
Fic Toll de TollWriter
55: El doctor lobo: No ha muerto
De vuelta a mis noches sin nada que hacer, empecé a buscar trabajo. Me había tomado casi dos semanas y media de descanso, entre El Celo y las noches con Georg, pero mi cuenta bancaria seguía bajando un poco más cada día y el dinero que había conseguido con las clases no duraría para siempre. Así que la tarde del jueves fui a entregar mi currículum lleno de mentiras a la oficina de la empresa de reponedores donde trabajaba Jhon.
No fui tan estúpido para llevar mi ropa normal, sino que le di un último uso a la camisa, los pantalones y las gafas del Doctor Lobo y llegué allí con una sonrisa tan falsa como las uñas de la recepcionista. Ella quiso quedarse con el currículo, pero yo insistí en llevarlo directamente a personal.
—Pareces una mujer ocupada y no quiero molestarte —sonreí—. Además, puede perderse entre tanto papel que tienes por aquí…
Ella forzó una sonrisa y me señaló por donde tenía que ir. Su trabajo era evitar interrupciones innecesarias al resto de departamentos, pero yo no me fiaba una mierda de ella. Quizá «se olvidara» de entregarlo y le importará muy poco porque ella ya tenía trabajo y un cómodo puesto sentada en una silla. Así que lo llevé personalmente, lo entregué y solté un comentario para dejar claro que Jhon me había hablado del puesto y de que éramos «amigos».
Hecho aquello, salí de allí, perdiendo la sonrisa nada más cruzar la puerta de las oficinas y sumergirme en el aparcamiento. Me saqué un cigarro y me lo fumé con calma mientras veía al otro lado, donde estaban aparcadas las furgonetas de reparto frente a las salidas del almacén. Algunos operarios ya estaban cargando las cajas de reparto y me acerqué por si veía a Jhon, solo para insistir un poco más antes de irme. El trabajo parecía bueno y sabía que, al menos, estaba bien pagado. Además, el lugar estaba en el mismo polígono industrial que la nueva nave de la Manada, pero en esquinas diferentes. Me vendría muy bien para cuando tuviera que seguir llevando la comida a Jack.
Fruncí el ceño y negué con al cabeza. Era mejor no hacerse ilusiones con puestos de trabajo, porque al final siempre te llevabas una decepción. Tiré la colilla del cigarro al suelo y me puse el casco de la moto para volver, comprar la comida a toda prisa y llegar corriendo a la Guarida para dársela a Tom. El lobo me estaba esperando tirado en el sofá, del que se levantó cuando me oyó entrar.
—¿Dieron trabajo a Bill? —me preguntó.
—No lo sé, hay que esperar —respondí, acercándome para darle su beso y su caricia antes de llevarme las bolsas a la barra del bar—. Iré mirando otros, por si acaso.
Tom se sentó en su taburete y se quedó mirándome atentamente mientras yo le sacaba la fuente de carne con arroz y una cerveza fría de la nevera.
—Bill está muy raro así —murmuró, refiriéndose a mi ropa y gafas del Doctor Lobo.
Le entregué una cuchara grande y fui a prepararme un café.
—¿No te gusta? —le pregunté de forma desinteresada.
—Bill siempre gusta a Tom —respondió con la cabeza bien alta—, pero es raro.
Solté un murmullo y asentí con la cabeza antes de ir a por mi cajetilla de tabaco y ponerme un cigarro en los labios.
—¿Y ahora? —le pregunté.
Tom sonrió con una palada de comida ya en la boca, asintió y gruñó.
—Ahora más Bill —me dijo.
Tras la siesta y el polvo de después, Tom se fue con su tupper bajo el brazo y una suave sonrisa en los labios. Me hice otro café y fui en busca del teléfono para buscar otro trabajo de mierda que al menos nos pagara el alquiler. Encontré un par, llamé a algunos para hacer una pequeña entrevista repleta de tonterías y mentiras de la que siempre me despedían con un: «nos pondremos en contacto contigo». Yo ponía cara de asco y seguía intentándolo, porque no quedaba otra. El verano había terminado y octubre era un mes complicado para encontrar trabajo, quizá cuando comenzara la campaña de navidad tuviera más suerte.
