
Fic TOLL de Lett_kltz
Capítulo 18
Después de ese ridículo momento de perdernos en la multitud, la calma volvió a nosotros. Ahora estábamos parados en un mirador perfecto, con el viento helado de la noche parisina golpeándome las mejillas, pero no me importaba en lo absoluto. Frente a nosotros, imponente, brillante y bañada en un color dorado espectacular, se alzaba la Torre Eiffel. Mis ojos brillaban reflejando cada una de las luces. Era real. No era la réplica; estaba ahí, y era jodidamente hermosa.
No podía dejar de sonreír por cualquier tontería, completamente embobado con el paisaje, sintiéndome el dueño del maldito mundo. De pronto, aparté un segundo la vista de la estructura y me fijé en Tom, que estaba parado a mi lado. Él no estaba mirando la torre. Me estaba mirando a mí, con las manos en los bolsillos de traje y una sonrisa suave, imperceptible pero increíblemente cálida adornando sus labios.
— ¿Qué? —le pregunté con un tono divertido, ladeando la cabeza mientras el viento me despeinaba el cabello.
Tom ensanchó un poco más su sonrisa, acortando la distancia entre nosotros. Su porte maduro y esa mirada penetrante me hicieron estremecer más que el frío. Siempre lo hacía… pero cada vez se sentía más fuerte y diferente.
— Nada… —murmuró con esa voz grave— Solo que me gusta verte así de feliz, Bill. De verdad.
Le sonreí de vuelta, sintiendo un vuelco delicioso en el estómago. Di un paso hacia él, acortando el espacio que nos separaba hasta que casi podía sentir el calor de su cuerpo.
— Hiciste mi sueño realidad, Tom —susurré, mirándolo desde abajo, dejando que la audacia se me subiera a la cabeza— Y ten por seguro… que te lo voy a pagar muy, muy bien.
En ese instante, la mirada de Tom cambió por completo. Sus ojos se oscurecieron, destellando con una chispa de pura malicia y deseo que me encendió todo el cuerpo. Su sonrisa se ensanchó, volviéndose peligrosamente coqueta y sacó una de sus manos del bolsillo y la deslizó con firmeza alrededor de mi cintura, pegándome a su cuerpo de un solo tirón.
— ¿Ah, sí? —ronroneó cerca de mi oído, con una voz tan baja y ronca que me erizó hasta el último vello de la nuca— ¿Y se puede saber cómo vas a hacer eso, eh?
Apoyé mis manos contra su pecho, sintiendo los latidos firmes de su corazón bajo la tela. Le mantuve la mirada, mordiéndome el labio inferior con descaro.
— Es una sorpresa… —le respondí en un hilo de voz, rozando mi nariz con la suya— Pero te aseguro que te va a encantar. Esta noche va a ser una de las mejores de tu vida, Tom.
— No dudo de tu capacidad para sorprenderme, Bill —respondió él, recorriendo con su pulgar la curva de mi cadera y apretando— Pero soy un hombre impaciente en estos momentos. No sé si pueda esperar hasta llegar al hotel para recibir un adelanto…
No me dio tiempo de responder. Tom se inclinó y me robó un beso que empezó como un simple roce, pero que rápidamente se transformó en algo mucho más salvaje. Sus labios, calientes y expertos, atraparon los míos con desesperación. Entreabrí la boca con un suspiro y él no perdió el tiempo: su lengua se abrió paso, encontrándose con la mía en un beso húmedo, lento y jodidamente profundo que me dejó sin aire.
Gimoteé suavemente contra su boca, perdiendo el control. Mis manos subieron hasta enredarse en su cabello, jalándolo sutilmente para pegarlo más a mí. El sabor a tabaco de Tom me emborrachó al instante. Nos envolvía la penumbra de la noche y, por suerte, en este rincón apartado no había nadie que nos prestara atención; solo éramos nosotros dos y unas ganas inmensas.
