Mi madrastra 17

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 17

Bill estaba parado en la entrada del hospital, esperando. Vestía ropa que Tom le había traído: un gorro de lana que cubría sus rastas, una bufanda enrollada alrededor de su cuello, un suéter grueso sobre una camiseta de manga larga, jeans acampanados cómodos y botas bajas que habían visto mejores días.

Era ropa tan diferente a los camisones de seda y las prendas delicadas que Thomas solía comprarle.

Tom lo observaba desde unos pasos atrás, sintiendo algo extraño revolverse en su pecho. Porque Bill vestido así, con ese gorro cubriéndole el cabello, esa bufanda ocultando parte de su rostro, esos jeans que se ajustaban perfectamente a sus caderas…

Era exactamente como se veía la primera vez que lo había visto.

Cuando su padre lo había traído a casa por primera vez. Bill había entrado por esa puerta con una sonrisa tímida, vestido casi idénticamente, y Tom había sentido algo en su pecho que no había entendido entonces.

Pero que ahora entendía.

Había sido el comienzo de todo. El momento en que su obsesión había nacido, aunque no lo supiera en ese entonces.

—¿Listo?— Preguntó, acercándose.

Los ojos apagados de Bill que habían estado gachos lo miraron directamente. Asintió levemente, y sus ojos vacíos miraron hacia adelante pero sin ver realmente nada.

Tom tomó su pequeña maleta, la única pertenencia que Bill había traído del hospital. Lo guió hacia el estacionamiento donde su Cadillac negro esperaba.

Abrió la puerta del copiloto para Bill, quien se deslizó adentro sin decir palabra. Tom rodeó el auto, subiendo al asiento del conductor.

Encendió el auto y salió del estacionamiento, dirigiéndose hacia una parte de Stuttgart que Bill nunca había visitado.

El silencio en el auto era total. Bill miraba por la ventana, observando cómo los edificios elegantes y las calles limpias gradualmente daban paso a vecindarios más deteriorados. Las casas se volvían más pequeñas, más descuidadas. Las paredes tenían grafiti y las aceras estaban agrietadas.

El de rastas rubias no dijo nada, y Bill tampoco preguntó a dónde iban. No le importaba realmente. No importaba nada.

Sus bebés no estaban con él. Sus brazos estaban vacíos, y su pecho dolía profundamente.

Nada más importaba.

Finalmente, Tom se estacionó frente a una casa pequeña. No era horrible, pero definitivamente no era un buen lugar al que se pudiera habitar. La pintura estaba descascarada y el jardín frontal estaba descuidado. Algunas ventanas tenían las cortinas cerradas con cinta adhesiva.

—Llegamos.

Bill miró la casa sin expresión. Luego bajó del auto, esperando mientras Tom sacaba su maleta.

Entraron. Y adentro era peor que el exterior.

La sala estaba en completo desorden. Botellas de alcohol vacías cubrían la mesa del centro, algunas volcadas, algunas todavía con líquido en el fondo. Las paredes tenían agujeros, como si alguien las hubiera golpeado repetidamente.

Olía a cerrado, a alcohol viejo, a abandono.

—Lo sé— Murmuró, notando cómo Bill observaba todo.— Es un desastre.

No respondió. Solo siguió mirando, procesando que este era ahora su hogar.

Desde lejos observó la cocina. Sorprendentemente estaba menos desordenada que la sala.

Subieron las gradas. Tom lo guió por un pasillo corto.

Ahí, había un baño que necesitaba desesperadamente limpieza, y finalmente llegaron a una puerta al final.

La habitación de Tom.

Era igual de caótica. La cama estaba deshecha, las sábanas estaban arrugadas y manchadas de quién sabe que cosa. Ropa esparcida por todos lados: camisetas, pantalones, calcetines. Y calzoncillos. Varios pares de calzoncillos usados tirados sin cuidado. Más botellas de alcohol en la mesita de noche. Ceniceros llenos de colillas.

—Mierda…— Maldijo, viendo su habitación a través de los ojos de Bill.

