
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 11
Un aroma dulce y cálido inundó lentamente su sentido del olfato.
Mantequilla derritiéndose sobre una superficie caliente. Harina tostándose poco a poco. Café recién hecho mezclándose entre todo lo demás.
Thomas abrió los ojos despacio en medio de la oscuridad de su habitación.
Permaneció quieto unos segundos, todavía atrapado entre el sueño y la conciencia, intentando entender por qué su casa olía así a las seis de la mañana.
Entonces lo recordó.
Bill.
Soltó aire por la nariz y terminó incorporándose sin ninguna prisa.
Bajó las gradas todavía adormilado, con el cabello completamente desordenado y la camisa de la pijama arrugada sobre su cuerpo.
Muy distinto a cómo solía verse apenas despertaba.
Normalmente era el tipo de hombre que al despertar de inmediato se bañaba y arreglaba antes de bajar a desayunar.
Pero esa mañana ni siquiera pareció importarle.
Cuando llegó a la cocina lo encontró ahí.
Su chico estaba de espaldas frente a la estufa.
Vestía completamente de negro. Incluso su ropa de dormir era así.
Su cabello oscuro estaba recogido en una coleta baja algo desordenada, dejando mechones sueltos.
Se movía por la cocina como si llevara años haciéndolo.
Sobre la encimera descansaba una pila de panqueques que ya casi llegaba a los diez.
El vapor subía lentamente desde ellos.
El mayor se apoyó contra el marco de la cocina con los brazos cruzados y simplemente se quedó observándolo.
Sin decir nada.
Solo mirándolo con una sonrisa pequeña instalada en su boca.
Bill giró apenas la cabeza al sentir una presencia detrás de él. Y se sobresaltó un poco al encontrarlo ahí.
La expresión en su rostro cambió enseguida.
Más pequeña. Más tímida.
—Buenos días…— Saludó con pena en sus palabras como rostro.— Me desperté temprano y no podía quedarme sin hacer nada. No sé si prefieres que…
—Bill
—Perdón… debí preguntarte antes de usar la cocina y…
—Bill— Repitió Thomas con la misma voz tranquila.— Está bien.
El menor ya no dijo más y asintió despacio, aunque la pena no desapareció del todo de su cara.
—Entonces… siéntate. Ya te sirvo.
Volvió rápidamente a la estufa con las mejillas levemente rosadas.
El mayor obedeció sin protestar.
Se sentó en la mesa sin dejar de mirarlo ni un solo momento.
Apoyó el codo sobre la mesa y la mano en su mejilla, mientras veía cómo terminaba de apilar los últimos panqueques, cómo abría armarios equivocados buscando la miel y cómo finalmente la encontraba en el último lugar que le quedaba.
Y algo en eso le pareció peligrosamente doméstico.
Una cocina que jamás había visto.
Y aún así Bill ya sabía dónde estaban todas las cosas en un solo día.
El castaño sonrió sin darse cuenta.
Fue entonces cuando escuchó pasos arriba.
Lentos al principio.
Dudosos.
Como si dudaran en bajar.
Pero finalmente continuaron.
Tom apareció en la entrada de la cocina todavía medio dormido pero más despierto que el mismo Thomas.
Con las rastas sueltas cayéndole por los hombros y la ropa de dormir arrugada.
Se detuvo en el umbral.
Claramente había llegado siguiendo el aroma. Y ni siquiera estaba listo como normalmente hacía antes de bajar.
El resto de él todavía parecía cuestionarse si aquello había sido una buena idea.
—Siéntate, hijo— Habló Thomas sin mirarlo directamente.
El niño dudó apenas un segundo.
Sus ojos se desviaron brevemente hacia Bill, que seguía de espaldas sirviendo los platos como si no hubiera notado su presencia.
Pero él ya lo había notado.
Terminó jalando su silla de siempre y se sentó despacio, dejando las manos quietas sobre la mesa.
Bill se giró con dos platos entre las manos.
Y cuando vio a Tom sentado ahí, su expresión no se volvió exagerada ni forzada.
Solo sonrió.
Suave.
Muy dulce para los ojos del de rastas.
—Buenos días, Tom.
El niño bajó la vista hacia el plato que Bill dejó frente a él.
No respondió al saludo.
Solo asintió una vez con la cabeza. Apenas visible.
Su padre levantó la mirada hacia él inmediatamente.
No molesto, pero sí serio.
