
Fic Toll de WifesKaulitz
Capítulo 12
Todo esto era digna de una comedia trágica. Yo arrastraba la maleta por la acera, haciendo que las ruedas de goma chillaran contra el pavimento, mientras el coche de Tom avanzaba a paso de tortuga justo a mi lado. Él no decía nada, solo mantenía el motor ronroneando y, de vez en cuando, asomaba la cabeza por la ventanilla con una sonrisa que me daban ganas de lanzarle un zapato.
— ¡Deja de seguirme! — grité, dándole un tirón extra a la maleta cuando se trabó en una grieta. — ¡Dijiste que tenías cosas que hacer! ¡Pues vete!
— Solo me aseguro de que el puente que elijas tenga buenas vistas, Bill. No querrás cualquier cosa para tu nueva vida de mendigo. — respondió él, soltando una carcajada.
Y seguí.
Caminé tres calles más hasta que llegué a un pequeño parque que cruzaba por debajo de un paso a desnivel. Estaba sucio, olía a humedad y el ruido de los coches pasando por encima era ensordecedor. Con un dramatismo que solo yo podía ejecutar, arrastré la maleta hasta lo más profundo de la sombra del puente, me senté sobre ella y crucé los brazos, ignorando el frío que empezaba a calar mi ropa.
Tom estacionó el coche a unos metros, apagó el motor y se bajó. Se apoyó contra la puerta, cruzando sus brazos fuertes sobre el pecho, observándome como quien mira a un cachorro haciendo un berrinche en medio de la tienda.
— ¿Y bien? ¿Este es el lugar? — preguntó arqueando una ceja. — Un poco ruidoso, pero supongo que combina con tu personalidad.
Intenté mantener la mirada altanera, pero el frío, el hambre que sentía y el agotamiento emocional de haber sido echado dos veces en menos de doce horas empezaron a pasarme factura. El labio inferior me empezó a temblar. No quería que me viera así, pero las lágrimas se acumularon en mis ojos, el orgullo se desinfló como un globo pinchado.
Empecé a llorar, pero no era un llanto de los normales. Era un berrinche puro de esos que te hacen sorber los mocos, sacudir los hombros y patalear.
— ¡Te odio! — sollocé, escondiendo la cara entre las manos. — ¡Odio a mi madre, odio a mi padre y te odio a ti por hacerme venir aquí! ¡No tengo a dónde ir y hace frío!
Pensé en Georg y Gustav pero ya tenían suficiente en su casa que compartían juntos, no quería ser una carga para ellos. Además, quería quedarme con Tom.
El silencio que siguió a mi explosión fue interrumpido por el sonido de sus pasos sobre la grava. Tom se acercó con expresión suave. Se puso de cuclillas frente a mí y suspiró, negando con la cabeza.
— Ya basta… levántate. — dijo, estirando una mano hacia mí.
— No. — respondí entre hipos. — Déjame aquí.
— No seas ridículo. No voy a dejar que te mueras de hipotermia por un capricho. Anda, mueve ese culo antes de que me arrepienta. — me sujetó del brazo y, aunque puse un poco de resistencia terminé dejando que me levantara.
Tom agarró la maleta como si no pesara nada y caminó de vuelta al coche. Me abrió la puerta del copiloto y me señaló el asiento con la cabeza.
— Vas a volver a mi departamento. — sentenció mientras guarda mi maleta y luego se subía para poner a andar el motor. — ¿Estás mejor? — me hundí en el asiento, sintiendo el aire caliente de la calefacción golpear mis mejillas rojas por el llanto. No dije nada, pero por dentro sentía un alivio inmenso.
El trayecto de regreso fue mucho más corto de lo que mi orgullo hubiera deseado. Al entrar al departamento, el calor del hogar de Tom me envolvió, recordándome lo cerca que estuve de dormir entre cartones y ruidos de motor. Dejé caer mi mochila en la entrada y me quité las botas.
Tom dejó mi maleta a un lado y se frotó la nuca, suspirando como si estuviera calculando cuánta paciencia le quedaba.
— Bien, estás en casa. Ve a la habitación de invitados y…
— Estaría mucho mejor si durmiéramos juntos. — lo interrumpí, dándome la vuelta para enfrentarlo con los ojos todavía algo rojos, pero con una chispa de malicia asomando.
Tom carcajeó lleno de gracia, mientras negaba con la cabeza.
— ¿Es en serio? Hace diez minutos te estabas muriendo bajo un puente y ahora ya estás negociando la cama. Eres increíble, Bill.
