Administración: Gente bella, me da mucho orgullo presentar a nuestra más reciente escritora Pau_Humanoid. Vamos a darle la bienvenida a nuestra web, con comentarios hermosos, para que ella se anime a continuar con su obra. Y ahora, disfrutemos de este omegaverse.

Notas de la autora: ¡Hola! Espero que disfrutes de leer este fanfic tanto como yo he estado disfrutando escribiéndolo.

Me inventé (o no sé si ya exista algo parecido) unas subclasificaciones para los segundos géneros, para subvertir un poco la narrativa del ABO:

-Bill es un omega «soberano», es decir, se comporta y tiene las características biológicas de un Omega, pero es extremadamente dificil que se someta a un alfa, llegando incluso a someterlos él mismo si se siente amenazado. Esto lo hace muy fuerte y altivo, justo como el verdadero Bill.
-Tom es un alfa de «linaje»: un alfa más fuerte y talentoso que el promedio, sin embargo, por las vivencias de su infancia y adolescencia es muy desconfiado y temeroso, como el Tom de la vida real.
-Georg y Gustav son betas «dominantes», al igual que el omega de Bill, capaces de plantarle cara a cualquier alfa de ser necesario.

Un pequeño disclaimer: no shippeo a Bill y a Tom «en la vida real», es decir, amo y admiro mucho la relación que tienen, creo que es hermosa. Pero también creo que sus dinámicas, personalidades y conflictos son dignos de historias de todo tipo, llenan muchos tropos y arquetipos literarios que me encantan, y el hecho de que sean hermanos gemelos le agrega un misticismo increíble.
Sé que esta distinción puede no tener mucha lógica, es solo que al parecer lo puedo compartimentalizar bastante bien. Creo que es lindo vivir en la fantasía un poco.

Fic TWC de Pau_Humanoid

Capítulo 1: Something to live and die for

Las calles de Berlín, frías, pero inundadas con luces cálidas en las noches, escondían dentro de sus sombras secretos que solo podían ser descifrados por aquellos que vivían deslizándose entre sus callejones. La lealtad, el vínculo y la sincronía perfecta eran raros de encontrar, y las historias de traición traían con ellas la caída de un hombre tras otro. Para el Sol y la Luna, la luz que proyectaban el uno en el otro era todo lo que les había servido para subsistir, a pesar de los obstáculos de la vida que les había tocado vivir.

Puede que conozcas a Bill Kaulitz. Carismático, alegre, un omega en toda su gloria. Poseedor de una belleza andrógina que incomoda y fascina. Dada su naturaleza extrovertida y explosiva, sus vestuarios llamativos y su actitud que desafía las normas, lo amas o lo odias, no hay punto medio. Sin embargo, ser el dueño de una empresa tan lucrativa como la cadena de hoteles Kaulitz Grand no es un logro pequeño, e incluso sus detractores tienen que admitirlo. Él proyecta poder, y muchos quisieran tenerlo: a su poder, o a él.  A su lado, su hermano, Tom Kaulitz,  es el líder discreto, un alpha tranquilo y de actitud lejana a quien no le gusta estar bajo la lente. Puedes verlo siempre detrás de su hermano, Bill, con una mirada atenta y calculadora, y una respuesta sarcástica lista para cualquiera que se acerque demasiado a su burbuja. Tom sonríe, hace bromas espontáneas y es amable, pero nunca lo escucharás revelando más de lo que quiere de su propia vida.  Los hermanos Kaulitz son algo así como celebridades en la vida pública de su ciudad: Bill es un influencer, un emprendedor, un cantante y modelo, así que no es raro verlos formar parte de esa vida de reflectores y lujo.

Pero cuando las cámaras se retiran, Tom y Bill suben al auto blindado, y Tom alza la voz hacia su chófer. “Llévanos al búnker”.

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En el búnker, situado a 45 minutos de la ciudad en una carretera con poca circulación, Tom se transformó. Se quitó el incómodo y caluroso saco formal, y lo cambió por una chaqueta amplia sobre su camiseta negra, se arremangó hasta los codos y se puso sus botas tácticas para trabajar.

Bill, a su lado, se sujetó el cabello, pero se negó a cambiar de ropa. Al verlos caminando lado a lado bajo la luz de neón verde que ilumina el pasillo oscuro que va del estacionamiento al lobby, nadie hubiera dicho que son hermanos gemelos. Ambos eran altos, esbeltos, pero Bill tenía una cara más larga y angulosa, el cabello rubio y los ojos grandes e inocentes. Tom tenía un rostro más lleno, la piel más tostada por el sol, una espesa barba y una mirada más enfocada. Básicamente tenían la misma estructura, compartían las mismas líneas básicas, pero con diferentes acabados, colores y texturas, como un experimento de arte de un escultor posmoderno.

“Tom, sigues sin relajarte, ya van varios días. En serio, ¿qué te pasa?”, Bill observó mientras caminaban. Su voz era suave, pero firme dentro de la preocupación que le despertaba el estado de su hermano. Tom había estado así por días y él honestamente no había sabido qué hacer. No era lo mismo que cuando tenía migrañas, al menos en esa situación Bill hubiera sabido que necesitaba darle analgésicos y ponerlo en una habitación oscura y sin ruido. Tampoco era como cuando experimentaba un nivel de estrés “normal” para la vida que llevaban, porque en esta ocasión ni siquiera los momentos en los que se sentaban juntos en un sillón, brazo con brazo, muslo con muslo, la cabeza de Bill sobre su hombro liberando su esencia para él habían sido suficientes. Esto más bien parecía, para Bill, una señal que le estaba mandando su instinto, no algo tangible y objetivo que ellos pudieran confrontar con un medicamento o sentándose juntos a compartir su esencia.
Tom negó con la cabeza, luciendo pensativo y algo derrotado por la incertidumbre. “No lo sé, Bill. Solo sé que algo anda mal.”

Cuando llegaron a la sala de operaciones, Georg ya se encontraba ahí, mirando su computadora con el enfoque que lo caracterizaba, más una pequeña sonrisa burlona. “Hey, Tom. ¿Qué tienes para mi hoy?”, preguntó. Su voz era profunda, un barítono bajo agradable y consistente que rara vez rompía. Su nariz, pequeña y puntiaguda, apuntaba hacia Tom como la de un duende. A Bill le causó un poco de gracia, pero la expresión de Tom no dejó de ser bastante grave.

“Algo anda mal. Lo percibo, pero por más que lo pienso no se me ocurre qué puede ser.”

