

Fic TOLL de ZenTortugaHua
Epílogo
Para mí, Bill nunca fue solo la pareja de mi padre. Nunca fue mi madrastra. Fue algo que no supe nombrar hasta que lo tuve entre mis brazos, sin vida.
No era familia, pero tampoco un extraño. No era un enemigo, aunque muchas veces quise que lo fuera.
Desde su llegada y el nacimiento de mis hermanos entendí que en esa casa ya no había lugar para mí.
Y así empezó todo.
No con amor, no con deseo, sino con rabia.
Y sin querer, diecisiete años han pasado desde que cargué su cuerpo envuelto en una manta blanca, ligero como una pluma, frío como el hielo.
Bill murió en mis brazos. El bebé murió con él.
Y nadie sabe dónde está.
Ni mi padre. Ni los gemelos. Ni Will… como se nombró a aquel tercer bebé.
Ellos piensan que desapareció, que en pocas palabras los abandonó. Pero solo yo sé la verdad.
Porque yo mismo lo enterré. Con nuestro bebé que nunca respiró, todavía dentro de él.
Dos cuerpos en un hoyo. Una madre y su hijo, nuestro hijo.
Los años pasaron… La vida siguió. Aunque no debería.
Los gemelos crecieron sin recordarlo.
Es extraño, cómo la mente de un niño puede bloquear el trauma. Tenían seis años cuando fueron separados de Bill. Ahora tienen veinticuatro, y apenas recuerdan fragmentos borrosos de su madre.
Y Will, el bebé que mi padre le arrebató a Bill apenas nació, tiene dieciocho años ahora. Y es idéntico a Bill, jodidamente idéntico.
Su cabello es rubio, largo. Tiene la misma piel pálida como porcelana. Los mismos ojos avellana que brillan con luz propia. Ese mismo lunar bajo el labio.
Los tres formaron una banda. Es estúpido el nombre, pero funcionó. Son famosos por toda Alemania, algunos países de Europa también.
Mi padre debe estar orgulloso.
Thomas Kaulitz. El hombre que lo tuvo todo y lo perdió, está enfermo ahora. Gravemente enfermo. Los médicos no le dan mucho tiempo.
Y sus hijos apenas lo visitan. Están demasiado ocupados siendo estrellas. Viajando, viviendo la vida que Bill nunca tuvo.
Irónico, ¿no?
Hace unos meses los vi.
Fue un accidente, o tal vez el destino siendo cruel, como siempre.
Yo caminaba por las calles de Stuttgart, con capucha y gafas oscuras. Siendo el mismo monstruo, aunque ahora soy un fantasma más, vagando por la ciudad.
Escuché risas. Me giré y ahí estaban.
Nick y Nikki, caminando juntos, con esa confianza que solo da la fama. Rubios y altos. Parecidos a mi padre. Parecidos a mí.
Y entre ellos, brincando como niño, riendo sin preocupaciones…
Will.
Mi corazón se detuvo.
Es Bill. Es verlo vivo de nuevo. A los dieciocho. Con esa misma luz pero diferente personalidad.
Brincaba, jugando, y sus hermanos lo regañaban con cariño.
—¡Will, ya compórtate! ¡Tienes dieciocho, no ocho!— Dijo Nikki, aunque sonreía.
—¡Déjame ser feliz!— Respondió riendo.
Y… entonces…
No vio por dónde iba. Chocó contra mí.
El impacto fue suave, pero suficiente para que tropezara. Lo sostuve instintivamente del brazo, evitando que cayera.
—¡Oh, perdón, perdón!— Dijo Will inmediatamente, con esa voz dulce que me atravesó como cuchillo.— No estaba viendo. ¿Está bien?
Lo miré de cerca. Esos ojos avellana me miraban con genuina preocupación.
—Está bien— Logré decir con voz ronca, apartándome.
—Will, ten más cuidado— Lo regañó Nikki, acercándose.— Disculpe a nuestro hermano, es un desastre.
