

Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 36: Unexplainable feelings
Mis manos aún estaban temblando.
No podía procesarlo, no podía respirar.
Tom… era Tom y peor aún, con Leandro diciendo que era como su hijo. Era una broma, tenía que serlo, porque si no lo era, significaba que mi suerte era una mierda y que el universo me odiaba.
No sé cuánto tiempo me quedé mirándolo, pero mi cuerpo decidió reaccionar antes de que mi cerebro pudiera ponerse al día.
— Leandro, fue un placer, pero necesito salir un momento — escuché mi propia voz, y antes de que nadie pudiera decir nada más, agarré a Andy del brazo y me fui de ahí como alma que lleva el diablo.
Lo último que oí antes de girar por el pasillo fue la voz de Tom.
— ¿Bill…?
Su tono era una mezcla de sorpresa y duda, pero no me detuve.
No.
No, no, no.
Salimos disparados de la oficina, ignorando las miradas curiosas de los empleados mientras arrastraba a Andy hasta la salida. Cuando por fin alcanzamos un taxi, me metí de un salto y respiré hondo.
No servía de nada, mi corazón seguía acelerado.
— Bill… — Andy me miró con los ojos bien abiertos, cerrando la puerta del taxi tras él — ¿Qué demonios acaba de pasar?
Miré fijamente al frente, todavía intentando que mi cerebro se reiniciara.
— ¿Qué?
— ¿¡Qué de qué!? — gesticuló exageradamente, señalando con la mano hacia la empresa como si eso explicara todo — ¡¿Me puedes explicar por qué carajos salimos corriendo por segunda vez en el día?!
Abrí la boca para decir algo, aunque no tenía idea de qué.
— Yo…
— Espera — Andy entrecerró los ojos, analizándome como si fuera un experimento raro — Es él, ¿Verdad?
Me quedé en silencio.
— ¡Mierda, es él! — se giró completamente hacia mí, emocionado y en shock al mismo tiempo — ¡Era Tom! ¡Tu Tom!
Fruncí el ceño.
— No es «mi» Tom.
— ¿Ah, no? Bueno, entonces qué conveniente que ese no-Tom trabaja en la misma empresa que nosotros. ¡Qué suerte la tuya!
— ¿Podemos no hacer de esto un drama?
— ¿No hacer un drama? — repitió con burla — Bill, saliste corriendo como si hubieras visto a la muerte en persona. Si eso no es drama, no sé qué lo es.
Me froté la cara con ambas manos.
— No puedo creer esto… No puedo creerlo.
— Oh, créelo, porque ahora te jodiste pero bien.
El taxista nos miró por el retrovisor con curiosidad, y Andy le sonrió como si nada.
— No nos haga caso, señor. Solo estamos en crisis.
Apoyé la cabeza en el respaldo, mirando por la ventana. Tom, estaba aquí y no solo eso, trabajaba con Leandro, ¿Por qué? ¿Cómo? Lo peor de todo es que Andy no paraba de hablar. No dejó de hacer comentarios, preguntas y teorías innecesarias sobre la situación.
— A ver, Bill, es que tienes que admitir que esto es un nivel de coincidencia casi paranormal. El universo quiere que te jodas, no hay otra explicación.
Lo ignoré.
— Y dime, ¿Qué se siente ver a tu ex después de tanto tiempo? ¿Sientes que te desmayas? ¿Que vomitas? ¿Ambas?
Seguí en silencio.
— Si necesitas llorar, dime. Si quieres gritar, dime. Si quieres huir a otro país, yo apoyo.
Entramos al edificio y subimos al ascensor. Andy todavía no se callaba.
— Aunque pensándolo bien, tal vez esto es el destino dándote una segunda oportunidad.
Rodé los ojos.
— No empieces con tus estupideces.
— ¡Pero es que no puede ser! ¿Cuántos años sin verlo? ¿Uno? ¿Dos? Y ahora, BOOM, está en la misma empresa en la que trabajas. Seguro si buscas en Google “mala suerte” sale tu cara.
Me limité a caminar más rápido hasta la puerta de nuestro departamento.
— Bill, en serio, hablemos. Podemos analizar esto juntos, podemos hacer una estrategia, podemos…
Abrí la puerta, entré a mi habitación y le cerré en la cara.
— ¡¿En serio?! — escuché su queja desde afuera — ¡Bill, esto no es justo!
