Mi madrastra 16

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 16

Los nueve meses estaban completos. El doctor lo había dicho con total normalidad, como si no significara nada. Cada patadita, cada contracción, cada movimiento dentro de Bill le recordaba que en cualquier momento daría a luz, que su cuerpo decidiría por él. Y aunque todo seguía igual, sabía que no dudaría.

Thomas estaba en medio de una reunión crucial cuando su teléfono vibró. Miró la pantalla. Hospital. Bill había entrado en labor de parto hacía unos minutos.

Se levantó abruptamente, interrumpiendo al ejecutivo que estaba presentando.

—La reunión ha terminado— Anunció sin dar explicaciones.

—¿Señor Kaulitz? Pero todavía no hemos…

—He dicho que terminó— Su tono no admitía réplica.

Salió de la sala de conferencias sin mirar atrás, dejando a un grupo de ejecutivos confundidos.

Recogió a los gemelos de la escuela con apenas dos clases empezadas. Durante todo el camino al hospital, los gemelos no pararon de hablar.

Iban tan eufóricos en el asiento trasero, saltando, hablando de cómo sería su hermanito.

Sí, Bill daría a luz a otro niño.

—¡Apuesto que será tan bonito como mami!— Decía el mayor con entusiasmo.

—¡Y va a ser súper pequeñito! ¡Como los bebés que vimos en el libro de la escuela!

—¿Crees que podremos cargarlo, papá?

—¡Yo quiero enseñarle a jugar fútbol cuando crezca!

—¡Yo le enseñaré a dibujar! ¿Crees que llore mucho?

—¡Todos los bebés lloran, tonto!

Thomas los escuchaba, conduciendo con manos firmes en el volante. Una sonrisa se dibujaba en sus labios ante el entusiasmo infantil de sus hijos.

Pero había algo en esa sonrisa. Algo frío que no llegaba a sus ojos.

Cuando llegaron al hospital, Thomas caminó por los pasillos con los gemelos prácticamente saltando a su lado, todavía charlando emocionados sobre su nuevo hermanito.

Se detuvo frente a la habitación. Respiró profundo. Luego abrió la puerta.

Tom estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a la puerta. Su postura era rígida, sus manos en los bolsillos. No se giró cuando la puerta se abrió, solo siguió mirando hacia afuera con esa expresión vacía que no revelaba absolutamente nada.

Y en la cama, Bill.

Estaba recostado contra las almohadas, con el cabello desordenado cayendo sobre sus hombros. Su rostro mostraba el cansancio del parto, pero había algo más. Una dulzura absoluta en su expresión mientras miraba hacia abajo.

En sus brazos, envuelto en una manta celeste, estaba el bebé. Tan pequeño, tan frágil. Se alimentaba del pecho de Bill, sus manitas diminutas se aferraban a la tela de la bata de hospital.

Bill lo miraba con adoración pura, con los ojos brillando de lágrimas que amenazaban con caer en cualquier momento. Sus dedos acariciaban suavemente las mejillas del bebé, memorizando cada detalle.

Era una imagen perfecta. Maternal y absolutamente hermosa.

Bill y Tom notaron la presencia simultáneamente. Bill levantó la vista, sus ojos se encontraron con los de Thomas. Tom se giró lentamente desde la ventana, su expresión cambió a una de odio. Odio que aumentó aún más con los meses sin toparse, hasta ahora.

—¿Qué haces aquí?— Demandó, mirando directamente a Tom.— No es tu lugar.

—El tuyo tampoco— Tom lo enfrentó con la misma frialdad.

Los gemelos, completamente ajenos a la tensión eléctrica entre su padre y hermano, entraron corriendo a la habitación.

—¡Mami!— Gritaron con alegría. Pero entonces se detuvieron en seco. Sus ojos se posaron en la figura delante de su padre.

—¿Tom?— Nick susurró, incrédulo.

—¡Hermanito!— Nikki gritó con emoción pura.

