

Fic Toll de TollWriter
74: Nosotros: El compañero y el lobato
Mudarse afectó un poco a nuestra rutina. Al vivir frente al Refugio, ya no teníamos que conducir más de media hora ida y vuelta cada noche, así que nuestras tardes eran más largas y tranquilas. Tuvimos que buscarnos otro local en el que desayunar, sí, pero no tuvimos que cambiar de tienda de comida.
La dueña de la anterior, al saber que nos mudaríamos, estuvo dispuesta a enviarnos los tuppers por un servicio de correos cada día; directos a casa. Imaginaos la de dinero que debía ganar conmigo si estaba dispuesta a hacer eso. Tom se comía en una semana más de lo que todos sus clientes a lo largo del mes.
Por supuesto, no le di la dirección de la Guarida, sino del Refugio, donde alguien podía recoger el pedido y después nosotros iríamos a buscarlo tranquilamente después de hacer nuestras cosas. Así que, en general, Tom y yo teníamos más tiempo para quedarnos en la cama y retozar bajo el edredón cálido y apestoso mientras afuera hacía un frío de cojones y nevaba.
Ya habían empezado las nieves más duras y ese frío invernal que se te calaba hasta los putos huesos, que se alargarían hasta bien entrado febrero con los primeros deshielos. De todas formas, yo seguía fumando en el balcón con mi chaqueta militar y un café caliente en la mano cada tarde después del sexo, dejando a Tom dormido como un oso en esa enorme cama donde cabía entero sin tener que dejar las piernas afuera.
Como muchas otras cosas, había cambiado mi puerta con vistas a un descampado con la ciudad al fondo, por vistas a la calle nevada, los rascacielos sobre los tejados y el hotel lobuno repleto de estúpidas luces de navidad. A veces veía a Georg, quien tenía una habitación en el quinto piso, pero también a algunos otros de los solteros que, como me imaginaba, no tenían pudor alguno y se paseaban desnudos de un lugar a otro sin bajar las cortinas.
Aquellas vistas eran como el sueño húmedo de cualquier adolescente salido, con la cara pegada a la ventana mientras veía al caliente de su vecino desnudarse. A veces, otras veces eran un espectáculo de los horrores, porque también se veían algunas de las habitaciones de los Lobatos.
Ellos sabían que quizá yo estuviera allí fumando y no se privaban de pegarse a la ventana cada vez que me veían, solo para enseñármelo todo si estaban desnudos, fingir que les estaban haciendo una mamada, pelársela delante del cristal, reírse y hacer todo tipo de gestos obscenos. Cosas de Lobatos, ya saben.
Al caer la noche, empezaban a haber mucho más movimiento, cuando se encendían las luces y salían y entraban continuamente del Refugio.
Gustav era siempre de los primeros, con su chaqueta sobre su jersey y camisa, como un empresario muy importante que caminaba apenas diez metros para entrar en el edificio de oficinas. Entonces los Machos Solteros salían para irse a sus trabajos o a visitar a sus humanos si tenían tiempo libre, las crías llegaban para sus clases nocturnas acompañados de sus padres y los Lobatos iban a hacer sus mierdas de pandilleros.
Tom y yo también bajábamos en aquel momento, despidiéndonos con un beso antes de girar cada uno por un lado de la calle: yo me iba al garaje a por el todoterreno, les daba tabaco a los pajilleros de turno mientras aguantaba sus tonterías y me lo llevaba todo al almacén.
A veces Georg me acompañaba y a veces venía un poco más tarde porque el Beta también tenía a sus humanos para desahogarse y a los que le gustaba visitar; pero siempre se acababa reuniendo conmigo en conserjería. El Beta pelirrojo solía soltar un leve ronroneo de placer al sumergirse en el ambiente caldeado, gracias a que ahora había un pequeño calefactor que irradiaba un calor muy agradable; uno que, por supuesto, yo había tenido que comprar porque aquel edificio de mierda no tenía calefacción.
Una de esas noches, Georg llegó empapado por la nieve y, después de quitarse la chaqueta , se quitó también las botas y los pantalones bombachos mojados y embarrados, sentándose en el sofá completamente desnudo de cintura para abajo. Y, como ya era costumbre, se había empezado a rascar nada sutilmente sus pelotas pelirrojas.
—Creo que nuestra confianza ha ido demasiado lejos, Georg —le dije, observando todo aquello con el ceño fruncido.
—Esto es lo que pasa cuando un Macho se siente a gusto con alguien, Bill. Deberías tomártelo como un halago —respondió sin más, dándole un trago al café latte bombón que siempre le compraba—. Piensa que es como una demostración visual de que eres mi mejor amigo.
—Me gusta más cuando me regalan cosas.
—Y yo te estoy regalando ahora mismo una maravillosa visión de lo que podrías haber tenido si te hubieras acercado a mi sofá del Luna Llena. Además —añadió con una leve sonrisa—, ahora ya sabes que también tengo pecas en la verga.
