Mi dulce recuerdo 10

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 10

Las lluvias de Stuttgart no avisaban.

Llegaban y se quedaban, y no había techo que aguantara.

Uno de esos días, Andreas se levantó a las tres de la mañana por un vaso de agua y de inmediato sintió el agua en sus pies.

Había entrado por las paredes del sótano y había subido hasta regarse por toda la casa.

Ya no fue por su vaso de agua.

En su lugar, terminó frente a la habitación de Bill.

Aunque sabía que su hermano menor siempre había tenido el sueño absurdamente pesado, terminó tocando la puerta y llamándolo varias veces.

Era capaz de no escuchar alarmas, golpes en la puerta o incluso ruidos y voces completamente cerca de él.

Andreas lo sabía mejor que nadie.

Esperó.

Tocó otra vez y volvió a hacerlo con más fuerza.

Pero nada.

Soltó un suspiro cansado mientras se pasaba una mano por el cabello.

No quería entrar así nada más.

Invadir la privacidad de Bill siempre le había parecido desagradable.

Dudó unos segundos antes de bajar finalmente la mano al picaporte y abrir despacio.

El pelinegro estaba completamente esparcido sobre la cama, dormido tan profundamente que ni siquiera reaccionó cuando Andreas entró, cómo supuso.

El mayor se acercó hasta la cama y primero intentó despertarlo con cuidado, esperando alguna reacción inmediata.

Obviamente no despertó.

Tuvo que insistir más veces. Sacudirlo con fuerza. Más de la que quería usar.

Solo después de varios intentos consiguió que despertara.

Un momento después, ambos ya buscaban soluciones.

—Está bien— Dijo con calma, porque pánico nunca tenía en momentos así.— Vamos a pensar.

Pensaron.

O más bien, Andreas pensó mientras Bill recogía lo que podía del suelo.

De inmediato tuvo una idea.

Pero prefirió guardársela por el momento.

El azabache ya estaba demasiado alterado, moviéndose de un lado a otro mientras recogía apresuradamente cada cosa que el agua alcanzaba a mojar.

El rubio sabía que intentar detenerlo solo iba a empeorarlo más.

Así que terminó ayudándolo en silencio.

El tiempo pasó entre cosas movidas de lugar y el sonido constante de la lluvia.

Cuando finalmente levantaron la vista, ya eran casi las cinco de la mañana.

Andreas dejó lo último en su sitio y observó a Bill un momento más antes de apartarse.

Después caminó hacia la cocina con el teléfono en mano.

—Podríamos quedarnos en un hotel— Sugirió Bill llegando detrás de él.

—Un hotel cuesta dinero— Le respondió marcando un número.

—Tenemos algo ahorrado.

—Ese dinero es para tu universidad— Contestó llevándose el celular a la oreja.

Andreas miró el techo. El techo le devolvió una gotera nueva.

—Voy a llamar a Steven— Dijo refiriéndose a un amigo de trabajo.— A ver si me deja quedarme unos días con él. Al menos hasta que esto se arregle.

—¿Solo tú?

Andreas dudó apenas un segundo, y Bill lo notó.

—Steven tiene un apartamento pequeño— Empezó sin mirarlo.— Y no quiero que te sientas incómodo.

Bill no dijo nada, pero Andreas entendió igual el gesto.

¿Dónde se quedaría él?

Una pregunta silenciosa que Bill no preguntó en voz alta.

Andreas suspiró.

El celular seguía sonando contra su oreja.

Nadie respondió.

Terminó cortando definitivamente.

Al instante marcó a otro contacto.

—Voy a llamar a Thomas.

—Andy, no.

—Oh, sí.

—No voy a quedarme en su casa— Dijo el pelinegro con una calma que no era tranquilidad sino terquedad.— Tom necesita a su padre con él. Ya es suficientemente complicado sin que yo aparezca con una maleta.

—Tú no te quedas conmigo ni aquí. Yo le explico.

—Andy— Insistió

Pero Andreas no le hizo caso.

Thomas contestó al tercer tono.

—¿Andreas?

—Buenos días, cuñado— Saludó, apoyando el codo en la encimera mojada sin pensar.— Tenemos un problema.

Le explicó todo.

Como el agua se adentró por el sótano como también por las goteras. Y Thomas lo escuchó sin interrumpir.

Cuando Andreas terminó, hubo un silencio breve.

