
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 2
Una semana había pasado desde aquel encuentro en el café. Una semana en la que Thomas Kaulitz descubrió que era posible pensar en alguien más que en el vacío que había dejado su esposa.
Bill.
El nombre se repetía en su mente mientras firmaba documentos, mientras atendía reuniones, mientras conducía por las calles de Stuttgart. Cada vez que cerraba los ojos, veía esos ojos mirándolo con timidez.
Era ridículo. Patético, incluso. Un hombre de treinta años pensando constantemente en un chico de dieciocho. Pero no podía evitarlo.
El teléfono de su oficina sonó, sacándolo de sus pensamientos.
—¿Sí?— Contestó, con tono profesional.
—¡Thomas!— La voz alegre de Andreas resonó al otro lado.— ¿Cómo estás, viejo?
—Bien, Andreas. ¿Sucede algo?
—Nada malo, al contrario. Quería agradecerte por el dinero que me diste. Me ha servido muchísimo— Hizo una pausa.— Por eso quiero invitarte a cenar a mi casa esta noche. Bill cocinará. Créeme, cocina mejor que cualquier restaurante caro.
El corazón de Thomas dio un salto involuntario al escuchar el nombre de Bill.
—No es necesario, Andy…
—Insisto. Además, así te devuelvo un poco el favor. ¿Qué dices? ¿A las seis?
Thomas miró su reloj. Las tres de la tarde. Tenía tiempo suficiente.
—Está bien— Aceptó, intentando sonar casual.— Ahí estaré.
—¡Perfecto! Nos vemos entonces.
La llamada terminó y Thomas se recostó en su silla de cuero, mirando el techo de su oficina con una sonrisa pequeña que no había sentido en meses. Volvería a verlo.
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Las cinco y media. Thomas conducía por las calles de Stuttgart hacia la casa de Andreas, con la camisa impecable y el saco perfectamente planchado. Se había asegurado de verse bien, aunque intentaba convencerse que era solo por educación.
El teléfono sonó de nuevo, interrumpiendo sus pensamientos. La pantalla mostraba un número que reconoció de inmediato: la escuela de Tom.
Frunció el ceño y contestó.
—¿Señor Kaulitz?— La voz de la directora sonaba seria.
—Sí, soy yo.
—Buenas tardes. Le llamo para informarle sobre el comportamiento de su hijo, Tom— Suspiró antes de continuar.— Sus calificaciones han bajado considerablemente en las últimas semanas. Y su actitud… Bueno, ha sido grosero con sus maestros y compañeros. No ha llegado a agredirlos físicamente, pero su lenguaje y su trato han sido completamente inaceptables.
Thomas cerró los ojos un momento, apretando el volante con más fuerza.
—Entiendo.
—Necesitamos que hable con él, señor Kaulitz. Sabemos que ha pasado por mucho con la pérdida de su madre, pero no podemos permitir que su comportamiento continúe así.
—Hablaré con él esta noche— Prometió Thomas, con voz firme.— No volverá a suceder.
—Esperamos que no. Buenas noches, señor Kaulitz.
La llamada terminó y Thomas se quedó en silencio, estacionado frente a un semáforo en rojo.
Tom, su hijo. El niño que había perdido a su madre y que ahora parecía estar perdiéndolo a él también.
La culpa lo golpeó como una ola fría, pero la apartó. Ya hablaría con Tom más tarde. Ahora tenía una cena a la que asistir.
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La casa de Andreas lucía aún más humilde bajo la luz de la tarde.
Thomas tocó la puerta y Andreas abrió casi de inmediato, con una sonrisa amplia.
—¡Thomas! Pasa, pasa— Lo invitó, haciéndose a un lado.
El interior era modesto pero limpio. Las goteras habían sido parcialmente reparadas, pero aún había ollas estratégicamente colocadas para recoger el agua que se filtraba.
Olía a comida casera, a especias y a algo dulce.
Bill estaba en la cocina, de espaldas, removiendo algo en una olla. Vestía completamente de negro: un suéter de cuello alto ajustado que se ceñía a su figura delgada, marcando sutilmente la curva de su cintura y caderas. Unos jeans negros entubados completaban el conjunto. Su cabello azabache atado en una coleta baja, y sus movimientos eran delicados, verdaderamente sugestivos.
—Bill— Llamó Andreas.— Thomas ya llegó.
Bill se giró lentamente, y cuando sus ojos se encontraron con los de Thomas, los segundos se convirtieron en horas. Thomas, sin poder evitarlo, notó la ligera curva de sus pechos pequeños pero presentes bajo la tela negra.
