Fic Toll de TollWriter

71: Cosas de lobatos:  Que pueden ser peligrosas

David levantó la cabeza con orgullo, poniendo una expresión muy seria en su atractivo rostro de barba rubia y, sin más, volvió a su asiento. Él también se sentía humillado, pero por una razón distinta: era el Tercer Beta, así que La Piraña debería haber estado encantado de poder comerle la verga después de la de Félix. 

David tenía un rango superior, un olor más fuerte y el semen más amargo, no cabía en su entendimiento de lobo que lo hubiera rechazado cuando se lo había hecho a un Macho Común. Por supuesto, la razón o el motivo por el que el humano se lo hubiera hecho a Félix en primer lugar, escapaban de su total comprensión.

De todas formas, los lobos fingieron que nada había pasado. Félix no utilizó aquello para pavonearse y no fue tan estúpido como para crear tensión ni problemas con el Beta; y como él no dijo ni hizo nada al respecto, los demás siguieron a lo suyo, recuperando la atención de los humanos que les rodeaban como moscas. 

Lentamente, todo volvió a la normalidad. Solo por curiosidad, eché un rápido vistazo, uno de tantos, y me detuve en seco cuando miré a una mujer muy escotada y con falda muy corta apoyada en una columna. 

No había nada especial en ella, a excepción de que estaba enviando un discreto mensaje por el teléfono. Le di un codazo a Tom y la señalé con la mano. No era la primera estúpida que, aun advirtiéndole de que no se podía usar el teléfono en la sección de la Manada, lo hacía, pero eso no era lo que había llamado mi atención; lo que había hecho sonar mis alarmas era que lo hiciera con cuidado, con solo una mano medio escondida tras su muslo y la cabeza gacha. Mi lobo y yo fuimos hasta allí. Podría no ser nada, o podría que mi detector de policías hubiera empezado a hacer «pi-pi-pi».

Tom quería ir de frente y con cara de muy mala hostia, aunque en mitad de sus pantalones de chándal negro hubiera una pedazo de erección de caballo que le restaba cierto poder de intimidación. Yo, sin embargo, quise dar un pequeño rodeo para alertar a los hombres de seguridad y acercarnos de espaldas, lo suficiente para ojear lo que fuera que estaba escribiendo antes de montar otro drama. Tras la paliza de Félix y aquel momento del Piraña, lo último que necesitaba el Luna Llena era otro show que ahuyentara a los humanos.

Gracias a la música alta y las luces bajas, me acerqué sin ningún problema, aproximándome a ella mientras miraba su teléfono con apenas luz. «… altercado en club. Joven moreno, bajo, quizá interés en testificar contra lobo 14…».

Y ahí estaba.

—No se permiten teléfonos aquí dentro, preciosa —le dije.

La mujer se sobresaltó y al momento se dio la vuelta para mirarme a mí, al enorme lobo con cara de muy mal genio que me acompañaba y a los dos humanos de seguridad. Escondió el teléfono tras el cuerpo y, tras un breve instante de miedo, sonrió.

—Perdona, estaba enviando un mensaje a una amiga para decirle que estaba aquí. ¡No se lo creía!

Yo sonreí más y asentí.

—No volverá a pasar —prometió, cruzando el dedo índice y central a forma de promesa mientras se encogía de hombros como una colegiala que hubiera hecho una pequeña gamberrada.

—Claro que no va a volver a pasar —le aseguré, haciendo una señal a los de seguridad para que se la llevaran de allí.

Uno de ellos la agarró de ambas muñecas por si se resistía y el otro le quitó el teléfono, aunque ella se resistiera y le insultara, perdiendo todo aquel personaje de niña tonta que se había inventado. Me acerqué al de seguridad para que deslizara el teléfono en mis manos sin que ella se diera cuenta y leí el resto del mensaje. 

No era el primero que había enviado y, por la hora de notificación, llevaba al menos media hora en el local. Le había dado tiempo a sacar algunas fotos discretas que, aunque no eran de muy buena calidad debido a la mala iluminación, sí dejaban ver a algunos de los solteros y, lo más peligroso, a los humanos que les acompañaban. Chasqueé la lengua y utilicé mi teléfono para sacar fotos al suyo mientras les acompañábamos a la salida donde, igual de discreto que antes, deslicé el teléfono al de seguridad para que se lo devolviera a la policía de encubierto. 

Los seguratas la echaron a la calle y le advirtieron que no volviera por allí mientras el lobo y yo ascendíamos las escaleras delante de una muchedumbre de humanos sorprendida e interesada.

—Ahora hay que ser discretos, Tom —le advertí.

