Fic Toll de WifesKaulitz

Capítulo 9

Corrí hacia el ascensor, dándole mil veces al botón como si Tom fuera a salir disparado detrás de mí en cualquier momento. Una vez en la calle paré el primer taxi que vi.

— ¿A dónde, joven? — preguntó el conductor mirándome con extrañeza por mi aspecto de «vengo de una noche sexual».

— A la calle 5, sector norte. Rápido, por favor. — tenía que ir con Gustav. Él era el único que podía ponerme los pies en la tierra y evitar que me volviera loco procesando todo esto. Georg en cambio era de los que me daría rienda suelta a la situación pero tenía mucho que procesar.

Llegué a su puerta y toqué el timbre frenéticamente. Unos segundos después, un Gustav con cara de sueño y en pijama abrió la puerta, sosteniendo una taza de café.

— ¿Bill? ¿Pero qué…? — no lo dejé terminar. Entré de golpe, cerrando la puerta detrás de mí y dejándome caer contra ella, jadeando.

— No digas nada. Necesito que me escondas, ¡volví a acostarme con Tom! y lo peor es que en la cena le agradó a mis papás solo porque tiene un apellido prestigioso. ¡Nos hemos metido en un lío! — Gustav se quedó mirándome en silencio, bajó la taza de café y suspiró profundamente.

— Pasa, Bill. Te haré un té… y me lo vas a contar todo desde el principio. — yo asentí con la cabeza corriendo a refugiarme en el sofá de su sala, con las piernas encogidas mientras me movía de adelante hacia atrás.

— ¿Georg está contigo?

— Está dormido. — me hundí en el sofá de Gustav, apretando un cojín contra mi pecho como si fuera un escudo. Gustav me trajo el té, se sentó frente a mí y me escuchó en silencio mientras yo soltaba todo el «taka taka» de la noche anterior. Desde la mirada de adoración de Margarita hacia Tom, hasta el descubrimiento de que mi acompañante era un maldito Kaulitz de verdad. — Entonces… — resumió Gustav, frotándose las sienes. — Contratamos a un tipo que resultó ser un príncipe de la banca alemana y terminaste haciendo un maratón en su sofá por… ¿enésima vez? Qué increíble eres, Bill.

— ¡Lo sé! ¡Por eso estoy aquí! — exclamé, justo cuando Georg aparecía por el pasillo, rascándose la barriga y mirándome con una sonrisa burlona.

— Huelo a sexo y a perfume de varón. — se burló Georg, dejándose caer a mi lado. — ¿Cómo estás? ¿cómo es eso que el prostituto es un Kaulitz?

— ¡Cállate, Georg! — le arrojé un cojín, pero justo en ese momento, mi teléfono empezó a vibrar insistente en la mesa de centro.

La pantalla mostraba: PAPÁ.
Sentí un escalofrío. Miré a mis amigos con ojos de pánico y contesté con la voz más neutra que pude fingir.

— ¿Hola?

— ¡Bill! — la voz de mi padre sonaba extrañamente animada, casi jovial, algo que solo ocurría cuando cerraba un trato millonario o cuando… bueno, cuando estaba orgulloso de mí por algo que no hice. — Qué bueno que contestas. Escucha, tu madre y yo hemos estado hablando. Vamos a salir a almorzar al club de campo y luego daremos un paseo en el lago. Queremos que Tom venga. Es un hombre brillante, Bill, realmente nos ha impresionado. Dile que lo queremos puntual a las dos, que no acepto un «no» por respuesta.

¿Una salida familiar?

Ew.

— Papá, yo… no creo que Tom pueda. Él tiene cosas que hacer. Ya sabes… —improvisé desesperadamente, sintiendo la mirada inquisidora de Gustav.

— No seas ridículo, Bill. Un hombre como él siempre sabe hacer espacio para la familia de su pareja. No nos hagas quedar mal. Te esperamos a ti y a él. No tardes.

— Cariño, mejor llama directamente a Tom, tienes el número. Bill no va a hacer nada.

— Es cierto. Adiós, Bill.

Click.

Me quedé mirando el teléfono como si fuera una granada a punto de explotar.

— ¿Y bien? — preguntó Gustav.

— Quieren que Tom vaya a una salida familiar al club. — susurré, dejando caer la cabeza hacia atrás. — Papá cree que somos la pareja del siglo.

— ¿Vas a llamarlo? — preguntó Georg, robándole un sorbo al té de Gustav.

