
Fic TOLL de Lett_Kltz
Capítulo 4
El viernes por fin había llegado. Una semana desde aquella carrera. Me encontraba en la cafetería de la universidad, esperando a Alyssa como de costumbre. Las clases habían terminado, el ambiente estaba ligero, risas y el murmullo constante de grupos de estudiantes. Me dejé caer en una silla cerca de la ventana, con el celular en la mano, sin intención de prestar atención a nada ni a nadie. Cuando el camarero se acercó a la mesa, le pedí lo que Alyssa y yo siempre tomábamos, al menos hasta que ella llegara.
En la mesa de al lado, un grupo de chicos y chicas hablaba a carcajadas, demasiado alto como para ignorarlos. No me importaba lo que decían, me parecía absurdo que gritaran como si quisieran que todos supieran de sus vidas… hasta que una palabra encendió una alarma en mi cabeza.
—No, en serio, pobre del que perdió— se reía uno, golpeando la mesa con la palma — Que te humillen así en frente de todos… perder tu coche por culpa de ese idiota.
—Ese Tom es un animal, hermano —añadió otro, con un tono que mezclaba burla y respeto— Lo hizo pedazos. ¿Viste cómo lo dejó? Y con ese derrape… uf, inolvidable.
Tragué saliva.
Ese nombre ya lo había escuchado esa noche entre gritos. Tom. El dueño del auto azul. Ahora tenía la confirmación. Tom era el rey del asfalto y el otro, el «perdedor»… bueno, el payaso que lo había perdido todo.
—Dicen que mañana habrá otra carrera —se entusiasmó una de las chicas, bajando la voz— No será en la ciudad, esta vez será debajo del puente de la vieja autopista. Va a ser el doble de grande.
Los demás reaccionaron con silbidos y aplausos, como si anunciaran un concierto.
—Yo no me lo pierdo. Por. Nada. Del. Mundo —anunció uno de ellos. Golpeando la mesa a cada palabra que soltaba— Estoy seguro que será igual de loco como los demás.
—¿Igual? —rió otro, inclinándose hacia adelante. Y no se porqué, pero ahí seguía yo: escuchando todo como una viejita chismosa— No, hermano. Va a ser mejor. Ya escuchaste, ¿No? Esta vez habrá más apuestas, más autos y más gente. Dicen que hasta vendrán de otras ciudades solo para correr contra Tom.
—Por favor, ¿Y quién tiene los huevos de plantarle cara? —interrumpió una chica, dándole un sorbo a su café.
—Bueno, Dax lo intento—se burló uno, ganándose otra ronda de carcajadas— El pobre ni supo de dónde le cayó el golpe. Imagínense perder tu coche así… se lo entregó en bandeja de plata.
Me incline hacia atrás, mi espalda pegada al respaldo de la silla, solo para poder escuchar mejor. ¿Dax? Se llamaba igual que mi hermano.
Coincidencia, supongo.
—Se lo merecía —contestó otra, encogiéndose de hombros— Todos saben que Dax siempre habla más de lo que corre. Tom solo le cerró la boca de la mejor manera.
—Y lo mejor —añadió uno de los chicos, riéndose— Es que Tom manejaba como si estuviera en un paseo dominguero. ¿Lo vieron?
—Eso es lo que más asusta —dijo otro, con un silbido— Cuando corres contra alguien que ni se esfuerza, ya estás muerto.
—Igual —se metió una chica, cruzando las piernas con entusiasmo— Dicen que esta vez no será tan fácil. Va a llegar un tipo de Miami. Lo llaman «El Fantasma».
El grupo se inclinó hacia ella al mismo tiempo. Yo miraba disimuladamente hacia su mesa. Agudizando más el oido porque decidieron ya no hablar a los cuatro vientos.
—¿Quién?
—El Fantasma —repitió, bajando un poco la voz. ¿Fantasma? Ese nombre era… inusual, al menos para mí— Corre en las calles de Miami desde hace años. Nunca lo han atrapado, y los que compiten contra él aseguran que jamás ven su auto completo, solo luces en el retrovisor… y luego polvo.
—Nah, eso suena inventado —intervino uno, pero se notaba que estaba intrigado. Al igual que yo.
—Inventado nada —respondió la chica— Mi primo vive allá, lo ha visto correr. Y créanme, si alguien puede plantarle cara a Tom, es ese hombre.
—Ya quiero verlo —dijo otro, dando un golpe suave a la mesa— Porque, con todo respeto, nadie aquí le gana. Tom tiene la pista y los huevos que a los demás les faltan.
Yo mismo lo había visto correr, y podía asegurar que ese tal «Tom» o «Rey de las carreras» era demasiado bueno, como nacido para eso.