Tom bajó su mano por mi espalda, delineando mi columna hasta llegar a mi trasero, dándole un apretón firme que me hizo pegar un brinco y ahogar un gemido directamente en su boca. El beso se volvió más caótico y más hambriento. Podía sentir la dureza de su cuerpo presionando contra el mío, recordándome exactamente lo que me esperaba en unas horas.
Cuando finalmente nos separamos por falta de aire, un hilo de saliva nos unió por un microsegundo antes de romperse. Tom se quedó con los labios húmedos y encendidos, mirándome con una intensidad que me hizo temblar las piernas, mientras sus dedos seguían enterrados en mi cadera, marcando su territorio.
— Definitivamente —susurró, con la respiración agitada contra mi boca— Esta noche va a ser un completo desastre.
— Prepárate, porque lo será y mucho, no tienes idea de lo que te espera entre cuatro paredes… Vas a terminar muy satisfecho, Tom —le susurré al oído, rozando mis labios contra su lóbulo con lentitud.
Él contuvo el aliento, me apretó más contra su cuerpo, pegando su pelvis a la mía para que sintiera lo jodidamente duro que ya estaba por mi culpa.
— No tientes al diablo, Bill —me devolvió el susurro con una voz de excitación— Porque si sigo tu jueguito justo aquí, no vamos a llegar al hotel. Te voy a arrinconar contra esta baranda, te voy a subir las piernas a la cintura y te voy a hacer gritar mi nombre frente a toda esta maldita ciudad, sin importarme quién nos vea.
Sentí una descarga eléctrica recorrer todo mi cuerpo, pero en lugar de ceder, decidí usar un poquito de control.
Le dediqué una sonrisa astuta, de esas cargadas de pura malicia y me zafé de su agarre con un movimiento ligero. Me di la media vuelta, dejándolo con las ganas y con la respiración entrecortada, y caminé con paso lento y elegante hacia la baranda, dándole la espalda pero sin perderlo de vista por el reflejo.
Tom se quedó congelado unos segundos. Luego, soltó una risa ahogada, llena de incredulidad, y negó con la cabeza. Se dio la vuelta para darme la espalda a mí también, posando las manos en su cintura mientras miraba hacia el cielo nocturno, respirando profundamente para intentar recuperar la compostura y contener la tremenda erección que le había provocado.
Por dentro, yo me estaba carcajeando de la gloria. Me encantaba dejarlo con las ganas; ver a ese hombre tan imponente, maduro y supuestamente bajo control, teniendo que respirar hondo para no devorarme ahí mismo.
Pasaron unos largos segundos de pura tensión. De repente, escuché sus pasos detrás de mí. Tom se pasó una mano por la barba, acomodándose el saco, y se colocó justo a mi lado, apoyando los codos en la baranda. Se inclinó un poco hacia mí y, con una voz peligrosamente baja y ronca, hablo:
— Disfruta de tu papel de niño caprichoso por ahora, Bill… pero te juro que cuando estemos en esa cama, te voy a cobrar cada maldito segundo que me hiciste esperar. No vas a poder caminar mañana…
Tragué saliva…
Mis mejillas se encendieron en un rojo intenso. Intenté con todas mis fuerzas mantener mi postura “tranquila*, pero el calor me subía por el cuello y sentía que el corazón me iba a estallar. Tom me miró de reojo y, al ver mi reacción, sonrió con total suficiencia, sabiendo perfectamente que había ganado ese round.
Para aligerar las cosas y evitar que termináramos pecando contra la baranda, decidí cambiar de tema drásticamente antes de que la calentura nos consumiera.
— Por cierto… —empecé, aclarando mi garganta e intentando que mi voz sonara normal— Tengo que contarte lo que me pasó esta tarde cuando te perdí.
Tom arqueó una ceja, ahora más relajado, pero sin apartar su mirada de mí.
— ¿Ah, sí? ¿Qué pasó?
