

Fic Toll de TollWriter
84: La guerra: Y sus huérfanos
El equipo de Tom había tenido problemas al intentar entrar en el almacén principal de los Medianoche. Habían seguido a un grupo de Machos hasta allí y habían caídos directos en una trampa.
Por suerte, Nick había sufrido un golpe de iluminación y había demostrado que tantas horas a mi lado le habían servido para algo.
El lobo había mantenido la calma, se había parado a pensar y se había dado cuenta de lo raro que era que los Medianoche fuera a refugiarse a aquel lugar, en vez de reagruparse con el resto de su Manada en un edificio más fortificado y mejor defendible que una nave industrial al sur de Tacoma.
Le había dicho a Tom que esperaran y usaran los cócteles molotov directamente sobre las ventanas, sin tener que meterse dentro a matarlos ellos mismos cuando, simplemente, podían vigilar las salidas y evitar que salieran antes de quemarse vivos. El problema, era que la cantidad de explosivos que había allí dentro sí que pilló por sorpresa al equipo, que se vio abrumado por la enorme explosión.
Los Medianoche se habían asegurado de volar por los aires toda la mercancía que guardaban antes de que cayera en nuestras manos. Atraer a los lobos para, además, causar un par de muertes por el camino, fue solo un giro improvisado y suicida de aquellos Machos.
Cuando explotó la nave, se llevó por delante los alrededores, causando estragos en el equipo de Tom, demasiado cerca para poder correr a tiempo. El caos y la confusión obligaron al grupo a reorganizarse.
Había bastantes heridos y afectados, pero ningún muerto; al menos ninguno en primer momento. Tom era de los que habían estado más cerca del almacén, vigilando la entrada principal. La explosión hizo saltar la chapa y le dio de frente, y quizá hubiera muerto allí, de no ser porque Nick se había interpuesto y había recibido la mayoría de la metralla en la espalda, protegiendo al SubAlfa, como me había prometido que haría.
Tom consiguió sobreponerse y, entre gruñidos de furia y gritos, había cambiado el plan inicial para llevar a todos los heridos al hospital antes de que fuera tarde.
Evidentemente, la Manada tenía bajo nómina —eso quiere decir «sobornados»—, algunos centros de salud que atendían a los lobos sin hacer preguntas y sin dejar engorroso papeleo que nadie pudiera encontrar. Ya que eran pocos los que todavía podían conducir con ligereza, tardaron bastante tiempo en los viajes de ida y vuelta hasta el Territorio para dejar primero a los más graves antes de llevarse a los que simplemente tenían heridas.
Tom comunicó el accidente al Alfa y después se quedó con el grupo de Gustav, negándose a dejar el frente, mientras terminaban de dar caza a los últimos rezagados, invadir el Refugio de los Medianoche y expoliar sus tesoros.
Esa había sido la emocionante historia. Fueron los últimos en llegar a media mañana simplemente porque no tenían prisa en regresar, curioseando y bañándose en su victoria. Y, ¿no se les ocurrió informar de eso para no preocuparnos al resto? No, por supuesto que no.
Gustav estaba bien y habíamos ganado sin apenas bajas; así que todo iba bien. Decir que me cabreé seria decir poco. Pero eso fue más adelante, cuando mi mente volvió a ser racional y mi sentimientos dejaron de girar como un torbellino de un lado a otro.
Aquel primer día, simplemente me llevé a mi lobo al hospital. Tom solo quería abrazarme y dormir un poco, pero a mí no me salía de los huevos quedarme dormido creyendo que quizá tuviera una conmoción cerebral de la que no se despertara.
Le obligué a los médicos a hacerle una placa o una resonancia o lo que mierdas fuera para asegurarse de que todo estaba bien, le vendaron la pierna herida, le lavaron la sangre y le dieron un par de pastillas para el dolor; diciéndome que todas las pruebas habían sido correctas y que no veían nada extraño por ninguna parte, pero que, si quería, podíamos quedarnos allí y le harían otras a la noche. Así que eso hicimos.
—¡Tom quiere ir a Guarida!
—¡TOM VA A HACER LO QUE YO DIGA! — rugí, porque la ansiedad y la angustia desaparecieron, solo quedó un Bill muy enfadado que no tenía paciencia para nada ni nadie.