— ¡Ni loco! — me levanté del sofá, caminando de un lado a otro. — Además ellos lo van a llamar porque saben que yo no lo haré, creo que anoche cambiaron números… y ya mejor no hablemos de eso. Hoy pasaré todo el día con ustedes.

Los G’s me miraron con una sonrisa antes de acercarse a abrazarme.

&

El lunes por la mañana, el aire de la universidad se sentía más pesado de lo normal. Mis ojeras eran el recordatorio físico de un domingo de encierro, pizza fría y el teléfono apagado.
Me sentía como un criminal en fuga, pero lo peor era el vacío constante en el estómago cada vez que recordaba el calor de las manos de Tom sobre mi piel.

Gustav y Georg me escoltaron hasta la cafetería como si fueran mis guardaespaldas personales. Habíamos pasado horas discutiendo el «Factor Kaulitz».

Estaba cansado.

— Escucha, Bill. — me dijo Gustav, bajando el tono mientras nos sentábamos en nuestra mesa de siempre. — Tienes que alejarte de él. Mira a dónde los llevó tu gran mentira.

— Tiene razón. — continuó Georg, robándome un trozo de mi manzana. — Y creo que para eso necesitas un clavo que saque ese tornillo gigante llamado Tom. Alguien normal, alguien que no agrade a tus padres y todo sea como antes. — yo suspiré, revolviendo mi café con mala gana. Odiaba darles la razón.

— Yo sugiero la salida con Brian. — miré hacia donde apuntaba. Brian estaba allí, charlando con unos amigos. Llevaba una chaqueta de mezclilla y se veía tan… saludable. Tan normal. Tan no-Kaulitz como yo quería que fuera.

— Brian es un buen chico, Bill. — insistió Georg. — Te ha estado enviando indirectas desde hace meses y la última fue el perfume. Sal con él. Haz que tu cerebro registre que hay otros hombres en el mundo que no tienen piercings en el labio ni son prostitutos con apellidos importantes.

Tomé aire, sintiendo una presión en el pecho.

Sabía que era lo correcto.
Si seguía buscando a Tom, terminaría siendo el perrito faldero de un hombre que solo me veía como un objeto sexual pero es que me era inevitable y mucho más ahora que estaba encaprichado con un beso suyo. Me excitaba demasiado cualquier cosa que tenía que ver con él y mi cuerpo.

Me levanté de la mesa antes de arrepentirme. Caminé hacia Brian, sintiendo las miradas de mis amigos clavadas en mi espalda. Cuando estuve frente a él, me regaló una sonrisa tan genuina que me hizo sentir culpable.

— ¡Hola, Bill! Te ves… hermoso y cansado, ¿estás bien? — preguntó con preocupación real.

— Solo un fin de semana largo, Brian. — mentí, forzando una sonrisa. — Oye… ¿sigue en pie la invitación que me dijiste hace unos días? Me vendría bien una salida…

Los ojos de Brian se iluminaron. — ¡Claro que sí! Esta noche si quieres. Paso por ti a las siete.

— Perfecto. A las siete. — asentí. Regresé a la mesa con el corazón acelerado. Había dado el primer paso. El plan era simple: borrar el rastro de Tom con la amabilidad de Brian. Pero mientras me sentaba, no pude evitar mirar hacia la puerta de la cafetería, con el miedo irracional de que un coche negro apareciera de la nada y un hombre de trenzas viniera a buscarme pidiendo explicaciones del por qué me fui ayer.

— Bien hecho, Bill. — me felicitó Gustav. — Esta noche empieza tu desintoxicación. — hice una mueca formando una línea recta en mis labios mientras me tomaba de un sorbo mi café.

&

A las siete en punto, el auto de Brian —uno de estilo japonés, práctico, limpio y que definitivamente no gritaba que era becado— se estacionó frente a mi casa.

No me había esforzado en lucir guapo. Quería ser el Bill de siempre porque consideraba que no era un momento en el cual debía destacar. Brian bajó del auto con un ramo pequeño de flores silvestres y esa sonrisa genuina tan suya.

— Estás increíble, Bill. — dijo, abriéndome la puerta del coche para dejarme subir.

Fuimos a un restaurante italiano acogedor, de esos con manteles de cuadros y velas en botellas de vino. Era todo lo opuesto al pensamiento que tenía de él por las razones que había mencionado antes pero había un pequeño problema… Brian no paraba de hablar sobre su proyecto de fin de curso y de cómo esperaba conseguir una pasantía en una revista local. Era una conversación segura. Era… «normal» …entre comillas.