Me apoyé contra la puerta y solté un suspiro largo, ¿Qué carajos iba a hacer?
Fui hasta la cama y me tiré de espaldas, con la vista en el techo. Podía seguir ignorando a Tom. Tal vez ni siquiera pasaría por la empresa tan seguido. Quizás hoy solo había sido una coincidencia.
Sí. Eso tenía que ser, pero entonces, su voz volvió a mi cabeza.
«¡Entre tú y yo nunca va a pasar nada! Si alguna vez te amé, entonces gracias a Dios lo olvidé. Porque ahora, solo con verte, me das asco.»
Cerré los ojos con fuerza.
No… esto no era un maldito obstáculo. Era mi trabajo, solo eso. No podía darme el lujo de actuar como un adolescente inmaduro que huye al ver a su ex. No.
Tenía que pensar con la cabeza fría.
Tom no importaba. No importaba lo que dijo hace años, no importaba lo que pasó, no importaba él. Lo único que importaba era que tenía un trabajo que hacer. Y lo haría bien, con o sin su presencia en la empresa.
Respiré hondo y me froté la cara con las manos, pero pronto comencé a cerrar los ojos…
La mañana llegó demasiado rápido.
Abrí los ojos y sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo. Qué carajos… Miré hacia un lado y, efectivamente, la maldita ventana estaba abierta. Genial. No solo no me había metido bajo las cobijas, sino que encima me dormí como un idiota encima de la cama, sin moverme en toda la noche.
Solté un suspiro pesado y me incorporé lentamente, revisando mi celular con los ojos entrecerrados. Las 8:04 a. m. Perfecto.
Con el cuerpo entumecido y el cerebro aún procesando la existencia, me arrastré fuera de la habitación. No tenía energía para nada, ni siquiera para reaccionar cuando vi a Andy ya despierto en la sala, entretenido con su celular.
— Buenos días, bella durmiente — su voz sonó burlona en cuanto me vio pasar, pero yo solo gruñí algo inentendible y me fui directo a la cocina.
Encendí la cafetera con movimientos mecánicos, como un zombi en piloto automático. En pocos segundos el aroma del café recién hecho llenó la cocina, dándome una mínima sensación de vida. Me serví una taza sin decir nada y me senté en la mesa con la mirada perdida en el líquido negro.
Andy hizo lo mismo y, después de un sorbo, me miró con una sonrisa que no me gustaba nada.
— Entonces… ¿Qué harás? — preguntó con tono expectante, moviendo las cejas de forma sugestiva.
Yo le lancé una mirada de advertencia antes de tomar un trago de mi café.
— ¿Sobre qué? — respondí con total normalidad.
— Ah, no sé, tal vez sobre el hecho de que tu ex trabaja en la misma empresa que nosotros y te quedaste en shock cuando lo viste — se inclinó hacia mí, apoyando un codo en la mesa — Digo, no es cualquier cosa.
Rodé los ojos y me encogí de hombros, como si el tema no me importara en lo absoluto.
— No haré nada — di otro sorbo a mi café, más tranquilo — No importa. No tiene nada que ver conmigo. Solo voy a trabajar.
Andy me miró fijamente, como si intentara encontrar una grieta en mi discurso.
— ¿Solo trabajar?
— Solo trabajar — reafirmé, con la misma calma.
— ¿Y si te habla?
—Lo ignoro — pensándolo bien, ¿Lo ignoraría?
— ¿Y si se acerca?
— Me alejo — ¿Me alejaría..?
— ¿Y si te pide ayuda porque ahora es huérfano, lo echaron de la empresa y se quedó en la calle con su perro enfermo?
Lo miré con una expresión muerta.
— ¿Por qué carajos tendría un perro?
Andy soltó una carcajada y dio una palmada en la mesa.
— Solo estoy probando qué tan profesional te vas a hacer el santo.
Bufé y me crucé de brazos.
— Mira, lo que sea que él haga con su vida no me interesa. Yo vine a trabajar y eso es lo único que voy a hacer.
— Claro, claro… — asintió, pero su sonrisa burlona me decía que no me creía del todo.
Después de esa charla con Andy (en la que claramente no me tomó en serio), nos enfocamos en lo importante: el trabajo.
Todavía nos faltaban detalles en la imagen visual y algunos ajustes en los videos. Teníamos que jugar con los colores, hacer que la publicidad reflejara exactamente lo que Leandro quería y asegurarnos de que todo estuviera listo para la presentación de la próxima semana. No podíamos permitirnos errores.