—Está bien— Bill habló por primera vez desde que habían salido del hospital. Su voz era plana, sin emoción.

Tom lo miró con preocupación. Bill caminó hacia la cama, sentándose en el borde como si sus piernas ya no pudieran sostenerlo.

—Estás cansado. Deberías dormir.

Bill asintió débilmente. Tom se movió rápido, recogiendo la ropa del suelo, tirándola a un rincón. Sacudió las sábanas lo mejor que pudo, aunque sabía que necesitaban ser lavadas. Ayudó a Bill a acostarse, quitándole las botas, el gorro y aflojando la bufanda.

Bill se dejó manejar como una muñeca, sin resistencia. Tom lo arropó con la manta, asegurándose que estuviera cómodo y lo suficientemente tapado.

—Descansa— Murmuró, apartando algunos mechones de rastas del rostro de Bill.— Yo estaré aquí si necesitas algo.

Cerró los ojos, y en menos de un minuto, su respiración se había vuelto profunda y regular.

Tom se quedó ahí parado, observándolo dormir, sintiendo todo.

Se veía tan frágil. Tan roto… Tan… perdido.

Y era su culpa.

Todo era su culpa.

Salió de la habitación silenciosamente, cerrando la puerta a medias para poder escuchar si Bill lo llamaba.

&

Horas después, Bill despertó. La habitación estaba oscura, iluminada solo por la luz de la luna.

Se sentó lentamente, desorientado por un momento, sin recordar dónde estaba. Luego todo regresó como una avalancha.

El parto. Los gemelos siendo llevados. El bebé siendo arrancado de sus brazos. La casa de Tom.

Se levantó de la cama, caminando hacia la puerta.

Escuchó voces viniendo de la sala. Voces masculinas, hablando en tonos bajos.

Caminó por el pasillo, bajó las gradas, deteniéndose en la entrada de la sala.

Tom estaba ahí, sentado en el sofá, con dos chicos que Bill no conocía. Uno era rubio, con expresión seria y calculadora. El otro era castaño de cabello largo, con una sonrisa fácil y ojos traviesos.

Los tres tenían botellas de cerveza en las manos, fumaban cigarrillos, hablando sobre algo que Bill no entendía.

Fue el rubio quien lo notó primero. Su ceño se frunció y sus ojos no dejaron de verlo.

—Tom— Dijo lentamente— ¿Quién es él?

Tom giró la cabeza inmediatamente, levantándose al ver a Bill.

—Bill— Cruzó la sala rápidamente.— ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?

Bill negó con la cabeza, pero sus ojos se movieron hacia los dos extraños que lo miraban con expresiones difíciles de entender. Tom siguió su mirada.

—Ah, sí— Se aclaró la garganta.— Bill, estos son Gustav y Georg. Ustedes, él es Bill.

Gustav, el rubio, se levantó lentamente, extendiendo la mano.

—Es un placer conocerte— Dijo con voz respetuosa que raramente usaba.

Bill estrechó su mano débilmente.

Georg también se levantó, pero en lugar de extender la mano, simplemente se quedó mirando a Bill como si no pudiera creer que era real.

—Joder…— Murmuró— Eres hermoso.

Tom fulminó a Georg con una mirada tan afilada que lo hizo ponerse en alerta.

—¡Es verdad!— Georg se defendió, pero dio un paso atrás ante la mirada asesina de Tom.— Lo siento, lo siento. Solo… Dios…

Gustav observaba a Bill con atención, pero su rostro inexpresivo, como quien analiza algo que prefiere no comentar en voz alta.

—Tom mencionó que habías tenido un bebé hace poco— Comentó— Pero… no parece.

—Gustav…— Advirtió Tom con voz peligrosa.

—Te ves… hermoso. Especialmente considerando que has tenido dos embarazos— Georg terminó la frase rápidamente.

Tom volvió a clavarle la mirada a Georg. Una advertencia silenciosa y filosa que dejaba claro que Bill no era tema de conversación… y mucho menos suyo.

