
Fic Toll de TollWriter
7: El celo: La aventura de tu vida
Tom entró como un huracán. Cerró la puerta de un golpe seco que retumbó por toda la casa, me agarró entre los brazos tomándome por sorpresa y me llevó en volandas hacia la cama.
Había algo en su rostro, quizá algo que faltaba, porque parecía un hombre totalmente enloquecido. Me tiró sobre la cama, me bajó la ropa interior con una fuerza que rozaba la desesperación y después saltó sobre mí, haciéndome perder el aire de los pulmones bajo su peso. Antes de que me diera cuenta, ya me estaba clavando la verga hasta el fondo y moviendo la cadera con más intensidad incluso de lo normal.
—¡Tu puta madre!— le grité al sentir aquello. Estaba muy mojado y lubricado, pero el cabrón había ido de cero a cien en tan solo un segundo y me había dolido igualmente.
Apreté los dientes y me agarré al edredón, forcejeando un poco para que, al menos, me dejara respirar. El lobo se enfadó, creyendo que quería resistirme o algo así, me agarró de las muñecas y me aprisionó todavía más bajo su cuerpo y su peso, gruñendo y jadeando sin parar. No habían pasado veinte segundos y ya sentí el primer chorro caliente y denso dentro de mí, un minuto después el segundo, en algún momento que ya no podía distinguir un tercero y no se detuvo hasta que hubo un cuarto y yo ya no podía más que tratar de concentrarme en seguir respirando. Aquella follada salvaje y sin pausa me había pillado demasiado por sorpresa y había sido.. bastante, sinceramente.
Me había gustado, pero más hacia el final, cuando me había limitado a quedarme quieto y a dejarle hacer al lobo lo que tuviera que hacer. Cuando llegaron las contracciones y la inflamación, Tom me frotó su rostro empapado en sudor por la cara y el pelo, esperó a que cinco minutos después se le desinflara la verga y se incorporó lo suficiente para quitarse la camiseta gris y sudada. Me la sacó de dentro y, como un niño pequeño, rodó un poco en la cama para quitarse el calzado y los pantalones a tirones antes de hacer lo mismo con mis calzoncillos y volver a ponerse encima para, sorprendentemente, cogerme otra vez hasta correrse otras tres veces.
Hay algo que descubrí esa primera noche, y es que no bromeaban cuando decían que los lobos se volvían locos en El Celo. Tom me tuvo de espaldas toda la noche, gruñendo y jadeando como un puto enfermo y moviendo la cadera casi sin descanso.
Los únicos momentos en los que no estaba cogiéndome, era cuando se le inflamaba la verga y no podía moverla, así que se recostaba a descansar hasta que, cinco o diez minutos después volvía a ponerse caliente.
Aquello duró entre cinco o seis horas, no podría decirlo, porque entré en una especie de estado cercano a la inconsciencia. El olor, el calor y el peso me habían dejado rendido y sometido a la voluntad del lobo. No podía luchar, literalmente, no tenía fuerzas ni la capacidad de si quiera pensar en ello. Solo era apenas consciente de que Tom estaba allí, sudado, caliente y rodeándome en una burbuja donde solo existíamos nosotros.
La luz del amanecer me sorprendió, llegando desde los cristales empañados y sucios. El retumbar de la lluvia era como una especie de mantra que se repetía constantemente junto a un jadeo y un movimiento a mis espaldas. Yo estaba de lado y el lobo me apretaba entre sus enormes brazos, cogiéndome casi sin fuerzas una vez más y despertándome. Las energías se le estaban empezando a agotar, pero seguía metiéndomela lentamente hasta conseguir correrse. Cuando se le inflamó la verga y se detuvo, alargué una mano y cogí una de las botellas de bebida energética, me incorporé un poco y Tom gruñó, volviendo a atraerme contra él con violencia.
—Solo voy a beber, relájate— le dije con tono seco, llegando a darle un leve codazo. Gruñó más alto, pero lo ignoré. —Que te jodan, Tom— le dije antes de beber un par de buenos tragos.
