
Administración: Este es uno de los fics más recientes de Letty, así que vamos a apoyarla para reciba más inspiración y nos deleite con nuevos capis. Disfruten la lectura 😉

Fic TOLL de Lett_Kltz
Capítulo 1
La adrenalina bombeaba en mis venas como gasolina ardiendo, era jodidamente excitante sentir cómo mi bebé rugía bajo mis manos, este auto que era más fiel que cualquier persona, me hacía sonreír con una soberbia deliciosa. La ciudad pasaba como un borrón de luces y sombras, edificios que apenas lograba distinguir a esa velocidad descomunal, el viento se colaba furioso por la ventana abierta, azotándome la cara, haciéndome sentir más vivo que nunca. La música tronaba a todo volumen, cada golpe de bajo retumbaba en mi pecho como si fuera mi propio corazón desbocado.
Reí, grité, dejé que mis cuerdas vocales se desgarraran con un rugido.
—¡EEEH, MALDITAS PUTAS! —mi voz se mezcló con el rugido del motor. Sonreí, mirando por el retrovisor. Los demás estaban lejos, muy lejos, como siempre. Nadie podía alcanzarme, nadie podía tocarme. Esa distancia era mi corona y yo el rey indiscutible— ¡YO SOY EL JODIDO GANADOR!
La pista era mía, la noche era mía. Yo era intocable y todos lo sabían, pero aún así, esos hijos de puta se atrevían a retarme como si tuvieran la oportunidad de ganarme. A mí, al puto jefe. Cabrones ilusos ¡Ja!
Me iba a reir en sus caras cuando cobrará el dinero. Ya lo podía sentir en mis manos; le haría unos pequeños retoques a mi bebé y, con lo qué sobrará tendría a cualquier puta que esté dispuesta a chuparme el pene por unos dólares, incluso gratis, uno nunca sabe.
Solo es cuestión de hablarles bonito al oído, decirles lo que quieren escuchar y ya…
Bah… Cómo sea, no voy a pensar en tetas y culos ahora mismo.
Me concentre en el camino, un giro cerrado apareció frente a mí, lo tomé con exactitud, derrapando lo justo para escuchar el chillido delicioso de las llantas quemando el asfalto. Mi auto y yo éramos uno, un solo cuerpo, una sola alma. Éramos algo así como el dúo perfecto.
A unos metros, divise la meta. Una multitud de gente estaba ahí, esperando por mí. Gritando, alocados y saltando. A veces creó que es normal para ellos verme ganar, aunque aún así, siempre parece emocionales.
Acelere aún más, mis nudillos se pusieron blancos con lo fuerte que agarré el volante. Está sensación de victoria siempre era asi: excitante, como un maldito orgasmo.
Y claro, gané.
Baje la velocidad poco a poco cuando pase la línea. Las personas corrieron detrás de mi auto como hormigas en busca de azúcar. Apague el motor junto a las bocinas con la música. Me acomodé la gorra, me mire en el retrovisor y acomodé una que otra rasta rebelde. Sonreí de lado y empujé la puerta del auto.
Apenas bajé, una ola de voces me envolvió, chicos y chicas se arremolinaron a mi alrededor, gritando mi nombre como si fuera un himno. Palmas en la espalda, manos alzadas buscando tocarme, felicitaciones que se mezclaban con el bullicio.
Me abrí paso entre ellos con dificultad. Justo cuando ví que, uno por uno, los perdedores iban llegando con sus autos basura. Me cruce de brazos, mirando con diversión a cada uno; el cabreó en sus caras era notable.
Nadie los mando a retarme, sabían que perderían y aún así lo hicieron, aferrándose a ganar algo que no podían alcanzar. Pero que va, yo solo quería mi dinero y ya.
Camine a paso lento y me detuve frente a ellos.
—Espero que tengan listo mi dinero. No me gusta esperar, pero eso ya lo saben ¿No? —sonreí. Ninguno de ellos respondió. Solo se acercaron a la parte trasera de sus autos sacando los fajos de billetes. Extendí la mano y, uno a uno, los colocaron en mi palma— Para mí fue un placer… —suspiré, bajando la cabeza, fingiendo tristeza, como si realmente lamentara su patética derrota— Haberles pateado el trasero.