Resoplé y negué con la cabeza antes de volver la mirada al teléfono , pero, por desgracia, aquello me hizo gracia y Georg tenía razón.
Una de las cosas que más valoran los Machos son sus enormes vergas, y jamás las dejarían así de expuestas y desprotegidas delante de nadie que no fuera de su máxima confianza; me refiero a delante de alguien que no se la fuera a comer o a metérsela hasta el fondo, claro. Y es que, como ya les dije, algunos lobos habían empezado la mala costumbre de venir a conserjería para rascarse descaradamente, beber algo, charlar o echarse una siesta en el sofá cama; quizá hubiera sido mi culpa por permitirles entrar, pero ya era tarde.
En alguna noche especialmente tranquila y fría, llegaba a tener a más de seis lobos allí conmigo. No entendía muy bien la razón, porque tenían un puto Refugio con un salón diez veces más grande y cómodo que mi conserjería, pero ahí estaban, bebiendo mi cerveza, jugando a las cartas, mirando películas, series o incluso partidos de beisbol, baloncesto y rugby; incluso algunos se habían traído sus propios asientos.
Eso lo había empezado David con un puff que había encontrado en la basura y había dejado a un lado de conserjería, después otros le habían imitado, como Kai, que había «encontrado» un viejo sofá Chester bastante caro y lo había cargado hasta allí, sintiéndose como un rey sentado en su trono.
—¿Y dónde lo has «encontrado», exactamente? —le pregunté yo, sentado en mi propio sillón y mirando al atractivo lobo rubio de ojos azules bebiendo cerveza antes de uno de los partidos de baloncesto.
—Lo encontré tirado en la casa de un humano que nos debía mucho dinero —respondió sin más—. Él ya no lo va a necesitar porque no tiene ruedas —y todos se rieron de aquella broma macabra.
Kai trabajaba con Tom haciendo «visitas», que era la forma elegante de referirse al trabajo de matones y extorsionadores de algunos lobos. Verán, la cosa iba así: Gustav tomaba las decisiones importantes; Georg se encargaba del Puerto; David, Tercer Beta, organizaba a los chicos y mantenía las cosas en orden; Ben, el segundo Beta, era el que negociaba y trataba de llegar a acuerdos pacíficos con las demás bandas criminales de humanos o con las empresas corruptas; Tom y los suyos eran los que iban a hacer «visitas» cuando esos acuerdos fallaban o traicionaban a la Manada. Puede que mi lobo fuera todo ronroneos y mimos en la Guarida, pero fuera de allí daba puto miedo.
Como se pueden imaginar, con el ambiente caldeado y el espacio reducido, se acumulaba un denso Olor a Macho del que no te dabas cuenta hasta que salías afuera y respirabas aire puro. Sin embargo, no era desagradable, solo era fuerte, algo similar al del Refugio pero más concentrado: algo a lo que Linda llamaba «El Olor de la Manada».
En cuanto a Tom, al contrario de que lo que yo había creído, le hacía mucha ilusión que los chicos estuviera allí y venía siempre que podía para sentarse en mi sillón —el único que nadie tocaba—, y rodearme con los brazos mientras disfrutaba del ambiente relajado y cálido con el que casi siempre se terminaba durmiendo y roncando como un cerdo.
—¿Cómo duermes con eso al lado, Bill? —me preguntó Jared, frunciendo el ceño y arrugando su atractivo rostro asiático.
—Con su verga bien dentro y cerrando los ojos —respondí, echando una carta sobre la mesa baja que también habían «encontrado»—. ¿Cómo te besan a ti tus humanos con esa mierda de perilla?
Algunos de los Machos soltaron un «uh…» o se rieron por lo bajo, pero Jared levantó su cabeza con orgullo e hincho su pecho antes de pasarse la mano por su perilla larga y de pelo muy lacio y negro. El lobo era como un samurái jodidamente sexy de preciosos ojos amarillentos y pelo largo y apretado en un moño al estilo nipón.
—A mis humanos les encanta besarme, Bill, pero les gusta más cuando les como el coño o el culo y pueden sentir toda mi perilla contra las nalgas—respondió.
Sonreí y le miré por el borde superior de los ojos. Jared me caía bastante bien, era silencioso, calmado y tranquilo, pero tenía una lengua afilada como un dardo cuando era necesario. Al contrario que su padre, Lucky, a quien le gustaba gritar como un cerdo en mitad del almacén y reírse a carcajadas con los Machos Mayores. Y es que era más sencillo reconocer parentescos cuando se trataban de razas distintas, aunque los lobos, como ya he dicho, no le daban importancia a esos lazos de sangre directos.
Como tampoco les daban importancia al color de la piel o a la procedencia de sus compañeros, lo que convertía a la Manada en un grupo bastante diverso: Gustav, sin ir más lejos, era, como mínimo, de ascendencia caribeña o latina. Estaba Roy, que era árabe, Norman, Matt, Devon y Lucio eran afroamericanos, Jake el Lobato debía tener sangre cheroqui, Georg quizá tuviera algún abuelo o madre escoceses o irlandeses…, incluso mi Tom tenía unos rasgos demasiado parecidos a los de Europa del Este para no sospechar que alguno de sus familiares emigrara recientemente a América.
