
Fic TOLL de Lett_kltz
Capítulo 20

Llevaba un día entero rondando a mis padres como un fantasma por toda la casa. En más de una ocasión me armé de valor, me acerqué a ellos dispuesto a soltarlo todo, pero en el último segundo la garganta se me cerraba por completo, las palabras no me salían y prefería guardar silencio. El miedo al rechazo y a sus típicos sermones me estaba carcomiendo por dentro.
Pero no. Ya no podía seguir posponiéndolo. El tiempo corría y la oportunidad en la agencia no iba a esperarme para siempre. Tenía que hablar con ellos a como de lugar.
Aproveché que ambos estaban juntos en la sala de estar; mi padre leía unos documentos en el sofá mientras mi madre revisaba su laptop. Tragué saliva, me reajusté la chaqueta, froté mis manos sudorosas y me paré frente a ellos con la postura firmé.
— Necesito hablar con ustedes de algo muy importante —anuncié con la voz ligeramente tensa, rompiendo el silencio de la casa.
Ambos levantaron la mirada al mismo tiempo, mostrando esa tranquilidad habitual de quien no se espera nada fuera de lo común.
— ¿Qué pasa, Bill? ¿De qué se trata? —preguntó mi madre, acomodándose las gafas y dedicándome una mirada neutral.
Me quedé en silencio un par de segundos, organizando las mentiras y las verdades en mi cabeza para no arruinarlo.
— Pues… hace un par de días, mientras caminaba de regreso del colegio, una persona me paró en la calle —comencé a explicar, intentando sonar lo más natural posible— Resulta que era un cazatalentos de una agencia de modelos muy importante internacionalmente. Me dieron la oportunidad de ir a su sede aquí en Berlín para hacer un test de cámara… y lo hice.
Al escuchar la palabra «modelaje», las expresiones de mis padres cambiaron de golpe. La neutralidad en sus rostros se transformó en seriedad y un evidente desconcierto. Se miraron entre ellos por un breve segundo antes de volver a fijar sus ojos en mí.
Sintiendo la presión de sus miradas, continué antes de que pudieran interrumpirme.
— Sé que esto suena repentino, pero… ir a esa prueba me hizo darme cuenta de algo. Ser modelo es lo que realmente me apasiona, es lo que me llama la atención y a lo que quiero dedicarme —solté con determinación, dando un paso al frente— Fui al estudio, me tomaron fotos profesionales y les encantó mi trabajo. Tienen un contrato listo para mí, pero como soy menor de edad, necesito la autorización de ustedes para poder empezar.
— De ninguna manera, Bill —mi padre fue el primero en romper el silencio, cerrando sus documentos de golpe sobre la mesa— Eso es una completa ridiculez…
— Pero, papá… —intenté intervenir, pero mi madre levantó una mano, cortándome el paso de inmediato.
— Tu padre tiene toda la razón, Bill —dijo ella, negando con la cabeza y mirándome con una severidad que me encogió el estómago— ¿Modelaje? ¿A tu edad? Estás en tu último año de colegio, tienes que enfocarte en tus exámenes finales y en ingresar a una buena universidad. No puedes andar perdiendo el tiempo en tonterías que no te van a dar un futuro real.
— ¡No son tonterías! —me defendí de inmediato, alzando la voz con frustración mientras apretaba los puños— Es una oportunidad enorme en una agencia internacional. Además, es algo que de verdad me gusta, ¡es lo que quiero hacer! Solo les estoy pidiendo que me apoyen por una vez en algo que a mí me apasiona.
Mis padres se miraron de nuevo, pero lejos de ablandarse, se mantuvieron completamente reacios y firmes en su postura.
— Bill, entiende una cosa: no es una buena vida —explicó mi padre, cruzándose de brazos y fijando su mirada seria en mí— Meterte en ese mundo significa exponer tu vida privada, volverte una figura pública a la que cualquiera puede juzgar, señalar o criticar. Esa industria está llena de gente falsa, ambiente superficial y peligros a los que un muchacho de tu edad no tiene por qué enfrentarse. Nosotros queremos estabilidad para ti, no un espectáculo.
— ¡Solo miren las fotos antes de decir que no! —rogué desesperado.
Sin esperar respuesta, me di la vuelta, corrí a mi habitación y tomé el portafolio que me habían entregado en la agencia. Bajé las escaleras a toda prisa y regrese a la sala, depositando las tres fotografías en la mesa frente a ellos.
