Fic Toll de TollWriter

42: El exilio: Doctor lobo

Encontrar un lugar para dar los seminarios resultó ser lo más complejo de todo. No quería alquilar un local ni un aula, porque los precios eran absurdos y yo ni siquiera sabía cuánta gente asistiría a mi charla.

Durante el desayuno busqué algunas posibilidades, pero eran muy pocas. La iglesia evangélica donde yo había ido la primera vez era una buena opción, el problema era que ya había asambleas de PHIL organizadas allí, probablemente dadas por la misma mujer que me las había dado a mí. No tenía miedo a la competencia, pero la muy zorra tenía cogidas las mejores horas: viernes y sábados noche. No me quedó otra opción que buscar otro sitio.

—Dúchate y ven a comer— le dije a Tom nada más dejar las bolsas sobre la mesa de la cocina.

El lobo me saludó con un gruñido bajo y recostó la cabeza sobre el respaldo para que me acercara a darle su caricia.

—¿Te has bebido todo el agua que te di ayer— le pregunté tras frotar su mejilla y darle un pequeño beso.

—Tom bebió todo lo que le dio Bill.

Asentí y me fui a desenvolver la bandeja de comida. El lobo se levantó del sofá, pero le costó un poco, gruñó y se llevó la mano al lumbar. Le miré atentamente mientras caminaba a pasos cortos hacia el baño y fruncí el ceño. Cuando regresó con el pelo mojado y una toalla alrededor de la cintura, como yo me la ponía, le pregunté:

—¿Te duele la espalda?

El lobo se sentó con un resoplido en el taburete y cogió el tenedor antes de llevarse un buen trozo de cerdo a la brasa a la boca, mirarme y asentir. Chasqueé la lengua y tiré la colilla del cigarro por la puerta de emergencias antes de dirigirme hacia el baño.

—¿Qué te he dicho de dejar el suelo empapado de agua?— le grité desde allí, mirando el charco que había dejado al lado de la ducha por salir de allí sin secarse primero.

No oí respuesta alguna, pero podía imaginarme al muy tonto gruñendo por lo bajo o algo así mientras rodeaba la bandeja de comida por si se la quitaba. Fui hacia el lavabo y abrí el armario tras el cristal. Allí tenía la máquina de afeitar y algunas cosas que a veces utilizaba, como una pomada fría para los dolores musculares. Yo también había tenido algunos trabajos pesados y había vuelto a casa con la espalda jodida o los hombros ardiendo. Cogí el envase medio vacío y volví junto al lobo. Tom me siguió con la mirada desde que aparecí por el salón, atento y precavido. Como me imaginaba, tenía un brazo alrededor de la bandeja y comía más rápido. Puse los ojos en blanco y me fui a preparar un sándwich.

—Hay tres llamadas perdidas de anoche, ¿me llamaste tú?— le pregunté.

El lobo no terminó de masticar antes de negar enérgicamente con la cabeza.

—Si necesitas hablar conmigo, mándame un mensaje primero y te devolveré yo la llamada— ordené, terminando de montar el sándwich y dándole un buen mordisco mientras apoyaba la cadera en la encimera y miraba al lobo.

—Quizá Manada quisiera hablar con Bill— me dijo tras tragar el gran trozo de carne que se había llevado a la boca. —Quizá Linda organice una cena y quiera otra vez ayuda de Bill— sonrió y levantó la cabeza, ilusionado con aquella estúpida idea.

— O quizá quieran seguir dándome por el culo con sus estupideces— murmuré por lo bajo.

Tom gruñó y siguió comiendo, perdiendo la alegría que le había producido pensar que la Manada me estaba empezando a incluir en sus planes; cosa que no iba a pasar. Principalmente, porque yo no iba a permitirlo.

Cuando el lobo terminó de comer el cerdo de cinco kilos, resopló y se fue tambaleando hacia el sofá para tumbarse, rascarse los huevos y seguir viendo la televisión. Me hice un café con hielo y lo dejé en la encimera antes de acercarme a Tom. Le pedí que se diera la vuelta y él me miró un momento antes de fruncir el ceño. A los Machos no les gustaba dar la espalda, eso les hacía sentirse indefensos y vulnerables; tuve que cruzarme de brazos y dedicarle una de esas miradas que le daba miedo para que gruñera y, a regañadientes, se diera la vuelta.