De todas formas, yo tenía un sentimiento encontrado cuando venían algunos lobos que no conocía, o con los que no me había tratado mucho. No me importaba que Kai, David, Matt, Norman, Jared, Georg, Lucio, Teo, Devon, Félix y Jack se pasaran por allí, pero no me hacía tanta gracia cuando venían los demás, porque aquella no dejaba de ser mi conserjería y mi lugar de trabajo, no un puto bar al que ir a beber, ver partidos y jugar a las cartas.
Sin embargo, no dije nada, hasta que llegó la fatídica noche en la que llegó un lobo que no debería haber venido.
—Tú —le dije con tono serio y una mirada cortante—, fuera de aquí.
El Macho se quedó quieto y perdió lentamente la sonrisa. Había seguido a Matt y Jared como si nada hasta la nevera e incluso había llegado a coger una de las cervezas. Yo estaba de espaldas y con las tobillos cruzados sobre la mesa baja mientras hablaba con Georg y David, por lo que no lo había visto venir hasta que el Beta Pelirrojo se había puesto repentinamente serio al mirar la ventanilla.
Aquel lobo, cuyo nombre no me molestaré ni en escribir, era uno de los graciosos que me habían tirado el bollo de pan en la cena. Un Macho Común que trabajaba en el almacén y había decidido seguir a sus amigos a ese lugar del que solían hablar, ese al que venían a pasar el rato antes de cenar. Si sabía que yo estaba allí, no pareció importarle, solo mantuvo una fina sonrisa y se encogió un poco de hombros.
—Oye, Bill, lo de esa vez… no iba en serio, solo fue…
—He dicho que te largues —le interrumpí, porque no iba a quedarme allí escuchando sus estupideces—. O te echo yo, tú decides.
El lobo perdió la sonrisa, dejó la cerveza de un golpe seco sobre la nevera y gruñó de camino a la salida. Ni él ni el bastardo del otro lobo entrarían jamás en la conserjería, ni, tiempo después, en mi despacho; porque «Bill no olvida, ni lo bueno, ni lo malo».
—Si quieren ir con sus amigos del almacén a beber algo, van al puto Refugio —les dije con tono igual de serio a Matt y Jared, que se habían quedado un poco petrificados con mi reacción—. Esta es mi conserjería y entrar aquí es un privilegio, ¿lo han entendido?
—Lo siento, Bill… —se disculpó Matt a la noche siguiente cuando me encontró fumando en la salida. Parecía algo avergonzado y tenía una postura corporal decaída—. No sabíamos lo de la cena, (nombre del muy bastardo) es un poco cabrón a veces, pero no es mal Macho.
—Me da igual, como vuelva a verle y como vuelvan a invitar a alguien sin mi permiso, tú tampoco podrás entrar —respondí.
No quería ser malo con Matt, pero aquello ya se estaba descontrolando y yo no iba a permitir que mi conserjería se convirtiera en una casa de putas. Había que tener mucho cuidado con los lobos y sus confianzas, porque enseguida se te subían a la chepa, y era yo y solo yo el que decidía quién entraba y bebía mis cervezas; al igual que había permitido a Georg desnudarse en la conserjería, a David traer su mierda de puff o a Norman venir a echarse sus siestas de dos horas aunque tuviera una puta cama para él solo en su habitación.
De eso mismo me estaba quejando a Linda cuando me había venido a preguntar con un tono casi desesperado si podría acompañarla en sus compras navideñas a los grandes almacenes. Al parecer, Gustav era una especie de Santa Claus que hacía regalos a todos los lobos, lobatos y crías del Refugio, así que, como es obvio, su compañera tenía que encargarse de comprarlos. Ser la mujer del Alfa no es tan genial como se cree, ¿verdad?
—Los chicos solo quieren un lugar donde estar tranquilos y hacer sus tonterías de Machos —me dijo en mitad de la tienda deportiva, mirando la larga lista de nombres como si se tratara de Mamá Noel, pero con el pelo recogido en una apretada coleta, vaqueros, uno de los jersey de su lobo demasiado grande para ella y ojeras marcadas—. En el refugio están los Ancianos, las crías, los lobatos…
—resopló—, entiendo que quieran escapar de vez en cuando, yo también lo haría si pudiera.
—Entonces, ¿mi puta consejería se ha convertido en el Refugio del Refugio?
—Sí, algo así, Bill —afirmó, mirando hacia los lados, entre la muchedumbre de humanos que también habían ido a comprar allí a una semana de navidad—. ¿Dónde están los pantalones deportivos?.
Apuramos hasta el último minuto, pero aún le quedaba más de media lista por tachar. Debido a que soy un gran alma caritativa y una buena persona, le dije en el auto de vuelta:
—Déjame a los Lobatos, yo les compraré sus regalos…
Linda me miró y apretó un poco los labios.