Nick también se acercó, ambos mirándome brevemente.
—Sí, perdón por él— Añadió Nick, sin realmente verme. Para ellos, yo era solo un extraño en la calle.
—Lo siento mucho…— Se volvió a disculpar Will con un puchero en sus tiernos labios.
—No es nada— Murmuré, manteniéndome alejado.
Y se fueron. Comenzaron a caminar de nuevo.
Me quedé ahí, inmóvil, observándolos alejarse. Pero aún podía escuchar sus voces.
—Oye, Will— Escuché decir a Nikki mientras se alejaban.— ¿Sabes? Te me haces parecido a alguien.
—¿A quién?— Preguntó con curiosidad.
—No lo sabemos— Respondió Nick— Es raro. Como si hubiéramos conocido a alguien que se parece a ti. O tú a esa persona.
—Sí— Concordó el gemelo menor.— Es una sensación extraña. Como… como si hubiéramos visto tu cara antes, pero en otra persona.
El pequeño se rió.
—Ustedes son raros. Quizás me parezco a algún familiar de papá.
Sus voces se fueron desvaneciendo mientras se alejaban, mezclándose con el ruido de la ciudad.
Sin saber quién era yo.
Sin recordar.
Ellos no me reconocieron a mí. Pero reconocían a Bill en Will.
En algún lugar profundo de sus memorias bloqueadas, sus cerebros recordaban a su madre. A Bill, y lo veían en Will.
Pero no sabían. No recordaban. Solo sabían que Will se parecía a alguien.
Su madre.
El chico que los cargó nueve meses en su vientre. Que los amó, que les cantó canciones de cuna.
Que los protegió incluso cuando yo era una amenaza.
Nunca lo sabrán.
Porque sí. Yo maté a Bill.
No con mis manos, pero sí con mi obsesión. Con mi egoísmo, y con mi necesidad enfermiza de poseerlo.
Bill murió porque yo lo rompí. Porque yo mismo lo destruí poco a poco, más que mi propio padre.
Porque lo que yo llamé amor no fue más que algo dañado desde el inicio; no supe demostrarlo correctamente.
Pero aún así…
Lo amé.
Lo amé con todo mi retorcido corazón, incluso cuando el mundo decidió arrancármelo de las manos.
Lo amé cuando respiraba.
Y lo sigo amando ahora que solo vive en mis recuerdos.
Dicen que la muerte apaga las cosas. Pero no apagó esto.
Mi corazón sigue latiendo torcido.
A veces cierro los ojos y casi puedo sentirlo a mi lado, como si el universo estuviera jugando a ser cruel conmigo.
Lo amé más de lo que supe decirle. Más de lo que él probablemente imaginó.
Y ahora cargo ese amor como quien carga una herida que no quiere cerrar. Es lo mismo.
No fue un amor perfecto. Fue uno intenso y desordenado.
Y aunque ya no esté, por las noches, sueño con él.
Siempre el mismo sueño. La misma pesadilla.
Estoy parado frente a ese lugar donde lo enterré.
Bill está ahí, pálido, con una profunda tristeza que inunda su rostro. Pero sostiene algo en sus brazos.
Es nuestro bebé, cubierto en una manta blanca. Pequeño. Sin vida. Ambos de blanco.
Me despierto sudando cada noche. Durante diecisiete años, ha sido así.
Bill no huyó, nunca quiso abandonarlos. No eligió desaparecer. Bill murió. Por mi culpa.
Los gemelos crecieron pensando que su madre los dejó. Will cree que su madre biológica lo abandonó.
Y mi padre morirá creyendo que Bill está vivo.
Y yo… yo cargo con la verdad.
Con el peso de dos cuerpos bajo tierra.
Con las pesadillas que nunca terminan.
Con la imagen de Will, idéntico a Bill, recordándome cada día lo que destruí.
Bill no merecía ese final. Pero yo sí. Yo soy quién debería de estar muerto.
Pero sigo aquí. Vivo, viendo a mis hermanos ser felices. Viendo a Will brillar con la misma luz que Bill tenía.