—Buenas noches, Thomas— Saludó con esa voz suave que Thomas había estado recordando toda la semana.
—Buenas noches, Bill— Respondió él, sintiendo cómo su corazón se aceleraba sin permiso, apartando rápidamente la mirada antes que fuera demasiado obvio.
Andreas, ajeno a la tensión entre ambos, guió a Thomas hacia la pequeña sala.
—Siéntate, ponte cómodo. Bill está terminando la cena. No tardará mucho.
Thomas se sentó en el sofá gastado pero cómodo, intentando no mirar demasiado hacia la cocina. Pero era imposible. Sus ojos se desviaban constantemente hacia Bill, quien se movía con gracia entre las ollas y sartenes, con su figura esbelta destacando con cada movimiento.
Andreas comenzó a hablar sobre cómo había usado el dinero para arreglar el techo y pagar algunas deudas, pero Thomas apenas escuchaba. Su atención estaba dividida entre asentir educadamente y observar cada movimiento de Bill en la cocina.
—La cena está lista— Anunció Bill finalmente, con una sonrisa tímida.
Se trasladaron a la pequeña mesa del comedor. Bill sirvió los platos con cuidado, colocando uno frente a Andreas, otro frente a Thomas, y finalmente uno para él. Era un guiso de carne con verduras que olía increíblemente bien. Cuando se inclinó para servir el plato de Thomas, este pudo ver más de cerca la delicadeza de sus rasgos, la piel pálida de su cuello, y nuevamente, sin quererlo, la sutil forma de su pecho bajo el suéter ajustado.
—Esto se ve delicioso— Comentó Thomas, mirando a Bill.
—Gracias…— Murmuró Bill, bajando la mirada mientras se sentaba.— Espero que te guste.
Comenzaron a comer. Andreas hablaba animadamente sobre sus planes de conseguir un trabajo mejor, sobre las clases de Bill en la universidad, sobre el clima que no dejaba de llover. Pero cada vez que hacía una pausa, el silencio entre Thomas y Bill se llenaba de miradas furtivas.
—¿Y tú, Bill?— Preguntó Thomas de pronto, interrumpiendo el monólogo de Andreas.— ¿Qué estudias?
Bill levantó la vista, sorprendido de que Thomas le dirigiera la palabra directamente.
—Estudio enseñanza— Respondió con voz suave.— Quiero ser maestro… Me encantan los niños.
—Ah, sí— Interrumpió Andreas con una sonrisa orgullosa.— Bill ama a los niños. Siempre ha sido así. No me sorprendería que en el futuro tuviera un montón corriendo por toda la casa.
Bill se sonrojó intensamente ante el comentario de su hermano.
—Andy…— Murmuró avergonzado.
Thomas sonrió, encontrando adorable la reacción de Bill. La imagen de Bill rodeado de niños, enseñando con esa paciencia y dulzura, le pareció hermosa.
—Debe ser una carrera gratificante— Comentó Thomas.— Los niños necesitan buenos maestros. Personas que realmente se preocupen por ellos, que amen realmente su trabajo.
—Eso creo también— Bill sonrió tímidamente, y por un momento, fue como si Andreas no estuviera ahí.
Bill mantenía la mirada baja mientras hablaba, pero cada vez que la levantaba, encontraba los ojos de Thomas fijos en él. No era una mirada vacía o superficial como la de otros hombres que solo veían su apariencia con curiosidad morbosa o deseo.
Thomas realmente escuchaba. Hacía preguntas genuinas, mostraba interés real en sus sueños, en lo que quería hacer con su vida.
Andreas nunca le había presentado a alguien así.
Los amigos de su hermano solían ser torpes, inmaduros, o directamente incómodos alrededor de Bill. Pero Thomas… Thomas lo trataba con respeto, con interés genuino, y al mismo tiempo había algo en su mirada que hacía que Bill se sintiera visto de una forma completamente nueva.
Pero tenía un hijo.
Se recordó Bill a sí mismo
Estuvo casado. La muerte de su esposa lo tenía recaído. No debería estar sintiendo eso.
Pero sus mejillas seguían ruborizadas, y su sonrisa no desaparecía.
Andreas notó el intercambio y sonrió para sus adentros, pero no dijo nada. Solo siguió comiendo, dejando que la conversación fluyera entre su amigo y su hermano.
La cena continuó con más preguntas. Thomas preguntó más sobre sus estudios, Bill habló sobre las prácticas que haría el próximo semestre en una escuela primaria. Hablaron sobre Stuttgart, sobre la lluvia incesante, sobre pequeñeces que de pronto parecían importantes solo porque las compartían.
