

Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 32: Unexpected twists
Las primeras dos semanas viviendo en casa de Susan y Leandro fueron… extrañas. No por ellos, porque a decir verdad, eran increíblemente amables conmigo, pero la situación en sí era difícil de procesar. Me despertaba cada mañana en una casa que no era la mía, con una mujer a la que no amaba, y con un futuro que nunca había imaginado para mí.
Intenté acercarme a Peyton, obviamente por el bebé. Pero cada vez que lo intentaba, me encontraba con la misma pared. Me rechazaba, apenas me dirigía la palabra y casi nunca me dejaba entrar a la habitación. Me molestaba, claro que sí, pero ¿Qué podía hacer con lo necia que era? No podía obligarla, así que terminé por darle su espacio.
Pero dentro de todo, los padres de Peyton hacían que la estadía fuera más soportable. Se aseguraban de que estuviera cómodo, me trataban con cortesía y, de alguna manera, su presencia me hacía sentir menos atrapado. Fueron ellos quienes insistieron en que debía volver a la universidad, que mis estudios también eran importantes y que no debía dejarlos de lado por esta situación. Después de pensarlo, acepté.
Así que hoy, después de semanas de ausencia, iba a regresar.
Me estaba alistando cuando, al salir de mi habitación, vi a Peyton en el pasillo. No me detuve. No le dirigí una palabra, simplemente pasé de largo como si no estuviera ahí.
Sentí su mirada en mi espalda, pero no me importó. Ahora era yo el que no quería verla.
Bajé las escaleras y salí de la casa. Caminé en silencio, dejando que el aire fresco de la mañana despejara mi mente. No quería tomar el auto que los padres de Peyton me ofrecieron si lo necesitaba en algún momento. Necesitaba el trayecto a pie para ordenar mis pensamientos… o al menos para tratar de acallarlos.
Porque, aunque intentara no pensarlo, la ausencia de Bill aún dolía como el primer día.
A veces, lograba convencerme de que alejarlo había sido lo mejor, que él estaría mejor sin mí, que así debía ser. Pero en otras ocasiones, me arrepentía tanto que sentía que me asfixiaba.
Era una contradicción constante.
Cuando llegué a la universidad, el lugar seguía igual. Estudiantes caminando de un lado a otro, grupos riendo en los pasillos, profesores pasando con prisa. Me detuve un momento, observando todo.
— ¡Tom!
Levanté la mirada y vi a Gustav y Georg acercándose.
— Mira quién volvió a la civilización — bromeó Georg con una sonrisa.
— Ya era hora — añadió Gustav, cruzándose de brazos.
Sonreí levemente.
— Sí… supongo que sí.
Nos saludamos y luego caminamos hacia una de las mesas del patio, esas que tenían una sombrilla en el centro. Me senté, y ellos hicieron lo mismo.
— Nos alegra que estés de vuelta — dijo Gustav.
— Sí, aunque… — Georg me miró fijamente — ¿Estás bien?
Sabían que estaba fingiendo. Lo habían notado desde que me vieron. Suspiré y me pasé una mano por el cabello.
— Estoy bien.
No pareció convencerlos.
— ¿De verdad? — insistió Gustav.
Los miré y me encogí de hombros.
— No es la mejor situación del mundo, pero… los papás de Peyton son todo lo contrario a ella. Son amables, me tratan bien y, bueno, estar ahí no es tan terrible.
— Pero sigues sin estar bien — señaló Georg.
Me quedé en silencio.
Gustav suspiró.
— ¿Y lo de Bill?
Sentí el golpe de su nombre en mi pecho y bajé la mirada.
— Él está mejor sin mí.
No lo dije con convicción. De hecho, sonó como si intentara convencerme a mí mismo.
Los chicos no respondieron.
Al final, Georg cambió el tema, diciéndome que los exámenes de fin de semestre estaban cerca y que tenía que ponerme al día con todo. También me dijo que Scotty estaba muy inquieto estos últimos días, pero con toda esta mierda le dije que lo cuidara por más tiempo. Caminamos juntos hacia la biblioteca para revisar algunas cosas, pero, aunque intenté concentrarme en los libros, mi mente estaba en otro lugar.
Cada noche, antes de dormir, volvía a la misma pesadilla.
Bill.
Bill alejándose…
Bill sin mirarme…
Bill desapareciendo de mi vida…
Y yo, sin poder hacer nada, entonces… volvía a llorar.
Salimos de la biblioteca después de haber conseguido toda la información que necesitábamos para los exámenes. Gustav y Georg hablaban sobre cualquier tontería, y aunque yo los escuchaba, mi mente seguía vagando. No importaba cuánto intentara enfocarme en otra cosa, siempre terminaba volviendo al mismo punto: Bill.
— Tom, ¿Nos estás escuchando? — preguntó Gustav, dándome un leve codazo en las costillas. Habían sanado, pero el dolor volvía cuando cargaba cosas pesadas o simplemente lloraba sin cesar.
— Sí, sí… — murmuré sin ganas.
Georg resopló.
— Mentiroso.
Rodé los ojos, pero antes de que pudiera responder, alguien apareció delante de nosotros, bloqueando nuestro camino.
Ethan.
Se acercó con cautela, como si tuviera miedo de que lo golpeáramos. Lo miré, desconfiado. ¿Ahora qué quería?
— Tom… — dijo, con un tono de voz más bajo de lo usual.
Fruncí el ceño.
— ¿Qué quieres? — por un segundo, pensé que venía a molestarme, a lanzarme otra de sus burlas o comentarios de mierda, pero su expresión no mostraba la arrogancia de siempre.
— Quiero hablar contigo.