Oí al lobo gruñir por lo bajo a mis espaldas, echando un rápido vistazo alrededor. Por suerte, estaba ya mucho menos aturdido y empalmado después de haber salido del ambiente sexual y los olores que inundaban el Luna Llena. Lo suficiente para hacerme caso y seguirme de forma discreta al otro lado de la calle, como si no fuéramos más que otro humano y otro lobo que fueran a coger a algún otro lugar porque el callejón al lado del local estaba demasiado lleno. Nos escondimos en la penumbra con buenas vistas de la calle y nos quedamos vigilando. Ahí fue donde llamé a Gustav.

—Tenemos un problema —le dije.

—¿Qué ha pasado? —preguntó al instante—. ¿Mis Machos están bien?

—Sí, pero había una mujer espiándolos. Ya la echamos y ahora Tom y yo la estamos siguiendo por si viene con amigos. Sacó fotos y envió algunos mensajes, te los mando.

No tuve que esperar a la respuesta del Alfa, solo colgué el teléfono y le envié todo lo que tenía. Una vez que guardé el teléfono, hice una señal a mi lobo para que atendiera y le señalé a la mujer escotada y de falda corta que andaba ya por la calle, otra vez escribiendo por el teléfono.

—Si no sabes esconderte, iré solo —le dije, porque sería difícil espiar con un enorme lobo de dos metros pegado a la espalda.

—Tom sabe esconderse —me aseguró—. Irá con Bill por si hay problemas.

Asentí, aquello solo había sido un aviso, si al final no era capaz, me iría sin él pusiera como se pusiera. La mujer siguió adelante por la carretera y, echando una mirada atrás, giró en la esquina. Ese fue el momento de movernos. Para espiar a alguien, no hacía falta ir lentamente, escondiéndose detrás de cada cubo de basura y coche que viéramos, como en los dibujos animados. 

Simplemente había que caminar con calma y, una vez que volvieras a tener al objetivo en tu campo de visión, te parabas en algún lugar recogido y esperabas de nuevo. La mujer policía no tardó más que dos calles en detenerse frente a un furgón grande y negro, muy sutil y nada sospechoso, en el cual entró tras llamar dos veces. 

No me molesté en sacarle fotos ni en recordar su matrícula, porque sabía que aquellos furgones los cambiaban cada dos por tres y que tratar de volver a rastrearlo no serviría de nada.

—La agente encubierta ha venido acompañada por un equipo de apoyo, preparado por si las cosas se ponían feas —le dije a Gustav, que respondió a la llamada al primer tono—. Me quedaré aquí para ver si se le acerca alguien más. No creo que estuviera sola en el Luna Llena.

—¿Tú estás solo? Le diré a algún Macho que vaya contigo por si acaso.

—No, Tom está aquí.

—Ah, bien, entonces sígueme informando con lo que veas.

No respondí, colgué directamente y me saqué la cajetilla del bolsillo, dejando el teléfono en su lugar. No fui tan tonto como para fumarlo de cara al furgón, así que me giré para apoyar la espalda en la pared de ladrillos, cara a un Tom de brazos cruzados y expresión muy seria.

—Después me encargo de esto —le prometí, alargando la mano para rozar su entrepierna empapada; había un lamparón allí de humedad más negro que la tela del chándal y que se pegaba a su verga ya flácida y normal. Era como si se hubiera meado encima, pero solo se debía a haber estado en el Club produciendo líquido preseminal sin parar.

Tom apartó un momento la mirada del furgón a lo lejos hacia mis ojos, con la misma expresión seria de mafioso peligroso, asintió en respuesta y siguió vigilando. La situación no era la mejor, pero no voy a negar que aquello me puso bastante caliente. 

El Tom mafioso era de mis Toms favoritos, seguido del Tom con cinturón de herramientas y el Tom con pantalón muy corto y ajustado. Un gruñido bajo me distrajo de mis pensamientos y seguí la dirección que el lobo había señalando con la mirada: otra mujer escotada y con falda corta había dado la vuelta en la esquina y se encaminaba hacia el furgón. 

Echó un rápido vistazo alrededor y Tom y yo nos escondimos antes de que pudiera vernos. Cuando se sintió segura, se acercó al furgón y subió. No tardaron ni cinco minutos en arrancar e irse de allí, y yo tardé menos en coger el teléfono y contárselo a Gustav.

—Eran dos, a la segunda no la hemos visto en el Club.

Oí un grave y profundo gruñido al otro lado de la línea.

—Bien. Váyanse a la Guarida y dejen a los solteros disfrutar de la noche, mañana hablaremos.

