
Fic TOLL de Lett_Kltz
Capítulo 5

By Tom
La carrera había terminado y como era obvio, yo había ganado. El supuesto fantasma de Miami resultó no ser tan fantasma conmigo en la pista. Igual no había mala sangre; la gente siempre necesitaba inventarse rivalidades para emocionarse, pero la verdad era otra. Yo ya conocía a ese cabrón desde hacía un año, cuando fui a Miami. Buen tipo. Corrimos, bebimos y hasta terminamos haciendo negocios juntos.
—Menuda locura —dijo él al bajarse de su coche. Choqué mi mano con la suya y sonreí.
—Sabes que aquí no hay tregua, hermano. Pero la próxima te dejo una curva.
—La próxima te voy a reventar —contestó riéndose.
Nos despedimos entre palmadas en la espalda, prometiendo vernos pronto en otra pista. Me aparté del grupo, encendí un cigarro y me recosté contra un árbol mientras soltaba la primera calada. El humo me nubló la vista por un segundo, pero al bajarlo…
Esa figura… ¿Qué carajos hacía ahí?
Fruncí el ceño, curioso, y lo vi riéndose, rodeado de un grupito que conocía de sobra: Andreas, Ryo, Miyu, Dante… y, claro, el idiota de Kenji. Ese imbécil no podía ni verme en pintura. Medio año atrás me cogí a su novia. Y no, que quede claro: no fue mi culpa. Ella fue la que vino detrás de mí, yo solo le hice el favor… cortesía, ¿No? ¿Qué iba a hacer? ¿Rechazarla? Por favor, un buen polvo nunca se rechazaba, menos si la tipa estuvo arrastrándose por mi pene desde que llegué, sin importarle tener novio.
Lo peor es que ni siquiera fue por eso que Kenji ardía, bueno, tal vez un poquito. La razón era otra, una distinta. Cosas del pasado que prefiero no mencionar. Pero las suficientes como para ganarme todo su odio.
Igual que Dax, que todavía anda ladrando que un día me va a tumbar del podio. A ese idiota no le basto con que le quitará su coche y sigue de perro aferrado a su hueso.
Bla, bla, bla. Todos ladran, pero al final el que muerde primero soy yo.
Seguí fumando, observándolo de lejos como un depredador al acecho. Lo más gracioso de todo era que ese chico no tenía ni puta idea de quién era yo. No me veía como el rey de estas calles, no como el cabrón que le gana hasta al viento. Solo me conocía como el idiota que casi lo manda al hospital.
Y eso me encantaba.
No sé por qué. Tal vez porque todos aquí me tenían en un pedestal, o me odiaban por la misma razón, pero ese crío… Ni siquiera en la carrera pasada, cuando me enfrenté a Dax, pareció reconocer mi auto, el que casi lo atropello la noche pasada. ¿En serio? ¿Tan distraído estaba? ¿O de plano tiene Alzheimer? Si, lo había pillado entre la multitud, yo estaba con las ventanas al tope y eran polarizadas, él no podía verme, pero yo me fije en él. Desde un principio, lo había visto, desde las sombras por supuesto. Y cuando me acerque esa misma noche a él, supe que no había boleto de regreso, pero ¿Boleto de regreso a qué? Solo era curiosidad, solo quería saber más de él. Su actitud a la defensiva conmigo era divertida y no estaba acostumbrado a eso. Mera curiosidad.
—Hermano, ¿Qué miras tanto? —escuché una voz familiar. Me giré y vi a Han acercarse.
—Nada —dije encogiéndome de hombros, dándole otra calada al cigarro, pero sin quitar los ojos de encima del pelinegro, que ahora reía animadamente con Kenji… Umm, esos dos se estaban llevando muy bien en cuestión de segundos. Apreté la mandíbula— Solo el circo de siempre.
—Circo que tú armas, no te hagas. Ya todos están hablando de ti otra vez. Rey de la pista, invencible, bla, bla, bla… hasta las groupies andan preguntando si hoy te vas con alguien.
—¿Y qué les respondiste? —pregunté con media sonrisa.