Reí con ironía.
— ¿Hablar? No tengo nada que hablar contigo.
Di un paso hacia un lado para esquivarlo, pero él se movió también, bloqueándome de nuevo.
— Es importante.
— A mí no me importa.
— Tom… — insistió.
— ¡Vete a la mierda! — espeté, perdiendo la paciencia.
Gustav y Georg intervinieron de inmediato.
— No tienes nada que hablar con Tom — dijo Gustav, mirándolo con frialdad.
— Si sigues molestando, te voy a dar otra buena golpiza como la última vez — añadió Georg, con una sonrisa irónica.
Ethan alzó las manos en son de paz.
— Relájense, no estoy aquí para pelear ni para hacer más daño. Solo quiero hablar con él.
— No tengo nada que decirte — repetí, con dureza.
— Pero yo sí — dijo, mirándome fijamente — Es importante, Tom. Solo escúchame, te prometo que será rápido.
Me quedé en silencio. Algo en su tono hizo que dudara. Gustav y Georg esperaron mi reacción, pero al ver que no lo aparté de inmediato, suspiraron.
— Si decides escucharlo, es tu problema — dijo Gustav, antes de palmearme el hombro.
— Nos vemos luego — añadió Georg, antes de que ambos se alejaran.
Suspiré, frustrado.
— Habla.
Ethan miró a su alrededor y luego señaló un lugar más apartado, lejos de las miradas de los demás.
— Aquí no.
Lo seguí sin decir nada, hasta que nos detuvimos en un rincón del lugar, donde había menos estudiantes.
— No estoy aquí para joderte — repitió — Solo escúchame.
— Eso ya lo dijiste.
Él apretó la mandíbula, como si le costara lo que estaba a punto de decir.
— Sé que fui un idiota.
Lo miré con burla, poco convencido de sus palabras.
— Oh, ¿En serio? Qué gran revelación.
Ethan ignoró mi sarcasmo y continuó.
— Me dejé manipular por Peyton.
Mi cuerpo se tensó de inmediato al escuchar su nombre.
— ¿Qué dices?
— Ella… ella ya sabía sobre tu relación con Bill. Lo sabía desde antes de que yo te lo dijera.
Mi respiración se entrecortó.
— ¿Qué?
— Peyton me habló de todo un día de esos, me lo dijo para que yo soltara todo. Se que fue un imbécil que se dejo enredar en su trampa, pero estaba cegado y, de cierta manera; te odiaba. Yo… Creía que me gustaba e hice esa estupidez para alejarte de ella. Pero fue ella la que me metió esa idea de decírtelo a tí y, no justifica lo que hize, pero necesitaba decírtelo.
Sentí que la tierra se movía bajo mis pies.
— No puede ser…
— Sí puede — respondió él — Y lo peor es que caí.
Mi cabeza empezó a dar vueltas.
— Yo… yo solo… — Ethan pasó una mano por su cabello, frustrado — En ese momento estaba cegado por ella, por lo que me había hecho creer. Pero cuando me di cuenta de la verdad, ya era demasiado tarde.
No podía procesarlo.
— Ella lo sabía…
— Si.
Mis puños se cerraron.
— ¿Y tú vienes a decírmelo ahora? ¿Después de todo lo que hiciste?
Ethan me miró a los ojos.
— Sí. Bueno, está es la primera vez que te veo en la universidad después de mucho y necesitaba decírtelo…
Me mordí el labio con fuerza.
— ¿Por qué?
— Porque me di cuenta de que la cagué — me quedé en silencio — Y porque sé que todo esto te destrozó.
Mis manos temblaban de la rabia contenida. Peyton ya lo sabía, desde el principio.
Todo lo que pasó… todo lo que dijo… cada lágrima que derramé después de enterarme la verdad… todo fue porque ella lo quiso así.
Sentí un ardor en el pecho, un enojo hirviendo en mi interior. Quería ir ahora mismo a la casa y enfrentarla, quería gritarle en la cara por todo el daño que me había hecho, por cómo jugó conmigo.
Pero entonces recordé al bebé.
Mi respiración se entrecortó, no podía… No podía desquitarme con ella cuando había un bebé de por medio. Mi hijo.
Cerré los ojos y apreté los puños con fuerza.
— Oye… — la voz de Ethan me sacó de mis pensamientos. Cuando lo miré, su expresión estaba llena de algo que no esperaba: preocupación — Tom, si valoras tu vida, aléjate de Peyton.
Su advertencia me tomó por sorpresa.
— ¿Qué?
— Lo que escuchaste — repitió con seriedad — Es una víbora mentirosa. Me jodió a mí y ahora te tiene atrapado a ti, pero tú aún puedes salvarte.
Lo miré con incredulidad.
— No puedo.
— ¡Sí puedes! — insistió, dando un paso hacia mí — Tienes que salir de ahí antes de que sea demasiado tarde.
— No puedo — repetí, más firme esta vez.
— ¿Por qué? — preguntó con frustración.
Tragué saliva antes de decirlo.
— Porque ella está embarazada.
El silencio que cayó entre nosotros fue abrumador. Ethan me miró fijamente, procesando mis palabras.
— ¿Qué dijiste?
— Que está embarazada — reafirmé, con un nudo en la garganta — Y ese bebé… es mío.
Él se quedó en completo silencio, su expresión pasó del asombro a la confusión, y luego a algo que no supe descifrar.
Esto era más grande de lo que él pensaba. Después de un largo minuto, Ethan suspiró y negó con la cabeza.
— Joder…
No dije nada. Finalmente, inhalé profundamente y lo miré a los ojos.