Me reí en sus caras, dando media vuelta y metiendo el dinero en los bolsillos de mis pantalones. Esto era todo por hoy, quería ir a mi departamento, comer algunas hamburguesas y dormir hasta el día siguiente sin interrupciones.
Ya podía imaginarlo: yo, mi cama, las hamburguesas, películas malas. El combo perfecto. Y si eso no era perfección, entonces no sé que coño era.
La música del auto de Han estaba a todo volumen, con unas bocinas brutales en la parte trasera que no pasaban desapercibido. Era algo así como el DJ cada vez que una carrera era anunciada. Tragos, sexo, sexo alocado, sexo… y todo tipo de drogas… la diversión duraba hasta altas horas de la noche en estos lugares si los polis no metían las narices.
—¡Tom, hermano! —escuché su voz entre el alboroto, levantando una botella hacia mí. Me acerqué con una sonrisa ladina, dándole un abrazo rápido.
—Han, cabrón. Sigues con las mismas bocinas que me van a dejar sordo algún día.
—Y tú sigues sin decepcionar en la pista, ¿Eh? —rió, golpeándome el hombro— La gente aquí grita tu nombre como si fueras una jodida estrella de rock.
—Eso ya lo sé —me encogí de hombros, dejando que la sonrisa se estirara un poco más— Si no gritaran, entonces sí sería raro.
Él soltó una carcajada, inclinándose hacia mí.
—¿Cuándo vas a dejar de humillar a todos? La mitad se rinden antes de correr solo por saber que estás inscrito.
—No es mi culpa que no sepan ni apretar un maldito acelerador —repliqué, tomando la botella que me tendía y dándole un trago sin pensarlo— El asfalto no perdona, Han. O lo dominas… o te traga vivo.
—Mira quién habla, el domador de fieras —rió, aunque luego bajó la voz— Oye, ¿Y es cierto lo que dicen de ti y esa chica de la semana pasada?
Rodé los ojos de inmediato. Otra vez con los putos rumores.
—Ya empezamos con las habladurías, joder. ¿Quién coño te contó esa mierda?
—Hermano, aquí todos hablan —rió, encogiéndose de hombros— Que si la recogiste después de una carrera, que si se fue contigo en tu coche, que si no salió de tu departamento en dos días.
Solté una carcajada seca, llevándome la botella otra vez a los labios. Una mitad era cierta, la lleve a mi depa y follamos. ¿La mentira? Solo se quedó hasta media noche y la mandé a volar.
—Rumores. La gente no tiene vida propia y me la inventan a mí.
Han arqueó una ceja, sin tragarse del todo mi respuesta.
—Entonces, ¿Me vas a decir que no pasó nada? Porque joder, Tom, me cuesta creerte. Esa chica estaba buenísima.
Le señalé con la botella, sonriendo de lado.
—Una cosa es que esté buena y otra que me importe. No soy como tú, Han. Yo no colecciono muñecas.
—¡Vete a la mierda! —se rió, dándome un golpe en el brazo— No, en serio, hermano. ¿No te cansas? Mujeres, dinero, carreras… Siempre el mismo ciclo. ¿No hay algo que quieras de verdad? Algo que no se compre, que no se gane a velocidad.
Me quedé callado un segundo, fingiendo pensar, y luego solté una risa corta.
—¿Amor, tal vez? —ironicé, alzando las cejas. El amor no era nada más que una excusa para poder follar sin sentir remordimiento— Vamos, Han. No jodas. Eso no es para mí.
—Pues deberías probarlo, Kaulitz —replicó, señalándome con el dedo como si tuviera razón— Algún día, vas a encontrar a alguien que te ponga de cabeza, y ahí sí quiero estar para reírme en tu cara.
Me quedé callado un segundo, sintiendo el peso de esas palabras ¿Alguien con quién compartir toda mi vida? ¿Envejecer juntos? ¿»Amarnos»? Definitivamente… nah, esa era una rutina jodidamente absurda y a mí, las rutinas me aburren. Lo pasajero y de una noche es más que suficiente, porque estar atado a alguien que en cualquier momento te va cansar es abrumador. Vale más estar en libertad, hacer lo que se te venga en gana sin tener que dar explicaciones ni aguantar reclamos.