Asentí y colgué, haciéndole una señal al lobo para que volviéramos. Tom parecía bastante molesto con todo aquello y no cambió ni su postura envarada ni su expresión enfadada, no al menos hasta que nos subimos al Jeep y me incliné sobre su entrepierna. Entonces gruñó y apretó el volante con ambas manos mientras yo le bajaba el pantalón empapado.

—Demonios… —jadeé, cerrando un momento los ojos. El olor era algo real; intenso, fuerte y quizá desagradable, pero no podía estar del todo seguro, porque a la vez sentía un profundo y sórdido placer por todo aquello—. Demoniosss… —repetí al darle tan solo una lamida a la punta. El sabor era incluso peor que el olor, condensando por el tiempo, como si se hubiera macerado dentro de la barrica que era el prepucio de Tom.

Aquella resulto ser la mamada más asquerosa y extraña de mi vida. Gemía porque todo olía y sabía demasiado fuerte, incluso para tratarse de Tom, pero a la vez solo quería más y más de aquello. Es complicado de explicar con palabras, pero cuando se corrió la primera vez, terminé tragándomelo con bastante ansia, porque incluso su abundante semen parecía más agradable que todo el resto. 

Tom gruñó muy fuerte, disfrutando de ese inesperado regalo antes de apretarme el pelo y perder el sentido por completo, volviéndose una bestia salvaje, impaciente y repleta de deseo. Llegó al quinto orgasmo con facilidad y yo creo que me corrí dos veces, o me meé un poco encima o no sé qué demonios me pasó, porque estaba tan caliente y tan hasta el culo de feromonas, Olor a verga de Macho y placer, que perdí por completo la razón. 

Solo la recuperé tiempo después tras la inflamación, cuando Tom ronroneó acariciándome el rostro y quiso dejarme en el asiento del copiloto antes de subirse los pantalones y conducir a casa. Me fumé un cigarro de camino con una mano temblorosa y otro tras la más que necesaria ducha, junto con un café con el que, esperaba, pudiera quitarme aquel sabor que no se iba de mi boca y no dejaba de aturdirme.

Al despertarme la mañana siguiente, juraría que aún podía sentirlo, pero eso no me impidió deslizarme por debajo del edredón lamiendo a Tom y frotando mi cara contra su pecho enorme y peludo antes de bajar a por más. 

Dejé al lobo jadeando, sudado y sonriente en la cama, yéndome un poco tambaleante al baño para limpiarme, por dentro y por fuera. Salí con un chándal grueso y una sudadera gris con capucha en dirección a la cocina para prepararme mi café, el vaso de leche caliente del lobo y fumarme un cigarro frente a la puerta de emergencia. 

El cielo seguía nublado y todavía caía una lluvia fría, como una especie de granizo que no llegaba a ser nieve y no se iba a acumular en las aceras hasta bien entrado diciembre. Evidentemente, no había calefacción en esa casa de mierda, pero como ahora tenía un enorme y apestoso lobo estufa allí, el ambiente era cálido y había un fuerte contraste con el aire frío que entraba por la puerta.

La cerré solo cuando oí unos pasos pesados en la distancia, arrojando la colilla al callejón antes de girarme para ver a Tom acercándose, todavía desnudo, mientras se rascaba los huevos con una cara adormilada y gruñía a forma de saludo. Fue directo por su vaso de leche caliente y se lo bebió de un par de tragos sin apenas respirar antes de eructar.

—Hoy es sábado y tengo que ir a mis clases de cocina —le recordé—. Iré a desayunar y a cortarme el pelo antes de traer la comida, así que quédate en casa mirando la tele o algo.

El lobo asintió y se fue al sofá para cubrirse con la manta de pelo que había movido allí desde la cama, alcanzó el mando y se puso uno de sus programas de bricolaje. Cuando volví de la habitación con la chaqueta puesta y calzado, le di una caricia a forma de despedida y le dije: «Bill se va». Prefería ir solo porque no quería llevar a Tom a la peluquería y porque así podría hacer las cosas más rápido. 

En solo hora y media ya estaba de vuelta en casa con las bolsas en los brazos y el pelo perfectamente cortado y peinado. El lobo gruñó, levantando la cabeza por encima del respaldo del sofá, entonces su gruñido se volvió más denso y grave. Como pasaba siempre que me veía así, no se detuvo hasta tenerme a cuatro patas mientras me mordía con fuerza el hombro y me agarraba de las muñecas. Pero, incluso para ser Tom, aquel ritmo de cogidas ya le estaba superando, terminando por correrse solo dos veces en esa ocasión antes de quedarse jadeando con la boca pegada a mi nuca.