—Eso me ayudaría muchísimo, Bill, pero tienen que ser regalos —dijo, clavando sus ojos azules en mí—. Regalos de verdad —insistió.
—Claro —la miré de vuelta y asentí lentamente con una fina sonrisa en los labios—. Confía en mí.
Así que el sábado, tras mi clase de PIHL, me pasé por el almacén. Max tardó un par de minutos en decidirse a acercarse y comprobar que era yo antes de abrir la verja corrediza. Lo que el confundió tanto fue que yo iba en mi moto y no en el todoterreno, ya que no iba a darles la comida esa noche, de eso se encargaría Georg más tarde.
Había ido allí en busca de Nick, al que me encontré en una esquina del almacén, apilando cajas y apartado del resto. Si le sorprendió verme allí, lo ocultó bien, apoyando un brazo en la balda de las enormes estanterías mientras con la otra se limpiaba el sudor que le perlaba la frente. Parecía cansado, quizá de pasarse una hora apilando y moviendo material con las manos cubiertas de gruesos guantes y una camiseta negra con el logo de Tokio Hotel.
—¿Qué mierdas haces aquí? —me preguntó.
—Necesito tu ayuda, así que espabila y vente —respondí.
El lobo gruñó, pero, tras un momento de duda y con una expresión de enfado, se quitó los guantes de trabajo y fue en busca de su chaqueta.
—Espero que sea importante —murmuró de camino a la salida—. Digno del tiempo de un SubAlfa.
—Siento distraerte de tu importantísimo trabajo en el almacén —le dije, sacando un cigarro para él y otro para mí—. Será solo una hora y, si te portas bien y no me cabreas, te invitaré a cenar por las molestias.
—¿Y por qué no me comes la verga, Bill? —gruñó de nuevo.
—¿No se supone que ya tienes humanos que hacen eso?
Nick gruñó más alto y casi me quitó el zippo plateado de las manos para encenderse su cigarro y echar el humo por la nariz como si fuera un dragón. Seguía enfadándose como un puto crío por cualquier cosa, pero aun así me siguió hacia la salida, donde giramos en dirección al aparcamiento. Por supuesto, no íbamos a ir los dos en la moto, así que nos dirigimos al Jeep Grand Cherokee rojo fuego de Nick; lo primero que se había comprado nada más tener dinero.
Pequeño y discreto… como él era. Tiré la colilla del cigarro y me subí al asiento del copiloto resoplando un poco porque aquel auto ya apestaba bastante fuerte al lobo. El Olor a Macho de Nick no era desagradable como el de Gustav, pero sí era penetrante y tenía algo extraño, como especiado o algo así. Como era de esperar, nada más encender la calefacción y pulsar el botón del reproductor de música, empezó a sonar rock duro y estridente que llenó el todoterreno de ruido de guitarras y batería.
—Dudaba de si solo te gustaban las camisetas o sí también eras fan de esos grupos — reconocí.
El lobo me echó una mirada por el borde de sus bonitos ojos color miel y puso una mueca de desprecio antes de arrancar el motor.
—¿Por qué iba a ponerme camisetas de bandas que no me gustan? — preguntó, como si mi comentario hubiera sido algo estúpido.
—Yo me ponía camisetas de cosas que ni conocía porque eran las más baratas de la tienda de segunda mano, o las que me regalaban en el albergue.
—Porque tú eres un puto vagabundo de mierda, Bill.
No respondí a aquello, no hizo falta, era solo otro de los insultos sin sentido del lobato. Me limité a mirar la nieve caer, teñida de los colores de la navidad que inundaban las calles. No era demasiado tarde y todavía había muchas tiendas abiertas y muchas personas comprando o volviendo a casa después del trabajo, muy abrigadas y paseando bajo la noche nevada.
—Son Tokio Hotel, la música, digo —me dijo Nick entonces, al detenerse en un paso de cebra. Hablaba conmigo, pero no apartaba la vista del semáforo en rojo mientras golpeaba impaciente el volante—. ¿Los conoces?
—Sí, me suena el nombre —murmuré.
—¿Te suena? —frunció el ceño y me llegó a dedicar una brevísima mirada por el borde de los ojos—. Son uno de los grupos más famosos de la historia.
—No tienes mucho tiempo para escuchar música cuando te pasas el día buscando comida en los contenedores.
Nick resopló y puso los ojos en blanco.
—¿Ahora tampoco tienes tiempo? Que yo sepa, te dan el dinero de compañero de SubAlfa…
—Sí, ahora tengo tiempo ¿no me ves aquí escuchando tu mierda de música?
Nick gruñó, por supuesto, apretando el volante y dando un fuerte acelerón en cuando el semáforo se puso en verde.
—Te daré un consejo, Nick. No insultes a la gente si después te vas a enfadar porque te insulten de vuelta.
—Tú siempre me estás insultando a mí… —murmuró—. Desde que me conociste en el Luna Nueva. No me respetabas como el Alfa.
—Eras el Alfa de los Pajilleros, Nick, y, que yo recuerde, fuiste tú el que empezó insultándome a mí.