Dormimos juntos en la cama y, por increíble que pueda parecer, no tuvimos sexo hasta que le volvieron a hacer las pruebas y me llevé a un Tom muy enfadado y frustrado de vuelta a la Guarida.
Él insistía en que estaba bien y le molestaba que yo le obligara a quedarse allí y, peor aún, a aguantarse su erección de caballo y sus ganas de tener sexo. Pero eso duró poco cuando llegamos a casa y le ayudé a llegar a la cama, para que no apoyara mucho la pierna herida. Entonces llegó el momento de que ambos nos calmáramos y culmináramos aquella horrible experiencia con sexo bastante salvaje.
El lobo no se podía mover demasiado, pero se aseguró de morderme bien fuerte, gruñir bien alto y encerrarme bajo su apestoso cuerpo mientras me agarraba de las muñecas y me taladraba como un puto energúmeno. Cuatro corridas después, nos quedamos dormidos durante la inflamación.
Nadie en la Manada trabajó demasiado en los siguientes días. Todos los Machos se habían ganado un descanso para comer mucho, coger mucho, disfrutar de sus compañeros, sus humanos o, simplemente, vagar tras una breve pero intensa Guerra.
El único que se tomó la molestia de levantarse de la cama o el sofá para vestirse e irse al despacho, fue Gustav. Me llamó un par de veces, pero no le respondí. Me llevé a Tom en auto a desayunar para que caminara lo menos posible, hicimos otra visita al hospital, pero esta vez para hacer una visita al equipo herido y, sobre todo, a Nick.
Le habían ingresado porque había perdido bastante sangre, un trozo de chapa le había perforado la espalda y, por suerte, no le había dañado ningún órgano vital.
—Te has ganado todo mi respeto, Nick —le confesé, de pie al lado de su cama. Saqué un cigarro para él y otro para mí y los encendí ambos con mi zippo. No se podía fumar, pero nadie iba a entrar en esa habitación con peste a lobo y quejarse del tabaco.
—Solo tuve que pensar: ¿qué haría el bastardo de Bill? —me dijo con la voz ronca mientras el cigarro le bailaba en los labios—. Ah, sí, ser un hijo de puta y aprovecharse de la situación…
Sonreí y solté el humo al techo.
—Sí, eso es exactamente lo que haría — reconocí.
Pasadas las pequeñas vacaciones, llegó el momento de los grandes cambios y de trabajar duro. Resulta que ahora la Manada tenía un enorme Territorio del que hacerse cargo. De extremo a extremo y de orilla a orilla del lago: todo Tacoma y, por supuesto, Bremerton.
Gustav ya tenía grandes planes, pero sabía que no necesitaba darse prisa, así que lo que planteó en un primer momento fue hacer una especie de avanzadillas, como centros de control que después expandiría a medida que las cosas se fueran calmando.
Mandó a Georg a Tacoma y a Ben a Bremerton, convirtiéndolos en líderes de la zona y en los responsables de desarrollar la influencia de la Manada allí. Lo lógico es que hubiera mandado a Tom, ya que era su SubAlfa, pero Gustav no era tan estúpido como para alejarme de él.
—Se dice que mantengas a tus aliados cerca y a tus enemigos todavía más cerca… —me dijo el Alfa mientras fumaba otro de esos «puritos que le quedaban». Estaba feliz y sonreía, aunque mi cara seria no diera pie a ningún tipo de felicidad ni muestra de querer reírme—. Si te alejo de aquí, estoy seguro de que siempre encontrarías buenas excusas para no responder a mis llamadas y no venir a verme. ¿Me equivoco, Bill?
—Te has equivocado en muchas cosas, Gustav —murmuré, devolviéndole el nada sutil golpe en la cara que me había dado—, pero en eso no… Por cierto —añadí, soltando una bocanada de humo—, ya que Georg va a estar en Tacoma, quizá deberías pensar en darle a Nick una segunda oportunidad en el Puerto. Ha madurado mucho estos meses.
—Es un puesto demasiado grande para un Macho Común.
—Pues devuélvele el rango de Segundo SubAlfa.