Tom volvió a casa como había salido: con un tupper debajo del brazo y una sonrisa en los labios. La única diferencia era que el cubo de comida estaba vacío y que le habían cortado el pelo al lobo. Giré el rostro desde el sofá, por encima de los brazos que tenía estirados sobre el respaldo, y se me escapó un murmullo nada más verle. Tom gruñó en respuesta, cambiando su sonrisa por una más afilada y prepotente, oliendo mi excitación al instante y poniéndose duro bajo su pantalón de chándal gris. Cuando tenía el pelo corto, era cuando más malo, rudo y peligroso parecía, algo que, junto las feromonas que flotaban en el aire acompañando su fuerte Olor a Macho, hacían estragos con mi autocontrol.
—Mierda… como me pones, Tom… —murmuré al terminar, pasándome una mano por el pelo mientras el lobo descansaba sobre mí, me frotaba el rostro sudado y ronroneaba.
Al despertarme, pasó algo parecido, pero esta vez tuve que dejar la cama para irme tambaleando hacia el baño a limpiarme la boca empapada de líquido preseminal de lobo, lavarme los dientes y hacer un par de gárgaras para quitarme aquel fuerte regusto a semen. El muy idiota se había corrido sin avisar mientras se la chupaba bajo la manta. Sabía lo mucho que eso me enfadaba, pero estaba seguro de que a Tom le gustaba hacérselo en mi boca y por eso el cabrón no decía nada. Ahora bien, si era tan valiente, después que se atuviera a las consecuencias de un Bill enfadado.
Tras tomarme un café rápido y fumarme un cigarro frente a la puerta de emergencias abierta, preparé un vaso de leche tibia para el lobo y se lo dejé en la mesilla. Cuando volví, todavía estaba allí dormido tras la batalla campal que había tenido que luchar conmigo para domarme.
Se despertó con solo al oler la comida, cuando un rugido de tripas llegó desde la habitación y vi al lobo levantarse al fin de la cama e irse al baño mientras se rascaba el pubis con una cara adormilada. Echó una de sus ruidosas meadas, se lavó las manos y vino a la cocina para sentarse en su taburete y gruñir con placer al ver la fuente con un pequeño cerdo partido a la mitad. Me miró mientras lo comía a grandes bocados y solo se detuvo cuando el teléfono empezó a vibrar sobre la mesilla.
—Gustav —le dije, entregándole el teléfono.
—Aquí Tom —respondió con la boca llena antes de tragar a prisa, moviendo la enorme nuez de su cuello de arriba abajo—. Sí. Tom se ocupó ayer de eso. —Un breve silencio—. Tom irá el primer día, después volverá con Bill a Guarida, así que puede darles una visita — otro momento después, asintió—. De acuerdo, Tom esperará a que Manada vuelva. —Finalmente me miró y dijo—. Bill…
Yo estaba preparando mi café y de espaldas a él. Me tomó un par de segundos más cerrar la tapa de la máquina y pulsar el botón antes de volverme hacia él. En una de nuestras noches en el campamento, Georg me había dado otro de sus pequeños consejos: apreciar las cosas que la Manada hacía por mí, como el teléfono, la moto o que Gustav en persona quisiera hablar conmigo. Según el Beta, ellos no hacían nada a la ligera y, como yo no dejara de verlo todo como un ataque, no podríamos alcanzar ese «punto medio» del que tanto hablaba. Me preguntaba si le decía aquellas mismas mierdas al Alfa.
Alargué la mano y me acerqué un paso a Tom.
—¡Sí! —respondió al instante el lobo, alzando ambas cejas negras y espesas con sorpresa—. Bill puede hablar.