—Tom se corrió mucho ayer y esta mañana —se excusó durante la inflamación, y, como no podía ser de otra forma, hinchó el pecho y levantó la cabeza con orgullo—. Bill lo sabe.

—Sí, Bill lo sabe… —murmuré antes de poner los ojos en blanco.

Le acaricié la espalda caliente y sudada para demostrarle que no estaba enfadado por aquello y, en cuanto pude moverme, le serví rápidamente su bol hasta arriba de espaguetis con carne, verduras y queso antes de irme a dar una segunda ducha. Volví con mi ropa del Doctor Lobo, le di un beso en el único sitio de su mejilla que no tenía manchada de salsa de tomate y me despedí de él antes de irme.

Había decidido seguir yendo a las clases de PIHL; ya no por necesidad, sino por codicia. Con lo que Gustav me pagaba ahora, lo que conseguía con aquello era apenas calderilla; sin embargo, seguía siendo dinero fácil por tan solo una hora de mi tiempo una vez a la semana. 

Quizá fuera mi alma de rata callejera, no lo sé, pero no iba a parar hasta que las clases estuvieran vacías. Así que llegué a la ONG con mi cara sonriente de siempre, solo para que la viera la directora de la organización que tenía turno en la conserjería, volviendo a mi expresión indiferente y aburrida de siempre nada más pasarla de largo. 

Entré en el aula con quince personas. No les miré, no les saludé, solo me quité la chaqueta de motero y la dejé en la silla del profesor. Hacía frío allí, pero para eso me había comprado una bufanda negra de ochenta dólares que me había puesto alrededor del cuello como hacía la gente con dinero. Entonces me crucé de brazos, apoyé la cadera en la mesa y miré al público expectante para decidir cuál de aquellos idiotas tendría suerte.

Me detuve solo con un hombre; uno bastante atractivo de pelo negro y ojos azules que se había sentado al final del todo. Le reconocí al momento y él sonrió un poco, porque también me reconoció a mí. Era el Detective Lemon, como la fruta. Compartimos una breve mirada y después me dirigí al resto. 

No podía levantarme e irme, bueno, sí podía, pero no lo hice. ¿Por qué iba a hacerlo? Esas clases no eran ilegales y yo no decía nada que comprometiera a mi Manada, solo les explicaba a los humanos cómo conseguir cogerse a un lobo. Y eso hice. Repetí lo mismo de siempre, paseándome por entre los pasillos de los pupitres, respondiendo las mismas preguntas estúpidas y básicas y dando los mismos consejos. Sin embargo, al finalizar, me quedé de pie y le ordené a la gente que se largara de allí. Todos lo hicieron, menos el detective.

—Cuanto tiempo sin vernos, Bill —me dijo desde su sitio en el pupitre. Me había escuchado durante toda la clase y hasta había tomado notas.

—¿Vas a probar con lobos, Lemon como la fruta? —le pregunté yo—. Dime, ¿después de que tu prometida lo hiciera te entró curiosidad o es que quieres aprender cómo es coger de verdad?

Eso le borró la estúpida sonrisa de los labios.

—Así que, además de dejarte coger por esos perros, enseñas a los demás a cómo hacerlo…

—Que yo sepa, eso no es ilegal —dije, sacándome la cajetilla de tabaco del bolsillo antes de ponerme uno en los labios—. Espero que me pagaras la clase como el resto —le advertí antes de encenderlo.

—Sí, la he pagado —murmuró—. ¿Sabes, Bill? Estamos llevando a cabo una investigación policial bastante importante sobre la Manada del Luna Llena…

—Oh… —murmuré, no demasiado sorprendido ni afectado. Me encogí de hombros y me saqué el cigarro de los labios junto con el humo—. Me alegro por ti. ¿Se la has chupado a un capitán y te han dado el dinero y los recursos que siempre has querido para vengarte de que tu prometida te engañara?

—Las cosas no funcionan así en la policía, Bill, aunque para ti todo se consiga con mamadas o poniendo el culo en una esquina… —el detective se levantó al fin y recogió la libreta de notas antes de acercarse—. No hemos tardado mucho en descubrir que te pasas mucho por ese local, el Luna Llena.

—Vaya… —asentí—, que hayas descubierto eso es sorprendente… Me gusta tener sexo con lobos y voy a un local de lobos… —arqueé las cejas—. Casi han merecido la pena esos cinco años que te has pasado en la academia de detectives. ¿Verdad? Pocos tan listos como tú, Lemon como la fruta, hubiera podido llegar a esa conclusión…

El detective forzó una sonrisa de labios cerrados, aguantándose las ganas de pegarme un golpe como ya había hecho en la sala de interrogatorios.