—Fuiste tú el que me dijo la primera vez que no debería darle tanto poder, y tenías razón —me recordó, recostándose sobre su sillón, el cual emitió un quejido agudo por tener que soportar el peso del enorme lobo—. Que haya salvado a su SubAlfa y que ese SubAlfa resulte ser tu Macho, no cambia el hecho de que Nick haya demostrado no ser digno del rango, Bill.
—La gente cambia, Gustav. Aprende con el tiempo… Tú aprendiste a morderte la puta lengua y a dejar de ser un cabrón injusto conmigo. Más o menos —añadí con un cabeceó—. Nick se merece una nueva oportunidad. De no ser por él, Tom y el equipo hubieran entrado en el almacén y volado por los aires mientras tú estabas haciendo el idiota en el Refugio de los Medianoche y contando su dinero. Así que no me toques los huevos…
El Alfa perdió la sonrisa y me dedicó una de esas miradas serias y enfadadas por el borde superior de los ojos. Gruñó por lo bajo a forma de advertencia y tomó una bocanada del purito antes de soltar el humo lentamente y responder:
—Será la última oportunidad que le dé.
Cuando fui a visitar a Nick al hospital, le llevé la buena noticia junto a ocho hamburguesas y dos paquetes enormes de patatas fritas que había comprado en Hamburguer&Fries. El lobo gruñó muy agudo y abrió mucho los ojos, terminando por sonreír.
—No la cagues esta vez —le advertí, a lo que él asintió.
Los cambios habían comenzado, pero no fueron repentinos. Ben y Stephen prefirieron mudarse a una nueva Guarida en Bremerton, como algunos de los lobos que iban a quedar bajo sus órdenes y patrullarían la zona desde entonces; pero Georg no tenía compañero, así que conducía hora y media todas las noches.
A veces me iba con él y hacíamos un poco de turismo por la ciudad portuaria para que el lobo se fuera familiarizando, encontrando locales útiles y organizando el pequeño supermercado que habían elegido como centro de operaciones. Fue una semana divertida y tranquila, de esas en las que no te das cuenta de lo feliz que eres hasta que, de pronto, tu vida cambia por completo y miras al pasado con añoranza y melancolía.
Algo terrible estaba por llegar. Algo que no me esperaba y que me golpeó en la cara como un jarro de agua fría. Tom cometió un error y nuestras vidas se convirtieron en un pozo de miseria y largos días de lamentos. Lo recuerdo perfectamente.
Una noche de finales de febrero cuando entré en la Guarida y vi a mi lobo en el sofá. No estaba como siempre, porque algo había pasado. Giró el rostro para mirarme y se levantó con la cabeza gacha. Yo me quedé paralizado y las llaves se me cayeron de las manos, produciendo un sonido seco contra el suelo.
—¿Qué mierdas hace eso aquí, Tom? —le pregunté con un tono seco y frío—. Llévatelo de vuelta…
—Tom… pensó… —empezó a decir, pero cuando levanté de nuevo la mirada hacia él se detuvo y retrocedió un paso. Tardó un momento en coger aire, hinchar el pecho y levantar la cabeza—. Ahora Manada tiene muchas Crías y Tom pensó que Bill y él podrían…
—No —repetí, negando sin parar con la cabeza—. Ni de puta broma. Llévatelo ya…
El lobo gruñó y se acercó más al bebé que sostenía entre sus enormes brazos, el cual, quizá por instinto o por aquel sonido ronco, comenzó a berrear y llorar. Tom dejó de gruñir al instante y lo acunó.
—Papá Tom está aquí —le susurró.
—Me cago en tu puta vida… —murmuré, llevándome las manos al rostro.
No sé si lo saben, pero las termitas y algunas clases de hormigas, cuando conquistan un nuevo territorio y destruyen un termitero enemigo, se llevan los huevos con ellas para así aumentar el tamaño de sus tropas.
No los matan como al resto, porque esas larvas iban a crecer dentro de la nueva colonia y nunca iban a descubrir que eran huérfanas raptadas que había parido otra reina. Bien, pues los lobos hacen lo mismo.