—Bill se queda conmigo.

—Eso— Andreas señaló el aire aunque Thomas no pudiera verlo.— Eso es lo que necesitaba escuchar. Y yo me voy con Steven unos días hasta que arregle esto. Estás de acuerdo, ¿cierto?

—Sí— Confirmó— ¿Y tú? ¿Necesitas algo?

—No, no. Tengo algo de dinero guardado. Más con el dinero que me pagaran estos días… ajusto para todas las reparaciones que necesite nuestra casa. Yo me las arreglo.

—Andreas…

—En serio, Thomas. En serio…

—Deja que te ayude.

—No hace falta.

—Ya sé que no te hace falta— Dijo Thomas con voz tranquila que no admitía mucha discusión.— Pero voy a hacerlo de todas formas. Así que dime cuánto necesitas y no discutamos.

Andreas abrió la boca y la cerró.

Miró a Bill, que lo observaba con los brazos cruzados y una expresión de «no cedas».

Andreas desvió la mirada.

—Una parte, entonces— Respondió al final, con la dignidad que le quedaba.— Solo una parte. El resto lo pongo yo.

—Bien.

—Solo porque insistes, ¿bueno?

—Sí. Bien.

—Excelente

Andreas colgó y miró a su hermano.

Bill lo miraba como si quisiera matarlo ahí mismo.

—Ya sé lo que vas a decir— Dijo Andreas antes que abriera la boca.

—Entonces no hace falta que lo diga.

—Bill. Son unos días. La casa se arregla, vuelves, y todo sigue igual.

—Tom está ahí.

—Tom es un niño de doce años, no un juez.

—Para mí es lo mismo.

El mayor se acercó y se detuvo frente a su hermano. Puso sus manos en los hombros del menor.

Lo miró serio.

—Escúchame— Dijo con la voz que usaba pocas veces, la que no tenía nada de torpe.— Thomas te ama. Yo te amo. Y esta casa en este momento tiene más agua que suelo. Así que agarra lo necesario y vete con tu novio.

Bill lo miró un momento. Después se tuvo que obligar a bajar la mirada sin más opción.

—Solo unos días— Murmuró

—Solo unos días— Confirmó su hermano.

&

Esa tarde, Thomas llegó a recogerlo.

Bill salió con una maleta pequeña en donde llevaba lo necesario.

El rubio lo acompañó hasta el auto y le dio una palmada a Thomas.

—Cuídalo

—Lo haré— Respondió Thomas.

El contrario asintió. Miró a Bill, que ya estaba acomodándose en el copiloto.

—Bi— Le llamó antes que cerrara la puerta.

El menor lo miró.

—Todo va a estar bien.

El pelinegro sonrió, pequeñito, con esa sonrisa que Andreas ya conocía desde que Bill era un bebé.

La puerta se cerró.

Andreas se quedó viendo cómo el auto de Thomas se alejaba.

&

Bill llevaba las manos juntas sobre sus piernas.

Miraba por la ventana en silencio.

Thomas lo observó un instante de reojo antes de volver la vista al frente.

La pequeña maleta iba en el asiento trasero.

Después de unos segundos, una de sus manos dejó el volante solo para buscar la de Bill sobre su otra mano.

Sus dedos estaban fríos.

—Puedes quedarte el tiempo que sea necesario, ¿sí?

Bill apartó la mirada de la ventana solo para verlo con un leve sonrojo.

Y sonrió un poquito.

&

Llegaron cuando el cielo de Stuttgart empezaba a oscurecer.

Thomas se estacionó. Antes de bajar miró a Bill un segundo.

El pelinegro tenía los ojos en la fachada, con esa expresión que no era miedo exactamente, sino concentración.

Como calculando algo que no tenía números.

—Bill…— Le llamó Thomas.

El azabache lo miró sin decir nada.

Pero su mano encontró la de Thomas sobre la palanca de cambios un momento.

La apretó apenas.

Luego la soltó y abrió la puerta del auto.

Después salió Thomas, ayudando a Bill con la maleta pequeña.

Entraron a la casa entre pasos húmedos y el ruido de la puerta cerrándose detrás de ellos.

Todo estaba en silencio.

Apenas roto por ellos entrando y dejando cosas cerca de la puerta.

Bill se quedó de pie cerca de la puerta, viendo con asombro aquella casa lujosa.

Unos segundos después comenzaron a escucharse pasos lentos que no tenían prisa.