— Entonces le dije al profesor que el minimalismo está sobrevalorado. — reía Brian mientras servía un poco de vino en mi copa. — A veces lo que importa es la calidez, ¿no crees?

— Sí, totalmente. — respondí, aunque mi mente me traicionó por un segundo. Recordé la voz de Tom corrigiendo al tío John sobre inversiones sostenibles y lo irritante que se limpiaba los labios. Sacudí la cabeza internamente.

«Concéntrate, Bill. Calidez. Brian. Normalidad.»

Uff, que difícil que era.

La cena fluyó sin contratiempos a decir verdad. Brian era un caballero… me escuchaba, se reía de mis chistes malos y no intentaba poseerme con la mirada. Pero, a medida que avanzaba la noche, el silencio del teléfono en mi bolsillo me quemaba. No lo había encendido desde la mañana.
Estaba pensando muchísimo—aunque no quisiera—en este Tom.

— ¿Bill? ¿Sigues ahí? — preguntó Brian, tocando suavemente mi mano sobre la mesa. Su tacto era cálido, pero no me hizo dar el respingo eléctrico que sentía con Tom Kaulitz.

— Sí, perdón. Solo estaba pensando en lo rico que está el postre. — mentí, dándole un bocado a mi tiramisú.

— Me alegra que hayamos salido. — dijo él, bajando el tono de voz y mirándome con una ternura que me hizo sentir como el peor mentiroso del mundo. — De verdad me gustas mucho, Bill, y sé que has estado pasando por cosas raras últimamente, pero me gustaría ser quien te ayude a relajarte.

Estaba a punto de responder algo amable cuando en la entrada de la puerta ví a ese hombre de trenzas que llevaba de adorno a una mujer con un vestido frívolo de cabello rubio. La chica era muy joven, tenía una sonrisa de publicidad odontóloga y yo sentí morir cuando sus ojos chocaron con los míos. Levantó esas cejas pobladas, provocándome un escalofrío de pies a cabeza.

El tipo que nos recibió previamente en la recepción los guiaba hasta una mesa cerca de la que compartía con Brian. La única diferencia era que Tom me daba la espalda.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones de forma repentina, solo con su presencia me ponía enfermo… y terriblemente excitado.

— ¿Bill? ¿Estás bien? Te has puesto pálido. — Brian apretó mi mano con preocupación.

— Sí, sí… solo. — tragué saliva, intentando no mirar la espalda de Tom que estaba a escasos metros. — Solo es el calor del lugar. ¿Qué decías, Brian?

— Decía que… bueno, que me gustaría que esto se repitiera. Eres especial, Bill. No como el resto de los chicos de la uni. — Brian seguía hablando, pero para mí su voz era lo de menos porque toda mi atención estaba puesta en la mesa de atrás. Podía oír la risa de la rubia y el murmuro bajo de Tom.

Parecía que se estaba aventando unos buenos chistes que yo también quería saber para reírnos juntos.

En un momento, él echó la cabeza hacia atrás para reírse de algo que ella dijo y su perfil quedó perfectamente alineado con mi visión.
La rabia empezó a sustituir al pánico.

— Sabes qué, Brian. — dije elevando un poco la voz para asegurarme de que mi tono cruzara la distancia entre las mesas. — Tienes razón, también quisiera que se repita. Me encanta estar aquí contigo. Eres tan… interesante. ¿Quieres ir a un lugar más privado?

Vi cómo los hombros de Tom se tensaban de inmediato.

Brian, ajeno al drama, se sonrojó y se acercó más a mí por encima de la mesa. — Me haces muy feliz diciendo eso. Bill, yo… uhm… — se rascó la nuca mientras miraba los cubiertos. — No quisiera ser uno más de tu lista sexual, quiero las cosas bien… ¿me entiendes?

— Brian, solo aprovéchame. Conozco un lugar más tranquilo donde podemos… relajarnos de verdad.

Brian sonrió de lado con una mirada un poco sexy. Me levanté obligando a Brian a hacer lo mismo. Para salir del restaurante, teníamos que pasar forzosamente por el lado de su mesa. Caminé con la cabeza en alto, intentando proyectar seguridad que no sentía, pero cuando pasé justo al lado de él, Tom estiró una pierna por debajo de la mesa, casi haciéndome tropezar.