—Te están saludando.
Su hijo le devolvió una mirada corta y directa.
Una de esas que no necesitaban palabras para decir exactamente lo que piensan.
Antes que cualquiera pudiera agregar algo más, Bill habló tranquilo:
—Espero les guste— Soltó suavemente, como si no hubiera visto ni escuchado nada.
Y volvió a moverse por la cocina sin más rastro de pena. Reemplazada por tranquilidad.
Colocó la miel en el centro de la mesa. Después un pequeño recipiente con arándanos que había encontrado en el refrigerador. Luego servilletas dobladas cuidadosamente junto a cada plato aunque nadie se las hubiera pedido.
Desayunaron.
Y Thomas no era discreto en absoluto.
Miraba a Bill constantemente.
Lo miraba cortar otro pedazo de panqueque, buscar más miel y limpiarse la comisura de los labios con la servilleta.
Cualquier cosa pequeña parecía suficiente para mantener toda su atención encima de él.
Y probablemente lo habría dicho en voz alta de no ser porque su hijo estaba presente.
Tom, por otro lado, sí era discreto.
Miraba su plato, cortaba la comida con cuidado y comía.
Y entonces, sin darse cuenta, sus ojos terminaban desviándose hacia Bill durante apenas un segundo antes de regresar rápidamente al desayuno.
Solo un segundo.
Que volvía a repetirse.
Notó cosas pequeñas.
Bill usaba el tenedor con la mano izquierda.
Y sostenía la taza de café con ambas manos cada vez que bebía.
Nunca había visto a alguien hacerlo así.
Raro. Muy raro.
La noche anterior no había bajado a cenar.
Y tampoco había averiguado si Bill había terminado durmiendo en la habitación de invitados o en la habitación de su padre.
Pensarlo le provocó algo incómodo en el estómago.
El cuarto de invitados era perfectamente cómodo.
Estaba seguro.
Bajó la vista cuando ya no sintió lo blando del panqueque.
Su plato estaba casi vacío.
Se maldijo internamente al darse cuenta que había terminado el desayuno muchísimo más rápido de lo que quería.
Del otro lado de la mesa, Bill levantó otra vez la taza de café con ambas manos y miró a Tom apenas dos segundos, justo cuando el niño estaba distraído.
Andreas tenía razón.
Era igualito a Thomas.
La misma estructura facial.
Solo que Tom era más serio.
O quizás Thomas también lo era con el resto del mundo y Bill simplemente nunca llegaría a verlo así.
El cabello de Tom era diferente.
Thomas lo tenía castaño. Tom rubio.
Y las rastas hacían que el niño tuviera algo completamente suyo en medio de tanto parecido a su padre.
Le quedaban bien, pensó Bill.
Muchísimo.
Se veía adorable.
Aunque estaba bastante seguro que Tom pondría una expresión muy específica si alguna vez escuchaba esa palabra aplicada a él.
Siguió comiendo sus panqueques.
Y claro que ya había notado el rostro de Tom ante su plato ya vacío.
Nadie habló.
Pero el silencio ya no era el mismo de la noche anterior.
&
La cocina quedó vacía antes de las siete de la mañana.
El desayuno desapareció poco a poco.
Después cada uno subió por separado a prepararse.
Y aunque no quería admitirlo ni siquiera consigo mismo, algo dentro de Tom se relajó cuando vio a Bill bajar desde el pasillo de invitados y no desde la habitación de su padre.
Fue una sensación breve, pero estuvo ahí.
Bill llevaba un bolso colgado al hombro y una bufanda negra enrollada alrededor de su cuello hasta cubrirle parte de la mandíbula.
El cabello oscuro volvía a caerle suelto sobre los hombros después de la coleta de esa mañana.
Tom ya estaba abajo esperando con la mochila colgando de un solo hombro y las rastas recogidas hacia atrás en una coleta alta.
Thomas fue el último en bajar.
Ya completamente arreglado.
El saco perfectamente acomodado sobre su cuerpo robusto, el reloj en la muñeca y las llaves del auto girando distraídamente entre sus dedos.
Afuera de la casa hacía un frío insoportable. Que apenas cuando salieron, el aire helado les golpeó la cara.
El tipo de frío que casi nunca llega y que cuando llega solo tienes ganas de estar calentito.
El cielo estaba completamente cubierto de nubes.
Como casi siempre.