Tal respuesta descoloca un poco a Georg, un beta primordialmente neutral que si acaso encontraba el instinto de los alfas y los omegas algo molesto. Pero el instinto del líder es algo en que había aprendido a confiar por algunos años ya. A veces dudaba de él, tendría que admitirlo, pero siempre era raro ver a Tom tan inquieto; su actitud en el momento solo le parecía a Georg comparable con el comienzo de una migraña o el inminente hecho de que fuesen a salir de viaje en avión. Y al parecer la migraña no era, o de otra forma, Bill ya hubiera hecho algo para ayudarlo.

Bill alcanzó a su hermano, lo tomó del brazo y se derritió contra su costado con un pequeño suspiro y una risa juguetona. “Ya sabes como es Tom, siempre preocupado. Pareciera que vivir le da miedo”, inclinó su cabeza contra su hombro y le regaló una sonrisa, tratando de aliviar la tensión.

Pero a juzgar por la mueca y la mirada de cansancio que hizo a continuación, Tom no pareció apreciar el comentario, así que Georg solo sonrió para sí mismo. Sin embargo, su sonrisa murió un segundo después, cuando recibió un mensaje de voz a través de la red encriptada en el canal de comunicación de Gustav.

“Código amarillo”, se escuchó la voz de Gustav, siempre preciso y rápido. “La seguridad del muelle 9 fue desmantelada. Estoy realizando maniobras de reconexión, pero esto parece un trabajo interno, Georg”.

Al escuchar esto, Bill se separó de Tom y se puso manos a la obra. Abrió su computadora y entró a todos los servidores de seguridad, uno por uno, hasta que encontró el fallo. Una de las cámaras, con sus correspondientes sensores de movimiento, habían sido desactivadas por un periodo de cinco minutos, solo veinte minutos antes de la llamada de Gustav. “El corte en la cámara fue quirúrgico”, informó Bill sin dejar de mirar la pantalla, y con una evidente frustración quemándole la garganta, “quien lo haya hecho sabía lo que hacía, contraseñas, tiempos de guardias, todo”. Tom maldijo por lo bajo. La seguridad de ese muelle era clave; la mercancía que habían resguardado por semanas era la moneda de cambio para una serie de alianzas que tenían que cerrarse. No había margen para cometer errores, y mucho menos había espacio para permitirse tener a alguien desleal en el equipo.

Tom revisó la información que había encontrado Bill, aunque su mente iba a mil por hora, pensando y pensando en dónde había estado la falla en primer lugar. Quizás esto era lo que su instinto había estado intentando decirle toda la semana. Si esa parte de su mente de la cuál él no estaba completamente consciente lo había detectado sin que él se diera cuenta, era más que obvio que lo iba a estar molestando hasta que algo pasara o hasta que él finalmente hiciera algo al respecto. Todos los betas y alfas que trabajaban para ellos habían pasado por distintas pruebas de lealtad y habían probado su valía en muchas misiones. Los más jóvenes eran entrenados con una sola meta en mente: la supervivencia de la manada. Una traición como esta sólo podría significar que ellos mismos habían cometido un error al afinar la máquina.

Georg estaba monitoreando a Gustav, intercambiando información del estado de la reconexión de la seguridad.

Tom observó la nuca de Bill, a la vista ahora que se había sujetado el cabello, con una sensación de abandono. En momentos así, solo la presencia y el aroma de su gemelo parecían ser capaces de calmarlo, pero en esta ocasión ni siquiera eso parecía ser suficiente. Su mano buscó instintivamente el antebrazo de Bill y le dio un apretón rápido, lo que provocó que su hermano, como siempre, hiciera un pequeño gesto de dolor fingido bajo la presión de sus dedos. “Tomi, estás muy tenso. Tienes que hacer algo al respecto.” Pero pronto, su expresión se suavizó y su voz fluyó como miel: “mi Sol, tú no hiciste nada mal. Una rata es una rata. Lo importante ahora es que la encontremos.”
Tom asintió, decidido a concentrarse en lo que importa en el momento. “Georg, trata de cuadrar todos los pases de lista del día, identifica cualquier irregularidad. Dile a Gustav que elimine todas las rutas de salida del traidor, si cree que la cámara no lo captó probablemente esté fingiendo demencia en algún rincón. Bill, ve si puedes recuperar la señal de las otras cámaras. Quien haya hecho esto, debe haber cometido un error en alguna parte”.

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Es Bill quien, en efecto, encuentró la inconsistencia. Las cámaras no mentían, y quien las intervino, se equivocó estrepitosamente en uno de los cortes.

“Al parecer fue Miller”, explicó Bill, desplegando en un monitor en la pared frente a ellos un corte de cámara mal hecho. En él se podía ver a uno de sus agentes en una zona donde no debía haberse encontrado, por apenas un par de segundos antes de desaparecer por completo de la toma como si nunca hubiera estado ahí. Evidentemente en algún punto el hombre coordinó mal los tiempos para moverse entre las sombras, y el resultado fue un par de fotogramas borrosos, pero suficientes para distinguir su cara.

“Le diré a Gustav que lo encuentre y lo traiga aquí”, dijo Georg, abriendo el sistema de comunicación. Sin embargo una alerta roja empezó a sonar, y en la pantalla las cámaras captaron lo que parecía ser una explosión en una de las bodegas del muelle. “¡No hay tiempo! ¡Dile a Gustav que active los protocolos de bloqueo, voy para allá!”

“¡TOM!”

Tom apenas escuchó el llamado de su hermano, y lo ignoró por completo. La puerta se cerró tras él, y Bill se quedó de pie. Nunca le había gustado que Tom se arriesgara así, le parecía tan insensato sobre todo considerando lo miedoso que Tom podía llegar a ser para otras cosas. Bill podía pedirle que se subiera a un helicóptero o se lanzara por una tirolesa y Tom no lo haría, pero sería el primero en lanzarse con el pecho por delante dada una explosión. Bill trataba de darle margen y de no juzgarlo, después de todo, Gustav estaba en riesgo en ese momento también. Pero habían pasado años desde que el alfa necesitó ser el cuerpo y el frente de su sindicato… es decir, aún lo hacía cuando era importante, pero tenían tanta gente trabajando para ellos en ese momento que Bill simplemente no entendía el afán de arriesgar su vida así. Tom lo había prometido mil veces y siempre terminaba rompiendo esas promesas, y el omega simplemente no terminaba de entender. ¿Por qué su hermano?