— Gracias por la información, Ethan. Pero ahora hay un bebé de por medio. No puedo darle la espalda, por más que quiera.
Su expresión se ensombreció.
— ¿Y a ella?
— A ella no le debo nada — respondí, con frialdad — Solo lo hago por el bebé.
Ethan me observó por un momento más antes de soltar otro suspiro pesado.
— Espero que sepas en lo que te estás metiendo, Tom.
No respondí. Simplemente me di media vuelta y camine por los pasillos a mi respectiva clase. Todo esto era una mierda, el universo seguía poniéndome más y más sorpresas en el caminó como si no tuviera suficiente ya.
Cuando llegue a clases no me moleste en mirar a nadie. Camine con la cabeza gacha hasta un asiento cualquiera dejándome caer pesadamente.
Todo esto me estaba pudriendo la cabeza, la odiaba, odiaba a Peyton. Tanto así que si tuviera una jodida máquina del tiempo, evitaría subir a la maldita azotea aquel dia en el hospital. Así, nunca la hubiera conocido y otra historia sería.
Pero era un idiota, lo que creí una conexión instantánea no era más que mi confusión, buscaba a Bill en medio del caos sin darme cuenta siquiera. Quería aferrarme a algo. Algo que me hiciera sentir «vivo».
Sali de la neblina gris que cubría mi mente. Para mí suerte, el profesor entro y dejo sus cosas en el escritorio antes de empezar a escribir el próximo tema en la pizarra. Por ahora tendría la mente ocupada y eso estaba bien.
Saque mi cuaderno y un bolígrafo empezando a anotar todo lo que el profesor escribía sin prestar atención o siquiera procesar las palabras en mi mente, solo anotando.
Cuando él timbre del descansó sonó, fui directo a la cafetería, donde encontré a Georg y Gustav en una de las mesas del fondo. Estaban conversando entre ellos, pero en cuanto me vieron, supieron que algo pasaba.
No me dieron tiempo de saludarlos. Georg me señaló con la cabeza y fue directo al grano.
— ¿Qué quería Ethan?
Me dejé caer en la silla con un suspiro pesado.
— Hablamos.
Los dos se miraron, como si no se esperaran que yo realmente le hubiera dado la oportunidad de decir algo.
— ¿Y qué te dijo? — preguntó Gustav, cruzándose de brazos.
No sabía por dónde empezar.
— Me confesó que Peyton… Ella… — solté de una vez — Que ella sabia todo antes de que todo saliera a la luz, ella ya sabía la verdad sobre Bill y yo.
Georg dejó de beber su café y me miró con los ojos entrecerrados.
— Eso ya lo sabíamos.
Fruncí el ceño.
— ¿Cómo que ya lo sabían?
Gustav suspiró.
— Nos lo restregó en la cara — dijo con amargura — Fue antes de todo el escándalo.
Mi respiración se cortó un segundo.
— ¿Cómo?
— Nos lo dijo en nuestra cara — repitió Georg, con una expresión de asco — Con una sonrisa cínica, como si estuviera disfrutándolo.
Apreté la mandíbula.
— ¿Por qué no me lo dijeron?
— Porque en ese momento no tenía sentido decirlo ya que tú aún no sabías nada de tu relación con Bill — respondió Gustav — Todo estaba jodido y después pasó lo de Ethan… y se nos olvidó.
Me quedé en silencio, tratando de digerir todo. Peyton… ella siempre había estado detrás de todo.
Me sentí aún más vacío que antes.
— Tom… — Gustav me llamó con cautela — ¿Estás bien?
Solté una risa sin humor.
— Sí, Gustav. Estoy de maravilla.
Georg bufó.
— No estás bien y lo sabemos.
No respondí.
Ellos se miraron entre sí de nuevo, como si se comunicaran en silencio. Luego, Georg sonrió de la nada y me miró.
— Bueno, hay algo en lo que deberías pensar.
Levanté una ceja.
— ¿Qué cosa?
— Tu cumpleaños es en dos días.
Mi cuerpo se tensó de inmediato, había olvidado completamente esa fecha.
— No es gran cosa — murmuré.
— Claro que lo es — insistió Gustav — Vamos a celebrarlo, así que más te vale animarte.
Yo solo bajé la mirada. Mi cumpleaños… ¿De qué servía celebrarlo sin Bill?
No dije nada.
Georg notó mi silencio y se inclinó sobre la mesa.
— Sé lo que estás pensando — dijo en un tono más serio — Pero, Tom, no puedes dejarte caer.
Gustav asintió.
— No estás solo.
&
Salí de la universidad sintiéndome más agotado de lo normal. La cabeza me daba vueltas con todo lo que había pasado en los últimos días, pero al menos sabía que en casa encontraría un poco de paz.
Mamá me recibió con una sonrisa suave, como si supiera que necesitaba verla.
— ¿Cómo te fue hoy? — preguntó mientras me servía café.
— Normal — respondí, aunque la palabra no tenía mucho sentido últimamente.
Nos sentamos en el sofá, y en algún momento la conversación derivó en el bebé.
— ¿Cómo va todo? — preguntó, apoyando el mentón en su mano.
— Bien… supongo. Peyton sigue negándose a ir a sus controles, pero el bebé ya tiene casi tres meses, y… está grande — mi voz sonó más cálida de lo que esperaba.
Ella solo frunció el ceño.
— Eso no es bueno, Tom. Debería hacerse chequeos regulares.
Suspiré, pasando una mano por mi rostro.
— Lo sé. Hemos insistido, pero… ella solo dice que necesita tiempo.
Ella negó con la cabeza, preocupada.
— Esa niña no se da cuenta de que ya no es solo ella. Ahora es responsable de otra vida.