Al final, me incliné un poco, acercándome lo suficiente para que solo él me escuchara.
—El día que eso pase, Han… será porque me dieron una jodida droga más fuerte que las tuyas.
Él soltó una carcajada enorme, chocando su botella contra la mía.
—Tú eres un cabrón incorregible, ¿A qué si?
Estaba a punto de responder, hasta que una voz burlona me interrumpió desde atrás.
Mierda, ese tipo otra vez.
—Vaya, vaya… miren a quién tenemos aquí: el «Rey.»
La multitud alrededor se giró con un murmullo. Yo solté una risa suave, sin siquiera voltear del todo.
—Mira, Han, hasta llegó mi sombra. Pensé que se había perdido —me giré al fin y ahí estaba el imbécil de Dax Walker, con esa sonrisa torcida que me daba más risa que rabia. El tipo venía con dos gorilas detrás, como si fuera alguien relevante.
—No te emociones tanto, Kaulitz —escupió mi apellido con asco— Creerte mucho por ganarle a un puñado de novatos no te hace invencible.
Incliné la cabeza, alzando una ceja con calma.
—¿Novatos, dices?… pero te gané a ti más veces de las que puedo contar. Y no recuerdo que lo hayas disfrutado mucho.
La gente alrededor se rió y Dax apretó la mandíbula.
—Eres un maldito cabrón.
—Lo sé —contesté de la forma más divertida posible, dándole otro trago a la botella— Pero al menos yo no vivo con la frustración de ser siempre el segundón.
—¡Cállate, hijo de puta! —gruñó, avanzando unos pasos.
La tensión subió de golpe, varios empezaron a empujar para acercarse más.
Yo me mantuve sereno.
—¿Qué pasa, Dax? ¿Quieres que te deje comiendo mierda otra vez? —le solté burlón, dándole espacio para que se ardiera más.
Vaya mierda, era él el que iniciaba la avalancha y no aguantaba el peso.
—Quiero una revancha —dijo con voz ronca, clavándome la mirada— Mañana, aquí mismo. Tú y yo, nada de excusas.
Yo me reí despacio, abriéndome paso un poco hacia él.
—¿Mañana? Me gusta. Aunque espero que no te rajes como la última vez, segundón.
Los murmullos estallaron en risas y abucheos.
—Será por mil dólares —espetó él, intentando sonar firme.
—¿Mil? —me burlé, fingiendo decepción— Venga ya, Dax. Apuesta como hombre, no como niño.
Él frunció el ceño, pensándolo un segundo, y apretó los puños.
—El que gana se lleva cinco mil dólares —se cruzó de brazos, queriendo dar más peso a sus palabras, pero no le salía— …Más el coche del otro.
Un rugido se levantó de la multitud, algunos gritaron al unísono. Han silbó largo y bajo a mi lado. Yo sonreí de lado, caminando hasta quedar frente a frente con él. La oferta era tentadora, no todos los días se apostaban los autos, pero… ¿Que haría yo con su coche cuando ganará? ¿Venderlo? No me serviría de nada una chatarra.
—Trato hecho —solté al fin, pegándole otro sorbo a la botella.
La multitud se volvió loca, algunos coreando mi nombre, otros empujando a Dax para calentar más el ambiente.
Todo estaba «bien», o eso creí.
La música se detuvo en secó, dejando a todos confundidos sin saber que estaba pasando, incluyéndome. Algún lunático gritaba algo a lo lejos, algo que no escuché… cuando de repente, las sirenas de los polis empezaron a sonar cerca.
Claro, debí suponerlo. Los hombrecitos de azul siempre están jodiendo en los mejores momentos.
—Carajo… —siseé, dejando la botella en el suelo en un rápido movimiento.
No quería que me agarraran otra vez. Ya tenía una advertencia y si llegaba a la comisaría de nuevo, no habría una multa que me dejara en libertad está vez. Corrí hasta mi auto como todos los demás, los que no tenían, se iban corriendo como pollos sin cabeza. Me metí y lo encendí a toda prisa, haciendo que las llantas chillaran. Le metí retro, mirando de vez en cuando, procurando no arrollar a nadie, acelere lo justo cuando las sirenas se escucharon más cerca. Siempre eran demasiados los que hacían este tipo de emboscadas y a veces costaba quitárselos de encima.