Me detuve en seco y bajé la mirada. Él ni siquiera me miró a los ojos; seguía jugueteando con su copa de vino, hecho el tonto.

— Vamos. — continuó Brian dándole una mirada de pocos amigos al chico de trenzas. Salimos del restaurante con la adrenalina disparada en contextos diferentes. Brian caminaba a mi lado con el pecho inflado, probablemente ansioso, pero yo solo sentía el calor que me provocaba Tom.

Al subir a su auto japonés, el silencio se sintió extrañamente denso. Brian no perdió el tiempo; arrancó el motor y puso una mano sobre mi rodilla, apretando con suavidad en silencio.

Mi corazón iba a mil por hora.

Llegamos a un motel a las afueras de la ciudad. El letrero parpadeaba con luz azulada que bañaba el rostro de Brian. Él pagó la habitación—recibiendo a cambio dos preservativos—con una mezcla de nerviosismo y entusiasmo que me hizo sentir una punzada de culpa pero ya estaba aquí.

Brian cerró la puerta y, sin decir una palabra, me rodeó la cintura con sus brazos, pegándome a él.

— Bill… no sabes cuánto tiempo he esperado esto y no pensé que fuera tan repentino. — susurró contra mi cuello. Empezó a besarme, y aunque sus labios eran suaves y su tacto era cuidadoso, mi cuerpo se sentía rígido. Brian era bueno, era dulce, pero no era rudo, no tenía ese olor a peligro y no tenía ese maldito piercing que me pone malo.

Me dejé caer en la cama con él encima. Brian empezó a quitarse la chaqueta, visiblemente impaciente.

— Bill, te juro que voy a ser… —empezó a decir, pero su frase fue interrumpida por el sonido de mi teléfono vibrando sobre la mesa de noche. Lo había encendido al salir del restaurante sin darme cuenta y la pantalla se iluminó repetidamente.

10 llamadas perdidas de: Mal hombre.
1 mensaje de texto.

Estuve a punto de ignorarlo, pero Brian se detuvo un segundo al ver la luz. Aproveché ese instante para estirar el brazo y leer la notificación que apareció en la pantalla bloqueada:

|¿Tan rápido me cambió?|

Ignoré la pantalla de mi teléfono como si fuera una publicidad molesta. Bloqueé el aparato y lo dejé boca abajo, sintiendo la mirada de Brian fija en mí.

— No es nadie importante… — dije, rodeando su cuello con mis brazos para atraerlo de nuevo hacia mí. Quería convencerme de que esto era lo que necesitaba… alguien que pidiera permiso, alguien que me viera con ternura.

Brian sonrió, aliviado, y volvió a atacar mi cuello. Sus besos eran cálidos, constantes, pero mi mente era una traidora. Cada vez que cerraba los ojos veía los ojos miel de Tom en la oscuridad de su departamento. Cada vez que Brian me acariciaba el costado, esperaba el apretón rudo de Tom que me dejaba sin aliento.

— Bill… — susurró Brian, subiendo su mano por debajo de mi camiseta. Su piel estaba un poco sudorosa por los nervios.

Me esforcé por gemir, por mostrar entusiasmo. Me dejé llevar cuando empezó a desabotonar mis pantalones, pero el silencio del motel se sentía demasiado vacío. Faltaba esa electricidad que te hace sentir que estás cometiendo un pecado delicioso.

Justo cuando Brian estaba bajando mis pantalones por mis muslos, el teléfono volvió a vibrar. Y luego otra vez. Y otra. No eran mensajes, eran llamadas sucesivas que hacían que el aparato bailara sobre la madera de la mesa.

— Joder, Bill, parece urgente. — masculló Brian, deteniéndose con evidente frustración.

— Ignóralo, de verdad. — pedí, aunque mi voz ya no sonaba tan segura. Pero entonces, un sonido diferente nos hizo saltar a ambos. No venía del teléfono, sino de afuera. La puerta fue tocaba tres veces seguidas.

— ¿Qué demonios…? — Brian se levantó un poco para acomodarse la ropa e ir a abrir.

Tom estaba ahí bien disfrazado de un mayordomo con una charola en manos. No sé cómo, pero el muy imbécil me había seguido. Mi corazón dió un vuelco, no voy a negarlo.

— ¿Pasa algo? — cuestionó Brian mientras ponía su peso en la puerta y yo trataba de esconderme estúpidamente en el sofá aunque ya me había visto.

