

Fic Toll de Lett_kltz
Capítulo 14: Save him from his clutches
Narrador omnisciente
El lunes llegó con un aire pesado a la casa de Tom. Simone no había dormido bien y la tensión en el ambiente era palpable. Tom bajó las escaleras con los ojos entrecerrados, su cuerpo pidiendo a gritos unas horas más de sueño. Sabía que el castigo no era una advertencia, sino una sentencia definitiva. Sin celular, sin salidas, y sin ninguna pizca de paciencia por parte de su madre. Aún así, no esperaba el silencio que encontró.
Simone estaba sentada en la mesa, con una taza de café entre las manos. Su mirada no se levantó ni un momento de la madera del comedor. Nataly, que solía bromear con él mientras desayunaban, tampoco dijo nada. Solo lo miró de reojo, decepcionada.
Tom no dijo una palabra, tampoco tenía ánimo para una confrontación tan temprano. Cogió un pan de la mesa y se lo llevó a la boca mientras caminaba hacia la puerta.
— Hasta luego — murmuró, aunque no esperaba respuesta.
El silencio que recibió fue peor que cualquier grito.
Un taxi lo dejó frente a la universidad, donde las cosas no mejoraron. Desde el momento en que puso un pie en el campus, las miradas se clavaron en él como si llevara un letrero gigante sobre la cabeza. Los murmullos eran imposibles de ignorar.
Tom apretó los dientes y mantuvo la mirada al frente mientras caminaba hacia su salón. Sus pasos resonaban en los pasillos abarrotados, pero el ruido no era suficiente para tapar las risas y los susurros que hacían.
Al girar la esquina hacia su aula, se encontró con Gustav y Georg. Ambos lo miraron con rostros serios, pero en sus ojos había una mezcla de preocupación y algo que podría describirse como enfado.
— Tom, tenemos que hablar — Gustav fue el primero en hablar, su tono más seco de lo habitual, habían decidido que este juego de orgullo llegaría hasta hoy.
— ¿Hablar? ¿De qué?
— De qué crees, idiota — intervino Georg, cruzando los brazos — ¿No has visto el puto vídeo?
Tom los miró con el ceño fruncido, claramente perdido.
— ¿Qué vídeo?
Georg sacó su celular y después de unos segundos de búsqueda, le mostró la pantalla. Era un vídeo de la fiesta de Peyton. Las imágenes eran claras: Tom bailando con Peyton, moviéndose como si no hubiera un mañana, con las manos en lugares que probablemente no deberían estar. Y después, un corte rápido a él riendo como un loco, claramente bajo los efectos de la droga.
— No puede ser… — murmuró Tom para sí mismo, aunque por dentro no estaba tan sorprendido como debería, para él solo eran videos sin relevancia.
— Sí, puede ser — Gustav lo miró con frustración — Todo el puto mundo ha visto esto, Tom. Toda la universidad está hablando de ti.
— ¿Y? — se encogió de hombros, masticando un chicle que encontró en sus bolsillos con desinterés — Que hablen lo que quieran. Me importa una mierda.
— ¡¿Que te importa una mierda?! — estalló Georg, incapaz de contenerse, no podía creer que todo eso no le afecte, y más que se muestre como si todo estuviera de color rosa, sentía la frustración cada vez mas alta al ver en la normalidad en la que Tom lo tomaba — ¿En serio, Tom? ¿Te das cuenta de lo jodido que está esto? Ya no es solo que te estén señalando, ahora todo el mundo piensa que eres un puto drogadicto.
— ¿Y que con eso? — preguntó Tom con una sonrisa cínica, desafiándolos con la mirada.
Gustav suspiró, pasándose una mano por el cabello en un intento de calmarse.
— Tom, esto no se trata solo de ti. Nos afecta a todos. Somos tus amigos, joder. ¿Cómo crees que nos hace sentir verte así?
Tom mantuvo su postura relajada, pero en el fondo algo se retorcía dentro de él.
— ¿De verdad? — respondió con sarcasmo — Porque, la última vez que revisé, ustedes no me han hablado en días. Así que, ¿Qué les importa?