Mis padres se inclinaron ligeramente. Mi padre tomó una de las imágenes, mientras mi madre agarraba otra, examinándolas con atención y por un segundo, vi un destello de sorpresa en sus ojos.
— No dudo que las fotos sean buenas —murmuró mi padre, suspirando mientras dejaba la fotografía sobre la mesa— Eres nuestro hijo y eres un muchacho muy lindo, Bill, de eso no hay duda, pero no nos parece lo correcto. Es un ambiente voraz; hoy estás arriba y mañana nadie se acuerda de ti. ¿Y si descuidas tus estudios por andar en sesiones de fotos? ¿Y si te rodeas de mala influencia? No es un trabajo serio ni seguro.
— ¡Puedo con eso! —supliqué con la voz quebrada, juntando las manos en un gesto de ruego— Les juro que puedo equilibrar mi vida escolar con el modelaje. No voy a bajar mis calificaciones, me organizaré con los horarios. Por favor… solo denme la oportunidad de intentarlo. Por favor.
— Bill, de verdad no estás entendiendo la magnitud de esto —insistió mi madre, dejando la fotografía sobre la mesa y cruzándose de brazos— Esas industrias son despiadadas. Hay contratos abusivos que se aprovechan de la inexperiencia de los jóvenes, fotógrafos o empresarios que intentan cruzarse de la raya, y una presión estética que destruye la salud mental de cualquiera. Por no hablar de que perderías toda tu privacidad; tus fotos estarían expuestas a miles de extraños, a críticas destructivas en internet que pueden perseguirte de por vida. ¿Realmente quieres meterte en ese infierno?
— Pero no tiene por qué ser así… —los interrumpí, sacando mi teléfono a toda prisa para mostrarles la página oficial y las acreditaciones de la agencia— Miren esto, por favor. Es una agencia internacional superseria, tienen sedes en casi toda Europa y son hiperreconocidos en la alta costura. No es una estafa, yo mismo fui, vi los estudios, al personal, todo es profesional. Les juro que no todo es malo si se sabe manejar.
— Bill… —intentó hablar mi padre, pero no lo dejé.
— ¡Escúchenme! Podemos ir juntos a la agencia si quieren —propuse, vendiendo mi idea con todo el entusiasmo que me quedaba— Si firmo, voy a ganar mi propio dinero. Puedo ayudar con los gastos de la casa, comprar mis propias cosas e incluso ir ahorrando desde ya para pagar una universidad sin que ustedes tengan que preocuparse por las matrículas. ¡Les prometo que no voy a descuidar el colegio!
Estuve así por casi media hora entera: rogando, exponiendo argumentos, mostrándoles fotos de la empresa en mi celular, explicando cada detalle y hablando sin parar hasta que, literalmente, los dejé exhaustos y hartos de escucharme.
Mi padre soltó un largo y pesado suspiro, sobándose el puente de la nariz. Miró a mi madre, quien solo asintió con resignación y la cara llena de cansancio.
— Está bien, Bill. Tal vez —dijo mi padre al fin, haciendo que mi corazón diera un vuelco de emoción— Pero con condiciones muy estrictas. Primero vamos a ir nosotros personalmente a verificar esa dichosa agencia, a revisar con lupa el contrato y a asegurarnos de que sea un ambiente cien por ciento seguro para ti.
— ¡Sí! Me parece perfecto —dije con una sonrisa enorme de oreja a oreja, a punto de saltar de la alegría.
— Escúchame bien antes de celebrar —me frenó mi madre con un tono de voz helado— Tu vida privada se queda en privado, nada de escándalos ni exponer cosas de nuestra familia. Vas a mantener tus calificaciones impecables; al primer tropezón en el colegio, te sacamos de ahí. Y si vemos un solo detalle sospechoso, un mal trato, o cualquier cosa que a nosotros no nos guste, el jueguito del modelaje se acaba de inmediato y sin derecho a reclamo. ¿Quedó claro?
— ¡Entendido! Sí, sí, totalmente claro, se los prometo —asentí repetidamente…
Al final el día transcurrió con total normalidad y yo estaba desbordando felicidad. Por fin llegó el domingo por la noche, el día en que vería a Tom.
Me había bañado, perfumado y arreglado de una manera espectacular. Mis padres habían salido a una cena «romántica», así que la casa estaba sola para mí. Estaba feliz de la vida, poniéndome mis cremas faciales mientras cantaba a todo pulmón “Gimme More” de Britney Spears frente al espejo. No podía esperar para darle la noticia de que el modelaje finalmente se haría realidad y, sobre todo, para mostrarle mi cambio de look. Tom todavía no me había visto con las rastas blancas, y me moría por ver su cara de sorpresa.
