Fic Toll de TollWriter

21: El vínculo: tener un macho

Todavía estábamos sin camiseta y mojados cuando subimos al auto. Tom volvió a agitar la cabeza, sin importarle mojar la ventanilla, el volante, el parabrisas, el respaldo y a mí.

—Demonios, Tom— me quejé mientras me cubría el rostro. Pero el lobo sonrió, encendió el motor y puso la calefacción, que empezó a emitir un ruido grave y bajo. Me puse la sudadera y dejé la chaqueta nueva en el cueco de mis pies antes de girarme a por el tupper enorme que había en la parte de atrás.

Se lo di a Tom y su estómago produjo un rugido de queja al verlo. Al mirar la hora en la pantalla, me di cuenta de que nos habíamos pasado bailando y cogiendo en el club casi dos horas y media. A mí me habían parecido poco más de veinte minutos.

Resoplé y levanté las piernas para apoyarlas sobre el salpicadero mientras Tom abría la tapa del envase de plástico y empezaba a comerse la comida con las manos, llevándose grandes trozos de carne con salsa a la boca antes de masticarla a prisa y mirarme por el borde de los ojos.

La imagen era… era Tom, sin más.

Recosté la cabeza en el asiento y me crucé de brazos, inclinando el rostro para seguir mirándole. Había algo en el lobo.. algo tosco, estúpido y grosero; era un cerdo, se comportaba como un cerdo y yo sabía que debía odiarle. Toda mi vida había despreciado a esa clase de personas, a los infantiles e imbéciles.

Pero Tom tenía algo diferente, algo gustaba. Incluso cuando te miraba con sus ojos amarillentos y anaranjados y la boca llena de grasa mientras se llevaba pedazo a pedazo de carne a los labios como un puto animal; me hacía sentir cierta felicidad saber que estaba disfrutando de su comida. Chasqueé la lengua y negué la cabeza. Seguro que eran las feromonas las que me hacían pensar y sentir aquello.

El lobo tardó casi cuarenta minutos en terminarse los cinco kilos de carne del tupper, dejando tan solo un envase vacío y manchado de grasa. Su barriga al aire estaba más abultada de lo normal, eructó y soltó aire por los labios manchados antes de recostar la cabeza y entrecerrar los ojos.

El auto estaba caldeado y apestaba a la comida y al Olor a Macho del lobo, que empezó a quedarse adormilado escuchando el repiqueteo de la lluvia contra el techo y los cristales. Cuando le oí roncar, le quité el tupper de las piernas, lo cerré y lo tiré a la parte de atrás. Busqué mi móvil en la chaqueta y repasé los mensajes del Foro.

Los esnifadores me hacían todo tipo de peticiones y pedidos que, por una cuantiosa suma, quizá estuviera dispuesto a darles. Muchos de ellos eran de prendas de ropa concretas, manchadas de algo en concreto y con mucho Olor a Macho.

El precio era alto y me tentaba bastante la idea, pero eran demasiado complejos. Tom odiaba correrse fuera de mi culo o mi boca, no iba a poder convencerle, por ejemplo, para que manchara de semen sus zapatillas; ni siquiera por dos mil dólares. Seguiría con los retales una semana más y después ya vería lo que haría.

Entre los mensajes de los esnifadores había muchos otros de omegas dándome por culo con sus tonterías. Todavía no habían olvidado mi comentario tonto y, creía, ese error me perseguiría durante toda mi brillante carrera como vendedor de Olor a Macho; sin embargo, en esta ocasión, uno de esos mensajes llamó mi atención.

Se llamaba «¡Cuidado!» y venía de Omega4Life, uno de los omegas que más sabían sobre lobos de todo el Foro y el cual me había ayudado mucho con sus hilos explicativos y sus consejos a otros omegas.