Me puse a su lado en el suelo y abrí el tapón de la pomada para extender una buena capa en la zona del lumbar. Tom volvió a gruñir y se removió algo inquieto, pero le ignoré y continué masajeando la zona. No tardó demasiado en sustituir los sonidos de queja por un ronroneo suave, entonces se quedó muy quieto y fue cerrando los ojos hasta quedarse dormido. Continué hasta que, más o menos, la pomada estuvo bien distribuida. Me levanté del suelo y fui a limpiarme las manos, sentándome en el taburete de la barra de bar con mi café y un cigarro mientras miraba el teléfono.

Al parecer, el negocio de profesor de loberos estaba bastante extendido. No había más que hacer una búsqueda rápida para descubrir la cantidad de hombres y mujeres que aseguraban «un 99% de éxito». Eso era imposible por muchas razones. Al contrario de lo que me había dicho a mí en la charla, no había una «forma segura» de que un Macho se interesara por ti.

Mis numerosas conversaciones con Felix, Norman y Georg me habían dejado claro que los lobos tenían gustos propios y muy particulares, que no había un componente común que les resultara especialmente atractivo y excitante de los humanos. A Felix le gustaban los guapos, con buen culo y la lengua afilada, en más de un sentido; a Norman le gustaban los humanos delgados y frágiles, esos que le hacían sentir un Macho muy grande y poderoso; y a Georg le encantaban los que parecían inteligentes y un poco frikis, con gafas y un rollo inocente. Lo único diferente entre ellos y los hombres humanos, era que sus gustos estaban muy encasillados.

Podían tener sexo o dejarse hacer una mamada por un humano que no entrara en sus gustos, pero no irían al Celo con ellos y mucho menos serían «considerados» como posibles compañeros. Esa era la realidad. Ni caricias en el brazo y la barriga, ni sumisión, ni idioteces. O les gustabas o no.

Por supuesto, ese no era el tipo de cosas que los novatos y loberos quisieran oír. Querían pagar cien dólares y salir de aquella charla con el secreto milenario para conseguir meterte la verga de un lobo hasta la garganta. Por eso los «expertos» decían que sus clases eran las que más eficacia tenían y que eran los mejores. Solo en mi ciudad, había cinco personas que se dedicaban a eso, el precio variaba entre los setenta y los ciento cincuenta dólares. Arqueé las cejas y pulsé en el enlace de las más caras. Lara Hollow, Doctorada en Hombres Lobo. Doctorada…, decía la muy estúpida en su página web. Me reí tan alto que casi despierto a Tom.

La mujer se lo tenía muy bien montado, con una página que rezumaba elitismo y clase. Había muchas fotos de la bonita sala en la que daba sus charlas, en pleno centro, una especie de salón de té con sillones, un palco con flores y una enorme pantalla. Según decía en la sección de información, los grupos eran reducidos e «íntimos», la duración estimada era de una hora y la comida y los refrigerios estaban incluidos en el precio de la charla.

Para poder asistir, había que pagar por adelantado e inscribirse en el horario. Lara tenía una agenda bastante llena de jueves noche a sábado, con clases cada hora y media hasta el anochecer. Me terminé el café de un trago y puse una mueca de asco. Aquella mujer no se tomaba aquello como un trabajo estacional antes del Celo, sino que se dedicaba por entero a ello.

Quizá los humanos que se podían permitir aquello se sentían mejor si les hablaba una supuesta doctora en un bonito local; como si eso fuera a cambiar el hecho de que se iban a pasar los fines de semana buscando desesperadamente verga de lobo.

Iba a seguir mirando la página, tan perdido en mis pensamientos que la repentina vibración del teléfono  me dio un pequeño susto. La pantalla se volvió blanca y apareció un número bajo la imagen de un avatar preconfigurado. Me levanté del taburete y me acerqué a Tom para despertarle con un leve movimiento en el hombro. El lobo entreabrió los ojos y soltó un gruñido de queja por la interrupción.

—Te están llamando, espabila— le dije, dejándole el smartphone a un lado. Tom gruñó más alto y levantó la mano para aceptar la llamada y colocarse el teléfono en la oreja.

—Aquí Tom…— murmuró con voz adormilada y pastosa. —Sí…— Me buscó con la mirada y yo negué con la cabeza para decirle que mintiera. —Bill en Guarida— terminó diciendo de todas formas.

