
Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 33: Even if the years pass
Si dos almas están destinadas, no importa el tiempo, no importa la distancia.
El destino puede separarlas, hacer que se pierdan en mares de dudas, pero solo para que, al reencontrarse, sean aún más fuertes, aún más ciertas.
Porque el amor verdadero no se marchita,
se transforma en raíces profundas,
en susurros que el viento no borra,
en estrellas que siguen brillando
incluso cuando la noche es más oscura.
Podrán pasar años, vidas enteras,
pero cuando dos almas se pertenecen,
el universo siempre encuentra la forma
de hacer que sus caminos se crucen otra vez.
No es cuestión de suerte, ni de coincidencias. Es el eco de promesas hechas, la certeza de que, cuando se miren de nuevo, ya no serán los mismos de antes, sino versiones más sabias, más fuertes, más llenas de todo lo que el amor les enseñó.
Porque amar no es solo quedarse,
es aprender a soltar cuando hace falta,
es saber que a veces hay que perderse
para poder encontrarse de verdad.
Y cuando el tiempo haga su trabajo,
cuando el pasado deje de doler y el futuro deje de asustar, se mirarán a los ojos
y entenderán que siempre fueron ellos,
que el amor no se mide en días ni en años, sino en la certeza de que, al final del camino, siempre estarán ahí…
Esperándose…
&
El tiempo no se detuvo, para nadie.
Los días pasaron, luego las semanas, luego los meses… y, antes de que pudiera asimilarlo, habían pasado casi dos años desde aquella noche en la que regresé a casa con las maletas en mano y el alma hecha pedazos.
Lo que quedaba de ese año fue un infierno, no hay otra forma de describirlo.
Cuando decidí que Bill tenía que ser feliz sin mí, cuando el bebé dejó de existir antes siquiera de tener una oportunidad… algo dentro de mí simplemente dejó de funcionar. Caí en un vacío del que no sabía cómo salir, no tenía ánimos para nada, no encontraba sentido en nada.
Y aunque mi madre siempre estuvo ahí, apoyándome con cada respiro, con cada palabra de aliento, con cada comida que intentaba que comiera… todo me daba igual.
La universidad, mis amigos, mi propia vida.
Solo existía y nada más. Ese año lo terminé de forma mediocre. No reprobé, pero tampoco sobresalí, apenas hice lo suficiente para no arruinar mi futuro.
Lo irónico es que, mientras mi vida se sentía como un desastre sin sentido, la de Georg y Gustav avanzaba sin detenerse.
Ellos se graduaron ese mismo año, cumpliendo con lo que se habían propuesto desde el inicio. Los vi recibir sus diplomas, los vi sonreír con orgullo, los vi celebrar con sus familias… y yo estaba allí, de pie entre la multitud, sintiéndome un fantasma en un mundo al que ya no pertenecía.
Después de eso, todo fue aún más difícil.
Ellos siguieron con sus vidas, consiguieron trabajos, se adentraron en el mundo adulto.
Y yo… yo seguía ahí, tratando de encontrarle sentido a cada nuevo amanecer. Fue en esos días, en los que todo me parecía una sombra de lo que alguna vez fue, cuando le pedí a Georg que me devolviera a Scotty.
No sé si fue una decisión egoísta, no sé si fue solo una forma de aferrarme a algo, pero cuando volví a ver al perro, cuando él corrió hacia mí con la misma felicidad de siempre, cuando sentí su calor y su lealtad inquebrantable… algo dentro de mí pareció aflojarse un poco.
No fue una solución mágica, no fue la cura a todos mis problemas pero fue algo, un pequeño destello de calidez en medio del frío en el que vivía.
El siguiente año fue igual de monótono, la diferencia fue que aprendí a ser funcional. Si el anterior año fue un agujero negro, el siguiente fue una rutina automatizada.
Me levantaba, iba a clases, hacía tareas, comía lo justo para no enfermarme, regresaba a casa, dormía y repetía el ciclo.
Día tras día.
Sin pensar demasiado, sin sentir demasiado. Como si mi vida estuviera en piloto automático, el dolor del bebé se volvió una cicatriz, ya no dolía como antes, aprendí a sobrellevarlo. Pero Bill…
Gustav y Georg insistían en que debíamos ir a buscarlo. No dejaban de repetir que Bill merecía saber la verdad, que tal vez aún había una oportunidad, que no todo estaba perdido. Pero yo no podía. No después de todo lo que había pasado, no después de haber sido la razón de su dolor una y otra vez.