Me entregó el teléfono y ya fui de camino a la cajetilla de tabaco en la mesilla mientras me ponía el teléfono al oído.
—¿Qué pasó, Gustav? —le pregunté con mi voz muerta y neutra—. Debe ser importante para que quieras hablar conmigo después de la última vez que nos vimos.
—Buenas tardes, Bill —respondió él, en su tono grave y más lento—. No es nada importante, por supuesto, sino no lo hablaría contigo.
Asentí y encendí mi cigarro. ¿Cómo no iba a apreciar que el Alfa me llamara para soltarme más de sus comentarios de mierda? Era todo un detalle… Sin embargo, oí cómo Gustav tomaba una bocanada de aire y se escuchó el leve crujido de queja que hizo su sillón del despacho cuando el enorme lobo se recostó sobre él.
—Me han dicho que sigues sin encontrar trabajo —empezó a decirme—. Da la casualidad de que llevo buscando a un conserje durante un tiempo. Alguien que se haga cargo del edificio de oficinas al lado del Refugio.
Lo dejó allí y se quedó en silencio. Fumé otra calada y eché el humo al aire fresco. No hacía frío, pero el cielo llevaba encapotado desde la primera hora de la mañana, arrojando una luz grisácea y plomiza sobre la ciudad. Al parecer, el Alfa me había llamado porque necesitaban que alguien desatascara los retretes de la Manada y limpiara su mierda; pero no como algo humillante, por supuesto. Yo solo sería el no-compañero que fregaba sus suelos con un mono de trabajo. Cerré los ojos y me mojé los labios, aguantándome las ganas de mandarlo a la mierda una vez más.
—¿Y quieres que te recomiende a alguien? —le pregunté tras aquella breve pausa.
—No. Había pensado que quizá tú pudieras hacerlo —respondió—. Evidentemente, te pagaríamos un sueldo acorde a la media del sector y sería un trabajo nocturno, como el que has tenido hasta ahora.
—Ahm… —fue todo lo que se me ocurrió decir mientras ponía una expresión de desprecio—. Es difícil fregar los suelos y arreglar cosas cuando puede pasar alguien en cualquier momento y joderte el trabajo — murmuré, usando todo mi autocontrol para que el tono de mi voz no variara—. Por eso los conserjes trabajan de noche. Eso no funcionaría con la Manada dando vueltas por ahí.
—Como ya sabes, Bill, en el edificio de oficinas solo está mi despacho y algunos archivos sin importancia. Lo usamos para hacer algunas fiestas en la planta baja y poco más —dijo con una voz más lenta y agresiva, como si se estuviera conteniendo las ganas de mandarme a la mierda casi tanto como yo a él—. Así que no tendrás que… soportar a la Manada dando vueltas por aquí…
Aquel momento, por tonto que pueda parecer, me recordó a cuando dejé las drogas y nadaba en un mar de desesperación, perdido y sin rumbo, solo acompañado por la profunda y hambrienta necesidad que me consumía por dentro. Yo solo podía pensar en colocarme, pero sabía que, si lo hacía, habría vuelto a empezar aquel círculo vicioso del que tan desesperadamente trataba de escapar.
Viví algo parecido en aquella conversación con el Alfa: yo solo quería gritarle que fuera a ofrecerle ese trabajo de mierda a su puta madre, que le pusiera a ella un mono sucio, que le diera una fregona maloliente y que la mandara a limpiar para la Manada; pero, si hacía eso, yo sería el crío inmaduro y desagradecido que justificara sus insultos y desprecio. Sería como volver a empezar otra vez. Así que apreté los dientes con fuerza, clavé la mirada en la ciudad a lo lejos y tomé un par de buenas bocadas.
—Muy bien —dije en voz muy baja—. Veremos cómo funciona todo esto, Gustav… y después hablamos.
—Bien —murmuró el Alfa, antes de añadir un salvaje—: De nada, Bill — y colgar.