— Si Leandro quiere que lo sorprendamos, lo lograremos — Andy sonrió con confianza, moviendo su laptop hacia mí — Mira esto, probé una variante con tonos más fríos para los videos, pero podemos hacer algo más llamativo para los banners.
Asentí, observando los cambios en la pantalla.
— Sí, pero si usamos colores demasiado intensos puede verse agresivo. Podríamos equilibrarlo con algo más sobrio en la imagen final.
— Exacto, y si combinamos con la paleta que usamos en los primeros bocetos, podemos mantener coherencia.
Pasamos un rato debatiendo hasta que finalmente sentimos que teníamos una idea clara. Terminamos el café, nos alistamos con nuestros trajes y tomamos todo lo necesario antes de salir rumbo a la empresa.
El trayecto en taxi fue tranquilo, hablando de detalles técnicos, revisando referencias y asegurándonos de que nada quedara fuera de lugar.
Al llegar, Marcos nos vio apenas cruzamos la puerta.
— ¡Buenos días, chicos! — nos saludó con una sonrisa amigable.
— Buenos días, Marcos — respondí con profesionalismo.
— Leandro me dijo que trabajaron hasta tarde — Marcos cruzó los brazos — Eso es compromiso.
— Siempre — Andy le guiñó un ojo con falsa modestia, haciéndome rodar los ojos.
Marcos soltó una risa y nos indicó que pasáramos.
— Pueden ir a la sala que usaron ayer, está libre.
Asentimos y fuimos directo a la sala. Encendimos las laptops y, sin perder más tiempo, nos sumergimos en el trabajo.
Pasaron un par de horas. Ya habíamos avanzado bastante, pero aún quedaban detalles que pulir.
Me estiré en la silla, sintiendo la tensión acumulada en los hombros.
— Voy a la cafetería. ¿Quieres algo? — le dije a Andy mientras cerraba mi laptop.
— Mmm, un jugo de naranja estaría bien… y un pretzel — respondió sin despegar la vista de su pantalla — O unas galletas, lo que sea. Sorpréndeme.
Rodé los ojos con una leve sonrisa.
— Bien, ahora vuelvo.
Salí de la sala, caminando por los pasillos con calma, pero en realidad… estaba en alerta.
Mis ojos se movían disimuladamente de un lado a otro, escaneando cada rincón sin que pareciera que estaba buscando a alguien en particular. No quería toparme con Tom. No hoy, no después de la escena de ayer.
Seguí avanzando hasta llegar a la cafetería. Había algunas personas sentadas en las mesas, pero nada fuera de lo normal.
Suspiré aliviado y me acerqué al mostrador.
— Buenos días, ¿Qué te sirvo? — preguntó la chica que atendía.
— Un jugo de naranja y un pretzel — dije primero, asegurándome de pedir lo de Andy.
— ¿Algo más?
Pensé por un segundo y terminé pidiendo una limonada y un panecillo de canela. No tenía mucho apetito, pero algo dulce no me vendría mal.
Mientras esperaba, saqué mi celular del bolsillo y lo revisé sin mucho interés. Solo para distraerme un poco. Lo último que quería era que mi mente empezara a divagar en cosas que no debía. Y eso tenía nombre y apellido: Tom Kaulitz
Justo cuando pensaba que podría relajarme por un segundo, escuché una voz que hizo que todo mi cuerpo se tensara.
— ¿Bill…? — hablando del rey de Roma…
Maldije en voz baja. Todas y cada una de las groserías que conocía pasaron por mi cabeza en un solo segundo. Apreté la mandíbula antes de levantar la mirada y ahí estaba Tom, de pie, a unos pasos de mí, con esa misma expresión de sorpresa que había tenido ayer.
Respiré hondo y decidí que sería formal. Nada más.
— Tom… — respondí con la voz más tranquila y controlada que pude.
Él parpadeó un par de veces, como si aún procesara el hecho de que realmente estaba ahí.
— Fue una sorpresa verte ayer — dijo finalmente, con una pequeña sonrisa — Estoy muy feliz de verte.
Solté una risa seca.
— Diría lo mismo, pero no es así.
La sonrisa en su rostro desapareció. Se aclaró la garganta, desviando la mirada incómodo, como si estuviera buscando las palabras adecuadas para continuar.