— Nos importa porque seguimos siendo tus amigos, imbécil. Aunque no lo merezcas — Georg lo miró con seriedad — Pero si sigues por este camino, no sé cuánto tiempo más podremos soportarlo.
Tom soltó una risa seca y se cruzó de brazos.
— Qué tiernos — su tono era ácido — ¿Ya acabaron? Porque tengo una clase a la que no quiero llegar tarde.
Georg lo miró con decepción, pero no dijo nada más. Guardó el celular en su bolsillo y, junto con Gustav, dejó que Tom se marchara.
Mientras caminaba hacia su aula, Tom sentía el peso de sus miradas en la espalda. Por mucho que fingiera que no le importaba, algo dentro de él sabía que esta vez no podría salir tan fácil del problema, pero es Tom, su orgullo es más fuerte y su ego… Bueno, ni hablar.
En el otro lado de la universidad, Bill estaba sentado en una de las bancas del jardín principal, con un café en la mano y la cabeza perdida entre las páginas de un libro. O al menos, intentaba concentrarse. Era lunes, y todo el campus parecía vociferar con rumores, risas y cuchicheos. Algo grande había ocurrido, y aunque Bill no era del tipo que se metía en esos asuntos, la curiosidad era innegable.
— ¡Dios, Bill! ¿Has visto lo de la fiesta de Peyton? — la voz entusiasta de Astrid lo sacó de su ensimismamiento, estaba emocionada de proporcionarle información a Bill como de costumbre y hablar de ello.
Bill levantó la mirada para encontrarse con su amiga, quien se dejó caer a su lado con una sonrisa amplia, sosteniendo su celular como si fuera un trofeo.
— ¿Fiesta? No, no sé de qué hablas — frunció ligeramente el ceño, fingiendo desinterés.
Para él esas fiestas no eran de gran relevancia, no era algo que merecía siquiera su total atención.
— ¡Claro que no! Tú nunca sabes nada de estas cosas. Pero créeme, esta vez te perdiste algo épico.
— No fui porque no quería — encogió los hombros y tomó un sorbo de su café — Además, Peyton no es precisamente mi tipo de compañía favorita.
— Pues parece que sí es la favorita de otros… — Astrid abrió su celular y empezó a buscar algo. Mientras tanto, comenzó a narrar la historia como si fuera una película de acción — La fiesta fue un descontrol total. Casi toda la universidad estaba ahí. Literal, la casa de Peyton parecía un club nocturno. Música a todo volumen, alcohol por todos lados, gente bailando en la piscina… — se detuvo para darle un vistazo a Bill, quien seguía fingiendo que no le interesaba — Y, por supuesto, alguien tuvo que grabar lo mejor de la noche — soltó una risita y le mostró la pantalla del celular a Bill.
Era un vídeo. En él, Tom aparecía bailando con Peyton, su cuerpo pegado al de ella, las manos en lugares más que sugerentes. La gente a su alrededor gritaba y vitoreaba mientras ellos se movían al ritmo de la música. La imagen era borrosa, pero era inconfundible.
Bill se congeló. Por un momento, no pudo procesar lo que veía. Su garganta se cerró y sintió un vacío extraño en el pecho, como si algo pesado se asentara ahí de repente. Pero no podía dejar que Astrid notara nada.
— ¿Y? ¿Qué te parece? — pregunto divertida, sin notar el leve temblor en la mano de Bill al devolverle el celular.
— Nada sorprendente — se encogió de hombros, obligándose a sonreír — Es Tom. ¿Qué más podías esperar?
— ¡Exacto! — Astrid estalló en carcajadas — Es tan… típico de él, supongo ¿No? Pero, Dios, tienes que admitir que se veían bastante… intensos.
— Supongo — intentó mantener su tono ligero, pero su mente estaba lejos. Sentía una mezcla de emociones que no podía describir del todo: una punzada de celos, un toque de decepción y algo más profundo que no quería admitir.
— Deberías haber ido, Bill — lo empujó ligeramente con el hombro, riéndose — Hubieras sido el alma de la fiesta. Aunque, bueno, dudo que te hubieras metido en cosas tan locas como ese vídeo.