— Tenemos un inconveniente… verá… un coche estilo japonés afuera, está mal estacionado y la grúa se lo está llevando. Me comenta la recepcionista que lo vió a usted bajar de ahí, ¿eso es cierto?

— ¡Oh, por dios no! — salió gritando Brian como un loco por los pasillos. — ¡El auto de mi amigo!

El caos se desató en un segundo. Brian se había ido con los pantalones a medio abrochar, gritando incoherencias sobre el seguro y su amigo, dejándome solo con el eco de sus pasos frenéticos por el pasillo.
No alcancé a suspirar cuando la puerta—que Brian había dejado entreabierta—se abrió de par en par con un golpe seco.

Tom entró como si fuera el dueño del edificio. No traía la ropa de hace rato, solo una camiseta blanca que marcaba sus hombros tensos e hizo encogerme en el sofá. No dijo ni una palabra. Muy eficiente agarró mi chaqueta y mis botas del suelo, lanzándolas hacia la cama, y luego se dirigió directamente hacia mí.

— Tom, ¿qué haces…? — alcancé a decir antes de que su mano rodeara mi cintura. Sin el menor esfuerzo, me levantó y me cargó como si fuera un saco de papas, acomodando todo mi peso sobre su hombro izquierdo. Mi estómago chocó contra su músculo firme y el mundo se puso del revés. — ¡Bájame, Tom! ¿¡qué haces!? — protesté, golpeando su espalda con mis puños, pero era como pegarle a una pared de concreto.

— Cállate, Bill. — decía mientras recogía perfectamente mis cosas sin excepción.

Salió de la habitación con zancadas largas. Yo pataleaba, muerto de vergüenza, mientras cruzábamos el pasillo del motel. Tom llevaba mis pertenencias apretadas bajo su otro brazo y no se detuvo ante las miradas curiosas de un par de personas que se asomaron a sus puertas por el escándalo.

Al salir al estacionamiento, la escena era digna de una comedia trágica. A unos metros, Brian estaba frente a un hombre gordo con uniforme de grúa que enganchaba el parachoques de aquel auto japonés.

— ¡Espere! ¡Es un error! ¡Puedo moverlo ahora mismo! — suplicaba Brian, tan concentrado en salvar el coche de su amigo que no se dio cuenta su cita estaba pasando justo por detrás de él siendo cargado al hombro.
Tom soltó una risita de maldad, como si fuera triunfal ajustando mi peso, y me dio una palmadita en el trasero antes de seguir caminando hacia el coche negro.

— Adiós. — susurró Tom para sí mismo, con un veneno delicioso en la voz. Al llegar al coche abrió la puerta del copiloto con una mano, me dejó caer en el asiento con brusquedad que me dejó sin aliento y arrojó mis cosas al suelo del auto. Antes de que pudiera reaccionar para abrir la puerta, él ya estaba rodeando el capó y sentándose en el lugar del conductor, poniendo el seguro definitivo.

Arrancó el motor y el coche salió disparado del motel, dejando atrás la grúa y a un Brian que seguía peleando por un auto que ya estaba en el aire.

— ¿¡Estás loco!? — le grité, acomodándome el pelo y tratando de recuperar mi dignidad. — ¿¡Cómo pudiste hacer eso!? ¡estaba con Brian y tenía que quedarme ahí! — Tom no me miró. Tenía las manos fijas en el volante, los nudillos blancos y la mandíbula apretada. — ¡Te estoy hablando!

— Solo escucho puro bla bla bla, mi mi mi y taka taka. — se burló mientras reía.

— ¡Idiota! ¿¡Por qué no te vas a seguir riendo con la rubia, estúpido!?

— La rubia era una clienta, que no se te olvide en lo que trabajo. — soltó girando el volante con violencia controlada hasta que frenó de golpe fuera de mi casa, casi haciéndome golpear la frente con el cristal del auto.
Tom se bajó de este para abrirme la puerta, sacarme nuevamente como un bulto de papas junto con mis cosas y meterme al interior de la casa luego de que la sirvienta abriera la puerta.

Me subió a oscuras hasta la habitación y en cuanto entramos, Tom cerró la puerta con el pie y me soltó sobre la cama sin delicadeza alguna.
Caí de espaldas, rebotando en el colchón, mientras él tiraba mi chaqueta y mis botas a un rincón como si fueran basura. Me incorporé de inmediato, con el pelo cubriéndome media cara y los ojos echando chispas.

