

Me quedé esperando. Un segundo, dos, tres… y ese silencio se volvió ensordecedor. Tom abrió la boca para hablar, pero la volvió a cerrar, como si estuviera sobre pensando si decirme la verdad o una mentira piadosa, o peor aún, como si estuviera procesando la posibilidad de que lo que Karina dijo tuviera un gramo de verdad.

Esa duda en sus ojos fue lo que me rompió.

— ¿En serio, Tom? ¿Te lo estás pensando? — solté una risa seca, desprovista de cualquier pizca de gracia. El paquete de galletas crujió bajo mi agarre antes de que lo lanzara con rabia sobre la encimera. — ¡No sabía que era tan difícil negar que tu novio es un prostituto de universidad!

— Bill, no es eso, carajo… y no grites. — intentó decir, estirando una mano para tocarme el hombro, pero me aparté como si su piel quemara.

— No me digas qué hacer, esta también es mi casa. Tú dijiste, ¿no? ¡Y SI QUIERO GRITO!

— Ay. — Tom se reía mientras negaba con la cabeza, tapando su rostro con la palma de la mano derecha.

— Si te quedaste callado es porque en el fondo le crees aún sabiendo que tuve mi primera vez contigo. ¡Crees que soy más prostituto que tú! — las palabras salían de mi boca como ácido. Me dolía el pecho, me ardían los ojos, pero la furia era lo único que me mantenía en pie.

— ¡No pongas palabras en mi boca que no he dicho! — también gritó él finalmente, perdiendo la paciencia. — ¡Estoy tratando de encontrar palabras para explicarte lo que pienso, joder! ¡Y solo no me dejas!

— ¡Vete al diablo, Tom! — grité, dándome la vuelta.

No esperé a que contestara. Crucé la sala a zancadas, ignorando su voz llamándome. Salí del departamento de un portazo que debió retumbar en todo el edificio.

Bajé por las escaleras, incapaz de esperar el ascensor. Mis pulmones ardían cuando llegué a la calle. El aire frío de la mañana me golpeó la cara, pero no fue suficiente para bajarme la temperatura de la sangre. Caminé deprisa, casi corriendo, y en menos de lo que creía estaba fuera de la casa de Georg, llorando en sus brazos mientras le contaba lo estúpido que había sido Tom al quedarse callado.

Georg me sostenía con esa paciencia infinita que solo él tenía, dejando que empapara su camiseta con mis lágrimas y mi rabia. No me hacía preguntas, solo me guiaba hacia su sofá mientras yo hipaba, soltando insultos incoherentes contra Karina y contra la maldita duda que vi en los ojos de Tom.

— Bill, respira. — murmuró Georg, pasándome un vaso con agua. — Estás temblando.

— Es un idiota, Georg. — logré articular, limpiándome la cara con la manga de la sudadera de Tom (lo cual me hizo odiarme un poco más por seguir usando su ropa) — Se quedó callado.

Georg suspiró molesto pero no me dijo nada. Hizo que mi cabeza se recostara en sus piernas mientras acariciaba mi cabello

Me quedé con la vista en un punto fijo y de a poco cerraba los ojos.

Cansado de llorar.

&

Me había quedado en casa de Georg, justo en el sofá porque no quería ser una molestia. Me había preparado el desayuno, también un baño y ropa suya que estaba puesto.

Yo me encontraba sentado en el mismo sofá que dormí, abrazándome a mi mismo mientras veía a Gustav jugar solo ajedrez.

— La falta de clases me tiene loco, necesito volver a la universidad.

— Yo no. — susurré. — No quiero volver ahí. — Georg iba a decir algo, pero el sonido del timbre lo interrumpió. El castaño se levantó del suelo para ir a abrir la puerta y rápido la voz de Tom se hizo presente. Alterando mis pocas neuronas.

— Geo, por dios. Dime qué Bill está aquí. — hablaba preocupado mientras yo solo tragaba saliva, queriendo hacerme pequeño en el sofá. — Ayer lo esperé mucho creyendo que se le pasaría la rabia pero no fue, ¡dime qué sabes algo!

Georg miró a Tom y luego me miró a mí.

— Uhm, Bill nnnn… sssiiii está aquí. — dijo y yo solté un suspiro, luego rodeo los ojos y escondo la cabeza en el hueco que formaban mis piernas pensando plenamente que mi amigo la había cagado enormemente.

No puede ser más bruto porque no es más grande.

— Está mal, Tom. Déjalo en paz por hoy. — dijo Georg, tratando de bloquearle el paso al ver que Tom quería entrar.

