
Fic Toll de TollWriter
67: Cosas de lobatos: Como cagarla y llorar después
El mundo entero se paralizó tras aquel primer puñetazo y corrió a cámara lenta mientras Nick tomaba impulso para pegarle un segundo a un Félix demasiado desconcertado como para reaccionar. Por suerte, yo estaba allí. Me tiré sobre Nick, le rodeé el cuello con un brazo e hice la suficiente fuerza como para desequilibrarle y llevármelo conmigo hacia un lado.
No caímos sobre el suelo, sino sobre dos o tres humanos horrorizados que gimieron y gritaron de dolor debido al impacto. Segundos después, antes de que el lobato pudiera deshacerse de mí, los lobos ya estaban allí.
Tiraron de Nick y se lo llevaron entre dos, tan grandes y fuertes como el lobato, que no dejaba de removerse y gritar algo que nadie consiguió escuchar. Georg, David, Kai y Jared vinieron a ayudarnos a Félix y a mí, antes de que el Beta pelirrojo diera la orden al resto de ir en busca de los demás si estaban en los baños o el callejón, cerrar el local y marcharse cagando furia de allí. Yo pude levantarme por mí mismo sin problema alguno, pero Félix sangraba por la nariz y el labio y todavía parecía algo confuso y aturdido; así que necesitó un poco de ayuda para conseguir moverse hacia la salida de emergencia. En la calle al otro lado del callejón, ya nos estaba esperando David en su todoterreno.
—Lo llevamos al Refugio —le dijo a Georg, que era uno de los que sostenían a Félix en pie.
—Llama a Amber —ordenó el Beta pelirrojo antes de girar hacia un lado y dirigirse a su propio Toyota Land Cruiser negro—. Bill, ¿tú estás bien? — me preguntó.
—Sí.
—¿Puedes llevar el auto de Félix al Refugio? No quiero que la policía lo encuentre aquí.
Me limité a asentir y meter la mano en el pantalón de Félix , ignorando la humedad viscosa que había allí después de cuatro horas de salidas intermitentes a los baños, para sacar las llaves y separarme del grupo en dirección a la calle lateral donde el lobo solía aparcar. Una vez dentro, me saqué un cigarro y me lo puse en los labios antes de bajar la ventanilla. Sabía que lo realmente jodido de aquella noche solo acababa de comenzar.
No creo que haga falta que explique lo increíblemente malo que es pegar a otro lobo sin motivo alguno, todavía más si ese Macho es de rango superior y, aún peor, si es delante de humanos o personas ajenas a la Manada.
Nick había perdido el juicio por completo, había dejado a todos en evidencia en mitad del Club y las consecuencias de eso no se hicieron esperar. En el Refugio había un silencio sepulcral, la calle estaba vacía y en la puerta del edificio de oficinas solo había un lobo fumando con la mirada perdida en el suelo mientras se rascaba una ceja. Me acerqué a él a prisa, dando largos pasos bajo la lluvia para entregarle las llaves del todoterreno.
—¿Cómo está Félix ? —le pregunté.
Devon aceptó las llaves y las metió en el bolsillo de su chaqueta antes de responder:
—Bien, solo ha sido un puñetazo fuerte. Fue más la sorpresa que otra cosa.
—¿Nick?
—Con el Alfa —sentenció con un tono mucho más duro y seco.
Asentí y me alejé en dirección a la puerta para entrar en el edificio. Se oyeron voces a lo lejos, pero las ignoré y giré en dirección a conserjería. Quizá no fuera el mejor sitio al que ir en aquel momento, pero no había otro lugar en el que esperar a Tom ya que, el Refugio, seguía vetado para mí.
Dejé la chaqueta mojada en el respaldo del sillón y me tumbé, cruzando los tobillos sobre la mesa y sacando el teléfono para jugar a algo. Se siguieron oyendo golpes y gritos hasta que todo terminó con un fuerte portazo y unos pasos rápidos que resonaron por todo el pasillo. Cinco minutos después, Georg apareció por delante de las ventanillas, entró en conserjería y se fue en busca de una cerveza antes de sentarse y resoplar.