Bill se miró a sí mismo, sin entender qué veían. Solo veía un cuerpo vacío. Brazos que deberían estar sosteniendo a un bebé. Pechos que deberían estar alimentando. Caderas que habían traído vida al mundo solo para que esa vida le fuera arrebatada.

—Deberían irse— Tom dijo abruptamente— Bill necesita descansar.

Gustav asintió, tomando su chaqueta.

—Por supuesto. Perdona la intrusión, Bill. Cuídate.

Georg también se movió, pero no sin antes darle a Bill una última mirada de admiración.

—Cuídate— Dijo sinceramente antes de seguir a Gustav hacia la puerta.

Cuando se fueron, el silencio llenó la sala. Tom se giró hacia Bill.

—¿Cómo te sientes?

Bill consideró la pregunta. Luego, respondió:

—Mejor. Me siento… mejor.

Tom sonrió ligeramente, aliviado.

—Me alegro.

Bill dio un paso hacia él. Luego otro. Y otro. Hasta que estaba directamente frente a Tom, mirándolo a los ojos.

—Tom…— Murmuró

—¿Sí…?

Sin advertencia, Bill se lanzó hacia adelante, sus brazos rodeando el cuello de Tom, sus labios capturando los suyos en un beso desesperado.

Tom se quedó rígido por un segundo, sorprendido. Luego respondió, envolviendo con sus brazos la cintura de Bill, jalándolo más cerca.

El beso se profundizó rápidamente. Había urgencia. Necesidad. Había algo salvaje y desesperado que ninguno de los dos intentó controlar.

Bill lo empujó hacia atrás, y ambos cayeron en el sofá, con Bill terminando en el regazo de Tom. No dejaron de besarse. Sus manos explorando frenéticamente, jalando ropa, buscando piel.

Tom finalmente rompió el beso, jadeando, mirando a Bill con ojos oscurecidos.

—Lo necesito— Habló Bill antes que Tom, y había tanto dolor en esas palabras.— Por favor, Tom. Necesito sentir algo. Cualquier cosa que no sea este vacío.

Tom entendió. Y aunque sabía que probablemente no era lo correcto, no podía negarle nada a Bill.

Sus manos fueron al suéter de Bill, levantándolo despacio, revelando la camiseta de manga larga debajo. Esa también fue removida con cuidado, y finalmente quedó sin nada en la parte de arriba frente a él, sentado a horcajadas en su regazo.

El cuerpo de Bill era… perfecto, incluso después de todo. Delgado pero con curvas en todos los lugares correctos: caderas anchas que habían traído tres vidas al mundo, una cintura tan pequeña que Tom podía rodearla con sus manos grandes, y sus pechos ahora llenos, pesados de leche. Sus pezones rosados brillaban, hinchados y sensibles.

—Hermoso…— Murmuró— Eres tan hermoso, Bill— Susurró Tom, con voz ronca de adoración.

Tom lo besó, profundo y lento, mientras sus manos exploraban cada centímetro de piel expuesta. Bajaron a los jeans, desabotonándolos con dedos temblorosos de contención.

Cuidadosamente dejó a Bill acostado en el sofá, para que él pudiera deslizar los jeans y la ropa interior por esas caderas perfectas, dejándolo completamente desnudo.

Tom se tomó un momento solo para mirar. Para memorizar. Para adorar con los ojos lo que sus manos estaban a punto de adorar con toques.

Su vientre estaba ligeramente hinchado. Y abajo, su coño, rosado, hinchado y brillante de excitación y restos de humedad natural.

Se inclinó, y sus labios encontraron piel. Besando, lamiendo, mordiendo suavemente. Desde el cuello de Bill hasta sus pechos, deteniéndose ahí para prestar atención especial a esos pezones sensibles.

Tom capturó uno con la boca, chupando suave al principio, solo probando. La leche salió en una gota cálida y dulce que le llenó la lengua. Bill arqueó la espalda, gimiendo largo, mientras sus manos apretaban el sofá.