—¡Te reías de mí y decías que nos comíamos la verga! —terminó gritando, girando el rostro enfadado hacia mí—. ¡Viniste a nuestro club y lo llenaste de pintadas de mierda!
Puse los ojos en blanco y negué con la cabeza.
—Y tú me jodiste tres trabajos e hiciste que me detuvieran dos veces —le recordé—. Yo ya he pasado página, Nick, ahora tengo una buena casa, un lobo y una paga de compañero, y tú eres un Macho de la Manada al que Gustav ha decidido darle un rango de SubAlfa.
—¡Me he ganado ese rango! ¡Soy el Macho más fuerte!
—Te juro que como me vuelvas a gritar, te destrozo el puto auto y no me vuelves a ver en la vida —le dije con un tono seco y una mirada muy seria.
—Toca mi auto y te doy tal paliza que vas a perder esa carita tan sexy que tienes — respondió de la misma forma, creando un momento de tensión bastante frío y peligroso.
—¿Me hubieras llevado a los baños si me hubiera sentado en tu sillón, Nick? —le pregunté entonces.
El lobo frunció el ceño, puso una especie de expresión entre la sorpresa y el asco y clavó su mirada al frente.
—¿De qué rayos hablas? ¡Claro que no! Tengo humanos mil veces mejores que tú cada semana en mi sofá.
Murmuré algo corto y grave, como si estuviera reflexionando. Eché el asiento un poco para atrás y apoyé las piernas en el salpicadero, cruzando los tobillos en una de mis posturas favoritas.
—Felix y Georg sí me hubiera cogido —le dije antes de encogerme de hombros—. Estoy bastante seguro de que David y Matt también, pero Norman, Jared y Jack no lo hubieran hecho.
—¿Qué? ¿En serio?
—Sí —añadí—. Es más, Félix incluso llegó a intentarlo cuando trabajaba en la puerta del Luna Llena, antes de saber que era el compañero de Tom, claro. —Me reí al recordarlo—. Sinceramente, si hubiera estado soltero, le habría comido la verga de arriba abajo en ese callejón.
Nick pareció muy sorprendido con todo aquello, tratando de seguir conduciendo a la vez que me dedicaba rápidas miradas. Por suerte, el centro en navidad era un atasco continuo y no iba tan rápido como para que eso supusiera un potencial peligro.
—¿A Felix? —fue su pregunta—. Es solo un puto Macho Común, ¿le hubieras comido la verga antes que a Tom?
—No seas tonto —le pedí—, no cambiaría a mi Tom por nadie. Hablo de un mundo paralelo en el que él no hubiera estado.
—En un mundo paralelo sin Tom, tú ni siquiera hubieras estado trabajando en la portería del Luna Llena.
—Pero podría haber ido al Luna Llena igual y sentarme en un sofá.
—Qué estupidez —concluyó, negando con la cabeza antes de apartar la mirada al frente.
Entonces empezó a mover la pierna de una forma un poco nerviosa y a resoplar. Abrió la ventanilla, por la que entró un aire frío y bastante refrescante después del denso calor y la fuerte peste que se había acumulado en el todoterreno—. ¿Tom sabe que le andas a preguntar a otros Machos si te cogerian? —me preguntó, sacándose la cajetilla de sus cigarros largos para ponerse uno en los labios—. Dudo que le haga mucha gracia…
—Es solo curiosidad, Nick —murmuré, buscando mi zippo en el bolsillo porque el lobo me lo estaba pidiendo con la mano—. Para inflar más mi ya enorme ego…
—Pff… —el lobo se encendió el cigarro y echó el humo por la ventanilla bajada, devolviéndome el mechero plateado sin mirarme—. Así que quieres saber si yo te hubiera dado verga también. ¿Tan irresistible te crees, Bill?
—Sí —afirmé.
—Pues yo no lo hubiera hecho —me aseguró, pero con un tono rápido y algo cortante, esforzándose mucho por dejarlo claro rápidamente.
—Bien —murmuré, sin darle ningún tipo de importancia a aquello—. Hay un parking en la siguiente calle, aparca ahí, tendremos que ir andando un poco. Con suerte no tendré que empujar a ningún estúpido con paraguas…
El lobo asintió, todavía con la vista más puesta en la calle a un lado. Fumó dos o tres caladas y giró en la intersección hacia donde yo le indicaba.
Cuando entramos en el parking, tiró la colilla del cigarro y recogió el ticket de un tirón seco antes de entregármelo, dejando bien claro que no lo pagaría él. Ya habíamos aparcado en el tercer piso cuando chasqueó la lengua y me miró.
—¿Y tú hubieras venido a mi sofá? —preguntó, cubriendo su curiosidad con una postura orgullosa y soberbia.
—Sí —dije sin dudarlo—, eres un lobo muy guapo, Nick. Pero eso ya lo sabes.
—Ahm… —él sonrió mucho y levanto más la cabeza mientras se mojaba los labios—. ¿Así que me hubieras rogado que me corriera en tu boca…?