—Joder… —murmuró—. Hace tiempo que no veía a Gustav tan enfadado.
—¿Y te sorprende?
—No, Bill, lo peor es que no me sorprende.
Tom llegó cuando Georg se estaba ventilando su segunda cerveza mientras recostaba la cabeza y miraba al techo. Parecía bastante molesto y entró gruñendo, se acercó a mí y me obligó a levantarme para abrazarme con fuerza y acariciarme el rostro mojado contra el mío.
—¿Bill está bien? ¿Nick le hizo daño? —me preguntó.
—No, estoy bien —respondí, tratando de apartarle de mí porque cuando se ponía así no controlaba su fuerza y me hacía daño.
Al lobo le costó apartarse, pero tras un leve codazo, cedió. Aún así, se quedó muy cerca y quiso sentarse en el sillón primero para que yo me sentara encima. Algo a lo que, al parecer, Tom le había cogido el gusto últimamente.
Georg apuró la cerveza y se despidió de nosotros, quizá sin muchas ganas de soportar los ronroneos de su SubAlfa después de que su noche de sexo y diversión en el Luna Llena se hubiera acabado de una forma tan precipitada. Cuando el Beta se fue, el lobo metió la mano bajo mi camiseta y empezó a cambiar los ronroneos por un gruñido más agresivo mientras movía suavemente la cadera bajo mi trasero.
La capacidad de Tom para pasar del intenso cariño a la intensa excitación de aquella manera era algo sorprendente, diría que casi patológico. Había que estar un poco jodido de la cabeza para querer coger en ese momento de tensión y malestar generalizado; y, sin embargo, ¿quién se levantó de encima de él para ponerse de rodillas entre sus piernas y hacerle una pedazo de mamada como si su verga húmeda y fuerte fuera lo mejor del mundo? Yo, por supuesto.
Todavía flotando en una nube me dirigí junto a Tom hacia el Jeep, con el regusto intenso de su verga en la boca, el culo repleto de su corrida y todo el cuerpo apestando a su sudor. El lobo condujo tranquilamente a casa y se dirigió hacia la cocina para dejar el cubo de tupper vacío antes de reunirse conmigo desnudo en la cama y abrazarme bajo el cálido edredón.
El día siguiente amaneció tan lluvioso y frío como los anteriores, tanto que me costó moverme de encima de Tom tras la inflamación; alargando aquel momento hasta el máximo mientras el lobo roncaba debajo de mí. Cuando se despertó y me vio todavía allí, ronroneó con placer y me volcó hacia un lado para acariciarme el rostro y darme pequeños mordiscos.
—Tenemos que ir a desayunar y hacer los recados —le recordé.
—Tom quiere quedarse con Bill toda la tarde en la cama —me dijo al oído antes de mordisquearme la oreja.
—¿Y qué coño vas a comer?
—A Bill…
—Tom, no me toques los huevos y levántate —ordené.
El Macho gruñó, se puso orgulloso y se levantó para irse al baño con la cabeza bien alta. Yo también hubiera querido quedarme en cama tirado hasta la noche, pero sabía perfectamente que en apenas dos horas iba a empezar a oír un festival de tripas, gemiditos y un insoportable: «Tom hambre…». Lo peor de tener un lobo, al menos para mí, era convertirse en su puta niñera.
Los Machos enamorados perdían por completo la independencia y se convertían en niños grandes a los que había que dar de comer, vestir, lavar y cuidar porque ellos ya no sabían hacerlo por sí mismos. No era solo mi Tom, sino un comportamiento generalizado. Incluso Gustav se plantaba delante de Linda para decirle: «Tengo hambre» cada vez que quería comer. Era absurdo.
Me llevé a Tom a desayunar, después a la lavandería y finalmente a la tienda de comida para volver a casa y dejarle su bandeja de costillas mientras yo doblaba la ropa con un cigarro en los labios y los ojos entrecerrados para que el humo no me molestara. Chasqueé la lengua cuando miré que una de las manchas de sangre no se habían ido y fui a tirar la camiseta a la basura.
—Te compraré otra —murmuré.