— No me voy a mover de aquí hasta que me escuche. ¡Salió corriendo en pijama y calcetines, por el amor de Dios!

— ¿Y qué?

— Permiso. — Tom entró a la fuerza, pasando por el lado de Georg.
Apareció en el marco de la sala muy bien arreglado. Se detuvo en seco al verme hecho un ovillo en el sofá, con los ojos rojos y la ropa de Georg puesta. Su expresión pasó de la confusión a una angustia que le desencajó el rostro.

— Tom, por favor.

— Bill… — dio un paso hacia adelante, pero me pegué más al respaldo del sofá.

— Vete, Tom. No te quiere oír.

Tom ignoró la advertencia de Georg y se arrodilló frente al sofá, quedando a mi altura. Gustav, con una discreción que agradecí internamente, dejó las piezas de ajedrez y le hizo una seña a Georg para que se retiraran a la cocina, dándonos algo de aire, aunque el departamento era lo suficientemente pequeño como para que el silencio pesara.

— No me voy a ir, Bill. Puedes gritarme, puedes lanzarme un cojín o pedirle a Georg que me saque a patadas, pero no me muevo de aquí hasta que entiendas por qué me quedé callado.

— Nop, no quiero. — murmuré levantándome con los brazos cruzados, dándole la espalda. — Deja las cosas ahí.

— ¡No estaba pensando en si era verdad o no, maldita sea! — exclamó Tom, vibrando de frustración. — Solo no le creo. — me giré lento para verlo y este se acercó un paso más, acortando la distancia. — Y sé que me ha mentido al decir que eres fácil porque si fueras fácil no hubiera sido tan afortunado de ser tu primera vez… por eso me quedé callado. Karina y el mundo entero pueden pensar mierdas de ti pero a mí no me importa porque me quedo con lo que yo pienso. Soy demasiado maduro para la edad que tengo, eh. ¡Y disculpa si se interpretó mal mi silencio! Quería que te sientas cómodo con lo que estoy diciendo y tú solo te alteras, maldición.

Me quedé sin aire, como si el peso de su confesión me hubiera golpeado directamente en el pecho. Mis brazos se aflojaron, cayendo a cada lado de mi cuerpo y yo suspiraba.

Agitado.

Tom no me miraba con lástima, ni con esa condescendencia que tanto temía. Me miraba con una certeza absoluta, una que me desarmaba por completo.

Estaba seguro de mí.

— Ni siquiera he tenido mi primer novio. — susurré, sintiendo cómo el nudo de mi garganta se apretaba y Fred no contaba. — Yo mismo creé esa reputación para no quedarme atrás e igual ser popular como los demás. Sí me gusta la atención y por demás, pero no soy como ella quiere hacer que me veas.

— ¡Eso es cierto! — agregaba Georg desde donde estaba.

— Shhh. — decía Gustav y Tom rió por lo bajo.

— Eres mi primer novio… aunque falso pero ajá. El primero al fin y al cabo.

— Owww… — murmuró en medio de un puchero y acortó la distancia final, atrapándome entre su cuerpo. Sus manos cálidas se posaron en mi trasero, atrayéndome hacia él y me obligó a soltar el aire que contenía. — No te sientas mal por eso.

— Lo siento, en serio. — agaché la cabeza con el rostro sonrojado, me quemaban hasta las orejas.

— Solo no te vuelvas a ir así. — me regañó por lo bajo. — Te juro que casi me da un infarto cuando escuché el portazo. — continuó Tom, hundiendo su rostro en el hueco de mi cuello y aspirando hondo, como si necesitara confirmar que realmente estaba ahí. — Salí detrás de ti en albornoz, Bill. Los vecinos pensaron que me había escapado de un psiquiátrico, pero me importaba una mierda. Solo pensaba en que te habías ido creyendo que yo era capaz de dudar de ti.

Sentí sus manos apretar mis glúteos tanto que me gustaba. Me aferré a sus hombros, hundiendo mis dedos en la tela de su chompa deportiva, sintiendo cómo el frío que traía de la calle se disipaba con mi propio calor.

— También fui al club y se me pasó por alto que solo trabajas los fines de semana.

— No lo vuelvas a hacer. — susurré contra su oído, mordisqueando apenas el lóbulo de su oreja. — No te quedes callado. Prefiero que me grites o que me digas que soy un dramático, pero no me dejes solo con mis pensamientos, Tom. Mi cabeza es un lugar muy oscuro y puede llegar a torturarme como no te imaginas.