— Un hombre se me acercó. Un parisino super refinado, de esos que visten como si acabaran de salir de una pasarela. Me empezó a decir que yo «brillaba», que mi rostro, mis pómulos y mi altura eran perfectos para ser modelo. Me dio su tarjeta y me rogó que lo pensara, que sería el sueño de cualquier diseñador en esta ciudad —le conté con un tono casual, aunque por dentro mi ego seguía inflado— ¿Tú qué opinas? ¿Crees que tengo porte para eso?
Se me quedó mirando en silencio durante unos segundos, analizándome de arriba abajo con esa mirada crítica de empresario, pero también con una apreciación puramente masculina.
— Por supuesto que sí —respondió con total seguridad, asintiendo lentamente— Eres increíblemente guapo, Bill. Tienes una estructura ósea perfecta y una sensualidad innata que atrapa a cualquiera. Si te metieras en ese mundo, no tengo dudas de que serías el modelo más cotizado de la industria.
Me mordí el labio, reprimiendo una sonrisa.
— ¿Ah, sí? ¿Incluso más cotizado que Heidi? —pregunté con una falsa inocencia, mirándolo fijamente a los ojos.
Al escuchar ese nombre, la atmósfera cambió en un segundo. Tom se tensó por completo. La sonrisa coqueta que traía se le borró del rostro al instante, reemplazada por una expresión rígida. Desvió la mirada por un segundo y se aclaró la garganta, visiblemente incómodo. Sin embargo, tras recuperar la compostura, volvió a mirarme y asintió.
— Sí. Mucho más que ella, claro.
Ver su reacción y escuchar esas palabras salir de su boca fue como una inyección de adrenalina pura. Otro maldito punto para mí en este juego. No solo tenía al esposo de víbora comiendo de la palma de mi mano, sino que él mismo acababa de admitir que yo era sería muy superior a ella.
Me aclaré la garganta y para no seguir dándole relevancia a esa víbora y arruinar el ambiente, decidí cambiar de tema drásticamente con una idea que me venía rondando la cabeza desde que el parisino me dio su tarjeta.
— Bueno, cambiando de tema… estaba pensando que, si tal vez llego a contactar a ese hombre, me vendría bien un cambio de look.
Tom se tomó un momento para procesar mis palabras. Su faceta protectora y madura salió a flote de inmediato, y su mirada se volvió seria.
— Si decides llamarlo, asegúrate primero de que sea una agencia real y segura, Bill —me advirtió, cruzándose de brazos— En este mundillo hay demasiados tipos falsos que usan el cuento del modelaje para estafar o aprovecharse de la gente. Ten cuidado.
— Sí, lo sé, no te preocupes, seré cauteloso —respondí, restándole importancia con un gesto de la mano— No soy ningún tonto.
Él se me quedó mirando, detallando mi rostro antes de bajar la vista hacia mi cabello.
— ¿Y por qué querrías cambiar de imagen? —preguntó, alzando una ceja— Tu cabello se ve hermoso así, me gusta cómo te queda.
Rodé los ojos internamente.
— Ay, por favor, llevo este mismo estilo desde hace muchísimo tiempo y ya me aburre —bufé, pasándome los dedos entre los mechones— Quiero algo diferente, algo que impacte. Ya veré qué hago, lo voy a pensar bien y me lo cambiaré.
— ¿Y se puede saber qué tienes en mente? —indagó con curiosidad.
— Ya lo verás en su momento… —le dediqué una sonrisa misteriosa— No te adelantes.
Justo en ese momento, una ráfaga de aire mucho más helada nos golpeó de frente, haciéndome encoger de hombros. El clima parisino no perdonaba, pero yo todavía no quería encerrarme. Miré a Tom a los ojos, di un paso hacia él y le pasé la yema del dedo índice por el mentón, delineando su mandíbula con lentitud.
— Hace frío… Demos una última vuelta por el lugar antes de… ir al hotel —susurré, arrastrando las palabras con sensualidad y descaro.
