Fic Toll de TollWriter

77: Nosotros: En guerra

Los lobos son una raza combativa y agresiva, sin embargo, tienen mucho cuidado con los enfrentamientos directos entre ellos. Era muy peligroso y se podían perder muchas cosas si tomabas la decisión errónea, así que se lo pensaban dos veces, todavía más si se trataba de enfrentarse a una Manada tan grande y poderosa como la del Luna Llena, con tantos Machos, dinero e influencia. 

Pero lo que les mantenía alejados de nuestro Territorio, era también lo que les hacía estar muy atentos a cualquier pequeña incidencia o error que cometiéramos. Poseíamos demasiadas riquezas, demasiados puntos de control importantes en la ciudad, demasiados humanos: así que en cuanto descubrieron una pequeña grieta, no dudaron en atacarnos, creyendo que la victoria estaría casi asegurada. 

Los lobos son así, está en su instinto: si podían aprovecharse de algo, lo hacían, como cuando abusaron de que les regalara comida o de que les dejara venir a dormir, rascarse los huevos y mirar partidos en conserjería. Los Machos no pedían permiso, solo tomaban las cosas, y, cuanto más conseguían, mejor. Seguramente Gustav  también hubiera atacado si hubiera visto la oportunidad de hacer más grande su basto imperio, porque nada era nunca suficiente para saciar su hambre voraz.

El problema es que una guerra entre Manadas no es ningún juego sutil y sin importancia. En las guerras entre lobos, muere gente y no hay límites. No había nada demasiado sangriento o cruel que no se pudiera hacer, no había una línea que marcara «lo aceptable» de lo «salvaje», no había espacios neutrales ni ningún lugar seguro. 

No había nadie que no pudieras matar o usar, ya fueran Ancianos, Lobatos, compañeros o Crías. No habría tregua de paz ni posibilidad de un acuerdo diplomático. Solo había un único fin: derrotar a los enemigos y tomar su Territorio y poder. El ganador se lo llevaba todo y el perdedor huía o moría en el intento… 

Nosotros éramos conscientes de ese «todo o nada», así que tomamos las medidas necesarias para intentar ser el «todo».

Nadie durmió aquella mañana y, cuando salió el sol por el horizonte, seguían llegando lobos al Refugio juntos con sus compañeros y sus Crías. Las Guaridas ya no eran un lugar seguro, podían atacarlos allí y estar indefensos, así que Gustav  había hecho un llamamiento general para reunir a toda la Manada en un punto protegido y muy bien vigilado. 

Como en el hotel no había espacio suficiente, había reconvertido algunas de las oficinas del edificio contiguo en habitaciones compartidas. 

Por suerte, Tom y yo teníamos nuestra Guarida tan cerca de allí que pudimos quedarnos y no tener que compartir espacio y baño con otra veintena de lobos, sus compañeros y sus Crías. 

Sinceramente, solo por eso, la compra del ático ya estaba suponiendo todo un acierto. 

Veía al resto de compañeros desde lo alto del balcón mientras fumaba, correteando de un lugar a otro cargando mantas y todo lo necesario para adecentar el sucio suelo de moqueta de las oficinas; y solo podía pensar que yo seguía teniendo una cama enorme donde dormir tranquilo y coger a gusto, además de una ducha para mí solo.

Junto a ellos, había una docena de lobos patrullando la calle de arriba abajo al mando de Tom, encargado de la seguridad principal y responsable de todos los grupos en cada esquina de un perímetro de un kilómetro a la redonda, constantemente comunicados y haciendo rondas de veinticuatro horas. 

También había Machos en los puntos importantes como el puerto, al mando de Georg; los almacenes principales, al mando de Felix; el distrito comercial, al mando de David; o las diferentes fronteras, al mando de Sergei, Cody, Jared y Ben. Eso quería decir que el resto del Territorio estaba completamente desprotegido, pero el Alfa había tomado la decisión de no dividir demasiado a sus tropas y fortificar aquellos puntos, declarando una especie de Estado de Alarma y paralizando todo trabajo que no tuviera que ver con la protección de los espacios más importantes de la Manada. Por desgracia, a mí me había tocado una de las peores partes.

—No nos quedan mantas —me dijo Stephen, como si fuera lo peor que nos pudiera haber pasado en aquel momento.

Seguí fumando bajo el portal del Refugio, con mi expresión indiferente y mi gorro calado hasta casi los ojos porque hacía un frío de cojones.

—¿Y qué quieres, que me las saque del culo? —le pregunté.

A falta de Linda para organizar todo aquello, la tarea quedaba en manos del compañero de mayor rango después de ella. ¿Y quién le comía la verga al Primer SubAlfa? Yo, por desgracia.

—No… claro que no —negó Stephen quien, al parecer, además de tímido también era incapaz de tomar una jodida decisión por sí mismo y necesitaba mi continua supervisión y aprobación, algo que me estaba poniendo de los putos nervios—, pero el edificio es muy viejo y, sin calefacción, hará bastante frío por las noches.

—Pues compraremos estufas eléctricas —dije tras otra calada—, yo conseguí la mía por veinte dólares en una tienda de segunda mano. Una puta ganga.

—Ah… —el hombre siempre se quedaba mirándome como un tonto tras sus gafas rectangulares cuando le sorprendía lo que le decía. No era nada sorprendente que a Ben, el Segundo Beta y Madurito Cañón, yo le cayera tan mal, porque debían gustarle los humanos estúpidos y sin carácter alguno—. Pero… no podemos salir del perímetro a comprarlas.