Las Crías de hasta cuatro o cinco años, todavía podían cambiar y aprender. No tenían tan enraizado ese instinto de pertenencia a una Manada en concreto y, con un poco de tiempo, acabarían olvidándose de los olores familiares y aceptar los nuevos olores de sus padres u otros lobos como parte de la Manada.
Así que, tras una Guerra, se llevaban a los que no habían conseguido huir con sus madres a tiempo —como habían hecho los del Aullido—, o esperaban a que las autoridades intervinieran en las Guaridas que habían quedado vacías con ellos dentro.
Fuera como fuera, los Medianoche lo habían hecho con los Colmillo, y nosotros lo habían hecho con los Medianoche, así que ahora, entre sus muchas pertenencias, su dinero y sus posesiones, también teníamos a tres docenas de Crías nuevas en busca de una Guarida.
Pueden verlo como una inversión a futuro, porque cuando crecieran, harían a la Manada todavía más grande y fuerte con tres docenas de Machos enormes. Pero, por el momento, no eran más que crías lloronas y quejicas.
Tom y yo tuvimos una gran discusión aquella noche; no recuerdo quien gritó más, si yo, Tom o el bebé.
Mi lobo se había ofrecido para llevarse a una de las Crías, sin preguntarme antes y muy consciente de lo que pensaba yo de los niños. Él se trataba de defender diciendo que lo había hecho porque la Cría tenía también los ojos verdes y el pelo rubio, como yo. Lo que ni siquiera era cierto.
El bebé tenía los ojos avellana, con un círculo interior dorado que se iba diluyendo en un suave verde aguamarina. No eran verdes como los míos. Ni tampoco era tan rubio como yo, sino más bien tenía un pelo fino de color marrón claro.
Pero el muy tonto de Tom solo se enfadaba más y gruñía más fuerte cuando le decía que no íbamos a cuidar de un puto niño porque ya tenía suficiente con cuidarle a él, que era poco más que un bebé grande y peludo.
—¡QUIERES LA PUTA CRÍA! —terminé rugiendo—. ¡PUES LA CUIDAS TÚ! —y me fui de casa dando un portazo.
Cinco copas y media cajetilla después, volví. Entré a mitad de mañana sin hacer ruido y me moví algo tambaleante hacia la habitación. Encontré a Tom tumbado, rodeando al bebé con un brazo mientras este dormía con la cabeza apoyada en su pecho.
Parecía increíblemente pequeño comparado con el enorme lobo. Tomé una bocanada de aire y me desvestí antes de acercarme y sentarme al borde de la cama. Con los codos apoyados en las rodillas les miré un poco más antes de chasquear la lengua y hundir el rostro entre las manos.
Una vez más, Tom había traído a mi vida algo que yo no buscaba ni quería, pero esta ocasión no era una Manada rencorosa ni una puta cantidad absurda de plantas, sino una Cría; y eso era algo serio. No sabía si el lobo se creía que también iba a poder dejar al bebé en una maceta, darle de comer día sí y día no y verse algún programa en la televisión para saber cuándo necesitaba podarlo…
En algún momento me tumbé y me quedé dormido, despertando solo cuando oí unos gritos agudos y berreantes. Lo mejor para la resaca: una puta Cría llorona. Me tomé un par de segundos, apreté los dientes y me moví para mirar a Tom, que intentaba que el bebé dejara de llorar.
Le acunaba con cuidado y me miraba a mí con temor, con una expresión entre la pena y la angustia mientras gemía por lo bajo. Tenía miedo de haberla cagado de verdad, y no me sorprendía. Se había pasado con aquello.
—¿Te has dado cuenta de lo que has hecho? —le pregunté, solo para estar seguro.
—Tom… quería Cría con Bill.
Tardé un par de segundos y asentí lentamente.
—Y tú sabes cambiar un pañal, conseguir leche y cuidar de un bebé. ¿Verdad?
El lobo miró de nuevo al niño y le siguió acunando.
—Tom puede aprender… —murmuró—. Tom cuidará bien de Cría.
—Ahm… ya… —me levanté y fui hacia el baño para vomitar, porque tenía el estómago revuelto y un sabor a bilis en la garganta. Cuando volví con la boca mojada de agua me quedé en la puerta del baño y miré al lobo. —Tiene hambre o se ha cagado, Tom, deja de acunarle como un tonto y vístete.