Me di la vuelta sobre mis talones y empecé a caminar, dándole un leve movimiento a mis caderas y haciéndole una seña con el dedo para que me siguiera. Escuché la risa baja de Tom detrás de mí, ese sonido ronco que me volvía loco, y sus pasos firmes no tardaron en alcanzarme.
Caminamos por las calles iluminadas durante casi una hora, perdiéndonos entre los callejones, tomados de la mano en la oscuridad y disfrutando de la compañía del otro. El tiempo se nos fue volando entre risas, miradas y pasos, hasta que finalmente el cansancio y la anticipación nos ganaron. Tom estiró la mano, le hizo la parada a un taxi y nos subimos.
El trayecto al hotel fue puro sufrimiento. En el asiento trasero, la mano de Tom se posó en mi muslo, apretando con urgencia, haciendo que se me cortará la respiración mientras yo fingía mirar por la ventana con una sonrisa.
Cuando el auto se detuvo frente al lujoso hotel, Tom pagó de prisa. Bajamos y caminamos por el lobby a paso rápido, casi flotando por la adrenalina. Subimos al ascensor en silencio, devorándonos con la mirada mientras los números avanzaban. En cuanto el aparato pitó y las puertas se abrieron, caminamos hacia la habitación. Tom metió la tarjeta, la cerradura sonó y entramos.
La puerta ni siquiera se había terminado de cerrar por completo cuando Tom me tomó de los hombros, me giró con brusquedad y me estrelló contra la madera, atrapándome con su cuerpo. No se esperó ni un maldito segundo más porque me quitó la chaqueta de un tirón. Sus labios cayeron sobre los míos con fuerza, un beso hambriento que me hizo gemir al instante. Su lengua entró en mi boca mientras sus manos bajaban a mis caderas para pegarme a su erección, que ya se sentía enorme y rígida contra mis jeans.
Le seguí el beso con la misma intensidad durante unos segundos, enredando mis dedos en su cabello y entregándome por completo al fuego, sintiendo cómo la habitación se volvía un jodido horno… pero, justo cuando él metió una mano por debajo de mi polera, tocando mi piel desnuda con desesperación, reuní las últimas fuerzas de mi voluntad, apoyé las manos en su pecho y lo aparté firmemente.
Tom se separó apenas unos centímetros, con la respiración entrecortada, los labios húmedos y los ojos completamente desconcertados.
— Estás muy caliente, Tom… —le dije en un hilo de voz, jadeando, mientras le acomodaba el cuello del saco con una sonrisa astuta— Es mejor que te vayas a dar una ducha primero. Cuando salgas… estarás más fresco para todo lo que viene.
Tom negó con la cabeza de inmediato, su mandíbula tensándose mientras me miraba con súplica.
— No, Bill… al diablo la ducha —gruñó, intentando volver a atrapar mis labios— Te quiero ahora.
— No, no, no —negué, poniéndole un dedo en los labios, deteniéndolo con total firmeza— Dije que vayas a la ducha. Anda. Yo aquí te espero.
Tom me sostuvo la mirada, respirando de manera pesada, debatiéndose entre tomarme a la fuerza contra la puerta o hacerme caso. Al final, soltó un bufido de pura frustración, sabiendo que conmigo no iba a ganar esa batalla. Se pasó una mano por la cara, me dio un último y posesivo apretón en la cintura y se dirigió al baño arrastrando los pies, completamente derrotado.
En cuanto escuché la puerta del baño cerrarse y el sonido del agua de la ducha empezar a caer a lo lejos, solté una carcajada silenciosa. Me mordí el labio, mirando hacia el techo mientras me quitaba la polera negra. Me quedé únicamente en jeans, total, de los pantalones se encargaría Tom en cuanto saliera de ese baño.
