Mi dulce recuerdo 16

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 16

Finalmente era viernes, casi sábado.

Después de una semana larga y agotadora, llena de jornadas en el trabajo, la universidad y la escuela, al fin podían descansar. Al menos Bill y Tom.

A pesar del cansancio, la semana había estado cargada de encuentros muy acalorados para la pareja. Thomas y Bill habían probado de todo: posiciones nuevas y distintas formas de explorar el sexo que, aunque le provocaban mucha vergüenza al pelinegro, lo habían excitado profundamente y le habían dado un placer intenso y adictivo. Aún así, siempre había una pena latiente en él; le costaba no sentirse culpable sabiendo que Tom estaba en la misma casa. La culpa y pena profunda de tener sexo sabiendo que un menor estaba bajo el mismo techo, por más que fueran cuidadosos y silenciosos.

Ese viernes por la noche, la habitación estaba en penumbras.

Bill estaba acostado boca arriba en la cama. Tenía las piernas abiertas, separadas al máximo y las rodillas flexionadas porque Thomas estaba arrodillado entre ellas.

Su blusa de tirantes estaba arremangada hacia arriba, subida por encima de sus senos, dejándolos totalmente a merced de aquella mirada depredadora, hambrienta, incapaz de apartar los ojos de aquellos pezones perfectos de un delicado color rosa que se endurecían más con cada segundo de su atención, que se movían suavemente con cada embestida lenta.

El mayor empezó a acelerar las penetraciones, entrando y saliendo sin control mientras su pulgar frotaba el clítoris de Bill en círculos firmes y constantes.

El azabache soltaba gemidos bajos, agarrándose de las sábanas.

—Mmm…— Emitió con los ojos cerrados.

Después de unos minutos, Thomas salió de repente de su vulva, dejando un vacío que hizo al azabache gemir y abrir los ojos de paso.

El castaño bajó la cabeza entre sus piernas y le dio un largo lametón desde abajo hasta el clítoris. Metió dos dedos en su vagina, curvándolos mientras su lengua lamía y jugaba con su clítoris hinchado.

Sacó los dedos y agarró suavemente con su boca uno de sus labios mayores y lo jaló con delicadeza. Luego hundió el rostro en él, abriéndolo más para devorarlo mejor.

Bill sentía el roce áspero y rasposo de su vello facial crecido, esa barba que raspaba deliciosamente contra la piel sensible de sus muslos y labios hinchados, enviando escalofríos de placer mezclado con una ligera quemazón.

Temblaba ligeramente, con la boca en «o», conteniendo gemidos y solamente soltando jadeos.

El mayor seguía con su labor, saboreándolo con entusiasmo y devoción, hasta que Bill no pudo más.

—Thomas… me voy a…— Habló con voz entrecortada.

Su cuerpo se tensó de repente. Y terminó corriéndose en la cara de su novio, quien recibió sus fluidos con el mismo entusiasmo y devoción.

Thomas subió rápidamente por su cuerpo, y de inmediato atacó sus pechos. Capturó un pezón con la boca y lo chupó con fuerza, tirando de él con los dientes y luego lamiéndolo. Hizo lo mismo con el otro, mientras Bill enredaba ligeramente sus dedos entre el cabello castaño.

Luego de soltarlos se incorporó y agarró su polla, masturbándose con rapidez. Con un gruñido ronco se corrió, tirando varios chorros gruesos y calientes directamente sobre el coño de su pareja, cubriendo sus labios hinchados y su clítoris con su semen.

Bill respiraba agitado con las mejillas rojas, sintiendo el calor de su leche escurriendo por su piel.

El mayor se volvió a inclinar y le dio un beso apasionado y profundo en la boca. Una mano entre sus piernas, esparciendo su semen por toda su intimidad.

Y aunque era muy pronto, su deseo por embarazar a Bill solo aumentaba. La idea de llenarlo con su semen y dejarlo embarazado se había vuelto una obsesión constante.

&

El día sábado amaneció con esa luz pálida y gris que Stuttgart regalaba casi todos los días. Pero por primera vez en mucho tiempo, no llovía en la mañana.

Bill se había despertado temprano para preparar el desayuno.

—¿Y Tom?— Preguntó cuando Thomas apareció en la cocina, mirando hacia las gradas con cierta preocupación.

El mayor se acomodó el saco con tranquilidad.

—Los sábados y domingos duerme hasta las doce. A veces hasta las dos— Sonrió de lado.— No te preocupes, amor. Es normal.