Les diré algo: cuidar de un bebé es jodido, pero cuidar de una Cría de lobo que además estaba pasando por un proceso de adaptación al nuevo Olor a Macho desconocido que le rodeaba, es incluso peor.
Si no estaba durmiendo, estaba llorando y gritando sin parar hasta que se cansaba y volvía a quedarse dormido. Mi vida se convirtió en un infierno la siguiente semana y media que la Cría tardó en acostumbrarse al nuevo olor e identificarlo como algo positivo y bueno. Fueron largos días de sueño interrumpido, lloriqueos y una abismal cantidad de mierda y vómitos que, por supuesto, yo no tenía pensado limpiar.
—¿Qué tal, papá Bill?
—Ey, Papi Bill, dame un biberón de cerveza. Me tumbo encima y me lo pones en la boca mientras me rascas la tripita.
—Huele como a… mierda, ¿no? Bill, ¿has traído algún pañal o algo?
—Oye, Bill, tenemos una apuesta sobre a ver cuánto tardas en tirar a Tom y la Cría por el balcón. ¿Crees que te falta mucho? Porque he apostado cien dólares a que no pasaban vivos de los cinco días…
Esas eran algunas de las brillantes bromas que los Machos me soltaban cuando huía a dormir a conserjería o, simplemente, quería visitar un lugar con adultos que, aunque gritones, llorones y quejicas, al menos no se cagaban encima.
Tom, como ya le había dicho, sería el encargado de cuidar del bebé. Él lo había traído y él se lo iba a comer. Pero, para mi sorpresa, Tom aguantó bastante bien mi mal humor y el del niño.
Quizá fuera su orgullo o quizá se había despertado su instinto de Padre Lobo hiper protector, porque no dudaba en levantarse de la cama cuando el niño gritaba, ni en darle paseos en el regazo hasta que eructara, ni en calmarlo hasta que se durmiera. Cada día estaba más cansado y se dormía en cualquier parte de la casa, unas ojeras azuladas le habían ido creciendo bajo los ojos mientras ya apenas conseguía llegar al segundo orgasmo antes de la inflamación y caer rendido para roncar como un oso; lo que solía terminar despertando otra vez a la Cría.
Solo una noche de mediados de marzo, me quité a Tom de encima y me levanté para ir a buscar yo al niño a la cuna que, por supuesto, su papá lobo le había montado cuando aún tenía energías y estaba ilusionado. Miré al bebé de tres o cuatro meses y chasqueé la lengua antes de cogerlo en brazos.
—Demonios, qué gordo estás —murmuré, apoyándolo a un lado de la cadera mientras le sostenía con el brazo y me lo llevaba al salón, cerrando la puerta de la habitación para no molestar a Tom—. No me extraña, comes como un puto troll…
Linda ya me había advertido de que las Crías de lobo comían tanto como sus padres y que eran estúpidamente grandes para su edad. Me había dado algunos consejos sobre comidas, purés, papillas y chorradas del estilo, pero había parado al darse cuenta de que mi actitud con respecto al niño.
Me lo llevé a la parte del salón en la que había extendida una manta de las apestosas mantas de Tom, ahora llena de babas y mocos, y me senté allí con el niño en brazos para darle uno de sus estúpidos juguetes.
—¿Puedes dejar de llorar de una puta vez, Tim? —le pregunté, acariciándole la cabeza como hacía con Tom.
El niño dejó de gemir, se sorbió un poco los mocos y se llevó una de sus regordetas manos a los ojos.
—Buen chico, Tim, muy bien… —le premié con un par de palmaditas en la cabeza y alargué la mano para entregarle un cubo de madera con letras que le gustaba llevarse a la boca. Si aquello era normal o sano, me daba por culo, solo quería que se callara.
Tras jugar un poco con el cubo, lo tiró a un lado y me apretó la camiseta, tratando de escalar un poco hacia mí. Me limité a controlar que no se cayera y dejé que pegara su asqueroso morro babado y mocoso para olerme antes de emitir algo similar, o remotamente parecido, a un gruñido gorgoteante.