Con un jadeo dejé la botella en la mesilla de un golpe seco y volví a recostar la espalda contra él. Afuera llovía, pero entre las mantas hacía un poco de calor acumulado, así que bajé un poco la colcha, descubriendo parte de mi cuerpo desnudo y un poco sudado.
—Hay agua para ti en el otro lado, si quieres— le dije, aunque no estaba seguro de si mis palabras iban a poder atravesar la densa neblina de excitación que cubría la cabeza del lobo.
No respondió, por supuesto, y tras diez minutos se echó sobre mí y volvió al trabajo. Dos cogidas después, se separó por primera vez de mí tras doce horas, pero tampoco demasiado. Me agarró de la muñeca y casi tiró de mí hacia el borde de la cama para alcanzar uno de los bidones de agua.
Bebió como si hubiera cruzado el puto desierto, derramando parte del agua por los lados y tomando grandes respiraciones al terminar cada vez. No había control alguno en él, parecía una bestia saciando sus necesidades primarias de la forma más rápida y violenta posible.
Cuando dejó el bidón de vuelta al suelo, se había bebido casi un cuarto de una sentada. Eructó, se dio la vuelta para volver hacia mí, con los labios empapados y la barba mojada, me abrió las piernas y me la metió de nuevo; esta vez de frente y agarrándome el cuello con su enorme mano, quizá para que pudiera disfrutar de sus expresiones de labios entreabiertos y ojos en blanco mientras me cogía.
Cuatro corridas después, se dejó caer sobre mí y se limpió el rostro contra el mío, el sudor, las babas y el agua que aún tenía en la espesa barba.
Curiosamente, no me resultó tan desagradable como sonaba. Después de todo, estábamos en mitad de un festival de fluidos, sexo, descontrol y un intenso olor animal. ¿Qué era un poco de baba y sudor en el rostro cuando el culo no dejaba de gotear líquido preseminal y semen? Por suerte, a media tarde, el lobo empezó a relajar el ritmo desenfrenado del principio; alargó un poco más los descansos y empezó a dormitar entre ellos.
Yo aprovechaba para beber, comer algo y acariciarle la espalda o el pecho para alargar esos momentos de sueño hasta que volvía a despertarse y me cambiaba de postura, me mordía el cuello, el pelo o el hombro y continuaba.
Solo al alcanzar la noche se quedó profundamente dormido. Bebió otro litro del segundo bidón, eructó y se acercó a mí para encerrarme entre sus brazos antes de cerrar los ojos, produciendo pesadas respiraciones sobre mi pelo y con las típicas contracciones musculares. Entonces me froté el rostro y solté un suspiro. Tuve mucho cuidado de no despertarlo mientras me movía como un ladrón en mi propia casa en dirección al baño. Cerré la puerta y me senté en el váter.
Lo que tenía que hacer no era nada elegante, pero literalmente estaba lleno, y quería decir LLENO, de semen de lobo. Y eso tenía que salir de alguna forma. También meé bastante porque la constante fricción contra la pared interior de mi escroto me había entumecido la vejiga. Creía que hasta me había meado un poco en la cama, no estaba seguro. Me había corrido un par de veces, eso sí.
Y aquello era tan solo el principio. Vaya puta locura.
Me limpié un poco y salí del baño, sumergiéndome en la penumbra de la habitación que apestaba bastante, y eso que no tenía pared que la separara del resto de la casa, así que aquel olor denso estaría por todas partes.
Me metí bajo el edredón y me coloqué en el mismo lugar del que había salido, entre los grandes brazos de Tom. Él debió darse cuenta, porque se desveló, soltó uno de gruñidos de enfado y me apretó antes de girarse y así atraparme bajo el peso de su cuerpo.
—Que te jodan— murmuré antes de acomodar la cabeza en la almohada y quedarme dormido.
El lobo me despertó varias veces mientras me cogía a un ritmo más pausado, pero, aun así, constante. Llegué a perder por completo el concepto del tiempo ese segundo día. La lluvia y la luz grisácea y fría que entraba por los ventanales no ayudaba demasiado.
