Recuerdos 17

Fic Toll de Lett_kltz

Capítulo 17: Say things clearly or leave it at that?

Simone no había podido dormir bien esa noche. Había pasado horas dando vueltas en la cama, mirando el techo, preguntándose si estaba tomando la mejor decisión con respecto a Tom.

Desde que él despertó del coma, había tratado de ser fuerte, de protegerlo, de guiarlo como siempre lo había hecho. Pero cada vez que intentaba ponerle límites, él respondía con la misma actitud de siempre: desafiante, bromista, reacio a aceptar que había cosas que simplemente no podía hacer como antes. Y, por supuesto, la última vez que intentó imponerle un castigo serio, todo terminó en una discusión que dejo cosas tensas. Seguir tratándolo como un niño no iba a solucionar nada.

Él era su hijo, su niño pequeño. No importaba que tuviera 22 años, que fuera un adulto con una vida propia. Para Simone, Tom seguía siendo su todo. El que la había hecho reír con sus travesuras de niño, el que llenaba la casa de ruido con su música, el que siempre tenía un comentario sarcástico para cualquier situación. Había pasado dos años sin él, dos años en los que solo podía sentarse a su lado en el hospital, sostener su mano fría y rezar para que volviera a ella. Y ahora que lo tenía de vuelta, ¿realmente quería seguir peleando con él?

Suspiró, removiendo distraídamente el café en su taza. No, no quería estar enojada con Tom.

Cuando lo vio bajar las escaleras esa mañana, con el pijama puesto y caminando descalzo con la polera algo arrugada, Simone sintió un nudo en el pecho. Se veía tan despreocupado, tan… Tom.

— Buenos días — dijo, tratando de sonar lo más tranquila posible.

Tom solo gruñó algo ininteligible antes de dejarse caer en la silla frente a ella y servirse un vaso de jugo.

— ¿Dormiste bien? — preguntó con suavidad.

— Más o menos — respondió él, bebiendo un sorbo.

Hubo un silencio.

Simone tomó aire y lo soltó lentamente. Ahora o nunca.

— He estado pensando…

Tom levantó la vista de su vaso.

— Quizá fui demasiado dura contigo — continuó ella, apoyando los codos sobre la mesa — Y no quiero seguir enojada. No quiero que estemos así.

Él la miró con escepticismo.

— ¿Eso significa que ya no estoy castigado?

Simone rodó los ojos, pero una sonrisa leve apareció en su rostro.

— Significa que quiero que volvamos a llevarnos bien.

Tom dejó el vaso sobre la mesa con un pequeño golpe y suspiró, pasándose una mano por la cara.

— Mamá, yo… Mira, sé que me equivoqué, sé que no debí irme de fiesta y quedarme fuera toda la noche.

— No, no debiste — confirmó ella.

— Pero tú tampoco ayudaste — soltó Tom con sinceridad — Me trataste como si tuviera 15 años, como si no pudiera tomar mis propias decisiones.

— ¡Pero es que no las tomas bien, Tom! — exclamó Simone, con frustración — Me preocupas. Me preocupas todo el tiempo. Y me duele que no lo entiendas.

Tom la miró, y por un momento no supo qué responder. Simone bajó la mirada a su taza, tratando de controlar la emoción en su voz.

— Te perdí por dos años, Tom. Dos años enteros sin saber si ibas a despertar o no. Cada día me preguntaba si iba a perderte para siempre. Y cuando por fin abriste los ojos… — sacudió la cabeza y soltó una risa amarga — Pensé que todo iba a volver a ser como antes, pero no fue así.

Tom sintió un peso en el pecho.

— Mamá…

— Yo solo quiero protegerte — susurró ella — Pero si eso significa que voy a perderte otra vez, entonces prefiero soltarte un poco.

Tom sintió un nudo en la garganta. No estaba acostumbrado a ver a su madre tan vulnerable.

— Lo siento — dijo, casi en un murmullo.

Ella se levantó de su silla con un suspiro, pasando una mano por su cabello, como si tratara de alejar los pensamientos pesados junto con el aire que exhalaba. Miró a Tom con una mezcla de ternura y determinación, como si estuviera a punto de darle un consejo que llevaba días queriendo decirle.

— Solo quiero que te cuides, Tom. Que pienses bien en quiénes están de verdad para ti y quiénes solo aparecen cuando les interesa.

Tom bajó la mirada, no entendía el por qué su madre le decía todo eso en ese momento, pero lo dejo pasar. 