— No es una negociación, es una necesidad médica por el trauma. — caminé hacia él con pasos lentos y decididos, ignorando su risa. — Y además tengo hambre. Quiero comida de verdad, nada de esa pasta rápida de anoche. Y si quieres darme una buena estadía quiero besos. Muchos besos.
Me planté frente a él, obligándolo a bajar la mirada hacia mí.
Me puse en plan caprichoso, de esos que sacan de quicio a cualquiera pero que él parecía tolerar con una mezcla de diversión y resignación.
— Bill, no soy tu novio de secundaria. — dijo, aunque no retrocedió ni un centímetro.
— Pues tú dijiste que lo seríamos y podrías fingir un poquito hasta que sea verdad. — repliqué, estirando los brazos para rodear su cuello, obligándolo a inclinarse. — Me echaron de mi casa, Tom. Me pegaron, me insultaron, casi me vuelvo un indigente… lo mínimo que merezco es que me consientas. Quiero que me cocines algo rico, que me des besos hasta que se me olvide cómo me llamo y que me abraces toda la noche para que no me dé frío. ¿Es mucho pedir?
Tom arqueó una ceja, pero sus manos bajaron por instinto a mi cintura, sujetándome con firmeza.
Esa que tanto me gustaba.
— Eres un consentido de mierda, ¿lo sabías? — susurró cerca de mis labios, revolviendome el estómago pero no en el mal sentido, sino en algo mejor.
— Lo sé y ahora eres lo único que tengo, así que te aguantas.
— No creo. — relamió sus labios. Empecé a cerrar los ojos por instinto, esperando que acortara esos escasos milímetros. Sus manos apretaron mi cintura, estaba a punto de saborear esa victoria caprichosa cuando un sonido agudo y persistente cortó el aire.
Ding-dong.
— Ignóralo. — susurré contra su boca, pegándome más a él.
Era ahora o nunca.
— Nop. — respondió él dando un toque en mi nariz.
— Bah. — bufé rodeando los ojos y cruzando mis brazos. Lo seguí con la mirada mientras él caminaba hacia la puerta. Al abrirla en el umbral estaba una chica de rasgos afilados y una expresión que oscilaba entre la furia y el despecho. Llevaba una chaqueta y nos barrió a ambos con la mirada, se sintió como si yo fuera un intruso.
— ¿Ría? — preguntó Tom, visiblemente sorprendido.
— Ría, sí. ¿Te suena el nombre de la imbécil que dejaste plantada en el desayuno hoy? — espetó ella, dando un paso hacia adentro sin esperar invitación. Sus ojos se clavaron en mí, analizando mi aspecto desaliñado. — Ah, ya veo.
— No es lo que parece, estábamos… — Tom intentó explicar, pero ella lo interrumpió con una risa seca.
— Me dijiste que estábamos vacilando, Tom. Que no había compromisos, pero que al menos había respeto. Si vas a cambiar nuestros planes podrías haber tenido la decencia de avisar.
— Vacilando… — susurré más para mí mismo. Ella no hablaba como si fuera una clienta o al menos no como tal.
Atando cabos y haciendo que mi cerebro uniera la información, la chica se veía igual a la que le regué la bebida en el club esa noche que cogí con Tom y también era la misma que entró al restaurante donde se sentó junto a mí.
La única diferencia es que la tal Ría se había pintado el cabello de rubio potente como si fuera natural.
Creo que por esta Tom no me abrazó anoche.
— Me surgió un imprevisto, mira. — me señaló a mí, yo lo ví con una ceja arqueada. — Él se llama Bill, sus padres lo sacaron de casa y va a quedarse conmigo un tiempo, nena. No te asustes, ¿okay?
— Ay, bebé. Tú siempre tan bueno.
¡Abrazó a Tom delante de miiii! ¡DELANTE DE MIIII!
NO PUEDO CREER.
ME ESTABA DANDO EL MAL.
— Pensé que no volverías a buscarme porque la última vez que nos vimos me dijiste que ya no querías nada y yo adoro estar contigo.
Ver a Ría colgada del cuello de Tom fue como si alguien me hubiera clavado un alfiler directamente en el orgullo. Me quedé parado, con una expresión que seguramente era un poema de pura bilis, viendo cómo ella se frotaba contra Tom.
Lo peor no fue el abrazo. Lo peor fue la mirada que Tom me lanzó, algo que no supe descifrar, antes de volver toda su atención a la rubia oxigenada que tenía enfrente.