— No, definitivamente no — sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.
Astrid seguía hablando, su tono animado y despreocupado, pero Bill apenas escuchaba.
Las palabras flotaban a su alrededor, mientras intentaba apartar las imágenes de su mente.
— En serio, Bill, deberías salir más. Te pierdes de cosas como estás. No todo en la vida es estudiar y tomar café, ¿Sabes? — Astrid lo veía sumido en sus libros y notas, no podía evitar pensar que se estaba perdiendo de mucho. Estudiaba demasiado, siempre había sido así, pero a veces se olvidaba de que la vida no era solo sobre aprobar exámenes. Se perdía de las risas con los amigos, de las noches de cine, de los conciertos… Se estaba perdiendo de vivir, y eso le preocupaba. Quería que supiera que había más en la vida que solo estudiar.
— Sí, claro. Salir más para ver escenas como esa. Definitivamente me lo pensaré — el sarcasmo en su voz fue más evidente de lo que pretendía, pero Astrid, afortunadamente, no pareció notarlo.
— Bueno, no exactamente eso, pero algo más tranquilo, supongo — se encogió de hombros y revisó su celular una vez más — Aunque admito que me hubiera encantado ver eso en persona. Tom y Peyton… qué combinación, ¿No?
Bill quiso responder, algo cortante quizá, pero se mordió la lengua. No tenía sentido discutir.
En cambio, optó por un comentario neutro.
— Supongo que hacen buena pareja, si te gustan las cosas superficiales.
— ¡Exacto! — rió, claramente pensando que Bill estaba de acuerdo con ella — Aunque, honestamente, no sé cuánto durará. Peyton siempre parece que juega con todos. Y Tom… bueno, creo que tu sabes cómo es.
“Sí, claro que sé cómo es” pensó Bill, apretando los labios mientras desviaba la mirada hacia los árboles que rodeaban el jardín.
La conversación siguió por unos minutos más, con Astrid divagando sobre otros chismes y rumores que circulaban por la universidad. Pero Bill estaba ausente, sumido en sus propios pensamientos. No podía entender por qué sentía esa mezcla de molestia y tristeza. ¿Qué le importaba lo que hiciera Tom? Pero muy en el fondo, realmente le importaba más de lo que se negaba a creer desde que trato de cerrar sus sentimientos, cuando la culpa le ganó.
— ¿Bill? ¿Estás bien? — la voz de Astrid lo sacó de su ensimismamiento, ella sabía que Bill se traía algo, algo grande, pero nunca lo obligó a que le contara, si él quería hacerlo, lo haría porque queria.
— ¿Eh? Sí, claro. ¿Por qué no lo estaría? — se apresuró a responder, forzando una sonrisa.
— No sé, te ves… raro. Pero bueno, debe ser el café que no has tomado suficiente hoy — ella bromeó antes de levantarse, acomodándose la mochila en el hombro — Deberíamos ir a clases. ¿Vienes?
— Sí, ya voy — se levantó también, aunque sentía que sus piernas eran más pesadas de lo habitual.
Mientras caminaban hacia el edificio de aulas, Bill se obligó a borrar cualquier rastro de lo que sentía. No iba a dejar que un estúpido vídeo, una fiesta en la que ni siquiera había estado, y mucho menos Tom, lo afectaran.
O al menos, eso se repetía a sí mismo, una y otra vez.
&
El aire fresco del descanso apenas era suficiente para calmar el torbellino que Bill llevaba dentro. Caminaba hacia la mesa en el patio donde Georg y Gustav ya lo esperaban, su semblante tranquilo contrastaba con el caos que sentía en el pecho.
— Hey, ¿Todo bien? — preguntó Georg en cuanto lo vio acercarse.
— Sí, claro — respondió automáticamente, aunque su voz carecía de convicción.
Se sentó frente a ellos, clavando la vista en el vaso de café que tenía en las manos. Había evitado este tipo de conversaciones durante tanto tiempo, tragándose todo lo que sentía para no ser una carga. Pero ahora… ahora sentía que ya no podía más.