Me despertaba cada poco por culpa de Tom, que me movía en diferentes posturas, me agarraba, me mordía y hacía todas esas mierdas que tanto le gustaban. Yo gruñía, disfrutaba y en general me dejaba hacer, limitándome a gozar del lobo y todo lo que pudiera ofrecerme. Solo era más o menos consciente en los momentos en los que sentía hambre, sed o la necesidad de ir al baño a vaciarme, en varios sentidos. A veces notaba que el lobo se movía, me agarraba de alguna parte para asegurarse de que no escapara y bebía más agua.
En un momento me desperté y estaba tumbado mirando hacia los pies de la cama, de horcajadas sobre un Tom dormido que me rodeaba con los brazos. Tenía la boca abierta, mostrando: dientes grandes y sus colmillos anchos mientras roncaba.
Tenía la densa barba un poco grasienta y el pelo rizado alborotado; pero yo tampoco debía estar mucho mejor. Me rasqué el mentón, comprobando que, en efecto, tenía la barba también sucia de tanto sudor y tiempo acumulado en la cama. Todo estaba a oscuras y seguía lloviendo, solo la luz amarillenta de las farolas de la calle se colaba por entre los ventanales repletos de gotas y regueros de agua.
Me levanté con cuidado y saqué la verga del lobo de dentro, porque muchas veces él ni se molestaba en quitarla de allí, solo se empalmaba y movía la cadera. Fui hasta la mesilla y rebusque entre los muchos envoltorios vacíos alguna barrita energética o yogur líquido, cogí la última botella de Red Bull a medio beber y me lo llevé al baño. A veces yo aprovechaba que estaba allí sentado para comer en los cinco minutos que tardaba en descargar y limpiarme.
Me eché agua en el rostro y miré mi reflejo. Estaba hecho un desastre, con el pelo rubio grasiento y totalmente desordenado, los ojos verdes un poco enrojecidos y la barba más larga de lo normal.
Tenía marcas en el cuello ancho, pequeños cardenales y círculos amarillentos, seguramente de cuando el puto Tom me agarraba. Además de marcas de dientes y colmillos en la parte baja y los hombros. Chisqué la lengua con disgusto y puse una mueca seria antes de apagar la luz y salir hacia la habitación.
El lobo seguía donde antes, desnudo y ocupando casi toda la cama. Era como un puto cerdo apestoso y con la verga grande que, por desgracia, me ponía más caliente de lo que me hubiera puesto nadie en la vida. Quizá yo fuera más sensible a las feromonas que el resto de humanos, o quizá Tom tuviera algo que me gustaba muchísimo, algo que no conseguía entender.
Fui hacia el salón y cogí un cigarrillo y el zippo de encima de la barra de madera de la cocina, abriendo un poco la puerta de incendios. Seguía desnudo y afuera hacía frío, así que solo la moví lo suficiente para apoyar un brazo en la pared y fumar una calada que me supo a gloria antes de echar el humo al exterior lluvioso. Y ahí estaba yo, fumándome un cigarro en mitad del Celo y con un lobo en la cama. Solté un bufido, negué con la cabeza y puse una fina sonrisa en los labios. Mi vida no podía ir peor.
Oí una mezcla de gruñido y grito grave y profundo a mis espaldas, giré el rostro y vi la sombra de Tom levantándose y mirando a todas partes de la habitación. Tomé una última calada y tiré la colilla al exterior antes de cerrar la puerta.
—Estoy aquí, bastardo— le dije de camino a la habitación.
Cuando el lobo me oyó, se quedó muy quieto, de rodillas en la cama y con una expresión muy enfadada de dientes apretados. Esperó a que me acercara lo suficiente y me agarró de la muñeca con demasiada fuerza, tirando de mí para acercarme y después llevarme con todo su peso a la cama y volver a metérmela mientras me mordía el cuello con tanta intensidad que me hizo sangre.
—¡Me haces daño, demonios!— exclamé, pegándole un puñetazo que solo sirvió para que me cogiera más fuerte.
Después de correrse hasta cinco veces, se quedó jadeante, sudado y muy quieto, rodeándome con los brazos y frotándome con el rostro mientras duraba la inflamación. Aquel día fue especialmente intenso, o al menos me lo pareció. El lobo parecía haber recuperado energías y solo se detenía a descansar quince o veinte minutos o a beber entre cogida y cogida.