“Bill, necesitamos monitorear el perímetro”, dijo Georg, sacándolo de su trance y todavía pegado a su computadora tratando de restablecer la comunicación con Gustav. Bill volteó a verlo, quedándose quieto un segundo, sintiendo la presión en el pecho donde le costaba respirar. Odiaba cuando Tom se iba así. Solo en la burbuja que únicamente habitaban ellos dos se sentía como si estuviera a la deriva en el mar.

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Tom llegó al muelle 9 en una camioneta blindada, acompañado por un equipo de diez de sus hombres más capaces. Dio órdenes de rodear el perímetro y buscó a Gustav por la frecuencia interrumpida tras la explosión. Finalmente encontró la frecuencia del comunicador de su amigo en su radio.

“Tom, fue Miller!”, Gustav sonaba más que agitado a través del micrófono, “el muy bastardo se dio cuenta de que lo descubrimos y provocó la explosión mientras lo seguíamos. Estamos conteniendo el incendio en la bodega, pero hay muchas pérdidas de material. Preferí quedarme aquí que seguirlo pero ya sellamos todas las entradas y salidas”.

Tom cerró los ojos y trató de concentrarse, intentando encontrar el error en el ambiente. Su instinto, que llevaba una semana diciéndole que algo estaba mal, se sentía mucho más agudo ahora que tenía algo de qué engancharse. “¿Saben dónde está?” preguntó, y Gustav, que debía estar lidiando con la explosión ahora, jadeó en respuesta, “se movió hacia la puerta este. Está lastimado de una pierna, no llegará muy lejos.”

“Entendido Gus, quédate hasta que se contenga el incendio y traten de reducir la pérdida”.

Tom llamó a Georg por el micrófono. “Georg. Abre la puerta sur, entraremos. Dile a Bill que me ayude con las cámaras.”

“Entendido, Tom.”
La frecuencia de audio de Bill se abrió, y lo primero que escuchó Tom fue su respiración pausada en el micrófono. Sabía que Bill buscaba transmitirle paz, o quizás distraerlo. “Hey Tomi. Me prometiste que no harías esto de nuevo”, aunque era un reproche, Bill no lo dijo con tanto enojo. Más bien sonó como un reclamo, como el de un niño que se queja por que no le dieron una galleta que le fue prometida. “Bill… ahora no”, respiró profundo antes de ponerse la mascarilla. La puerta sur se abrió, y Tom y sus hombres entraron a las bodegas del muelle.

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“El pasillo frente a ti está libre, Tom.” Por medio de su computadora, Bill se movía entre cámaras mientras Georg le ayudaba a buscar a Miller. “Puedes mandar parte del equipo por los laterales. Ni rastro de Miller hasta ahora.”

“Huelo su miedo, Bill”, la voz de Tom llegó a su oído. “No puede estar lejos.”

Bill no pudo evitar el escalofrío que recorrió su espalda. Siempre había sabido que Tom era fuerte. Como alfa, su forma de proteger a Bill siempre había sido plena y absoluta. Hubo un tiempo en sus vidas donde parecía que no podían respirar uno sin el otro. Un día, en un momento de vulnerabilidad que quizás ninguno esperaba, Tom le había sonreído con una copa en la mano: “siempre has sido tú, Bill. A donde tú fueras, yo te habría seguido. Solo formé el Eclipse para que tú pudieras tener todo lo que quisieras”.

Al final, era Bill quien seguía a Tom. Sus vidas estaban enlazadas a una misma frecuencia que se sentía absoluta como nada más en la vida se había sentido nunca para él.

“De cualquier modo, ten cuidado”, dijo Bill, volviendo a la realidad, “si fue capaz de traicionarnos antes, quién sabe qué estará planeando ahora”.

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Tom se lanzó hacia el frente cuando lo vio, sintiendo un calor abrasador en su pecho debido a la furia. Miller intentó escabullirse por una rendija en un pasillo, pero Tom lo sujetó de los brazos y lo jala hacia atrás de golpe, azotándolo contra el suelo violentamente. Miller dejó salir un quejido quebrado por el golpe, pero Tom, cegado por el instinto que le decía que no podía dejar escapar a la rata, no tuvo piedad alguna. Con un movimiento rápido y despiadado lo inmovilizó y presionó su brazo contra su cuello, impidiéndole respirar.

“Pagarás esta traición, Miller”, le dijo entre dientes, sintiendo que su cuerpo le rogaba por hacer algo al respecto en ese mismo instante, como pegarle un tiro en la cabeza y acabar con esto. Pero Miller, sin aire, levantó las manos en rendición antes de que el instinto venciera a Tom. Su rostro y sus manos estaban sucios, su expresión desencajada de terror de tener encima a un Tom dispuesto a todo.

“¡Detente, detente Kaulitz!” gritó, un ruego llorado con una voz deshecha, “dame…una oportunidad”.

“¿Por qué habría de hacer eso?”, Tom se acercó a su rostro, obligándolo a mirarlo a los ojos. Pero el hombre que hacía un momento aparentaba sentir terror, en ese instante mostraba una expresión que poco a poco parecía confiada.

“Porque tengo información…” Miller sonrió, una línea de sangre saliendo de sus labios amoratados, “acerca de tu hermano…

Estas palabras solo consiguieron encender aún más la furia instintiva que Tom tenía en la sangre. Mencionar a su hermano era un atrevimiento que nadie en este lugar debería tener. Así que tomó a Miller por las solapas una vez más, lo alzó un palmo desde el suelo y lo volvió a azotar hacia abajo con fuerza.

“¡No te atrevas a mencionar a Bill!”

Después del golpe, Miller rió, como si estuviera de lo más deleitado con la interacción, como si el golpe no le acabara de perder todo el aire de los pulmones.

“Tom, te está provocando”, vino la voz queda y neutral de Georg desde el micrófono, mientras que la otra línea estaba cerrada; Bill no decía nada, y ya ni siquiera su respiración llegaba a oídos de su hermano. Tom ignoró a Georg.

“¿Preferirías no saber, jefe?” preguntó Miller con una sonrisa burlona, sabiendo que había hecho a Tom dudar, “¿Qué no es tu hermanito omega lo más importante del sindicato? ¿Cómo es posible que la Luna tenga secretos qué ocultarle al Sol?”