—Entonces, debes conocer bien a la Manada, mejor de lo que me habías dicho antes —continuó.

—Sí —afirmé—. ¿Por qué? ¿Te interesa alguno en especial?

El detective se acercó un poco más, lo suficiente para sacar una imagen de su libreta y enseñármela. Era una foto en blanco y negro, seguramente del puerto, donde se veía a Georg junto con Matt y Jared. Quise cogerla para verla mejor, pero el detective la apartó de mí.

—¿Quiénes son estos? —me preguntó.

—Pues ese de ahí —señalé a Georg—, la tiene pequeña y no es demasiado divertido. No te lo recomiendo. Este —señalé a Jared—, tiene unos cojones enormes y peludos para lamer y hundir la cara; pero el otro —señale a Matt—, te coge la boca sin parar y te la llena de corrida en apenas un minuto. Depende de lo que te guste, Lemon como la fruta, ¿eres más de tragar o de que te pongan a cuatro patas?

El detective tensó la mandíbula y guardó de nuevo la foto, volviéndose a morder la lengua y a reunir paciencia para no pegarme un puñetazo.

—Quiero saber quién son en la Manada de la Luna Llena, rango y nombre— especificó.

—Yo no sé eso —respondí tras darle una calada al cigarro—, solo sé lo que les mide la verga y cómo te cogen. Es lo que enseño aquí.

—He aprendido mucho de los lobos estos últimos meses. Sé que, por como apestas, debes estar muy unido a la Manada.

—Ah… Sí, me compro ropa usada de lobo y me la pongo para las clases. A la gente le pone caliente olerme y así vienen más. ¿Quieres que te consiga unos calzoncillos de Macho bien usados y manchaditos, Lemon? Puedes olerlos, lamerlos, pasártelos por la cara y…

El detective dio una patada a un pupitre y lo deslizó todo un metro haciendo chirriar el suelo y provocando un ruido seco.

—Ten mucho cuidado conmigo, cogelobos de mierda… —me advirtió con una mirada muy seria de sus bonitos ojos azules—. Como descubra que me mientes, te mando directo a la puta cárcel por sabotear una investigación policial.

Fumé tranquilamente otra calada y eché el humo hacia su rostro.

—Eres tú el que ha venido aquí a hacerme preguntas y a amenazarme cuando yo solo doy clases, Lemon como la fruta. Si lo que te digo no es lo que quieres oír… —me encogí de hombros—, hay otras clases de PIHL a las que a lo mejor te interesa ir. ¿O has ido ya a esas también? —pregunté entonces.

El detective Lemon puso cara de asco y con la libreta bajo el brazo se acercó para clavarme un dedo índice en el pecho sobre mi jersey de punto.

—Sé que estás con los lobos, no estoy seguro de por qué, pero sí de que sabes más de lo que cuentas, y cuando lo descubra… te vas a pasar la puta vida comiendo vergas en la cárcel…

—¿Son vergas de lobo? Porque si es eso, firmo ya…

El detective Lemon al fin me dio un puñetazo, incapaz de aguantarse por más tiempo. Como la primera vez, fue más sorprendente que doloroso, aunque las gafas de mentira se me cayeran al suelo y el impacto me hiciera girar el rostro.

Yo no podía pegarle de vuelta porque, si lo hiciera, podría llevarme preso por agredir a un agente policial. Daba igual que fuera en defensa propia; allí solo estábamos él y yo y su palabra valía más que la mía delante de un juzgado. Lo pone en la ley, pueden mirarlo si no me creen.

—Sigues pegando como una niña… — murmuré, pero el detective ya estaba en la puerta, cerrándola con un violento golpe que retumbó por todo el aula y el pasillo.

Chasqueé la lengua y me limpié un hilo de sangre de la comisura de los labios. Recogí mis gafas del suelo y me las puse antes de salir por la puerta. En esa ocasión no había pedido un taxi y tuve que esperar en la entrada unos veinte minutos hasta que apareció, teniendo que soportar a la directora acercándose a preguntarme sobre los gritos y el «hombre muy enfadado» que se había ido.

—A veces hay adictos que entran en una fase de enfado y negación, se vuelven violentos, pero no hay nada de lo que preocuparse —respondí sin apartar la mirada del aparcamiento vacío y oscuro.