Abrí los ojos y me quedé en blanco. Mi siguiente reacción fue levantar el teléfono en alto y estar a punto de tirarlo hacia el callejón, solo para verlo estallar en mil pedazos.
—¿Qué le dijo el Alfa a Bill? —me preguntó una voz a mis espaldas. Eso fue lo único que consiguió que me detuviera.
Cogí otro par de profundas bocanadas de aire y, en vez del teléfono, tiré el cigarro retorcido y estropeado. La única víctima de mi ira, por desgracia.
Cerré la puerta de emergencias de un golpe seco que llenó la casa y me giré hacia el lobo.
—Gustav me ha ofrecido un trabajo de conserje en las oficinas —dije.
Tom sabía que algo iba mal, así que controló su gesto de sorpresa y su gruñido de ilusión, porque sabía que era peligroso. Así que agachó la cabeza y siguió comiendo mientras me lanzaba miradas por el borde de los ojos. Fui hacia la cocina, me saqué otro cigarro y lo fumé sentado a la barra, mirando los ventanales a lo lejos mientras golpeaba sin parar el zippo plateado contra la madera. Empecé a refunfuñar entre calada y calada, repitiéndome para mí mismo los cientos de respuestas que hubiera deseado darle a Gustav, repitiéndome a mí mismo que había cometido un error y que el Alfa solo utilizaría aquello para humillarme una vez más; como siempre hacía. No era más que un hijo de puta vengativo, rencoroso y, lo peor de todo, con poder.
Tom no se durmió la siesta aquella tarde, sino que se quedó en el sofá, con la espalda recta y muy atento a cualquiera de mis movimientos. Esperó toda una hora y dos de sus programas de jardinería en atreverse a girar el rostro y mirarme, solo para encontrarme en la misma postura y con otro cigarro en los labios.
Como no respondí a su mirada, gruñó por lo bajo para llamar mi atención. Cuando le miré, agachó al momento la cabeza y giró el rostro; lo que vio en mi rostro debía dar completo terror, porque esperó otra hora para volver a intentarlo. Esta vez se levantó y se aseguró de que no estaba enfadado con él, acercándose lentamente, fingiendo que iba a buscar algo a la nevera para después pegarse a mi espalda, rodearme con los brazos y acariciarme el pelo. Yo no me moví, pero eso no tenía por qué ser una mala señal viniendo de mí.
—Alfa quiere dar trabajo a Bill… preguntó a Tom hace unos días si Bill querría trabajar en el edificio de oficinas…
Giré el rostro para mirar los ojos amarillentos de bordes anaranjados y gruesas pestañas del lobo.
—¿Y le dijiste que sí…? —quise saber con un tono muy peligroso en la voz.
El lobo retrocedió un paso y gimoteó con expresión de pena.
—Las oficinas están cerca de Refugio… —murmuró—. Cerca de Manada…
—¡Sí, para que me vean bien cuando desatasque su mierda del váter! — respondí yo, volviendo a apretar los dientes—. No voy a hacerlo —decidí, levantándome del taburete para irme hacia la habitación—. ¡Qué lo cogan!
Oí un gemido de pena de Tom, uno lejano y solo hasta que cerré la puerta corredera de papel con un golpe seco. Me eché de espaldas sobre la cama y me quedé allí, de brazos cruzados y con la mirada fija en el techo descascarillado y comido por el tiempo. Tom no vino a verme hasta que cayó la noche, cuando abrió la puerta muy lentamente para mirarme tumbado en la cama. Pasó con cuidado y fue directo al armario para coger la ropa que iba a ponerse. Me dedicó miradas rápidas por el borde de los ojos, pero no se atrevió a hablar hasta que estuvo preparado para marcharse a trabajar.