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En el cuarto de controles del Búnker, Bill y Georg intercambiaron una mirada congelada en el silencio. Bill trató de pensar qué es lo que Miller podría decir, y solo se le ocurrió una cosa. Cuando cayó en cuenta, se cubrió la boca con una mano, ahogando un grito. No, no, no, no, no…

Pero sabía que si alzaba la voz, le daría a Tom motivos para dudar de él. Georg lo observó, en sus ojos se veía el miedo. Abrió tentativamente el micrófono para volver a hablar con Tom, pero Bill, aún con una mano sobre sus labios negó con la cabeza, y bajó la mirada.

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“¿Recuerdas el fiasco de Wedding, hace tres años?” continuó Miller, y la voz salió de su pecho con dificultad por tener al alfa encima de él. Hubo una pausa en la que Tom sintió una punzada más detrás de los ojos, y quizás el traidor se dio cuenta, porque a partir de ese momento habló más envalentonado que antes. Mientras tanto Tom luchaba contra su instinto, su estrés, y la punzada tras los ojos al mismo tiempo.

La migraña venía, quizás solo tenía un día de ventaja, unas pocas horas en el peor de los casos. La referencia de Miller llamó su atención, muy a su pesar. Claro que recordaba Wedding, fue una operación desastrosa, pudo haber muerto y la pérdida monetaria fue un terrible golpe. Si no fuera por Georg y Gustav ese día…

Miller mantenía la sonrisa; “yo trabajaba en el equipo de control, y lo vi todo, jefe. Te vi tirado en el asfalto, al tirador de los rusos  apuntándote, y luego vi a alguien de nuestro equipo corriendo hacia ti. Y vi a esa persona descargar su arma contra el ruso que iba a darte el tiro de gracia”, Tom apenas tuvo tiempo de preguntarse qué tenía esto de relevante, si él ya sabía perfectamente, pero Miller continuó: “siempre pensaste que había sido el bueno de Georgi quien había llegado a tiempo para salvarte, ¿verdad? Lo que no sabes es que Georg llegó cuando todo ya había pasado.”

Darse cuenta de lo que Miller está insinuando hizo que Tom sintiera la punzada detrás de los ojos aún más fuerte. Una mueca de dolor debió haberlo traicionado, porque Miller sonrió aún más ampliamente cuando lo vio. “¿Sabías que tu adorado Bill carga un cadáver a sus espaldas, jefe? ¿Sabías que el omega que tanto te jactas en proteger tuvo que matar a un hombre porque tú terminaste tirado en el suelo como un inútil?”
El dolor, de súbito, se volvió tan agudo en casi toda su cabeza que su mueca lo delató a pesar de tener la mitad de la cara cubierta por la máscara, y lo siguiente que Tom se dió cuenta fue de que Miller le dio una patada en el pecho, quitándoselo de encima. El equipo de Tom apenas estaba volviendo de su exploración en los pasillos laterales cuando vieron a Miller correr. “¡ATRÁPENLO!” gritó Tom a través de la bruma del dolor, y se quedó en cuclillas en el suelo, apenas pudiendo ver a través del dolor.

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Gustav y el resto llegaron después de unos minutos, dando un reporte de control de daños del incendio que Tom no pudo escuchar por completo. Sentía como si hubiera interferencia dentro de su cabeza. Gustav, el beta leal que era todo músculo y miradas pesadas, se inclinó al lado de Tom, quien estaba aún en cuclillas, intentando respirar profundo para controlar el dolor. Gustav abrió su micrófono, completamente ajeno a lo que Miller le había dicho a Tom antes, pero que Georg y Bill escucharon plenamente desde la sala de controles. De modo que para Gustav, esto era solo otro episodio de control de daños normal.

“Creo que está comenzando la migraña”, avisó, su voz certera y firme, “Bill, necesitará las pastillas, y hay que avisar al ala médica”.

Gustav esperó cinco segundos, pero no hubo respuesta. “¿Me copian?”

Entonces, el canal de comunicación que se abrió fue el de Georg. “Copiado, Gus. Me avisó uno de los agentes que ya tienen a Miller. Procedan a desocupar la bodega. El equipo de limpieza va en camino”.

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Cuando el equipo finalmente estuvo de vuelta, las puertas del búnker se abrieron para darles acceso al estacionamiento subterráneo. Gustav había estado observando a Tom todo el camino: cómo se quitó la máscara que le cubría la mitad de la cara tan pronto como subió a la camioneta y la lanzó a un rincón, como se había estado masajeando las sienes y cubriendo sus ojos de la luz, cómo rechazó los analgésicos de emergencia que le ofreció uno de los agentes. En parte, todos sabían que Tom no se podía mostrar débil frente a ellos, y lo respetan por eso, pero Gustav estaba preocupado; su amigo había tenido que intervenir por un fallo de él. En el camino había tratado de contactar a Bill para preguntarle si Tom había estado mal esos días, solo para saber si debía estar prevenido en caso de que la migraña cayera con fuerza, pero el canal de comunicación de Bill había estado cerrado todo el camino, y no era el tipo de pregunta que podía hacerle a Georg.

Cuando Tom bajó de la camioneta blindada y comenzó a caminar hacia la sala de controles, Gustav entendió que definitivamente se había perdido de algo que quizás Georg y Bill sí entenderían. Aún así, se acercó a Tom antes de que pudiera avanzar más, y preguntó: “¿Cuáles son tus órdenes con respecto a Miller?”

Tom observó a Gustav por un segundo, luego volteó y miró a los hombres que bajaban a Miller de otra camioneta, haciendo un gesto de rabia que solo consiguió tensar más su dolorida frente. No podría interrogarlo ese mismo día, no había forma de que no se derrumbara mientras lo hacía por más que le doliera admitirlo.

“Encierrenlo. Lo interrogaré mañana, pero mientras tanto, que no vea ninguna luz”, se detuvo, pensando en su propio dolor de cabeza, y corrigió con un dejo de placer malévolo que no hizo mucho por calmarlo de todas formas, “mejor aún: que la luz no lo deje solo por las próximas horas…”

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Gustav caminó tras Tom dirigiéndose a la sala de control. Era obvio que la tensión estaba siendo terrible para él, pero Gustav no quiso cuestionar hasta entender claramente lo que estaba pasando.

Cuando llegaron a la sala de control y las puertas hidráulicas se abrieron frente a ellos con un suspiro metálico, Bill estaba sentado en una silla giratoria con Georg de pie a su lado, con una mano en su hombro. Parecía que habían estado hablando de algo serio, porque Bill está muy tenso, y los dedos de Georg se clavan en la curva de su articulación. Cuando Tom entra, Bill levanta la vista: “Tom…”

Pero Tom avanzó con pasos largos y firmes hacia ellos, apenas dándoles tiempo para callar.