Corrieron hacia él, lanzándose contra sus piernas con toda la fuerza de sus cuerpecitos. Sus brazos rodearon sus piernas, aferrándose como si temieran que fuera a desaparecer.

—¡Tom…! ¡Pensamos que te habías ido para siempre!— Nick abrazaba su pierna mientras lo miraba.— ¿Por qué ya no regresaste a casa?

—¡Te extrañamos tanto!— Nikki se aferraba más fuerte.— ¿Por qué no volviste? Regresarás, ¿verdad?

Tom se quedó inmóvil por un momento, mirando hacia abajo a los dos niños que lo miraban con inocencia y se aferraban a él.

Lentamente, con movimientos iguales a los de un robot, bajó las manos. Las colocó sobre sus cabezas, acariciando suavemente sus cabellos rubios.

—Lo siento…— Murmuró con voz apenas audible.— Lo siento, pequeños.

Bill, observando la escena desde la cama, sintió cómo las lágrimas que había estado conteniendo finalmente comenzaron a caer. Una tras otra, rodando por sus mejillas mientras veía a sus tres hijos en la misma habitación.

Sollozó suavemente, intentando mantener la compostura. Pero los gemelos escucharon el sollozo. Se separaron de Tom, girándose hacia la cama con preocupación.

—¿Mami?— Nick preguntó con voz pequeña.— ¿Por qué lloras?

Bill intentó responder, pero en ese momento, el bebé se apartó de su pecho, perdiendo el pezón, comenzando a llorar inmediatamente. Su llanto agudo llenó la habitación de silencio.

—Shh, shh, está bien, mi amor…— Murmuró, ajustando al bebé con cuidado y volviendo a colocarlo correctamente.

El bebé se calmó casi instantáneamente, volviendo a alimentarse con pequeños sonidos satisfechos.

Los gemelos, completamente distraídos por su hermanito, se olvidaron momentáneamente de las lágrimas de su madre. Corrieron hacia la cama, trepando cuidadosamente para no molestar al bebé.

—¿Es nuestro hermanito?— Preguntó el gemelo mayor con voz llena de asombro. Ambos.

—¡Es tan pequeño!— Susurró el menor con asombro.

—¡Se parece a ti, mami!— Nick observaba con fascinación.—¿Puedo tocarlo?

Bill asintió, sonriendo a través de sus lágrimas. Guió la manita de Nick hacia la mano diminuta del bebé.

Los deditos del bebé se cerraron instintivamente alrededor del dedo de Nick.

—¡Oh!— Jadeó— ¡Mami, me está agarrando!

—¡Yo también quiero!

Bill guió la otra mano del bebé hacia Nikki. El bebé agarró su dedo también.

—Es tan suavecito…— Murmuró con voz llena de dulzura.— ¡Como algodón!

—Y calentito— Añadió el mayor, maravillado.

Thomas permanecía inmóvil ante la escena, sintiendo algo extraño en su pecho.

El bebé era idéntico a Bill.

La misma forma de rostro. La misma nariz pequeña y respingada. Los labios idénticos. Rubio como los gemelos.

No había rastro de Thomas en ese bebé. Era como si Bill se hubiera replicado a sí mismo.

Estaba condenado. Cada vez que mirara a ese niño, vería a Bill. Vería al chico que había amado y perdido. Al que había hecho tanto daño con los años.

Tom, desde la ventana, también miraba. Había regresado a su posición original, de espaldas a la habitación, pero había girado la cabeza apenas lo suficiente para ver.

—¿Cómo se va a llamar, mami?— El entusiasmo en Nikki no desaparecía, aún sostenía el dedito del bebé.

Los ojos de Bill se iluminaron apenas. Sus labios se abrieron, listo para responder… Cuando la puerta se abrió.

Un doctor entró, seguido de una enfermera. El doctor sostenía una carpeta, la enfermera traía una pequeña cuna rodante.

—Señor Kaulitz— El doctor se dirigió a Thomas con un asentimiento profesional.— Los papeles del alta están listos. Puede firmar cuando guste.