— ¡Eres un animal, Tom! — le grité, intentando ponerme de pie, pero él dio un paso al frente, invadiendo mi espacio personal y obligándome a retroceder hasta que mis corvas chocaron con el borde de la cama. — ¡No tenías ningún derecho a sacarme de ahí! Brian es… él es…

— ¿Él es qué, Bill? — Tom se burló, inclinándose sobre mí hasta que nuestras narices casi se rozaron. Su respiración era errática y el olor a tabaco inundó mis sentidos, debilitándome las piernas. Por su aliento deduje que había tomado demás. — ¿De verdad ibas a dejar que ese tipo pusiera sus manos donde yo puse las mías hace menos de 48 horas? ¿Tan poco te valoras o tan poco me respetas? ahora entiendo por qué no me contestabas.

— ¿¡Y qué!?

— No sé. — se puso una mano en la cintura y la otra rascaba su frente mientras me miraba. — No sé por qué lo hice solo sé que acabo de sentir vergüenza por mí mismo, ¿puedes creerlo? — dicho esto Tom abandonaba mi habitación y próximamente mi casa.

&

A la mañana siguiente, no fue la alarma lo que me despertó, sino el bombardeo incesante de notificaciones en mi teléfono.
Con los ojos entrecerrados, estiré la mano hacia el móvil.

Era DCOPN.
La página de la universidad que todos amábamos odiar.

Mis dedos temblaron al deslizar la pantalla. Lo primero que vi fue una foto tomada desde un ángulo bajo y con la iluminación azulada y barata de un letrero de neón. Era yo. Estaba entrando al motel con Brian, quien se veía claramente con esa sonrisa de victoria que ahora me daba náuseas.

«¿El príncipe de porcelana se volvió plebeyo? Bill Trümper, el chico de los estándares inalcanzables, visto anoche en un motel de 20 euros la hora. Parece que el presupuesto familiar se acabó o el buen gusto se tomó vacaciones.»

Y los comentarios eran una carnicería:

> ¿Ese es Brian el del sedan viejo? ¡Qué bajo ha caído Bill!

> Mírenle la cara, parece que va al matadero, no a una cita.

> ¡Después de esto ahora sé que cualquiera puede tener una cita con Bill!

— ¿Pero qué…? — un nudo se me formó en la garganta. Bloqueé el teléfono y solo me vestí con lo primero que encontré. Salí hacia la facultad, tratando de convencerme de que a nadie le importaba realmente. Me equivoqué, sí.

Después de todo así era la fama que yo mismo creé.

Al cruzar el pasillo principal hacia la cafetería, sentí que las conversaciones se detenían a mi paso. Risas contenidas y murmullos me perseguían. Hasta que una voz aguda y cargada de veneno me obligó a detenerme.

— ¡Vaya, pero si es la estrella de DCOPN! — exclamó Karina, apoyada contra los casilleros con su grupo de amigas. Ella sostenía su teléfono como si fuera una prueba judicial. — Cuéntanos, Bill, ¿el servicio de habitaciones del motel incluye chinches o solo arrepentimiento?

Sus amigos soltaron una carcajada estrepitosa. Karina se acercó, recorriéndome con una mirada cargada de superioridad.

— No puedo creerlo. Decían que tu familia tenía clase, pero irte a revolcar a un lugar donde cobran por horas… es tan low class. ¿Brian al menos te compró un café después o tuvo que ahorrar para la gasolina del coche japonés que se llevaron preso?

¿Cómo lo sabía?

— De echo, tuvo el suficiente presupuesto para llevarme a comer antes de pisar el mugroso motel. No te sientas con envidia, nena.

— Ay, Bill. Mejor mierda, amigo. — se burló ella, acercándose a mi oído para que solo yo la escuchara. — Das una lástima. — después de decirme eso se iban riendo de mi por los pasillos.
Yo solo pude respirar, apegando mi frente hacia la pared para después soltar un suspiro.

Definitivamente hoy no iba a entrar a clases y tampoco quería que Georg y Gustav me dijeran cosas que me hagan sentir más patético de lo que quería.
Tan solo doy media vuelta alejándome de la cafetería rumbo a la salida.

Caminé por el estacionamiento de la facultad con la vista nublada, sintiendo que cada par de ojos en el campus estaba clavado en mi nuca. El peso de la humillación pública era una cosa, pero la sensación de haberme fallado a mí mismo era lo que realmente me estaba asfixiando.

Solo quería desaparecer.

Continúa…

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por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

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