Me quiso entregar el teléfono, pero solo recibió una gélida mirada de mi parte y una mueca de enfado. El lobo puso cara de pena y murmuró:

—Es Linda… quiere hablar con Bill…

Por supuesto, Tom seguía convencido de que aquello era muy bueno, que la compañera del Alfa me estaba incluyendo en sus planes con el resto de omegas y pronto terminarían aceptándome todos en la Manada. Cogí el teléfono y me aseguré de dejarle bien claro al lobo que no iba a pasar aquella traición por alto.

—Hola, Linda— respondí con un tono vacío y carente de toda emoción.

—Hola, Bill. Soy yo, Linda, la compañera de Gustav. ¿Tendrías un momento para hablar?— respondió. Por alguna razón sonaba nerviosa y seguramente había repetido aquella frase un par de veces, soltándola de todas formas, aunque yo ya supiera quien era.

—Claro— murmuré en el mismo tono sin vida antes de dirigirme de vuelta a la cocina a por otro cigarro. Por lo que parecía, iba a necesitarlo.

—Oh, bien— lo celebró, como si se creyera que iba a negarme.

La verdad es que lo hubiera hecho de haber podido, pero Linda no tardaría ni un minuto en salir corriendo a decírselo a su maridito el Alfa, entonces tendría al puto de Gustav llamándome cada dos minutos para soltarme alguno de sus comentarios mordaces. Me encendí el cigarro y solté el humo de camino a la puerta de emergencias.

—Como sabrás, los chicos están teniendo mucho trabajo esta semana— Comenzó a decir— había pensado en hacer algo especial este domingo para celebrar el final de la mudanza. ¿Qué te parece?

Le di otra calada al cigarro y solté el humo al exterior, mirando la ciudad a lo lejos y el sol anaranjado entre los altos edificios.

—Maravilloso— murmuré.

—¡Oh, qué bien!— exclamó, incluso más sorprendida que antes. —Pues los compañeros estamos organizándolo todo, vendría genial tu ayuda, la verdad. Habíamos pensado hacerlo en el edificio administrativo, en la planta baja hay una sala bastante grande para celebraciones. Bueno, no es tan grande, pero como solo serán los Machos y los compañeros, habrá sitio de sobra. Pondremos mesas plegables y encargaremos comida, llevaremos juegos de mesa y cerveza. Nos estamos repartiendo la organización, ¿crees que podrías…?

—No creo que pueda— la interrumpí entonces, porque ya había escuchado suficiente. Quería que volviera a hacer de recadero para una fiesta a la que no me iban a invitar. —Tengo dos trabajos ahora. Estoy cubriendo un par de horas al final de la tarde y después tengo que ir al de la noche.

—Oh…— oí al otro lado de la línea.

—Gracias por llamar— continué tras otra calada, el mismo tono calmado y la misma abismal indiferencia. —Nos vemos, Linda.

Iba a colgar en ese mismo momento, pero la mujer añadió con voz apresurada:

—Pero, vas a venir a la fiesta, ¿verdad? No es de la Manada, así que no habrá ningún problema en que vengas con Tom.

Puse los ojos en blanco y apreté los dientes para resistir el impulso de soltar algún jadeo indignado o alguna respuesta cortante. Vamos a invitar al estúpido de Bill a una fiesta de segunda categoría, seguro que está desesperado por disfrutar de las migajas que le damos…

—También trabajo los fines de semana, lo siento— conseguí decir sin cambiar mi voz de muerto en vida. —Gracias por invitarme…— ahí se me afiló la voz y llegó casi, casi, a sonar sarcástico, pero me apresuré a añadir. —Tengo que empezar a prepararme. Ha sido un placer hablar contigo. Nos vemos, Linda.

Le di el tiempo suficiente para murmurar un «oh claro… emh… Gracias a ti Bill», y colgué. Fumé una última calada del cigarro y lo arrojé a la calle, echando al aire mientras me giraba de vuelta a la cocina. Tom estaba sentado en el sofá, mirándome atentamente por el borde de los ojos y fingiendo que miraba el programa de jardinería. Mi lobo era un matón cojonudo, pero la sutileza no era su fuerte.

—¿Qué quería Linda de Bill?— terminó por preguntarme directamente.

—Quería que la ayudara con una fiesta— respondí.

—Linda está incluyendo a Bill en la organización— me dijo, alzando la cabeza. —Bien.