Tome algunas calles oscuras para lograr engañarlos. Pero cuando miré por el retrovisor, dos patrullas me seguían, jodidamente tercas, con sus luces azules que me daban cólera de solo verlas.
—Joder… —murmuré, apretando el volante. Mis labios se curvaron en una sonrisa ladina— ¿Quieren jugar conmigo? Pues jueguen, imbéciles.
Apreté el acelerador y el motor rugió como un demonio, lanzándome a más velocidad. Giré bruscamente a la derecha, luego a la izquierda, derrapando cada curva, como si bailara con la calle misma. Cada esquina que doblaba los desubicaba más.
Los muy cabrones aún estaban ahí, pero cada vez más lejos, cayendo en mi juego.
Quise ir por otra calle, cuando de reojo ví un callejón estrecho y oscuro.
Perfecto.
Pisé el freno de golpe, el auto se sacudió con fuerza, y en un movimiento rápido metí retro. Con la misma maestría con la que me meto en la cama con cualquier chica, el auto se deslizó hacia atrás con un movimiento sigiloso. Me adentré en la oscuridad, el rugido del motor se transformó en un ronroneo suave, y justo cuando quedé dentro, lo apagué todo. Motor y luces. Silencio total.
Me acomodé contra el asiento, respirando fuerte, con una sonrisa de puro placer. Afuera, las patrullas pasaron de largo como idiotas, luces y sirenas perdiéndose en la distancia.
—Imbéciles… —susurré con sorna, acariciando el volante.
Encendí el auto de nuevo, pero ya no tenía la prisa de antes. Iba despacio, dejando que la adrenalina bajara poco a poco mientras recorría las calles oscuras, pero sentía ese placer sucio de haber burlado a los polis.
En ese momento, mi celular vibró en el asiento del copiloto con ese sonidito de hip hop que había puesto. Lo miré de reojo y bufé.
Joder, justo lo que no quería.
—¿En serio? —rodé los ojos— Chantelle…
No tenía ganas de hablar con nadie. Bueno, corrijo: no tenía ganas de hablar con ella. La tipa se creía mi dueña solo porque una noche la hice gritar en mi cama. Qué ilusa.
Agarré el celular con una mano, sin prestar atención a la calle. Al final contesté con desgano.
—¿Qué carajos quieres ahora? —solté seco.
Del otro lado, su voz chillona entró en mi oído como un parásito:
—Te vi esta noche, Tom… vi cómo ganaste. Y pensé que tal vez debería ir a tu departamento para darte un premio por haber sido tan… poderoso.
Me mordí la sonrisa, pero mis ojos se alzaron.
—Ajá. Sí, claro… —respondí con ironía, apretando el volante con la otra mano.
—Entonces… estaré ahí en media hora. Muero por qué me hagas tuya otra vez.
—¿Eh? No, no, no… —la interrumpí— Acabó de recordar que tengo que acompañar a mi abuelita al hospital. La pobrecita está muy mal y soy su nieto favorito, no puedo dejarla sola.
Falso.
Mi abuela vivía a diez horas de Los Ángeles. Pero eso ella no lo sabía. Esa era mi ventaja. Y aunque yo nunca rechazaba tener sexo con cualquier chica que se me arrimará, con ella era diferente. Que se joda pero bien.
—¿Tan tarde? —se atrevió a reprochar, con un intento de voz más suave que le salió de la mierda.
—Si, en la noche es cuando hay mejores doctores. No hay tanta gente y… es más rápido —sin querer, levanté la vista al frente y el corazón casi se me salió por la boca— ¡Mierda! —frené de golpe. El auto chilló y mi frente se estampó contra el volante con un golpe seco.
—¡Tom! ¿Qué pasó? —gritó ella del otro lado de la línea con preocupación.
La sangre empezó a hervir dentro de mí, no sabía si por el golpe inesperado o por su jodida voz.
—¡Que me hartaste, maldita sea! —grite, sobándome la frente. Solo espero que no se inflame, o va a parecer que tengo una segunda cabeza en mi frente— No me vuelvas a hablar más, ¿Me oyes? Ni siquiera la sabes chupar bien —le solté de golpe, cortando la llamada con rabia antes de escuchar su respuesta. El celular voló al asiento como si me quemara.