—Yo me encargaré —respondí—, tú sigue… haciendo algo. Lo que sea, pero lejos de mí.

Stephen asintió junto con una mueca de ceño fruncido y tristeza antes de girarse hacia la calle nevada, desapareciendo al fin de mi vista.

Él se debía creer que quizá le trataba mal por ser un hombre transexual, pero eso no tenía nada que ver. Le trataba mal porque era de esa clase de personas lentas y sin chispa que más aborrecía. Eché aire por entre los labios, resoplando, cerré un momento los ojos y me di la vuelta para entrar en el Refugio. 

El lugar seguía siendo tan cálido, apestoso y confortable como siempre, pero ahora había una actividad frenética por allí con tanto compañero moviendo y llevándose cosas. Estaban almacenando y haciendo comida como si se tratara de una jodida guerra nuclear y fuéramos a quedarnos encerrados durante años en un búnker. Algunos me preguntaban cosas rápidas de camino, a lo que yo siempre respondía:

—Haz lo que quieras.

Linda los tenía muy mal acostumbrados, pero a mí no me iban a marear con sus estupideces. Yo ni siquiera debería estar haciendo aquello, pero cuando le había dicho a Gustav que delegara ese trabajo en otro, solo recibí un cortante:

—Harás lo que debes hacer, como todos en la Manada, ¡o recoges tus putas cosas y te largas de aquí! —y dio otro golpe en la mesa tan fuerte que estuvo a punto de volver a romperla.

Así que me mordí mucho la lengua y cerré la puerta de su despacho con un golpe seco que retumbó por todo el edificio. Ya habían pasado quince horas y no había vuelto ni a acercarme a las oficinas. No es que no me tomara lo de la guerra en serio, era solo que yo sabía que podría aprovechar mucho mejor mi tiempo y mis habilidades si no tenía que preocuparme de cuántas toallas quedaban o de si habría suficientes latas de conserva.

Subí las escaleras y giré en dirección a la izquierda, sumergiéndome en un pasillo que parecía sacado de la película de «El Resplandor»: paredes blancas, luces tenues, horribles alfombras y pintadas en las paredes que decían: «Territorio Lobato». Allí no habían invertido tanto dinero para reformas, porque a aquel sitio no iba nadie más que los adolescentes pajilleros, que destrozaban cualquier mueble, lámpara o cuadro a su alcance con pintadas o juegos estúpidos. 

Pasé por encima del sofá que había en medio y que, según me había contado Georg, habían usado para tirarse por las escaleras como una panda de mongoles, y abrí la puerta del final del pasillo con un tirón fuerte.

—Saquen las vergas de los juguetes y venga conmigo —les ordené con tono serio.

La habitación olía a pura mierda, todo estaba patas arriba y daba completo asco. Había varias literas de dos pisos como en un albergue, las paredes estaban pintarrajeadas y repletas de pósteres de hombres y mujeres desnudos. 

Había ropa tirada por todas partes, entre otras muchas cosas como revistas, tabaco, latas de cerveza y refrescos, ceniceros repletos hasta el borde y platos amontonados con restos de comida. Y eso que aquella era la habitación de los mayores…

—No puedes estar aquí —dijo Hayato, bajando de una de las literas donde había estado leyendo una revista de motos y bebiendo cerveza hasta que yo había aparecido—. Este es Territorio Lobato.

—He dicho que vengan… —repetí—. Los cuatro —añadí, moviendo la mirada hacia Ron, que fumaba sobre un puff destrozado en la esquina mientras escuchaba música muy alta por unos cascos que se había tomado la molestia de bajarse; Sam, al que había interrumpido en mitad de una cogida nada discreta a su enorme culo de goma bajo las mantas; y Milo, que había estado durmiendo como un cerdo sobre una pila de ropa y había levantado la cabeza solo para mirarme con una expresión de tonto adormilado antes de resoplar y volver a dejarla caer.

—¿Qué nos darás a cambio, Bill? —quiso saber Hayato, con las piernas colgando de lo alto de la cama y la espalda inclinada hacia delante.

—¿No querías ayudar a la Manada en la guerra? —pregunté—. Pues eso.

—Ayudar en el frente, en la lucha, no siendo tus putos criados —dijo Ron, golpeando su cigarro para dejar caer la ceniza sobre un plato con sobras de pizza.

—Oh… ¿quieres ser un héroe, Ron? Pues puedes ser el héroe que limpie toda la vajilla de la Manada durante este mes cuando te encadene al puto fregadero —asentí con una sonrisa bastante macabra en los labios.

Ron me miró por el borde superior de sus ojos atigrados, pero ya me conocían, sabían que yo no bromeaba y que sería capaz de hacerlo. No era otra amenaza estúpida y fanfarrona de un compañero, porque yo era El Terror de los Lobatos.

—¿Y si somos buenos con Bill? —me preguntó Milo.

Era el más joven de los cuatro, quizá de unos dieciséis, pero con sus ojos almendrados del color del caramelo, su cara cada vez más cuadrada y masculina y su pelo castaño claro cortado al estilo mohicano con una pequeña coleta al final, apuntaba muchas maneras para convertirse en el próximo rompecorazones de la Manada, el nuevo Félix de su generación.

—Entonces Bill será bueno con nosotros— respondí.