—Pero ojo —añadió otro— Escuché que Tom ya sabe que viene. Y no está nada preocupado. Dicen que incluso lo está esperando.
—Obvio —rió uno— ¿Qué creen? Ese cabrón se alimenta de competencia. Si le dices que hay alguien mejor que él, lo único que hará es buscarlo hasta destrozarlo.
Las chicas se rieron, una de ellas casi ahogándose con su café.
—Es que es tan arrogante… pero no sé si odiarlo o admirarlo.
—Admíralo, porque odiarlo no sirve de nada —rió otro— Al final, igual te deja comiendo polvo.
—¿Y escucharon lo de las apuestas?
—¿Qué pasa con las apuestas?
—Esta vez no son solo autos. Hay rumores de que algunos pondrán negocios enteros en juego. Hasta escuché que alguien soltará una casa en la costa como apuesta.
Se escucharon exclamaciones alrededor de la mesa. Si lo del auto apostado me pareció absurdo, esto era peor. ¿Una casa? ¿En serio?
—Eso ya no es un juego —murmuró uno, aunque tenía los ojos brillando de emoción— Es como una maldita guerra.
—Pues claro —intervino la chica del «Fantasma» otra vez— Porque cuando aparece Tom, la gente sabe que no basta con dinero o reputación. Tienes que poner algo grande sobre la mesa, algo que duela perder.
—¿Y qué pone él? —preguntó alguien. El grupo se quedó callado unos segundos, y yo aproveche un poco para mirar de reojo otra vez.
—Él no necesita apostar nada. Su sola presencia es la apuesta. Si corres contra Tom, ya estás arriesgando todo…
—¡Aquí estas! —escuchar la voz de Alyssa me sobresalto horrible, puedo jurar que el corazón casi se me sale por la boca. Ni siquiera la había visto llegar por estar atento a la conversación ajena.
—¡Idiota! ¡Casi me matas de un infarto! —me lleve una mano al pecho, fulminándola con la mirada.
—No seas tan exagerado, Bill. ¿Qué acaso no me viste llegar?
—No, ¿Por qué crees que me asusté cuándo gritaste cómo una lunática?
—Bueno, como sea… —se sentó frente a mí, apoyando los codos en la mesa con una sonrisita— Te tengo noticias: esta vez tenemos que ir a esas carreras de nuevo. Escuché que…
—Que será más loco, que será en las afueras, debajo de un puente, que habrá más apuestas, más gente y hasta vienen corredores de otras ciudades… —la interrumpí, recargando el mentón en la palma de mi mano.
Ella parpadeó un par de veces, mirándome como si estuviera loco.
—¿Qué…? ¿Y tú cómo sabes todo eso?
Antes de que pudiera decir algo, el mesero apareció con nuestros jugos y los dejó sobre la mesa. Me tomé mi tiempo para darle un sorbo al mío antes de contestar.
—Da igual, solo lo sé y ya. Pero te advierto algo —me crucé de brazos de manera dramática, inclinándome en la silla— No. No voy a ir.
—No mientas, Bill. Sé que en el fondo te encantó la última vez.
—Me pareció interesante, sí —admití, alzando una ceja— Pero todo lo arruinó cuando me encontré con el idiota que casi me atropella.
—¡Ay, por Dios! —bufó ella, rodando los ojos. Después de buscarla como loco ese día, la encontré bailando entre la multitud, prácticamente la arrastre fuera mientras le contaba como tenía una suerte de la mierda al encontrar a ese tipo— Eso fue coincidencia. Ya, suéltalo. No lo vas a volver a ver, ¿Entiendes?
No respondí de inmediato. Miré mi vaso, jugueteando con la pajita. Una vez es coincidencia, dos es… ¿Destino?
—…No lo sé.
—¡Anda! —Alyssa me dio un empujoncito con el pie por debajo de la mesa— Acompáñame. Va a estar todo demente y lo sabes. A nosotros nos gusta eso, admítelo.
Me quedé callado. Ella me observaba con una sonrisa que ya conocía demasiado bien: la sonrisa de cuando estaba a punto de negociar. Y eso era lo peor, porque siempre caía en sus redes como una mosca.
—Vale, escucha esto —dijo, bajando la voz— Si me acompañas, te compro esa sombra de ojos que tanto quieres. Sí, esa, la de la vitrina que miraste tres veces seguidas la semana pasada.
La miré con el ceño fruncido, reprimiendo una sonrisa. Maldita sea, lo sabía. Jodida mierda. Conocía mis debilidades y sabía que moría por esa sombra.
—Mhm… —fingí pensarlo, pero no había nada que pensar realmente— Está bien, iré contigo maldita oportunista.