—Ah…

Thomas terminó su desayuno y se despidieron con un beso en la puerta.

La casa quedó solo con él y el pequeño Tom.

Se quedó de pie un momento en la entrada, todavía con la pijama puesta, pensando en qué hacer con todo ese tiempo libre.

No tardó en decidirlo.

Subió primero a su habitación, la que compartía con Thomas, y se puso manos a la obra. Ordenó la cama, dobló la ropa limpia que estaba esparcida, y ordenó el tocador. Todo quedó impecable en poco tiempo.

Bajó. Lavó los platos sucios del desayuno, los secó, los guardó. Limpió la encimera, organizó la despensa que llevaba días con las cosas fuera de su lugar. Luego pasó a la sala. Acomodó los cojines del sofá y pasó un trapo limpio por la mesita del centro.

El tiempo pasó sin que se diera cuenta.

Subió las gradas con intención de finalmente cambiarse. Llevaba la pijama puesta desde la mañana y ya era hora de quitársela.

Justo cuando llegaba al final de las gradas, la puerta de la habitación de Tom se abrió.

El niño salió frotándose un ojo con el dorso de la mano, tenía las rastas completamente sueltas y alborotadas.

—Buenos días, Tom— Saludó Bill con una sonrisa, genuinamente feliz de verlo.

—Buenos días— Murmuró Tom, ronco.

—¿Tienes hambre?

—Sí

—Baja, en un momento te preparo algo.

—Mn

Y sin decir más, Tom pasó junto a él y bajó las gradas arrastrando los pies, directo hacia la sala.

Bill sonrió para sí mismo y entró a su habitación.

Abrió el armario y su mirada se detuvo en una percha en particular. Ahí, entre toda la ropa negra que componía absolutamente todo su guardarropa, colgaba algo completamente distinto.

Un vestido.

Colorido, con un patrón floral suave en tonos pasteles, sin mangas y una falda ligera que llegaba arriba de las rodillas.

Thomas se lo había regalado hacía apenas unos días, sin ninguna razón especial. Solo había llegado a casa con una bolsa de regalo y se la había entregado con una sonrisa, diciendo que lo había visto en una vitrina y que había pensado en él.

El azabache lo había agradecido con un beso, pero no se lo había puesto todavía. Le daba vergüenza, un poco. Toda su vida había vestido de negro. Era su color, su identidad, lo único constante entre tantas cosas que habían cambiado a su alrededor.

Pero ese día… se sentía diferente.

Tomó el vestido de la percha y lo miró un momento más antes de quitarse la pijama y ponérselo.

Le quedaba bien. Mejor de lo que pensaba.

Se miró en el espejo, alisando la falda con las manos, girando un poco para verse desde otro ángulo. El color le daba algo distinto a su piel pálida, algo más suave, más cálido.

Sonrió, pequeño y tímido, incluso estando solo.

Bajó las gradas con pasos ligeros.

En la cocina, se puso a preparar algo rápido. Un sándwich, un poco de fruta cortada, un jugo. Nada elaborado, pero suficiente para alguien que acababa de despertar.

Tomó el plato y el vaso y caminó hacia la sala.

El de rastas estaba extendido en el sofá, viendo la televisión. Desde que bajó, había tomado el control y había encendido el televisor como hacía anteriormente los fines de semana y las tardes entre semana. Finalmente había vuelto a su rutina pasada.

En la pantalla, Tom y Jerry corrían por toda la cocina, con Tom, el gato, resbalando sobre el piso recién encerado y estampándose contra la pared con esa exageración absurda de los dibujos animados clásicos.

El azabache se acercó, y justo en el momento en que dejaba el plato y el vaso sobre la mesita frente al sofá, el gato en la pantalla terminó pegando un grito de dolor.

Una risa corta y baja escapó del menor. Apenas un sonido, casi nada, acompañado de una sonrisa pequeña que se le formó en la cara.

Bill se quedó quieto unos segundos.

No esperaba eso.

No esperaba ver a Tom reír. Ni siquiera así, tan pequeño, tan breve. En las semanas que llevaba viviendo ahí, nunca lo había visto reírse de verdad. Ni sonreír. Pero lo vio reír…

Algo se movió en el pecho de Bill, cálido y suave, al ver esa expresión tan distinta en el rostro del niño. Por un instante, dejó de parecer el chico serio y a la defensiva que conocía, y solo se veía como lo que era.

Un niño de doce años, riéndose de un gato animado.