Tom se limitó a asentir mientras me observaba con la boca llena de comida y el morro empapado en grasa. Después guardé la ropa doblada en el armario entre las demás para que se «empaparan» de Olor a Macho y regresé a la cocina en busca de mi café solo. De camino a la puerta de emergencias le recordé a Tom que era sábado y que tenía que irme a mis clases de cocina antes del trabajo.
—¿Cuándo va a cocinar Bill para Tom? —me preguntó.
—¿Tienes algún puto problema con los tuppers? —quise saber, dedicándole una mirada seria que no se atrevió a responder. Así que di aquello por concluido con un simple—: Bien.
Mis seminarios de PIHL seguían atrayendo a gente cada semana, gente que me pagaba por anticipado y que le contaba a otra gente que habían conseguido coger con un lobo gracias a mí. El Doctor Lobo ya se estaba haciendo todo un nombre en la comunidad de loberos y hasta me habían dedicado un pequeño hilo en el Foro.
Lo seguía ojeando de vez en cuando en mis largas noches en la conserjería cuando me aburría del ordenador o los juegos y, como ya saben, soy esa clase de hombre egocéntrico que busca su nombre en internet. Así había descubierto aquel hilo donde se me nombraba y al que habían titulado: «El Doctor Lobo, ¿alguien sabe si es otro charlatán o merece la pena pagar?».
Las primeras respuestas eran la clásicas que tanto aportaban y tanta ayuda ofrecían: «No lo sé». «Ni idea». «Psh. Cualquiera que se haga llamar Doctor Lobo apesta más a timo que un Alfa». Pero después había un comentario de un tal LoboLover85 que decía: «Yo fui a una de sus charlas y pienso volver. El cabrón del Doctor Lobo apesta a Macho que da asco, debe estar cogiéndose a un Beta mínimo, y no me sorprende porque el hijo de puta está terribleeee. Entre aquel Olor a Macho, su culo y esos ojos verdes, casi ni podía escuchar lo que decía».
Aquello me sacó una sonrisa, no porque un depravado me encontrara irresistible, sino porque quizá atrajese a otros depravados que me pagaran más dinero, aunque solo fuera por venir a verme caminar de un lado a otro del aula. Yo solo ofrecía un servicio, con que me dieran el dinero, me importaba una mierda la razón por la que fueran a mis clases.
Así que con mi nueva camisa blanca, mi corbata y mis gafas de pega, me fui a despedir de Tom para coger un autobús de casi una hora y llegar, como ya era costumbre, tarde. Al terminar, fui el primero en largarme de allí, subirme al taxi que había pedido a mitad de la clase e irme cagando hostias al centro.
Ya tenía ropa de repuesto en conserjería, así que solo tenía que aguantar algunos comentarios en el corto trecho entre la carretera y la entrada del edificio de oficinas. Aquella noche, tuve la mala suerte de que Kai estuviera esperando a alguien en su todoterreno, abrió la ventanilla y tocó la bocina para llamar mi atención.
—Como Tom sepa que vas con ese pantalón ajustado por la calle, se va a volver loco —me dijo.
Le dediqué un corte de manga con un cigarro en los labios y una mueca seria. El lobo rubio me respondió con otro y cada uno siguió a lo suyo. Al llegar a conserjería, me cambié, me puse algo seco y cómodo y salí en dirección al armario de las fregonas para limpiar la entrada y las escaleras repletas de huellas de botas y zapatillas.
El lugar estaba tan silencioso como siempre, a excepción de un ruido bajo que empecé a escuchar al llegar a la segunda planta. Fruncí el ceño, dejé la fregona apoyada en la pared y me moví discretamente por la penumbra del pasillo.
Al final, en una de las habitaciones grandes repletas de archivadores metálicos de los años sesenta que, creía, se había olvidado allí; había una luz encendida que se extendía por debajo de la puerta entreabierta, arrojando una línea amarillenta por lo largo de la moqueta y parte de la pared con radiadores antiguos.