—Que si alguien te aguanta más de dos noches, ya es milagro —solté una carcajada que me salió desde la garganta— Y a eso súmale que Chantelle está por aquí buscándote… —en ese momento se me fue la sonrisa, me pasé la mano por las rastas, inclinando la cabeza hacia un lado, mientras mi mirada cazaba entre la multitud un rostro que reconocía demasiado bien.
—Esa mujer… —bufé, dándome asco el simple hecho de mencionarla— Dios, la última vez ya le dejé claro que no la quería ver nunca más. Y mírala ahí, escondida entre la gente como un maldito fantasma.
Han soltó una carcajada seca, palmeándome el hombro.
—Se te pega como sanguijuela, hermano. Y cuidado, que no es la única. Hay varias que mueren por conocerte… si quieres, te las paso en bandeja.
—No —la palabra me salió rápida, cortando el aire.
Eso lo dejó en blanco. Abrió la boca y me miró como si hubiera dicho una estupidez.
—¿No? ¿Qué carajos te pasa? Es la primera vez que rechazas algo así.
Me encogí de hombros, jugando a la indiferencia, aunque sabía que él no se tragaba esa mierda barata.
—Estoy cansado, Nikto. Eso es todo. Necesito dejar descansar a mi preciado amiguito —señale mi entrepierna con un gesto obsceno, causando un par de cargadas a Han.
Mentira. Yo no me cansaba nunca. Pero no iba a explicarle que esa noche, entre todo el ruido, mi cabeza solo giraba alrededor de un crío que tenia a la vista desde la semana pasada sin razón alguna. Pero había algo… algo que no se podía ignorar en ese chico, tal vez su estilo inusual, su sonrisa o su forma tan delicada y femenina de actuar. Aunque lo más curioso de él es cuando se enoja, incluso podría llegar a darme miedo.
De pronto, las alarmas se encendieron por todo el lugar, dando la indicación de que la policía estaba cerca. Puse los ojos en blanco y resoplé con fastidio, por suerte siempre aparecían cuando las carreras terminaban y no cuando estabas en una.
—Los jodidos hombrecitos de azul otra vez, carajo.
La multitud se movió como un enjambre asustado. Ahí lo vi: el chico alejándose, mirando a los lados con desesperación que no tenía sentido. ¿A quién buscaba?
Han ya iba directo a su coche, cuando lo alcancé.
—Dame las llaves.
—¿Qué?
No le di tiempo a pensar; se las arranqué de la mano como quien roba un caramelo, y al mismo tiempo le tiré las mías.
—Cuida de ella.
—¿Por qué carajos quieres mi auto si tienes el tuyo?
Sonreí de medio lado, ya con medio cuerpo dentro del suyo.
—Luego te digo, creó…
No le di chance de discutir. Me dejé caer en el asiento de su coche verde, ese color chillón parecía una luciérnaga en la oscuridad, perfecto para lo que tenía en mente. Iba a cazar al chico, aunque ni yo sabía bien por qué.
Tenía la llave lista para girarla cuando la puerta del copiloto se abrió de golpe. Ese perfume dulce me golpeó antes de verla. Giré la cabeza y ahí estaba… Chantelle.
Joder.
—¿Qué mierda piensas que estás haciendo? —escupí, apretando la mandíbula. Ella se acomodó el vestido como si le perteneciera ese asiento.
—Vienen los policías, Tom. Arranca de una vez.
—Bájate del puto auto —mi voz salió áspera, era una amenaza— Si no quieres que te baje yo mismo, lo haces por las buenas.
Ella me miró con esa cara de víctima que tanto practicaba cuando quería algo. No se movió
—Oh, vamos, cariño, no finjas que no me extrañaste.
Solté una risa seca, sin nada de gracia.
—Escucha bien, Chantelle: la última vez te dije que no me volvieras a hablar. Eso sigue en pie. Así que sal del coche o te saco a jalones y no será bonito.
No se movió. Y mi paciencia… bueno, yo nunca tuve demasiada. Sali del auto a toda prisa, abrí la puerta, la tomé del brazo jalándola hacia afuera, pero ella se resistió al auto como una garrapata, gritando como una niña chiquita. Respire hondo, agarrándola por la cintura y lanzándola hacia el asfalto sin siquiera mirarla a los ojos.