Cuando terminé de arreglarme, tomé mi celular para avisarle que ya estaba listo y coordinar el punto de encuentro. Marqué su número con una sonrisa en los labios.
Sonó y sonó… pero nadie contestó.
Extrañado, intenté una segunda vez, pero terminó enviándome al buzón de voz. Dicen que la tercera es la vencida, así que volví a marcar. Al tercer pitido, la voz de Tom finalmente resonó al otro lado de la línea.
— ¿Bill?
— Hola, Tom… —sonreí más, afinando la voz— Te llamaba para decirte que ya estoy listo. ¿Nos encontramos en el departamento o…?
— Ah, sí. Bill, lo siento, pero no voy a poder ir —me interrumpió de golpe, con un tono extrañamente serio— Voy a cenar con Heidi…
En cuanto esas palabras salieron de su boca, la sonrisa se me borró por completo de la cara.
— ¿Qué? —logré articular, sintiendo un nudo instantáneo en el estómago.
— Sí, bueno… —suspiró— Ya sabes cómo es esto. Ella es mi mujer, después de todo.
— ¿O sea que si yo no te llamo para avisarte que ya estoy listo, me hubieras tenido esperando ahí como un completo idiota? —solté, apretando el teléfono con rabia mientras la sangre me hervía.
— Cálmate, Bill —respondió Tom con una calma desesperante que solo me irritó más— Ya habrá otro momento en el que podamos salir los dos, pero ahora tengo que ir con ella.
— ¡No me pidas que me calme! —reclamé, alzando la voz— Teníamos un plan, quedamos en vernos hoy y me cancelas a última.
— Lo se, y lo siento, pero ahora ir con Heidi es necesario, solo quiero que me entiendas, ¿está bien? —la línea quedó en silencio, Tom carraspeó y siguió—: No seas tan exagerado, ya nos hemos visto muchas veces, está no será la última vez.
— Ese no es el punto… ¡Pudiste haberme avisado antes! ¿Si entiendes que me ibas a dejar plantado?
— A ver, Bill, no empieces con tus dramas —me frenó con dureza, elevando el tono— Tú sabías perfectamente en lo que te estabas metiendo desde el primer día. Somos amantes, ¿O ya se te olvidó? No voy a ponerme a discutir contigo por esto. Ella es mi esposa y es mi rol como su marido estar presente cuando se requiere. Aprende cuál es tu lugar.
Las palabras de Tom se me clavaron como dagas. Un silencio pesado y ahogante se apoderó de la línea. Sentí cómo las lágrimas de impotencia querían agolparse en mis ojos, pero me rehusé por completo a darle el gusto de escucharme romper.
— Está bien —dije con una voz seca, helada y carente de cualquier emoción— Disfruta tu noche. Ya no te molesto.
Le colgué antes de que pudiera responder algo más.
La rabia me cegó por completo. De un solo manotazo lleno de furia, arrojé todo lo que había sobre mi peinadora: mis cremas, los perfumes y los cepillos salieron volando, estrellándose contra el suelo y las paredes en un estruendo ensordecedor.
Me quedé ahí parado en medio de la habitación, respirando agitadamente, viendo el desastre que acababa de hacer. Pasaron unos segundos hasta que el silencio de la casa me obligó a calmarme. Cerré los ojos, tomé un aire profundo y me pasé las manos por la cara, tratando de ordenar el torbellino de pensamientos en mi cabeza.
—¿Por qué carajos estoy reaccionando así? —me recriminé a mí mismo en un susurro, soltando una risa amarga y llena de burla hacia mí mismo.
¿Qué demonios me estaba pasando? Tom tenía razón en algo: somos amantes. Yo no debería estar sintiendo celos, ni rabia, ni mucho menos tristeza y eso lo sabía desde un principio. Mi objetivo inicial siempre fue jugar con él, venganza, hacerle la vida imposible a la estúpida de Heidi y divertirme. Ya había cumplido mi cometido al meterme en su cama y tenerlo comiendo de mi mano.
— ¿En qué mierda estás cayendo, Bill? —murmuré para mí mismo, mirándome al espejo con desprecio hacia mi propia vulnerabilidad.