Me detuve a una distancia, lo justo para poder ver al interior y escuchar con más atención. Alguien parecía estar sollozando, pero era algo bajo, seguido del tintineo de una botella y resoplidos. Sinceramente, había llegado allí creyendo que alguien se habría colado para robar información, no para esconderse y llorar.
Me acerqué a la puerta y la abrí un poco más, lo suficiente para ver la amplia espalda de Nick con su chaqueta marrón oscuro de capucha con pelo. El lobato estaba sentado sobre una mesa, con los pies apoyados en la silla y la mirada perdida más allá del ventanal que daba a la calle lateral. Estaba fumando un cigarro y soltando el humo antes de agachar la cabeza y frotársela con fuerza como si así pudiera borrar algún pensamiento que le asaltaba; cuando eso no funcionaba, movía la mano hacia la botella de whisky medio vacía que descansaba a su lado y le daba un par de tragos antes de repetir el proceso.
Era él el que lloraba, perdiendo de vez en cuando la respiración en un repentino sollozo que no era capaz de contener. Me alejé al instante, antes de que pudiera olerme, y volví caminando a las escaleras para recoger mi fregona y repetir el viaje, esta vez, haciendo bien de ruido.
—Ah, eres tú —murmuré tras abrir la puerta y quedarme mirando al lobato.
Nick estaba ahora de pie, de brazos cruzados y la capucha bajada, así que solo se podía ver el cigarro colgando de sus labios y el final de la barba densa y negra en su ancho mentón. Al oír el ruido había escondido la botella y, por supuesto, sus lágrimas.
—Qué rayos haces aquí, cacho de mierda —me dijo antes de tensar la mandíbula—. Esta vez no hay ningún Macho para protegerte de mí…
—La pregunta es qué haces tú aquí —respondí con calma—. ¿Te ha mandado Gustav?
—No. Estoy aquí porque me sale de la puta verga. ¿Algún problema con eso?
—Sí. No quiero que revuelvas nada y después me echen la culpa de estar por aquí ojeando los archivos.
—Ah, ¿sí? —sonrió de forma malvada e, incluso antes de que lo hiciera, supe lo que iba a pasar.
El lobato se dio la vuelta, tiró de uno de los cajones del archivador a su espalda con tanta fuerza que lo sacó entero y lo agitó en alto para que todos los papeles y carpetas se precipitaran hacia el suelo. No se detuvo ahí, sino que repitió el proceso con el siguiente cajón, tirándomelo a los pies y produciendo un estruendo metálico al terminar.
—¿Y ahora qué, Bill? —sonrió más, sacándose el cigarro de los labios para echar el humo a un lado—. ¿Qué vas a hacer?
Mantuve su mirada en silencio o, al menos, miré a donde supuse que estarían sus ojos cubiertos por el pelaje canela de la capucha.
—Nada, Nick. No voy a hacer nada —murmuré antes de cerrar la puerta y dejarle allí solo.
De camino por el pasillo oí más estruendos de cajones metálicos arrancados a la fuerza y más papeles al caer al suelo. Nick no pararía hasta quedar saciado, de algo, cualquier cosa, aunque fuera una rabia sin sentido que llenara el vacío. El alboroto llamó la atención del Alfa, quien bajo precipitadamente por las escaleras hasta encontrarme en el segundo piso.
No hizo falta que hiciera ninguna pregunta, tan solo le señalé a mis espaldas y puso una mueca de profundo enfado antes de cerrar lo puños y dirigirse a grandes pasos por el pasillo en penumbra. No quise quedarme allí a oír los gritos, el forcejeo ni mirar como Gustav arrastraba al lobato todo el camino hacia la planta baja para expulsarlo del edificio y asegurarle que, como volviera a verle por allí, habría «verdaderas consecuencias».
Yo sabía que eso no serviría de nada, porque cuando yo hacía alguna mierda como esa y se enfadaban conmigo, yo solo me enfadaba más y buscaba otra forma de vengarme, todavía más destructiva que la anterior. Así que salí afuera con un cigarro en los labios y lo encendí, fumando tranquilamente e ignorando a un Nick que había empezado a patadas bajo la lluvia torrencial con el Range Rovert gris metalizado del Alfa. Descargó todo lo que le quedaba allí, llegando a romper el parachoques y utilizarlo para destrozar uno de los retrovisores laterales.