Los escuché, claro que sí. Y los entendí. Pero en el fondo, sabía que mi prueba de amor no era correr tras él y arrastrarlo de vuelta a mi desastre. No esta vez. Mi prueba de amor era dejarlo ir. Dejarlo ser feliz sin mí, porque si en verdad lo amaba, entonces debía aceptar que su felicidad podía existir lejos de mí. Y aunque esa idea me partiera en dos, sabía que era lo correcto.
Aunque a veces escuchaba su voz, sus palabras seguían martillando mis pensamientos cuando menos lo esperaba. A veces, en medio de una clase, en medio de una conversación, en medio de la nada, su imagen se filtraba en mi mente sin permiso y lo odiaba. Odiaba que aún tuviera tanto poder sobre mí, odiaba que, después de todo este tiempo, aún no podía olvidarlo.
Por eso me refugié en lo único que me hacía sentir algo: el alcohol y los cigarrillos. No era una adicción, no era algo fuera de control pero era suficiente.
Un par de tragos los fines de semana, un cigarro cuando la ansiedad se volvía insoportable, pequeños escapes de una realidad que me asfixiaba.
No solucionaban nada, no arreglaban nada pero, al menos por un momento, me hacían olvidar y a veces, olvidar era lo único que podía hacer.
A lo largo de este tiempo, aprendí a convivir con el vacío. No es que me acostumbrara a él, pero sí entendí que había cosas que simplemente no tenían solución. Me enfoqué en terminar la universidad, era lo único que tenía, lo único que podía controlar y ahora, después de tanto, solo faltaban tres días para mi graduación.
Era extraño.
La mayoría de mis compañeros estaban emocionados, contando los días, haciendo planes para el futuro con una energía que a mí ya no me pertenecía. Yo solo veía esos tres días como un trámite más, un paso más en este camino monótono que había construido.
Graduarme, conseguir un trabajo, seguir con mi vida, repetir el mismo ciclo de siempre.
Mi madre intentó ayudarme, me insistió en que fuera a terapia. Muchas veces. Pero yo siempre le dije que estaba bien porque en cierto modo, lo estaba.
Ya no era el mismo Tom de antes. No era el chico impulsivo que se dejaba llevar por sus instintos pero tampoco era el desastre que fui después de perderlo todo.
Ahora, simplemente existía. Funcionaba y para mí, eso era suficiente. Aunque, si había algo que sí me daba cierta satisfacción, era saber lo que había pasado con Peyton.
No la volví a ver desde la última vez que se la llevaron en la camilla hacia emergencias. Pero, a lo largo de los meses, los rumores en la universidad fueron suficientes para mantenerme informado.
Su adicción a las drogas se salió de control, se hundió más y más hasta que sus propios padres tomaron la única decisión que les quedaba: internarla.
No sentí pena por ella, no sentí compasión. Si acaso; sentí alivio. Se lo merecía por lo que hizo con el bebé, por la forma en la que me destrozó y aunque jamás se lo dije en persona, en mi mente, más de una vez, me permití sonreír con satisfacción y pensar: la muy perra tuvo lo que se merecía.
Aunque eso fue mínimo, se que la vida se encargará de que pague el resto.
Por otro lado, Susan y Leandro fueron diferentes. Días después de que volví a casa de mi madre, vinieron a verme. Me brindaron su apoyo, me pidieron disculpas por todo lo que había pasado con Peyton y aunque al principio no quería hablar con ellos, al final entendí que ellos también fueron víctimas de la situación.
Que no podían controlar lo que su hija hacía, que, al igual que yo, también perdieron algo.
Así que los acepté y las cosas quedaron bien entre nosotros. Ahora, con solo tres días para graduarme, la universidad había sido mi única distracción.
El único lugar donde podía enfocarme en algo sin que mi mente me traicionara con recuerdos del pasado.
La universidad estaba llena de conversaciones sobre el futuro, sobre los trabajos que cada quien conseguiría, las ciudades a las que se mudarían, los planes a largo plazo.
Yo no tenía un plan. O bueno, sí lo tenía, pero no me entusiasmaba. Bueno, no lo sé, tal vez si tal vez no. Y aunque estudie algo que realmente me gustaba, supongo que eso lo haría más tolerable, ¿No?