—¡Ah, Demonios! —no interrumpió Sam, dejando al fin de agitar sin parar la cadera bajo las mantas y de jadear mientras mordía la almohada—. Uff… —resopló, sacando la cabeza de debajo de la manta para mirarme. 

Estaba rojo, jadeante y tan sudado que su pelo rubio y rizado se había pegado a su frente—. 

Cuando has entrado ha sido como si el novio del humano nos hubiera pillado mientras me lo cogía y me ha puesto tan caliente que he llegado a la sexta corrida —anunció, antes de tragar saliva y sonreír con orgullo.

Aquel era uno de los futuros Machos de la Manada. ¿A qué daba miedo pensarlo?

—Los espero en el auto y si no estan ahí en dos minutos, me iré —dije antes de cerrar la puerta.

—¡Dame cinco, tengo la polla encajada en el…! —pero ya no oí el resto de lo que Jack tuviera que decirme sobre su inflamación.

Bajé al piso inferior, giré en dirección al fondo de las escaleras y tomé el pasillo que llevaba directo a las cocinas del hotel; un espacio enorme repleto de mesas alargadas, tres neveras tamaño industrial, dos hornos, cinco fregaderos y un sinfín de armarios y alacenas. 

Por no hablar del cuarto de la despensa que era casi tan grande como mi antiguo apartamento. Me crucé con más compañeros que estaban allí, preparando comida y ordenando algunas cosas, les ignoré, a ellos y a sus putas preguntas, y fui directo al armarito en la pared donde se guardaban las llaves de los todoterrenos del garaje. 

Una vez allí, me subí al Land Rover y bajé la ventanilla para fumarme un cigarro mientras esperaba esos cinco minutos. Al cuarto ya había perdido la esperanza, pero, para mi sorpresa, los Lobatos salieron de la puerta, vestidos con sus pintas de pandilleros de ropa desproporcionada y pantalones bajados. 

Tiré la colilla al suelo y encendí el motor antes de que se subieran. Hayato lo hizo en el asiento del copiloto porque era el «Alfa», así que Ron, Milo y Sam compartieron espacio atrás.

—Quiero las llaves de la moto para mí y comida, tabaco y más porno para ellos —declaró Hayato, recostándose sobre el asiento antes de levantar una pierna y dejarla en el salpicadero. No se trataba de estar cómodo, se trataba de parecer lo más pasota y tonto posible.

—No puedes llevarte la moto porque Gustav  ha prohibido que abandonen el Refugio —les recordé, girando el volante hacia la salida—, sin supervisión —añadí, antes de que el lobato me la jugara con mis propias palabras—, pero, si se portan bien y me hacen caso, les compraré comida y tabaco. Y no sé para que cojones quieren que les compré películas porno o revistas si tienen internet.

Ron se inclinó hacia delante y agarró mi asiento entre las manos para decirme más de cerca.

—Soy un purista, Bill, me gusta el porno retro con mucho sudor, mucho pelo en el coño y muchos mostachos en la cara…

—Ron, estoy seguro de que tu compañero va a ser un humano muy, muy especial —murmuré, echándole una mirada rápida por el retrovisor—, porque estás jodido de la puta cabeza.

Sam se rio en voz baja y como un tonto que apenas abría la boca, Milo empujó el hombro de Ron con una sonrisa mientras Hayato se sacaba un cigarro del bolsillo, pidiéndome el zippo para encenderlo, porque eso le hacía especial y «más mayor».

—¿Qué mierdas pasa? —les preguntó Ron con un tono ofendido y altivo, mirando a los otros tres—. Yo tengo mucho pelo y me gustan con mucho pelo. ¿Algún puto problema? Tú acabas de correrte pensando que te cazaba el novio —le recordó a Sam, —eso sí es jodido.

—Oh, sí… —el lobato sonrió más y se relamió al recordarlo, sin ningún tipo de pudor—, me pedía más y más porque su novio no se lo cogia como un verdadero Macho… — era increíble, pero juraría que se estaba volviendo a poner caliente aunque se hubiera corrido seis veces hacía apenas diez minutos.

—Y después él muy bastardo tendría que dormir en una cama que apesta a ti… —añadió Milo con aprobación, sentado en el medio y recostado con las manos detrás de la cabeza.

—Ah… —Hayato echó una calada en mitad del auto sin molestarse en abrir la ventana—. Sí, eso me agrada…

—¿Y después se unía el marido o cómo va eso? —pregunté.

—¿Qué? —Sam frunció el ceño y negó con la cabeza como si hubiera dicho alguna estupidez.

Sonreí. Era gracioso que ni siquiera los Lobatos tuvieran fantasías sexuales que incluyera a más de un humano. Es algo que no les he dicho todavía, pero que quizá habran deducido: los lobos no hacen tríos, ni gang bangs ni nada que incluyera a más de dos personas, el Macho y el humano. 

No era la primera vez que había visto intentarlo a parejas liberales o a amigos a los que no les importaba compartir una enorme verga entre los dos, pero no importaba lo atractivos y sexys que fueran, la respuesta siempre era la misma; un rotundo NO. 

Es sorprendente pensar que unos hombres tan hiper sexuales como ellos no quisieran aceptar algo que, en teoría, cualquier hombre humano heterosexual aceptaría, como, por ejemplo, hacértelo con gemelas; pero, si lo piensa, los lobos solo iban a tener un compañero. Así que no necesitaban cogerse a más de uno a la vez.