— Bill, te conocemos — intervino Gustav, su tono suave pero firme — Algo te está carcomiendo por dentro.
Bill apretó los labios, tratando de contener la emoción que amenazaba con desbordarse.
Finalmente, suspiró y miró a ambos.
— No sé… no sé ni por dónde empezar.
— Por el principio — dijo Georg, dándole una sonrisa tranquilizadora — Siempre es más fácil si lo sacas todo.
Bill asintió lentamente, su mirada se nubló mientras su mente lo llevaba de vuelta al peor momento de su vida.
— Desde que Tom tuvo ese accidente… — empezó, su voz temblorosa — Siento que todo se rompió. Todo.
Georg y Gustav intercambiaron miradas, pero no dijeron nada, dejando que continuara.
— Era como si todo tuviera sentido antes. Yo… Lo tenía a él. Éramos… — Bill se detuvo, tragando saliva mientras las palabras se le atoraban en la garganta — Éramos felices. Todo era fácil, fluido. Pero luego… Luego todo cambió — la presión en su pecho aumentó, y tuvo que hacer una pausa para respirar profundamente — Cuando quedó en coma, sentí que lo perdía todo. No solo a él, sino a mí mismo. No podía entender cómo alguien tan…
Importante podía desaparecer de esa forma — una lágrima resbaló por su mejilla, pero no hizo nada por detenerla — Y luego, cuando despertó… Cuando despertó y no recordaba nada de nosotros… — su voz se quebró al pronunciar esas palabras. Gustav lo miraba con preocupación, y Georg frunció el ceño, claramente afectado — Eso fue lo peor. Lo tenía frente a mí, pero era como si fuera otra persona. Como si lo que habíamos tenido nunca hubiera existido.
— Bill… — murmuró Georg, inclinándose un poco hacia él.
— Y lo peor es que sigo… Sigo sintiendo lo mismo por él. Pero él no. Él no siente nada, y verlo… Verlo con Peyton, o en estas situaciones… — Bill negó con la cabeza, una mezcla de enojo y tristeza llenando su voz — No lo soporto.
El silencio que siguió fue pesado, roto solo por el sonido de las risas y conversaciones a su alrededor. Gustav fue el primero en hablar.
— Bill, no tienes que soltarlo. Tú y Tom… lo que tenían era fuerte. Más fuerte de lo que parece ahora.
— Eso fue antes. Ahora es todo distinto. Ya ni siquiera sé quién es él — se pasó las manos por el rostro, intentando contener las lágrimas, pero era inútil.
— Pero tú sí lo sabes — Georg lo miró fijamente — Lo amas. Eso no ha cambiado.
Bill negó rápidamente, su frustración creciendo.
— No entienden nada. No saben cómo me siento… — su voz se quebró nuevamente, y dejó que las lágrimas cayeran libremente.
Gustav se inclinó hacia él, colocándole una mano firme pero reconfortante en su hombro.
— Entonces cuéntanos, Bill. Cuéntanos todo. Estamos aquí para ti.
— Sí, Bill. No tienes que cargar esto solo — Georg también lo miró con una mezcla de comprensión y preocupación.
Pero Bill no podía responder. Todo lo que podía hacer era llorar, sintiendo cómo la pared que había construido alrededor de sus emociones finalmente se derrumbaba.
Bill trató de calmarse, pero las lágrimas seguían brotando sin control. Se sentía atrapado en una espiral de culpa y desesperación, como si todo lo que había pasado estuviera pesándole más de lo que podía soportar.
Georg y Gustav esperaron pacientemente, sus miradas fijas en él transmitiendo apoyo sin decir nada. Al fin, Bill levantó la cabeza, sus ojos hinchados y enrojecidos por el llanto, tomó aire con dificultad.
— Hay algo más… — susurró, apenas audible.
— Dilo, Bill — lo animó Gustav con suavidad — Sácalo todo. Estamos aquí para ti, ¿Vale?
Bill cerró los ojos, sus manos temblaban mientras trataba de encontrar las palabras.
— El accidente… Fue mi culpa.