Estaba de mal humor y era mejor que la señora no me viera así, o tendría que buscarme otro sitio en el que dar las clases. Así que, cuando el taxi apareció, la dejé con la palabra en los labios y me adentré bajo la lluvia fría a paso rápido. No fui tan bastardo como para darle al taxista la dirección del Refugio, sino que le pedí que me llevara al centro y, desde allí, me busqué algún bar tranquilo desde el que llamar.

—No voy a ir a trabajar esta noche —le dije a Gustav, ya con un cigarro encendido en los labios mientras le hacía una señal al camarero para que me sirviera una copa.

—¿Estás demasiado cansado de no hacer nada, Bill? —me preguntó el Alfa con un tono duro—. Creía que habíamos quedado en que esta noche vendrías a mi despacho a charlar lo que ocurrió ayer en el Luna Llena.

—Hoy ha venido el detective Lemon a mi clase de cocina y me ha hecho un par de preguntas —le expliqué, —quizá todavía me tenga vigilado.

Se hizo el silencio al otro lado de la línea y, tras un par de segundos, se oyó un grave gruñido. Las siguientes preguntas del Alfa me sorprendieron más que el puñetazo del detective.

—¿Estás bien, Bill?, ¿te ha hecho daño o algo?

—Cuidado, Gustav, suena casi a como si te importara de verdad y todo…—murmuré.

El Alfa no dijo nada al momento, solo añadió un rápido:

—Le diré a Tom que estás en la Guarida —y colgó.

Dejé el teléfono en el bolsillo de la chaqueta y me quité el cigarro de los labios para coger la copa con la misma mano y darle un trago. Me había sentado en la barra, justo allí donde, entre la copas de licor y vasos, se podía ver mi reflejo en el espejo de la pared. No es que quisiera verme con mis gafas de mentira y mi ropa de idiota relamido, sino porque era un buen punto desde el que vigilar si alguien extraño me observaba. 

Me refería a alguien que entrara después que yo en el local, no a los que ya estaban allí lanzándome miraditas discretas para llamar mi atención y que les invitara a una copa. Esperé una hora y, cuando estuve seguro de que ningún policía me había seguido al interior, me fui al baño para escapar por la ventana alta que daba al callejón de al lado. Viejas técnicas de traficante de droga que, por suerte, siempre funcionaban. 

Si había alguien esperándome en un auto frente al local, podría pasarse allí toda la puta noche esperando, porque yo ya me había ido por el lado contrario.

Cuando llegué a la Guarida, Tom ya estaba allí, dando vueltas y muy preocupado. Gruñó al verme y salió disparado para rodearme con los brazos, levantarme en alto y frotarme el rostro.

—¡Aparta, demonios! —me quejé, haciendo fuerza para que me dejara de nuevo en el suelo.

El lobo lo hizo, pero no se alejó demasiado, siguiéndome al baño, mirando como me desnudaba para dejar a un lado la ropa empapada de lluvia. Sin decir nada, se desnudó también y se metió conmigo en la ducha.

—¡Que estoy bien, Demonios! —le grité de nuevo, porque el puto Tom me estaba poniendo de los nervios con sus gruñiditos y su estúpida necesidad de pegarse mucho a mi espalda y abrazarme.

Tuve que salir de la ducha antes de lo que hubiera deseado, secándome rápidamente antes de tirarle la toalla al lobo y salir de un portazo a la habitación para vestirme. Yo seguía teniendo bastantes problemas a la hora de dejar a Tom mimarme y protegerme como si fuera algún tipo de omega indefenso y delicado; me enfadaba con él simplemente porque me hacía sentir ridículo. 

Me puse un pantalón largo y grueso y una sudadera vieja que, por lo grande que me quedaba, debía ser de Tom. No era la primera vez que me equivocaba y tampoco era algo que me importara demasiado, así que me fui con mi misma expresión de enfado al salón-cocina para hacerme un buen café y fumarme otro cigarro. El lobo apareció poco después con un pantalón de chándal con franjas rojas a los lados y una de sus camisetas de asas. Le eché un rápido vistazo y le dije:

—Ese pantalón es nuevo, no duermas con él, y ponte algo más abrigado que estamos a principios de puto diciembre.

Tom agachó un poco la cabeza y se fue gimoteando de vuelta a la habitación. Volvió con un pantalón viejo y una sudadera como la que yo tenía puesta, pero que a él le quedaba apretada y ajustada. 

Tiré la colilla del cigarro por la puerta de emergencias y me llevé mi café al sofá, él se reunió conmigo, a cierta distancia para dejarme espacio, hasta que yo apoyé el brazo en el respaldo y alcancé el pelo de su nuca para acariciarlo. Ahí fue cuando Tom supo que podía acercarse, apoyarse contra mí y darme todas las caricias que quisiera. Ahí, justo ahí, cuando yo se lo permitía. No antes.