Aún así, soy Tom Kaulitz. El jefe de Stuttgart.
La gente todavía me teme. Mi nombre aún resuena en las calles. Los que saben, se apartan cuando paso. Los que no saben, sienten algo en su instinto que les dice que no se acerquen.
He construido un imperio de miedo, control y violencia.
¿Por qué? Porque es lo único que sé hacer.
Porque la culpa no me ha hecho débil. Me ha hecho peor que un monstruo.
Sin embargo, no lo he hecho solo.
Dicen que la sangre es la única familia que importa.
Se equivocan.
Gordon fue el único que me miró cuando yo no era nadie. Cuando era solo un mocoso con rabia en los puños y el mundo en contra. Él no me trató como escoria. No me habló como si estuviera perdido. Me miró como si aún hubiera algo que rescatar.
Y, de alguna forma extraña, me quiso.
Como un hijo.
A veces todavía escucho su voz, firme pero tranquila, diciéndome que piense antes de actuar. Que el poder no está en golpear primero, sino en saber cuándo hacerlo.
Porque ahora soy líder.
Mi palabra pesa. Mi nombre se respeta en las calles. Yo tengo todo el control en Stuttgart.
Y finalmente, los gemelos ya no son niños. Will tampoco.
Crecieron. Cumplieron la mayoría de edad. Ya no hay ojos inocentes que proteger, ya no hay cumpleaños pequeños que arruinar, ya no hay voces infantiles que me miren como si yo fuera el villano de un cuento que todavía no entienden.
Esperé años.
Esperé a que sus voces cambiaran, esperé a que el mundo dejara de verlos como criaturas frágiles que necesitaban a su padre para existir.
Nunca quise que se quedaran sin él cuando más lo necesitaban.
Bill jamás habría querido eso.
Por eso guardé mi rabia. Enterré mi sed de venganza bajo afirmaciones y silencios calculados.
Pero ahora… ya no está para detenerme.
Sus hijos son adultos.
Ahora pueden entender, pueden odiarme si quieren.
Mi paciencia fue mi arma más afilada.
Los años no apagaron nada. Solo afilaron mi propósito.
No habrá inocentes atrapados en medio. No habrá niños esperando en casa.
Solo verdad.
Porque Thomas Kaulitz no merece morir en paz. No merece una cama de hospital con analgésicos. No merece que sus hijos lo despidan.
Él me quitó todo. Me ignoró cuando más lo necesitaba. Trajo a Bill a nuestras vidas y él también lo destruyó lentamente.
No. Él no merece nada.
Thomas Kaulitz creó un monstruo el día que ignoró a su hijo. Y ese monstruo finalmente cobrará lo que se le debe.
Los gemelos seguirán con sus vidas.
Will seguirá sonriendo con el rostro de Bill.
Mi padre morirá. Por mi mano.
Y yo, yo seguiré aquí. Vivo pero muerto. Temido pero vacío.
Cargando con dos cuerpos bajo tierra.
Y ahora, este es el momento exacto en el que todo termina.
El sonido de la máquina marca su respiración.
Puedo ver su rostro detrás de la mascarilla transparente, el vapor la empaña apenas con cada exhalación.
Sus ojos son como platos.
Sabe quién soy. Me reconoce. Es su rostro.
No puede hablar. No puede moverse. Solo mirarme.
Una sonrisa lenta, torcida, se dibuja en mis labios mientras saco el objeto con el que daré fin a su vida.
El terror en sus pupilas es inmediato.
El monitor acelera su ritmo, como si su corazón quisiera escapar antes que él.
Y entonces mi sonrisa se ensancha aún más.
No por el miedo en sus ojos.
Sino porque por fin…
Me mira.
F I N
Holi…
Primero que nada… gracias.
A todos y cada uno de ustedes.
Gracias por su apoyo.
También… perdón por el final. Sé que no fue fácil. Tampoco lo fue para mí escribirlo. 😿