Entonces se quedó parado, jadeando, contemplando su obra y, quizá, creyendo que se había hecho justicia. Cuando se dio la vuelta me vio bajo el soportal del edificio, fumando y mirándole de vuelta.
—¡Puedes ir corriendo a comerle la verga a Gustav y a contarle esto también! —me gritó—. ¡No eres más que un puto chupavergas que se lo traga siempre! ¡Ven aquí y trágate esto como haces con el resto de la Manada! —se apretó la abultada entrepierna con la mano y movió la cadera para que el gesto resaltara más—. ¡La mía sabe el doble de fuerte, así que te va a encantar!
Cuando terminó, asentí con al cabeza y me llevé una mano al bolsillo de la chaqueta para sacar la cajetilla..
—¿Quieres un cigarro, Nick? —le pregunté, lo suficiente alto para que se me oyera por encima de la lluvia.
El lobato se quedó quieto, continuó respirando a grandes bocanadas y parpadeando para limpiarse el agua que le empapaba por completo el pelo y la ropa, goteando por su rostro joven y atractivo.
—Ven aquí y dámelo tú —ordenó entonces, señalando con su dedo el suelo frente a él.
—No voy a mojar el tabaco, Nick.
El lobato dio un paso al lado, como si se fuera a ir, pero entonces se detuvo, me miró por el borde de los ojos y cruzó la carretera en mi dirección. Sabía que algo malo iba a pasar, pero le ofrecí el cigarro de todas formas. Nick lo ignoró, me arrancó la cajetilla de la mano y la tiró a la calle empapada.
—Ahora ya tienes el tabaco mojado —sonrió.
—Entonces no quieres un cigarro —murmuré antes de darle una calada al que todavía tenía en la mano.
—¿Pero a ti qué mierdas te pasa? —me preguntó, apretando los dientes y pegando su frente a la mía para empujarme, utilizando su metro noventa y muchos y su cuerpo de lobo en mi contra para tratar de hacerme sentir pequeño e insignificante en comparación, como si se tratara de algún pandillero de un barrio marginal, o un lobato bastardo.
—No, Nick, ¿qué mierda te pasa a ti? —le pregunté con calma—. ¿Por qué estás tan enfadado?
—¡Estoy enfadado porque eres un puto bastardo! —me gritó a la cara, apretando incluso más su frente mojada contra la mía.
—¡NICK! —rugió una voz grave a un lado.
Ambos nos volvimos casi a la vez para ver a Ben, el Sugar Daddy de la Manada y segundo Beta, junto a su compañero Stephen, quien sostenía un enorme paraguas negra sobre sus cabezas y nos contemplaba con auténtico pavor en los ojos tras su gafas finas.
—No pasa nada —dije yo, levantando una mano en alto—. Nick y yo solo estábamos hablando.
Ben pasó su mirada furiosa del lobato hacia mí, sin relajar el gesto en ningún momento.
Nick estaba en una posición complicada con la Manada, pero yo tampoco le caía bien al Beta.
—¿Y el auto de Gustav? —quiso saber, haciendo una breve señal hacia el Range Rovert sin parachoques, lleno de rayazos y con el retrovisor roto.
—No sé —me encogí de hombros—, ¿un rayo?
Ben gruñó de una forma grave y profunda, rodeó a su compañero por la cadera y tiró de él para que que no se alejara demasiado al pasar a nuestro lado.
—Ten cuidado, Bill —me advirtió con tono serio—. Creo que te estás tomando demasiadas confianzas y, que yo recuerde, todavía no estás en la Manada…
Solté un murmullo desinteresado y le dediqué un gesto vago y afirmativo con la misma mano con la que sostenía el final del cigarro. Cuando el Beta y su compañero desaparecieron tras la puerta acristalada, me giré hacia Nick.
—Dime, ¿por qué le pegaste a Félix ?