Mis compañeros hablaban de juntarse después de la ceremonia, de ir a algún bar a celebrar, pero yo solo asentía con la cabeza, sin comprometerme realmente.
No tenía amigos, no como antes.
Había personas con quienes hablaba, claro. Gente con la que compartía clases, con la que podía intercambiar palabras casuales, pero no era lo mismo.
Cuando las clases terminaron, pasé por un puesto de periódicos y compré uno. No es que fuera muy común buscar trabajo en un periódico en esta época, pero algo en mí sentía que revisar esas páginas en papel tenía más sentido que perderme en una lista interminable de ofertas en internet que podían ser un engaño.
Después, fui al estacionamiento y subí a mi auto. Pequeño, pero lindo. Lo suficiente para moverme sin depender del transporte público, porque los taxis eran una mierda.
Me tomó meses ahorrar para comprarlo.
Cuando comencé este último año de universidad, conseguí un trabajo de medio tiempo. No era nada emocionante, pero pagaban bien. El problema es que las tareas se acumulaban y prácticamente no dormía. Y no es que no me organizaba, claro que lo hacía, ordenaba mis tiempos, estudiar, trabajar, pero era agotador. Así que en cuanto pude permitirme el auto, dejé el trabajo.
Prefería enfocarme en terminar la universidad sin estar muriendo de agotamiento todos los días.
Encendí la radio y dejé que las canciones me acompañaran en el camino a casa. No importaba cuántos años pasaran, aún había canciones que me recordaban a Bill.
A veces, las cantaba en voz baja, sin pensarlo, era como un reflejo, una costumbre que nunca se rompió.
Cuando llegué a casa, estacioné el auto y me quedé unos segundos con las manos en el volante.
Suspiré.
Luego, salí y lo primero que vi fue a Nataly y Scotty en el patio. Nataly había crecido, ya tenía catorce. Me hizo sentir viejo por un momento.
— Peque — llamé, acercándome a ella.
Ella volteó con una sonrisa.
— ¡Tom! ¿Cómo te fue hoy?
— Bien — respondí, encogiéndome de hombros. Luego miré a Scotty — ¿Y tú, amigo?
Scotty ladró y movió la cola, acercándose a olfatear mi mano.
— Creo que te extrañó — dijo Nataly riendo.
Sonreí de lado y me agaché para acariciar la cabeza de Scotty.
— Yo también los extrañé.
Charlamos un poco más hasta que decidí entrar. En la cocina, mi mamá estaba preparando la cena, me miró sorprendida cuando entré.
— Tom, no te escuché llegar.
— Acabo de hacerlo — dije, dejando las llaves sobre la mesa — ella asintió y siguió con lo que estaba haciendo.
Yo solo me fui directo a mi cuarto. No estaba cansado, pero necesitaba estar solo. Me acomodé en la cama con el periódico abierto sobre mis piernas y un bolígrafo en la mano. Las páginas estaban llenas de ofertas de trabajo, la mayoría para personas con experiencia.
Suspiré, pero aun así, subrayé algunas opciones.
Había empresas buscando economistas, analistas financieros, asistentes administrativos… Nada del otro mundo, pero algo que me ayudaría a comenzar.
Tener mi primer empleo real.
Marqué el número de la primera empresa en mi lista. Una consultora financiera que buscaba un analista. Esperé, escuchando los tonos de llamada, hasta que una voz femenina respondió.
— Buenos días, consultora Grant & Asociados, ¿En qué puedo ayudarlo?
Me aclaré la garganta.
— Hola, mi nombre es Tom Kaulitz. Llamo por la oferta de trabajo que publicaron en el periódico.
— Un momento, por favor.
Se escucharon teclas presionándose antes de que ella volviera a hablar.
— Para el puesto de analista financiero, ¿Correcto?
— Sí.
— ¿Cuenta con al menos dos años de experiencia en el área?
Me mordí la lengua.
— Bueno, voy a terminar la universidad y…
— Lo sentimos, pero el puesto requiere experiencia previa.
— Ah… entiendo. Gracias de todos modos.
Colgué y dejé el teléfono sobre la cama. Resoplé y marqué la siguiente opción.
— Buenas tardes, habla Tom Kaulitz. Estoy interesado en el puesto que publicaron en el periódico.
— ¿Cuenta con especialización en auditoría?
— No, pero-
— Lo sentimos, el perfil que buscamos debe tener al menos una certificación en auditoría externa.