El aire pareció volverse más denso, y tanto Georg como Gustav fruncieron el ceño al escuchar esas palabras.
— ¿De qué hablas? — preguntó Georg, con tono incrédulo.
Bill apretó los puños sobre la mesa, como si al hacerlo pudiera contener el dolor que sentía.
— Esa noche… Esa maldita noche… — hizo una pausa, su voz quebrada — Íbamos por la carretera después de una fiesta. Tom estaba manejando… Y todo iba bien, pero yo… — las lágrimas volvieron a brotar, cayendo por sus mejillas. Se llevó las manos al rostro, cubriéndose, mientras la culpa lo consumía — Yo lo hice detenerse. Quise que parara en medio de la nada, en plena oscuridad — dejó escapar una risa amarga, cargada de dolor — ¿Sabes por qué? Porque quería besarlo — Georg y Gustav intercambiaron miradas serias, pero no dijeron nada — Le hice detenerse — Bill tragó saliva, su voz apenas en un susurro
— Lo besé. Le hice cosquillas. Estábamos riendo como idiotas, pero todo estaba tan oscuro que no vimos el maldito tráiler. Cuando vi las luces frente a nosotros… Ya era tarde — se abrazó a sí mismo, temblando, mientras las imágenes de aquella noche pasaban como flashes en su cabeza — Desperté un mes después, pero él… — su voz se quebró, y tuvo que respirar profundamente para continuar — Él tardó dos años. Dos años en los que pensé que nunca iba a abrir los ojos, y todo… Todo porque fui un imbécil egoísta.
— Bill, no… — comenzó Gustav, pero Bill lo interrumpió.
— ¡Sí fue mi culpa! — gritó, golpeando la mesa con ambas manos — Si no lo hubiera distraído, si no hubiera hecho esa mierda… Él estaría bien.
Georg puso una mano sobre el hombro de Bill, intentando calmarlo.
— Bill, escucha… no fue tu culpa. Fue un accidente. No podías saber que eso iba a pasar.
— ¡Pero pasó! — Bill sollozó, bajando la cabeza — Y ahora… ahora lo veo con Peyton, veo cómo es otro, alguien que no me recuerda, y… No puedo soportarlo.
Gustav se inclinó hacia él, su voz firme pero comprensiva.
— Bill, no puedes cargar con todo esto tú solo. Lo que pasó fue un accidente, y nada va a cambiar eso. Pero culparte no ayuda a nadie, y mucho menos a ti.
Bill negó con la cabeza, todavía ahogado por la culpa.
— Otra cosa más…
Ambos lo miraron, expectantes.
— Besé a Astrid… Fue hace unos tres o cuatro meses, yo… Yo estaba jodido, totalmente, mi mente estaba a nada de colapsar, ella y yo fuimos a una fiesta, el alcohol, la confusión, el miedo, todo, todo se mezclo dentro de mi y… Lo hice, sin pensarlo dos veces…
El silencio que siguió fue aplastante. Ambos chicos parecían necesitar un momento para procesar lo que acababan de escuchar.
— ¿Qué? — dijo Georg finalmente, parpadeando como si hubiera oído mal, o al menos eso quería creer. Haber oído mal.
— No sé por qué lo hice. Estaba vacío, confundido… — Bill se llevó una mano al cabello, tirando de él como si quisiera arrancarse el dolor de raíz — ¿Qué derecho tengo a entrometerme entre Tom y Peyton, cuando yo mismo estoy hecho mierda?
— Mierda, Bill… — Georg suspiró, pasándose una mano por la cara.
Gustav permaneció en silencio, claramente tratando de asimilar todo lo que Bill les estaba diciendo.
Finalmente, habló:
— Lo que pasó con Astrid fue porque estás buscando algo, cualquier cosa, para llenar el vacío que sientes. Pero, Bill… Eso no cambia lo que sientes por Tom.
— Exacto — añadió Georg — Tienes que luchar por él, Bill. No puedes dejar que todo esto te hunda. Lo amas, ¿Cierto?
Bill asintió débilmente, las lágrimas cayendo de nuevo.