Pero antes de que pudiera decir algo más, una voz femenina interrumpió.
— Tom, ahí estás.
Una chica se acercó con paso firme, vestida con una falda lápiz y una blusa perfectamente planchada. Su tono era dulce, pero lo suficientemente firme como para dejar en claro que no estaba ahí solo para socializar.
— Tenemos que revisar algunas cosas.
Tom giró levemente hacia ella.
— Ahora voy, Ría.
— Es urgente — insistió la chica — Los informes necesitan tu revisión antes del mediodía.
Vi cómo Tom asentía con la cabeza, pasándose una mano por la nuca antes de mirarme de nuevo. Yo solo observé la escena en silencio, sin saber muy bien qué sentir.
Tom abrió la boca, como si estuviera a punto de decir algo más, pero no le di la oportunidad. Simplemente tomé mi pedido del mostrador, giré sobre mis talones y me fui. Caminé a paso firme. Luego, más rápido, luego, casi corriendo.
No tenía ganas de escuchar nada más.
Cuando llegué a la sala donde Andy y yo estábamos trabajando, le extendí su jugo y sus galletas como si nada hubiera pasado.
— Aquí tienes lo que pediste.
Él me miró con una ceja levantada, claramente sospechoso, pero no dijo nada de inmediato. Me senté y saqué mi limonada, dándole un sorbo con toda la normalidad del mundo. Sabía que si actuaba extraño, Andy me bombardearía con preguntas, y no tenía energía para eso.
Por unos minutos, comimos en silencio. Yo casi creí que me había salvado… Hasta que Andy decidió abrir la boca.
— Oye, Bill… — dijo con la boca llena — Si fueras un animal, ¿Qué serías?
Lo miré con incredulidad.
— ¿Qué?
— Es una pregunta simple. Un animal. ¿Cuál te representa mejor?
Rodé los ojos y volví a beber mi limonada.
— No sé. Un gato, supongo.
Andy chasqueó los dedos.
— Lo sabía. Tienes toda la vibra de un gato: arisco, misterioso, y si te ven mal, sacas las garras.
Bufé.
— No soy arisco.
— Acabas de venir como si el diablo te persiguiera.
Me atraganté con mi bebida.
— ¡No es cierto!
Andy sonrió como si hubiera ganado algo.
— Claro.
Me crucé de brazos, mirando hacia otro lado.
— No sé de qué hablas.
Él solo rió, disfrutando demasiado el momento.
— Lo que tú digas, Garfield — Andy siguió con su interrogatorio absurdo mientras comíamos.
— Si tuvieras que vivir el resto de tu vida con un solo outfit, ¿Cuál sería?
Lo miré sin entender.
— ¿Qué?
— ¡Responde! Es importante.
Suspiré.
— No sé… algo cómodo. Un hoodie negro y jeans.
Andy chasqueó la lengua.
— Típico de ti. Yo escogería un traje, siempre elegante.
Rodé los ojos.
— Ni siquiera te gusta usar trajes.
— Pero si fuera para toda la vida, me gustaría ser sofisticado.
Bufé y seguí comiendo pero Andy no se detuvo.
— Si fueras un superhéroe, ¿Cuál sería tu superpoder?
— ¿De verdad vamos a seguir con esto?
— Sí.
Suspiré otra vez.
— Supongo que… leer la mente.
Andy abrió los ojos como platos.
— Dios, qué miedo. Yo jamás confiaría en ti.
— ¿Quién dijo que te leería la mente a ti?
— ¡¿Ves?! — exclamó, señalándome con su pretzel — Exactamente lo que diría alguien que planea leerme la mente.
No pude evitar soltar una leve risa haciendo que Andy sonriera victorioso.
— Te hice reír. Eso es un punto para mí.
Negué con la cabeza, pero su comentario me hizo recordar algo.
— ¿Sabes…? Me recuerdas a alguien.
— ¿Ah, sí? ¿A quién?
— A Astrid.
— ¿Quién es Astrid?
— Una amiga. Tenían el mismo carácter.
Andy sonrió, divertido.
— Seguro me caería bien. ¿Tienes una foto de ella?
Pensé un momento y asentí.
— Sí, déjame buscar.
Deslicé los dedos por la galería de mi celular, pasando por cientos de fotos antiguas hasta que finalmente encontré una de Astrid y yo. Le pasé el teléfono a Andy, quien miró la foto con interés.