En cambio Simone se lo decía por todas aquellas cosas que le habían dicho Bill, Georg y Gustav de aquella chica Peyton, porque si algo tenía claro, era proteger a Tom. 

— Mírate — dijo con una risa ligera — Tan grande, con esa actitud fuerte, pero yo todavía veo a mi pequeño.

Tom puso los ojos en blanco, pero la sonrisa se le escapó inevitablemente.

—Mamá…

— Nada de «mamá» — bromeó ella — Yo te cambié los pañales, Tom.

Él soltó un bufido y sacudió la cabeza.

— Bueno, qué bonito recuerdo, gracias por compartirlo.

Simone se rió y, sin previo aviso, se inclinó para rodearlo con los brazos.

— Eres mi niño, Tom — murmuró contra su cabello — No importa qué tan adulto creas que eres.

Tom suspiró, pero correspondió al abrazo.

— Sí, sí, lo que digas… — murmuró, pero en su interior sintió un calor reconfortante.

Simone aflojó un poco el abrazo, pero no se alejó del todo. Acarició con ternura el cabello de Tom, como si por un momento él volviera a ser ese niño pequeño que corría por la casa con los zapatos desatados y las rodillas llenas de raspones.

— Te quiero mucho, Tom — susurró, con la voz cargada de emoción — Nunca lo olvides.

Tom tragó saliva y asintió levemente, sin apartar la mirada de ella.

— Yo también te quiero, mamá.

En ese instante, unos pasos ligeros bajando las escaleras llamaron su atención.

— ¡Ay, qué ternura! — exclamó Nataly con una sonrisa enorme.

Simone y Tom voltearon a verla. Ella estaba ya vestida con su uniforme escolar, con la mochila colgada de un hombro y el cabello peinado con esmero. En sus ojos brillaba esa chispa traviesa de quien acaba de presenciar algo digno de molestarlos por el resto del día.

— ¿Puedo unirme o este es un momento exclusivo de madre e hijo? — preguntó con una risita.

Simone extendió un brazo sin dudarlo. 

— Ven aquí, mi amor.

Nataly corrió hacia ellos y se unió al abrazo, riéndose cuando Tom fingió que la apretaba demasiado.

— ¡Me aplastas, bestia gigante! — se quejó entre risas.

— Oh, qué pena — murmuró Tom con dramatismo, abrazándola más fuerte a propósito — Pero ya eres parte del abrazo, no hay salida.

— ¡Mamá, haz algo!

Simone solo sonrió, disfrutando del momento.

— Déjala en paz, Tom. Si la sigues molestando, esta vez no te salvaré de que te maquille mientras duermes.

Tom abrió los ojos con fingido horror, aflojando el abrazo de inmediato.

— Está bien, está bien, paz.

Nataly soltó una carcajada y le sacó la lengua.

— Eso pensé.

Después de aquel abrazo que le reconfortó el alma, Simone suspiró y se apartó con una sonrisa.

— Bueno, hora de alistarnos. Tengo que ir a cambiarme.

Tom asintió y miró la hora en el reloj de la pared.

— Yo también. No quiero llegar tarde como otras veces.

— Sí, porque si sigues así, en lugar de la universidad te voy a mandar de regreso a la primaria con Nataly — bromeó Simone antes de darle un leve golpecito en el brazo y subir las escaleras.

Tom rodó los ojos con diversión y la siguió poco después. Nataly, mientras tanto, se quedó en la mesa desayunando tranquila, tarareando una canción sin apuro alguno.

Al cabo de unos minutos, ambos bajaron ya listos. Simone, con ropa formal para el trabajo, y Tom con su estilo relajado de siempre, con las manos en los bolsillos y la mochila colgada de un solo hombro.

Se acercó hacia Tom mientras sacaba algo de su bolso.

— Toma — le extendió su celular a Tom y este solo lo recibió en silencio — ¿Listos? — preguntó mientras tomaba las llaves de la casa.

— Más que lista — respondió Nataly, tomando su mochila y poniéndose de pie.

Salieron juntos de la casa y, tuvieron que tomar taxis distintos. Simone pidió uno para ella y Nataly, ya que primero tenía que dejar a la pequeña en el colegio antes de irse a trabajar. Tom, por su parte, tomó otro, pues su destino era la universidad.

Antes de subirse, Simone le dirigió una última mirada a su hijo.

— Pórtate bien, Tom.

— Siempre lo hago — respondió él con una media sonrisa.

Ella arqueó una ceja, claramente sin creerle, pero prefirió no discutir.

— Nos vemos, hijo.