No dije nada, pero estaba de acuerdo.
— Vas a ser un gran padre, Tom.
No sé por qué, pero esas palabras me calaron hondo… Un gran padre, algo que yo nunca tuve. Me obligué a sonreír, aunque por dentro sentía un torbellino de emociones.
— Ojalá tengas razón.
Mamá asintió, con los ojos brillantes.
— Claro que sí. Y cuando llegue el momento, voy a tener a mi nieto en brazos y lo voy a consentir más de lo que debería.
Solté una pequeña risa.
— No me sorprende.
Nos quedamos en silencio un rato, disfrutando de la calma. La noche anterior, dormí más profundo de lo normal y entonces soñé con el bebe. Lo tenía en mis brazos, envuelto en una manta suave. Era pequeño, tan pequeño que me daba miedo moverme bruscamente.
— Hola, campeón… — susurré en el sueño, sintiéndome estúpidamente orgulloso.
Era perfecto y le quería. Su piel era suave, su respiración tranquila. En el sueño, todo era paz y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí… Bien.
Pero al despertar, la realidad me golpeó como un balde de agua fría; n tenía a mi hijo en brazos… no tenía nada.
Pensé en Bill.
Si no hubiera sido tan cruel con él, ¿Habría compartido esta felicidad conmigo?
Sacudí la cabeza.
No valía la pena pensarlo, no valía la pena pensar en lo que pudo o no ser. Había arruinado todo y ahora, esto… este bebé… era lo único bueno que me quedaba.
Mi única luz en medio de tanta oscuridad.
Miré el reloj y suspiré.
— Se está haciendo tarde, mamá. Será mejor que vuelva.
Ella me miró con algo de preocupación, como si supiera que mi mente estaba en mil lugares a la vez.
— Tom…
— Estoy bien — mentí con una sonrisa — Solo ha sido un día largo.
Ella suspiró, pero no insistió.
— Está bien. Descansa, ¿Sí? Y cualquier cosa, me llamas.
— Lo haré — le aseguré, aunque sabía que no lo haría. Me acerqué y la abracé con fuerza — Te quiero, mamá.
— Yo también te quiero, hijo.
Me alejé, dándole una última sonrisa antes de salir. El aire fresco de la noche me golpeó en cuanto crucé la puerta.
Respiré hondo.
Solo tenía que aguantar un poco más. Caminar hasta la casa de Peyton no ayudó mucho, pero al menos el aire frío me hizo sentir un poco más despierto. Cuando llegué, sus padres estaban en la sala. Saludé con un asentimiento de cabeza, sin muchas ganas de hablar.
— Tom, ¿Cómo estuvo tu día? — preguntó Susan con amabilidad.
— Bien — respondí sin emoción — ¿Cómo está el bebé?
Susan y Leandro intercambiaron una mirada rápida.
— No ha salido de su habitación en todo el día — respondió él — No hemos querido molestarla.
No me sorprendió. Peyton llevaba días encerrada en sí misma, pero algo dentro de mí me dijo que revisara.
— Voy a verla.
Ellos asintieron, y yo caminé por los pasillos hasta su habitación. Toqué la puerta con los nudillos.
Nada.
Toqué de nuevo, esta vez más fuerte, pero lo único que me respondió fue el silencio. Mi corazón empezó a latir más rápido.
— Peyton — llamé con firmeza.
Nada. Mis manos se cerraron en puños. Sabía lo loca que podía estar, sabía lo que era capaz de hacer… Sin pensarlo más, empujé la puerta con fuerza y entré de golpe.
El aire se me atascó en la garganta al ver la escena frente a mí.
Peyton estaba tirada en el suelo, su piel más pálida de lo normal, con manchas de sangre en sus piernas.
— ¡Mierda! — exclamé y corrí hacia ella. Me arrodillé a su lado y la sacudí con urgencia — ¡Peyton! ¡Despierta!
No reaccionó y el pánico me invadió con más intensidad.
— ¡Susan! ¡Leandro! — grité con toda la fuerza de mis pulmones.
Escuché pasos apresurados y en segundos, sus padres entraron en la habitación.
— ¡Dios mío! — Susan se llevó las manos a la boca al ver a su hija.
— ¡Llamen a una ambulancia! ¡Ahora! — exigí.
Susan sacó su teléfono con las manos temblorosas, mientras Leandro se arrodillaba junto a Peyton, revisando su pulso. No podía quedarme quieto. Me puse de pie y empecé a buscar algo, cualquier cosa que explicara qué había pasado.
Algo en mi interior me decía que no había sido un accidente.
Revise los estantes, su escritorio hasta que fui directo a la cama y me agaché para mirar debajo y ahí estaban: drogas. Mis puños se apretaron con tanta fuerza que sentí las uñas clavarse en mis palmas.
— ¡Maldita sea! — gruñí, sacando los frascos y tirándolos sobre la cama.
Leandro los vio y su expresión se oscureció.
— ¿Qué has hecho, Peyton…? — murmuró con voz grave.
Susan sollozaba a su lado, aún sosteniendo la mano de su hija.
— ¿Ya llamaste a la ambulancia? — le pregunté a Susan.
Ella asintió entre lágrimas, pero la maldita ambulancia no llegaba. No podía esperar más. Sin pensarlo dos veces, deslicé mis brazos bajo el cuerpo de Peyton y la levanté del suelo.
— ¡Tom, qué haces! — exclamó Susan.
— No voy a esperar a que llegue una ambulancia que quién sabe cuánto tardará — dije con seriedad — La llevaremos al hospital ahora mismo.