Respiré hondo y miré al frente. Y ahí estaba. La razón por la que casi mato a alguien: una silueta quieta, como ida, de pie frente a mi coche. Joder, parecía un fantasma en medio de la callé. Cabello negro hasta los hombros, mechones blancos que brillaban bajo las luces, piel tan pálida que parecía de porcelana y los ojos oscuros rodeados por maquillaje.
¿Una chica, a estás horas de la noche? Mhm, raro… ¿O tal vez sea una entidad? Me estremecí hasta los huesos de solo verlo otra vez.
Así que, con cautela, sali del auto, caminando despacito, todavía con el pulso acelerado. Tenía esa vibra delicada y frágil que daba escalofríos sin razón alguna. Bien dicen que es mejor un muerto que un vivo. Aunque no sabía cuál de las dos opciones era menos peor.
—¿Estás bien, chica? —pregunté, alzando las cejas— ¿Te lastimaste?
La figura salió de su trance y clavó los ojos en mí. Unos ojos que parecían atravesar la noche.
—¿Acaso eres idiota? —respondió con furia— ¡No soy una chica! Y casi me matas, imbécil. Deberías ver por dónde diablos conduces.
Me quedé congelado un segundo, sorprendido por su voz suave marcada por un acento que no pude reconocer. Su actitud era otra cosa comparada con la fragilidad que lo rodeaba.
Mi sonrisa se torció.
—Vaya… —susurré, inclinando un poco la cabeza, intrigado por aquel desconocido— Pues lo siento, pero no es mi culpa que andes como alma en pena en medio de la noche.
—¿No es tu culpa? —me fulminó con la mirada y yo asentí con toda la calma del mundo.
—Exacto. O sea, yo solo iba conduciendo… No tengo la culpa de que tú decidas jugar a ser fantasma en medio de la calle.
—¿Fantasma? —soltó, ofendido.
—Bueno, sí. Caminas como uno. Callado, perdido… hasta pensé que eras una aparición.
El tipo frunció el ceño, cruzándose de brazos.
—El único imbécil perdido aquí eres tú. ¿O siempre conduces como un demente sin ver por dónde vas?
Sonreí, ladeando la cabeza con descaro. Definitivamente hubiera preferido que sea una entidad. Que se yo, la llorona o alguna leyenda urbana asi. Y juro que le hubiera ayudado a encontrar a sus hijos.
—Pues no. A ver, yo venía manejando bien… —mentí descaradamente, levantando una mano como si no pasara nada— El problema es que me estaba librando de una lunática al teléfono.
Él arqueó una ceja, incrédulo.
—¿O sea que casi me matas por contestar una llamada? ¿Tú estás mal de la cabeza?
Me encogí de hombros, fingiendo inocencia. Bien, si, era mi culpa, pero no lo admitiría.
—Pero no lo hice, ¿Cierto? Mírate, sigues de pie, intacto, gritando como si el mundo se fuera a acabar. Yo diría que hasta deberías agradecerme por frenar a tiempo.
Me lanzó una mirada que podría haber matado a cualquiera… menos a mí. Yo solo arqueé una ceja, disfrutando de la tensión.
—Tienes suerte —dijo entre dientes, respirando pausadamente— Si me hubieras tocado aunque fuera un poco, el único herido serías tú.
Lo observé en silencio por un segundo más, intrigado por su energía, por esa furia que parecía envolverlo. Había conocido a todo tipo de peatones, pero este en particular, era un caso.
—Está bien —cedí al fin, levantando las manos en señal de rendición— La próxima vez conduciré con cuidado… lo prometo. ¿Feliz?
—Más te vale, imbécil —escupió, girándose bruscamente. Lo vi alejarse con ese paso firme, cargado de rabia, mientras su silueta se perdía entre la penumbra de la ciudad. Por un instante me quedé mirándolo, intrigado por esa mezcla rara de fragilidad y fuego. Negué con la cabeza y regresé a mi auto tomándome unos segundos, analizando a detalle lo que había pasado hace un momento.