— Adiós, Tomi — se despidió Nataly con una sonrisa antes de meterse al taxi con su madre.

Tom solo chasqueó la lengua con diversión y agitó la mano antes de entrar en el suyo.

Ambos vehículos arrancaron en direcciones opuestas, perdiéndose entre el bullicio matutino de la ciudad.

Tom iba en el taxi con la ventanilla medio abierta, dejando que el viento le revolviera las trenzas mientras observaba el mismo paisaje de siempre. Edificios altos, calles llenas de autos y peatones apurados, negocios abriendo sus puertas… Todo tan rutinario como cualquier otro día.

Cuando llegaron a la universidad, pagó al taxista con la misma tranquilidad de siempre y se bajó, ajustándose la bandana sobre la frente. Todavía tenía tiempo antes de su primera clase, así que decidió ir a la cafetería por algo refrescante. La mañana estaba especialmente calurosa, y no había mejor manera de empezar el día que con un jugo frío.

Entró a la cafetería sin apuro, metió las manos en los bolsillos y se acercó al mostrador.

— Un jugo de naranja.

Sacó el dinero, pagó y, cuando le entregaron la botella, fue a sentarse en una mesa vacía junto a una ventana. Desde ahí podía ver el sol brillando con intensidad sobre el campus, iluminando a los estudiantes que caminaban de un lado a otro.

Dio un sorbo a su jugo, disfrutando de la calma de la mañana, hasta que una presencia familiar se acercó. Bueno, dos presencias.

— ¡Buenos días, idiota! — dijo Georg con una sonrisa burlona antes de darle un golpe leve en la cabeza.

— ¿Cómo amaneció el señor inconsciente? — bromeó Gustav, repitiendo el mismo gesto.

— Vayan a molestar a otro — resopló Tom, sin inmutarse.

Georg y Gustav se sentaron al frente de él, mirándolo con clara intención de interrogarlo.

— A ver, ¿Quieres explicarnos qué carajos pasó ayer? — Georg fue el primero en hablar.

— Sí, porque de verdad no entiendo qué parte de «aléjate de Peyton» no te quedó clara — añadió Gustav con los brazos cruzados.

— Esa tipa no es buena, Tom —insistió Georg — Ya te lo hemos dicho.

Tom puso los ojos en blanco y apoyó el codo en la mesa.

— ¿Por qué no lo es? ¿Tienen alguna prueba real o solo hablan porque sí?

— Porque sí, no, no, no, claro que no — respondió Georg, haciendo una mueca — Es una mala influencia y punto.

— Ajá, pero no tienen pruebas.

— ¿Y tú tienes pruebas de que sí es buena? — intervino Gustav con una ceja levantada.

Tom suspiró y tomó otro sorbo de su jugo.

— Solo digo que deberían conocerla. No es como piensan.

Georg y Gustav se miraron entre sí con clara desesperación antes de volver a ver a su amigo.

— A este lo embrujaron — declaró Georg con una expresión de horror.

— Seguro le hizo un hechizo — añadió Gustav, moviendo la cabeza con desaprobación.

— Pff, claro, sí, seguro — dijo Tom con sarcasmo antes de terminar su jugo.

Georg apoyó los codos en la mesa, mirándolo fijamente.

— A ver, Tom… Dime una sola cosa buena de Peyton que no tenga que ver con su físico.

— Es buena persona.

— Pfff, claro — bufó Gustav, cruzándose de brazos — ¿Y qué más?

— Pues… — Tom chasqueó la lengua — No sé, me cae bien, es divertida.

Georg puso cara de horror otra vez. 

— ¿Divertida? ¿Cómo «divertida»?

— No sé, idiota, simplemente lo es.

— Ajá, ¿Divertida como cuando cambias el canal y justo está pasando una película de terror y te ríes de lo ridículo que es el asesino? ¿O divertida como cuando ves a alguien tropezarse?

— Qué específico, Georg — murmuró Tom, rodando los ojos. 

— Porque si es lo segundo, sí, muy divertida — añadió Gustav, mirando a otro lado.

Tom apoyó la cabeza en su mano, claramente perdiendo la paciencia.

— ¿Van a estar todo el día jodiéndome con esto?

— Sí — respondieron ambos al unísono.

— Perfecto — murmuró Tom.

Georg lo miró con seriedad.

— Hablando en serio, Tom, no confiamos en ella. Te lo dijimos mil veces y tú solo haces oídos sordos. 

— Y lo peor es que tú tampoco deberías confiar en ella — agregó Gustav — No es la primera vez que alguien te mete en problemas por tomar malas decisiones.