“Me mintieron. Los dos.”

Gustav sintió sus cejas levantarse por la sorpresa, y observó a Georg y a Bill, tratando de entender. La acusación era grave, y podría afectar el balance de la manada para siempre, dependiendo de lo que los otros tres hicieran a continuación. A él solo le queda observar.

“Tom, antes de que hagas cualquier cosa, tienes que saber qué fue lo que pasó”, Georg intervino, dando un paso al frente y cubriendo parcialmente a Bill con su propio cuerpo.

Tom observó alternativamente de Georg a Bill, su mirada se había vuelto pesada y su mandíbula temblaba, aunque a estas alturas nadie podría saber si es por la rabia mal contenida o por el dolor de cabeza que crecía poco a poco.

“Te mentimos porque creímos que era lo mejor”, entonces fue Bill quien se puso en pie y avanzó, dejando tras de sí a Georg. Caminó hacia su hermano y lo encaró. Nunca le había tenido miedo y no iba a empezar ahora con la traición de una rata como Miller.

“Sabíamos que ibas a reaccionar mal si te enterabas. Tom… hice lo que tenía qué hacer.”

Tom y Bill se miraron a los ojos por varios segundos que se sintieron eternos; un espejo de luz y sombra. El aire de la habitación se había llenado de un aroma que ninguno de los dos podría controlar si lo hubieran intentado: dolor, incertidumbre. En ellos se traducía en olor a flores marchitas y a acero frío.

Finalmente, fue Bill quien terminó cerrando los ojos, suspirando su derrota y dando un paso hacia atrás. Era muy raro verlo así: Bill era un omega, pero era extremadamente orgulloso, nunca se dejaría derrumbar si creía que estaba en lo correcto. Pero Gustav, que aún no entendía plenamente qué era lo que había pasado, pudo entender que debe haber sido una situación en que finalmente Tom terminó teniendo toda la razón, y por eso es que Bill no podía sostenerle la mirada por más tiempo.

Tom volteó a ver a Georg, quien levantó la barbilla y lo observó con la misma convicción que Bill mostró antes. “Tardaste semanas en recuperarte después de la emboscada”, ofreció como explicación, “una noticia así te hubiera debilitado más.”

“¿Y creyeron que era mejor que me enterara así, por la boca de un maldito traidor?” Tom dio otro paso hacia ellos, y a pesar de lucir miserable, Bill se mantuvo firme en su lugar, “¡han pasado tres años! ¡Tres años en los cuáles he sido tan tonto de pensar que he logrado proteger a Bill!”

Bill levantó la mirada una vez más. A estas alturas, había dos grandes lágrimas corriendo por sus mejillas, pero su rostro se ancló a la mirada de Tom, “¡Y me has protegido! ¡Pero estaban a punto de matarte, Tom! ¡¿Qué era más importante en ese momento, que mis manos se mantuvieran limpias o salvar tu vida?!”

Tom no contestó nada al exabrupto de Bill, pero su mandíbula tembló. Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta, y fue entonces que la pretendida dureza que quiso mostrar el omega se desmoronó frente al evidente derrumbe del alfa. “Tom…” llamó Bill entonces, con la voz ya mucho más débil. Tom no contestó, ni volteó a verlo, pero dio unas órdenes al aire. “Que el búnker esté bien asegurado esta noche. Activen todas las cámaras y váyanse a dormir.”

“Tom…”

“No ahora, Bill.”

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Media hora después, ninguno de los tres se había movido de su sitio, salvo para coordinar el cierre del búnker. Gustav seguía esperando en silencio, distrayéndose revisando los monitores y dando algunas órdenes por radio a sus hombres. Sabía que eventualmente Bill y Georg le dirían que fue lo que pasó, aunque creía entender gran parte del problema solo con ver la cara de Bill. Georg recibió el reporte del ala médica: Tom ya había sido puesto en un cuarto oscuro y le habían dado analgésicos. La migraña no había golpeado con toda su fuerza aún, pero habían estado apenas a tiempo para mitigarla un poco antes de que lo hiciera. Bill seguía sentado frente a su computadora sin poderse mover por la impresión de haber tenido que confrontar a Tom en tan horrible situación. De todas las formas en que se había imaginado que eventualmente tendría que tomar responsabilidad y contarle a su gemelo la verdad, no esperaba que al final fuese a ser todo por una traición.

Bill sabía que necesitaba descansar, pero volver a la mansión ya no era posible por esa noche, y no quería dormir en el búnker, eso era seguro.

Mientras que el búnker era “hogar” para Gustav y Georg, quienes tenían sus habitaciones propias y espacios privados para cocinar y pasar su tiempo libre, para Bill la idea de pasar una noche ahí ra algo tan poco apetecible y ajeno que nunca se había dado a la tarea de adueñarse de una habitación.

Él y Tom compartían una hermosa mansión donde tenía su cuarto, su cama y sus cosas. No le había costado acostumbrarse a la comodidad y al lujo, pero lo mejor era que la mansión era un espacio que solo olía a ellos dos. El búnker, por más limpio que estuviera, siempre tenía el aroma subyacente de alfas y betas que no eran los pertenecientes a su manada directa, y aunque esto no molestaba a Tom, Georg y Gustav, a Bill, siendo el único omega en un radio de 20 kilómetros, lo ponía nervioso a un nivel molecular que solo otro omega podría entender.

Nunca pasaba la noche en el bunker si podía evitarlo, y cuando lo hacía casi siempre se quedaba en la habitación que Tom sí se había dado a la tarea de convertir en algo familiar, donde el aire olía un poco más puro, donde las cosas de Tom estaban esparcidas en los estantes, donde Bill se adueñaba de la cama mientras Tom terminaba durmiendo malhumorado en el sofá. Ahora eso ni siquiera era opción: sí, Tom dormiría en el ala médica esa noche, pero estaba enojado, y por ello, aun si Bill hubiera dormido en esa cama, el aroma de su hermano habría sido más una tortura que una consolación.

Honestamente, ninguno de los tres quería ir a dormir, y ni Georg ni Bill iban a hablar por su cuenta, así que Gustav decidió dar el paso por sí mismo y se volteó ligeramente para mirar a Georg. “¿Qué demonios fue lo que pasó allá?”, preguntó, su voz grave y con pocas inflexiones cayendo con peso en medio de él y el otro beta, “Tom parecía furioso… con Bill no es tan raro, pero ¿tú qué hiciste?”.