— Hecho. — sentenció él, separándose lo justo para capturar mis labios en un beso que sabía a disculpa.

Estaba encantado porque ya no tenía que pedir besos…

— ¡Ya pueden dejar de tragarse que sigo aquí y esta es mi sala! — gritó Georg desde la cocina, aunque se escuchaba claramente que se estaba riendo.

Tom soltó una carcajada y me aflojó un poco, aunque mantuvo un brazo rodeando mi cintura. Miró hacia la cocina y luego volvió a mirarme a mí, con una chispa de arrogancia volviendo a sus ojos miel.

— Bueno, ya que el joven ha perdonado a este humilde servidor… — hizo una reverencia burlona que me hizo rodar los ojos. — …tenemos cosas que hacer. Nick me llamó y dijo que hoy era la cena de ensayo y que si no aparezco con mi pareja él mismo va a venir a rastrearme.

Suspiré un poquito triste.

— ¿Irás con Ría?

— ¿Ría? — arqueó una ceja. — Ah, verdad… pero no, no. Yo pensaba en ti.

— Tom… — relamía mis labios con pena. — No sé si deba ir.

— Si debes, eres mi novio ante mí familia y… — me miró de arriba abajo, deteniéndose en la ropa de Georg que me quedaba grande.

No tanto como la suya.

— Uhm, primero quítate eso. Me duele la vista verte con ropa que no sea mía y que no cueste tres sueldos más de lo que gana Georg.

— ¡Oye! — se quejó Georg apareciendo en el marco de la puerta con una espátula en la mano. — ¡Respeta mi ropa!

Los cuatro nos reímos divertidos por su reacción.

&

El salón del restaurante privado era todo un lujo minimalista. Luces cálidas, cristales finos y un aire de superioridad que se podía cortar con un cuchillo. Yo me sentía como una obra de arte expuesta en el museo equivocado, pero gracias a Tom, era la obra de arte más cara del lugar.

Llevaba un traje de seda negra entallado que resaltaba mi figura, un par de anillos de plata que Tom me había obligado a ponerme y mi cabello perfectamente estilizado. Tom, a mi lado, lucía una camisa de cuello alto y una chaqueta del mismo color de mi ropa. Íbamos combinados.

Su mano no se había separado de mi cintura desde que cruzamos la puerta y en parte eso aumentaba mis nervios.

— Respira, Billy. — me susurró al oído. — Estás precioso y ellos lo saben, por eso no dejan de mirar.

En la cabecera de la mesa larga, Nick Kaulitz presidía la cena con un intento de sonrisa. A su lado Heidi lucía radiante, bebiendo champán con elegancia. Misma que hacía que Karina, sentada frente a nosotros, pareciera una niña malcriada a pesar de su vestido de diseñador.

— Entonces… — soltó Nick, dejando su copa sobre el mantel blanco con un golpe seco que hizo que todo el mundo guardara silencio. — ¿Qué les parece los bocaditos?

— Horribles. — susurró Karina.

Y Heidi dijo lo contrario.

— Me encantan, cariño. Creo que se han vuelto mis favoritos después de tus besos. — la mujer le guiñaba el ojo a Nick y el hombre se sonrojaba bajo la atenta mirada de todos los presentes.

— ¡Por Dios, Heidi! — exclamó Nick, riendo con una mezcla de orgullo y timidez, mientras le tomaba la mano sobre la mesa. — No me dejes en evidencia frente a mi hermano, que él ya cree que soy un viejo amargado.

Tom soltó una risita seca y se inclinó hacia adelante, cruzando los brazos sobre el mantel.

— No lo creo, Nick. Lo eres. — soltó Tom con tono burlón. — Pero me alegra ver que Heidi tiene la paciencia de un santo para aguantarte. — Nick desvió su mirada hacia mí, evaluándome con una intensidad que me hizo enderezar la espalda instintivamente.

— Eres un completo ridículo. — agregó Karina y su papá solo soltó un suspiro.

— No me arruines el momento, nena, por favor. No quiero quitarte el móvil y obligar a Tom a que te saque de su humilde hogar.

Tom y yo nos miramos de soslayo.

— Uhm. — mi novio se aclaró la garganta llamando la atención de su hermano mayor, mientras se ponía de pie. — Gracias por invitarnos, Nick, pero mi pareja y yo tenemos responsabilidades también.

— Ay, Tommy. — Heidi hizo un puchero que me hizo quedarle mirando con el ceño fruncido y una sonrisa incrédula. — No se vayan, para nosotros es importante compartir. Mis suegros no pudieron viajar y solo estamos nosotros.