Tom suspiró y dejó la botella de jugo vacía sobre la mesa.

— Miren, yo no digo que sea una santa ni nada, pero tampoco es la villana de una telenovela. Solo… No sé, denle una oportunidad antes de seguir diciendo que es mala.

Georg bufó, claramente frustrado.

— Le daría una oportunidad si no la hubiera visto llevándote casi a rastras a su auto ayer.

— Por favor, ¿Creen que si me hubiera querido ir, no habría podido hacerlo?

— No cuando ella tiene sus encantos de bruja malévola — murmuró Georg.

Gustav asintió.

— Sí, seguro usó magia negra.

Tom se rio y se recargó en la silla, viéndolos con diversión.

— ¿Saben qué? Me encanta que estén tan preocupados por mí. De verdad, es tierno.

Georg le lanzó una servilleta a la cara.

—Solo no seas más idiota de lo que ya eres, ¿Sí?

Tom apoyó los codos en la mesa con una sonrisa burlona y los miró con diversión. 

— Lo que ustedes necesitan es una novia, pero ya.

Gustav rodó los ojos.

— Y tú necesitas un exorcismo. Porque claramente esa bruja te lavó el cerebro.

— Sí, estamos preocupados, Tom. Quizá necesites una limpieza espiritual, podemos buscar un brujo.

Él suspiró dramáticamente y los miró fijamente.

— Miren, yo los quiero mucho y todo, pero en serio, consíganse una novia.

Gustav arqueó una ceja.

— ¿Y eso qué tiene que ver con que nos preocupe que andes con la bruja esa?

Tom se encogió de hombros con tranquilidad.

— Si tuvieran novia, estarían demasiado ocupados para estar metidos en mi vida.

Georg bufó.

— ¿Y tú no estarías demasiado ocupado para seguir a Peyton como un idiota?

— Oye, oye, oye — Tom levantó las manos — No exageremos. Además, hablando de novias… — con una sonrisa de suficiencia, metió la mano en su bolsillo y sacó un hoja doblada. La extendió sobre la mesa con aire triunfal.

— Aquí tienen su oportunidad.

Georg entrecerró los ojos al verla y, apenas leyó el número, puso cara de fastidio.

— No.

Tom soltó una carcajada.

— Sí.

Gustav, curioso, se inclinó para leerla.

— ¿De quién es?

— La amiga de la chica que rechazó a Georg en el bar — respondió Tom con diversión — O sea, su alma gemela perdida.

Georg le arrebató el papel y la hizo una bolita antes de lanzársela de vuelta.

— No necesito caridad, gracias.

Tom la atrapó y se la quedó viendo con fingida decepción.

— ¿Seguro? ¿Y si es el amor de tu vida?

— Prefiero morir solo — murmuró.

— Vaya, ¿Entonces qué hago con el número de tu futura esposa?

— Usarlo tú, a ver si así dejas de seguir a Peyton como un perrito — soltó, cruzándose de brazos.

Tom suspiró y miró a Gustav.

— ¿Y tú qué? ¿Te animas?

Gustav sonrió y negó con la cabeza.

— Paso.

— ¿Ven? ¡Por eso están tan amargados! — Tom los señaló — Si tuvieran una novia, estarían muy ocupados siendo felices y no fastidiándome. Pero ustedes se lo pierden.

De pronto Georg se cruzó de brazos y lo miró con seriedad.

— Ahora en serio, Tom… ¿Te gusta Peyton?

Él parpadeó, sorprendido por la pregunta directa.

— ¿Qué?

— Que si te gusta Peyton — repitió Gustav, apoyando los codos en la mesa — Porque en el hospital dijiste que sentías una conexión con ella.

Tom abrió la boca para responder, pero no dijo nada.

El silencio que dejó fue suficiente para que Georg soltara una carcajada incrédula y se llevara las manos a la cara.

— ¡No puede ser! ¡Eres un imbécil!

— ¡Pero de los grandes! — añadió Gustav, negando con la cabeza — No tienes remedio.

— ¡Estás perdido! — Georg lo señaló con el dedo como si fuera la peor decepción de su vida — De todos los cerebros disponibles en el mundo, tú tuviste que nacer sin uno.

Tom chasqueó la lengua y apoyó el codo en la mesa.

— Ya dejen de exagerar.

— ¡No estamos exagerando! — Gustav hizo un ademán desesperado — ¡Es Peyton! ¿Cómo puedes siquiera dudarlo?

Tom suspiró, incómodo.

— No sé qué siento.