—Tom… sí… por favor…— Susurró voz quebrada— Me duelen tanto… necesito que…

Tom obedeció con devoción absoluta. Chupó más fuerte, succionando rítmicamente, dejando que la leche fluyera libre. El sabor era dulce para su paladar. Cada succión a su pezón hacía que Bill se arqueara más.

Tom cambió al otro pecho, lamiendo primero el pezón para limpiar la gota que colgaba, luego succionando profundo. La leche salía en chorros pequeños al principio, luego más abundante. Bill gemía sin control, su cuerpo temblaba, y su coño se contraía en espasmos suaves que lo mantenían al borde.

Tom levantó la vista un segundo, lamiéndose los labios y viendo a Bill con ojos oscuros de deseo.

Continuó descendiendo. Hasta llegar a la parte más íntima de Bill.

Bill abrió más sus piernas, ofreciéndose completamente.

Tom no perdió tiempo. Su boca encontró el centro de Bill, y lo que siguió fue puro placer. Su lengua trabajaba expertamente, conociendo exactamente qué hacer, cómo moverla, dónde presionar. Chupó el clítoris, lo lamió en círculos rápidos, introdujo la lengua dentro y luego volvió arriba.

Bill se retorcía en el sofá, gimiendo sin vergüenza, sin preocupación de quién pudiera escuchar. Porque en esa casa destartalada, en ese sofá roto, en ese vecindario donde nadie conocía su nombre, podía ser libre.

Ya no era el esposo de Thomas Kaulitz. No era madre de los gemelos ni de un bebé recién nacido. No era nada excepto Bill, siendo adorado por alguien que lo deseaba más que nada en el mundo.

Cuando llegó al orgasmo, fue intenso, dejándolo jadeando y temblando. Su coño pulsó fuerte. Un líquido caliente empapó la boca y la barbilla de Tom.

Tom se incorporó, lamiéndose sus labios con los restos de Bill, mirándolo con deseo, mientras Bill se recuperaba del orgasmo con respiración agitada.

Se quitó la camiseta y los pantalones con movimientos rápidos, quedando solo en bóxers encima de Bill.

Cuando Tom sacó su polla y apenas rozó la entrada de Bill, ambos soltaron un gemido simultáneo. No por dolor, sino por lo bien que se sentía.

Tom lo sostuvo por las caderas, entrando lento al principio. Muy lento. Cuidadoso.

Pero Bill necesitaba más. Necesitaba olvidar el vacío que sentía. Movió las caderas con más fuerza, subiendo y bajando sobre la polla gruesa y venuda, apretando alrededor de Tom.

—Más…— Suplicó— Más fuerte… por favor…

Tom obedeció. Entrando y saliendo más profundo. Los pechos de Bill rebotaban con cada embestida, Tom los lamió sin dejar de moverse, succionando fuerte de nuevo, tragando la leche que salía en chorros pequeños mientras seguía embistiéndolo.

Chupaba con intensidad, alternando entre ambos pezones, mientras sus caderas empujaban hacia arriba con fuerza controlada. Cada succión hacía que Bill se apretara más alrededor de él, que su coño pulsara, que más leche fluyera.

Bill se corrió otra vez, esta vez más lento pero más profundo, gritando su nombre al mismo tiempo que su cabeza se iba hacia atrás. Su cuerpo tensándose entero, mientras su coño pulsaba fuertemente alrededor de Tom, apretándolo como un puño.

Tom no aguantó más. Con un gemido ahogado contra el pecho de Bill, se corrió dentro, llenándolo por completo.

Cuando sus respiraciones se calmaron, Tom no se apartó. Siguió besando los pechos con ternura, limpiando con la lengua cada rastro de leche, besando cada parte de su perfecto rostro y limpiando sus lágrimas debido al placer. Bill se derritió contra él, exhausto, saciado.

—Te amo— Confesó Tom con una calma profunda y sincera.

Bill, por primera vez, respondió:

—Yo… también te amo…

Lo creía. Lo creía completamente. Aunque fuera mentira.

Continúa… 

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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