Georg, que había estado recargado contra la mesa con los brazos cruzados, se rascó la barbilla y soltó un suspiro, volteando ligeramente hacia él. “¿Recuerdas el fiasco de Wedding?”

“Claro que lo recuerdo”, Gustav casi quiere reír recordando aquél desastre, un trago muy, muy amargo, “Tom estaría muerto si no hubieras llegado a tiempo para acribillar a ese bastardo”.

Ante estas palabras, Gustav percibió un cambio, sutil pero evidente, en el ambiente de la habitación.

Georg intercambió una mirada con Bill, que entonces parecía enteramente miserable. Bill asintió con la cabeza, y su expresión parecía decir, ¿qué más da?

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Gustav conocía la historia así: la operación en aquél edificio abandonado había fallado estrepitosamente. Se suponía que solo era un intercambio de rutina con los rusos. Georg y Gustav habían instalado cámaras de vigilancia días antes únicamente como precaución rutinaria, pero ese día Komarov había tenido su propia agenda, Tom había salido herido, y las cámaras habían sido el único medio de salvación. El alfa había corrido por los pasillos desangrándose, habiendo perdido comunicación con Georg y Bill, que estaban intentando coordinar el escape de los que faltaban, incluyendo al mismo Gustav. Estando Tom ya en el suelo, inconsciente por la pérdida de sangre, Georg había llegado, habiendo corrido desde la camioneta blindada donde él y Bill vigilaban los monitores cuando se dieron cuenta de que Tom estaba en riesgo mortal. Georg llegó apenas a tiempo y descargó su arma sobre un hombre que estaba a punto de dispararle a Tom en la cabeza.

“…sí Gus, pero no fui yo quien impidió que mataran a Tom. Fue Bill.”

En efecto, Georg había estado con Bill en la camioneta, comunicándose con el equipo y monitoreando la situación, cuando todo se fue al carajo y Tom fue herido y separado del resto. Entonces, lo vieron por una de las cámaras intervenidas caer casi completamente desangrado luego de haber huído. Nadie más del equipo estaba cerca para ayudarlo. Mientras inspeccionaban otras cámaras para evaluar la situación, vieron a ese hombre atravesar los pasillos corriendo y una certeza los inundó: tarde o temprano encontraría a Tom. En lugar de seguir buscando refuerzos, Bill había salido disparado, habiendo tomado la beretta del equipo táctico que Georg tenía listo por si era necesario. Georg gritó que se quedara quieto, que no se pusiera en peligro, pero Bill no lo escuchó y fue en búsqueda de su hermano.

Cuando finalmente pudo recobrar algo de control de la situación y organizar al resto equipo para una huída eficaz, Georg había decidido confiar en sus agentes para terminar de poner todo bajo control, y salió a buscar a Bill. Lo encontró frenético, tratando de hacer un torniquete con su camiseta desgarrada en el brazo de Tom, y un hombre del otro bando en el suelo, acabado a balazos a un par de metros de ellos.

La limpieza de esa operación había sido un desastre: desde llevar a Tom a un hospital donde no hicieran demasiadas preguntas a cambio de la cantidad correcta de euros, hasta reducir lo más posible el daño económico y moral para el sindicato.

Todo lo que Tom sabía era que cuando despertó había encontrado a Bill con ojeras y manchas de lágrimas en su rostro a lado de su cama en el hospital. Para entonces, la única sangre que supuestamente estaba en las manos del omega era la de su hermano herido, y Bill y Georg ya habían decidido la historia que iban a contarle a Tom y a Gustav; una que no revelara que Bill había tenido que matar a un hombre para salvar a Tom y que le diera a Georg el crédito por salvar a su amigo.

“Tampoco te dijimos a ti porque no queríamos otra persona cargando con el peso” justificó Georg, aunque estaba seguro de que Gustav lo entendería a un nivel intuitivo. “Y además, hubiera sido devastador para Tom ser el único miembro de su propia manada que no sabía lo que pasó esa noche”.

Gustav, aún de brazos cruzados, asintió. No le gustaba para nada el asunto, pero creía entender el actuar de sus amigos.

“Muy bien. ¿Qué pasará ahora?”

Bill se cruzó de brazos y se echó para atrás, finalmente despegando los ojos de la pantalla, que había estado suspendida desde hace varios minutos.

“Tengo que hablar con él”.

Fue casi un lamento, la forma en que dijo estas palabras. Sabía que no sería fácil, Tom estaba muy molesto. Además, habían jugado con algo que era vital para Tom; la seguridad de Bill.

Todos estos años Tom se había puesto a sí mismo en la línea de fuego con una única finalidad: que Bill no tuviera qué hacerlo. Bill ha perdido la cuenta de todas las veces que había tenido que asegurarle a Tom que se encontraba bien, que no había nada de qué preocuparse.

Hubo un tiempo, cuando eran adolescentes, en que Tom parecía necesitar tocarlo siempre, como para asegurarse de que sí estaba ahí con él, entero y vivo. Bill recuerda estar sentados, muy juntos en un viejo sillón, él recargado en el pecho de Tom y Tom con una mano metida en su camiseta, su palma caliente y sus dedos extendidos en el amplio plano de su espalda. Era como si solo con ese contacto Tom pudiera sentirse satisfecho de que Bill no iba a convertirse en aire frente a él.

Habían crecido de una forma tan salvaje, con tantas carencias y tan alejados de la gente, que no se habían dado cuenta de que su contacto físico a veces era excesivo, básicamente porque no tenían nada ni nadie con quién comparar. Nadie les había enseñado nada, muchas cosas las sabían únicamente por observación e instinto, habilidades que con su modo de vida solo les habían dado un medio para la supervivencia: ser el todo de su gemelo.

Era su rutina diaria; al descansar, escondían el rostro en el cuello del otro, se entrelazaban de brazos y piernas en el sillón y en la cama de una forma que no permitía ver dónde empezaba uno y terminaba el otro. A veces, solo para relajarse un poco, juntaban sus frentes y respiraban por varios, largos minutos el mismo aire, y cuando era necesario, se limpiaban las heridas mutuamente. En ocasiones, la necesidad territorial de Tom hacia Bill lo llevaba a estrujar sus brazos o sus piernas entre sus dedos, y en ocasiones, a morder su cuello por puro instinto. Bill por su parte, solo se sentía del todo tranquilo en los brazos de su hermano, bajo su peso, con los dedos enredados en su cabello castaño.