—El marido puede quedarse mirando, si quiere —dijo Milo—, pero que no se acerque demasiado…

Los Lobatos gruñeron con aprobación. Por supuesto, otro tema era que uno de la pareja solo quisiera mirar como una bestia enorme y apestosa se cogía a su mujer o marido, eso ya era algo que algunos Machos aceptaban y otros no. Seguí conduciendo mientras los Lobatos estaban inmersos en su debate sexual. 

No tenía interés alguno en oírles hablar de aquello, pero al menos no daban problemas y estaban distraídos. Al llegar al límite del perímetro de seguridad, pasamos por delante de un grupo de Machos y les saludé con la mano antes de tener que bajar la ventanilla y explicarles a dónde íbamos y por qué. Vick, uno de los lobos mayores con canas y ojos de un naranja suave, me dijo que nos acompañaría, pero yo me negué.

—Llevo a cuatro Lobatos conmigo y tengo una navaja en el bolsillo, si algo pasara, podría defenderme y dejarlos atrás para que los mataran a ellos — respondí—. No sería una gran pérdida para la Manada…

Los adolescentes se quejaron, por supuesto, pero a los lobos les hizo gracia y Vick solo me dio una breve advertencia:

—No vayan lejos y, si tardan más de una hora, iremos a buscarlos.

Asentí de acuerdo, cerré la ventanilla y aceleré. Era media tarde de un viernes y había bastante movimiento en el centro, pero me ahorré unos buenos veinte minutos de atasco tomando el túnel subterráneo y saliendo en dirección a una tienda de electrodomésticos no demasiado lejana. No es que fuera la mejor, pero tenía aparcamiento propio y el stock suficiente para no tener que ir a ningún otro sitio.

—No me toquen los huevos —les advertí a los Lobatos nada mas apagar el motor—. No roben nada absurdamente grande y no se metan en peleas, porque como los pillen y llamen a la policía, me enfadaré de verdad.

—Bill enfadado. Mal —dijo Sam, imitando la voz grave y la cadencia lenta de Tom..

—Exacto —asentí, saliendo del todoterreno.

No era tan estúpido como para asumir que no robarían nada, así que simplemente les había dado aquella pequeña advertencia. Entré de primero, con las manos metidas en los bolsillos y una expresión seria que ya alertó a los dos hombres de seguridad que daban vueltas por la tienda. 

No tardaron en llamar a muchos más cuando vieron aparecer a los Lobatos a mis espaldas. Aún así, fui directo a la sección de los calefactores e interrumpí a una de las dependientas con un horrible polo color amarillo limón y su nombre mal escrito en una placa que decía: «¡Hola! Mi nombre es SOPIA. ¡Pregúntame lo que quieras!».

—Quiero todos los calefactores y estufas que tengas, Sopia —le dije.

Ella se quedó paralizada y con la boca entreabierta. La mujer a la que estaba ayudando en aquel momento y a lo que yo había interrumpido sin educación alguna, miró a los tres Lobatos de metro ochenta que estaban cerca, pero ya perdidos entre las estanterías. Sin decir nada, se dio la vuelta y huyó a paso rápido mientras agarraba bien su bolso.

—¿To… todos? —tartamudeó la empleada, sin saber si mirarme a mí, a los adolescentes o a los de seguridad que se estaban agrupando a nuestro alrededor.

—Sí, todos —repetí.

—¿Es un atraco? —me preguntó entonces.

Por alguna razón esperé un par de segundos antes de responder:.

—No..

Ella asintió, tragó saliva y volvió a echar otra ojeada nerviosa antes de señalarme un pasillo con una mano temblorosa.

—Los calefactores están allí…

—Bien, pues ya sabes a dónde tienes que ir a buscarlos —la felicité—. Tráemelos a la caja y date prisa, no tengo toda la puta tarde.

Dicho aquello me di la vuelta hacia uno de los cajeros en filas paralelas y esperé de brazos cruzados a que un grupo de más trabajadores de polos amarillos ayudaran a Sophia a cargar las cajas y pasarlas por el lector. 

Tardaron poco, dándose prisa como yo había pedido tan amablemente y llevando un total de veinticinco calefactores, otras veinte estufas eléctricas y hasta unos doce radiadores mini con temperatura regulable. No había calculado bien la cantidad y empecé a sospechar que todo aquello no cabría en el maletero del todoterreno, así que les ordené llevarlo y sujetar algunas de las cajas en el techo. Tras media hora y un total de casi tres mil dólares —pagados con la maravillosa Tarjeta Black de la Manada para «gastos necesarios»—, nos fuimos de vuelta al Land Rover.

—Eh, tú, chico, ábrete la chaqueta —ordenó uno de seguridad a Milo.

—Chúpame la verga —le respondió junto con uno de esos elegantes gestos obscenos de agarrarse bien la entrepierna.

El de seguridad se enfadó, dispuesto a usar su mierda de porra contra el joven.

—Acabamos de gastarnos más de lo que te pagan a ti en tres meses —me interpuse, señalando con el pulgar las cajas—. Como me toques los huevos, lo devuelvo todo cargando putas y le explicas a tu jefe por qué ha perdido una venta así y por qué le han roto los cristales de la tienda. ¿Lo pillas, campeón?