—Tampoco lo alucines —murmuré, abriendo la puerta para bajarme del auto —, yo no ruego a nadie —y la cerré.
Nick salió también y pulsó el botón de las llaves para echar el seguro antes de girarse y reunirse conmigo de camino a la salida.
—Pero hubieras venido a mi sofá —insistió, gozando de aquel momento de gloria para él.
—La primera vez, después ya me hubiera ido a otros. Yo no soy de los que pierden el tiempo —le aseguré.
—Quizá… si me lo hubieras rogado mucho y me hubieras propuesto algo interesante, hasta te hubiera sacado al callejón… —empezó a decir—. Solo por aburrimiento.
—No, lo que hubiera pasado es que me hubiera sentado allí para beber un poco y, cuando no me hicieras caso, me hubiera ido para no volver — respondí, metiendo las manos en los bolsillos de mi chaqueta polar—. Yo soy como un jodido unicornio, Nick, aparezco una vez en la vida y si no te montas, no lo vuelves a ver. Tom lo sabía y por eso fue como un loco por mí.
—No eres tan bueno, Bill… —farfulló el lobo, entrecerrando sus preciosos ojos color miel.
—Eso dicen los que no se montan —respondí con una fina sonrisa.
El lobo soltó un jadeo de indignación y apartó el rostro, sin embargo, no lo hizo lo suficiente rápido para no ver una breve sonrisa en sus labios. Aquella conversación tan estúpida e intrascendente, nos mantuvo entretenidos durante todo el paseo. Nos sumergimos en una calle plagada de personas abrigadas para protegerse del frío invernal y con paraguas para cubrirse de la fina nieve que caía.
Por suerte, mi expresión seria y la presencia del enorme lobo a mi lado, les mantuvo bien apartados, haciéndose a un lado y dejándonos paso como si fuéramos Moisés abriendo las aguas. Nos detuvimos en la entrada de unas galerías que se sumergían en el interior de un edificio de oficinas del centro, conectando una calle con la otra. Había algunas tiendas de poca importancia y, escondido al final de un pasillo, un sex-shop. Nick se quedó paralizado al comprobar que ese era el lugar al que quería ir. Me miró con una ceja arqueada y me preguntó:
—¿Por qué demonios querías traerme aquí?
—Voy a encargarme de los regalos de los lobatos —le expliqué, abriendo la puerta negra donde ponía «Bienvenido. Penetra hasta el fondo… de nuestra tienda»—. Linda quiere que les compre ropa nueva, pero creo que esto les va a gustar mucho más. Te he traído porque tú les conoces y puedes ayudarme a elegir.
—Ahm… —murmuró, tardado un par de segundos en asentir y seguirme al interior—. Por un momento pensé que me ibas a decir que me comprar algo yo…
—Tú ya no necesitas estas cosas —respondí, como él quería que hiciera, reafirmando su nuevo estatus de lobo adulto con humanos que ya no necesitaba masturbarse, porque otros lo hacían por él.
La tienda no era gran cosa, pero tenía todo lo que pudiera interesarme. Ignoramos al hombre calvo tras el mostrador y él nos ignoró a nosotros, pero no tuvimos tanta suerte con los otros dos clientes que había allí dentro mirando.
Uno de ellos se bajó más la gorra de beisbol y se fue discretamente hacia la salida, mientras que el otro se escondió tras un mueble repleto de consoladores. Estaba casi seguro de que se debía a la presencia del lobo, porque ya había ido varias veces allí y nadie se había asustado. Guie a Nick hacia la sección masculina con culos de goma, muñecas hinchables y tubos con boquilla con forma de vagina para masturbarse. Entonces saqué la lista de nombres y le pregunté:
—¿Crees que a Sam le gustará más correrse en el culo de goma o en esto?
—y alcancé uno de los tubos con coño—. ¿Le compro el más grande? Así no le molestará durante la inflamación y podrá usarlo hasta que se convierta en un Macho; aunque el muy bastardo se va a creer que lo hago porque pienso que tiene la verga enorme…
—A Sam le va a gustar más el culo, uno gordo —dijo Nick, alcanzando uno de los traseros de goma más grandes—. Este tiene ano y coño, así podrá ir cambiando. Cómprale el tubo a Teo y a Mark, el más grande para que puedan bacilar a los pequeños; a Ron y Hayato tendrás que comprarles algo mejor porque son los más mayores.
—Hayato ya usa mi moto, hicimos un trato.
Nick lo entendió rápido y arqueó una ceja.
—¿Ahora haces tratos con el Alfa de los Lobatos, Bill?
—Este Alfa es razonable y sabe lo bueno que es tenerme de su lado — respondí—. Como Gustav, así que ambos me dan lo que quiero y yo les devuelvo el favor.
—Ya… pues la moto no será suficiente, tienes que darle a Hayato algo mejor que al resto o le ofenderás.
—Ya usa mi puta moto… —insistí, porque quizá no hubiera entendido el PRIVILEGIO que eso era.