Con el roce llegó la excitación, después el sexo duro y, finalmente, el sueño. Me desperté más temprano de lo normal ya que nos habíamos acostado mucho antes de lo normal. Quedándonos dormidos bajo la manta del sofá. Chasqueé la lengua, sintiendo un leve dolor en el cuello por la postura incómoda, y me moví para colocarme encima del lobo que roncaba como un puto oso de las cavernas.

 Volvió a quedarse dormido durante la inflamación, después de que le hubiera cabalgado hasta el tercer orgasmo. Yo me quedé tumbado sobre él, suspiré y me incorporé, sintiendo una dolorosa punzada en la pierna al tratar de quitarme de encima.

—Demonios… —farfullé, subiéndome los pantalones. Era bastante extraña esa sensación en el trasero, entre las nalgas completamente empapadas de líquido preseminal viscoso y tibio.

Estar con un lobo no es algo higiénico ni agradable, te manchabas mucho durante el sexo y después apestabas. Así que, o te acostumbrabas a ese tipo de cosas o te ibas con un humano, pero los Machos son así y no vas a cambiarlos. Yo prefería volver a vestirme y seguir a lo mío, aunque otros compañeros como Linda y Stephen eran más de limpiarse cada vez; si querían ducharse seis veces al día, era cosa suya.

Fui a la cocina a hacerme un café y comprobé que no quedaba suficiente en el tanque de la máquina. Cogí una bocanada de aire y levanté la cabeza hacia el techo antes de cerrar los ojos. Fui a la nevera y vi que tampoco quedaban demasiadas cervezas ni refrescos, así que había llegado el momento de ir a hacer la compra semanal. 

Odiaba con toda mi alma hacerla un domingo, porque era el mismo día que las familias de las afueras se venían a la ciudad a llenar los centros comerciales y supermercados, y más en días lluviosos de mierda como aquel. Ya de mal humor por aquella perspectiva, fui a vestirme antes de despertar al lobo de un cojinazo en la cara.

—Espabila, Tom, hay que ir a comprar —le dije con todo el cariño del mundo.

El lobo gruñó, llegando a mostrarme los dientes con enfado antes de incorporarse, subirse los pantalones que tenía por las rodillas e irse farfullando quejas por lo bajo. Para ser justos, si hubiera querido que le despertaran con besitos y caricias, no me hubiera elegido como compañero. Ya le esperaba en la puerta con las llaves del Jeep en la mano cuando regresó con solo su chaqueta negra sobre la ropa con la que había dormido y calzado con sus botas militares. 

Asintió dándome a entender que estaba preparado y nos fuimos. Como ya había pensado, el supermercado estaba lleno, aunque mi cara de asco y el enorme lobo que me seguía tirando del carro mantenían a la mayoría alejados de nosotros. Al menos, al llevar bufanda ya no se quedaban mirándome los moratones del cuello como si fuera un desgraciado en manos de un maltratador. 

Los humanos solían malinterpretar lo «Marcado por mi lobo» que yo estaba, creyendo que Tom me mataba a hostias todos los días. Otro de esas cosas que alimentaban la idea de que los compañeros estábamos enfermos, o éramos prisioneros, o estábamos a las órdenes de nuestro Amos Lobos o… yo qué sé, cualquiera de esas estupideces que se inventaban. El caso es que, cuando no nos odiaban, nos tenían pena. Personalmente, no estoy seguro de cual de las dos era peor.

Al final conseguir comprar todo lo que necesitábamos y, gracias a Tom, algunas cosas más. Pagué en efectivo a un cajero bastante joven y nervioso al que se le cayeron los billetes y que no era capaz de levantar la mirada. 

Después fuimos acompañados por nuestros buenos amigos de seguridad hasta la puerta y vigilados constantemente a lo lejos mientras cargábamos las bolsas en el Jeep. 

Linda me había dicho que muchos preferían hacer la compra online para ahorrarse todo aquello, pero a mí me gustaba pasearme por la tienda y comprar en persona; si las madres primerizas y las parejas de ancianos del extrarradio se asustaban, era su problema.

Después hicimos una visita a la cafetería de siempre para desayunar, nos pasamos por la tienda de comida y volvimos al fin a la Guarida para comer algo y echarnos una merecida siesta. Cuando llegué recién cogido al edificio de oficinas de la Manada, no pude ni dejar la chaqueta en el respaldo de la silla antes de recibir una llamada.