— ¡AY NO! — Georg se llevó las manos a la cabeza — Lo perdimos, Gustav. Se nos fue.

— No hay nada que hacer. Era un buen chico.

— Cállense — Tom frunció el ceño — En un principio sí sentía algo… No sé, era raro. Pero ahora es confuso.

— ¿Confuso? — Georg se inclinó hacia él, indignado — ¿Qué tiene de confuso? ¡Es mala, es manipuladora, te aleja de nosotros, y encima crees que es buena! ¡Eres el rey de los imbéciles!

— ¡Es más fácil razonar con una piedra que contigo! — agregó Gustav.

— ¡No sé qué decirles! — Tom levantó las manos en defensa — No estoy diciendo que esté enamorado, solo que…

— ¡Cállate! No sigas hablando — Georg se cubrió los oídos — Ya es suficiente.

— Duele escucharte — dijo Gustav, cerrando los ojos como si le doliera la cabeza.

Tom rodó los ojos. 

— Están siendo dramáticos.

— ¡Y tú estúpido! — replicó Georg.

— ¡De los peores! — asintió Gustav.

Después de varios minutos de insultos y dramatizaciones, ambos parecieron calmarse. Bueno, al menos ya no lo estaban llamando “imbécil” cada cinco segundos.

Tom aprovechó el silencio y, con la mayor tranquilidad del mundo, soltó:

— Igual, Peyton está linda.

Georg lo miró como si acabara de decir que el cielo es verde.

— ¿Qué?

— Digo, siempre me han gustado las rubias — continuó Tom, encogiéndose de hombros — Y ella está buena.

Gustav se llevó una mano al pecho, indignado.

— ¡No puede ser! ¡Es un caso perdido!

Georg, con expresión de absoluto desprecio, lo señaló.

— Eres basura.

— ¿Qué? Solo estoy diciendo la verdad — Tom sonrió, disfrutando de molestarlos — Es linda, es simpática, tiene un buen cuerpo…

— ¡NO SIGAS! — Gustav le tapó la boca con la mano — ¡Dios, no puedo escuchar más!

— ¡Es peor de lo que imaginamos! — Georg negó con la cabeza, casi en estado de shock — Perdimos a Tom.

— ¡Yo no dije que me guste! — apartó la mano de Gustav — Solo digo que no sé qué siento.

— ¡PERO NO TIENES QUE SENTIR NADA! — Georg apoyó las manos en la mesa — ¡ESA ES LA CUESTIÓN!

— Ya te hizo su hechizo — murmuró Gustav, mirándolo con decepción.

— Seguro te puso algo en el jugo — Georg asintió, convencido — Algo no estás viendo bien.

— ¡Cállense! — se rio, negando con la cabeza — Dejen de decir tonterías.

— No son tonterías — replicó Gustav — Son verdades incómodas.

— Más incómodas que tú diciéndonos que Peyton está buena — añadió Georg, con una expresión de asco — ¡Guarda esos comentarios para ti!

Tom rodó los ojos, sintiéndose aún más confundido. No sabía si estaban exagerando o si de verdad tenía que preocuparse. El ambiente cambió de golpe. Los dos, que hace un segundo estaban gritando e insultando a Tom por su mal gusto, ahora lo miraban con seriedad absoluta.

— No —dijo Georg, cruzándose de brazos.

— No puedes estar con ella — agregó Gustav, igual de firme.

Tom parpadeó, confundido por el cambio de sus actitudes.

— ¿Qué carajos? — miró a ambos, señalándolos — ¿Son bipolares o qué? Hace un segundo estaban gritándome y ahora se ponen serios de la nada.

— Te lo decimos en serio, Tom — insistió Georg — No puedes estar con Peyton.

— No es buena para ti — añadió Gustav — Te lo hemos dicho mil veces.

— ¡Pero si ni siquiera estoy con ella! — Tom levantó las manos, frustrado — Solo digo que no sé qué siento, y ustedes ya me están preparando el funeral.

En ese momento, un chico cualquiera pasó caminando cerca de su mesa. No era alguien que Tom reconociera, pero Georg y Gustav lo vieron como si fuera la clave de su argumento.

— ¡Hey, tú! — Georg lo detuvo, tomándolo del brazo.

El chico se giró con cara de desconcierto.

— ¿Qué?

— Dinos la verdad — dijo Gustav, mirándolo fijamente — Aquí entre nosotros… ¿Peyton es o no es una zorra en esta universidad?

El chico soltó una risa corta y asintió sin dudarlo.

— Obvio.

Tom sintió que se le atoraba la saliva en la garganta.