Leandro no discutió. Se levantó de inmediato y salió corriendo al garaje para abrir el auto.
Susan y yo seguimos detrás.
Subí a Peyton en el asiento trasero, y Susan se acomodó a su lado, sin soltarla ni un segundo. Leandro arrancó el auto y salimos a toda velocidad hacia el hospital y apenas el auto se detuvo en la entrada de emergencias, bajé a Peyton con cuidado, sintiendo su cuerpo más frío de lo que debería.
— ¡Necesito una camilla! — grité con urgencia.
Varias miradas se giraron hacia mí y, en cuestión de segundos, un par de enfermeros corrieron con una camilla. Con rapidez, deposité a Peyton sobre ella, sintiendo un nudo en la garganta al verla tan frágil.
— ¿Qué sucedió? — preguntó una enfermera mientras ajustaba el suero en su brazo.
— Ella… está embarazada — solté, mi voz sonando más tensa de lo que esperaba — Cuando llegué a casa, estaba inconsciente en el suelo… Había sangre… y drogas.
La enfermera frunció el ceño.
— ¿Drogas?
Asentí y le mostré los frascos vacíos que había guardado en mi bolsillo.
— Los encontré en su habitación. No sé desde cuándo lo hace, pero si consumió esto estando embarazada…
No terminé la frase, no quería terminarla. La mujer asintió con gravedad.
— Nos encargaremos. Ahora, por favor, esperen aquí. Los mantendremos informados.
Y sin más, se llevaron a Peyton detrás de esas malditas puertas dobles.
Me quedé ahí parado, sin saber qué hacer con mis propias manos. Al final, las apreté en puños, sintiendo las uñas clavarse en mis palmas.
— Dios… — Susan se llevó las manos al rostro, temblando.
Leandro estaba en completo silencio, con la mirada fija en las puertas por las que se habían llevado a su hija.
Yo, en cambio, no podía quedarme quieto. Empecé a caminar de un lado a otro, con la mandíbula apretada y el corazón latiendo descontrolado.
— ¿No sospecharon de nada? — pregunté al fin, rompiendo el silencio.
Susan negó con la cabeza rápidamente.
— No… Cuando íbamos a su habitación, ella siempre estaba acostada, tranquila… a veces simplemente callada. Pensamos que era por el embarazo… nunca imaginamos…
Me pasé las manos por la cara, sintiendo una mezcla de desesperación y enojo.
— Con todos esos frascos vacíos… — mi voz se quebró un poco — Esto no fue algo de un solo día. Ella ha estado haciéndolo desde hace tiempo… y yo no lo vi.
— Tom… — Leandro me miró con seriedad.
— Si hubiera estado más atento, si me hubiera quedado más a su lado… — apreté los dientes — No estaríamos pasando por esto.
Me odié en ese momento, me odié por haber ignorado las señales. Por haber estado tan metido en mis propios pensamientos como para no darme cuenta de lo que pasaba frente a mí. Ahora entendía porqué nunca quiso ir ninguno de sus controles médicos.
Seguí caminando de un lado a otro, con la cabeza baja, tratando de contener todo lo que sentía pero no podía.
Cada segundo que pasaba se sentía eterno.
El tiempo pasó de forma extraña. No sé si fueron minutos, horas o toda la maldita noche, pero cada segundo se sentía como una eternidad. Caminé de un lado a otro sin descanso, con las manos en los bolsillos, con la cabeza baja, con los nervios a flor de piel.
Susan sollozaba en una esquina, mientras Leandro se mantenía en silencio con los brazos cruzados, pero yo… yo solo podía pensar en el bebé.
Cada vez que las puertas dobles se abrían, mi corazón daba un salto, pero ninguno de los doctores se acercaba a nosotros.
Hasta que finalmente, después de lo que parecieron siglos, un médico con bata blanca salió al pasillo con una expresión seria.
Me puse de pie de inmediato y fui hacia él sin dudarlo.
— ¿Cómo está el bebé? — solté de golpe, sintiendo el corazón en la garganta.
El doctor mantuvo silencio por unos segundos, mirándonos con una expresión que no me gustó para nada.
— La sangre de la señorita Peyton tenía un nivel alto de sustancias nocivas… drogas, para ser específicos — comenzó con calma, pero con un tono grave — Estas sustancias han afectado directamente al embarazo.
— ¿Cómo? — preguntó Leandro, su voz apenas un susurro.
El doctor suspiró y nos miró con seriedad.
— Cuando una mujer embarazada consume drogas, estas pasan directamente al feto a través del torrente sanguíneo. En los primeros tres meses de gestación, el bebé está en una etapa crítica de desarrollo. Cualquier sustancia tóxica puede afectar su crecimiento y aumentar significativamente el riesgo de un aborto espontáneo.
— Pero… solo tiene casi tres meses… — susurró Susan con la voz rota.
El médico asintió.
— Precisamente por eso. En los tres primeros trimestres, el embrión es extremadamente vulnerable. El consumo de drogas provoca una reducción del flujo sanguíneo en la placenta, lo que significa que el bebé deja de recibir oxígeno y nutrientes esenciales. Además, algunas sustancias alteran el equilibrio hormonal, lo que puede inducir un aborto.
Mis manos comenzaron a temblar.
— ¿Peyton está bien? — preguntó Leandro, pero yo no podía preocuparme por ella en este momento.
— Le hicimos un lavado sanguíneo para eliminar los restos de drogas en su organismo — respondió el doctor — Su estado es estable.
No me importaba. Apreté los dientes y di un paso adelante.
— No me interesa ella — mi voz salió más dura de lo que esperaba — ¿Cómo está mi bebé?