—Tom sabe que Bill ha sido bueno con Manada —me dijo en voz baja—. Ayuda mucho a Jack y a Georg. Y Bill no se merece que la Manada le tiré pan a la cara y le eché de su sitio al lado de su Macho —se detuvo un momento y cogió aire para hinchar su pecho y levantar la cabeza—. Tom está con Bill. Manada fue cruel con su compañero. Pero a Tom le pareció buena idea que Bill trabajara en las oficinas —volvió a bajar los ojos a las llaves del Jeep entre sus manos—. Estaría cerca de su Macho… y las oficinas son muy importantes para Manada. Allí trabaja el Alfa y hay papeles de los negocios. Tom creyó que Gustav estaba empezando a confiar de nuevo en Bill y le dijo que sí.
Tras aquello, se quedó en silencio y me miró por el borde superior de los ojos, con la cabeza agachada y los hombros algo caídos.
—Podría haberme dado un trabajo en la tienda de caramelos —murmuré con la voz algo ronca después de pasarme tanto tiempo allí tirado y en silencio—, o en el Luna Llena, como antes. Pero me ha ofrecido un puesto limpiando mierda…
Tom, que quizá no se esperara respuesta alguna de mí, levantó la cabeza con atención y se acercó un paso.
—No, no. Las oficinas son mucho mejor que trabajo en tienda de caramelos o Luna Llena —me aseguró—. Más importante. Mucho más.
Me incorporé lo suficiente para apoyar los codos en el colchón y mirar al lobo.
—¿Cómo rayos un puesto de conserje va a ser mejor que lo otro? —le pregunté.
—Más cerca de Alfa y de Manada —insistió—. Machos verán allí a Bill y sabrán que ahora es de confianza.
Tom se terminó echando sobre la cama para quedarse de lado y mirarme directamente.
—Tom podrá ver a Bill cuando quiera porque está cerca de Refugio. Y Bill sabe lo mucho que le gusta a su Macho verle… —gruñó por lo bajo de forma excitada y acercó su rostro al mío para acariciarme como solo un lobo hacía.
Yo seguía enfadado, pero era solo un resquemor en el fondo de mi mente. Dejé que Tom siguiera con aquella tontería un poco más, hasta que me mordisqueó la mejilla y se inclinó sobre mí, moviendo su enorme brazo por mi cuerpo hasta rodearme y atraerme hacia él. La cercanía, el calor y su deliciosa peste a Macho consiguieron destruir mis defensas, como siempre ocurría.
No tardé en ponerme muy caliente, y el lobo tardó menos en reaccionar y echarse sobre mí mientras gruñía. Uno de nuestros polvos sucios y salvajes era justo lo que necesitaba para reorganizar las ideas y replantearme algunas cosas. En ese estado de profunda calma, sudado y con el rostro apoyado en el enorme pecho peludo de mi lobo, vi las cosas de otra manera.
Si Tom tenía razón y aquella oferta de empleo era un intento de Gustav de acercarme a ellos, no podía rechazarlo; por otro lado, me costaba creer que el Alfa no viera lo retorcido que era y lo confusa que resultaba la idea de querer darme un pequeño «regalo» tan envenenado como ese.
—Tom y Bill deberían irse ya… —me dijo el lobo al poco de que la inflamación se terminara.
Murmuré algo por lo bajo, apenas un sonido ronco antes de incorporarme y salir de encima de él para que pudiera volver a subirse los pantalones y cambiarse la camiseta manchada. Yo fui un momento al baño y salí en el mismo estado de tranquilidad para buscar algo cómodo y rápido que ponerme. Salimos juntos de casa y fuimos directos al Jeep.
Puse algo de música y me saqué un cigarro antes de abrir la ventanilla. Tom parecía mucho más contento que antes y se pasó el camino con una media sonrisa en los labios y mirándome intermitentemente por el borde de los ojos. Se detuvo cuando llegamos frente al Refugio y bajó antes que yo, esperándome al lado de la puerta para acompañarme. Tomé una última bocanada, cerré la ventanilla y bajé del todoterreno, controlándome para no dar un portazo por si había algún lobo espiándome y analizando mi reacción.