Apreté las comisuras de los labios, moviendo el dedo por encima de la papelera para borrarlo, pero, aparté el pulgar y borré todos los demás menos ese. Dejé el teléfono entre las manos y miré el parabrisas empapado de lluvia, con regueros que lo cruzaban como venas de agua, reflejando la luz de los faros delanteros que alumbraban la entrada al almacén.

Giré el rostro hacia el profundo ronquido que se oía, mirando a un Tom dormido, sin camiseta, con los enormes brazos cruzados sobre el pecho, por encima de su barriga abultada. Cogí la chaqueta de cuero que le había comprado y se la puse como una manta antes de ir a por la mía y ponérmela. Me pasé la capucha por encima de la vieja gorra de béisbol y salí al exterior, cerrando la puerta con cuidado tras de mí.

Saqué un cigarro y lo encendí bajo la lluvia, cubriéndolo con la visera para no mojarlo. Solté el aire hacia delante y miré la oscuridad. «¡Cuidado!», se llamaba el mensaje. Dramático e innecesario, como siempre eran los putos omegas.

Negué con la cabeza y fumé otra calada bajo la lluvia. Antes de que me hubiera terminado el cigarro, oí un golpeteo a mis espaldas y me giré, topándome con un Tom de expresión adormilada e inclinado hacia el asiento del copiloto. Bajó la ventanilla y me dijo:

—Bill se va a mojar fuera.

Tiré la colilla a un lado y solté el humo mientras abría la puerta del Jeep. Yo ya estaba empapado y mojado, pero no era algo que me importara demasiado. Aun así, el lobo alargó un brazo a la parte de atrás y, de algún lado, sacó una toalla que me entregó para que me secara. La cogí con el ceño fruncido y una mirada interrogante.

—Bill secarse o coger frío y enfermar— me explicó él.

—Bill nunca se pone enfermo— le aseguré, pero acepté la toalla apestosa y me sequé un poco. Tom se estaba poniendo la camiseta y la chaqueta, ajustándola a su cuello ancho y subiendo la cremallera hasta casi el final. —¿Siempre te echas siestas después de comer?— le pregunté —¿Incluso trabajando?

—No. Tom duerme solo porque Bill está cerca— Le miré por el borde de los ojos, pero no dije nada. El lobo echó entonces un vistazo a la hora en la pantalla digital y gruñó por lo bajo. —Tom debe vigilar un poco más a los lobatos, después poder regresar a Guarida.

Asentí y él volvió a gruñir con una queja baja antes de salir del auto. Tiré la toalla sucia y mojada a la parte de atrás junto al tupper y seguí al lobo de vuelta al interior.

Los lobatos continuaban haciendo lo que habían estado haciendo desde el comienzo de la noche, como si nunca se les acabaran las energías. Dimos un par de vueltas, bebimos bastantes vasos de zumo y refrescos porque estábamos sedientos después de sudar tanto, subimos de nuevo al andamio y Tom me rodeó con los brazos por la espalda, me quitó la gorra para ponérsela él y acarició el rostro contra el pelo mientras ronroneaba.

Tuvimos que quedarnos una hora y poco más antes de volver con los lobatos mayores y darles una última advertencia para que se portaran bien. Seguían enfadados conmigo y me dedicaron miradas de desprecio, pero después empezaron a olfatear discretamente el aire y miraron a Tom con expresiones no demasiado divertidas. Ponían los ojos en blanco y giraban el rostro como si estuvieran indignados. Nick, el pequeño Alfa, era el que más estaba. El lobo, por otro lado, hinchaba su pecho con orgullo y sonreía con superioridad a los lobatos.

—¿De qué iba todo eso?— le pregunté cuando estábamos saliendo de vuelta a la noche lluviosa.

—Lobatos olieron comida en Tom y a Tom en Bill— respondió, sin perder esa sonrisa ni esa pose de orgullo y superioridad. —Tienen envidia de Macho de Manada porque le cuidan mucho.