Justo cuando iba a la habitación, recordé el servicio a la habitación que pedí antes de salir del hotel, había ido para pedir fresas frescas y un tazón de chocolate líquido espeso. Me reí internamente al recordar la cara del empleado del hotel cuando le dije mi pedido; el pobre me había mirado con una sorpresa enorme, pero yo solo le había sonreído, guiñándole un ojo ¡Que se imagine lo que quiera!
Fui hacia la pequeña sala de la suite y, efectivamente, ahí estaba el elegante carrito, incluso le habían puesto champagne, increíble. Lo empujé con cuidado de regreso al cuarto, colocándolo justo al lado de la cama.
Antes de que Tom saliera, caminé hacia un pequeño espejo de la habitación para darme el visto bueno. Me acomodé un poco el cabello con los dedos, dándole ese aspecto despeinado pero jodidamente sexy, y me miré de arriba abajo. Mi piel clara contrastaba a la perfección con la mezclilla oscura de mis jeans. Sonreí con suficiencia. Estaba perfecto, increíble y muy follable.
Para darle el toque final y erotismo a la escena, caminé por la habitación y apagué las luces. El cuarto quedó sumido a oscuras, siendo iluminado únicamente por la línea de luz blanca que se colaba por debajo de la puerta del baño.
Me senté en el borde de la cama, cruzando una pierna sobre la otra. Después de unos minutos la puerta del baño finalmente se abrió, dejando escapar una densa nube de vapor caliente que olía a jabón y shampoo.
Tom salió a paso lento, vistiendo únicamente una toalla blanca amarrada a la cadera, dejando al descubierto su abdomen marcado y las gotas de agua que todavía resbalaban por su pecho. Tenía el cabello suelto y húmedo, cayéndole un poco sobre la cara. Al encontrarse con la habitación sumida en la más completa oscuridad, se detuvo en seco, intentando acostumbrar sus ojos a la penumbra.
— ¿Bill? —soltó en un murmullo, buscando mi silueta.
— Solo acércate a la cama… —le respondí desde las sombras.
Escuché sus pasos firmes sobre la alfombra hasta que su imponente figura quedó justo frente a mí. Yo seguía sentado en el borde del colchón, así que tuve que levantar la mirada para recorrerlo por completo.
Estiré y alcancé el carrito. Tom arqueó una ceja cuando mis dedos regresaron sosteniendo una fresa, sumergiéndola lentamente en el tazón de chocolate.
— Te dije que te iba a pagar bien por este viaje… —susurré, levantándome de la cama con lentitud, quedando a solo milímetros de su pecho y el calor que emanaba de su piel me embriagó al instante.
Elevé la fresa hacia sus labios, pero justo antes de que pudiera morderla, la deslicé suavemente por su labio inferior, dejando una línea oscura y dulce, para luego bajarla por su mentón y dibujar un camino húmedo justo por el centro de su garganta, deteniéndome en la clavícula. Tom contuvo la respiración, su pecho subiendo y bajando mientras sus manos se posaban en mis caderas, apretando con una urgencia que me hizo soltar un jadeo bajo.
— Eres un maldito demonio provocador, Bill —gruñó, con la voz rota por la necesidad.
No lo dejé hablar más. Dejé la fruta sobre el carrito y me incliné para lamer el chocolate de sus labios antes de atrapar su boca en un beso. Tom soltó un gruñido ronco desde el fondo de su garganta y me pegó contra su cuerpo, enterrando sus dedos en mi cintura como si quisiera fundirme con él. Su lengua atacó la mía reclamándome, mientras el sabor dulce del chocolate se mezclaba con nuestra saliva caliente.
Gimoteé contra sus labios cuando una de sus manos bajó hacia mis pantalones, buscando el botón de mis jeans. Con un movimiento rápido, me empujó hacia atrás, haciéndome caer de espaldas sobre el colchón. Se posicionó de inmediato entre mis piernas, atrapándome con su peso, mientras sus ojos oscuros me devoraban.