Yo apestaba a Tom, por supuesto, tanto como lo hacía él ahora, un olor que significaba de nuevo comida, protección y cariño para él. Cuando mi lobo se despertó, se revolvió muy preocupado de no vernos allí y salió corriendo hacia el salón para vernos en el sofá, mirando una mierda de programa de dibujos animados que echaban en la tele por cable.
—Sinceramente, ahora entiendo por qué los niños salen idiotas —le dije, señalando los dibujos.
Tom se acercó y gruñó un poco por lo bajo. Mirándome antes de bajar hacia Tim en mi regazo, durmiendo como el pequeño hijo de puta que era con un biberón vacío entre las manos regordetas. Dio otro paso y se inclinó, frotándome el rostro de barba larga y descontrolada contra el mío antes de ronronear.
—Tom muy cansado, quedó dormido sin querer… —se disculpó.
—Eso espero, porque ha sido un polvo de mierda —respondí.
El lobo agachó la cabeza con una expresión apenada y siguió frotando más lentamente mi pelo como si quisiera limpiarse algo de los labios.
—Escucha, fiera —le dije—. Date una buena ducha, iremos a desayunar los tres y después me llevo a Tim para que descanses lo que tengas que descansar y vuelvas a ser un ser vivo y no un puto zombi. ¿Qué te parece?
El lobo alzó rápidamente la cabeza y gruñó entre la sorpresa y el placer. Asintió y se fue hacia la ducha para volver vestido y con una mochila portabebés alrededor de los hombros, algo que, sinceramente, jamás creí que vería. Suspiré y me levanté con el niño para dárselo a papi Tom, quien no tardó en meterlo con cuidado y frotarle la cabeza como había hecho conmigo.
—Tim ya huele mucho a Tom —anunció con orgullo.
—Como todo en esta puta casa… —murmuré, poniéndome la chaqueta y sacándome un cigarro antes de dirigirme a la puerta.
Ahora que mi vida había dado un giro final, solo me quedó girar con ella. La Cría había venido para quedarse, al igual que su padre adoptivo, así que, aunque no pudiera vender sus pañales sucios en internet, al final terminé tomándole cariño.
El nombre, Tim, se lo había puesto yo, porque Tom no paraba de repetir «Tim, Tim…» mientras le acunaba. Además de que era parecido a «Tom» y me hacía gracia. Y como era mi hijo, le llamaría como me saliera de la verga. Sin más.
Tras aquellas primeras semanas de marzo bastante duras para Tom, mi ayuda supuso un gran paso para recuperarse, poder retomar sus actividades delictivas y darse un poco de tiempo que, evidentemente, necesitaba.
Normalmente me llevaba a Tim conmigo si iba con Georg a Tacoma o hacía una noche poco lluviosa y aparecía con un café y unas hamburguesas en el puerto para Nick. Bromas a parte, los Machos siempre se mostraban muy cariñosos con las Crías de la Manada y hasta parecían un par de idiotas jugando con ellas.
Por suerte para mí, también podía dejar a Tim en el Refugio con el resto de niños y tener más de la mitad de la noche libre. Ahora que apestaba a Tom y había dejado de llorar por cualquier mierda, le deba un beso en la frente, le decía «pásatelo bien, cachorro», y le dejaba en la enorme sala de juegos vigilada por los compañeros.
Después volvía a conserjería, me tomaba un café o una cerveza con los chicos y me quejaba de mi puto hijo más que nadie. Y así, sin más, llegó el Celo de abril, un año después del primero que había pasado con Tom.
Las Crías quedaron al cargo de los Ancianos o los Machos y compañeros viudos que iban a estar libres y a pasarse tres o cuatro días escuchando llantos y lloriqueos mientras el resto estábamos cogiendo presos en las camas con lobos fuera de sí. El tercer Celo no es ni mejor ni peor que el primero o el segundo, al final es como montar en bici, sabes lo que va a pasar, lo que tienes que hacer y simplemente sigues adelante.
Cuando Tom recuperó la conciencia, me abrazó con fuerza, tomó una buena respiración y ronroneó muy alto de puro placer.
—Bill huele muchísimo a Tom… —sonrió.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉
Su vida hizo un giro final y no le quedó más remedio que girar. Esa fue muy buena!!