Colgué antes de que terminara de hablar. Ya sabía cómo terminaba esa conversación. Tomé el bolígrafo y taché la oferta. Volví a revisar la lista y marqué otro número.
— Hola, llamo por la oferta de asistente administrativo.
— ¡Oh, sí! Estamos contratando.
Bien. Eso sonaba prometedor.
— ¿Podría enviarnos su currículum?
— Por supuesto.
— Genial. Necesitamos referencias laborales de al menos dos empleadores anteriores.
— Ehm… yo no tengo experiencia.
— Oh… entonces no calificas.
Colgué y tiré el periódico a un lado, pasando una mano por mi cara. Esto iba a ser más difícil de lo que pensé.
El sonido de pasos apresurados me sacó de mis pensamientos. Levanté la mirada justo cuando Nataly entró en mi habitación con Scotty siguiéndola de cerca, moviendo la cola con emoción.
— ¡Tom! Mamá dice que la comida ya está lista — anunció, cruzándose de brazos — Y que hay helado de chocolate de postre.
Sonreí levemente.
Mamá sabía que el helado de chocolate era mi favorito. Definitivamente, lo hacía para consentirme.
— Está bien, ya voy — asentí, dejando el periódico en la mesa de noche.
Nataly sonrió victoriosa antes de dar media vuelta y salir corriendo, mientras Scotty ladraba, emocionado por la idea de comer también.
Me puse de pie y salí de la habitación, bajando las escaleras con ellos. Desde la cocina venía un aroma delicioso a comida casera. Ese olor me hizo darme cuenta de que tenía hambre, aunque mi apetito no era el de antes.
Antes de sentarme, fui hasta donde estaba el recipiente de Scotty y le serví sus croquetas. Él meneó la cola y se lanzó sobre su comida, devorándola con entusiasmo.
Cuando me senté en la mesa, Nataly ya estaba atacando su plato y mamá me sirvió a mí. No comí tan rápido como ella, pero al menos fui terminando de a poco.
Las horas pasaron, luego dos días, y, antes de darme cuenta, había llegado el momento de la graduación.
El auditorio de la universidad estaba abarrotado de estudiantes vestidos con togas y birretes, junto con sus familias que ocupaban las gradas, algunos sosteniendo carteles o globos de felicitaciones. El murmullo de la multitud llenaba el lugar, pero yo apenas lo registraba.
Estaba de pie, junto con mis compañeros, esperando a que llamaran mi nombre para recibir mi título.
Mi madre, Nataly y Scotty estaban en la audiencia. Mi madre sostenía su teléfono lista para capturar el momento, Nataly se veía emocionada, y Scotty, con su correa bien sujeta, movía la cola sin entender muy bien qué pasaba, pero claramente disfrutando del ambiente.
— Tom Kaulitz — anunció la voz del presentador.
Respiré hondo y caminé hasta el escenario. Me entregaron mi diploma, me felicitaron, y cuando giré para mirar a mi familia, vi a mi madre con los ojos brillantes y a Nataly saltando y aplaudiendo con una gran sonrisa.
No pude evitar sonreír un poco también.
El evento continuó, los discursos fueron largos y monótonos, pero cuando todo terminó, las personas comenzaron a abrazarse y tomarse fotos para recordar el momento.
Mi madre y Nataly vinieron a mi encuentro.
— ¡Lo lograste! — exclamó mamá, abrazándome con fuerza.
— Sabía que lo harías — dijo Nataly con orgullo.
— Sí, sí… — murmuré, incómodo con tanta efusividad, pero sin apartarlas. Scotty, emocionado, se puso en dos patas y apoyó sus patas delanteras en mis piernas, pidiendo atención — Bien, bien, también lo lograste, Scotty — dije, agachándome un poco para acariciarle la cabeza.
Más tarde, cuando regresamos a casa, en lugar de simplemente pedir comida o calentar algo rápido, decidimos cocinar juntos. Había aprendido bastante en este último año, así que la cocina ya no era un problema para mí.
Cada uno tenía su tarea: mamá se encargó de los condimentos y preparaciones principales, Nataly lavaba los ingredientes, y yo manejaba la sartén y los cortes.
El ambiente era tranquilo.
Cuando finalmente estuvo todo listo, mamá fue hasta el armario y sacó un juego de vajilla, ese que jamás en mi vida había visto en uso. Me crucé de brazos, alzando una ceja.