— ¡Vaya! Es muy bonita.
Alcé una ceja.
— ¿Eso es una broma o en serio?
Andy se encogió de hombros con una sonrisa pícara.
— ¿Quién sabe?
Rodé los ojos y le arrebaté el teléfono.
— Idiota — miré la foto de Astrid por unos segundos más antes de bloquear el teléfono y soltar un suspiro — Debería ponerme en contacto con ella…
— ¿No has hablado con ella desde que desapareciste del mapa?
— No… — admití, sintiéndome un poco culpable — Cambié de número y todo. Nunca la llamé.
— ¡Bill! — exclamó, fingiendo indignación — Pobrecita Astrid, esperando por su amigo perdido en batalla.
Rodé los ojos.
— No exageres.
— Claro que exagero, para hacerte sentir peor y que la llames.
— Igual pensaba hacerlo. Tal vez hasta vaya a verla.
— ¿Me dejas acompañarte?
Lo miré con incredulidad.
— ¿En serio?
— ¡Claro! No pierdo la oportunidad de conocer a alguien con tan buen gusto como yo.
Solté una risa sarcástica.
— Te va a mandar al diablo.
— Ya veremos.
Negué con la cabeza, pero en el fondo me divertía su actitud.
— Si no te echo yo primero.
Andy sonrió ampliamente.
— Lo intentarás, pero fallarás.
&
Eran las cinco de la tarde cuando finalmente terminamos los modelos para la presentación. Había trabajado en dos versiones diferentes, ambas con enfoques distintos pero manteniendo la esencia que Leandro quería para la empresa. Andy y yo revisamos todo una última vez antes de dirigirnos a la oficina de Leandro para mostrárselos.
Al entrar, él nos recibió con una sonrisa y dejó lo que estaba haciendo para acercarse a revisar nuestro trabajo.
— Esto es excelente, chicos — pasó la vista de una propuesta a la otra con interés — Me encantan ambas. Cada una tiene algo único.
Andy sonrió satisfecho, cruzando los brazos.
— Podemos hacer ajustes si es necesario.
— No, creo que están perfectas — Leandro asintió — Vamos a usarlas en la presentación de la próxima semana. Me gustaría que me acompañen. Su trabajo merece reconocimiento.
— Nos parece bien — asentí con profesionalismo, aunque por dentro me sentía aliviado de que todo estuviera saliendo sin problemas.
Leandro nos dedicó una sonrisa aprobatoria antes de cerrar la carpeta con los diseños.
— Genial. Ahora, Bill, ¿Puedes hacerme un favor? Quiero hablar contigo en privado sobre otro asunto. Marcos te llevará a una de las oficinas. Yo iré en un momento.
Fruncí el ceño, algo confundido.
— ¿No podemos hablar aquí?
— Quiero que sea en un ambiente más tranquilo — dijo con naturalidad, aunque en sus ojos había algo… extraño.
Andy también lo notó y me lanzó una mirada de «¿Qué trama?».
— Está bien — acepté, aunque algo me decía que había algo raro en esto.
Salí de la oficina y encontré a Marcos esperándome en el pasillo. Sin decir mucho, comenzó a caminar, y yo lo seguí.
— ¿Sabes de qué quiere hablarme? — pregunté casualmente.
Marcos negó con la cabeza.
— No, solo me pidió que te trajera aquí.
No pregunté más y seguimos avanzando hasta llegar a una puerta.
— Es aquí — dijo mientras la abría.
Entré con cierta duda, mirando a mi alrededor. La oficina era espaciosa, con una gran ventana que ofrecía una vista de la ciudad y una gran mesa al centro. Pero lo primero que noté no fue eso.
Sino a Tom.
Estaba de espaldas, mirando por la ventana con las manos en los bolsillos.
Mis instintos gritaron peligro, y sin pensarlo, giré sobre mis talones para salir, pero antes de que pudiera hacerlo, Marcos cerró la puerta detrás de mí.
— ¡Oye! — giré la perilla, pero la puerta no se abrió, me quedé paralizado, sintiendo la rabia y el pánico crecer en mi pecho — ¡Marcos! ¡Abre la puerta!
No hubo respuesta, respiré hondo, tratando de calmarme. Tom se había girado lentamente para mirarme.
— No te molestes. No la abrirá — su voz. Esa maldita voz que todavía resonaba en mi cabeza.