Me estaba saliendo por completo de mi rol y ni siquiera me había dado cuenta. Estaba empezando a actuar como el novio celoso y despechado, algo que… jamás sería. Esta era una llamada de atención que necesitaba. Tenía que volver a poner los pies en la tierra, ponerme mi armadura y recordar que en este juego, el primero que se enamora o que exige más de la cuenta… pierde.
Que tonto, Bill. Que tonto fuiste, pero ya no. ¿En qué he caído? Tengo que volver a ser lo que fui.
Me quedé varios minutos en silencio, sentado al borde de la cama, mirando las cremas desparramadas en la alfombra mientras la ira inicial se transformaba en una frialdad absoluta.
Era absurdo haber esperado algo diferente. Tom tenía una esposa, una vida pública que mantener y responsabilidades con las que cumplir; a fin de cuentas, él tenía dos opciones cuando quería, ¿y yo? Nada. Eso no era justo, y definitivamente no era el papel que yo jugaba. Yo no me iba a quedar lamentándome en una esquina como si mi felicidad dependiera de sus tiempos libres.
Ugh, en ese preciso momento detestaba con el alma haber rechazado la salida a la discoteca con Sasha. Seguro ellas ya la estaban pasando increíble, bailando y divirtiéndose, mientras yo me quedaba aquí plantado.
Fue justo ahí cuando un destello relampagueó en mi memoria: Dante.
Recordé perfectamente las palabras que me dijo: “Pero si llegas a cambiar de opinión, o si se te abre un espacio de tiempo algún día… llámame.”
Una sonrisa lenta comenzó a dibujarse en mis labios. ¿Por qué demonios no? Si Tom podía irse a cenar con su esposa, yo tenía exactamente el mismo derecho de salir y divertirme con quien se me diera la gana. Ya estaba completamente arreglado, listo para deslumbrar y quedarme encerrado en casa sería un rotundo pecado.
Me puse de pie, caminé hacia mi mochila y busqué en el bolsillo lateral hasta que mis dedos dieron con el papelito. Lo desdoblé, tomé mi celular y marqué el número anotado.
No alcanzaron a pasar ni dos pitidos cuando la voz de Dante sonó del otro lado.
— ¿Hola?
— Hola, Dante… habla Bill —dije con un tono tranquilo, totalmente relajado.
Hubo un pequeño segundo de silencio en la línea antes de que él soltara una risa suave, claramente sorprendido.
— ¡Bill! Vaya… ¿Pasó algo?
— Pues verás… por azares del destino, los planes que tenía para esta noche se cancelaron por completo —expliqué, pasándome una mano por las rastas mientras me miraba al espejo— Y me acordé de lo que me dijiste el otro día en el colegio. Así que pensé: ¿por qué no ver si esa invitación a salir sigue en pie?
— Por supuesto que sigue en pie —respondió sin dudar un solo segundo, y pude notar la sonrisa en su voz— Para ti, la invitación está abierta a la hora que sea. ¿Estás listo o necesitas tiempo para arreglarte?
— Estoy más que listo —sonreí— Así que tú dime dónde nos vemos o si pasas por mí.
— Dame veinte minutos y estoy afuera de tu casa. Pásame tu dirección por mensaje y salimos a donde tú quieras. Esta noche invita la casa.
— Me parece perfecto. Te mando la ubicación ahora mismo. Nos vemos en un rato, Dante.
— Nos vemos, Bill.
Colgué la llamada, le pase mi ubicación y dejé el celular sobre la mesa. Me eché un último vistazo al espejo, acomodé mi chaqueta de cuero y volví a sonreír.
Pasaron escasos quince minutos cuando escuché el suave rugido de un motor deteniéndose justo frente a mi casa. Asomé la mirada por la ventana y, para mi sorpresa, vi un auto deportivo impecable aparcado en la entrada. Vaya, vaya… resulta que el chico no solo tenía buen rostro, sino también muy buen gusto sobre ruedas.
Me di un último retoque en el cabello, deslicé una capa de gloss brillante por mis labios y salí de la casa con paso firme. Al cruzar el patio, vi a Dante esperándome, apoyado de forma relajada contra la puerta de su auto. Llevaba una chaqueta oscura y, en cuanto me vio caminar hacia él, sus ojos parecieron brillar con un toque de fascinación.
— Vaya… —murmuró cuando estuve a un par de pasos, barriéndome de arriba abajo con la mirada— Si en el colegio te ves bien, de noche eres directamente una amenaza, Bill.