El doctor tragó saliva y bajó la mirada por un momento. Ese segundo de silencio me hizo sentir que el suelo bajo mis pies desaparecía.
Finalmente, el hombre me miró de nuevo y habló.
— Lo siento mucho… pero el bebé no sobrevivió, lo perdió.
Algo dentro de mí se rompió, mi mente se quedó en blanco, el ruido del hospital desapareció, mi cuerpo se sintió pesado, como si alguien hubiera apagado un interruptor dentro de mí. El bebé… Mi bebé…
No.
No.
No.
— No… — susurré, tambaleándome hacia atrás — No… no es cierto…
Mis oídos zumbaban, y el peso del mundo pareció caer sobre mis hombros de golpe.
— Lo siento mucho, señor Kaulitz — dijo el doctor con calma — Pero el bebé llegó sin latidos. Hicimos todo lo posible, pero…
— ¡No, no es cierto! — lo interrumpí, sintiendo que la desesperación se apoderaba de mí. Negué con la cabeza una y otra vez — Tiene que haber un error… — murmuré, con la voz quebrada — No puede ser…
El doctor suspiró con pesar, pero su expresión era firme.
— Entiendo que esto es difícil, pero no hay error. Lo lamento mucho.
Sentí que el estómago se me revolvía, como si fuera a vomitar. El bebé… la única luz que tenía en este maldito túnel oscuro, lo único que tenía, lo único que me quedaba… y ahora también lo había perdido. Me apoyé contra la pared, sintiendo que las piernas apenas me sostenían.
Esto no era real, no podía ser real.
— Tom… — Susan se acercó con los ojos llenos de lágrimas, tratando de tocar mi brazo.
Me aparté de inmediato.
— No… — dije con la voz rota.
Leandro trató de hablarme también, pero no escuché lo que dijo. Mis pensamientos estaban atrapados en una espiral de caos.
Soñé con este bebé, anhelé verlo crecer, quería ser un padre diferente al mío, quería darle todo el amor que mi papá me negó. Quería que conmigo fuera diferente pero ahora… ahora nunca lo tendría en mis brazos, nunca escucharía su risa, nunca sabría cómo habría sido su voz.
Nunca…
La angustia me quemó el pecho como un fuego imposible de apagar. Mi cuerpo se movió solo, con un arranque de desesperación, me alejé de Susan y Leandro.
— ¡Tom, espera! — Leandro intentó detenerme, pero me zafé de su agarre.
— Necesito aire — murmuré, tambaleándome por el pasillo.
Nadie pudo detenerme. Mi mente estaba en otro lado, mis piernas se movieron solas hasta que, de alguna forma, salí del hospital. El frío de la noche golpeó mi piel, pero no me importó.
Mis manos temblaban, mi pecho dolía, mi respiración estaba entrecortada y en mi cabeza solo había una cosa…
Mi bebé está muerto, y con él, mi última esperanza también. Seguí caminando sin rumbo, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida. No sabía cuánto tiempo llevaba andando, pero tampoco me importaba. Solo escuchaba el eco de mis pasos en la acera y el zumbido incesante en mi cabeza, pero de pronto, sin darme cuenta, estaba frente a un parque vacío. Me senté en una de las bancas y apoyé los codos en mis rodillas, enterrando la cara en mis manos.
El silencio era insoportable, me hacía pensar demasiado. El bebé… Bill… Mi papá…
Todo lo que alguna vez amé lo había perdido.
Solté una risa seca, era un maldito imán de la tragedia.
— ¿Qué carajos hice para merecer esto? — murmuré al aire, sin esperar respuesta.
Cerré los ojos y ví el rostro de Bill en mi mente, su sonrisa, sus ojos cuando me miraban con ternura. Los mismos ojos que ahora seguramente me odiaban.
Otra risa amarga salió de mis labios y me odié por pensarlo en este momento, pero… Hubiera querido que él estuviera aquí, que se sentara a mi lado, sin decir nada, solo estando ahí.
Pero no; me quedé solo, como siempre. Mi pecho dolió, pero esta vez lo ignoré, estaba acostumbrado a este vacío, no era nuevo. Me incliné hacia atrás en la banca, mirando el cielo.
Las estrellas parecían burlarse de mí.
Y entonces, como un maldito fantasma, la imagen de mi padre apareció en mi cabeza. Ese hombre que me prometió cosas que nunca cumplió, que me dejó esperando en la puerta cuando yo era un niño, creyendo que esta vez sí vendría. Ese hombre que construyó una familia nueva mientras yo me quedaba con las sobras.
Mi mandíbula se tensó. Si estuviera aquí, ¿Qué me diría? ¿Que lo superara? ¿Que la vida sigue?
— Vete al infierno — murmuré, como si pudiera escucharme.
No me importaba, no me importaba si estaba muerto o si seguía con su nueva familia. Nunca me necesitó y yo tampoco lo necesitaba.
Solté un suspiro y cerré los ojos otra vez. No sabía cuánto tiempo me quedé ahí, pero cuando volví a abrirlos, el parque seguía vacío.
La ciudad seguía viva, indiferente a mi dolor, nada se detuvo. El mundo seguía girando, como si mi pérdida no importara.
Y tal vez… tal vez realmente no importaba. No para nadie más. Me levanté de la banca con las piernas pesadas y empecé a caminar de nuevo. El camino de regreso a la casa de Peyton se sintió eterno. Cada paso pesaba como si estuviera arrastrando una carga invisible. Mi mente todavía intentaba procesar lo que acababa de pasar en el hospital.
El bebé ya no estaba.