Bill se quedó gélido, sintiendo cómo el tiempo se detenía en seco.

—¿Tan rápido…? — Alcanzó a susurrar, por una incredulidad que le apretaba el pecho.

La enfermera se aproximó a la cama con esa sonrisa profesional que intentaba suavizar la gravedad del momento. Sin embargo, Thomas no emitió palabra. Ignoró la presencia del personal y la mirada buscadora de Bill; su mundo se había reducido al pequeño ser que sostenía Bill en sus brazos.

—Voy a llevar al bebé a la nursería para sus últimos chequeos antes del alta, señor Kaulitz.

—No…— Susurró, sus brazos apretaron suavemente el pequeño cuerpo instintivamente.— Aún no…

—Solo serán unos minutos— La enfermera aseguró, extendiendo sus brazos.

Bill miró al bebé en sus brazos. Al pequeño que con un suspiro dejó de alimentarse y se acurrucó contra él. El bebé que acababa de dar a luz y al que nunca conocería realmente. Su pequeño le sería arrebatado en cuestión de minutos. Un pequeño ser al que apenas comenzaba a conocer, pero que ya ocupaba un lugar inmenso en su corazón. Sabía que cada segundo que pasaba con él era precioso, un tesoro que pronto se volvería solo un recuerdo.

No entendían nada. No existían esos minutos. No vería a su bebé después. Thomas se lo llevaría con sus pequeños de seis años.

Las lágrimas, silenciosas y pesadas, resbalaron por sus mejillas. Se inclinó sobre el bebé, besando su frente, sus mejillas, su naricita, su mentón; cada pequeño detalle de aquel rostro perfecto.

—Te amo…—Susurró contra su piel suave— Te amo tanto, mi bebé. Siempre te amaré. Mi bebé hermoso. Mi pequeño ángel…

—Señor… tenemos que irnos — Dijo la enfermera con suavidad.

Con las manos temblorosas, Bill entregó al bebé. En el momento en que el pequeño sintió el cambio de brazos, un llanto agudo y desconsolado brotó de su garganta, un sonido que partió el corazón de Bill en mil pedazos. Era como si el bebé sintiera la inminente separación.

Bill cerró los ojos, cada sollozo del niño resonando en su alma, mientras observaba cómo se llevaban a su pequeño, perdiéndose en aquella puerta.

—¿Mami?— La voz de Nick tembló.— ¿Por qué lloras así?

—¿Por qué te estás despidiendo del bebé?— Dijo el menor, comenzando a preocuparse también.

Bill extendió sus brazos, atrayendo a los gemelos contra él. Los abrazó con fuerza desesperada, aplastándolos contra su pecho.

—Los amo…— Sollozó, besando sus cabezas repetidamente.— Los amo tanto, mis bebés. Tanto. Mami los ama con todo su corazón. Nunca lo olviden. Nunca. No importa qué pase. Mami siempre los amará.

—Mami, estás asustándonos…— Nick comenzó a llorar— ¿Por qué hablas así?

—¿Por qué te despides? ¡No hagas eso!— Suplicó el menor comenzando a desbordar lágrimas.

—Es hora de irnos— La voz de Thomas cortó el momento como un cuchillo.

Bill levantó la vista hacia él, con sus ojos suplicantes.

—Thomas… por favor… déjalos quedarse un poco más. Solo… solo unos minutos más. Por favor…

—No— Thomas fue inflexible.— Vámonos.

Thomas se acercó, tomando a los gemelos de las manos.

—¡No!— Los gemelos gritaron, aferrándose a Bill.— ¡Mami! ¡Mami!

—¡Los amo…!— Bill gritó mientras Thomas jalaba a los gemelos lejos de él.— ¡Nunca lo olviden!

—¡Mami!— Los gemelos sollozaban, extendiendo sus bracitos hacia Bill mientras Thomas los arrastraba hacia la puerta.— ¡No queremos irnos sin ti!