—Ya subo, tranquilo —le dije a Gustav.

—Bien —y colgó sin más.

—¿Tanto me echaste de menos? —pregunté al cruzar la puerta de su despacho con un intenso olor ácido de Alfa.

—Siéntate, por favor —respondió, terminando de firmar un par de papeles antes de dejarlos a un lado y prestarme toda su atención—. Entonces, ¿cómo fue el encuentro con el detective? ¿Te preguntó algo en especial? ¿Crees que sabía algo más que la última vez?

Resoplé y moví la cabeza de lado a lado.

—Estoy seguro de que sabe mucho más que antes, pero sigue sin entender mi conexión con la Manada. Creo que ha estado investigando sobre los lobos y que, por como huelo, debo estar muy cerca de ustedes por algún motivo.

—Me sigue pareciendo increíble que no lo entienda, oliendo como hueles a Tom —me aseguró Gustav antes de cruzar sus enormes brazos musculosos y recostarse en su sillón.

—Quizá sospeche que yo sea un compañero, pero como no encajo en lo que el cree que es un «compañero», sigue dudando.

—Eso sí lo entiendo.

Ladeé la cabeza y me quedé mirándole fijamente a sus ojos amarillentos.

—¿Has podido descubrir algo más? —añadió.

—Tiene una foto de Georg, Jared y Matt en el puerto. Me preguntó quiénes eran y su rango en la Manada.

Gustav frunció el ceño de espesas cejas negras y se incorporó para recuperar su bolígrafo de punta fina y escribir algo en una hoja en blanco.

—¿Algún otro Macho?

—No, pero puede que tuviera más fotos. Solo me enseñó esa. ¿Has leído los mensajes de la agente de policía que te envié? Llamaba a Félix «lobo 14». Quizá tengan a toda la Manada clasificada con nombres clave en una pizarra con fotos, como en las películas, y ahora tratan de buscarle un sentido.

—¿Crees que también tienen vigilados a los compañeros?

—No lo sé, Gustav, pero no me sorprendería —respondí—. Si están vigilando a los Machos, puede que los hayan seguido a sus Guaridas. 

Lo que sé es que Lemon como la fruta no hubiera venido a verme si no estuviera desesperado. Me odia bastante, no sé por qué… —murmuré—, no paro de preguntarle por su ex-prometida y de preocuparme de que elija al lobo correcto que le dé de mamar…

Gustav me miró por el borde superior de los ojos, de esa forma en la que casi parecía que sus ojos salían de debajo de sus cejas.

—¿Crees que le interesa que uno de mis Machos le dé… de mamar?

No estuve seguro de si era una pregunta en broma o en serio, así que respondí:

—Sería muy divertido… Nada me haría más feliz que el detective se convirtiera en la Piraña 2.0.

El Alfa bufó y una fina sonrisa se extendió por sus labios, pero agachó la cabeza y siguió escribiendo en su papel.

—Así que crees que está desesperado. ¿Han llegado al límite de lo que saben y no son capaces de seguir avanzando en la investigación?

—Probablemente —afirmé—, aunque no creo que el detective sea de esos hombres que se rinden fácilmente.

—Las investigaciones policiales que no avanzan, se quedan estancadas y se olvidan de ellas —respondió el Alfa, terminando de escribir sus notas para cerrar la tapa del bolígrafo y volver a mirarme—. Es solo cuestión de tiempo que le nieguen más fondos y recursos. Él lo sabe y está cometiendo errores a la desesperada, solo tenemos que esperar hasta que las cosas se calmen y… después quizá el detective Lemon reciba una visita de Tom. Tu Macho tiene muchas ganas de conocerle…

—Mantén a Tom apartado por el momento —le advertí con un tono serio.

—No soy tan bastardo como para… —comenzó a decir el Alfa, hasta que su teléfono empezó a sonar y miró el número antes de responder con un tono mucho más suave—: ¿Qué ocurre, pequeña? —escuchó lo que Linda le decía con voz algo acelerada y nerviosa. 

La expresión de Gustav se fue convirtiendo lentamente en una máscara de ira contenida y dientes apretados antes de comenzar a gruñir por lo bajo—. Ahora mismo bajo — declaró antes de colgar el teléfono de un golpe seco. Tomó una buena respiración y me miró—. Al parecer, nuestro amigo Lemon como la fruta está en la puerta del Refugio con una orden de registro en la mano y un operativo de agentes desplegado.

No dije nada, ni siquiera me moví.

—Esto no va a quedar así… —murmuró.

Continúa…

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por TollWriter

Escritora del Fandom

Un comentario en «Humano 71»

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