Me obligué a mantener la calma, cruzándome de brazos.
— Debe haber un error. Yo esperaba a Leandro.
Tom sonrió de lado, con una expresión que no supe interpretar del todo.
— No, no es un error.
Me tensé.
— ¿Qué?
— Le dije a Leandro que te traiga aquí.
Abrí los ojos con incredulidad.
— ¿Qué? — repetí, esta vez con más incredulidad y molestia. Apreté la mandíbula, sintiendo cómo la rabia me subía desde el estómago hasta la garganta — ¿Metiste a Leandro en esto? — espeté, mirándolo con furia — ¿Por qué demonios hiciste eso, Tom?
Él suspiró, pasándose una mano por la nuca con un gesto incómodo.
— Porque… ayer tu comportamiento no fue precisamente normal, Bill.
Solté una risa sarcástica.
— ¿Normal? — repetí, cruzándome de brazos — ¿Qué esperabas? ¿Que te abrazara? ¿Que me alegrara de verte después de todo?
Tom bajó la mirada por un instante, como si esas palabras le pesaran.
— No, pero al verte así… supe que no podía dejarlo así.
— Pues debiste hacerlo — solté, cortante — Este es mi trabajo, Tom. No un reencuentro de viejos tiempos, no tienes derecho a involucrar a Leandro en esto.
Tom me observó por un momento antes de soltar un suspiro más pesado.
— Leandro solo trato de apoyarme.
— ¿Apoyarte en qué?
— Que intentara hablar contigo.
Fruncí el ceño, cada vez más molesto.
— No tiene nada que ver en esto.
— Bill… — Tom hizo una pausa, como si estuviera eligiendo bien sus palabras — Leandro y yo… nos conocemos desde hace tiempo.
Me reí, sin humor.
— Sí, me di cuenta. — bufé — Desde que te llamó «hijo». Qué curioso, ¿No? ¿Desde cuándo eres tan cercano al dueño de una empresa?
Tom presionó los labios, incómodo.
— Porque… lo soy.
Mi expresión se congeló.
— ¿Qué?
— Leandro… es el padre de Peyton.
Sentí que me tragaba una bomba entera. Mi mente tardó en procesar lo que acababa de escuchar.
— ¿Qué? — repetí, con una voz mucho más baja de lo que esperaba.
Tom asintió.
— Por eso él me apoya.
Mi respiración se aceleró. Mi cerebro hizo conexiones rápidas, y de pronto, todo cobró un sentido que no quería aceptar.
Leandro. Peyton. Tom.
— Así que… — tragué saliva — ¿Eso significa que tú y Peyton…? — las piezas se acomodaron en mi mente de la peor manera posible — Ahora todo tiene lógica — murmuré para mí mismo — Por eso trabajas aquí. Por eso Leandro te apoya. Por eso te llamó «hijo»— no quería decirlo en voz alta. No quería pensarlo. Pero la idea se metió en mi cabeza como un parásito — ¿Te casaste con ella?
Tom me miró como si hubiera dicho la cosa más absurda del mundo.
— ¿Qué? No.
— Pero estuvieron juntos.
Tom frunció el ceño, dando un paso adelante.
— No es lo que piensas.
— Ah, claro, porque tiene mucho sentido que el papá de tu novia o esposa o lo que sea, te trate como un hijo, ¿Verdad? — repliqué con ironía — Pero claro, seguro yo soy el que está exagerando.
Tom apretó los puños, pero respiró profundo antes de hablar.
— No tengo nada que ver con Peyton, Bill.
Lo miré fijamente, tratando de leerlo, de entender si me estaba mintiendo, pero ya no sabía qué pensar.
— No me importa — dije al final.
Tom me sostuvo la mirada, y luego susurró:
— Pues a mí sí — algo en su tono me hizo sentir incómodo. Un segundo de silencio se extendió entre nosotros — Por favor — dio otro paso adelante — Déjame explicarte todo.
Giré sobre mis talones y caminé directo a la puerta. Intenté girar la manija con fuerza, pero no se movió ni un milímetro.
Seguía cerrada.
Fruncí el ceño y volví a intentarlo, esta vez usando más fuerza, como si con solo desearlo pudiera hacer que se abriera, pero nada.
— Es inútil.
La voz de Tom me hizo girar la cabeza con furia.
Lo vi levantar la mano, haciendo girar unas llaves en su dedo índice con una sonrisa ladina.