—¡Entonces trato hecho! Mañana te quiero ver afuera de tu casa, a la misma hora que la semana pasada. Ni un minuto más tarde, ¿Me oíste?
—Sí, sí, lo que digas —resoplé, dándole otro trago a mi jugo. Aunque por dentro ya me estaba preguntando qué clase de locura me esperaba esta vez.
Después de media hora, Alyssa y yo nos despedimos y cada uno se fue por su rumbo. El resto del día lo dediqué a cosas menos emocionantes: un par de tareas que me estaban esperando y terminar un dibujo que ya tenía encima.
Estudiar Diseño de Modas no era ni fácil ni difícil, pero lo amaba. Siempre tuve ojo para combinar, para ver detalles que los demás pasaban por alto, y desde que era niño escuchaba lo mismo: “Bill, deberías dedicarte a esto”. Así que aquí estaba, dibujando bocetos, escogiendo telas en mi cabeza y soñando con colecciones que algún día verían la luz. Me encantaba jugar con texturas, contrastes imposibles que aún así funcionaban, y esa sensación de transformar algo simple en algo inolvidable. La moda, para mí, era un lenguaje. Y lo hablaba con toda la pasión que tenía.
El sábado fue otro cuento. No hice absolutamente nada relevante más que enterrarme en la cama con una pila de caramelos, chocolates y papas rodeándome. Pasé toda la mañana viendo películas malas y buenas, riéndome solo, cambiando de canal, devorando más azúcar de la que mi cuerpo podía soportar. Una tarde perfecta, si me lo preguntan.
Y, claro, todo eso hasta recordar que en unas horas tendría que ir con Alyssa a ese maldito puente en las afueras. La idea me incomodaba y me emocionaba a partes iguales, pero me repetí que no había prisa. Yo siempre me alistaba rápido, así que… meh. Tenía tiempo de sobra para seguir tirado en la cama, disfrutando de mi pequeño ritual de sábado.
Al final, cuando el reloj marcó las seis y media, ya no pude seguir postergando lo inevitable. Me vestí rápido y me encontré con Alyssa en la esquina de mi calle. Ella estaba radiante, con esa energía que parecía no acabársele nunca, y juntos tomamos camino hacia el puente en las afueras.
El lugar era una locura. Desde lejos ya se escuchaba el retumbar de la música mezclada con gritos y bocinas de autos. Apenas llegamos, tuve que parpadear varias veces: había gente bailando en lo más alto del puente, otros colgados de las barandas tirando botellas medio vacías al aire, y los de abajo abriendo la boca como si fuera lluvia bendita.
—Santa mierda… —murmuré, más para mí que para Alyssa, aunque ella solo rió y se alejo de mí, sin decir nada. No entendía porque me traía si de todas formas me dejaba tirado como un trapo sucio. Aunque valía la pena si me compraría esa sombra de ojos.
Decidí apartarme un poco también. Tenía curiosidad, claro, pero no la suficiente como para terminar embarrado en cerveza o bailando con algún loco que ni conocía, porque a decir verdad, cuándo tomaba demasiado, no tenía control de mí, ni mis acciones. Debido a que la última vez que lo hice, no salió nada bien que digamos… ¿Por qué? Porqué termine vomitando sobre un tipo, pasando la mayor vergüenza de mi vida. Y cuando estuve sobrio, Alyssa me mostró unos vídeos míos bailando sobre la barra, así que definitivamente no quería volver a hacer tonterías, menos en este lugar donde era un extraño…
Apenas me había apoyado en una baranda cuando un tipo que parecía mayor se me acercó con una sonrisa más grande que su cara. Algo incómodo para mí gustó.
—¿Quieres? —me ofreció algo que claramente no eran caramelos.
Negué con la mano, educado.
—No, gracias.
—¡Bah, vamos, vive la vida, hombre! —soltó, riendo con esa voz pastosa de alguien que ya estaba demasiado arriba en las nubes. Yo solo esbocé una media sonrisa, aunque por dentro pensaba «vive la vida mis cojones».
El tipo siguió parloteando sobre lo “libre” que se sentía, hasta que mi atención se desvió sola: un rugido de motores anunció la llegada de varios autos que entraban como si fuera un desfile. Todos empezaron a abrir paso, y yo, aunque intentaba hacerme el indiferente, no pude evitar seguirles la pista con los ojos. Había algo en esa escena… algo que atrapaba.
El parlanchín que se me había pegado seguía a mi lado, moviéndose como si tuviera corriente en el cuerpo. No dejaba de hablar, de reírse solo y de decir sandeces. De pronto, entre todo su rollo, soltó:
—Mira, hermano… yo apuesto todo mi material a que gana Tom. Ese infeliz no decepciona, nunca.
Me giré hacia él, arqueando una ceja.