Me lo hizo a cuatro patas, encima, debajo, de rodillas mientras me sostenía en brazos… muchas posturas y el mismo ritmo enloquecido. Fue muchísimo sexo, es verdad, pero en ningún momento lo pasé mal. Había posturas O momentos que me gustaban más y otros menos, había momento en los que mordía el edredón y otros en los que le gritaba, normalmente insultos o quejas porque me apretaba demasiado fuerte o porque, una vez más, le había dado por morderme y hacerme sangre.
Cuando me desperté tras haber quedado dormido, tenía medio cuerpo de Tom encima, con una de sus enormes piernas rodeándome, al igual que un brazo mientras respiraba por la boca entreabierta muy cerca de mi rostro.
Me quedé mirando el techo iluminado y sentí hambre y un leve retortijón. Conseguí escabullirme hacia el baño y volver a descargar mientras me frotaba el rostro y suspiraba. No era una sensación nada agradable. Cuando salí me volví a reunir con el lobo en la cama y busqué algo que comer, pero no había ya nada más.
Fruncí el ceño y mire el techo mientras me pasaba la mano de Tom por encima y él se desvelaba un poco, apretándose más a mí. Cerré los ojos y volví a quedarme dormido para desvelarme en cuanto sentí al lobo haciéndose un hueco entre mis piernas para metérmela otra vez. Solté un murmullo que quería decir «ya, ya…», le rodeé la cadera y levanté los brazos para abrazarle el cuello.
Tom empezó a jadear como siempre y se corrió tres veces hasta detenerse y dejarse caer sobre mí. Le acaricié la espalda y él gruño por lo bajo, un ruido ronroneante antes de quedándose dormido.
Me desperté y sentí un profundo rugido en las tripas y la boca seca. Por la ventana entraba una claridad grisácea y los cristales seguían mojados. Tenía la impresión de llevar una eternidad en aquella cama.
Sin duda, llevábamos allí mucho tiempo, no sabía cuánto exactamente, pero bastante. Ya no me quedaban bebidas ni comida, y los bidones de agua estaban todos vacíos. Si no había calculado mal, ya debíamos estar al final del Celo, pero el lobo seguía allí, roncando en mi cama y apretándome contra él.
Cerré los ojos y cogí aire, poniéndome un brazo sobre el rostro para tapar la claridad que entraba y poder dormir un poco más. En mitad de aquel estado adormilado, noté un movimiento a mi lado, un roce en mi rostro que empujaba el brazo con el que me cubría. Lo aparté y miré unos ojos amarillentos y anaranjados. Tom se frotó un poco más contra mí, pasando su barba grasienta y sucia sobre la mía, antes de darme la vuelta y ponerse encima.
El ritmo era diferente, aunque intenso y sin pausa, era más pausado que el de los otros días. Me mordió entre el cuello y el hombro y me agarró de las muñecas, jadeando y llenándome la piel de babas.
Gemí un poco por lo bajo y llegué a correrme cuando él lo hizo por segunda vez, alcanzando una tercera a los pocos minutos. Entonces llegaron las contracciones y la inflamación. Ya ni la notaba, demasiado acostumbrado a aquella sensación de plenitud en el recto. El lobo me soltó entonces el cuello y las muñecas, recuperando el aire cerca de mi oído. Entonces un rugido de tripas cruzó la habitación, pero no fue el mío. Ladeé el rostro y miré por el borde de ojos hacía el lobo, con labios entreabiertos y devolviéndome la mirada en silencio.
—¿Tienes hambre, Tom?— le pregunté con la voz algo ronca. Él asintió lentamente. —Yo también— reconocí. —¿Quieres pedir algo?
Su única respuesta fue un leve gruñido, así que supuse que sí quería. Esperé un minuto más o menos a que la inflamación terminara y entonces me volví para levantarme, ir a por el móvil olvidado sobre la repisa de la ventana e ignorar las notificaciones de llamadas y mensajes que había.