—Usar tu moto no es un regalo, Bill, es algo que le das a cambio de sus favores de Alfa.
Apreté los dientes y ladeé un poco el rostro, controlando mi enfado. Hayato había sido muy útil hasta entonces y, consciente de que Nick sabría mucho mejor que yo cómo funcionaban sus retorcidas leyes y mentalidades de Lobatos, no me quedó otra que ceder.
—¿Ese cuerpo de goma de doscientos dólares? —pregunté, señalando hacia una balda superior con un cuerpo sin cabeza ni piernas, pero con unas tetas enormes y coño al aire.
Nick asintió. Alargando una mano y alcanzándolo con facilidad para mirar la muestra. Apretó mucho una de las tetas y metió el dedo por la vagina hasta el fondo antes de moverlo.
—Si le haces eso a tus humanas, las vas a mandar directas al hospital —le aseguré.
Nick puso una mueca de nariz arrugada y sonrisa forzada mientras decía:
—Ja, ja, ja… qué gracioso eres… —me dio el cuerpo con un golpe seco y añadió—: solo estaba comprobando que tuviera espacio suficiente y no fuera firme, o Hayato lo va a romper enseguida porque es un bastardo muy salido.
—Oh… claro —sonreí.
—¿Qué vas a comprar para Ron? Tiene que ser algo menor, pero también bueno, ya que es de los más mayores. Esta boca vibradora estaría bien — murmuró, dando un paso para alcanzar algo muy similar a los tubos con coño, pero con una boca abierta—, pero no será suficiente.
—Le compraré una verga de látex para que la pueda chupar mientras se coge la boca, según me dijo, eso le gusta bastante.
Nick sonrió y asintió.
—Sí, eso le encantará —me aseguró.
Fuimos pasando por la lista, uno a uno, y llegué a la caja para pagar los mil setecientos dólares que me costaron todas aquellas mierdas; y ni siquiera eran para todos los lobatos. Con dos bolsas llenas en cada mano, salimos de la tienda y nos volvimos a introducir en la calle. En vez de volver al parking, le hice una señal con la cabeza a Nick y me lo llevé a un asador cercano. Ya había llevado allí a Tom y a Georg, así que no les sorprendió verme con otro lobo, solo agacharon la cabeza y nos llevaron a una mesa apartada y algo cubierta.
—Pide lo que quieras —le dije a Nick—, por la ayuda de hoy.
El lobo gruñó con interés y miró la carta, cuando llegó el camarero, le pidió una lista de comida absurda y se quitó la chaqueta gruesa para dejarla a un lado del banco. Sacó un cigarro, al igual que yo, y esperó a que me lo encendiera con el zippo para pedírmelo. Allí no se podía fumar, pero no iba a haber ningún valiente que se acercara a prohibírnoslo. Los demás clientes estaban acojonados y los del local no querían arriesgar la enorme suma de dinero que me iba a gastar esa noche en costillas y bistecs de ternera a la brasa.
—¿Y qué pasa con Jack? —me preguntó entonces, soltando el humo hacia un lado mientras me miraba fijamente—. ¿Por qué no come él con el resto?
—Sabes por qué — resspondí.
Nick se encogió de hombros.
—Su compañera no está, no tiene que avergonzarse de comer si ella no puede dárselo.
—Jack no quiere que los Machos piensen que Ria le cuida mal — murmuré, no demasiado encantado por aquel giro de la conversación.
—¿Y por qué íbamos a pensar eso?
Cogí aire y fumé una tranquila calada antes de entrecerrar los ojos para que el humo no me picara al soltarlo lentamente.
—Escucha, Nick —murmuré—, te voy a contar algo porque, por mal o por bien, eres SubAlfa y deberías saberlo, pero ten cuidado con esta información —eché la ceniza al suelo y apoyé los codos en la mesa—. Ria ha estado maltratando a Jack durante mucho tiempo. No le daba de comer, así que tuve que hacerlo yo a escondidas y mintiéndole, por eso me visitaba tanto al trabajo anterior y por eso no le da tanta vergüenza comer delante de mí.
Nick entreabrió los labios, tanto que el cigarro largo quedo apenas colgando entre ellos, amenazando con caerse sobre la mesa en cualquier momento.
—¿Por qué…? —jadeó casi sin aliento.
—Quería deshacerse de Jack. Algunos humanos tienen miedo y son unos cabrones egoístas, así que, cuando se dio cuenta de que no iba a conseguir alejarle por mucho que le matara de hambre o quitara su Olor a Macho del Refugio, huyó a Nueva York. Linda y yo fuimos a hacerle una visita para asegurarnos de que no era un error. Ria no quiere a Jack y no va a volver jamás —concluí.
Todo aquello dejó al lobo en un estado de shock, incapaz de comprender cómo una compañera sería capaz de hacer algo tan horrible. Seguía siendo un joven de dieciocho años, después de todo, sin mucha experiencia en el mundo real y los peligros de los humanos.
—Pero venía a las fiestas de la Manada… la veíamos todos —insistió—. Sonreía como una estúpida y no se separaba de él.