—Yo trabajo, Tom. No puedo pasarme el día planeando cenas y comidas como hacen otras…— le recordé, volviendo a sentarme en el taburete para guardar el número de teléfono con el que Linda me había llamado. «Reina Arpía», lo nombré.

—¡Bill tiene que ayudar a Linda!— exclamó el lobo, girándose en el sofá y colocando uno de sus enormes brazos sobre el respaldo. —Eso hacen los compañeros.

Miré al lobo por el borde superior de los ojos y me quedé un par de segundos en silencio.

—He dicho que tengo trabajo— repetí con un tono de advertencia. —¿Quién coño crees que paga el alquiler y tus comidas, Tom? ¿crees que me regalan las cosas?

El lobo se ofendió y se puso orgulloso, levantando la cabeza e inflando el pecho. Irónicamente, cuando parecía enfadado y peligroso, era cuando más sexy estaba.

—Tom es de los Machos que más gana porque es el SubAlfa— se defendió.

—¿Y dónde demonios está ese dinero?— pregunté.

A eso tardó un poco en responder. Se quedó un momento en blanco y terminó por bajar la cabeza y mirar hacia el suelo.

—Alfa no da dinero a Tom para Bill porque no… es compañero. No está en la Manada— me confesó, algo que quizá ya sabía desde hacia tiempo y que no me había dicho para no hacerme daño.

—Vaya, vaya…— murmuré con una fina y afilada sonrisa en los labios.

—Pero, ¡si Bill ayuda a Linda estará más cerca de Manada!— añadió.

—Claro— asentí. —Dejaré de trabajar para ayudar a Linda con sus cenas de princesa, entonces quizá de aquí a un par de años me acepten en la Manada. Mientras tanto comeremos piedras y viviremos debajo de un puente… ¿Qué te parece, Tom?

El lobo había llegado a sonreír, creyendo que me había convencido, hasta que siguió escuchándome y empezó a notar la ironía y el sarcasmo de mis palabras fluyendo como un chorro de agua fría en su rostro. Gimió como un perrito y puso cara de pena.

—Bill tiene que ayudar a Linda— insistió —Es importante.

—Ayudaré a Linda la próxima vez que tenga tiempo— le mentí, dando el tema por finalizado y bajando la mirada hacia el teléfono.

A Tom no le quedó otra que aceptar la realidad. Incluso un lobo tonto como él sabía lo que era el dinero y lo mucho que valía la comida que traía para él todos los días. Aunque eso no le privó de empezar a gimotear cada cierto tiempo mientras miraba su programa de jardinería favorito.

—¡Tom!— terminé gritandole tras diez minutos de aquello, golpeando la barra de bar con el puño —¿Quieres que me enfade?

Se detuvo, pero me siguió de cerca durante el resto de la tarde, pegado a mi espalda, acariciando su rostro contra mi pelo para consolarme y abrazándome. Incluso cuando me llevó en auto al trabajo, quiso que le besara y le prestara un poco más de atención de la habitual.

—Bébete el agua con las vitaminas— le recordé antes de salir del Jeep, sintiendo una especie de liberación. Primero, por el aire más fresco de la noche que no apestaba a Olor a Macho y, segundo, por separarme de un lobo dependiente y sensiblero que ya estaba empezando a ponerme de los putos nervios.

Cuando entré en consejería, me encontré con otro post-it con el mismo mensaje que las noches anteriores, pero con un breve añadido: «Último Aviso». Lo cogí y lo tiré a la basura. Los del turno de día podían venir y mamarme la verga si querían que limpiara el microondas, porque no lo iban a conseguir de otra forma. Ni con mensajitos ni con amenazas. Lo que sí hice fue lo que se suponía que tenía que hacer, sustituyendo un par de leds del pasillo y las oficinas, aquellos que parpadeaban o estaban fundidos.

Para cuando terminé habían pasado dos horas y media, lo cual me dejó otras cinco horas libres para planificar mi segundo trabajo. Ya había leído toda la página web de Lara Hollow y algunos otros blogs mucho menos profesionales que el resto de supuestos expertos en lobos. Casualmente. ninguno de ellos permitían comentarios, opiniones o calificaciones. Ninguno quería que un montón de clientes insatisfechos por no haber conseguido un Macho que les cogiera les dejara en evidencia.