— Se acabó el juego, Bill —susurró contra mi cuello, dejando un beso húmedo y una mordida suave que me hizo arquear la espalda— Ahora eres mío.
— Todavía no, Tom… —le susurré contra los labios, deteniendo sus manos con firmeza sobre mi cintura— Te dije que esto era una sorpresa, y a mí me gusta jugar un ratito antes del plato principal.
Tom soltó un gruñido de frustración, pero antes de que pudiera protestar, puse mis manos en sus hombros y lo empujé. Cedió, dejándose caer de espaldas sobre el colchón. Aproveché el movimiento para acomodarme a horcajadas sobre él, sentándome directamente sobre su regazo. A través de la tela de mis jeans y de su toalla, podía sentir la enorme y rígida silueta de su miembro presionando contra mí, ya bien despierta y lista para ser atendida.
Estiré el brazo hacia el carrito sin romper el contacto visual y acerqué el tazón de fresas. Unté la primera fruta en el líquido espeso, llevándola a su boca. Tom la mordió sin apartar sus ojos de los míos, devorándola con una intensidad que me encendió el triple. En cuanto tragó, me incliné y lo besé, saboreando el rastro dulce del chocolate atrapado entre nuestras lenguas en un vaivén lento y húmedo.
Cuando nos separamos, relamí mis propios labios y tomé otra fresa, bañándola en aún más chocolate, pero esta vez, no se la di a probar.
Con lentitud, deslicé la fruta por su barbilla, dejando una línea húmeda. Bajé por su cuello, escuchando cómo Tom tragaba saliva pesadamente, y continué el camino por su pecho, delineando sus pectorales y perdiéndome por la línea de su abdomen. Fui bajando y bajando, dejando un rastro oscuro sobre su piel, hasta que la fresa chocó contra el borde blanco de la toalla que cubría su cadera.
Le di una última mirada a Tom de reojo. Su respiración era un desastre, rápida y superficial, con sus manos detrás de su cabeza como un soporte, deleitándose ante la vista.
Sonreí y con los dedos libres, enganché el nudo de la toalla y lo desabroché de un solo tirón, dejándola caer a un lado. Su pene completamente al descubierto en la penumbra de la suite me hizo tragar saliva como siempre. Dejé la fresa de lado y la sustituí por mis dedos, recogiendo una generosa cantidad de chocolate, y lo unté directamente ahí, sobre la piel de su entrepierna y la base de su miembro. Tom movió un poco las caderas, soltando un jadeo ronco y ahogado..
— Bill… te juro que me estás matando —gruñó, con la voz completamente rota por el deseo.
— Te dije que te iba a pagar bien, ¿no? —ronroneé, inclinándome hacia adelante para empezar a lamer el chocolate de su piel, mientras mi cabello caía como cortina.
Primero le di una lengüeteada lenta, saboreando el dulzor mezclado con el calor abrasador de su cuerpo, haciéndolo estremecer por completo. Tom soltó un gemido ronco y, sin piedad, empecé dándole una buena y profunda mamada, usando mis labios y mi lengua para recorrerlo de arriba abajo con un ritmo pausado que lo estaba volviendo loco.
Tom pareció perder el control porque sus manos viajaron directo a mi cabeza, enredando sus dedos en mi cabello para empujarme sutilmente más hacia él, buscando desesperadamente más de mi boca.
Cuando sentí que estaba a punto de llegar a su límite, me detuve a propósito, regalándole una mirada de burla desde abajo.
Me impulsé hacia arriba de nuevo, gateando sobre su cuerpo. Detuve mi boca en sus abdominales, lamiendo el rastro de chocolate que había quedado en su abdomen, sintiendo cómo sus músculos se contraían bajo mis labios cada vez que mi lengua pasaba por ahí. Subí un poco más, dejando besos húmedos y calientes por su pecho, subiendo por su cuello hasta que mi boca volvió a encontrarse con la suya.