— Lo sé, Ría. Yo también disfruto mucho de tu compañía, eres una mujer increíble y sabes que siempre tengo un lugar especial para ti, nena. — le acarició la mejilla con el pulgar, ignorando por completo que yo estaba a escasos metros echando humo por las orejas.
— ¿De verdad? — susurró ella, acercando su rostro al de él.
— De verdad. — confirmó Tom.
Sin importarle mi presencia, Tom la sujetó de la nuca y la atrajo hacia él en un beso de lengua. Qué me hizo secar la garganta y entreabrir mi boca imaginando que me puede besar así a mí.
El beso que se daban era de esos que hacen ruido y que demuestran una confianza física que me revolvió el estómago. Ría soltó un gemido de satisfacción mientras se pegaba más a su cuerpo, y Tom no hizo nada por detenerla, al contrario, profundizó el beso como si quisiera demostrarle que seguían vacilando perfectamente bien.
No iba a quedarme ahí a ver el resto del espectáculo. Di media vuelta con un pisotón sonoro, arrastrando mis pies por el pasillo. Me metí en la habitación de invitados y cerré la puerta con un golpe tan seco que juraría que los cuadros del pasillo vibraron. Me tiré bocarriba en la cama, cubriéndome la cara con una almohada para ahogar un grito de frustración.
&
El silencio en el departamento era absoluto, roto solo por el zumbido lejano del refrigerador. Yo estaba hecho una bolita bajo las sábanas de la habitación de invitados, mirando el techo con los ojos como platos. Cada vez que cerraba los párpados, la imagen de Tom besando a esa tipa me quemaba las retinas.
La rabia se me había pasado, pero en su lugar había quedado un vacío amargo. ¿Por qué? Porque me imaginaba muchísimo a mí en su lugar, siendo devorado por esa boca rosada… lo bueno que ya entendía el por qué no me daba besos porque no le creía su excusa barata de que su boca no entraba al juego como dijo el otro día.
De repente un sonido suave pero rítmico en la puerta me hizo dar un brinco. Miré el reloj digital en la mesita de noche, eran doce y cuarenta y cinco.
Me levanté arrastrando los pies, con la camiseta de Tom bailando alrededor de mis muslos. Abrí la puerta apenas unos centímetros, listo para soltar algún comentario ácido, pero no dije nada.
Encontré un Tom apoyado en el marco y los ojos cansados, vistiendo solo sus pantalones de pijama.
— No puedo dormir. — habló primero sin preámbulos. — ¿Puedo quedarme aquí contigo? o si prefieres ir a mi habitación o me voy a la mierda…
Lo miré con incredulidad, tratando de mantener mi máscara de orgullo, pero verle así me debilitó. Hice a un lado mi cuerpo dándole paso.
Nos metimos en la cama. El colchón se hundió bajo su peso y, por instinto, ambos nos quedamos bocarriba, separados por unos centímetros que se sentían como un abismo. El calor que emanaba de su cuerpo era tentador, pero yo seguía rígido.
— ¿Ya se fue tu novia? — solté al fin, con la voz cargada de veneno, rompiendo el silencio.
Tom suspiró pesadamente, estirando un brazo para ponerlo detrás de su cabeza.
— Se fue hace horas, Bill.
— Se veía muy cómoda colgada de tu cuello. — continué, girándome hacia él para clavarle la mirada aún en medio de la oscuridad. — Y tú te veías muy cómodo besándola… pensé aplicaba para ella también los no besos.
Tom se giró también, quedando a centímetros de mi rostro. Sus ojos miel brillaban apenas con la luz que se filtraba por la persiana.
— Solo aplica contigo.
— Ah, ya.
— Ujum.
— Ya…
— Yam.
— Bueno.
— Okay. — Tom rió bajo. — No puedo terminar con ella, ¿sabes? lleva mucho tiempo intentando andar conmigo.
— Estás con ella por pena.
— Eso creo.
— Pues no pareció. Pareció que te morías por ella.
— Bill. — su mano viajó por debajo de las sábanas hasta encontrar mi cintura. — No es cierto, ¿qué te pasa? yo solo no le puedo decir que no. No tengo corazón para eso.