—Lo sé —asentí—, iba a todas esas fiestas a las que a mí no me invitaban.
El lobo bajó la mirada a la mesa y al fin se sacó el cigarro de los labios antes de pasárse la mano por el pelo negro y lacio.
—Demonios… pobre Jack…
—Él sabe que algo no va bien —continué, echando una mirada al resto del local—, que Ria no le trata como debería, pero ya es tarde y le cuesta mucho pensar algo malo de ella.
—¡Es su compañera! —exclamó Nick, como si fuera obvio—. ¡Claro que va a defenderla!
—Relaja el tono —le recordé.
—No… no me… —apretó los dientes y gruñó, mostrando sus colmillos grandes y blancos—. ¡Hay que hacer algo! ¡Ria tiene que pagar el daño que le ha hecho a Jack y como ha traicionado a la Manada!
—Todavía no es el momento —negué—. Gustav se encargará de vengarse por todos, pero por ahora eso solo haría más daño a Jack.
—¿¡Y él no lo sabe!?
—Nick…
El lobo golpeó con fuerza la mesa, llamando la atención de todos en el local. Yo mantuve el tipo, fumé otra calada y eché el humo a un lado.
—No me hagas arrepentirme de haberte contado esto… —le pedí con tono serio.
—¿Y por qué yo no sabía nada? —rugió.
—Porque pasó cuando todavía eras un lobato.
No dejó de gruñir, pero mi respuesta consiguió alcanzar la parte racional de su mente, esa en la que aún quedaba un mínimo de sentido común y entendimiento. Volvió a bajar la cabeza y a negar, tirando su cigarro a medio fumar hacia un lado.
—Ria se merece lo peor —murmuró.
—Sí, se lo merece, y lo tendrá cuando llegué el momento y Jack haya conseguido rehacer su vida con ayuda de la Manada. Ahora todavía lo pasa mal y está empezando a comprender la situación poco a poco. Espero que no seas tan bastardo como para estropearlo…
Nick me miró por el borde superior de los ojos, pero no respondió a aquello. La cena quedó enturbiada por un silencio denso y profundo. El lobo devoraba la comida, pero había momentos en los que se le notaba masticar con desgana y desprecio, llegando a dejar un plato de costillas sin comer. Yo comí un poco, pero enseguida pedí un café para ambos junto con la cuenta. Saqué la cajetilla de tabaco y le ofrecí uno antes de encender el mío.
—A veces hay que pensar y darle tiempo, Nick, no es bueno precipitarse porque solo podría empeorar las cosas. Jack necesita descubrir por sí mismo que Ria es una hija de puta, y, cuando lo haga, Gustav se encargará personalmente de joderle la vida. No está mucho mejor que tú con la situación.
—¿Quiénes más lo saben? —preguntó.
—Linda, yo, Tom y los Betas de la Manada. El resto sabe que Ria ya no es bienvenida en la Manada, pero no saben el por qué.
Asintió un par de veces y se calmó poco a poco, fumando y bebiendo su café solo.
—¿Hay algo más que debería saber? —me dijo con un tono casi de advertencia, como si fuera mi última oportunidad para contarle algo antes de que lo descubriera por sí mismo y perdiera la confianza en mí.
—Nada que yo sepa y que tú ya no conozcas —murmuré—. Tú gran cagada en el puerto nos puso un poco contra las cuerdas y, ahora que la policía se ha calmado, Gustav está centrado en deshacerse de las Manadas que nos han quitado un poco del territorio en las afueras.
Nick tensó la mandíbula, pero no se enfadó conmigo por recordarle aquello, solo puso cara de asco y apartó la mirada. Tras pagar la cuenta de casi trescientos dólares —esa vez de mi bolsillo, no como los regalos—, nos fuimos del local con las bolsas del sex-shop en las manos. Las cargamos en el maletero del Jeep Grand Cherokee y Nick murmuró en voz baja que las llevaría él al Refugio. No cruzamos más palabras en todo el trayecto, hasta que llegamos al aparcamiento del almacén y fui a bajarme, cuando el lobo me dijo en voz baja:
—Y esa mierda de la conserjería… ¿de qué va?
—Pues trabajo allí y Gustav me paga —respondí sin más.
—No me jodas, Bill, sé que van algunos de los solteros a beber y a pasar el rato.
—Ah… —comprendí—, sí, vienen a veces. Puedes pasarte si quieres —le ofrecí—. Hay cerveza y una estufa, pero pocos asientos, así que quizá deberías traerte el tuyo propio.
Nick asintió y volvió la mirada al frente.
—Ya veré si voy, no sé, estoy ocupado… —farfulló.
Puse los ojos en blanco y me bajé del auto . A veces me pregunto si yo también era tan tonto a su edad, creo que sí, pero que yo sabía esconder mejor mis intenciones y deseos; no como Nick, que casi podía leer como un libro abierto.
Por eso cuando incluso la cagó y le expulsaron de la Manada, seguí ayudándole.
Continúa…
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