— ¡Oye! — exclamó, viéndose traicionado.

— Solo estamos comprobando un punto — dijo Georg, encogiéndose de hombros.

— Gracias, puedes seguir con tu vida —añadió Gustav, dándole una palmada en la espalda al chico, que se alejó sin cuestionar nada.

Tom los miró con incredulidad.

— ¿Ves? — Georg le señaló con un gesto acusador — TODO EL MUNDO SABE CÓMO ES ELLA.

— Menos tú, que sigues en la negación — remató Gustav.

Tom bufó, recargando la cabeza en su mano. Se quedó mirando sus manos por un momento, procesando lo que acababa de pasar. Luego, como si le hubiera caído una idea de la nada, levantó la mirada.

— Ahora que lo dicen… — se inclinó un poco hacia adelante — En la fiesta, un tipo se me acercó y me dijo que me alejara de Peyton.

Georg y Gustav se miraron de inmediato, ya tomándose esto más en serio.

— ¿Quién? — preguntó Georg.

— Un tal Ethan — respondió Tom, encogiéndose de hombros — No le presté mucha atención. 

Ambos amigos hicieron una mueca al escuchar el nombre.

— ¿Ethan? — repitió Gustav, con incredulidad.

— Mierda… — Georg se pasó una mano por la cara — No es bueno meterse con él.

Tom arqueó una ceja. 

— ¿Por?

— Es uno de los tipos más populares de la universidad — explicó Gustav — No porque sea inteligente ni nada, sino porque tiene amigos igual de imbéciles que él.

— Sí, es de esos que creen que todo les pertenece solo porque sí — añadió Georg — Y Peyton fue una de sus obsesiones por un tiempo.

Tom frunció el ceño.

— ¿Obsesiones?

— Sí — asintió Gustav.

— El problema es que Ethan es igual de idiota que tú — dijo Georg, señalándolo con un dedo — No ve la víbora que es Peyton, él se aferra a la idea de que ella algún día lo tomara en serio.

Tom hizo una mueca de desagrado.

— Wow… Gracias por el insulto .

— No es insulto, es la verdad — replicó Gustav.

— Además, si él te advirtió de Peyton, significa que ya te tiene en la mira — añadió Georg — Y eso no es algo bueno.

— Por Dios, qué dramáticos son… No me importa lo que piense ese tipo.

— Tom, en serio, esta es una señal más que clara de que te alejes de Peyton — dijo Gustav con un tono firme, pero sin sonar desesperado.

— Por favor, si hasta el idiota de Ethan lo vio antes que tú, eso ya dice mucho — añadió Georg, cruzándose de brazos — ¿O qué? ¿Vas a esperar a que te pase algo para darte cuenta?

— Exageran demasiado… Solo porque un tipo con aires de dueño de la universidad me advirtió, no significa que tenga razón.

— ¿Y qué más necesitas? — preguntó Gustav, mirándolo fijamente — Primero, te la pasamos cuando dijiste que sentías una “conexión” con ella en el hospital. Luego, ignoraste todas las veces que te dijimos que no era buena para ti. ¿Y ahora un tipo al azar también te lo dice y sigues sin verlo?

— Eres necio, Tom — murmuró Georg, negando con la cabeza.

— A ver, a ver… ¿Y qué si se equivocan? ¿Qué si Peyton realmente no es tan mala como creen?

Georg soltó una risa irónica.

— Por favor, no quieras hacerte el ciego ahora. Es más que obvio que ella no es la mejor compañía para ti.

— Por Dios, hablan como si fuera el fin del mundo — se quejó Tom, rodando los ojos — Solo porque estoy pasando tiempo con alguien que no es de su agrado.

— No se trata solo de eso — intervino Gustav, más serio— Se trata de quién está realmente de tu lado y quién no. Y créeme, hay personas que sí lo están… aunque a veces parezca que no.

Tom frunció ligeramente el ceño. 

— ¿A qué te refieres con eso?

Gustav y Georg intercambiaron miradas.

— Solo piensa en las personas que han estado ahí para ti, Tom — dijo Georg con un tono menos bromista de lo normal — No siempre todo es tan oscuro como crees.

Tom sintió la mirada de Georg y Gustav sobre él, demasiado intensas para su gusto. Sabía que intentaban decirle algo sin soltarlo directamente, y eso le fastidiaba.

— A ver, ¿Por qué no me dicen las cosas claras? — bufó, recargándose en la silla — Siempre hablan con rodeos.

Gustav soltó una risa sin humor y negó con la cabeza.