Yo no iba a ser mejor ni peor que el resto de los timadores, así que no debía preocuparme de eso; a lo que si le daba vueltas, sin embargo, era al precio que pondría a mi sabiduría. Cien dólares me parecía una cifra baja ahora que sabía que había una falsa doctora cobrando ciento cincuenta por hora, sin embargo, yo no tenía un precioso restaurante en el centro ni fotos con un traje de Chanel. Lo que sí tenía era un título universitario tan acreditado y creíble como el suyo.

Después de investigar a la competencia directa. me puse a buscar un local. Como ya sabía, adquirir un alquiler era un gasto y un riesgo innecesario, pero no me quedaban muchas más opciones. No podía hacer aquello en mitad de un bar, porque los clientes querían intimidad y discreción, así que debía ser un sitio al que llegar e irse tranquilamente sin miradas indiscretas ni exponerse demasiado.

Ya había descartado la biblioteca, la iglesia cristiana y la evangélica, y tras una larga búsqueda, ya había perdido la esperanza cuando, de una forma casual e inesperada, me topé con el anuncio de una ONG de las afueras. Tenían una escuela para familias necesitadas que por las tardes usaban como salas multiusos para talleres y obras benéficas. No eran demasiado grandes, pero tenían sillas y un encerado. No tardé ni un instante en llamar.

—Hola, soy… el Doctor Bill Lobo— dije cuando una voz adormilada respondió tras el quinto tono. —Estaría interesado en una de las aulas de la fundación para dar asistencia psicológica a algunas personas. ¿Podría ser?

—Amh.. Perdone, ¿cómo decía que se llamaba?

—Doctor Lobo— repetí, cruzando los tobillos sobre la mesa y moviendo un poco  la silla vieja de un lado a otro.

—¿Y en qué campo está especializado, doctor?

—Psiquiatría. Trabajo con personas adictas y psicodependientes— no sabía ni si esa palabra existía, pero sonaba de puta madre. 

—Concretamente con los adictos al sexo con Hombres Lobo y todo lo relacionado con ellos y el Celo.

—¿Se llama Doctor Lobo y su campo de trabajo son los Hombres Lobo? ¿Es esto una broma?

—Sí, ya sé que suena a chiste. No crea que es la primera vez que me lo dicen, pero por desgracia, mi apellido es el que es y no puedo cambiarlo. Lo que sí puedo cambiar es el futuro de las personas que sufren y necesitan mi ayuda— lo dije con un tono tan convencido que el hombre al otro lado de la línea tardó un momento en responder.

—Entiendo. Escuche, doctor, ¿qué le parece si le concierto una reunión con nuestra presidenta y ella decide si hay sitio para usted y su grupo de ayuda?

—Eso suena perfecto— apreté el puňo, un tanto frustrado por aquel giro imprevisto —¿Podría ser mañana a la tarde?— pregunté, manteniendo el tono calmado y jovial de hasta entonces. —Suelo trabajar de noche.

—Es extraño que un psiquiatra trabaje de noche.

—Ya, bueno, los Hombres Lobo viven de noche, es cuando visitan a sus humanos y cuando mis pacientes más me necesitan.

—Ah, claro— dijo él, comprendiendo al fin. —Entonces puedo darle cita para mañana a… ¿le viene bien a las siete?

—Perfecto— apreté los dientes. Era una hora de mierda y tendría que levantarme antes para poder hacer los recados antes de prepararme. —Mañana a las siete, entonces. Muchas gracias y buenas noches.

Colgué y fui directo a sacarme un cigarro. A cada segundo que pasaba me gustaba menos la idea. Creía que me iban a dar el aula sin más, sin preguntas y sin entrevistas. ¿No eran una ONG para ayudar a gente?, ¿por qué rayos ponían tantas trabas para ayudarme a mí a ganar dinero? Todavía seguía dándole vueltas a aquello cuando, cuatro horas después y media cajetilla, salí del edificio para ir a tomar el bus de vuelta a casa. A mitad de camino, recibí una llamada y miré el número. No estaba identificado y no era Tom, así que lo dejé sonar hasta que colgaron.

Al día siguiente, me desperté antes, abracé al lobo a mi lado, grande, sudado y apestando increíblemente a Olor a Macho. Me froté contra él e hice lo que hacía siempre, saciar mi primera necesidad del día: Tom. Bajé directo a su entrepierna, siguiendo el reguero de pelo negro hasta su pubis y su verga ya dura. Me entretuve bastante tiempo allí, hasta que el puto de Tom se puso insoportable con sus gruñidos, sus movimientos de cadera para metérmela más al fondo, la mano con la que me apretaba el pelo para que no parara, hasta que se corrió la primera vez sin avisar. Aparté la cabeza al instante y escupí aquel semen denso y tan fuerte.