Cuando terminaron, Bill recogió los platos con cuidado. Thomas se ofreció a ayudar, pero Andreas lo detuvo.
—No, no. Tú eres el invitado. Bill se encarga.
Thomas observó cómo Bill desaparecía en la cocina, notando una vez más la forma en que la ropa ajustada delineaba su figura delgada.
Se dio cuenta que no quería irse. Quería quedarse más tiempo, escuchar más de esa voz, ver más de esa sonrisa.
En la cocina, Bill lavaba los platos con movimientos lentos, distraídos. Podía escuchar las voces de Andreas y Thomas en la sala, pero su mente estaba en otro lugar. En Thomas.
El reloj marcaba casi las nueve. Era hora de regresar.
—Gracias por la cena, Andreas. Y gracias a Bill también— Dijo Thomas levantándose.— Todo estuvo delicioso.
Bill apareció desde la cocina, secándose las manos con un trapo.
—Me alegro que te haya gustado— Dijo con una sonrisa pequeña.
Andreas acompañó a Thomas hasta la puerta.
—Vuelve cuando quieras, viejo. Siempre eres bienvenido.
Thomas asintió, pero su mirada se desvió una última vez hacia Bill, quien lo observaba desde el umbral de la cocina con una mirada cálida.
—Buenas noches, Bill— Se despidió finalmente, saliendo hacia su auto.
—Buenas noches, Thomas…
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Cuando llegó a su casa, todo estaba en silencio. La luz de la sala estaba encendida, y ahí estaba Tom, sentado en el sofá, con la mirada fija en el televisor.
—Hola, Tom— Saludó Thomas.
—Hola— Respondió el niño sin apartar la vista de la pantalla, con voz monótona.
Thomas se quitó el saco y se acercó, sentándose en el sofá junto a su hijo. Tom no se movió, no lo miró.
—Me llamaron de la escuela hoy— Empezó Thomas, con tono suave pero firme.
Silencio.
—Me dijeron que tus calificaciones han bajado. Y que has sido grosero con tus maestros y compañeros.
Tom seguía mirando la televisión sin ninguna emoción, inexpresivo.
—Tom, necesito que me escuches— Insistió Thomas.— Sé que todo ha sido difícil, pero no puedes comportarte así. Tienes que esforzarte más en la escuela.
—Extraño a mamá— Dijo Tom de pronto, con voz baja y sin emoción, como si fuera un hecho simple.
Thomas se tensó. Ese tema. Siempre ese tema.
—Tom…
—¿Por qué nunca hablas de ella?— Preguntó el niño, finalmente girando su cabeza para mirarlo con esos ojos que se parecían tanto a los suyos.
Thomas desvió la mirada. No podía. No ahora.
—Necesito que cambies tu actitud— Dijo con firmeza, evadiendo la pregunta.— Tus maestros, tus compañeros… todos merecen respeto. Y tú mereces un futuro mejor, ¿entiendes?
Tom lo miró un momento más, esperando algo, cualquier cosa. Pero Thomas no dijo nada más. Finalmente, el niño volvió su atención al televisor.
—Sí— Murmuró
Thomas se levantó, dejando a Tom solo en la sala. Subió las gradas hacia su habitación, y cuando cerró la puerta detrás de él, dejó escapar un suspiro pesado.
Pensó en Tom, en sus palabras, en cómo lo había mirado. Debería sentirse culpable. Debería estar más presente. Pero su mente, terca y egoísta, regresaba una y otra vez a una casa humilde, a una cena casera, a unos ojos avellana que lo habían mirado como si él fuera algo más que un hombre roto. A una figura delgada vestida de negro que había despertado algo en él que creía muerto. A Bill.
En su propia habitación, Bill también estaba despierto. Se había acostado hace media hora, pero el sueño no llegaba.
Miraba el techo en la oscuridad, con las manos sobre su pecho, sintiendo cómo su corazón todavía latía más rápido de lo normal.
Su sonrisa, su voz, la forma en que lo había mirado durante la cena, como si Bill fuera lo único en la habitación.
Entonces recordó aquella tarde en el café, cuando sus miradas se cruzaron por primera vez. Cómo había sentido algo en su interior, algo que nunca había sentido antes.
Bill cerró los ojos, abrazando su almohada.
Y con ese pensamiento, finalmente se quedó dormido, con una pequeña sonrisa en los labios.
Continúa…
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