Thomas levantó la vista justo cuando una figura apareció en las gradas.

Los pasos bajaron la mitad de las gradas.

Se detuvieron.

Tom estaba ahí, con una mano en el pasamanos y mirando hacia abajo.

Sus ojos encontraron a Bill.

Y se quedaron ahí.

En su cabeza, Bill había sido muchas cosas en las últimas semanas.

El hombre de chaqueta de cuero con cara de pocos amigos. El tipo raro que decía «mi amor» con voz ridícula. Alguien horrible.

Pero el chico que estaba parado junto a la puerta de su casa no era ninguna de esas cosas.

Era joven. Mucho más de lo que Tom había calculado pese a que ya sabía su edad.

Delgado, con un atuendo negro que le quedaba perfectamente bien a su figura.

El cabello azabache enmarcándole la cara.

La piel tan blanca que contrastaba con todo lo oscuro que vestía.

Y los ojos.

Avellana, claros, mirándolo con una expresión que Tom no esperaba.

No era la sonrisa falsa de los adultos que intentan caer bien. No era incomodidad ni evaluación. Era algo más tranquilo. Más genuino.

Tom no emitió ni un sonido, pero terminó de bajar la gradas sin dejar de verlo con asombro que no mucho se mostraba en su rostro.

De pronto no sabía qué decir, lo cual era una sensación que no estaba acostumbrado a tener, y que le resultó profundamente inconveniente.

Bill fue el primero en moverse.

Caminó hacia él sin apresurarse. Se detuvo frente a él.

—Hola, Tom— Saludó. Su voz era exactamente como el pequeño la había escuchado en el teléfono semanas atrás.

Suave, sin esfuerzo, como si no necesitara volumen para llegar a donde tenía que llegar.

—Soy Bill.

Tom sabía quién era.

Pero no dijo eso.

No dijo nada.

Bill se inclinó ligeramente hacia adelante y pasó los brazos alrededor de los hombros de Tom.

En un abrazo breve, cálido, sin dudar.

El de rastas se puso más rígido de lo normal.

No le devolvió el abrazo. No se apartó. Solo se quedó completamente quieto, con los brazos a los costados, sintiendo el calor de esos brazos delgados alrededor de sus hombros durante los tres segundos que duró.

Cuando el azabache se separó, Tom tenía las orejas y rostro completamente rojo. Apunto de estallar

No podía verlo, ni decir nada.

No aguantó más y terminó por subir corriendo, con los pasos golpeando fuerte en cada escalón.

La puerta de su cuarto se cerró de un golpe que resonó en toda la casa.

Y volvió el silencio en la casa.

Pero esta vez ya no era el mismo.

Bill se quedó parado donde estaba, mirando las gradas vacías.

Su sonrisa se fue despacio, sin drama, como una luz que se apaga sola.

Thomas se alarmó de inmediato al verlo.

—Bill…

—Está bien— Dijo el pelinegro, aunque su voz había perdido algo.— Es… normal…

Thomas se acercó. Le puso una mano en la nuca, suave, y lo atrajo hacia él hasta apoyar los labios en su sien.

—Le gustaste— Murmuró contra su cabello.

Arriba, con la cara ardiendo y el corazón golpeándole el pecho sin razón aparente, Tom estaba tirado boca abajo en su cama.

No pensaba en nada.

En absoluto.

Para nada.

Se dio vuelta.

Miró el techo.

Bill era horrible. Era lo peor que había visto en su vida. Era exactamente como lo había imaginado.

Bueno, no, no era como lo había imaginado para nada, pero eso no importaba porque el resultado era el mismo: horrible.

Horrendo. Lo más feo que había pisado esa casa.

Su mamá era más bonita.

La persona más bonita del mundo.

No ese chico de ojos avellana y cabello azabache con piel tan blanca que parecía no recibir luz.

Para nada. Ni de cerca.

Se tapó la cara con las manos.

Ese abrazo había sido completamente innecesario y ridículo.

¿Quién abraza a alguien que acaba de conocer?

Nadie normal. Era una cosa rara, de gente rara, y a Tom no le había gustado para nada, y desde luego no había sentido nada.

El calor que todavía le quedaba en los hombros era solo porque traía sudadera.

Eso era todo.

Bill no era lo más bonito que había visto en su corta vida.

Por supuesto que no.

Continúa…

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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