— ¡Solo lo tienes para mí! ¿¡Verdad!? — exclamé molesto. — Mira, no me importa lo que tengas con esa rubia mal pintada, cabeza de banana, ¡yo también quiero de tus besos! ¡también me lo merezco! ¡No sabes lo frustrado que me siento cuando intento besarte y tú no te dejas! ¡También tengo derecho a saber cómo se siente que me beses así como la besaste a ella! ¡Si voy a tener sexo contigo, imbécil, quiero que sea con besos! ¡Me muero por tus besos!
— ¿Ya terminaste? — quedé atónito, con el pecho subiendo y bajando por la agitación de mi propio discurso. Las palabras habían salido como un torrente sin filtro, dejando mi dignidad esparcida a la deriva.
Tom no se movió, se quedó ahí, mirándome tan tranquilo que me resultó exasperante hasta que una pequeña chispa de diversión empezó a bailar en sus ojos.
— ¿Terminaste? — repitió con voz baja, casi arrastrada. El calor me subió a las mejillas de golpe.
— ¡Olvídalo! — espeté, tropezando con mis propios pies en un intento desesperado por llegar a la puerta. — ¡Duerme solo! ¡O vete con tu rubia de bote y que te den!
No llegué ni a dar dos pasos.
Sentí su mano, grande y firme, cerrarse alrededor de mi muñeca. Con un tirón seco pero sin rastro de malicia, me obligó a volver al colchón. Solté un jadeo de sorpresa cuando caí de espaldas y, antes de que pudiera protestar, Tom ya estaba encima de mí, bloqueando cualquier salida con sus brazos a ambos lados de mi cabeza.
Se estaba riendo de mí.
— No te vayas, Bill. — dijo entre carcajadas bajas, disfrutando de mi indignación. — Estás precioso cuando te pones así. ¿De verdad te estabas muriendo por un beso?
— ¡Suéltame, imbécil! — traté de empujarlo, golpeando sus hombros firmes. — No tiene gracia. Yo hablaba en serio y tú… tú eres un…
— Shh… — me cortó él, su rostro descendiendo hasta que su nariz rozó la mía. — Hablas demasiado.
— Solo quiero que sepas que si crees que voy a dejar que me toques después de ver esa escena en la sala, estás muy equiv… — no pude terminar la frase.
El mundo se detuvo cuando sentí la presión de sus labios sobre los míos. No fue un roce tímido ni un juego, fue un impacto directo que me dejó sin aliento. Tom me besó por segunda vez con urgencia, misma que borró cualquier rastro de Ría en mi mente. Sus labios eran cálidos, expertos y sabían a una posesión que no admitía réplicas.
Mis manos, que hace un segundo intentaban apartarlo, se perdieron por instinto en sus hombros, aferrándome a él mientras su lengua pedía paso, tomando el territorio que yo tanto había anhelado. Ladeó la cabeza en el proceso y yo también, dejándome llevar por lo increíble que era sentir sus labios.
El beso se volvió una batalla de lenguas, una fricción desesperada. Tom no me daba tregua, sus labios se movían contra los míos con una fuerza que me obligaba a abrir la boca cada vez más, entregándole todo mi aliento. El roce de sus trenzas contra mis mejillas y la presión de su cuerpo aplastándome contra el colchón como si quisiera fundirse conmigo fue uff…
Pasaron los minutos y el tiempo se detuvo en ese intercambio salvaje. Mis labios empezaron a latir calientes y ligeramente hinchados por la intensidad, pero no quería que se detuviera. Quería que me doliera. Cada vez que intentábamos tomar aire, volvíamos a chocar con más ganas.
Finalmente, Tom se separó apenas unos milímetros, lo justo para que el aire frío se colara entre nosotros. Ambos jadeábamos, con el pecho subiendo y bajando al unísono. Mis labios ardían, sensibles al más mínimo roce, y pude ver que los de él estaban igual de rojos y brillantes.
Él me miró fijamente, con los ojos oscurecidos por un deseo que ya no tenía filtros, y su voz salió como un hilo.
— ¿Así está mejor? — susurró, rozando con su pulgar mi labio inferior, que todavía temblaba.
No pude articular palabra. Tenía la garganta seca y el corazón en la boca. En lugar de responder, simplemente dejé que una sonrisa lenta y triunfante se dibujara en mi rostro.
Ver mi reacción, tan honesta y descarada después de haberle montado semejante escena, fue lo que terminó de desarmarlo.
Tom se rió divertido ante eso.
— Eres increíble, no puedo creerlo. — dijo negando con la cabeza, antes de esconder su rostro en el hueco de mi cuello, dejando un beso suave en mi piel.
&
Me removí cómodo y ronroneando entre las sábanas.