Solté un murmullo desinteresado y seguí adelante, apurando un poco el paso bajo la lluvia para llegar lo antes posible al Jeep. El lobo puso de nuevo la calefacción y arrancó el auto mientras yo buscaba alguna música suave que poner por los altavoces.

Volvimos tranquilamente y llegamos a casa antes del amanecer, yendo directos a la cama para desnudarnos y acostarnos. Cuando me levanté, la luz pálida entraba por la ventana y tuve que cubrirme la cara, girándome para apretarme contra el enorme pecho cálido y peludo de Tom.

En menos de unos minutos ya estaba frotándome y dándole suaves besos húmedos en la piel. Tras el buen sexo mañanero, fui al baño, dejando a un lobo satisfecho y roncando como un Oso en la cama.

Me di una ducha rápida, me puse algo cómodo, le dejé el vaso de leche preparado en la mesa; cerca del fajo de billetes que aún tenía allí para que lo viera y recordara llevárselo; y salí de casa con cinco bolsas de retales y una expresión seria. Seguía lloviendo un poco, pero nada que mi capucha y mi chaqueta no pudieran aguantar, Fui a la oficina de correos y después a tomarme un buen desayuno de media tarde.

Una pareja a mí lado se sintió incómoda por el olor que desprendía, aunque cuando miré a la mujer, me di cuenta que ella sabía perfectamente a qué apestaba: a lobo.

Mandé mensajes privados a los compradores de los retales de que ya les había enviado el pedido, puse otros cinco retales a la venta para el día siguiente y borré los mensajes de los omegas, dejando, una vez más, el que ponía «Cuidado!». Estuve muy tentado a leerlo, pero no lo hice porque recibí una llamada de un número oculto. Puse los ojos en blanco y no me molesté en tragar el trozo de sándwich vegetal que estaba comiendo antes de responder:

—¿Qué Demonios quieres? 

—Buenas tardes, Bill— me respondió la voz grave y profunda de Gustav, el Alfa de la Manada.

—Si quieres hablar con Tom, dile que se compre un puto teléfono l, pero no vuelvas a llamarme— le dije, y estuve a punto de colgar, dejándole con la palabra en la boca.

—En realidad, quiero hablar contigo— dijo antes de que apartara el teléfono de la oreja. —Tom me ha dicho que te han despedido de tu antiguo empleo después del pequeño incidente.

Alcé una ceja, porque eso sonaba al principio de una disculpa o de una jugosa oferta compensatoria. Así que murmuré algo afirmativo, sin darle una respuesta fija.

—Pareces un chico con bastante actitud, y a la Manada le vendría bien alguien así para vigilar la entrada del Luna Llena.

—No— respondí. —No voy a trabajar para la Manada.

Gustav se quedó en silencio y, de nuevo, estuve a punto d colgarle antes de que dijera: 

—Bill, ambos sabemos que encontrar un trabajo nuevo te resultará dificil. No hay muchas empresas que quiera contratar a alguien con tus antecedentes criminales, por no hablar de que, ahora, hueles mucho a Tom. La Manada te debe un gran favor por habernos ayudado en un momento de necesidad y está dispuesta a darte un buen trabajo, uno tranquilo. Mil la noche. Cuatro mil al mes. Limpios.

Ambos nos quedamos en silencio mientras sus palabras flotaban en la línea telefónica. Estuve a nada, a solo un pelo, de mandarle a la mierda y colgar. No quería tener nada que ver con la Manada, no quería trabajar para ellos y no quería deberles nada; pero, me estaban ofreciendo un sueldo increíble por solo cuatro noches al mes… con eso podría cubrir los gastos en comida y quedarme para mí todo lo que ganara vendiendo ropa a los esnifadores. Gustav añadió entonces, como si supiera a la perfección lo que rondaba la cabeza:

—Mantener a un Macho como Tom es muy caro. Déjanos ayudarte.