— Tom, hay cosas que uno tiene que darse cuenta solo — dijo con un tono tranquilo, pero con un peso extraño en sus palabras — No todo el mundo te va a decir la verdad en la cara.

— Exacto — añadió Georg, cruzándose de brazos — A veces, las personas que menos esperas son las que más saben.

Tom frunció el ceño, sintiendo cómo su paciencia se agotaba.

— ¿Y eso qué demonios significa?

Gustav y Georg intercambiaron miradas, pero fue Georg quien habló primero.

— Solo digo que tal vez hay alguien que ha estado tratando de protegerte todo este tiempo y ni cuenta te das.

Tom sintió un pequeño escalofrío recorrerle la espalda.

— ¿Protegerme de qué?

Gustav suspiró.

— De ti mismo, principalmente — murmuró, encogiéndose de hombros — A veces tomas decisiones tan estúpidas que alguien tiene que estar ahí para evitar que termines peor.

— No soy un niño.

—A veces parece que sí — soltó Georg sin pensarlo — En serio, Tom, no eres idiota, pero cuando quieres, te esfuerzas en parecerlo.

—¿Y qué se supone que haga con esta información a medias? —preguntó finalmente.

— Solo piénsalo, Tom. Algunas respuestas están frente a ti, pero no las ves porque no quieres verlas.

Tom entrecerró los ojos, observando a Georg y Gustav con sospecha.

— A ver, ya basta de indirectas — dijo, inclinándose un poco sobre la mesa — ¿Qué carajos están tratando de decirme?

Pero en cuanto terminó la pregunta, Georg silbó despreocupadamente y desvió la mirada hacia la ventana como si de repente fuera lo más interesante del mundo. Gustav, por su parte, empezó a tararear una canción al azar mientras movía la cabeza al ritmo imaginario.

— ¿En serio? — su tono ya era de pura indignación— ¡Les estoy preguntando algo!

— ¿Mhm? ¿Dijiste algo? — preguntó Georg con falsa inocencia.

— No te escuché, Tom, el ambiente está muy ruidoso — añadió Gustav, mientras se acomodaba en la silla. 

Tom sintió la vena en su sien palpitar de frustración.

«Estos idiotas de mierda…» pensó con los dientes apretados.

— Ah, qué casualidad que ahora son sordos, ¿No? — espetó, cruzándose de brazos — Pero bien que cuando se trata de meterse en mi vida son los primeros en opinar.

— Uy, qué carácter — murmuró Georg con una sonrisa burlona.

— Tal vez necesita más jugo para relajarse.

Tom soltó un suspiro frustrado, pasándose una mano por la cara antes de recargarse en la silla.

— Okey, está bien. No me dirán nada, lo entiendo.

Georg y Gustav intercambiaron una mirada rápida, como si dudaran de que realmente lo entendiera.

— En serio, lo entiendo — repitió Tom, con una sonrisa que no presagiaba nada bueno — Y, como lo entiendo tan bien, supongo que tampoco querrán saber nada cuando yo descubra la verdad por mi cuenta, ¿Verdad?

— Cuando… ¿Qué? — preguntó Gustav, entrecerrando los ojos.

— Oh, sí. Porque ahora que lo pienso, puedo preguntarle a muchas personas — Tom tamborileó los dedos en la mesa con aire pensativo.

— ¡No te atrevas! — soltó Georg de inmediato pero se recompuso rápidamente al ver la reacción que había tomado, tenía que improvisar — ¡Dios, Tom! — dijo riendo mientras le daba un manotazo en el hombro — ¿Nos viste la cara? Caíste redondito.

— Sí, sí, ¿Qué fue todo ese drama? — agregó Gustav, sacudiendo la cabeza — No hay ningún misterio, hombre, solo queríamos molestarte un rato.

Tom entrecerró los ojos, observándolos con seriedad.

— Mierda, claro que sí me están ocultando algo — afirmó.

Los dos se quedaron callados, aún con las sonrisas congeladas en sus rostros.

— Tom…

— No, escúchenme bien — interrumpió, apoyando los codos en la mesa y mirándolos con intensidad — No soy un idiota. Sé que me ocultan algo, pero hasta que no tenga pruebas, hasta que no esté completamente seguro… No puedo enojarme con ustedes.

Georg tragó saliva y Gustav desvió la mirada.

— Pero ustedes saben bien que no me gustan las mentiras. Ya saben que… — Tom dejó la frase en el aire, su voz sonó más baja, más seria, como si hubiera algo más profundo detrás de esas palabras.