— Un toque de magia nocturna —respondí con una sonrisa ladina— Tú tampoco te ves nada mal, Dante.
Él sonrió con soltura, rodeó el auto y me abrió la puerta del copiloto con absoluta elegancia.
— Señor Trümper, después de usted —bromeó, haciéndome una reverencia.
— Vaya, qué caballero —le regalé una risita, acomodándome en el asiento mientras él cerraba la puerta y se subía al lado del conductor.
Al encender el motor y poner rumbo a la avenida principal, Dante me echó una rápida mirada de reojo.
— Y bien, mi estimado invitado… ¿A dónde quiere ir esta noche?
— A comer algo delicioso —admití, acomodándome en el asiento— Donde sea está bien, la verdad tengo bastante hambre. Ya después veremos.
— Considera que tu deseo es una orden —aseguró Dante con una sonrisa confiada— Te llevaré al mejor restaurante del centro.
El trayecto duró unos veinte minutos en los que la música de fondo y la platica fluyeron. Aparcó en una zona exclusiva del centro, justo frente a un restaurante con luces cálidas y un ambiente sumamente elegante. Tal como al llegar a mi casa, Dante bajó rápido y me abrió la puerta para ayudarme a salir.
— Dime que no tienes alergia a la buena comida —comentó con sarcasmo mientras caminábamos hacia la entrada.
— Para nada —reí suavemente— Mientras haya un buen postre al final, soy el chico más feliz del mundo.
— Anotado: ganarme tu corazón a base de carbohidratos y azúcar —respondió él con un tono juguetón que me hizo soltar una carcajada.
Apenas cruzamos las puertas de cristal y nos adentramos en el lujoso salón, mi mirada escaneó el lugar por inercia y mi corazón se congeló, mierda… ahí, en una mesa cerca del ventanal principal, estaba Tom. Lucía un traje negro impecable y a su lado estaba Heidi, con un vestido rojo horrible como ella, riendo alegremente mientras sostenía una copa de vino.
«Maldita sea mi suerte», me dije para mis adentros, sintiendo un leve ardor en el estómago. Sin embargo, apreté la mandíbula, erguí la espalda y me prometí a mí mismo que actuaría como si ellos fueran invisibles. Yo no estaba ahí por él, ni pensaba arruinar mi noche.
Un camarero se nos acercó de inmediato y nos guió hacia una mesa perfectamente ambientada en la zona central. Nos sentamos uno frente al otro, y a partir de ese instante, me concentré al cien por ciento en Dante. Y la verdad… no fue difícil en absoluto.
Dante resultó ser un chico increíblemente divertido. Tenía ese tipo de humor fluido, fresco y sin ningún esfuerzo que te saca sonrisas reales.
— A ver, Bill, cuéntame la verdad —dijo él, apoyando los codos en la mesa tras pedir las bebidas— ¿Cómo es que el chico más codiciado del colegio andaba solo un domingo por la noche?
— Digamos que mis planes originales perdieron toda su gracia —dije con un guiño, jugando con la servilleta de tela— Así que decidí darle una oportunidad a alguien que sí supiera apreciar mi tiempo.
— Ouch, suena a que alguien cometió el peor error de su vida al cancelarte —se burló, sonriendo con malicia— Pero oye, el error de otro es mi mayor triunfo. No me voy a quejar.
— Un hombre sabio —le seguí el juego, soltando una risa genuina que resonó entre nosotros.
— Totalmente…
Hablamos sin parar durante más de una hora sobre el colegio, música, los profesores más insoportables y anécdotas ridículas de nuestras vidas. Mientras comíamos, no pude evitar soltar varias risas por sus chistes y ocurrencias. Me estaba divirtiendo de verdad, sintiéndome libre y totalmente desconectado.
Al terminar, Dante pidió la cuenta y nos levantamos, listos para irnos. Caminamos hasta las puertas y, antes de salir, mis ojos se desviaron a aquella mesa. Nuestras miradas se encontraron, el tiempo pareció detenerse en ese momento y me quede con la garganta seca al notar la seriedad de sus ojos… No, no me iba a importar, puede seguir con su patética esposa.
Desvié la vista al frente, alzando el mentón y saliendo al lado de Dante. La noche nos envolvió por completo, con ese frío que te congela, me abrace a mi mismo mientras llegábamos a su auto, me abrió la puerta y él casi corrió hasta subirse. Nos quedamos un segundo así, hasta que Dante pregunto:
— ¿Ahora, a dónde? —me miró de reojo, mientras se ponía el cinturón de seguridad e hice lo mismo.