—¿Te gusta la comida rápida?— pregunté, aunque ya estaba pulsando el botón de llamada y llevándome el móvil a la oreja.
—Carne— le oí decir desde la cama. —Mucha.
—Hola, soy Bill— respondí al hombre con marcado acento que me respondió. —Quiero un pedido de tres..— miré al lobo y calculé cuánto podría llegar a comer un hombre hambriento de su tamaño. —Seis hamburguesas dobles, un cubo de pollo frito, aros de cebolla y nuguets. Todo grande. Y no me jodas con las salsas porque sabes que voy allí y los golpeo en la puerta del local hasta que me den lo que quiero— y colgué. — En veinte minutos están aquí— murmuré antes de ver la hora.
Eran las ocho de la tarde, estaba anocheciendo y habían pasado cinco putos días. Al parecer, Tom era un lobo con una libido muy grande; algo que yo había previsto. Tuve que llamar a mi jefe, Wong Xing, y darle una especie de disculpa por exceder el tiempo de descanso que le había pedido.
—Sí, mi madre sigue enferma… sí, pulmonía. Un horror. Sí, mañana sin falta— murmuraba sin demasiada emoción mientras fumaba al lado de la puerta abierta. Eché una rápida mirada a la espalda para ver como el lobo salía de la cama y entraba en el baño. —Sí, señor Xing. Claro… Mañana nos vemos— y colgué.
Le di otra calada al cigarrillo y giré el rostro para que el humo se fuera por la puerta entreabierta. No estaba seguro de si era costumbre que los lobos se quedaran después del Celo, porque la información que nos habían dado en la charla sobre ese tema era bastante limitada.
Había sido útil, es cierto, pero se había saltado muchos temas que empezaban a ser preocupantes. Tiré la colilla del cigarro y cerré la puerta, dirigiéndome de vuelta a la habitación.
El olor… el olor era algo, sin duda. A mí no me resultaba desagradable, porque había formado parte de él, pero incluso así podía percibir la densidad e intensidad que tenía. El epicentro era la cama, pero se había apoderado de toda la casa tras cinco días sin ventilar. Lo único que se me ocurrió fue quitar el edredón, dejarlo a un lado y pensar en llevarlo a una lavandería automática junto con la sábana bajera, las almohadas y… todo lo que Tom hubiera rozado.
Como habían pasado quince minutos y el lobo no había salido del baño, me puse un pantalón de chandal por encima y una camiseta corta vieja.
Recogí los envases, botellas y bidones que había por todo alrededor y los llevé a la cocina para meterlos en bolsas de basura. Antes de que hubiera terminado ya estaban aporreando la puerta.
Me acerqué, cogí el bate y eché un vistazo por la mirilla. Era el repartidor, quien puso una expresión muy asqueada cuando abrí la puerta y le llegó el olor. Se cubrió la nariz y me ofreció las bolsas con la comida, le di cincuenta dólares y le cerré la puerta en la cara sin decir nada. El olor de la comida caliente reavivó mi hambre y el estómago me rugió.
—¡Tom!— grité desde el salón —¡La comida!—
Llevé las bolsas a la mesa baja frente al sofá y fui a lavarme las manos al lavadero. Busqué dos cervezas en la nevera y cuando volví saqué todo y lo puse sobre la mesa, revisando que estuvieran todas las salsas que, por derecho, me merecía con el pedido.
Se oyó la puerta del baño y el lobo salió, desnudo, todavía un poco mojado y a paso rápido, para sentarse en el sofá, agarrar una de esas hamburguesas y darle un mordisco tan grande que se comió la mitad de un solo bocado; llevándose un poco del papel que la envolvía. Me quedé mirándole con una expresión asqueada mientras apenas masticaba y tragaba, repitiendo el proceso y cogiendo una segunda hamburguesa.
—Rayos…— murmuré alargando la mano para ir por una antes de que se las comiera todas, que, a ese ritmo, sería en apenas un minuto.
Pronto descubriría que Tom sería capaz de comerse una vaca entera y aún tener sitio para el postre. Pero eso sería más adelante, porque en ese momento, todavía comía poco delante de mí.
Continúa…
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