La puerta se abrió con un crujido casi imperceptible. Sentí el colchón hundirse a mi lado y luego el roce de sus dedos largos apartando un mechón de pelo de mi frente. Me estremecí involuntariamente ante su contacto y abrí los ojos lentamente, encontrándome con su mirada.
— Buenos días.
— Hola… — respondí con la voz ronca, estirándome un poco.
— ¿Tienes hambre? ¿quieres salir a comer?
— Bueno. — sonreí de lado. — Luego… quisiera buscar trabajo, ¿crees que puedas recomendarme uno que me acepten en dónde no tengo experiencia?
— Uhm. — hizo una mueca mirando hacia el techo, pensativo. — Hay un lugar, es lindo pero no como para que trabajes ahí.
— ¡Por favor! — exclamé con ojos suplicantes mientras le daba un abrazo. — Necesito dinero, en serio.
— Uhm, ya… a ver qué puedo hacer. — he de admitir que la idea de buscar trabajo me daba pánico y emoción a partes iguales. Nunca había tenido que preocuparme por el origen del dinero, pero ahora que el cordón umbilical con mi familia se había cortado de un tijeretazo, la realidad me golpeaba de frente.
— Solo prométeme que no me vas a mandar a limpiar baños. — bromeé, aunque mi voz tenía un rastro de preocupación real.
— Confía en mí, Bill. Es un lugar con… mucha clase. Creo. — respondió Tom, dándome un apretón juguetón en la cintura antes de levantarse. — Anda, ve a bañarte.
Me reí y corrí al baño a asearme rápido. Al salir puse unos pantalones de cuero negros ajustados, una camisa blanca un poco abierta y mis botas favoritas. Me arreglé el cabello con cuidado para que cayera sobre la marca de mi mejilla, ocultándola un poco. Cuando salí, Tom ya estaba listo, luciendo impecable en su estilo.
Salimos a desayunar a una pequeña cafetería vintage cerca de su edificio. Mientras comíamos unos huevos que sabían a gloria.
— Tom… — empecé, jugando con el tenedor. — Mhmm, no puedo trabajar solo. Quiero decir, Georg y Gustav también fueron suspendidos por mi culpa. Sus padres no son tan drásticos como los míos, pero están furiosos. Si voy a conseguir algo, me gustaría que ellos también pudieran.
Tom dejó su taza de café en la mesa y me miró con una ceja arqueada.
— ¿Quieres que emplee a toda la universidad entera? Bill, esto no es una guardería.
— ¡Son mis amigos! — exclamé haciendo un puchero. — Además, Georg es buenísimo con la gente y Gustav es muy organizado. Por favor, pregúntale a tu contacto si hay espacio para tres. — Tom suspiró, sacando su teléfono mientras negaba con la cabeza, aunque con una sonrisa divertida.
— Eres un dolor de cabeza, Billy. Pero está bien, veré qué dice el dueño.
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Después del desayuno, subimos al auto y Tom condujo hacia una zona de la ciudad que yo no frecuentaba cuando quería saber de él y se detuvo frente a un edificio con una fachada de mármol negro y un letrero sutil que decía «One Direction→»
— Es un club. — dije, mirando la fachada. — ¿Quieres que trabaje en un club?
— No es solo un club, Bill. Es el lugar más exclusivo de la ciudad seguido de L’Èclipse. Aquí viene la gente que tiene más dinero que sentido común. — entramos y el lugar era impresionante. Terciopelo rojo, lámparas de cristal y una barra que parecía bañada en oro. Un hombre alto y de aspecto severo se acercó a nosotros muy sonriente.
— Tom, pensé que estarías durmiendo a esta hora. — dijo el hombre.
— Los negocios no duermen, David. — respondió Tom, dándole un apretón de manos. — Él es Bill y busca trabajo. También tiene dos amigos que son… bueno, un paquete incluido. — el hombre me escaneó de arriba abajo con una mirada que me puso nervioso.
— Tienes look, eso es seguro. Pero aquí no buscamos caras bonitas para decorar, buscamos gente que sepa manejar la presión y la discreción. ¿Qué dices, Bill? ¿Crees que tú y tus amigos pueden manejar la sección VIP de One Direction? — miré a Tom, quien me guiñó un ojo, y luego miré a David.
— No solo podemos manejarlo. — dije con firmeza, enderezando la espalda. — Vamos a ser lo mejor que le ha pasado a este club. Pero necesito que Georg y Gustav empiecen conmigo, si eso es posible.