Volví a encender el motor, está vez, manejando con más cuidado que antes. Cómo si en cualquier momento ese desconocido pudiera aparecer en medio de la calle de nuevo y gritarme hasta de lo que iba a morir.
De vez en cuando miraba a los alrededores asegurándome que nadie cruzara la calle, pero todo estaba vacío.
Suspiré y cerré los ojos por unos segundos, incluso se me había quitado el hambre con todo lo que había pasado. Y joder, yo que quería mis hamburguesas. Aunque dudo que algún local de comida rápida esté abierto a esta hora…
Los segundos pasaron y con ello una hora de transcurso hasta mi asqueroso departamento. Ahora caminaba a pie, faltan menos de cinco cuadras para llegar, el auto lo dejaba en un estacionamiento aparte que estaba a quince cuadras, ya que, con lo pobre que era el lugar que rentaba, no tenía un estacionamiento decente. Esta zona en particular era un peligro, no podía arriesgarme a que robaran mi coche como a los otros vecinos, el edificio no tenía ni siquiera un guarida, lo que lo hacía más inseguro. Por eso prefería el estacionamiento de Mikel. Ahí mi auto estaba más que seguro. Posiblemente era lo único bueno que tenía en este puto planeta, además de lo más caro que había logrado conseguir. Diría que con esfuerzo pero mentiría, solo me costó ganar carreras por fuertes cantidades de dinero con un auto rentado hasta conseguir el mío propio.
Los minutos se volvieron eternos mientras caminaba por esas calles que olían a basura, cerveza y a saber que asquerosidades más. Cada paso se me hacía más pesado, hasta que al fin vi el edificio de mierda que llamaba «hogar». Tragué saliva resignado y empujé la puerta del edificio con el hombro, comenzando a subir esas molestas escaleras. A cada escalón me preguntaba porqué carajos no me había quedado en el auto o en casa de Georg, podría estar jugando videojuegos junto a ese cabrón… o mínimo en el coche escuchando música a todo volumen… pero no, aquí estoy: subiendo como un desgraciado porque el ascensor decidió morirse desde hace un año.
Maldita sea.
Cuando por fin llegué a la puerta, saqué las llaves con la esperanza de entrar rápido, tirarme en la cama y olvidarme de la noche. Pero no. La cerradura decidió ponerse en mi contra.
—¿Pero qué demonios…? —murmuré, moviendo la llave de un lado a otro— ¡Vamos, abre de una vez, hija de puta! —bufé, girando la llave una y otra vez con más insistencia. Nada. Solo ese maldito sonido metálico que me taladraba la paciencia— ¡Ah, claro, perfecto! —mascullé con sarcasmo, llevando mis manos a mi cabeza en un intento flojo de querer quebrármela yo mismo por toda la mierda colectiva que me pasó en toda la noche— Gano la carrera, me siguen los polis, me libro de una lunática, casi mato a un… ¿Tipo raro? ¿Tipa rara? ¿Fantasma? lo que sea… y ahora la estúpida puerta.
Probé una vez más, esta vez con más fuerza, como si con pura voluntad fuera a ceder. Pero no, la hija de puta seguía sin abrirse, toda terca.
Me recordaba a… Mí.
—¿Sabes qué? Al carajo.
Le di una patada con toda la fuerza de mi frustración. El estruendo retumbó por todo el pasillo y estoy seguro que despertó a algún vecino. ¿Pero qué carajos importaba eso? Nada. Podían quejarse todo lo que quisieran, igual les cerraría la puerta en la cara.
—¡Ja! Eso, maldita puerta. ¿Ves? Siempre gano —reí, orgulloso de casi haber tumbado la puerta.
Entre a mi departamento, encendiendo las luces y cerré de un portazo detrás de mí, tiré las llaves, y lancé mi sudadera sobre el sofá medio destrozado. Me dejé caer sobre el colchón, que apenas aguantó mi peso con un crujido sospechoso.
—Bienvenido a casa, Tom… —susurré para mí mismo con ironía, mirando el techo agrietado. El silencio era absoluto. Solo mi respiración y el eco lejano de la ciudad entrando por la ventana rota.
Y aún así… por alguna maldita razón, esa cara del desconocido de la calle me vino a la mente.
Continúa…
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