Georg y Gustav intercambiaron una mirada, nerviosos.

— Tom…

— Quiero creer en ustedes — continuó, cruzándose de brazos — Quiero pensar que, si hay algo que deba saber, me lo dirán. Pero si descubro que me han estado engañando…

— ¡No, no, no! — soltó Georg de inmediato, levantando las manos — ¡Era broma, Tom! ¡De verdad!

— Sí, solo te estábamos molestando, no hay nada que ocultar — añadió Gustav rápidamente, riendo nervioso.

Tom los miró en silencio unos segundos más antes de suspirar y recargarse en la silla.

— Sí, claro — murmuró.

Georg carraspeó, claramente incómodo con la tensión en el aire, y decidió cambiar de tema abruptamente.

— Bueno, bueno, dejemos las conspiraciones por un momento — dijo con una sonrisa forzada — ¿Cómo van las clases?

Tom lo miró por un segundo, consciente del cambio de tema, pero decidió seguirles la corriente.

— Bien, supongo. Nada fuera de lo normal. Mucha teoría, exámenes que se acercan, profesores que creen que no tenemos vida… Ya saben, lo típico.

— Te entiendo perfectamente — comentó Gustav con una mueca — Últimamente no hago otra cosa más que trabajos y más trabajos.

— Sí, en esta época del semestre siempre nos traen jodidos — dijo Georg, dejando escapar un suspiro — Pero bueno, al menos no estás reprobando nada, ¿No?

— No, todavía no. Pero quién sabe, con este ritmo capaz me explota el cerebro antes de que termine el semestre — se quejó Tom, estirándose un poco en su silla.

— Eso te pasa por meterte a Economía — soltó Gustav con burla.

— ¿Y qué querías que estudiara? ¿Artes escénicas?

— No sé, pero algo menos cuadrado que economía — se burló Georg.

Tom rodó los ojos. 

— Lo dice el que se metió en una carrera donde tiene que hacer informes de veinte páginas.

— Tienes razón, mejor no nos quejemos — se rió Gustav.

Se quedaron en silencio por un momento, hasta que Tom cambió de tema con un tono más tranquilo.

— Por cierto, esta mañana mi mamá y yo nos arreglamos.

— ¿En serio? — Georg lo miró con sorpresa — ¿Qué pasó?

— Se lo pensó mejor y me dijo que estar enojada conmigo no iba a solucionar nada. Que no quiere seguir castigándome ni nada de eso — explicó Tom, encogiéndose de hombros — Y bueno… Tenía razón, así que al final hicimos las paces.

Gustav sonrió.

— Vaya, eso es bueno, Tom.

— Sí, porque conociéndote, si el castigo seguía, ibas a terminar huyendo de casa o algo así — bromeó Georg.

— No soy tan dramático — protestó Tom con una mueca.

— Ajá, claro — se burló Gustav.

Tom miró a sus amigos con una expresión pensativa mientras revisaba su mochila.

— Por cierto, ¿Dónde está Bill?

Justo en ese momento, el timbre resonó por toda la universidad, interrumpiendo cualquier respuesta que Georg o Gustav pudieran darle. Ambos se encogieron de hombros como si nada y se levantaron de la mesa.

— Hora de ir a clases, hermanito — dijo Georg con una sonrisa burlona mientras le daba un leve golpe en la cabeza.

— Sí, vámonos antes de que nos cierren la puerta y nos echen la bronca — añadió Gustav, dándole un empujón ligero en el hombro.

Tom resopló y se puso de pie, sacudiéndose la ropa.

— De verdad son unos imbéciles — murmuró, pero no pudo evitar sonreír.

Caminaron por los pasillos, esquivando estudiantes y riéndose entre ellos. Georg y Gustav no perdían la oportunidad de molestarlo, dándole pequeños golpes en los brazos o quitándole la bandana cada vez que intentaba arreglarla.

— Joder, déjenme en paz — se quejó, apartando las manos de Georg cuando este intentó revolverle la bandana de nuevo — Se nota que necesitan novia, están demasiado obsesionados conmigo.

— Eres nuestro hermano, Tom, nos sale natural joderte la vida — respondió Georg con una sonrisa socarrona.

— Y además, si no lo hacemos nosotros, ¿Quién lo hará? — añadió Gustav, dándole un último golpecito en la cabeza antes de doblar por un pasillo hacia su salón.

Tom solo suspiró, viendo cómo se alejaban. Luego sacó su teléfono del bolsillo, revisando la hora.

«Aún queda un largo día», pensó antes de seguir caminando hacia su clase.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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