— Vaya… nunca creí que la usaríamos.
Mamá rió, sacudiendo la cabeza.
— Este es un momento especial, Tom. Hay que celebrarlo como se debe.
Rodé los ojos con una sonrisa leve y la ayudé a colocar los platos en la mesa. Justo cuando nos íbamos a sentar, sonó el timbre. Fruncí el ceño. ¿Quién podía ser a esta hora?
Caminé hasta la puerta y la abrí.
— ¡Sorpresa! — exclamó Georg, con una gran sonrisa, mientras Gustav levantaba la mano en un saludo casual.
Parpadeé, sorprendido.
— ¿Qué hacen aquí?
— No íbamos a perdernos la celebración, idiota — dijo Georg, pasando sin esperar invitación.
— Tuvimos que venir tarde porque el trabajo nos tuvo atados, pero al menos llegamos — agregó Gustav, dándome una palmada en el hombro antes de entrar también.
Cerré la puerta, aún sorprendido, pero extrañamente… feliz de verlos.
Mamá sonrió al verlos entrar.
— ¡Chicos! Hace tiempo que no los veía.
— Sí, demasiado tiempo — dijo Georg con un puchero falso — Casi olvidé lo hermosa que es esta casa.
Nataly corrió a saludarlos con entusiasmo, y Scotty, al reconocerlos, les ladró alegremente. Yo me crucé de brazos, mirando a Georg con escepticismo.
— Por favor, entraste como si vivieras aquí.
Georg me miró con una expresión burlona.
— Bueno, alguien tiene que recordarte lo que es la diversión.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír un poco. Mamá sirvió los platos con una sonrisa satisfecha, asegurándose de que todos tuvieran suficiente comida. Georg y Gustav agradecieron, y mientras comenzaban a comer, inevitablemente, llegó la pregunta esperada.
— ¿Y cómo estuvo la graduación? — preguntó Gustav, bebiendo un sorbo de su agua.
— Normal — respondí sin mucho entusiasmo, cortando mi pedazo de carne.
— ¿Normal? ¡No digas tonterías! — intervino mi madre, sacando su teléfono — ¡Mira todas las fotos que tomamos!
Extendió su celular hacia Georg y Gustav, que se inclinaron para ver la pantalla.
— Ohhh, qué elegancia — bromeó Georg al ver una foto mía con el birrete.
— Vaya, hasta pareces responsable — añadió Gustav con una sonrisa.
— Ja, ja, muy gracioso — bufé, girando los ojos.
— Espera, espera, ¿Es esta tu mamá llorando? — Georg señaló la pantalla, fingiendo sorpresa.
Ella suspiró.
— No puedo evitarlo, mi bebé se graduó.
— Dios… — me cubrí la cara con una mano mientras todos reían.
Nataly, que había estado comiendo en silencio, aprovechó para meter su comentario.
— Igual lloraste, Tom.
La miré, incrédulo.
— ¡No es cierto!
— Sí lo hiciste, te vi.
— Eso fue… fue porque me cayó algo en el ojo.
— Ajá, sí, claro — se burló Georg — Nuestra piedra de hielo se derritió un poquito.
Resoplé, pero no pude evitar sonreír levemente antes de volver a centrarme en mi comida.
La conversación fluyó con naturalidad después de eso. Hablamos de todo un poco: del trabajo de Gustav, las locuras que Georg vivía en su trabajo (aunque nunca especificó qué tan locas eran), y de cómo la vida había cambiado en estos años.
— Y tú, Tom, ¿Ya tienes algo en mente para trabajar? — preguntó Gustav.
Me encogí de hombros.
— Estoy viendo opciones, el problema es que todas las empresas piden experiencia — dije con fastidio, recargándome en la silla — Como si uno naciera sabiendo todo.
— Te entiendo perfectamente — asintió Gustav — Yo pasé por lo mismo cuando terminé la universidad.
— Igual yo — añadió Georg — ¿Tú crees que a las empresas les importaba mi gran carisma y sonrisa encantadora? ¡No! Querían experiencia.
— Y aún así te contrataron — comenté con burla.
— No sé si eso fue un cumplido o un insulto, pero lo tomaré como lo primero — sonrió — El punto es que tarde o temprano alguien te dará la oportunidad. No te rindas.
Asentí, sabiendo que tenían razón y una vez terminamos de comer, los chicos se pusieron de pie con emoción.