El lobato me miró fijamente con sus ojos del color de la miel y brillantes incluso en la penumbra del soportal. Como tardó en responder, me dio tiempo a sacar una cajetilla nueva del interior de la chaqueta, quitarle el plástico protector y ofrecerle un cigarro que, esta vez, sí aceptó.
Me saqué otro para mí y lo encendí con el zippo plateado antes de tirárselo al lobato, quien lo cazó al vuelo gracias a esos reflejos felinos de los lobos. Soltó una bocanada de humo y se rascó la punta de la nariz donde se le había acumulado una gota de agua mientras miraba a la calle.
—Félix se cree la gran cosa, pero es solo un Macho Común de mierda — murmuró todavía sin mirarme, como si no estuviera allí y no quisiera hablar conmigo—. Fue a quejarse a Gustav y el muy hijo de puta me prohibió ir al Luna Llena con el resto de Machos…
—Así que te castigaron sin mamadas —asentí antes de encogerme de hombros—. Sí, yo también me enfadaría.
—¡Es mi derecho! —volvió a gritar, apretándose el pulgar contra el pecho y abriendo mucho los ojos—. ¡Ahora soy un Macho, quiero mi puto sofá y mis putos humanos a los que cogerme cuando me salga de la verga!
—Es tu derecho —repetí, volviendo a darle la razón—. Pero eres un tipo muy guapo, Nick, y por ese enorme bulto en tu entrepierna que tanto te gusta enseñar, no vas a tener ningún problema para encontrar humanos que quieran descargarte los huevos hasta dejártelos como pasas resecas.
Eso le gustó al lobato, que se relajó y levantó la cabeza con orgullo, llegando incluso a inflar su pecho abultado bajo la camiseta de un grupo de rock del que, seguramente, ya no quedaba ninguno de sus miembros vivo.
—Ya te dije que a mí me la tienen que chupar de dos en dos, Bill —me recordó.
—Tampoco exageres —murmuré antes de fumar otra calada—, si necesitas a dos, es que has elegido mal al humano.
—¿Tú eres un buen humano, Bill? —me preguntó entonces en un tono más bajo y sórdido—. La mía es una verga de Alfa, así que sabe incluso más fuerte que la de Tom —me aseguró—, y todos en la Manada saben lo mucho que te gusta paladearla… —sonrió de esa forma cruel tan suya.
—Tom es mi lobo, Nick. Le comeré la verga y los huevos tanto yo quiera— respondí con calma, golpeando el filtro del cigarro para dejar caer la ceniza a un lado.
—Pero eso te encanta, eh…
—Claro que me encanta. No entiendo a dónde quieres llegar con eso.
—A que eres un jodido chupavergas.
—Ah… —no estaba nada impresionado con aquello—. Dime, Nick, si hubieras ido al Luna Llena, conseguido un par de humanos y vuelto al refugio con tres litros menos de corrida en el cuerpo, ¿crees que seguirías enfadado?
—¿Y por qué no entramos, me quitas tú tres litros de corrida del cuerpo, y lo comprobamos, Bill?
No dije nada en un par de segundos, llevándome el cigarro a los labios y mirando aquellos ojos amielados tan característicos.
—Estás un poco obsesionado con que te la chupe —dije, y entonces sonreí un poco—. Espera… ¿te pongo caliente, Nick?
—No —negó casi al momento, quizá demasiado deprisa—. No eres más que otro humano, ahora mismo me valdría cualquiera con boca y lengua porque el puto Félix metió mierda para que no fuera al Luna Llena. —Se llevó el cigarro a los labios con postura orgullosa y soltó el humo mientras se echaba hacia atrás su pelo mojado.
—Ah… —murmuré, aunque no le creía. Lo que yo creía era que quizá a Nick le gustaran los chicos malos tanto como a Tom. Pensar en eso me recordó otra cosa—. ¿Qué tal la nueva habitación? —le pregunté—. ¿Sabías que era de mi Tom antes?
Nick resopló con desprecio y se tomó un momento para darle una calada al cigarro.
—Claro que lo sé, todavía huele a mierda y es imposible dormir en ella.
—Es la habitación de un SubAlfa, Nick. ¿Sabes lo que eso significa?