— Mhmm… —me lo pensé un momento, ladeando los labios— ¿Qué te parece una disco?
— ¿Seguro? —cuestionó, entrecerrando los ojos.
— ¿Claro, por qué no? Tomamos unos tragos, bailamos un ratito y nos distraemos, es un plan perfecto si me lo preguntas.
Asintió lentamente, poniendo una mano en el volante y la otra en la llave.
— Bailar… me gusta la idea. Aunque tengo dos pies izquierdos, pero puedo hacer una excepción.
Arrancamos, la verdad ni idea de a dónde, pero él tenía un buen lugar, o eso me dijo, así que lo dejaba en sus manos. Luego de unos minutos, aparcamos frente a un callejón medio encondidillo, ahí, en una puerta metálica se alzaba un cartel con luces de colores con mucha gente alrededor. Me quite el cinturón y salí, mirando la fachada.
—Vaya…
—No es la gran cosa, pero es discreto —habló a mi lado. Tenía razón, no había rastros de guardias a los alrededores.
Sin más, entramos, nadie nos detuvo. Nos abrimos paso entre la gente hasta que la música en su máximo volumen nos golpeó los oídos. El lugar era grande, con unas escaleras que llevaban a un segundo piso con gente con sus bebidas, bailando o sentados.
Llegamos a la barra y nos sentamos mientras Dante pedía dos whiskys.
Me tomé el primer vaso de un solo trago, sintiendo cómo el líquido ardía deliciosamente al bajar por mi garganta, y la verdad… lo necesitaba con urgencia. Estar un poco ebrio siempre me ayudaba a despejar la mente, mandar todo al carajo y desconectarme del mundo por un rato. Claro que solo serían un par de tragos, porque tampoco pensaba llegar ahogado a mi casa; más tarde tendría que pasar por alguna cafetería de veinticuatro horas a tomarme un café bien cargado para bajarme la borrachera, o mis padres se pondrían absolutamente locos si me veían llegar tambaleando.
Al poco tiempo llegó el segundo trago, luego el tercero, y la música subía cada vez más de volumen mientras la gente a nuestro alrededor se ponía más y más ebria. El ambiente estaba encendido.
En un momento de la noche, Dante se inclinó hacia mí para hablarme cerca del oído por encima del bullicio.
— Oye, voy al baño rápido. ¿Te quedas aquí o vienes conmigo?
— Anda, tú ve tranquilo —le dije con una sonrisa relajada, haciendo un gesto con la mano— Aquí te espero.
Dante asintió y se perdió entre la multitud hacia el fondo del lugar. Yo me quedé solo en la barra, sintiendo el mareo ligero y delicioso del alcohol. Por pura curiosidad, me levanté de la silla y comencé a caminar entre la gente, abriéndome paso hasta las escaleras que llevaban a la segunda planta.
Subí a paso lento, disfrutando de las luces de colores que cortaban la penumbra. En el segundo piso había varios sofás de piel con parejas y grupos conversando, pero yo preferí acercarme a la barandilla de cristal y metal que daba hacia la pista de baile principal. Apoyé mis brazos ahí y empecé a balancearme suavemente al ritmo de la música, mirando a toda la multitud moverse abajo. El ritmo era pegadizo y se sentía increíble aquí arriba.
De pronto, sentí una vibración continua en el bolsillo de mi pantalón. Al principio no le di la menor importancia, pensando que era alguna notificación insignificante de redes sociales, así que me quedé ahí parado un rato más, disfrutando del ambiente, pero pocos segundos después, el teléfono volvió a sonar insistentemente.
Solté un suspiro de pereza, saqué el celular como pude y miré la pantalla iluminada.
.
TOM
Me quedé un momento congelado, observando su nombre parpadear. Una risita amarga y llena de burla se me escapó de los labios.
— Que se joda… —murmuré para mí mismo.
Le deslicé el dedo a la pantalla y le colgué la llamada sin pensarlo dos veces. Sin embargo, no pasaron ni tres segundos cuando el teléfono vibró de nuevo con un mensaje de texto.
“¿Dónde estás?”
Sonreí con absoluta arrogancia y, para no tener que seguir viendo la pantalla ni tentarme a responderle, presione el botón lateral para poner el celular en completo silencio y lo volví a guardar en el bolsillo.
Pasaron como veinte minutos y Dante seguía sin aparecer, pero no le di mayor importancia; imaginé que los baños del club debían de estar abarrotados de gente con esta multitud.