— Bien, es momento de la parte más importante de la noche — anunció Georg — ¡Tus regalos!
Sacaron dos paquetes envueltos y me los entregaron. Me crucé de brazos, mirándolos con sospecha.
— Si esto explota o tiene algo raro dentro, juro que los mataré.
— ¡Por favor! ¿Nosotros haríamos algo así? — Georg puso cara de falso indignado.
— Sí — respondimos Gustav y yo al mismo tiempo.
— Bueno, sí, pero esta vez no — dijo Georg con una sonrisa.
Resoplé y abrí el primer paquete. Apenas vi lo que era, bufé entre risas.
— ¿En serio?
Era una calculadora con una nota pegada que decía: «Para que no te equivoques contando tus millones.»
— Nunca se sabe cuándo la necesitarás — dijo Georg con seriedad.
— Gracias, Georg, me servirá bastante cuando esté contando las monedas que me sobren después de pagar las cuentas — respondí con ironía.
Abrí el otro paquete y encontré un libro titulado «Cómo sobrevivir en el mundo laboral sin volverte loco.»
— Muy útil — murmuré, riendo mientras lo hojeaba — En serio, gracias.
— Pero espera, espera, esos eran los regalos de prueba — intervino Gustav — Ahora vienen los de verdad.
Me entregaron dos paquetes más. Esta vez, al abrirlos, encontré una corbata negra de diseñador y un bolígrafo elegante grabado con mis iniciales.
— Para cuando tengas tu primera entrevista importante — dijo Gustav con una sonrisa.
— Y para que te veas como un profesional y no como alguien que acaba de salir de la universidad con cara de «no sé qué hacer con mi vida» — añadió Georg.
Me reí, sintiéndome genuinamente agradecido.
— Gracias, chicos. En serio.
— De nada, hombre — Georg me dio una palmada en la espalda — Sabes que estamos aquí para ti.
Después de reírnos un poco, Gustav carraspeó, sacando un paquete más de su bolso.
— Este es mi regalo de verdad — dijo, extendiéndomelo.
Tomé el paquete con curiosidad y lo desenvolví con cuidado. Dentro había un reloj de pulsera, elegante y sobrio, con un diseño clásico pero refinado.
— Wow… — murmuré, sorprendido — Gustav, esto es demasiado.
— Nah, te lo mereces — dijo con una pequeña sonrisa — Un contador sin reloj no es un contador serio. Además, es resistente al agua, por si algún día te da por llorar por los rincones.
— ¡Oye! — exclamé, mirándolo con falsa indignación mientras Georg soltaba una carcajada.
— Es broma — se encogió de hombros — O bueno, tal vez no.
Negué con la cabeza, pero no pude evitar sonreír.
— Gracias, Gustav. De verdad. Es un muy buen regalo.
— Solo no llegues tarde a tus entrevistas, que no quiero que después me culpes a mí — dijo con tono serio, pero con un brillo divertido en los ojos.
— Lo intentaré — respondí, ajustándome el reloj en la muñeca.
— Bien, ahora que terminamos con los regalos, ¿Qué tal si brindamos? — sugirió Georg, levantando su vaso.
Todos estuvimos de acuerdo, y así, entre bromas, la noche continuó. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí un poco más ligero.
&
Esa semana fue un infierno.
Cada día me despertaba con la misma rutina: revisar los anuncios de empleo, hacer llamadas, recibir rechazos y volver a empezar. Ya había descartado toda posibilidad de conseguir un trabajo en mi área. Siempre era lo mismo: “Buscamos candidatos con mínimo tres años de experiencia”, “El puesto ya fue ocupado”, “No contratamos recién graduados”.
Estaba viendo mi vida fracasar frente a mis ojos. Todo mi esfuerzo, las noches sin dormir, los años invertidos en la universidad… ¿Para qué? Para terminar trabajando en cualquier otra cosa, en un empleo que ni siquiera tenía que ver con lo que estudié.
Suspiré pesadamente y me dejé caer en el sofá, con la cabeza recargada hacia atrás. Scotty se subió a mi lado y apoyó su hocico en mi pierna, como si pudiera notar mi frustración. Le pasé la mano por la cabeza distraídamente mientras pensaba en mis opciones.
Y entonces, como un relámpago, recordé algo: Leandro.
Me dijo que si alguna vez necesitaba ayuda para encontrar trabajo, él podía darme una mano. En ese momento, no le di mucha importancia, pero ahora… ahora parecía ser mi única oportunidad.