Tom estaba ardiendo en fiebre por mi culpa. Me atrapó las caderas, dándome un giro brusco para ponerme a mí de espaldas contra el colchón, posicionándose encima de mí de nuevo.
— Ahora es mi turno, Bill —gruñó contra mi boca, desabrochando mis jeans de un solo tirón. Atrapó mis muñecas contra el colchón con una sola mano, mientras con la otra estiraba el brazo hacia el tazón.
Tomó una fresa y la aplastó suavemente contra mis labios, obligándome a abrirlos. Mordí la fruta, sintiendo el jugo dulce mezclarse con el chocolate, pero antes de que pudiera terminar de tragar, la boca de Tom cayó sobre la mía.
— Mhmm… —ahogué un gemido directamente en su garganta mientras su lengua jugaba con la mía.
Sus caricias bajaron de mis muñecas a mis costados, sus manos grandes y ásperas delineando mis costillas haciendo que arqueara la espalda. Cada roce suyo me quemaba la piel. Tom bajó los besos por mi barbilla, mordisqueando mi cuello, dejándome marcas que seguramente al día siguiente harían que tuviera que usar bufanda, pero en ese momento me importaba una maldita mierda.
— Eres una puta delicia, Bill —susurró contra mi piel, con la respiración tan agitada que me hacía estremecer.
Con un movimiento suave, Tom volvió a tomar otra fresa, pero esta vez la pasó por mi pecho, dibujando círculos alrededor de mis pezones. Solté un jadeo alto cuando su boca bajó para lamer el rastro del dulce directamente de mi cuerpo, succionando uno de ellos con una fuerza que me hizo enterrar las uñas en sus hombros, aferrándome a su espalda para no flotar.
La tensión en mi entrepierna era insoportable; sentía su miembro rozar impaciente contra el mío, ambos buscando desesperadamente romper la última barrera. Tom alzó la mirada, con los ojos oscurecidos por completo y el cabello húmedo cayéndole por la frente, dándole ese aspecto de depredador que era más excitante.
Enganchó mis piernas y las subió a sus hombros con total facilidad, abriéndome por completo para él. Me quedé sin aliento al sentir la cercanía de su pene presionando entre mis nalgas, lista para terminar con la tortura.
— Mírame, Bill —ordenó con una voz ronca, autoritaria y jodidamente sexy.
Le sostuve la mirada con los ojos entreabiertos, jadeando, con los labios manchados y el corazón latiéndome en las orejas. Él estiró una mano hacia la mesita de noche y tomó un frasco de lubricante.
Vertió una cantidad grande en su palma y posó su mano en mis muslos, abriéndome un poco más.
Contuve el aliento cuando sentí el primer dedo presionar contra mi entrada. Tom empujó con suavidad, deslizándose hacia mi interior mientras usaba su otra mano para acariciar mi cadera. Solté un gemido agudo, enterrando las uñas en su piel mientras sentía cómo me estiraba. Luego entró un segundo dedo, moviéndose con un ritmo constante, lento y tortuoso que me hizo arquear la espalda, buscando instintivamente más de ese contacto que mandaba chipas eléctricas por todo mi cuerpo.
— Ahm… T-Tom… ya… —rogué en un hilo de voz, con la frente perlada de sudor y los labios temblando.
Tom sacó los dedos de golpe, haciéndome soltar un quejido por el vacío, y se posicionó de inmediato en el centro. Sostuvo mis piernas con firmeza sobre sus hombros y, sin darme tiempo de procesarlo, empujó hacia adelante.
Su miembro entró de un solo golpe, llenándome por completo.
— ¡¡Aah!! —el grito se me escapó de la garganta, mientras mis ojos se abrían de golpe, fijos en el techo soltando un par de lágrimas.