Me pasé la lengua por los dientes y miré mi café medio vacío. Yo había aprendido, con el tiempo, a no dejar pasar las buenas oportunidades, las cosas fáciles y los pequeños regalos.

—De acuerdo. Iré esta noche, si no me gusta, no volveré— y colgué, esta vez de verdad.

Me terminé el desayuno, me puse un cigarro en los labios y lo encendí incluso antes de salir de la cafetería. De camino a la tienda de comida para llevar, fui pensando en lo mucho que me jodía haber cedido al Alfa.

Yo era un hombre orgulloso y no aceptaba limosnas ni caridad de nadie, quizá él lo supiera y hubiera escondido eso bajo la apariencia de un trabajo tan sencillo y estúpido como vigilar la entrada del club; pero eso no cambiaba el hecho de que fuera «caridad».

Llegué a casa con la enorme bolsa de comida y fui hacia la cocina para dejarla sobre la mesa. Tom ya estaba en el sofá, desnudo y rascándose los huevos con una mano mientras pasaba canales buscando alguno de sus programas de bricolaje, autos o jardinería.

Giró el rostro para verme y gruñó para que me acercara. Tuve que dejar las bolsas sobre la barra, al lado del vaso de leche vacío y el fajo de billetes antes de acercarme a él e inclinarme, dejando mi rostro cerca del suyo. Tom se levantó un poco para frotarme la mejilla contra la suya como le gustaba y ronronear.

—Gustav me acaba de llamar para ofrecerme trabajo en el Luna Llena— le dije con tono serio.

El lobo se calló y me miró con aquellos ojos amarillentos y anaranjados de largas pestañas.

—La Manada no olvida. Alfa quiere dar las gracias a Bill por ayudarnos— respondió.

—Yo no necesito la ayuda ni los favores de nadie— le dejé bien claro.

Tom percibió mi enfado y sus gruesas cejas negras se encogieron un poco en una mueca de preocupación. Se acercó de nuevo para frotarme suavemente la mejilla, como si con eso resolviera algo.

—Club Luna Llena es importante para Manada. Alfa dio un trabajo importante a Bill, porque su Macho SubAlfa, muy importante— insistió.

Negué con la cabeza y me fui del vuelta a cocina, dejando a un Tom preocupado y atento tras de mí.

—¿Quieres comer ya?— le pregunté, sacando un cigarro de la chaqueta para ponérmelo en los labios. El lobo se levantó del sofá y fue a sentarse a la mesa, pero le detuve, señalé la habitación y le ordené: —ponte los calzoncillos y una camiseta. Hace frío para andar desnudo por la puta casa.

Tom asintió y se marchó hacia la habitación con una cojera ya apenas perceptible. Volvió con un bóxer blanco de marca y una de sus camisetas negras y ajustadas. Ya le había dejado su enorme bol de carne picada y arroz con guisantes, todo mezclado para que no pudiera separarlo, y una botella de cerveza de un litro al lado.

Me fui hacia la puerta de emergencia y fumé con la espalda apoyada en la pared, mirando al lobo devorar aquel bol. Solo se detenía para beber algunos tragos de cerveza y mirarme, como si necesitara asegurarse de que seguía allí con él, Al terminar, tenía la barriga llena y fue a tumbarse de nuevo al sofá.

Me reuní con él y nos cubrí a ambos con la vieja y apestosa manta. Tom no se cortó un pelo y se recostó sobre mí, como una pesada losa contra mi cuerpo, apoyando la cabeza en mi cuello y obligándome a girarme un poco para adaptarme a su postura.

Debería haberle empujado de una patada y habérmelo quitado de encima, pero el cabrón estaba caliente y olía mucho a… a Tom. Así que le dejé quedarse así, llegando a rodearle con un brazo y a acariciarle la barriga. El ronco ronroneo se fue volviendo más pesado hasta convertirse en una lenta y profunda respiración mientras su pierna sufría contracciones musculares.