—¡¿Qué te he dicho de correrte en mi boca, puto lobo estúpido?!— le grité.

Pero Tom no estaba en un estado racional. Estaba excitado y en mitad del sexo, no entendería a razones hasta haberse descargado por entero y de la forma que él quisiera. Los lobos nunca se quedaban a medias una vez que empezaban a eyacular. Y como yo me resistí, se puso violento y me agarró, me mordió y todo lo que tanto le gustaba hacer para «domarme». Tras tres corridas más, al fin me soltó las muñecas y dejó de morderme el hombro. No sabía si eran las vitaminas o que Tom se había tomado muy a pecho aquello de seguir cumpliendo con el sexo mañanero, pero, fuera lo que fuera, había vuelto a ser la mejor parte del día.

Dejé a Tom tras la inflamación, dormido y desnudo en mitad de la cama, y me fui al baño a limpiarme lo muy manchado que había quedado. Tomé especial cuidado en enjabonarme y quedar todo lo limpio posible antes de salir en busca de ropa que no… bueno, iba a decir «que no oliera a Tom», pero eso era imposible a aquellas alturas.

Así que diré: ropa que oliera lo menos posible a lobo. Tuve que elegir la de segunda mano y absurdamente grande, esa que todavía había en una bolsa de basura a un lado y que le había comprado a Tom para venderla después. Por supuesto, mi aspecto era poco menos que ridículo, pero era lo que había. Le llevé su vaso de leche fría, le di un beso y me despedí de él antes de salir lo antes posible por la puerta.

Volví sudado por ir a la carrera, dejé la comida preparada en la barra de la cocina y el tupper al lado con la botella de vitaminas para que el lobo no se lo olvidara. Hecho aquello volvía a salir a prisa. El plan era el siguiente: ir a cortarme el pelo y la barba, pasar por una tienda, cómprame ropa decente y nueva y unas gafas falsas. La peluquería fue la parte sencilla, porque fui a la de siempre y esos hombres ya sabían que, aunque pareciera un puto indigente, les iba a pagar igualmente. Lo complicado fue ir a la tienda y tratar de convencer a la empleada de que no iba a robar nada. Tuve una intensa lucha interna entre mi orgullo y la necesidad. Al final le enseñé el dinero por adelantado y le dije:

—Dame una puta camisa, una corbata y unos pantalones de pinza, pedazo de zorra. 

Me echaron, pero en la siguiente tuve suerte y me dieron lo que quería, solo tuve que evitar llamar a la empleada «pedazo de zorra», Me puse el conjunto y salí de allí sin querer ni mirarme al espejo. Me sentía completamente ridículo así vestido.

Fui farfullando insultos por lo bajo y removiéndome la corbata del cuello porque sentía que me ahogaba. Mi siguiente parada fue una tienda de ultramarinos para comprarme unas gafas de pasta sin cristales. Me probé las que me hicieran parecer más inteligente y profesional, porque tenía la impresión de que seguía pareciendo un actor porno disfrazado. Por último, me detuve en un café y me pedí uno para llevar. Me lo bebí en el autobús a las afueras, pero no tiré el vaso.

Cuando entré en la escuela de la ONG, tenía un vaso vacío en una mano y parecía lo que, yo creía, era un psiquiatra de buena familia y con éxito en la vida. Me detuve en frente a conserjería donde una mujer gorda y de mediana edad me recibió con una sonrisa amable. Tenía el pelo moreno surcado por canas grises y recogido en una apretada coleta.

—Buenas tardes, soy el doctor Lobo. Tengo una reunión con la presidenta de la asociación— le dije.

—Si, por supuesto, doctor. Le estaba esperando— respondió, levantándose de la vieja silla para ofrecerme un apretón de manos. —Yo soy Margaret, la presidenta.

Contuve la sorpresa y me limité a asentir, como si eso no me hubiera pillado desprevenido.

—Aquí hacemos un poco de todo, la mayoría somos voluntarios y ayudamos en donde se necesite— me explicó, ya que debía ser consciente de lo raro que resultaba encontrarse a la supuesta presidenta sentada allí. —Por favor, acompáñeme, doctor.