Me quedé completamente congelado, asimilando. Él también se detuvo, con los brazos temblando por el esfuerzo de contenerse, los músculos de su espalda completamente tensos y las venas de su cuello marcadas. Esperó unos segundos, dejando que mi cuerpo se acostumbrara a su tamaño, antes de inclinarse para devorarme la boca, silenciando mis jadeos.
Y entonces, empezó a moverse.
Al principio fueron embestidas lentas que me hacían gemir directamente contra sus labios, pero rápidamente el ritmo se volvió salvaje. Tom empezó a dar estocadas profundas y jodidamente duras que me hacían rebotar contra el colchón. La habitación se llenó de un eco caótico: el crujido de la madera de la cama, el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando sin piedad y mis gemidos, que ya no podía ni quería controlar.
— ¡Ah, ahm! ¡Tom… más… más! —le supliqué, completamente desquiciado por el placer, perdiendo la cordura en sus brazos.
Tom soltó un gruñido salvaje, incrementando la velocidad. Cada embestida suya tocaba ese punto exacto dentro de mí que me hacía ver estrellas, haciéndome soltar lágrimas de puro éxtasis que se perdían en mis sienes. Sus manos viajaron a mi cintura, clavando los dedos con tanta fuerza que estaba seguro de que me dejaría marcas al día siguiente, pero solo me importaba el fuego que nos estaba consumiendo.
Fueron cinco minutos más de puro frenesí, una eternidad de placer. Tom incrementó la velocidad hasta volver el ritmo completamente desquiciado; cada embestida suya era más profunda, más implacable, hundiéndose en mí con una fuerza que me hacía perder el aire y clavar los dientes en mi propio labio para no despertar a todo el piso del hotel.
Yo estaba completamente ido, con los ojos en blanco y arqueando la espalda en cada golpe, entregado a ese compás que nos estaba llevando directo al abismo.
Hasta que, con una última estocada profunda que me hizo gritar su nombre contra su cuello, Tom se tensó por completo, gruñendo desde lo más hondo de su pecho mientras se corría dentro de mí, derramando todo semen en mi interior en oleadas ardientes. Yo me vine al mismo tiempo, colapsando en espasmos encima de su abdomen.
Nos quedamos flotando, jadeando exhaustos, cubiertos de sudor y con el corazón latiéndonos a mil. Tom dejó caer su peso sobre mí, respirando contra mi oído mientras yo todavía sentía su pene relajándose lentamente dentro de mí. Una sensación jodidamente íntima y caliente.
En cuanto recuperé un poco el aliento y la fuerza en las piernas, le di un suave empujón en el hombro, regalándole una sonrisita.
— Espera… muévete, Tom —le susurré con la voz todavía temblorosa.
Él se hizo a un lado con un quejido perezoso, mirándome con los ojos entreabiertos en la penumbra pero sin reprochar o preguntar nada. Me bajé de la cama como pude, sintiendo un hilo de líquido cálido correr por mi muslo, y me enrollé rápidamente en una de las mantas de seda de la cama. Caminé a paso lento y cojeante hacia mi mochila fuera de la habitación que había quedado cerca.
Antes de llegar al hotel, me había escapado a una pequeña tienda exclusiva para comprar un par de juguetitos sexuales a escondidas de él. Quería asegurarme de que esta noche fuera inolvidable, y apenas estábamos empezando.
Busqué en el fondo de la mochila y saqué lo que quería. Me di la vuelta, regresando a la habitación con paso firme y dejando que la manta se deslizara un poco por mi hombro. Al llegar al borde de la cama, levanté la mano derecha con una sonrisita maquiavélica, haciendo sonar el tintineo metálico de unas esposas negras de cuero y acero frente a sus ojos.
Tom, que seguía tirado a mitad del colchón recuperando el aire, miró las esposas y luego me miró a mí. Una sonrisa lenta y sumamente complaciente se dibujó en sus labios, fascinado por mi nivel de perversión.
— Te dije que la noche iba a ser larga… —le guiñé un ojo, listo para la segunda ronda.
Continúa…
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