Lo pensé durante unos minutos. Habíamos quedado en buenos términos y, de vez en cuando, él y Susan me llamaban para preguntarme cómo estaba. Me habían tomado cariño, y yo los apreciaba también, pero nunca fui de los que se aprovechaban de las conexiones. No quería parecer un confianzudo ni alguien que solo los buscaba cuando le convenía. Pero, a estas alturas, no tenía nada que perder.
Saqué mi teléfono del bolsillo y, sin pensarlo demasiado, busqué el número de Leandro. Suspiré una última vez antes de presionar el botón de llamada.
El tono sonó un par de veces hasta que escuché su voz del otro lado.
— Tom, muchacho, ¡Qué sorpresa! — se notaba su alegría genuina al responder — ¿Cómo has estado?
— Bien, bien — respondí, tratando de sonar tranquilo — ¿Y tú?
— Todo en orden, aquí con bastante trabajo, como siempre. Pero cuéntame, ¿Qué tal todo? Hace tiempo que no hablamos.
— Sí… — me pasé una mano por la nuca — Bueno, me gradué hace poco.
— ¡Ah, felicidades, chico! Eso es un gran logro. Me alegra escucharlo. ¿Y ya encontraste trabajo?
Apreté los labios antes de responder.
— Pues… justamente de eso quería hablarte.
Hubo un pequeño silencio al otro lado de la línea.
— Dime.
— Hace un tiempo me dijiste que si alguna vez necesitaba ayuda con un trabajo, podías echarme una mano. Y, bueno, ahora mismo estoy buscando, pero todas las empresas me rechazan por la falta de experiencia y… nada, solo quería saber si aún existía esa posibilidad.
Leandro rió suavemente.
— Sabía que algún día llamarías por esto.
— Sí, bueno… no quería parecer interesado ni nada — admití, un poco incómodo — Pero estoy viendo que no hay nada y…
— Tom, no tienes que disculparte — me interrumpió con tono comprensivo — Siempre hay un espacio para alguien con potencial. Justamente estaba pensando en tí, ya que estamos contratando.
Sentí que una pequeña chispa de esperanza se encendía en mí.
— ¿En serio?
— Claro — confirmó — Pero… ya sabes cómo son las cosas. Tienes que hacer una prueba y una entrevista para evaluar cómo te desempeñas y cómo podrías manejar el trabajo.
— Sí, lo entiendo — asentí de inmediato — No hay problema con eso.
— Perfecto. Pasa mañana por la empresa en la mañana y hablamos bien.
Sonreí por primera vez en días.
— Está bien. Muchas gracias, Leandro.
— No me agradezcas todavía, primero pasa la prueba — bromeó, y no pude evitar reír.
Nos despedimos, y cuando colgué, dejé caer el teléfono sobre mi pecho. Scotty levantó la cabeza y me miró.
— Creo que tenemos una oportunidad, amigo.
El perro solo ladeó la cabeza, sin entender nada, pero movió la cola. Sonreí y cerré los ojos por un momento. Al menos, ahora tenía un poco de esperanza.
La mañana llegó más rápido de lo que esperaba. Me desperté antes de que sonara la alarma, sintiendo los nervios en el estómago. Hoy tenía que dar una buena impresión. No podía presentarme como si fuera a un concierto o a una reunión casual con amigos.
Me levanté, me di una ducha y, cuando volví a mi habitación, abrí el armario con una mueca. Todo lo que veía eran camisetas anchas, pantalones sueltos y algunas gorras. Nada de eso servía, suspiré pasando las manos entre la ropa hasta que mis dedos tocaron algo diferente.
Un traje negro.
Lo tenía guardado en el fondo del armario desde hacía años. Nunca lo había usado, y sinceramente, ni siquiera recordaba de dónde había salido. Pero hoy parecía una buena ocasión para estrenarlo.
Lo saqué con cuidado y lo extendí sobre la cama, observándolo como si fuera un enemigo al que tenía que enfrentar. Nunca había sido de los que usaban ropa ajustada o elegante. Siempre me sentía más cómodo con prendas tres veces más grandes, que me permitieran moverme con facilidad. Pero esto… esto era diferente.