— Hijo de puta… — murmuré, sintiendo cómo la rabia me subía al rostro.
Tom sonrió aún más.
No lo pensé mucho, crucé la habitación en un par de zancadas, directo hacia él, pero Tom reaccionó antes de que pudiera alcanzarlo y se movió hacia un lado, rodeando la gran mesa.
— Dame la maldita llave, Tom.
— No hasta que me escuches.
Me moví rápidamente hacia la izquierda, tratando de acorralarlo, pero él se adelantó, esquivándome con facilidad y rodeando la mesa por el otro lado.
— ¡Tom!
— ¡Bill! — respondió él, con un tono divertido que solo me hizo hervir aún más la sangre.
— ¡Dámela ahora!
— ¡Escúchame primero!
— ¡Que me des la puta llave!
— ¡Que me escuches!
Lo perseguí, rodeando la mesa en círculos como si estuviéramos en una maldita persecución infantil. Tom se movía rápido, pero yo no me iba a quedar atrás.
Intenté engañarlo, cambiando de dirección de repente para atraparlo, pero él reaccionó y se deslizó hacia el otro lado.
— ¿De verdad vamos a hacer esto? — preguntó, con una risa entre dientes.
— ¡Te voy a matar! — gruñí, lanzándome de nuevo en su dirección. Pero Tom, el muy cabrón, saltó sobre una de las sillas, usando la mesa como barrera.
— ¡Dámela, imbécil!
— ¡Déjame hablar primero!
Nos quedamos así por unos segundos, mirándonos fijamente desde lados opuestos de la mesa, respirando con fuerza.
Mis manos estaban enrojecidas por la tensión, listas para lanzarme sobre él si hacía falta.
— No me voy a quedar aquí a escuchar tus estupideces — dije entre dientes.
— No son estupideces — su tono se volvió más serio — Necesito que me escuches, Bill. Por favor.
Sus palabras me hicieron dudar… pero solo por un segundo.
— No — volví a intentar rodear la mesa. Tom chasqueó la lengua y retrocedió de nuevo, alejándose con rapidez — ¿Vas a seguir corriendo como un cobarde?
Tom arqueó una ceja.
— ¿Y tú vas a seguir huyendo de la verdad?
Apreté los dientes con tanta fuerza que sentí la mandíbula doler.
— No quiero saber nada de ti, Tom.
— Pues yo sí quiero que sepas la verdad.
— No me interesa.
— Pero a mí sí.
Volvimos a quedarnos en silencio.
La rabia se mezclaba con algo más. Algo que no quería reconocer. Tom me miraba con esos malditos ojos que siempre parecían ver a través de mí.
Respiré hondo, tratando de calmar el temblor en mis manos. Mi instinto me gritaba que saliera de ahí, que no lo escuchara, pero mi corazón… ese maldito corazón al que nunca pude controlar, todavía quería respuestas.
— Cinco minutos — solté al final.
Tom parpadeó, sorprendido.
— ¿Qué?
— Tienes cinco minutos — crucé los brazos, mirándolo con frialdad — Después de eso, me largo.
Tom soltó una pequeña sonrisa, esta vez sin burla, sin arrogancia.
— Cinco minutos — repitió con un leve asentimiento.
— Y dámela ahora — señalé la llave.
Tom sonrió con diversión.
— Primero escucha.
Él parecía dudar. Miraba hacia la mesa, moviendo las manos inquieto, como si estuviera buscando las palabras adecuadas.
— No sé por dónde empezar — su voz sonó baja, casi como un susurro.
No dije nada, después de todo, fui yo quien le dio los cinco minutos. Tom suspiró y, sin decir más, se dejó caer en una silla.
No me moví al principio, pero ver cómo él se apoyaba en la mesa, con los codos sobre sus rodillas y la cabeza gacha, hizo que sintiera un peso en el pecho. No quería, pero lo sentí.
Con desgana, me senté en la silla frente a él.
Esperé.
Tom frotó sus manos antes de levantar la vista y mirarme.
— Cuando te fuiste… — hizo una pausa y se aclaró la garganta — Tuve un accidente.
Mi espalda se tensó. No dije nada, pero mi cuerpo entero reaccionó.
Tom lo notó.
— Peyton estaba drogada — su mandíbula se apretó — Ella iba manejando, discutimos… Perdimos el control y el auto… — hizo un gesto con la mano, como si no tuviera sentido describirlo — Estuve en coma.