Cuando Georg y Gustav se unieron a su manada, apenas fue que los gemelos chocaron de frente con las limitaciones de la expectativa social: los ojos que pusieron los betas cuando vieron a Bill, estresado por la planeación de una operación complicada, meterse entre los brazos de Tom como si fuese su único refugio, y a Tom inclinarse y lamer su cuello como si lo estuviera probando antes de devorarlo, encendieron alarmas en su mente por primera vez acerca de su vínculo.

Fue ahí que comprendieron que dos hermanos, especialmente cuando se trataba de un alfa y un omega, no se suponía que fueran tan íntimos en la forma en que se tocaban y convivían. Ni siquiera un par de gemelos idénticos que se consideran a sí mismos la misma persona habitando dos cuerpos. Aunque para ellos entender el cuerpo del otro como una extensión del propio era lo más natural del mundo, para sus amigos no había sido tan sencillo.

El tiempo y la madurez habían disminuido esa necesidad visceral de contacto piel con piel y la habían convertido en algo diferente; algo mucho más tranquilo, y al mismo tiempo, un poco más complejo y profundo. Tom, como un buen alfa, es protector, proveedor y dedicado. Bill, como omega, lo cuida, procura ayudarle a regularse, se asegura de que haya belleza y diversión en su vida, más allá del deber. Mientras cumplen estos roles, tienen que navegar las sensibilidades de una realidad que no se ajusta a ellos, y ser, por sobre todas las cosas, hermanos.

Pero Bill sabe que en alguna parte Tom sigue siendo el muchacho feroz que no podía descansar tranquilo hasta que tenía a su hermano atrapado entre sus brazos en la cama con la piel impregnándose de su esencia. Un muchacho que en el fondo se paraliza de miedo cuando pierde el control, cuando no sabe qué hacer, y cuando piensa que el peligro que tiene frente a él es mucho más grande de lo que él es.

Bill apenas estaba pensando en qué le diría a Tom cuando estuviera mejor, cuando recibieron un mensaje del ala médica en la computadora de Georg.

“Bill, dice el médico que quizás a Tom le haría bien que lo acompañes esta noche. Está muy inquieto y el dolor aumentó”. George y Gustav miraron a Bill un momento, como preguntándose entre ellos si acercarse a Tom en este momento es una buena idea para él.

Bill asintió, aunque un poco dudoso. Cuando se trataba del malestar de Tom, él sabía que lo primero que todo el mundo pensaba era que Bill era quien más podía aliviarle. No siempre era así, pero Bill nunca dejaría de intentarlo.

Se puso de pie. Su blusa de seda se sentía fría sobre él, así que tomó la chaqueta que trajo consigo, una vieja chaqueta de piel que Tom había tenido por años, desgastada y suave por el uso pero mil veces impregnada del aroma del alfa. Para Bill en un momento así, se sentía como como ponerse una armadura.

&

En el cuarto donde tenían a Tom solo estaban encendidas un par de luces muy bajas, presumiblemente solo para que los médicos, y ahora Bill, supieran por dónde caminar. Tom estaba acostado en la camilla con un paño húmedo sobre la frente y los ojos, y unos nodos pegados a su pecho, monitoreando.

Bill hizo el menor ruido que le fue posible al acercarse y sentarse en la silla de metal a lado de la cama. Tentativamente, tocó la mano de Tom, con cuidado y con toda la suavidad que pudo. Bajo su mano, Tom tensó la suya, pero se relajó pronto, y Bill lo tomó como una señal para sujetarlo con más fuerza y entrelazar sus dedos.

Bill liberó su aroma lentamente, con cuidado para no abrumar a su hermano que estaba recuperándose. De acuerdo con los médicos, habían logrado prevenir una migraña con toda su fuerza, pero era bastante probable que Tom estuviera experimentando aún un dolor significativo.

Bill había hecho esto antes. No era un problema para él, nunca lo había sido. Le debía mucho a Tom, y unas horas de su propio tiempo y descanso no significaban nada en comparación con todo lo que habría querido poder darle de vuelta.

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Bill sintió una presión en sus dedos que lo sacó del limbo del sueño. No estaba seguro en qué momento de la madrugada se había quedado dormido con su cabeza recargada en la cama de su hermano, pero sabía que ya era bastante tarde. Básicamente lo había vencido el cansancio. La presión que lo sacó del sueño no era otra cosa que la mano de Tom en la suya. Su hermano ya estaba despierto y mirándolo desde la almohada. Ya se había quitado el paño húmedo de los ojos, y todos sus signos vitales parecían encontrarse estables.

“Tom…”, susurró Bill entonces, y Tom negó suavemente con la cabeza. No estaba molesto, estaba más bien cansado, y para Bill era evidente. No era del todo un alivio, pero el peso en los hombros del omega se sentía mucho más ligero.

“Bill, me duele un poco todavía”, advirtió el alfa entonces, como pidiéndole a su hermano que fuera amable por ese instante. Bill asintió: “por favor, explícame, antes de que tenga fuerza para volverme a enojar”.

Bill casi quiso reír ante este comentario; Tom tenía un humor extraño, igual que él. Pero en esa ocasión, no parecía que su hermano estuviera bromeando, más bien era obvio que hablaba totalmente en serio.

En un intento de suavizar el golpe que sabía que vendría, Bill acercó la mano de Tom a su rostro y a la vez se inclinó, besando sus nudillos con reverencia. Tom soltó un suspiro y cerró los ojos. Bill decidió no dar todo el contexto, Tom lo conocía de sobra. Él solo quería su versión de los hechos.

“Ese día, ¿recuerdas que Georg y yo estábamos monitoreando todo desde las cámaras? Te vimos colapsar en ese pasillo. Luego, vimos a uno de los tiradores élite acercarse. Había una posibilidad muy alta de que te encontrara”, Tom no abre los ojos, así que Bill continuó, tratando de encontrar las palabras que hicieran entender a su hermano sin duda alguna que Bill no había tenido opción; “en ese momento no lo pensé. Tomé la beretta del equipo de Georg y salí corriendo. Cuando llegué al lugar, él venía acercándose por el otro pasillo”.

Bill no se dio cuenta del momento exacto en que volvió a presionar los dedos de su hermano entre los suyos, pero sí pudo ver el momento en que Tom frunció el ceño, como si hubiera otra punzada de dolor detrás de sus ojos.

“Y… lo digo en serio: no lo pensé, Tom. Creo que solo tuve suerte, solo había disparado cuando Gustav me entrenó en autodefensa. Si ese hombre hubiera querido te pudo haber acribillado y a mi también. Pero por alguna razón no me vio. Yo solo corrí hacia él, y disparé tantas veces como pude.”