David soltó una carcajada seca y miró a Tom. — Está bien, tráelos a las ocho para que se prueben los uniformes. Si pasan la primera noche, el puesto es suyo.
— Gracias, David.
— Ahora sí me disculpa tenemos que arreglar para la noche. — Tom asintió mientras me tomaba la mano y salimos del club, el corazón me iba a mil por hora. Todo había sido tan rápido y si iba bien tendría trabajo.
— ¿Ves? No fue tan difícil. — dijo Tom ahora rodeándome el cuello con su brazo mientras caminábamos hacia el auto. — Aunque prepárate, porque trabajar ahí es bastante duro pero con un sueldo que vale la pena.
— No importa. Mientras esté lejos de mi casa, cualquier mundo es mejor. Gracias, Tom. De verdad.
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El uniforme del club no era lo que yo esperaba. No eran chalecos aburridos de mesero… eran camisas negras semi-transparentes con arneses de cuero sutiles y pantalones de vestir que entallaban a la perfección. Georg se miraba al espejo del vestidor, acomodándose el cabello largo con una mezcla de pánico y narcisismo.
— Bill, si mi madre me ve así, me manda a un convento. — susurró Georg, aunque no podía dejar de admirar cómo le quedaba el conjunto sobretodo en la parte del trasero. — Pero acepto que nos vemos como modelos de alta costura.
— Cállate y concéntrate. — le soltó Gustav, que era el único que parecía medianamente profesional, revisando la bandeja de plata. — Si arruinamos esto, Tom va a quedar mal con su amigo y nosotros terminaremos vendiendo limones en la esquina.
— ¡Te ves echo una fiera, Bill! ¡Aullame, perra!
— ¡Auu! — le seguí el juego a Georg mientras dejaba que me pegará una nalgada y los tres nos reímos con diversión. Salimos al área VIP.
El ambiente era pesado, cargado de humo, perfumes de diseñador y el pulso constante de la música electrónica que vibraba en el suelo de mármol. Tom estaba sentado en uno de los reservados principales, con una botella de champán en hielo y con la mirada de dueño del mundo que tanto me empezaba a gustar.
Me guiñó un ojo cuando pasé junto a él con una botella de whisky de tres mil euros.
— ¿De verdad viven juntos? — preguntaba Gustav a mi lado observando a un lugar diferente, un lado que no sea Tom. Yo asiento con la cabeza mordiendo mi labio inferior bastante coqueto. — Entiendo.
— ¡No te quedes ahí, Gusi! ¡Sigue trabajando! — Gustav solo rodeó los ojos y continuó.
Todo iba extrañamente bien hasta las once de la noche.
Estaba atendiendo la mesa cuatro, un grupo de empresarios que no dejaban de mirar mis piernas, cuando una voz chillona y familiar cortó el aire por encima del beat de la música.
— ¡No puedo creerlo! ¡Papá, mira eso! — el grito vino de la entrada de la zona VIP. Al girarme vi a Karina entrando del brazo de su padre «el hermano de Tom». Ella lucía un vestido plateado que brillaba bajo las luces, pero su cara se transformó en una máscara de burla cruel en cuanto me reconoció. — ¡Pero si es el tío Bill! — exclamó ella, acercándose a la mesa donde yo estaba, atrayendo la atención de todos los clientes. — Vaya, el hijo de los Trümper terminó siendo un simple sirviente de copas. ¿Tan rápido se te acabó el dinero de papi? — el padre de Karina, el hombre que parecía una versión amargada de Tom con cabello largo y barba, me miró con un desprecio infinito.
— Mi hermano realmente tiene gustos deplorables.
— Uf, sí. ¿Qué sigue, Bill? ¿Vas a ofrecernos el menú o vas a pedirnos limosna para tu colegiatura? — Georg y Gustav se acercaron rápidamente, poniéndose a mi lado, pero Karina no se detuvo. Tomó una copa de la bandeja de Gustav y la sostuvo frente a mi cara. — Sabes, Bill… tengo sed. Pero no quiero que me sirva cualquiera. Quiero que tú, como el buen sirviente que eres, te arrodilles y me sirvas este champán. Después de todo, ahora eres solo parte del mobiliario de este lugar, ¿no?
Sentí que la sangre me hervía.
Georg estaba a punto de saltarse encima de Karina y Gustav solo apretaba los puños.
— ¿Qué esperas, Bill? O hago que te despidan.
No, eso no quería en mi primer día…
Continúa…
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