Había sido lo único que me mantenía a flote, lo único en lo que podía aferrarme para no desmoronarme del todo. Y ahora… se había ido. Mi mandíbula se tensó al recordar la imagen de Peyton en el suelo, rodeada de sangre. Lo había hecho a propósito. Sabía cuánto me importaba y aun así… Apreté los puños con tanta fuerza que sentí las uñas clavarse en mi piel.
No podía seguir ahí, no con ella, no después de lo que hizo.
Cuando llegué a la casa, estaba completamente en silencio. Susan y Leandro seguían en el hospital. Me alegré, no quería verlos, no quería hablar con nadie. Solo iba a recoger mis cosas y largarme de una vez.
Subí a la habitación sin molestia en encender las luces. La poca claridad de la calle iluminaba lo suficiente. Busqué mi maleta y empecé a meter lo primero que encontré: ropa, cargadores, mi billetera, cualquier cosa que fuera mía. Todo lo que me atara a esta casa tenía que desaparecer.
Abrí uno de los cajones sin cuidado y algo cayó al suelo. Me agaché para recogerlo y entonces lo vi; un pequeño gorrito azul. Fruncí el ceño y lo tomé entre mis dedos. ¿Cuándo lo compré?
Los recuerdos llegaron como un maldito golpe en la cara.
«¿Te gusta?» había dicho mi madre con una sonrisa cuando me lo dio hace unas semanas. «No importa si es niño o niña, los bebés suelen usar gorritos los primeros días, así que pensé en regalarte uno para que tengas algo suyo antes de que nazca.»
Me quedé viéndolo, incapaz de moverme.
«Serás un gran padre, Tom.» Recordé sus palabras.
Mis propios pensamientos me traicionaron. Me imaginé sosteniéndolo, acariciando su cabeza con ese gorrito puesto, prometiéndole que jamás le haría sentir el abandono que mi padre me hizo sentir. Que estaría ahí para él.
Pero ya no estaba. Apreté el gorrito en mi puño, sintiendo que me faltaba el aire. No podía estar aquí ni un segundo más.
Cerré la maleta de golpe y salí de la habitación sin mirar atrás. Bajé las escaleras de dos en dos, atravesé la sala y abrí la puerta.
Tenía que irme, tenía que alejarme de todo esto antes de que me consumiera por completo. Comencé a caminar sin rumbo fijo, con la intención de ir a casa de mi mamá pero en cuanto doblé la esquina, lo escuché.
Un llanto.
Me detuve en seco y giré la cabeza buscando la fuente, pero no había nadie en la calle. Mis oídos me engañaban.
Seguí caminando pero los llantos se hicieron más fuertes. Mi respiración se volvió errática «Es mi cabeza», me repetí, «solo es mi cabeza jugándome una mala pasada».
Pero entonces…
— Tom.
Mi corazón se detuvo… Esa voz, no, no podía ser. Levanté la mirada y ahí estaba Bill. Su silueta se alzaba a unos metros de mí, bajo la luz tenue de un farol.
Tragué en seco.
— No eres real…
Parpadeé, y cuando volví a mirar, ya no estaba.
Mi pecho se contrajo con dolor. Quise seguir caminando, pero entonces otra figura apareció frente a mí.
Mi padre.
Jörg estaba ahí, mirándome con la misma expresión fría que tenía la última vez que lo vi.
— No… No estás aquí… — susurré, retrocediendo.
Su rostro se torció en una sonrisa.
— ¿Realmente pensaste que podrías ser diferente a mí?
Negué con la cabeza.
— Vete al infierno…
Parpadeé de nuevo y desapareció pero los llantos continuaban. Mis pies comenzaron a tambalearse y las luces de la calle se sentían más brillantes, más pesadas sobre mí. No sabía si estaba caminando o si el suelo se movía solo.
Todo me daba vueltas.
El gorrito azul seguía en mi mano, apretado con tanta fuerza que me dolían los nudillos. Mis piernas cedieron y me dejé caer sobre la acera. La cabeza me latía, los fantasmas no me dejaban en paz.
Todo lo que alguna vez amé, todo lo que una vez tuve, lo había perdido.
El bebé.
Bill.
Mi propia cordura.
Llevé una mano a mi cara, respirando entrecortado y me levanté como pude, seguí caminando porque si me detenía, los pensamientos me devorarían.
Los llantos del bebé seguían ahí, en algún rincón de mi cabeza, como si me persiguieran. Cerré los ojos un momento, tratando de concentrarme en el sonido de mis pasos contra el pavimento.
Pero entonces…
— ¿Realmente pensaste que podrías ser diferente a mí?
Mi cuerpo se tensó. Jörg estaba de nuevo ahi frente a mí, con los brazos cruzados y la misma expresión sería. Apreté los dientes y pasé de largo, ignorándolo.
No existía.
Solo era un maldito fantasma.
Pero cuando giré en la siguiente calle, su voz volvió a alcanzarme.
— ¿Y ahora qué, Tom? ¿Vas a huir otra vez?
Mis pies se detuvieron sin querer.
— Cállate… — murmuré.
— Toda tu vida has huido de la verdad.
Respiré hondo y di otro paso. No iba a caer en esto.
— Huiste de mí. Huiste de Bill. Y ahora huyes de ese bebé.
Mis manos se cerraron en puños.
— Cállate.
— Sabías que no estabas hecho para esto, Tom. Sabías que no eres suficiente.
Mis músculos se tensaron aún más pero entonces, la voz cambió.
— No eres suficiente.
No. No era mi padre esta vez… era Bill. Parpadeé y de pronto él estaba ahí, en la otra esquina, mirándome con frialdad. Las luces de la calle hacían brillar sus ojos, pero en ellos no había ni un rastro de amor.