Mi corazón latió con fuerza, el pensar eso me trajo un recuerdo. Los labios de Tom se torcieron en una sonrisa amarga.
— Dicen que cuando estás en coma no puedes escuchar nada… pero yo sí los escuchaba — me quedé completamente inmóvil — Gustav y Georg fueron a verme. Hablaban de traerte de vuelta. Decían que tenían que buscarte, que tenías que saberlo — mi garganta se secó — Eso me hizo aferrarme — su voz se quebró un poco — Quería despertar. Quería regresar y… y quería ir por ti.
Mi estómago se revolvió.
Tom bajó la mirada.
— Estando en coma, recordé todo. Tú y yo, nosotros — confesó en voz baja y un escalofrío me recorrió de pies a cabeza — Pero cuando desperté… — su expresión se volvió dura — Me dijeron que Peyton estaba embarazada.
El aire se atascó en mis pulmones.
— Era mío.
No sabía qué decir.
— Me sentí… jodido — Tom pasó una mano por su cara, con frustración — No podía arrastrarte a todo esto. No después de lo que te hice. No después de cómo te traté.
Un nudo se formó en mi estómago.
— Les dije a Gustav y Georg que no te buscaran — continuó — Les dije que debías ser feliz sin mí.
Mi pecho dolió… dolió de una forma que no esperaba.
— Después Peyton perdió al bebé.
Me tensé, pero Tom rió sin humor.
— Y todo se fue a la mierda.
No lo miré, no podía, no tenía idea de todo lo que había pasado después de que me fui. No sabía que había estado en coma, no sabía que…
— Quise ir por ti — Tom interrumpió mis pensamientos, con la voz más baja — Pero después de todo lo que pasó, pensé que estarías mejor sin mí.
Mis manos se cerraron en puños sobre mis rodillas.
— Sé que te hice daño — su voz se volvió más firme — Nunca quise eso.
Seguía sin mirarlo, solo respiré, escuché, sentí y me odió por eso.
Hubo un silencio largo.
Tom abrió la boca para decir algo más, pero de repente su mirada se desvió detrás de mí. Su expresión cambió, sus ojos se endurecieron y se puso tenso como si estuviera viendo a alguien. Fruncí el ceño y me giré para mirar.
Nada, no había nadie detrás de mí. Volví la vista a Tom.
Seguía con el ceño fruncido, mirando fijamente en la misma dirección.
— ¿Estás bien? — pregunté, en voz baja.
Tom parpadeó y pareció salir de un trance.
— Sí — no me lo creí — No fue nada — agregó, intentando relajarse.
Pero lo miré con sospecha, aún así, no insistí, pero tampoco lo olvidé. Tom suspiró y se recargó en la silla.
— El mundo es un pañuelo, ¿No? — murmuró, con una sonrisa cansada. Él miró alrededor y luego de nuevo a mí — Tenerte aquí, frente a mí… — dijo en voz baja, casi como si hablara consigo mismo — Es casi irreal. Tantas noches soñando lo mismo.
Mis labios se curvaron en una sonrisa. No lo pensé, fue un acto reflejo… un reflejo de algo que ya no existía. Me di cuenta de inmediato y volví a ponerme serio, pero Tom lo vio y algo en su mirada se rompió.
Y entonces ya no pudo más.
— Perdóname, Bill — apoyó los codos en la mesa, su cabeza inclinada hacia el suelo — Perdóname por todo — su voz era apenas un hilo — Por cada palabra, por cada herida, por cada maldito error que cometí.
Me quedé en silencio, no supe cuánto tiempo pasó. Tal vez fueron segundos, tal vez fue toda una vida.nTom tragó saliva y volvió a alzar la vista.
— ¿Puedo abrazarte? — mi cuerpo entero se tensó.
Él esperó, parecía… derrotado. Pero por alguna tonta razón, mi pecho se oprimió.
No debería, no tenía por qué hacerlo, pero mis labios se movieron antes de que pudiera detenerlos.
— Sí.
Tom se levantó de golpe, se acercó rápido y rodeó mi cuerpo con fuerza. Casi me corta la respiración, se aferró a mí como si su vida dependiera de ello. Como si al soltarme fuera a desaparecer.
Mi corazón latió con fuerza contra mis costillas. No lo abracé de vuelta, pero tampoco me aparté.
Continúa…
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