—Consíguete un idiota que te aguante, Chantelle.
Cerré de un portazo, volví a meterme al auto, giré la llave y mis manos se aferraron al volante. Pisé el acelerador y me lancé directo al caos: gente corriendo, sirenas acercándose, luces rojas y azules que ya pintaban el asfalto. Y ahí estaba él, caminaba perdido, con los ojos encendidos de miedo, como si la tierra le estuviera jugando la peor broma de su vida.
No lo pensé mucho. Frené de golpe justo a su lado, las llantas chillando contra el cemento. El sonido hizo que se sobresaltara, girara la cabeza y se quedara helado al verme.
Bajé el vidrio, sonreí y empujé la puerta del copiloto para abrirla de par en par.
—Súbete.
Su cara fue un poema: mezcla de sorpresa, confusión y algo de rabia contenida. Lo reconocí enseguida… claro que me reconocía. Era imposible olvidar a alguien como yo.
—¿Qué? —balbuceó, con esa vocecita terca que me sacó de quicio. Incliné la cabeza hacia él, sacudiendo una rasta y ampliando mi sonrisa.
—Súbete o vas a terminar en la cárcel, crío. Y te lo juro… no quieres comer esa mierda que ellos llaman comida —me reí solo, recordando mi propia experiencia— Créeme, sé de lo que hablo.
Vi cómo dudaba. Esa lucha interna estaba escrita en su cara. El «no» estaba en la punta de su lengua, pero también lo estaba el miedo. Y el miedo siempre gana.
Al final suspiró, rodeó el auto y se metió cerrando la puerta con un golpe nervioso. Perfecto, justo lo que quería.
—Hola de nuevo… fantasma.
Apreté el acelerador, y el coche saltó hacia adelante, alejándonos del lugar.
A mi lado, el pelinegro estaba rígido, como si la simple idea de estar sentado ahí conmigo fuera la peor decisión de su vida. Y aún así, había elegido eso antes que las esposas de los hombres de azul. Eso ya decía bastante.
—Esta es la segunda vez que nos encontramos —soltó de golpe, sin mirarme. Su voz sonaba entre molesta y acusadora— Primero en la carrera de la semana pasada y ahora… Definitivamente me estás acosando.
Me reí tan fuerte que el sonido se mezcló con el ruido del carro. Giré un poco la cabeza para clavar mis ojos en los suyos.
—¿Casualidad otra vez? O… ¿Destino? —me encogí de hombros como si nada, disfrutando el leve tic de fastidio que le cruzó el rostro— Y no, no te estoy acosando, fantasma. Como puedes ver… yo vengo a las carreras. Este es mi mundo, te lo dije. Tú fuiste el que se metió en él, no al revés.
Por un segundo vi cómo se mordía el labio, procesando mis palabras. Hasta parecía que lo estaba considerando.
—¿Tú corres?
Chasquee la lengua, jugando con el volante.
—Mhm… algo así —le sonreí, dejando que la respuesta sonara tan ambigua como me apetecía— Pero no soy tan bueno. Prefiero venir a ver las carreras, ya sabes… pasar el rato.
La mentira se le clavó de lleno y yo disfrutaba cada segundo de ese pequeño engaño. Era divertido… demasiado divertido.
Pero él parecía más interesado en los alrededores, buscando sabe Dios que.
—¿Qué miras tanto? —lo miré de reojo, tomando una curva con cuidado— Si es por las patrullas, ya los perdimos de vista. Seguro están ocupados persiguiendo a otros idiotas.
—No, no es eso, es solo que… vine con una amiga, pero no la ví desde que llegamos y, estoy preocupado por ella. ¿Qué pasará si se la llevan?
—Mhm… Bueno, si la agarran, tendrás que ir a la comisaría con mil dólares, pero ojo: solo si es menor de edad, y con la compañía de sus padres… pero si tu amiga tiene más de dieciocho, la vas a ir a visitar todos los días a la cárcel por tres días enteros.
—Ahora estoy más preocupado, gracias —ví como se paso una mano por el cabello, frustrado con la sola idea.
Bueno, ¿Fue él quien preguntó o no?