Tom ni siquiera dudó antes de dirigirse directamente hacia la parte trasera del vehículo.
Se subió al auto sin mirar a ninguno de los dos, acomodándose en el asiento del fondo con la mochila a su lado.
Como si el asiento delantero jamás hubiera sido una opción.
Thomas y Bill se miraron apenas un segundo por encima del techo del auto.
Ninguno comentó nada.
Bill simplemente abrió la puerta del copiloto y subió en silencio.
El motor arrancó poco después.
Y el auto salió hacia las calles todavía húmedas de Stuttgart bajo un cielo gris y pesado.
Durante los primeros minutos nadie habló.
Porque sinceramente no sabían qué decir.
Thomas conducía con una mano sobre el volante mientras la otra descansaba cerca de la palanca de cambios.
Bill mantenía la bufanda subida hasta la nariz mientras miraba distraídamente las calles pasar del otro lado de la ventana empañada.
Tom hacía exactamente lo mismo desde atrás.
Los tres compartiendo el mismo silencio.
Pero no el mismo pensamiento.
Fue Thomas quien terminó rompiéndolo primero.
—¿Te parece bien si comemos afuera esta noche?
Bill giró la cabeza hacia él.
—Bueno… si tú quieres— Sonrió apenas al responder, aunque sus ojos se desviaron automáticamente hacia el espejo retrovisor.
Hacia Tom.
Thomas lo notó enseguida. Bill dejó de ver para mirar hacia adelante.
El mayor levantó la vista hacia el espejo también.
—¿Qué dices tú, hijo?
Tom ni siquiera apartó los ojos de la ventana.
—No. Vayan ustedes. Yo me quedo en casa.
El rechazo salió simple, plano. Porque realmente no le gustaba salir tanto.
Menos con su padre y un extraño, claro.
Thomas soltó un suspiro corto mientras volvía la atención a la carretera.
Bill se humedeció poco los labios antes de girar nuevamente hacia la ventana.
—Bien— Respondió su padre.
El auto siguió avanzando entre calles húmedas, semáforos en verde, y personas caminando rápido bajo abrigos oscuros.
Después de eso, el azabache dijo algo que no se alcanzó a escuchar desde atrás siendo su voz tan suave y baja.
Thomas respondió con una pregunta tranquila que hizo que el menor sonriera apenas.
Tom no escuchó exactamente qué dijeron después.
Solo notó la sonrisa de lado que apareció en la cara de su padre mientras conducía.
Pequeña.
Muy real.
La misma que había comenzado a aparecer durante las últimas semanas cada vez que estaba en el teléfono o distraído.
El de rastas todavía no terminaba de acostumbrarse a verla.
Porque antes su padre casi no sonreía así.
Antes apenas sonreía hasta con su madre.
Parecía que el tipo serio y amoroso al mismo tiempo, se había ido por ese chico de cara bonita.
Dejando solo al tipo amoroso.
El colegio apareció finalmente después de doblar la esquina de siempre.
El mayor se estacionó frente a la entrada sin apagar el motor.
Y Tom ya tenía la mano en la manija incluso antes que el auto terminara de detenerse por completo.
—Tom
La voz de su padre lo hizo detenerse con la puerta ya abierta y él apunto de salir con su mochila en mano.
Aunque se quedó quieto esperando a que hablara.
Esperando quizá un regaño por su falta de educación en el desayuno como en ese instante.
Pero no llegó ninguno.
—Que tengas buen día.
Tom terminó por colgar su mochila en su hombro.
—Sí
—Buen día, Tom— Agregó Bill desde el asiento delantero con esa misma voz suave.
Sin exigir una respuesta. Sin tensión.
El de rastas ya tenía un pie fuera del auto.
—Sí. Gracias.
Y terminó por salir cerrando la puerta detrás de él.
Caminó hacia la entrada del colegio con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, mezclándose rápidamente entre los demás estudiantes que llegaban a esa hora bajo el cielo gris de Stuttgart.
El azabache, desde adentro, ya había notado casi todo.
Definitivamente el pequeño Tom no se sentía cómodo con su presencia.
Y honestamente, Bill no podía culparlo por eso.
Aún así, mientras observaba al niño alejarse hacia la entrada del colegio bajo el cielo gris, decidió que lo intentaría.
Poco a poco.
Sin forzarlo.
Hasta que algún día dejara de verlo como alguien ajeno dentro de su casa.
Continúa…
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