El hombre tuvo que comerse su gran orgullo y limitarse a dedicarnos una profunda mirada de odio junto al resto de sus compañeros mientras nos veían irnos. Los Lobatos se rieron de ellos y siguieron insultándolos y haciéndoles gestos obscenos, pero se lo merecía, estos policías frustrados que se tenían que conformar con una placa de seguridad de una cadena de electrodomésticos de mierda, eran los peores. 

Cuando subimos al todoterreno, arranqué y salí marcha atrás mientras los Lobatos se sacaban de debajo de las chaquetas todo lo que habían robado. No compensaba lo que nos habíamos gastado, pero era algo.

—No sé ni lo que es esto, pero me hizo gracia —dijo Sam, enseñándonos un MP3 negro de forma ovalada.

—¿Siguen fabricando eso? —pregunté tras echarle un rápido vistazo por el retrovisor.

En mitad de una discusión sobre cuál de los tres había robado las mejores cosas, me detuve en el autoservicio de un McDonalds que quedaba de camino, llamé la atención de los Lobatos chasqueando los dedos y les pregunté qué querían. El hombre con fuerte acento tras el megafonillo con forma de payaso me hizo repetirle el pedido dos veces, porque creía que le había entendido mal o algo así. 

Después nos detuvimos frente a la ventanilla mientras me fueron pasando las veinte hamburguesas, la docena de cubos de nuggets, los seis refrescos extra grandes, las diez bolsas de patatas fritas y los combinados de pollo frito con salsas. Volví a pagar con la tarjeta y me fui sin más. Ya estábamos al límite de tiempo, pero hice una última parada nocturna en una gasolinera para comprar cuatro cajetillas de tabaco y un par de las revistas porno más retro y viejas que pude encontrar..

—Oh, sí… —lo celebro Ron cuando se las tiré a la cara. Seguía comiendo como un puto cerdo, pero eso no le detuvo para abrir una de ellas con la mano repleta de salsa y de grasa y mostrarnos a un hombre con el culo más peludo que había visto en mi vida—. ¡A esto me refería!

Querría decir que eran Cosas de Lobato, pero esos fetiches raros eran algo que se extendía a su etapa adulta de Machos. Ellos ya tenían edad suficiente para haber descubierto lo que les gustaba y lo que, en un momento futuro, sus compañeros tendrían. Aunque fuera algo tan raro como una cantidad absurda de vello corporal.

Entonces me los llevé de vuelta, pasando delante del mismo grupo de lobos que vigilaban. Vick puso una mueca de comisuras apretadas porque llegábamos cinco minutos tarde, pero nos dejó pasar igualmente sin decir nada al respecto. Aparqué en el garaje y pedí ayuda con las cajas, no a los Lobatos, por supuesto, porque estaban llenos de comida y seguían tirados en los asientos, incapaces de moverse y luchando por seguir respirando como si les doliera. 

Fueron los compañeros quienes se llevaron las cajas hacia el edificio de oficinas mientras yo me sacaba un cigarro y me dirigía al salón donde estaba Jack. El lobo ya se había despertado, pero había sido apenas unos minutos antes de volver a quedarse dormido.

—Ya me encargo yo —le dije a la compañera de Cody, la preciosa mujer de piel morena y cuerpo escultural de entrenadora de fitness que le estaba vigilando en ese momento. Ya se le empezaba a notar la barriga de embarazada, pero todavía era algo sutil.

—Se ha despertado de nuevo, pero solo ha balbuceado algo y gemido antes de volver a dormirse —me explicó, recogiendo la taza de infusión y el libro que se había llevado para entretenerse durante la vigía.

Asentí y me encendí el cigarro con el zippo, echando el humo hacia arriba mientras miraba al lobo. Tras un par de segundos, me rasqué una ceja con el meñique y avancé hacia el sillón cercano. 

A veces iba allí porque era la única parte tranquila y silenciosa que quedaba en el Refugio, fumaba un poco, descansaba y cerraba los ojos para echarme una pequeña cabezada. 

El día estaba siendo muy largo tras más de veinticuatro horas en vela y había que aprovechar los pequeños momentos al alcance, sin compañeros preguntones, Crías lloricas ni Lobatos tocahuevos.

—A….k… —oí entonces.

Entreabrí los ojos, pero no moví la mirada del techo de lámpara de araña.

—Aaa…k..

Al fin bajé la cabeza y vi al lobo, de ojos apenas abiertos y blancos, como si no consiguiera moverlos lo suficiente para descubrir sus pupilas. Babeaba sobre la tela borgoña del viejo sofá y respiraba lenta y profundamente.

—Jack, ¿me oyes? —le pregunté, inclinándome hacia delante.

—Iii… —le costaba hablar y se bababa en el intento. Su voz era baja y apenas audible, así que me acerqué más hasta arrodillarme cerca de su rostro.

—Te han drogado, Jack —le expliqué—. Por eso no puedes moverte y te cuesta hablar y mantenerte despierto. Te debieron meter calmantes de oso o algo así.

El lobo solo gimió, echando un par de gotas de saliva afuera. Use la manga de mi chaqueta para limpiarle la boca y el bigote negro.

—¿Recuerdas algo? —pregunté—. Tú y Linda fueron a ver la exposición del museo, después salieron a la calle, ¿qué pasó?

El lobo empezó a respirar más fuerte, jadeando un poco.