—Aquí tienes— Dijo finalmente, recuperándose, con una sonrisa que no pudo contener del todo.

El de rastas giró la cabeza hacia él, todavía con los restos de esa sonrisa en la cara. Pero entonces sus ojos se detuvieron.

En el vestido.

Su expresión cambió de inmediato, pasando de la diversión relajada a algo casi sorpresivo.

Tom lo observó un momento más, sin decir nada, con esa mirada analítica que tanto se parecía a la de su padre.

—Gracias— Dijo

Volvió la vista hacia la televisión, donde Jerry ahora perseguía a Tom con un sartén en las manos.

Bill ladeó la cabeza, sin poder evitar otra sonrisa

El menor tomó el sándwich del plato y le dio un mordisco, masticando despacio mientras estaba completamente absorto en el programa.

Y cuando pasó algo gracioso de nuevo, otra risita corta se le escapó.

Bill se quedó ahí un momento más, observando el perfil de Tom. La pequeña sonrisa que todavía permanecía en su rostro. Las migas de pan olvidadas en la comisura de sus labios. La forma en que parecía más relajado que de costumbre.

Algo cálido le apretó el pecho.

Ver a Tom sonriendo, riéndose…

Tom pareciendo, aunque fuera por unos minutos, simplemente un niño.

Sacó el teléfono de su bolsillo.

—Voy a hacer una llamada, ¿sí?— Avisó.

El menor emitió un sonido distraído que podía significar cualquier cosa entre un «sí» y un «déjame ver mi caricatura».

Bill sonrió para sí mismo y se alejó unos pasos hacia la cocina.

Marcó el número de memoria.

La llamada sonó dos veces y entonces Andreas contestó.

—Hola, Bi.

La voz de Andreas llegó cálida y familiar al otro lado de la línea.

Automáticamente, el azabache sonrió.

—Hola, hermanito. ¿Cómo estás?— Se apoyó contra la encimera.— ¿Ya se te pasó la tos?

—Sí, sí. Ya estoy bien.

El pelinegro frunció ligeramente el ceño.

—¿Seguro?

—Segurísimo— El rubio soltó una risa suave.— Por Dios, Bi. Cómo eres de exagerado.

—No exagero.

—Claro que sí.

Bill rodó los ojos, aunque Andreas no pudiera verlo.

—Te voy a obligar a ir al médico.

—Oh, bueno. Hazlo, Bill Kaulitz.

—¡Andy…!— Exclamó con vergüenza aunque terminó riéndose nerviosamente ante lo último.

La risa de Andreas sonó otra vez al otro lado de la línea.

Por suerte, cambió de tema antes que Bill pudiera seguir insistiendo.

—Por cierto… mañana terminamos de arreglar la casa.

El menor parpadeó.

—¿Ah?

—Mañana terminamos los últimos arreglos. Ya no queda prácticamente nada.

Los ojos del menor se iluminaron de inmediato.

—¿¡En serio!?

—En seriooo…

—¡Andy!

La emoción en su voz hizo sonreír a Andreas.

—Te lo dije.

—Quiero verla.

—La verás.

—No, quiero verla mañana.

—Entonces ven mañana. Con Thomas. Y le agradecemos por la ayuda.

El azabache se enderezó de golpe.

—¿Puedo?

—Claro que puedes— El rubio soltó una pequeña risa.— Sigue siendo tu casa también, ¿sabes?

El corazón de Bill se encogió un poco ante esas palabras.

Su casa.

—Voy a ir— Dijo enseguida— Después que Thomas venga del trabajo, iremos.

—Está bien.

—Quiero ver cómo quedó todo.

—Los espero entonces.

El menor sonrió ampliamente.

—No puedo creer que ya casi esté terminada.

—Yo tampoco.

Por un instante ambos guardaron silencio.

Un silencio cómodo.

Familiar.

Luego Andreas volvió a hablar.

—Me alegra escucharte tan feliz, Bi.

Bill bajó la mirada.

Y sin darse cuenta, volvió a observar a Tom desde la cocina.

El niño seguía en el sofá, completamente concentrado en la televisión.

—Sí… estoy tan feliz…— Murmuró

Todavía le costaba imaginar la casa completamente arreglada. Sin goteras, sin humedad, sin aquellas tablas flojas en el suelo.

Mañana volvería a sentarse junto a aquella ventana que daba al bosque.

Volvería a casa.

La idea hizo que una sonrisa pequeña apareciera en su rostro.

Continúa…

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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