— Entonces no te rindas — dijo Gustav, con un tono más firme — Nosotros vamos a ayudarte. Aunque Tom esté en su maldita nube de idiotez, no estás solo en esto.
Bill los miró, sintiendo un pequeño rayo de esperanza en medio de todo el caos.
—Gracias… — susurró, todavía temblando, pero un poco más ligero.
Ellos le devolvieron una sonrisa tranquilizadora, dejando claro que no importaba cuán roto se sintiera, no lo iban a dejar solo, nunca lo harían, era alguien importante al igual que Tom, uno al que apreciaban mucho.
Se quedaron en silencio por unos segundos, mirándose como si intentaran decidir quién iba a abordar el tema. Finalmente, Georg carraspeó y se inclinó un poco hacia Bill.
— Por cierto… ¿Ya viste el video?
Bill levantó la mirada, sus ojos todavía algo enrojecidos, pero ahora con una mezcla de confusión y algo de enojo.
— ¿El de la fiesta? Sí, lo vi — intentó sonar casual, pero el peso de sus palabras delataba lo mucho que le había afectado.
— No puede ser, ¿Viste cómo estaba? — intervino Gustav, negando con la cabeza — Esa maldita loca lo tiene completamente en su poder.
Georg soltó una risa seca, sin ningún rastro de humor.
— ¿Loca? Esa mujer es una maldita desgracia con piernas. ¿Viste cómo se le pegaba?
Parecía una puta sanguijuela.
Bill frunció los labios, tratando de mantener la compostura, pero no pudo evitar que sus dedos temblaran un poco. Georg notó el cambio y rápidamente trato de solucionarlo.
— Perdón, Bill… No lo digo para joderte, pero es que, en serio, esa mujer…
— Lo sé — lo interrumpió, su voz más baja de lo habitual — No tienes que disculparte.
El silencio se hizo presente por unos momentos, hasta que Gustav resopló.
— Pero ese no es el peor video.
Bill los miró confundido.
— ¿De qué hablas?
Gustav sacó su celular y después de unos segundos, le pasó el dispositivo a Bill. Este dudó antes de tomarlo, pero cuando lo hizo y presionó «play», sintió como si un balde de agua fría le cayera encima.
Era Tom, claramente fuera de sí, con los ojos vidriosos y movimientos erráticos. Al fondo, las risas de la gente lo rodeaban mientras él apenas podía mantenerse de pie. Parecía estar riéndose, pero había algo en su mirada que no cuadraba.
— ¿Qué es esto? — preguntó Bill.
— Tom drogado — contestó Gustav con amargura — ¿Qué mierda más podría ser?
Bill apartó la mirada del video, devolviendo el teléfono con las manos temblorosas.
— No… Tom nunca… — comenzó, pero Georg lo interrumpió.
— Nunca había probado drogas, ¿Verdad? Bueno, parece que eso ya cambió. Esa estúpida de Peyton y sus estúpidos amigos lo metieron en su mierda.
Gustav asintió, cruzándose de brazos con frustración.
— Mira, no es por quitarle responsabilidad a Tom, porque sabemos que puede ser un cabrón cuando quiere, pero… ¿Drogarse? Eso nunca había sido su estilo. Algo pasó ahí.
Bill apretó los labios, luchando por mantener la calma, pero era evidente que las palabras de sus amigos le estaban haciendo eco.
— ¿Creen que lo obligaron? — preguntó finalmente, con un nudo en la garganta.
—¿Obligarlo? No sé si esa sea la palabra, pero sí creo que lo empujaron. ¿Sabes cómo son esos imbéciles? Lo llenaron de mierda sobre «disfrutar la vida» y lo convencieron.
Gustav suspiró, pasándose una mano por el rostro.
— Es que, también para él no debe ser fácil. Sabe que le estamos ocultando cosas, ¿No?
Tal vez siente que no encaja.
Bill parpadeó, sorprendido por las palabras de Gustav.
— ¿Creen que… Eso tenga algo que ver? — murmuró con voz apenas audible.
Gustav asintió lentamente.
— Tal vez no directamente, pero Tom no es estúpido. Sabe que hay algo que no le decimos, y eso puede estar jodiéndolo.