—Así se llama al que apodan «Rey» ¿No?
El tipo me miró como si acabara de preguntarle quién era el presidente.
—¡Pues claro! Ese loco corre desde hace dos años, y desde el primer día se notó que era distinto. Nadie maneja como él, nadie.
Fruncí un poco los labios, intrigado.
—¿Tan bueno es?
—¿Bueno? —el chico rió fuerte— Una vez corrió con el auto hecho mierda, llanta pinchada y todo, y aún así ganó. Yo lo vi. ¡Ganó!
Rodé los ojos, aunque no pude evitar reír bajo.
—Seguro exageras.
—¿Exagero? —se inclinó más hacia mí— El tipo tiene una suerte del demonio. Y huevos. Sobre todo huevos. Hay quienes dicen que está loco, que un día de estos se va a matar. Pero mientras tanto… —se encogió de hombros, con una sonrisa torcida— Todos seguimos apostando por él, porque nunca decepciona y es una máquina de matar en la puta pista…
El chico hablaba y hablaba, y yo… pues terminé escuchándolo. Tenía algo gracioso en la forma de contar las cosas, como si estuviera narrando la vida de un superhéroe y no de un simple corredor ilegal.
—En sus dos primeros meses por aquí —empezó, moviendo las manos como loco— Le ganó a un veterano, ¿Sabes? Uno de esos viejos que llevan como treinta años en esto. El tipo se reía de él porque era “el niño nuevo”, y pum… lo dejó tragando polvo en la primera vuelta. Ese día todos nos quedamos piedra.
—¿Y nadie se cabreó por eso?
—¡Al contrario! —rió fuerte— Algunos hasta le aplaudieron, porque nadie soportaba al viejo ese. Y otra noche, escúchame bien… ¡Otra noche corrió contra cinco al mismo tiempo! Cinco, hermano. ¿Y adivina qué? Se los comió a todos.
—Vale, ahora sí que parece un mito.
—¡No! Es verdad. Bueno, algunos dicen que hace trampa… pero yo digo que no, que simplemente nació para esto. Maneja como si hubiera nacido con el volante en las manos.
El entusiasmo del tipo me arrancó una sonrisa sin darme cuenta. Y entonces me di cuenta de algo más: no era tan mayor como pensé al inicio. En realidad… debía tener mi misma edad, quizá un año más o menos. De pronto la incomodidad que sentí al principio se desvaneció, y la charla se volvió menos rara.
—¿Y tú cómo te llamas? —pregunté, inclinándome un poco hacia él para oírlo mejor entre los gritos y la música.
—Andreas, pero puedes decirme Andy. ¿Y tú?
—Bill.
—Vamos, Bill. Te presento a los demás —dijo, dándome una palmada en la espalda.
Antes de darme cuenta, estaba rodeado en un grupo. Había tres chicos y una chica, todos con estilos distintos, pero con esa vibra de pertenecer a un mismo mundo, todos hablando rápido y riéndose. Andy me presentó como si fuéramos amigos de años:
—Este es Bill, es nuevo por aquí, pero ya es de los míos.
Uno de los chicos, con cabello oscuro y gafas de sol aunque ya era de noche, me estrechó la mano.
—Ryo, de Tokio —dijo con un acento casi perfecto— Encantado.
El otro, rubio platinado, asintió divertido.
—Kenji, también de Japón, pero no te confundas, yo soy el guapo del grupo —bromeó, arrancando risas.
La chica levantó la mano en un saludo ligero.
—Miyu, Hawai. Y sí, también corro. Así que no me subestimes.
El último, alto, con tatuajes en el cuello, sonrió apenas.
—Dante, Brasil.
Me recibieron con una naturalidad que me hizo sentir cómodo enseguida.
—Hola… —alce la mano, dándoles una sonrisa tímida —Bill, Bill Wieger de Alemania.
—Tienes buena pinta, eh —comentó Kenji, evaluándome de arriba abajo con descaro— Hasta para estar en medio de este desastre de humo y motores.
Me reí suavemente, alzando los hombros.
—Tal vez sea porque estudio moda —confesé, un poco sorprendido de lo fácil que me salió decirlo.
—Eso lo explica todo —añadió Miyu con un gesto afirmativo— No es común ver a alguien con sentido de estilo por aquí, la mayoría viene con lo primero que agarra.
—Exacto —intervino Andy, dándome una palmada en la espalda— Este tipo seguro que hace que hasta un overol grasiento luzca bien.
Todos rieron, y yo también. En cuestión de minutos, parecía que hablábamos como si nos conociéramos de más tiempo. Hablaban de autos, de carreras pasadas, de viajes y yo escuchaba.
Y por un momento, Alyssa, que ni idea donde estaba, había quedado lejos.
Continúa…
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