—Iii… au…iii…ooo…

—Tranquilo, Jack, todo está bien —le calme porque mi pregunta le había puesto demasiado nervioso. Le acaricié su pelo rubio y revuelto, muy diferente a lo perfectamente peinado que lo llevaba siempre, porque me funcionaba cuando Tom se ponía tonto. —Estás en el Refugio y me han pedido a mí que te cuide porque, como ya sabes, soy todo amor y cariño. 

El lobo cerró los labios lentamente y tragó saliva como si le costara un mundo conseguir que su garganta respondiera a aquella necesidad.

—Au…i…ooo —insistió.

—¿Auio? —repetí, más o menos lo que había entendido—. ¿Agua?, ¿quieres agua?

—Oooo… —jadeó—. Au… iiiiiiiii —se esforzó muchísimo, pero solo consiguió producir un sonido algo instridente—, dooooo…

Tardé unos segundos, y entonces levanté la cabeza y dije:

—Aullido. ¿La Manada del Aullido?

—Iiiiii —gimió antes de que una lágrima de impotencia y frustración le brotara de los ojos.

—Bien. Muy bien, Jack —le felicité, acariciándole la cabeza. —No te preocupes, todo está bajo control.

Ya tenía la otra mano en el teléfono y no tardé ni cinco segundos en llamar a Gustav.

—Bill, como me llames para volver a quejarte, ¡te juro que te…!

—Jack está despierto —le corté con un tono neutro que me sonó extraño hasta a mí—. Ven ahora mismo —y colgué.

Dejé el smartphone a un lado y cogí en su lugar la botella de agua para empapar una toalla limpia y fina. La acerqué a los labios del lobo y se la metí un poco en la boca.

—Chupa, Jack —le pedí—. Tienes que beber, pero no puedo darte agua directamente o te ahogarás. —El lobo cerró los labios alrededor de la toalla y los apretó suavemente, lo que me hizo añadir—: Vamos, Jack… Ambos sabemos que no es la primera vez que chupas algo, así que esfuérzate un poco más.

Sinceramente, no tenía ni idea de por qué trataba de seguir bromeando de aquella manera, pero creo que me hacía sentir un poco mejor. Ahora ya había un nombre, un enemigo y una guerra declarada. Era el momento de actuar y, quizá, alguien cayera en el camino a la victoria. 

De pronto, todo pareció mucho más real y aterrador. Gustav  llegó como un torbellino, abriendo la puerta de un golpe seco y adentrándose con el pecho acelerado y un brillo enloquecido en los ojos. Su imagen se había deteriorado rápidamente en aquel largo día: su camisa azul celeste estaba totalmente arrugada y abierta hasta la mitad de sus abdominales, bajo sus ojos amarillos había unos círculos más oscuros, su barba densa parecía extrañamente desordenada e incluso había dejado de afeitarse la cabeza como hacía todos los días, por lo ahora parecía más un lobo rapado que un lobo calvo. Me miró, después a Jack en el sofá y de nuevo a mí.

—Dijo que fue el Aullido —murmuré.

El Alfa levantó mucho la cabeza y su expresión se convirtió en una aterradora máscara de odio. La Manada del Aullido ni siquiera era la más poderosa, apartada y desterrada al linde de la ciudad, entre los edificios y el bosque. Nunca había sido una posibilidad real sospechar de ellos, no por encima de los Medianoche o los Colmillo; pero, si lo pensabas bien, ellos eran los únicos que tenían mucho que ganar y poco que perder con aquella guerra.

—Gustav  —le detuve antes de que se diera la vuelta y se fuera. —Sé que quieres ir ya, pero los Machos están cansados y llevan un día entero despiertos y patrullando. Es mejor que esta noche descansen y esperar a la mañana, cuando los Aullido estén desprevenidos y sean más vulnerables. 

El Alfa giró el rostro lo suficiente para clavarme su mirada de ojos amarillentos mientras apretaba los dientes.

—Ya he esperado suficiente… —gruñó, abriendo la puerta y largándose.

—Demonios… —murmuré, levantándome y dudando en si dejarle a Jack la toalla en la boca o no. Al final se la quité me la llevé conmigo al exterior. —¡Tú, cuida de Jack! —le ordené al primer compañero con el que me crucé, tirándole la toalla mojada a la cara.

Gustav ya estaba en su enorme Land Rover de lujo, arrancando el motor y girando en dirección a la carretera. No se me ocurrió otra cosa que tirarme encima del capó nevado y golpear el parabrisas con fuerza.

—¿¡Estás imbécil o qué?! —le grité—. ¡No puedes ir tú solo!

—¡QUITATE DE EN MEDIO! —rugió el Alfa, tan alto y tan fuerte que se pudo oír incluso con las ventanillas completamente cerradas.

—¡CHÚPAME LA VERGA! —le grité de vuelta, porque quizá yo había pasado demasiado tiempo con los Lobatos.

Gustav  abrió la puerta del auto, salió como un tigre rabioso de ojos muy abiertos y dientes muy cerrados. Me agarró de un brazo y una pierna y me tiró contra el otro todoterreno aparcado a un lado como si yo no pesara ni cinco kilos. El golpe fue duro, di un par de vueltas sobre mí mismo y caí de bruces a la carretera llena de una nieve aguada, fría y manchada de barro. Como al parecer eso no fue suficiente, el Alfa se acercó, me volvió a levantar y me agarró de la chaqueta polar con sus puños muy cerrados antes de pegar su frente a la mía.