Afuera llovía y hacia un ligero viento, pero bajo aquella manta reinaba el calor y la calma, arrastrándome a un estado entre el sueño y la conciencia. A veces cerraba los ojos y, cuando los abría, el programa había cambiado en cuestión de segundos. En una de esas ocasiones parpadeé varias veces para despejarme y me froté el rostro. Miré la hora en el teléfono y me di cuenta de que apenas faltaba una hora para el anochecer.

Solté una queja por lo bajo y me giré hacia Tom, despertándole con besos suaves, pequeños mordiscos y unas caricias en el pecho. El lobo entreabrió los ojos y gruñó, levantando la cabeza para dejarme sus labios al alcance y que pudiera besarle mejor.

Bajé la mano de su pecho a su barriga, hasta meterla debajo de su bóxer ya un poco manchado. Tom gruñó más, pero no tanto como cuando me agaché a hacerle una mamada y a lamerle los huevos, entonces sí que gruñó.

Con el lobo encima, sudado y jadeante después de haberse corrido cuatro veces, respiré con fuerza y solté el aire con un suspiro de felicidad. El cabrón siempre sabía dejarme bien servido e inmerso en esa dulce y agradable sensación de relajación y plenitud.

Cuando se produjo la desinflamación y pudimos movernos, fui directo al baño a vaciarme, ducharme y ponerme algo para ir al trabajo. Tom ya me esperaba vestido y con una de sus cadenas plateadas al cuello, sentado en el borde de la cama y con las llaves del Jeep entre las manos.

—¿Tú también vienes?— le pregunté.

—Tom tiene trabajo, pero puede llevar a Bill antes— respondió. Y, tras mirarme vestirme en silencio, me preguntó —¿Bill va a llevar esos pantalones tan ajustados?

—SÍ— respondí, yendo a buscar mi chaqueta.

Tom gruñó, pero no fue con deseo, sino con enfado o molestia. Me detuve en seco y me giré para mirarle. El lobo agachó la cabeza, pero siguió mirándome por el borde superior de los ojos. Volvió a gruñir de esa forma grave.

—¿Algún puto problema, Tom?— quise saber, llevándome un cigarro a los labios.

—Muchos hombres van al Luna Llena…— respondió en voz baja. —Tom no estará cerca y Bill está muy guapo…— y volvió a gruñir.

Levanté una ceja, un poco más alto a cada palabra que oia salir de sus labios. Lo que me faltaba, que Tom se pusiera celoso ahora.

—Voy a dejar algo bien claro, Tom— le dije con tono serio, levantando el zippo para prenderme el cigarrillo antes de cerrarlo con un sonoro «clack». Solté el humo sin dejar de mirar al lobo a los ojos y le advertí: —No vas a decirme lo que tengo que llevar, y mucho menos lo que tengo que hacer. Si eso no te gusta, ya sabes dónde está la puta puerta.

Tom gruñó más, pero terminó apartando el rostro con una mueca seria y orgullosa.

—Bill ya tiene Macho. No necesita llevar pantalones ajustados al club— le oi farfullar a lo lejos.

—¿Cómo dices?— le pregunté, fingiendo que no le había escuchado bien.

El lobo se limitó a volver a gruñir y a levantarse con su mueca orgullosa y seria para dirigirse hacia la puerta. Fumé otra calada tranquila, siguiéndole atentamente con la mirada. Los lobos eran una raza celosa y posesiva, ese no era ningún secreto, y a muchos loberos y omegas eso les ponía caliente. A mí no. Así que Tom debía tener mucho cuidado con ese tema si no quería enfadarme.

—Vete por la comida— le dije, señalándole con la cabeza hacia la cocina. —Está en un tupper de tapa roja.

El lobo levantó un poco más la cabeza, como un mafioso enfadado y peligroso, con su enorme tamaño, su chaqueta de cuero y su cadena de plata al cuello. Volvió con el envase grande donde le había guardado tres tiras de costillas de cerdo y esperó a que saliera por la puerta para seguirme de cerca.