El lobato me dedicó una mirada intensa y respondió:
—Lo sé mejor que tú, Bill.
Asentí y miré a la calle bajo la intensa lluvia.
—Yo no creo que sepas lo que significa —murmuré, dando una última calada antes de tirar la colilla al exterior y soltar una columna de humo que se dispersó rápidamente en el aire frío—, porque entonces no pegarías a tus Machos.
—¡Tenía derecho a hacerlo! —me gritó, señalando hacia el interior del edificio—. ¡Fue por mis espaldas para chismosear como una perra a Gustav!
—Seguramente Félix le dijo a Gustav que no hacías nada más que esconderte y crear problemas en el almacén, un almacén que ahora está al borde, tratando de cubrir todos los pedidos antes de que una Manada enemiga lo haga y tomen el control de parte del territorio.
—¡Lo del puerto no fue MI CULPA! —terminó rugiendo antes de poner a gruñir como un imbécil..
—A mí no me grita ni el Alfa, Nick —le advertí—. Lo que pasara en el puerto ya no importa, ahora hay otros problemas; así que echa una puta mano a los Machos que necesitan ayuda, cierra la puta boca y estoy seguro de que la semana que viene tendrás un sofá para ti solo en el Club.
—El trabajo en el almacén es de Macho Común, yo no debería ni estar allí… —lo dijo con un tono más bajo, pero con un profundo desprecio en la voz.
—No lo estarías si no la hubieras cagado en el puerto —le recordé—. Ya no eres un lobato, Nick. Ahora tienes una habitación para ti solo en el Refugio, un sofá en el Luna Llena y una vida llena de responsabilidades.
—Me giré hacia la puerta y le hice un corte de manga—. Bienvenido a la madurez, es una mierda… —le aseguré antes de entrar en el edificio y dejar al joven atrás.
Me gustaría poder decir que aquella conversación llegó a Nick, que le hizo reflexionar y le hizo cambiar, pero eso no es cierto. Al día siguiente, cuando volví a subir la comida al almacén, el lobato ni siquiera se había dignado a ir allí. No estaba sorprendido, solo algo decepcionado.
—Un lobato te ha dado una paliza, eres patético..
—Que te jodan, Bill —respondió Félix , sentado tras su escritorio del despacho del almacén, con un par de tiras en la nariz amoratada y una cicatriz reciente en el labio—. No, no te lo decía a ti, John —añadió para el teléfono que sostenía pegado a su oreja—. ¿Has entregado el pedido? ¿Les has dicho que vamos a tardar un poco más en reunir el siguiente?
Crucé la puerta, sumergiéndome en esa habitación que ya tenía el ligero y agradable Olor de Macho de Félix ; un tipo de sudor más contenido y cálido, como el que quedaba en una camiseta tras todo un día de uso. Me acerqué a las ventanas con vistas al almacén y me crucé de brazos a la espera de que terminara una conversación que, por la reacción del lobo, no traía nada bueno.
—Joder, necesito un cigarro —dijo nada más colgar, levantándose de la silla para coger la cajetilla de tabaco que había a un lado de la mesa—. ¿Ya has servido la comidita como un buen compañero? —me preguntó de camino a la puerta.
—He escupido en todos los tuppers —respondí, siguiéndole al exterior para bajar las escaleras metálicas.
—Como a mí me gusta —murmuró él.
Cruzamos el breve espacio con líneas amarillas y negras en el suelo y él se fue directamente a la mesa con el resto de Machos hambrientos que aguardaban su llegada con desesperación. Me llevé una caja con lo de siempre al exterior, donde Jack ya me esperaba de cuclillas contra la pared. Le saludé con un movimiento de cabeza y le dejé la caja a un lado antes de sacarme un cigarro.
—¿En serio, Bill? —me preguntó con un tono seco, sacando un vaso tamaño XL del Starbucks en el que ponía: «Macchiato Latte con caramelo» y no demasiado lejos de eso el nombre del cliente: «Princesa».
—De nada —sonreí.