De pronto, sentí una mano firme que me sujetó del brazo por detrás.
Sonreí de inmediato, dando por hecho que era Dante, y me di la vuelta con tono burlón:
— Por fin llegas, ya me estaba…
La frase se me congeló en la garganta y la sonrisa se me borró de golpe.
Frente a mí no estaba Dante, sino Tom. Tenía la cara desencajada, los ojos oscuros clavados en los míos con una seriedad tan densa y amenazante que parecía querer ver a través de mi alma.
Antes de que pudiera articular una sola palabra o reaccionar a la sorpresa, Tom apretó el agarre en mi brazo y me jaleó sin miramientos, obligándome a caminar tras él.
— ¡Oye! ¿Qué te pasa? —exclamé, intentando zafarme mientras me arrastraba directo hacia las escaleras— ¡Suéltame! ¡Que me sueltes, te digo!
Traté de poner resistencia y frenar el paso, pero Tom era infinitamente más fuerte que yo. Me llevaba a tirones escaleras abajo mientras yo procuraba no tropezarme con los escalones entre la penumbra y los tragos que traía encima. La gente a nuestro alrededor apenas nos miraba, confundidos por el alboroto de la música y las luces deslumbrantes.
— ¡Tom, estás loco! ¡Déjame en paz! —le reclamé a gritos, forcejeando con el brazo que me tenía apresado— ¿Quién te crees que eres para venir a sacarme así? ¡Suéltame ya!
Él ni siquiera se molestó en responder a mis reclamos; simplemente apretó la mandíbula, ignoró mis manotazos y se abrió paso a empujones entre la multitud, llevándome arrastrando directo hacia la salida del club.
— ¡Te dije que me sueltes! —grité en medio del callejón justo cuando salimos a la calle.
Tom me arrastró a rastras unos metros más hasta llegar a su auto aparcado en la penumbra. De un manotazo abrió la puerta del copiloto e intentó meterme a la fuerza, pero saqué todas las fuerzas que me quedaban, tiré de mi brazo con brusquedad y logré liberarme de su agarre. Me hice un par de pasos hacia atrás, respirando agitadamente, con el pecho subiendo y bajando mientras arreglaba la chaqueta que se me había desacomodado.
— ¡Suficiente! —le espeté, apuntándolo con el dedo mientras la rabia me encendía las mejillas— ¿Quién demonios te crees que eres para venir a un club, agarrarme como si fuera de tu propiedad y sacarme así? ¡No tienes ningún derecho!
Tom me miró de arriba abajo, ajustándose el cuello de la camisa con una frialdad que solo me hacía hervir más la sangre.
— Mírate, Bill —soltó con voz baja pero dominante, dando un paso hacia mí— Estás borracho. Apenas puedes mantenerte firme y andas solo en un lugar como este.
— ¿Y qué si estoy tomando? —le contrapuse, alzando la barbilla— Si yo quiero tomar, tomo. Tú no eres mi papá, no me mandas y no me vas a decir qué carajos hacer. Ah, y por cierto… ahora que lo recuerdo, ¿no se supone que estabas en una cenita súper importante con tu esposa? Pues ve con ella, déjame en paz y no me estés molestando.
Tom apretó los puños y dio otro paso al frente, cortando la distancia entre los dos con una mirada intensa.
— Estar ahí dentro ebrio es peligroso, Bill. Te puede pasar cualquier cosa y no voy a permitir que te expongas de esa manera —contraatacó, endureciendo el tono— Y lo de Heidi… ella es mi esposa, ya te lo dije. Es una obligación con la que tengo que cumplir, pero eso no significa que vaya a dejar que hagas estas estupideces.
— ¡Pues por eso mismo! —me burlé con amargura, sintiendo cómo el alcohol me volvía más impulsivo— Ve con tu esposa, cumple tus responsabilidades y olvídate de mí.
Sin darle tiempo a responder, me di media vuelta para marcharme a paso rápido de regreso hacia la avenida, pero no alcancé a dar ni tres pasos cuando sentí sus manos sujetándome con fuerza por la cintura, jalándome hacia atrás.
— ¡Suéltame, Tom! ¡Que me dejes! —me quejé, comenzando a forcejear violentamente contra su cuerpo, intentando zafarme mientras él me abrazaba por la espalda con fuerza y, en medio de eso, Tom me tomó con más firmeza y me dio media vuelta de golpe, haciendo que quedáramos frente a frente, a escasos centímetros de distancia.