—Solo respondí a tu pregunta —me defendí.
—¿Podemos ir a buscarla? Por favor. Debe estar por ahí y podemos encontrarla…
—No —le corté, mirando al frente con decisión— Hay haber patrullas cerca del lugar y, ¿No queremos estar detrás de una reja, verdad? Seguro tu amiga está bien, alguien tuvo que apiadarse de ella y llevársela cómo yo lo hice contigo.
—¿Apiadarse? —repitió, volteando a verme como si fuera el exorcista.
—Si, bueno, parecías asustado sin saber que hacer. Y me dije a mí mismo «Tengo que ganarme un pedacito de cielo» y aquí estamos.
Se quedó callado, mirando al frente, seguramente sin tener ni puta idea de qué decir. Eso me dio la excusa perfecta para seguir hablando, porque el silencio estando con personas nunca me había gustado y, menos si tenía a alguien tan interesante al lado.
—¿Entonces? —le lancé, arqueando una ceja— ¿Cuál es tu nombre?
—No te lo voy a decir —soltó rápido, con fastidio.
Su puta rebeldía joder, podía conmigo. Pero ya lo veríamos.
—Bien, entonces tendré que conformarme con llamarte «Fantasma» —dí una exhalación lenta, esperando a que mi pequeño juego le molestará— Fantasma, fantasma, fantasma, fantasma, fantasma, fantasma ¿Es lindo, no? Cómo Casper, aunque Casper no parece enojado con el mundo todo el tiempo. Tampoco tener una cara de mierda por motivos que no sé, y…
—¡Bill! —gritó, seguramente ya harto de mis palabras— Me llamo Bill, ¿Vale? Ahora puedes callarte.
—Bill… —repetí para mí mismo, asintiendo lentamente— Parece demoníaco, es como «Vil» ¿No te lo han dicho?
—No, no me lo han dicho. Tú eres el primero en notarlo —se cruzó de brazos, mirando por la ventana, intentando ignorarme.
Incluso yo me hartaba a mi mismo, pero era naturaleza mía y podía llegar a ser muy patoso si algo era de mi interés.
—Menuda suerte, entonces —volví a mirarlo unos segundos, con media sonrisa en la cara, satisfecho por haberlo hartado con mis estupideces. Aún así, no era mi culpa que se me pasarán tonterías por la mente, yo decía las cosas sin pensarlo dos veces. Pero tampoco tenía la culpa de que tenga un nombre que parezca demoníaco y eso fuera lo primero que crucé mí cerebro cómo una bala— Y… ¿Cuántos años tienes?
Intenté cambiar el tema. Pero parecía más entretenido viendo las manchas en la ventana que interesado en interactuar conmigo.
—Creó que toque un punto sensible… —susurré para mí.
¿O es qué será que no le gusta nada relacionado con lo infernal? Se enojo cuando le dije fantasma y cuando se me salió lo de su nombre… Aunque eso no era motivo suficiente para terminar de ofender a alguien. A mí, en lo general, no me molestaba, recuerdo que mi hermano mayor me decía «Chucky», porque cuándo éramos críos solía perseguirlo con un cuchillo cada vez que me hacía enojar. ¡Pero yo tenía motivos! Él me quitaba todos mis dulces y ahorros para irse a jugar a las máquinas.
De cualquier manera, que importa, sería divertido molestarlo con eso luego.
—¿Y tú cómo te llamas? Yo ya te he dicho el mío, no debería referirme a ti únicamente como: el idiota que casi me atropella, ¿No? —lo oí decir, después de un minuto calladito. Supongo que a él tampoco le gustaba estar en silencio.
—¿Mi nombre? Bueno… —no le diría el mío, fijo ya lo había escuchado y no todos ahí tienen un nombre como el mío, nadie. Me lo pensé mejor mientras doblaba una esquina. A ver, siempre me quise llamar Nick porque… Bueno solo quería y ya, así que Nick sería mi otro yo— Nick, me llamó Nick.
Ya estábamos adentrándonos más a la cuidad, nos habíamos alejado bastante del puente al norte y por cortesía lo llevaría a su casa. Claro, una excusa para conocer donde vivía también.