Me vestí con cierta torpeza, sintiéndome extraño con cada prenda que me ponía. La camisa era ceñida, el pantalón no tenía el mismo espacio que mis jeans sueltos y la chaqueta se ajustaba demasiado bien a mis hombros. Al principio, me sentía atrapado, no podía respirar con normalidad. Pero cuando me miré en el espejo, tuve que admitir que no me veía mal.
Fue entonces cuando recordé el regalo de Georg.
Busqué en mi cómoda hasta encontrar la caja donde lo guardé. La abrí y saqué la corbata negra, sonreí y me la coloqué con cuidado.
Cuando terminé, me observé en el espejo una última vez.
¿Quién demonios es este tipo?
No me reconocía. Parecía otra persona, alguien más maduro, más serio. No el Tom de siempre. Sacudí la cabeza y respiré hondo antes de salir de la habitación.
Al bajar las escaleras, escuché a mi mamá y a Nataly hablando en la cocina. Caminé hacia allí con tranquilidad, pero en cuanto crucé la puerta, ambas se quedaron en silencio.
Me miraban con los ojos abiertos como platos.
— ¿Qué? — fruncí el ceño, sintiéndome incómodo con tanta atención.
— Tom… — murmuró mi mamá con una sonrisa orgullosa — Te ves increíble.
— Wow… — susurró Nataly, acercándose a verme más de cerca — ¿Eres mi hermano o un modelo de revista?
Rodé los ojos, sintiendo un poco de vergüenza.
— Ya, ya, tampoco es para tanto — dije, frotándome la nuca.
— ¡Claro que sí! — insistió mamá — De verdad, hijo, te ves muy bien.
Nataly asintió emocionada, y hasta Scotty, que estaba echado junto a la mesa, levantó la cabeza y movió la cola, como si también me aprobara. Suspiré, resignado a que no dejarían de mirarme como si hubiera hecho magia con mi apariencia.
— Bueno, ¿Puedo desayunar ya o quieren seguir admirándome?
Las dos rieron, y mi mamá me sirvió el desayuno mientras Nataly seguía analizándome con curiosidad.
— Definitivamente, este es un día histórico — comentó con una sonrisa burlona — Tom Kaulitz en traje.
Negué con la cabeza, pero no pude evitar sonreír. Cuando terminé de desayunar, mi mamá y Nataly me desearon suerte con una sonrisa cálida.
— Tengo un buen presentimiento, hijo — dijo mi mamá mientras me acomodaba el cuello del traje — Sé que te irá bien.
— Sí, Tomi, seguro que les impresionarás — añadió Nataly con entusiasmo.
Sonreí con algo de nervios, pero agradecí sus palabras.
— Gracias… ya veremos cómo va.
Me despedí de ambas y, antes de salir, me agaché para darle unas palmaditas a Scotty. Él movió la cola y me lamió la mano como si también estuviera deseándome suerte.
— Nos vemos, amigo. Cuida la casa.
Scotty solo ladeó la cabeza antes de volver a echarse en su lugar favorito. Salí de casa, saqué las llaves del auto y lo encendí con un suspiro. «Relájate, Tom», me dije. «Solo es una entrevista.»
Encendí la radio y dejé que la música llenara el espacio, ayudándome a calmarme mientras conducía. Como siempre, la música tenía ese efecto en mí.
El trayecto no fue largo, pero cada vez que me acercaba más al edificio, sentía cómo los nervios aumentaban. Finalmente, llegué y aparqué el auto en el estacionamiento del edificio. Apagué el motor, respiré hondo y salí, tratando de no parecer tan tenso.
Bien. Todo irá bien.
Entré al edificio y me dirigí a la recepción, donde una chica estaba revisando algunos papeles detrás del escritorio. Al verme, levantó la mirada con una sonrisa cordial.
— Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?
Me acerqué con tranquilidad, apoyando una mano en el mostrador.
— Hola, estoy aquí por Leandro. Me está esperando.
La recepcionista asintió y tomó el teclado.
— Su nombre, por favor.
— Tom Kaulitz.
Ella tecleó mi nombre y revisó la pantalla por unos segundos antes de asentir.
— Sí, aquí está. Puede pasar a su oficina. Tome el elevador al piso siete. Al salir, gire a la derecha y verá su oficina al fondo.
— Gracias.
La chica sonrió y volvió a su trabajo mientras yo me dirigía hacia los elevadores. Sentí un pequeño nudo en el estómago mientras subía, pero traté de ignorarlo.
Era hora de ver qué tal iba esto.
Continúa…
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