Volví a asentir y esperé a que la mujer saliera del cubículo. Aproveché para coger el teléfono  del bolsillo, solo para que la presidenta pudiera ver lo caro que era. Lo miré como si realmente estuviera atendiendo a algo importante, pero realmente solo deslicé la pantalla, vi las vidas que me quedaban en el Candy Crash y apagué la pantalla.

—Perdone, un cliente— me disculpé.

—No pasa nada— sonrió ella.

Me guio por un pasillo de paredes viejas y cubiertas de cartulinas con mensajes positivos, dibujos y proyectos de prescolar. Había algunas puestas de aulas intercaladas, pero la mujer no se detuvo hasta que llegamos al aula 3A. Cogió un manojo de llaves de su bolsillo y abrió la puerta antes de ofrecerme entrar. El interior no era muy diferente al pasillo, con la diferencia de que había pupitres, una mesa de profesor y una pizarra.

—Como verá, Somos una asociación muy humilde— comentó ella, consciente del repaso que le había dado al aula con la mirada. —Por las mañanas damos clases a los jóvenes del barrio, es una Zona marginal y hay muchas familias desestructuradas o con serios problemas económicos. Realmente, más que una escuela, es casi un refugio— señaló las cajas de cereales, la fruta y los cartones de leche que había a un lado y forzó una sonrisa. —Les damos de comer a los niños porque la mayoría vienen sin desayunar.

Asentí. Yo había estado en un lugar muy parecido a aquel cuando era niño. Nada de lo que pudiera ver o escuchar iba a sorprenderme lo más mínimo.

—Tome asiento, por favor— me pidió, indicándome uno de los pupitres de la primera fila. La presidenta, en vez de sentarse en la mesa del profesor, lo hizo, a mi lado, girándose lo suficiente para poder mirarme a los ojos. —Tengo entendido que es usted un experto en… ¿Hombres Lobo?

—Soy psiquiatra— la corregí, dejando mi vaso vacío sobre la mesilla del pupitre. —Pero estoy especializado en tratar a hombres y mujeres con problemas y una adicción al sexo y a los Hombres Lobo. Me gustaría poder tener un aula donde quedar con mis pacientes para tratarles tranquilamente. Como si fuera una reunión de Alcohólicos Anónimos. Eso les ayuda mucho.

La presidenta asentía de vez en cuando.

—No sabía que existía un problema de ese tipo— reconoció, poniéndose seria y frunciendo levemente el ceño.

—Oh, sí— asentí. —Hay personas adictas a los lobos. Se llaman a sí mismos «loberos» y van cada fin de semana a locales especiales para intentar tener sexo con los Machos de la Manada. Algunos de ellos lo llevan a un extremo enfermizo y ya no consideran que podrían satisfacerlos otros humanos.

Desarrollan una obsesión y hasta se enorgullecen de los cardenales y mordiscos que los lobos les hacen mientras les cogen.

Eso sí impresionó a la mujer, que entreabrió los labios y se quedó un par de segundos sin habla.

—¿Les.. pegan o algo así?

—No. No es eso. A los lobos les gusta ser posesivos y agresivos durante las relaciones sexuales. Reafirmar su autoridad sobre los humanos les excita, así que, si el humano se resiste, emplean toda la fuerza necesaria para someterlos— Yo mismo tenía el cuello, los hombros y las muñecas repletas de esas marcas, pero por suerte la camisa y las mangas largas los tapaban a la perfección.

—Dios mío…— murmuró ella. —¿Y usted les ayuda?

—Eso intento— Sonreí.

Ella miró al encerado y después al suelo manchado y rayado tras tanto uso.

—Podríamos darle un aula, esta misma— anunció, —pero debe saber que no podemos permitir que se lucre en nuestras instalaciones. Todo lo que haga tiene que ser público y gratuito.

—Por supuesto…— murmuré.

Y ahí nació el Doctor Lobo. Lo gracioso es que, cuando me inventé toda esa mierda para conseguir algo de dinero antes del Celo, ni se me ocurrió pensar que realmente iba a cambiar vidas. No estaba en mis planes convertirme en quien soy hoy, ni en publicar libros, ni en ayudar a personas que quisieran realmente conocer a los lobos y ver en ellos  algo más que mitos sexuales o mafiosos. Personas como tú, que estás leyendo esto.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉

por TollWriter

Escritora del Fandom

Un comentario en «Humano 42»

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