La entrada al Refugio seguía como siempre, con aquel gran portón y la cálida luz amarillenta que iluminaba el pasillo de la entrada y la mayoría de ventanas que daban a la calle. Sin embargo, no había Machos a la vista, pero sí un montón de todoterrenos aparcados por allí.
Tom y yo caminamos hacia el edificio de al lado, una vieja construcción de oficinas sumergida en la oscuridad, a excepción de una pálida luz en la entrada y uno de los ventanales del último piso. Tom me abrió la puerta y dejó que pasara primero, encontrándome con un lobo sentado en unos pequeños sofás viejos de la pared. Algo que, en los sesenta, debía haberse considerado una sala de espera bastante moderna y cómoda. El Macho se levantó al vernos y se acercó para inclinar la cabeza ante su SubAlfa.
—Tom —le saludó.
—Ben —respondió el lobo, pegándose un poco a mi espalda antes de añadir—. Bill vino a trabajar.
El lobo, de unos treinta y muchos y canas en las sienes que llegaban hasta el inicio de su barba y su mentón, me miró con expresión seria y asintió.
—Hola, Bill —me saludó, llevándose sus manos a la espalda, lo que marcó más sus anchos hombros y su gran pectoral—. Yo soy Ben, segundo Beta de la Manada. El Alfa me pidió que yo mismo te enseñara el puesto y te explicara algunas cosas.
Respondí con un movimiento de cabeza y una expresión indiferente. Ben podría ser todo un Sugar Daddy de libro y el segundo Beta, pero yo no estaba impresionado. Eso no fue algo que pasara por alto al lobo, que levantó un poco la cabeza antes de añadir:
—No hace falta que te diga lo valioso que es mi tiempo y el detalle que está teniendo Gustav contigo al ofrecerte tal privilegio, ¿verdad, Bill?
—Oh… —ahí fue cuando entendí qué clase de persona era Ben. Supe que él y yo no íbamos a ser nunca buenos amigos, y tuve razón—. Por supuesto… —murmuré.
—Bien. Acompáñame, por favor —dijo, mirando a Tom antes de dedicarle otra inclinación de cabeza a forma de despedida.
Mi lobo me dio una última caricia frotando su rostro contra mi pelo y ronroneó por lo bajo antes de decirme por lo bajo: «Tom se va».
—Pásalo bien —respondí yo, dando un paso hacia donde ya me estaba esperando Ben, el Beta bastardo.
No tardó en quedar claro que yo tampoco le caía nada bien, pero el lobo parecía tener mayor tacto a la hora de tratar conmigo que los demás Machos. Me explicó donde estaba la conserjería, dónde estaba el armario de la limpieza, me dio un rápido y escueto tour por el edificio y después me dejó de nuevo en conserjería antes de decirme:
—Si tienes alguna duda, comunícaselo a Tom y te daremos una respuesta, pero no molestes al Alfa en su despacho.
—Evitaré el último piso como si fuera el puto infierno —sonreí de una forma afilada.
Ben continuó con su expresión seria y las manos a la espalda un par de segundos más antes de darse la vuelta e irse. Una vez solo, me tomé mi tiempo para revisar lo que había en las taquillas de conserjería, viendo que estaban vacías y no tenían ningún mono asqueroso y sucio con mi nombre en él. Arqueé una ceja y asentí, no sabía si molesto o agradecido de no tener aquella excusa para enfadarme e irme.
Tampoco había lista de tareas, ni nada que se le pareciera; solo un mapa del edificio en la pared con las diferentes plantas, incluido el sótano; un viejo teléfono de pared para las comunicaciones internas; una mesa frente a una ventana acristalada y corrediza por la que se veía el pasillo a oscuras; una silla de oficina de un horrible color azul eléctrico y un ordenador de hacía veinte años que, evidentemente, no funcionaba ya. Sin tareas que hacer ni nadie que me diera órdenes, me quedé allí, sentado en la silla, con las piernas sobre el escritorio y el teléfono en las manos.
No habían pasado ni dos horas cuando Tom apareció por el pasillo, dio un par de golpes a la ventanilla acristalada y sonrió como un tonto mientras caminaba hacia la puerta para abrirla.