Los gemelos giraron sus cabezas desesperadamente hacia Tom.

—¡Tom!

—¡Hermanito!

Tom se quedó inmóvil. Sus manos se cerraron en puños tan apretados que sus nudillos se pusieron blancos.

Pero no se movió.

No podía.

La puerta se cerró.

Bill se quedó inmóvil por un segundo, y luego… su cuerpo cedió.

—Perdónenme…— susurró, con la voz rota, las manos temblaron sobre el vacío.— Perdónenme, mis bebés…

El silencio cayó sobre la habitación como una manta pesada y sofocante.

Entonces, un sollozo desgarrador escapó de su garganta. No eran solo lágrimas. Era un llanto que salía desde lo más profundo de su ser.

El llanto de una madre a la cual le habían arrebatado a sus hijos.

Se cubrió la cara con las manos, sollozando tan fuerte que su cuerpo entero se sacudía.

Tom finalmente se movió. Con pasos rápidos, sentándose en el borde de la cama. Sus brazos se extendieron, jalando a Bill contra su pecho.

Bill se aferró a él inmediatamente, sus manos agarraron la camisa de Tom con fuerza, sollozando contra su pecho sin control.

—Mis bebés… me quitó a mis bebés…

—Lo siento…— Tom murmuró con voz rota.— Lo siento tanto, Bill…

—¡Se los llevó!— Gritó— ¡A todos! ¡Los gemelos! ¡El bebé! ¡Ni siquiera… ni siquiera pude decirles su nombre! ¡No saben cómo se llama mi bebé!

Su voz se quebró en un sollozo que sacudió todo su cuerpo.

Tom lo sostuvo más fuerte, meciéndolo suavemente.

—Es mi culpa…— Tom susurró— Todo esto es mi culpa…

—No…

—Sí lo es— Tom insistió— Si no hubiera… si yo no…

Bill se apartó ligeramente, mirándolo con ojos rojos e hinchados.

—Ya no importa quién tiene la culpa— Dijo con voz exhausta.— Ya no importa nada.

Y en el silencio de esa habitación del hospital, con Bill destrozado en sus brazos, Tom hizo una promesa.

Su padre pagaría por esto.

Por cada lágrima.

Por cada sollozo.

Thomas Kaulitz pagaría.

Aunque tuviera que esperar años.

Lo pagaría.

&

—Tom…— Bill habló suavemente— Sobre… sobre Thomas… ¿Qué vas a hacer?

La pregunta no era casual. Le temblaban los dedos contra el pecho de Tom, como si ya temiera la respuesta antes de escucharla.

—Ya te lo dije— Respondió con voz que se había vuelto fría.— Voy a protegerte.

—Pero… ¿Cómo…?— Levantó la cabeza de su pecho para mirarlo.— Thomas tiene todo el poder…

—Y yo tengo otras cosas— Una sonrisa se dibujó en sus labios. Y aquella sonrisa no tranquilizó a Bill. Al contrario, le erizó la piel.

—¿Qué cosas…?

Tom lo miró directamente a los ojos. No había duda, ni vacilación. Solo una decisión ya tomada.

—Voy a matarlo.

La palabra cayó sobre él como un golpe seco. El silencio lo cubrió todo. El aire se volvió difícil de respirar, y Bill quedó paralizado, intentando comprender lo que acababa de oír.

—¿Qué…?— Murmuró al fin.

—Lo que escuchaste — Respondió Tom, sin vacilar.— Es la única forma de asegurarnos que no te quite a los niños.

—No…— Bill se apartó, sentándose en la cama.— No, Tom, no puedes…

No era miedo por Thomas. Era terror por Tom… y por lo que esa decisión significaría para todos.

—¿Por qué no?— Tom también se sentó, mirándolo con incomprensión.— ¿Después de todo lo que te ha hecho?

—¡Porque es asesinato!— Bill exclamó— ¡Irías a prisión! ¡Pasarías el resto de tu vida encerrado! ¡Y no quiero eso!