Cuando llegamos al auto, agitó la cabeza para secarse la poca lluvia que le había mojado el pelo, encendió el motor y puso la calefacción. Busqué algo de música en la pantalla y apoyé los pies en el salpicadero, moviendo la cabeza al ritmo. El enfado de Tom no podría importarme menos. Si no le gustaba cómo era yo, que se fuera con sus plantas y sus mantas apestosas a la casa de otro de sus loberos. Que le diera él de comer y aguantara sus estupideces.

Cuando llegamos al Luna Llena, el lobo aparcó casi en frente y, antes de que me bajara, me agarró de la muñeca. Giré el rostro al momento, primero hacia su mano y después hacia su expresión muy seria de ojos amarillentos y brillantes rodeados de largas pestañas.

—Bill ya tiene Macho. Tom— declaró con su voz grave.

—Suéltame la puta muñeca— fue mi respuesta. El lobo gruñó y yo incliné la cabeza, una última advertencia. —Suéltame… la muñeca— repetí más lentamente.

Tom me soltó la muňeca y apretó los dientes. Sin decir nada, me bajé del auto y cerré la puerta de un ruidoso portazo, atrayendo la atención de los que estaban fumando en la entrada del local. Aún era un poco temprano, pero los loberos no perdían la oportunidad de ser los primeros en llegar a los sillones de la Manada.

Entré en el local, cruzando aquel pasillo con posters de películas de miedo como si volviera a un pasado que ahora me parecía extrañamente remoto. La sala de baile estaba más vacía de lo habitual, pero la música era tan alta como siempre. Fui hacia la barra y esperé a llamar la atención de una de las camareras para decirle que avisara al gerente o a quién demonios estuviera al cargo, de que yo había llegado. Sin embargo, no esperé mucho hasta que una figura enorme y musculosa, con cadena plateada al cuello, pelo cobrizo, ojos marrón claro y enorme sonrisa, se parara a mi lado.

—Hola, Bill. Soy Georg, Primer Beta de la Manada— me dijo. Nunca me había visto, ni yo a él, pero al parecer estaba muy seguro de quién era yo, porque había llegado directo e ignorado a la docena de humanos que había a mi alrededor. —Nos alegra mucho que hayas aceptado ayudarnos. Solo tienes que ir a la puerta y pedir la entrada, cobrar a los que no la tengan, ponerles el sello y mantener alejado a los menores de edad.

Solté un murmullo afirmativo y mantuve mi expresión indiferente mientras cogía el sello de su mano grande y algo callosa.

—¿Me vas a dar una tarjeta o algo para que sepan que trabajo aquí y no piensen que les estoy timando?— pregunté en voz alta, para que se me oyera con la música.

Eso pareció hacer gracia a Georg, el Primer Beta pelirrojo.

—Solo tienen que olerte, Bill. Sabrán que estás con un Macho de la Manada— me aseguró.

La razón por la que Georg, el que hoy en día es uno de mis lobos favoritos de la Manada, hubiera sabido que yo estaba allí, era porque apestaba a Tom.

Si los humanos podían percibir perfección el Olor a Macho que yo desprendía, para los lobos era como una bengala en la oscuridad. A Georg le habían hablado de mí, sabía mi nombre y que, si olían a Tom pero no era Tom, debía ser yo: su omega. Ya que yo era el único con el que el lobo compartía su Olor a Macho.

Ah, sí, es algo muy gracioso. Cuando Tom decía que era «mi Macho», lo decía en serio. No se trataba de una expresión extraña debido a su forma rara de hablar, sino a que, para él y la Manada, nosotros éramos pareja de hecho. Algo así como novios, pero más serio. Mucho más serio.

Continúa…

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por TollWriter

Escritora del Fandom

Un comentario en «Humano 21»

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