Sin pensarlo dos veces, alcé la mano y le di una cachetada tremenda que resonó en todo el callejón.
El impacto fue tan seco que la cara de Tom se giró hacia un lado por la fuerza del golpe. El silencio que siguió fue denso, pesado, aplastante, todo.
Él no se movió por unos segundos; solo se quedó con la mandíbula apretada y la mirada perdida en el suelo. Yo me quedé ahí, respirando con dificultad, pero sin un solo rastro de arrepentimiento en los ojos.
Tom levantó lentamente la cara, clavando en mí una mirada indescifrable.
— ¿Quieres saber la verdadera respuesta a esa estupidez que me dijiste aquella vez en medio de la calle? —le dije con la voz firme.
Tom no respondió, pero sus ojos no se despegaron de los míos.
— “Dime si soy un juego, y me alejaré de tí para siempre, Bill” —recité sus propias palabras con tono burlón en cada sílaba— Sí, Tom. Lo eres. Solo eres un maldito juego.
Me acerqué un paso más a él, desafiando la distancia entre nuestros cuerpos.
— ¿Con qué derecho vienes a decirme eso o a reclamarme lo que hago? ¡No somos nada! —le reclamé a la cara, señalándolo con el dedo— Cuando dos personas son amantes, no hay lugar para esos numeritos ni para preguntas ridículas. No eres mi novio, no eres mi dueño, no eres nada mío. Así que si ahora quieres agarrar tu auto e irte para siempre, hazlo. Me da exactamente igual, ¡no me importa!
Metí la mano al bolsillo de mi pantalón, saqué la tarjeta que Tom me había regalado y, sin dudarlo un segundo, se la deslicé con desprecio en el bolsillo de su saco. Acto seguido, saqué el celular y se lo estampé contra el pecho para que lo agarrara.
Porque claro, ahora todo tenía sentido. ¿Cómo carajos me había encontrado en un club discreto a mitad de la noche si yo ni le había respondido los mensajes? El muy loco seguro le había instalado un rastreador al teléfono que él mismo me compró.
— Ahí tienes tus cosas —le dije con frialdad— Quédate con tu dinero, con tu teléfono y con tus rastreadores enfermos. No necesito nada de ti.
Sin esperar a que abriera la boca, me di media vuelta y eché a caminar a paso firme por la acera.
Esta vez no me detuvo.
Conforme me alejaba, solté un suspiro largo y pesado, pasándome los dedos por el cabello para acomodarlo.
Hice lo correcto. Tenía que cortarlo de raíz antes de que este río se desbordara por completo y fuera demasiado tarde. No iba a mentirme a mí mismo: en el fondo sabía que estaba empezando a sentir algo por él… o tal vez ya lo sentía desde hacía tiempo… pero no quería pensar en eso. Me aterraba la idea de volverme vulnerable, de depender emocionalmente de un hombre.
A partir de ahora, nada de Tom. Todo volvería a ser como antes: yo al mando de mi propia vida, enfocado al cien por cien en mi carrera de modelaje, en brillar por mí mismo y en disfrutar de la libertad sin darle explicaciones a nadie. Me cerré mejor la chaqueta, levanté la barbilla y aceleré el paso bajo las luces tenues.
El juego con Tom había terminado.
Continúa…
Gracias a ustedes por leer y no olviden dejar su amor en los comentarios 😉
NOOOOO 😭 COMO QUE TERMINÓ? DIOOOS NO PUEDE SER, maldito Tom es un pendejo, nta porque se puso en ese plan, su relación tiene q seguir, tiene q seguir yo lo sé 😭🙏🏻
Igual me encantó en cap, necesitaba pelea de estos dos muchachitos JAJSJSJSJS pero q va a pasar?? Omagaiid, cada día estoy más intrigada, nunca dejes de escribir lety! Amo tus obras 💖😽
Lett* perdón, mi autocorrector 😞
Muchas gracias por tu apoyó Val 🥰💞 Trataré de sacar el capítulo pronto
Hasta apenas me dí cuenta de que actualizaron este fic, muchas gracias!. Aunque se me quedó el ❤️ apachurrado. Tom como siempre siendo un desgraciado con Bi 💔. Espero que haya nuevo capi pronto, gracias por el fic.
Muchas gracias por las lecturas y estar presente a lo largo del fics, ya tengo mas capitulos escritos que sacaré pronto 💞🥰