Tom no dijo nada ante estas palabras. Es evidente que nada de lo dicho por su hermano ha servido para calmarlo o hacerlo pensar mejor las cosas. Bill suspira y continúa, un poco resignado; “Georg llegó después y me ayudó a estabilizarte y sacarte de ahí. Él hizo toda la limpieza. Cuando supimos que ibas a despertar pronto, lo hablamos y decidimos que íbamos a decir que él te había salvado. Y… conoces el resto.”

Hubo un silencio casi absoluto después de estas palabras que solo fue interrumpido por los silbidos rítmicos de la máquina que monitoreaba a Tom. Bill había estado ignorando estos ruidos antes, y en ese momento le sonaban insoportablemente aturdidores. Ninguno de los dos se movió, y la realidad quedó suspendida en un aire denso cargado de un aroma a hospital que Bill había aprendido a detestar.

“Bill… todo lo que siempre he querido para ti es que seas feliz”. La voz de Tom era grave, baja y rasposa, como si hubiera pasado años sin usarla compactados en esas cuantas horas. Bill sintió su corazón encogiéndose. “Pensé que algún día podría sacarte de esto, y que tu alma seguiría pura para entonces”.

Al oír esto, Bill no pudo evitar la expresión de dolor y furia que atravesó su rostro, aunque tuvo tiempo de alegrarse de que su hermano aún no hubiera abierto los ojos para verlo.

“Tom… ¿es eso lo más importante entonces?”, reclamó el omega, su cuidado anterior olvidado, y se negó a bajar el volumen de su voz incluso cuando Tom hizo una mueca de dolor evidente. “Si no soy “puro”, y si no tengo las manos limpias, ¿entonces no valgo?”

Tom no respondió nada. Bill suspiró, sintiéndose un poco derrotado ya, y apenas entonces es que bajó la voz, su rostro cayendo de decepción: “¿si no soy puro, entonces no puedes quererme?”

Ante esto, Tom lanzó un gruñido que mezclaba enojo y dolor. Sonó casi gutural, más bestia que humano, y fue en ese momento él quien presionó los dedos de Bill con fuerza mientras éste terminaba de hablar, “¡no es así Bill! No estás entendiendo!”

Tom relajó su agarre en la mano de Bill, y suspiró tratando de calmarse. Era evidente que el dolor no lo había dejado en paz. “El error no es tuyo, Bill, es mío. Debí sacarte de aquí hace mucho, debí ponerte a salvo. Incluso si yo no pudiera irme, podría haberte enviado a cualquier otra parte del mundo a que hicieras tu vida en paz. ¿Por qué tenerte aquí sufriendo? ¿Qué clase de hermano soy, reteniéndote a mi lado solo para que pases por estas cosas?”

La frustración en la voz de Tom hizo que los ojos de Bill se llenaran de lágrimas de impotencia. ¿Cómo podía ser tan cabeza dura? ¿Por qué no puede entender que a Bill no le importaban ninguna de esas cosas, a él no le importaba su supuesta pureza, no quería tener paz ni riquezas ni nada, si el precio era que Tom atravesara el infierno solo?

Pero esto le hizo pensar que quizás ahora era el momento de jugar su última carta, algo que ha querido decirle a Tom por mucho tiempo, pero que nunca pensó que tendría la fuerza para confesar incluso si el momento adecuado llegaba. Lo había considerado una y otra vez, nunca encontrando el momento para pronunciar las palabras que sabía que podrían romper su corazón. Si el corazón de Tom se había roto ya, quizás Bill pudiera darle un alivio remoto con esto. Y si no, él suponía que ya ninguno de los dos se podía romper más.

“¿Sabes Tom?”, se atrevió a decir, de forma tentativa, observando de cerca cada minúsculo movimiento en el rostro de su hermano, “Creo que… hace mucho tiempo no había vuelta atrás para mi, incluso antes de que disparara ese revólver”.

Tom pareció aturdido por esta declaración. Cuando pudo voltear a ver a Bill, que lucía pequeño ahí sentado, mirándolo con sus ojos llenos de lágrimas y las mejillas rojas, su gemelo siguió hablando, “fue la primera vez que regresaste a casa cubierto de sangre y catatónico por la impresión. Me dijiste que acababas de matar a alguien. Te habían dicho que era una operación fácil y yo te esperaba pensando que todo saldría bien. Imagínate cuando te vi así, casi me muero”, Bill acarició su mejilla, “si tu alma se fue ese día para no volver, mi Sol, la mía se fue también.”

Tom dejó salir un suspiro tembloroso. Cerró los ojos una vez más, con fuerza, como si al hacerlo pudiera borrar de su mente aquella imagen mental de Bill recibiéndolo aterrorizado en el viejo departamento de una sola habitación que llamaban casa. Un Bill de solo catorce años, con el cabello teñido de negro, manos frágiles y mirada ansiosa, jalando a Tom de las manos hacia el baño para lavar su rostro.

“No debí decirte lo que hice, entonces”, concluyó Tom, llegando al único punto que nunca se le pasó por la cabeza a su hermano al compartirle esta historia. Bill, desesperado por la terquedad de su hermano en pensar que él fue el culpable de algo que evidentemente no hubiera podido evitar de todas formas, lanzó mentalmente una maldición al aire y trató de calmarse, consciente de que probablemente no se lo sacaría de la cabeza por más que él intentara ser razonable de todas formas.

“Me alegra que lo hicieras de todas formas. Tenías catorce años, mi Sol. Ningún niño merece cargar ese peso solo”.

Tom dejó salir una bocanada de aire que parecía haber estado conteniendo por un buen rato, y su expresión se relajó, pero el malestar siguió flotando en el aire.

“Bill”, su voz rompió el aire una vez más, haciendo que Bill lo mirara con resignación a su terquedad. “No te amo solo por tu pureza. Eres mi hermano, mi propia sangre. Tú le has dado un motor a mi vida… si tú no estuvieras conmigo yo sería apenas una cáscara. Todo lo que quiero es que encuentres tu felicidad”.

Hubo un momento de silencio en el que Bill solo lo observó. Finalmente, acarició con su dedo pulgar la mejilla de su hermano, donde Tom tenía un lunar en el mismo lugar que él y la cicatriz de una herida que Bill le había hecho por accidente cuando niños.

“Yo también quiero que seas feliz, mi Sol”.

Continúa…

Espero que te haya gustado!
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por admin

Traductora del fandom

Un comentario en «Eclipse 1»

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