— Lo siento pero de verdad, tenemos responsabilidades…

— Yo voy con ustedes. — se pegaba Karina como chicle a la ropa y yo suspiré irritado.

La sola idea de tener a Karina escoltándonos fuera del restaurante me revolvió el estómago. Vi cómo Tom apretaba la mandíbula, tratando de procesar la audacia de su sobrina mientras Nick simplemente se encogía de hombros, demasiado ocupado sirviéndose otra copa de champán como para lidiar con el drama adolescente.

Se lo veía demasiado enamorado de la mujer que efectivamente le doblaba la edad.

— ¿Por qué nos sigues, Karina? — cuestionó Tom con evidente enojo. — Quédate aquí con tu padre y Heidi, te guste o no ella va a ser su esposa y ya tienes que empezar a hacerte a la idea de que vas a vivir con ellos. Pareces una mocosa resabiada.

— ¡No soy una mocosa! — chilló ella, haciendo que un par de comensales de las mesas vecinas de las afueras del restaurante se giraran. — Y si me voy contigo es porque estoy harta de la falsedad de mi padre con esa mujer, los odio a los dos. Prefiero aguantar a Bill.

La miro ofendido.

Subimos al auto de Tom para ir rumbo a casa, esa pequeña escenita me había agotado demasiado y ya solo quería dormir.

Tom no dijo nada mientras arrancaba el motor. Sus manos apretaban el volante con tal fuerza que los nudillos se le veían blancos, reflejando una tensión que llenaba el interior del coche. El silencio entre nosotros no era incómodo por nuestra culpa, sino por el residuo amargo que su familia dejaba…

— Menuda noche. — susurró Tom finalmente, relajando un poco los hombros mientras salíamos del estacionamiento del restaurante. — Siento que te hayas tenido que tragar todo ese veneno, Bill. Nick está en su mundo de fantasía con Heidi y se olvida que tiene una hija.

— No te disculpes. — respondí, reclinando la cabeza en el asiento de cuero y cerrando los ojos por un segundo. — Solo vámonos y descansemos.

Tom estiró su mano derecha, buscando la mía sobre mi regazo, y entrelazó nuestros dedos. Ese pequeño gesto me devolvió la calma que la hija de su hermano—misma que iba en los asientos de atrás en silencio—me habían arrebatado. Condujo con suavidad, alejándose de las luces de la ciudad, hasta que estuvimos de nuevo en nuestro edificio.

Al entrar al departamento, el silencio y el olor a nuestro hogar se sintieron como un abrazo. Me quité los zapatos de vestir soltando un suspiro de alivio, mientras Tom se deshacía de su chaqueta y la lanzaba sobre el sofá.

Karina solo subió corriendo a encerrarse en su habitación.

— A veces me da tanta pena… — dijo él, caminando hacia mí y rodeando mi cintura con sus brazos. — Pero no importa, te tengo un regalo.

— ¿De verdad? — sonreí, rodeando su cuello y dejando que mis dedos jugaran con sus trenzas.

— Así es. — me pegó más a él, y pude sentir su calor a través de la seda del traje. — Está en la habitación.

— Pues vamos. — me incliné para besarlo lento y profundo. Subimos las escaleras casi a oscuras, deshaciéndonos de la ropa elegante por el camino hasta que llegamos a su habitación. En la cama había una cajita pequeña con un moño rojo. Observé a Tom antes de correr a abrir la caja y en el interior de ella encontré un celular de último modelo junto con una laptop estudiantil. — Tom, oh por dios…

— Lo compré en combo porque lo necesitas ¡y mucho más para saber dónde mierda te metes, maldito! — sonreía metiéndose en la cama, arrastrándome a mí en el proceso. — También para que hables con tus amigos, que se yo…

— Gracias, Tom. — mordí mi labio inferior como todo un sentimental, queriendo llorar. Mi chico me apretó entre sus brazos mientras ronroneaba.

— Solo quiero hacerte feliz y sé que como creciste en un ambiente de dinero quiero que vivas a la altura, bonito.

— Ay…

— Ujum. — levanté la cabeza lo suficiente para verlo, justo cuando estaba a punto de quedarse dormido abrió un ojo para mirarme. — Bill… —murmuró con la voz ya ronca por el sueño.

— ¿Mhmm?

— Eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo, te quiero.

No respondí con palabras, solo apreté su mano contra mi pecho y cerré los ojos, sintiéndome en paz absoluta.

Continúa…

Gracias por la visita. No olviden dejar un comentario 😉

por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!