—¡Quedas expulsado de la Manada! —me gritó a la cara—. ¿Me has oído, pedazo de mierda? Como te vuelva a ver por aquí. ¡TE MATO! —sin más, me tiró contra la puerta del auto a mis espaldas, dejándome sin aliento y sin fuerzas ni para mantenerme en pie.

El Alfa volvió a su Land Rover y salió disparado por la carretera, dejando atrás a un grupo de compañeros muy sorprendidos y paralizados que no dejaban de mirarme. Cogí un par de bocanadas de aire y apreté los dientes al sentir una punzada de dolor en las costillas. Aún así, tragué saliva y busqué el teléfono en mi bolsillo antes de levantarme de una forma nada elegante.

—Georg —dije con una voz seca y cortante.

—¿Qué? —me preguntó el lobo con un tono bastante preocupado—, ¿ha ocurrido algo?

—Sí… —murmuré, cojeando un poco en dirección al Refugio—. El bastardo de tu Alfa se ha ido al Territorio de los Aullido a buscar a Linda.

—¿Qué…? —repitió antes de quedarse en completo silencio durante un par de segundos—. ¿Por qué?

—Jack se despertado y me ha dicho que fueron ellos. —No tenía ganas de detenerme en detalles porque me dolía una parte del pecho y estaba furioso que te cagas, pero sabía que aquella información tan de golpe podía resultar confusa—. ¿Sabes dónde está el Refugio de los Aullido?

—No. Claro que no —dijo un Georg cada vez más nervioso—, habrá ido al Club, es un bar de carretera en la Noventa dirección a North Bend.

—Bien —asentí, pasando por delante del marco de llaves para coger las de mi pequeña princesa—. Vete cagando putas para allí con todos los Machos que puedas —y colgué.

¿Cuál era el plan? No había ningún plan. Gustav  había perdido la puta cabeza y se había embarcado en una misión suicida para meterse hasta el fondo del Territorio de otra Manada. Lo único que pude hacer fue montar en mi moto y salir disparado en aquella misma dirección, prometiéndome a mí mismo que, si sobrevivíamos, le pasaría aquello por la cara al Alfa durante el resto de su vida…

Tardé diez minutos en abrirme paso por el tráfico del centro hasta la autopista Noventa, desde allí solo tardé quince en cruzar los dos puentes y adentrarme en el bosque en dirección a North Bend. Adelantaba a cada auto y camión de la autopista, conduciendo a unos ciento ochenta por hora mientras buscaba el Land Rover de Gustav  o alguna señal sobre un bar cercano. 

Pasé por delante de una gasolinera y casi frené en seco, derrapando de una forma bastante peligrosa sobre la autopista nevada, cuando vi un viejo cartel en madera donde ponía: «Bar Aullido». Seguí aquella carretera más agreste que se hundía en la profundidad del bosque y no tardé apenas en alcanzar aquel local de moteros. 

No necesité esforzarme mucho para encontrar el lujoso todoterreno de Gustav , ya que estaba en mitad del aparcamiento embarrado, con las luces de freno encendidas y la puerta abierta. Apreté con fuerza los dientes y aparqué a un lado, dejando la moto tirada en el suelo antes de acercarme corriendo hacia el local del que ya salían graves rugidos y sonidos de lucha.

Por supuesto, ya era tarde para impedir que el Alfa cometiera algún acto estúpido, como, por ejemplo, entrar en el bar solo y quedarse rodeado por un grupo de siete Machos del Aullido. Cuando me acerqué a la puerta abierta, la lucha ya había llegado casi a su final. 

Gustav era grande y fuerte y estaba muy enfadado, pero no dejaba de ser un uno contra siete. Los otros lobos ya le estaban atacando por los flancos y la espalda, tirándole al suelo y golpeándole sin misericordia, porque ellos, al contrario que el Alfa, no eran tan imbéciles como para estar desarmados. 

Le pegaban con cadenas gruesas de metal, sillas de bar e incluso un bate. Busqué al momento mi navaja en el bolsillo, pero sabía que no había posibilidad alguna de ganar aquello; así que me escabullí como una rata hacia un lado del local. Hasta la parte de atrás donde había varios cubos de basura, una luz titilante y una puerta de emergencias que daba directamente a las cocinas del local.

Dos camareras chillaron al verme entrar, con mi chaqueta negra polar, mi casco de moto todavía en la cabeza y mi navaja en la mano. El objetivo real había sido buscar a Linda en aquel lugar, con la esperanza de que el suicidio de Gustav  no fuera en vano; pero no me imaginé tener tanta suerte como para encontrarme allí escondida a una preciosa rubia de abundantes tetas bajo su camisa con el logo del bar que, además, tenía un montón de mordiscos y moratones en el cuello y apestaba a lobo. 

No lo dudé, salté hacia ella y la agarré de la muñeca. La joven trató de escapar y, mientras tanto, la otra camarera cogió lo primero a su alcance para golpearme en la cabeza. Resultó que la sartén revotó contra el casco y apenas me hizo nada, nada en comparación con la bofetada que le di de vuelta, quiero decir, porque fue tan violenta que la hizo caer sobre la mesa llena de vasos sucios antes de precipitarse al suelo junto con un sonido de cristales rotos. 

Le dio otra a la rubia de tetas grandes para que se calmara un poco y después la agarré por la espalda, colocando la navaja a la altura de su cuello.

—Si no me das problemas, no te mataré… —le dije, aunque no estaba seguro de si mi voz se escuchó demasiado bien bajo el casco. Fuera como fuera, la joven asintió un par de veces mientras gemía y empezaba a llorar, levantando sus manos de uñas pintadas de colores.