Georg dio un golpe suave en la mesa, como si estuviera marcando un punto final.
— Por eso tenemos que alejarlo de esa maldita tonta. Es un puto desastre con piernas, y si dejamos que siga con ella, Tom va a terminar peor.
— ¿Y cómo lo hacemos? — preguntó Bill, con los ojos llenos de incertidumbre.
Gustav lo miró fijamente.
— Lo rescatamos. Como sea. Le decimos la verdad, lo que pasó, todo. Y luego hacemos lo que sea necesario para alejarlo de esa bola de idiotas.
Georg asintió, mirando directamente a Bill.
— Y tú, Bill, tienes que ser parte de eso. Si lo amas, no puedes quedarte sentado viendo cómo se hunde.
Bill negó con la cabeza, sus manos temblorosas apretadas sobre la mesa.
— No podemos hacerlo así — su voz salió con firmeza, aunque todavía temblaba un poco — No podemos obligarlo ni soltarle todo de golpe. ¿Ya se les olvidó lo que dijo el médico?
Georg y Gustav se miraron por un momento, como si se hubieran dado cuenta de que, en su frustración, habían olvidado un punto crucial.
— Es verdad… — murmuró Gustav, rascándose la nuca — Dijo que Tom tenía que recordar por sí mismo, que presionarlo podía ser peor.
— Peor — repitió Bill, su mirada clavada en la mesa, como si no pudiera sostener la de sus amigos — Si hacemos algo estúpido, podemos joderlo más. Y ya suficiente con todo lo que está pasando.
Georg suspiró, pasándose una mano por la cara.
— Tienes razón. Es que… Joder, Bill, es frustrante verlo así. Como si no le importara nada ni nadie, como si estuviera en un puto vacío con esa loca de Peyton.
— ¿Y crees que para mí no es frustrante? — espetó Bill, alzando la mirada con un destello de rabia en los ojos — ¿Crees que no me duele verlo así, sabiendo que tal vez nunca vuelva a ser el Tom que conocimos?
El silencio cayó de nuevo, pesado y denso, hasta que Gustav suspiró profundamente y apoyó una mano sobre el hombro de Bill.
— Lo sabemos, Bill. Créeme, lo sabemos. Solo… — se detuvo, buscando las palabras adecuadas — Necesitamos pensar en algo, pero hacerlo bien.
Georg asintió, bajando la mirada hacia la mesa.
— Sí. Nada de cagarla más.
Bill dejó escapar un suspiro tembloroso, pasando una mano por su cabello para intentar calmarse.
— Necesitamos algo que lo haga darse cuenta por sí mismo. Que lo saque de esa burbuja en la que está metido. Pero no podemos apresurarlo, porque si lo hacemos, puede que lo perdamos para siempre.
Georg tamborileó los dedos sobre la mesa, pensativo.
— ¿Entonces qué? ¿Nos sentamos a esperar?
— No — respondió Bill, sacudiendo la cabeza — Solo… tenemos que estar atentos.
Apoyarlo, aunque él no se dé cuenta.
Gustav asintió lentamente, aunque todavía parecía frustrado.
— Es una mierda — dijo al final — Pero tienes razón. Lo que menos queremos es joderlo más.
Bill soltó un suspiro largo y pesado, apoyándose en el respaldo de la silla.
— Gracias, chicos. Sé que no es fácil… Pero no quiero perderlo.
Ambos intercambiaron una mirada antes de asentir casi al unísono.
— No lo vamos a perder — dijo Georg con determinación, más que todo, él no permitiría dejar caer a Tom en ese hueco al que apenas se estaba asomando — Solo necesitamos paciencia.
Gustav añadió, con un leve toque de humor para aligerar el ambiente.
— Y asegurarnos de que no termine casado con Peyton en el proceso.
Bill dejó escapar una risa débil, aunque el dolor seguía reflejándose en sus ojos.
— Espero que no sea tan idiota.
Los tres compartieron una sonrisa leve, sabiendo que, aunque la situación era un desastre, al menos se tenían el uno al otro.
Continúa…
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