—¿Qué tal Bill? —me preguntó, acercándose para inclinarse sobre mí y rodearme el cuerpo antes de ronronear en mi pelo.
—Bien —murmuré a mi pesar—. No hay mucho que hacer.
—Edificio de oficinas es viejo, pero no se usa mucho —respondió, entonces miró el monitor del ordenador y gruñó—. Tom dirá a Alfa que cambie ordenador para Bill.
—No, no le pidas una mierda —me negué—. dejémoslo así.
Había algo que me molestaba de todo aquello, e incluso cuando Tom tuvo que irse y volvió a buscarme para llevarme a casa, seguí dándole vueltas. No estaba seguro, pero una parte de mí casi hubiera deseado que aquella noche hubiera salido terriblemente mal para tener la excusa definitiva. Como el bollo de pan para no ir a las fiestas. Por desgracia, nadie había venido a encargarme trabajos sucios y denigrantes, nadie me había molestado ni había venido a supervisarme; había sido aburrido, sí, pero eso era todo lo malo que podía decir, y, siendo sinceros, no era algo de lo que no me quejara a menudo de mis trabajos.
—Serás hijo de puta… —le dije a un Gustav invisible mientras me fumaba un cigarro frente a la puerta de emergencias—. ¿Qué estás planeando…?
Tom gruñó a mis espaldas, tumbado en el sofá, creyendo que quizá hablaba con él. Negué con la cabeza y le hice un gesto para que siguiera viendo su programa de bricolaje. Decidí que todavía era pronto y que, quizá, Gustav estaba guardándose la munición pesada para un poco más adelante…
Por eso, la tarde del sábado, cuando sonó el teléfono sobre la mesilla, sonreí. Me levanté de al lado de Tom, completamente dormido y roncando mientras sufría leves contracciones en la pierna, y fui a ver el número. Seguí sonriendo, seguro de que era el Alfa que llamaba para empezar con sus «exigencias». Ahora limpia los váteres, Bill… Ahora friega el suelo con esta servilleta, Bill…
—¿Sí? —pregunté con cierto retintín burlón. Era hasta macabro lo feliz que me hacía tener razón.
—Sí, ehm… perdone, Doctor Lobo —dijo una voz baja y aguda—. Soy Clarise, de la Fundación. Tiene a sus pacientes en clase esperando por usted, ¿les digo que va a llegar un poco tarde?
Me quedé en blanco, perdí la sonrisa al momento y por un par de segundos no supe qué responder. La mujer tuvo que volver a repetir «¿Doctor Lobo?», para que yo reaccionara:
—¿Qué pacientes?
—Su… sus pacientes de cada semana —dijo ella, como si la pregunta la hubiera pillado por sorpresa—. ¿Prefiere que les diga que se marchen?
—¡No! —exclamé—. No —repetí en un tono más calmado y profesional—. Estoy en mi… —miré a Tom roncando en el sofá y con la mano metida debajo de su chándal negro—, despacho. Diles a mis pacientes que llegaré en quince minutos.
Dicho esto, no esperé a escuchar la respuesta, colgué la llamada y miré mi correo para ver las notificaciones de los nueve estúpidos que me habían ingresado ochenta dólares en la cuenta de PayPal. Entonces salí disparado hacia la habitación y rebusqué mi ropa de Doctor Lobo en el armario. Estaba arrugada y usada, pero yo no me esperaba seguir con mis charlas después del Celo.
Me la puse de todas formas junto con las gafas y la corbata antes de precipitarme hacia el baño, hacer algo con mi pelo y volver directo al salón para coger las llaves de la moto y de casa. En quince minutos y después de apretar el acelerador como un maníaco, llegué a la ONG, entré con una sonrisa y recolocándome la corbata para mirar a la vieja que me esperaba detrás de recepción. Me saludó y yo respondí con un asentimiento de cabeza, yendo directo a la clase.