Su voz se quebró al final, desesperada.

—No me atraparán.

—¡No, Tom!

—Bill, escúchame— Tom tomó sus manos.— Es la única forma. Mientras él esté vivo, siempre tendrá poder sobre ti. Siempre podrá quitarte todo. Pero si desaparece…

—¡No!— Bill jaló sus manos, apartándose más.— ¡No voy a dejar que hagas eso!

Ahí quedó claro. No era una súplica suave ni una duda. Era un límite absoluto.

Bill no permitiría que Tom cruzara esa línea.

—¿Por qué lo proteges?— Demandó, y el tono de su voz subió.— ¿Después de todo? ¿Después de golpearte? ¿De amenazarte con quitarte a tus hijos? ¿Por qué demonios lo sigues protegiendo?

—¡No lo estoy protegiendo!— Gritó de vuelta, con lágrimas comenzando a rodar por sus mejillas.— ¡Te estoy protegiendo a ti! ¡A mis hijos! ¡No quiero que vayas a prisión! ¡No quiero perderte también! ¡Y no quiero que mis hijos se queden sin su padre!

Eso lo dijo todo. Tom se quedó en silencio, golpeado por la verdad detrás de esas palabras.

—He estado pensando…— Habló con dificultad— Sobre todo esto. Los gemelos, el bebé… nosotros…

—¿Y?

—No puedo quedarme con ellos, Tom— Su mirada reflejaba dolor, resignación y culpa.

—¿Qué diablos dices?

—Los gemelos…— Sorbió su nariz— Si se quedaran conmigo… tendrían que crecer viéndome formar una relación contigo, con su hermano mayor, con… mi hijastro. ¿Cómo les explicamos eso? ¿Cómo justificamos…? No es correcto. No sería justo para ellos. Necesitan… necesitan estar con su padre. Con alguien que pueda darles una vida normal. No con…

—¿No con qué?— Preguntó con voz calmada.

—No con nosotros— Completó, y las palabras dolieron al salir.— Lo que tenemos… lo que sea que es esto… no es normal, Tom. Está mal. Lo sabes. Yo lo sé. Y no podemos hacerles eso a esos niños.

—Bill…

—Y el bebé también— Bill puso una mano sobre su vientre.— El bebé merece crecer con su padre y sus hermanos. Con una familia real. No con… esto.

Tom lo miraba, procesando algo que no había previsto. Sorprendido por sus palabras.

—¿Estás diciendo que vas a dejarlos ir?

—No tengo opción… Thomas tiene razón. Yo… yo no puedo darles lo que necesitan. No puedo…

Las lágrimas corrieron en silencio, sin que pudiera detenerlas . Tom se movió rápido, envolviéndolo en sus brazos, como si temiera que se rompiera en pedazos si lo soltaba.

—Está bien…— Murmuró, aunque su voz temblaba.— Está bien, Bill. Si eso es lo que crees que es correcto…

Sabía que Bill no estaba eligiendo a Thomas.

Estaba eligiendo a los niños. Y, de algún modo doloroso, también estaba eligiendo salvarlo a él.

—¡Nada de esto es correcto!— Gritó ahogado en llanto, contra su pecho.— ¡Nada! ¡Pero no sé qué más hacer!

Tom lo sostuvo más fuerte, enterrando su rostro en el cabello de Bill.

—No me siento como buena madre…

—Eres la mejor madre que conozco— Lo interrumpió de inmediato.— Y el hecho que estés dispuesto a dejarlos ir para darles una mejor vida lo prueba.

Bill sollozó más fuerte, aferrándose a Tom como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba.

Se quedaron así, abrazados.

Tom no lo haría. Por los niños que pronto ya no estarían ahí. Por el bebé en el vientre de Bill. Porque Bill no podría vivir con eso.

Y porque Tom… no estaba dispuesto a perderlo de esa forma.

Continúa… 

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por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

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