Me la llevé tan rápido como pude al pasillo, allí me detuve para mirar a los lados y ver cuál me llevaba al bar. Cuando llegamos, Gustav  ya estaba en el suelo, encogido y con los brazos sobre la cabeza. Quité la navaja del cuello de la joven solo un momento para subirme el visor del casco y decir:

—Hola, chicos…

Los siete lobos nos miraron entonces con sus ojos que variaban entre el marrón chocolate y el amarillo más brillante. Todos eran jodidamente guapos, altos y musculosos, además de peligrosos y agresivos. Sin embargo lo único que me preocupaba a mí era haberme equivocado con la humana, si ellos estaban allí, en su «Club», debían ser los solteros de la Manada, así que, ¿de quién era aquella compañera?

—No, no, no… —negué, cuando uno de los lobos con un taburete roto en la mano quiso dar un paso hacia mí. Acerqué más el filo de la navaja al cuello de la joven y esta chilló un poco, levantando la cabeza para tratar de alejarse lo más posible—. No me enfades, o la compañera muere. ¿Entendido?

No respondieron, solo se quedaron gruñendo, mostrándome sus dientes de anchos colmillos y un poco encogidos en posición de ataque.

—Gustav  —le llamé, pero al Alfa le costó reponerse. Sangraba por la oreja y tenía una herida bastante fea en la sien. —Gustav — lo intenté de nuevo. No podía acercarme para ayudarle, era peligroso, así que solo podía llamarle con cariño—: ¡Levántate, pedazo de bastardo!

El Alfa al fin reaccionó. Se quitó las manos con las que se había cubierto el rostro y me miró con sus ojos amarillentos. Respiraba aceleradamente y seguía bastante enfadado, pero no dudó en incorporarse y venir cojeando lo más rápido que pudo hasta quedar a mi lado en la barra, justo frente al pasillo que sería nuestra escapatoria.

—Por detrás, a la izquierda hay una puerta que da a las cocinas y al exterior. Espérame con el auto preparado para…

Entonces el lobo agarró a la humana por la densa melena rubia y tiró de ella para mostrársela mejor a los nerviosos Machos que ya habían empezado a acercarse muy lentamente hacia nosotros.

—¿Dónde esta mi compañera? —les preguntó en mitad de un gruñido y los gritos de la mujer que se agarraba el pelo para evitar que Gustav  le siguiera abaneando y haciéndole daño.

Los otros lobos gruñeron. Se acercaron más. Yo miré el pasillo y retrocedí un paso con la navaja en alto. Gustav  agarró el brazo de la joven y, sin más, tiró de él para rompérselo. No hubo una segunda advertencia, no repitió su pregunta, solo se oyó un fuerte «crack» y el agónico chillido de la compañera que llenó el bar. Los Machos se quedaron paralizados, respirando nerviosos, sin saber qué hacer.

—¿Dónde… está… mi compañera? —repitió Gustav , agarrando lentamente el otro brazo de la mujer que se había dejado caer al suelo sin dejar de llorar.

Un ruido de autos y unas luces brillantes entraron entonces por las ventanas sucias del local. Solté un breve «rayos…», sintiendo que el corazón me iba a salir del pecho. Si habían llamado a más lobos, estábamos jodidos, increíblemente jodidos. 

Ya estaba al borde del pasillo, dispuesto a salir corriendo y meterme en el bosque. Que le dieran por el culo a Gustav . Yo no iba a morir aquella noche.  Cuando, desde la puerta, entró un Georg de dientes muy apretados y expresión enfurecida. Y, por suerte, no estaba solo: otros diez Machos de la Manada estaban con él, entrando y rodeando por completo a los del Aullido.

El Alfa, que también había dado un paso atrás al oír los motores y ver las luces, se vino arriba entonces. Hinchó su enorme pecho bajo la camisa ensangrentada y alzando bien la cabeza. Ahora era muy valiente y bravo, pero quién le había venido a salvar el culo cuando estaba tirado en el suelo recibiendo una paliza, había sido yo. 

Lo que pasó después, no es algo agradable de describir; torturaron a la compañera hasta que uno de ellos confesó que tenían a Linda encerrada en una vieja granja no muy lejos de allí, entonces Gustav  se llevó a los lobos y quemó el bar con los del Aullido y las dos humanas todavía dentro. Como ya he dicho, la guerra es cruel y no deja supervivientes.

Seguí la comitiva de todoterrenos en mi moto, no porque fuera necesaria ya mi ayuda, sino porque estaba hasta el culo de adrenalina y quería descubrir si Linda seguía viva. La granja, como nos dijo el lobo, no estaba demasiado lejos, a solo diez minutos por una carretera secundaria que atravesaba campos de cultivo completamente nevados. 

Había una casita de madera y un viejo granero. Gustav  mandó a la mitad a una y fue con la otra mitad al otro. En la casa se escondían otros tres lobos, a los que sorprendimos tomando un café en la cocina. Comprobamos el sótano, cada habitación e incluso el ático, pero fue Gustav  el que salió del granero con Linda en brazos, desmayada y magullada. 

Por su expresión se sabía que la compañera seguía viva. La metió con mucho cuidado en el Land Rover y quemamos todo antes de irnos de vuelta a la ciudad.

Continúa…

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por TollWriter

Escritora del Fandom

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