Mi pecho se encogió.
— No…
— Nunca serás suficiente para mí, Tom.
Di un paso atrás.
Esto no era real… esto no era real.
— No eres suficiente para mí ni para nadie.
No.
— Nunca lo fuiste y nunca lo serás…
Cada palabra se clavaba como un cuchillo. Mi respiración se volvió errática, intenté moverme, salir de ahí, pero cada vez que giraba en otra calle, ahí estaba de nuevo.
Jörg.
Bill.
Los llantos del bebé.
Una y otra vez no me dejaban ir, no me dejaban escapar.
— ¿Qué harás ahora, Tom?
— ¿Seguirás huyendo?
— Sabes que no eres suficiente.
— Sabes que todo lo que tocas lo destruyes.
Mi cabeza latía con fuerza. No podía más, no quería escuchar pero las voces seguían. Eran como garras aferrándose a mi piel, tirando de mí hasta lo más oscuro de mi mente. Apreté los ojos y me cubrí los oídos, respirando entrecortado.
No.
No.
No.
Y de pronto, el mundo se detuvo. El silencio cayó como una losa sobre mis hombros. Abrí los ojos lentamente, sintiendo mi corazón retumbar en el pecho.
No había nadie.
Ni Jörg.
Ni Bill.
Ni el bebé.
Solo estaba yo, solo, siempre solo. Mis piernas temblaron pero seguí caminando. Un paso más y luego otro. La casa de mi madre se alzaba frente a mí, con sus luces encendidas y esa sensación cálida que siempre había tenido desde que era un niño. Me quedé parado en la acera por un momento, mirando la puerta. Había caminado sin rumbo, con la mente enredada en recuerdos, voces y fantasmas. Pero, de alguna forma, mis pasos me trajeron hasta aquí.
Hasta casa.
Hasta el único lugar donde aún quedaba algo que podría llamarse «hogar». Tragué saliva, sintiendo mis manos frías y entumecidas alrededor del asa de mi maleta. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que salí del hospital, pero ahora estaba aquí y tenía que entrar.
Respiré hondo y di un paso adelante. El sonido de la llave girando en la cerradura resonó demasiado fuerte en el silencio de la noche. Empujé la puerta con lentitud, sintiendo cómo el calor del interior me envolvía en cuanto crucé el umbral.
Avancé en silencio, dejando las maletas a un lado. No tenía fuerzas para subirlas a mi habitación. De hecho, no tenía fuerzas para nada.
— ¿Tom?
La voz de mi madre me sacó de mi ensimismamiento. Giré lentamente y la vi en el umbral de la sala, con el rostro lleno de sorpresa y preocupación. Sus ojos bajaron a mi equipaje y luego volvieron a mí, tratando de encontrar una respuesta en mi expresión.
— ¿Qué haces aquí? — preguntó, acercándose.
Abrí la boca para responder, pero las palabras se atoraron en mi garganta. ¿Cómo se suponía que debía explicarlo? ¿Cómo se le dice a alguien que, en cuestión de horas, perdiste todo?
Apreté los labios con fuerza y desvié la mirada. Mi madre no necesitó más que un segundo para entender que algo estaba mal.
Se acercó más, con su expresión preocupada y su voz suave.
— Tom… ¿Qué pasó?
Mis manos se cerraron en puños a los costados. No quería decirlo, no quería escucharlo salir de mi boca pero lo hice, porque no tenía otra opción.
— Lo perdí… — mi voz apenas fue un susurro.
Mi madre frunció el ceño, sin comprender del todo.
— ¿Perdiste qué, cariño?
Respiré hondo, sintiendo el nudo en mi garganta crecer hasta casi ahogarme.
— Al bebé.
El silencio cayó en la habitación. Pude ver cómo el rostro de mi madre se descomponía poco a poco, cómo sus labios se separaban en un gesto de incredulidad, cómo su mirada reflejaba el mismo dolor que me atravesaba por dentro.
— No… — susurró.
Asentí con la cabeza, sin poder decir nada más. Mis manos temblaban, mi respiración seguía igual de irregular y, en cuestión de segundos, todo el peso que había estado cargando se rompió dentro de mí.
Un sollozo escapó de mis labios antes de que pudiera detenerlo. Y entonces… todo colapsó, todo se vino abajo. El dolor, la pérdida, la rabia y la impotencia. Todo explotó al mismo tiempo, como una represa que se rompe después de soportar demasiada presión. Sentí los brazos de mi madre rodearme antes de que pudiera reaccionar y ahí, en su abrazo, me derrumbé como cuando era un niño, como cuando supe que nunca fui suficiente para él.
Ahora volvía a ser ese niño roto que se aferraba a su madre porque no tenía a nadie más.
Hundí el rostro en su hombro y solté todo, toda la angustia, todo el dolor, todo lo que me había estado carcomiendo desde el momento en que el médico pronunció esas palabras.
«Lo perdió».
Apreté los ojos con fuerza, sintiendo cómo las lágrimas empapaban la tela de la blusa de mi madre.
— Lo perdí todo, mamá… — mi voz era apenas un murmullo ahogado entre sollozos — A Bill… al bebé… todo…
Mi madre me abrazó más fuerte, acariciando mi espalda con ternura, como si pudiera reconstruirme solo con su tacto.
— Estoy aquí, Tom… — su voz sonaba quebrada, como si estuviera sufriendo conmigo — Estoy aquí, mi amor…
Pero yo ya no podía responder, solo podía llorar, solo podía dejarme caer en ese dolor que me consumía desde dentro porque lo había perdido todo y no sabía si alguna vez podría recuperarlo.
Continúa…
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