Jack gruñó y puso una de sus muecas de desagrado y resignación, como si aquella fuera la novatada de un crío inmaduro que, una vez más, debía soportar. Dejó el café a un lado y sacó el tupper de arroz con pavo y verduras y se puso a comerlo, parándose a respirar solo para darle un par de tragos a su cerveza de medio litro y eructar. Cuando terminó, miró el café, chasqueó la lengua y negó con la cabeza, alargando una mano cogerlo del suelo y darle un trago.
—Nunca había probado este —murmuró tras un breve silencio—. Ria solo pide Latte vienés con estevia.
—¿Y tú qué pides?
—No, yo no voy con ella. No… salimos juntos de día.
—¿No te compraba uno para ti?
—No se lo pido nunca —la defendió al momento, como siempre hacía—. No me importa, la verdad. A veces me termino el café que trae a casa del estudio antes de irme a trabajar. ¿Tú… sales con Tom a tomar café? — terminó preguntándome, esforzándose mucho por hacerlo pasar como una pregunta casual y sin importancia.
—Sí, vamos a desayunar a media tarde después de coger y ducharnos — respondí con el cigarro cerca de los labios—. A no ser que haga calor, porque entonces el puto Tom me pone de los nervios y es mejor que se quede en casa antes de que me enfade.
—Ah… —Jack asintió y le dio otro trago al café mirando hacia la fina lluvia que todavía caía sobre la ciudad después de cuatro días de tormenta—. ¿Y no te incomoda?
Fumé una última calada y tiré la colilla al exterior, cerca de un camión aparcado y con una de las puertas abiertas en dirección a la sección de carga.
—Normalmente Tom está muy tranquilo y no da problemas. Solo se pone algo insoportable en el supermercado cuando quiere comprar cosas que no sabe ni lo que son y que no se va a comer. Esas mierdas las pago yo, ¿sabes? A mí no me dan el dinero de compañero…
—Ah, ya… —volvió a asentir—. Entonces, ¿hacen todo juntos?
Estaba claro que el lobo quería preguntarme algo, pero no se atrevía a hacerlo, así que daba vueltas y redirigía la conversación cuando se desviaba lo más mínimo.
—No, a veces cagamos por separado, primero uno y después el otro. Así es más fácil.
Jack puso los ojos en blanco y ladeó la cabeza mientras gruñía, mirando hacia el lado contrario un par de segundos antes de volverse de nuevo hacia mí con sus ojos de un bonito amarillo pastel.
—A algunos compañeros les cuesta salir con sus Machos en público, por los insultos y las miradas —me explicó—. Nosotros estamos acostumbrados, pero es duro para ellos.
—A mí me gusta salir con Tom y, de todas formas, ya voy apestando a Macho lo quiera o no, así que… —me encogí de hombros para no darle mayor importancia.
—Yo no quiero que llamen a Ria «puta cogelobos» en mitad de la calle.
—Ningún Macho quiere que insulten a sus compañeros, Jack, pero pasa— le dije con tono serio—. Todos los compañeros tenemos que tomar una decisión al entrar en la Manada, y es si quieres vivir con miedo y a escondidas, o disfrutar de una vida con tu lobo y llevártelo al supermercado, a la lavandería o al Starbucks. Los insultos no empezaron ayer, ni aparecieron de un día para otro, Jack, siempre han estado ahí. Nosotros ya sabíamos eso antes de empezar a comerles la verga. Punto — concluí.
El lobo frunció el ceño, como si no fuera capaz de entender algo de lo que le hubiera dicho o no le hubiera hecho demasiado gracia el cómo lo había dicho. Por desgracia, Félix apareció por una de las compuertas con un cigarro en los labios, interrumpiendo la conversación y dándole a jacky la excusa perfecta para levantarse, apurar su Macchiato Latte e irse sin responder.
—¿Qué mierda le pasa? —me preguntó Félix cuando se acercó lo suficiente, cubriendo la cerilla recién encendida para que no se apagara antes de encenderse el cigarro.
—Ya sabes lo que le pasa —murmuré.
—Ahm… —Félix asintió y echó el humo a un lado sin dejar de mirarme—. La humana…
Continúa…
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