Miré a los clientes, ninguno que yo recordara, apoyé la cadera en la mesa del profesor y me crucé de brazos, ocultando los círculos de sudor bajo mis axilas.
—¿Qué tal el Celo? —les pregunté tras un breve silencio. Nadie respondió, solo se intercambiaron miradas discretas o agacharon la cabeza—. Exacto —asentí—, porque entonces no estarías aquí. Esta semana reabren los locales de lobos y ustedes quieren probar suerte una vez más…
Les solté la misma charla que a todos los demás, la misma que las semanas anteriores y ellos salieron igual de confundidos y extrañados que el resto. La diferencia, es que esos hombres y mujeres no eran clientes estacionales como lo eran los que buscaban El Celo.
Eran humanos que querían explorar el oscuro mundo de los lobos y no les importaba el cuándo; o podía tratarse solo de clientes rezagados que querían darle un último intento a mis clases. A eso le daba vueltas mientras volvía a casa, encontrándome con un Tom un poco nervioso y confuso al llegar. Me había ido sin decirle nada y se había despertado caliente y en una Guarida vacía. No era un lobo controlador, pero le gustaba saber dónde estaba o se ponía impaciente y nervioso.
—Me llamaron para una entrevista y tuve que salir corriendo —le mentí, dejando mi chaqueta negra de cuero sobre la barra de la cocina antes de sacarme un cigarro—. ¿Nos vamos ya? —pregunté, mirando que ya estaba vestido para el trabajo.
Tom gruñó y frunció el ceño.
—Bill debe despertar a Tom antes de irse —murmuró, mirándome por el borde superior de sus ojos amarillentos—. Tom siempre se despide de Bill.
Asentí y me encendí el cigarro, soltando una bocanada de humo.
—De acuerdo, me despediré la próxima vez —prometí, porque estaba casi seguro de que no habría próxima vez—. Mañana te compraré algo especial en la tienda de comida, para compensártelo —añadí, acercándome un poco para acariciarle el estómago—. Deja de gruñir ya.
El lobo gruñó otra vez, alzando la cabeza en una postura orgullosa antes de rodearme con los brazos y apretarme contra él, hundiendo su rostro en mi pelo. Puse los ojos en blanco, pero terminé abrazándole de vuelta, con cuidado de no quemarle con el cigarro. Tras aquello, bajamos juntos hacia el Jeep y nos pusimos de camino al trabajo. Tom se despidió de mí en la entrada con un firme: «Tom se va», a lo que respondí: «Pásalo bien, fiera».
El edificio de oficinas estaba tan vacío como el día anterior, repleto de habitaciones a oscuras y pasillos en penumbra, tan solo iluminados por las luces de emergencia de consumo mínimo. Llegué a conserjería, dejé mi chaqueta en el respaldo de la silla y miré la nota que me aguardaba sobre el escritorio. Arqueé una ceja y puse una media sonrisa perversa en los labios. Aquel era el momento.
«Esta noche te llevo un ordenador decente. Firmado: (dibujo de una verga)». Chasqueé la lengua y me dejé caer en la silla, recostándome y produciendo un leve chirrido de muelles viejos.
Yo sabía que el Alfa estaba planeando algo, pero lo que no sabía era que Gustav estaba en su sillón del despacho, pensando lo mismo de mí. Él creía que en algún momento yo montaría algún espectáculo o le interrumpiría para quejarme e insultarlo. Me había dado aquella oportunidad para demostrar a Tom y a sí mismo que todo aquello no era culpa suya, pero eso no significaba que confiara en mí, así que no me había puesto trabajo ni razones para tener que moverme de mi puesto en conserjería. Si me pillaban husmeando donde no debía, sería solo culpa mía. Si me enrabietaba y me iba, sería solo culpa mía. Si interrumpía su trabajo o molestaba a la Manada, sería solo culpa mía.
A veces daba miedo lo mucho que Gustav y yo nos parecíamos.
Continúa…
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