—Dame tu dirección —le ordené.
—No, no es necesario, puedes dejarme por aquí y…
—Por estos lugares hay pandillas &me apresure a inventar algo— Es un lugar de delincuencia masiva… Pero si tu insistes…
Detuve el auto en secó, esperando que en cualquier momento se bajara. Él dudo, pero al final resopló, nada convencido de querer quedarse en esa calle medio oscura de dudosa procedencia.
—Sigamos… —bingo.
Sonreí por dentro, satisfecho. Un puntito más para mí.
Me dio la dirección sin verme a la cara. Al sur. Algo retirado, pero no me importaba; el trayecto extra me daba más minutos con él, y joder, yo sabía aprovechar cada uno.
Mientras conducía, intenté sacarle plática otra vez, cualquier cosa, lo que fuera. Hablamos de la música que sonaba en la radio, él la criticaba, yo la defendía, por joder, luego sobre las carreras. Aunque se hacía el inocente, pero yo juraría que quería saber más y al final, cuando ya estábamos llegando, lo noté… más tranquilo. Como si por fin hubiera bajado la guardia, al menos un poquito.
Frené frente a una casa pequeña, de una sola planta. Ni la mejor ni la peor. Se veía linda y acogedora.
—Gracias por traerme… —dijo bajito, mirándome rápido— Si no fuera por tí, ya estaría en la comisaría.
—No me debes nada. Bueno, tal vez ir a comer, pero podemos negociar eso —me encogí de hombros, con una sonrisita que hizo que ruede los ojos.
Se preparó para salir, y justo cuando giró el cuerpo hacia la puerta, ví su billetera medio asomada, colgando de su chaqueta, lista para caerse como si me rogara que la tomara. Y claro que lo hice. La atrapé sin que él se diera cuenta y la giré entre mis dedos.
Ni siquiera se dio cuenta. Salió, cerró la puerta, y yo me quedé con la excusa perfecta en mis manos.
La vi un momento. Negra, gastada en las orillas. La abrí con calma, encontrándome un par de billetes doblados, algunas monedas sueltas, un boleto arrugado de cine, un recibo de supermercado con solo «leche, pan y cigarrillos» marcados. ¿Cigarrillos? Eso sí que no me lo esperaba. No me lo imaginaba como alguien que fumaba.
Al final, nada que me impresionara demasiado, pero luego… oh, ahí estaba: su credencial.
Bajé la vista a los datos:
Bill Wieger.
Fecha de nacimiento: 5 de septiembre de 1990.
Se me escapó un silbido bajo.
—Mira tú… un año y cuatro días menor que yo —susurré con media sonrisa torcida, pues yo era del 89— Yo el uno, tú el cinco. Qué jodida coincidencia.
Me recosté en el asiento, dándole vueltas a la credencial entre los dedos.
Alemania. Leipzig.
—Wow… así que alemancito —reí solo, encajando todas las piezas en mi cabeza. Bueno, a decir verdad… el acento ya era sospechoso.
Volví a mirar la foto. No podía evitarlo, ese gesto suyo parecía decir: «No te metas conmigo». Y, joder, eso solo me daba más ganas de hacerlo.
—Un año menor, alemán y con cara de porcelana… Bill Wieger, creo que acabas de volverte mi nuevo pasatiempo.
Cerré la billetera, guardándola en mi sudadera como si fuera mía. Lo dejaría sin dinero para un par de días, quizás toda la semana. ¿Y qué? Seguro tenía ahorros, o una madre que le cocinara. No me importaba. Yo solo pensaba en una cosa: ahora tenía una razón legítima para volver a verlo. Tenía su nombre completo, sabía dónde estudiaba. Tenía la billetera para seguir molestándolo hasta que me odiara… o hasta que no pudiera sacarme de encima.
Lo observé desde el auto, entrando a su casita sin darse cuenta de nada. Esperé hasta que cerró la puerta.
Ese niño no tenía ni idea de lo que había hecho subiéndose al coche. Metí primera, y el rugido del motor rompió el silencio de la calle.
—Hasta pronto, Bill… —susurré para mí mismo, acelerando.
Continúa…
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