

Fic Toll de TollWriter
6: El celo: Preparación
Cuando llegamos a la calle de mi casa, señalé uno de los portales rodeados de grafitis y el lobo aparcó casi en frente de él. La mayoría de las farolas de la calle estaban rotas y el ayuntamiento no estaba demasiado interesado en invertir dinero en una zona como aquella. No podía culparlos. Salimos del auto bajo la lluvia y anduvimos a paso rápido hacia el edificio de ladrillos y grandes ventanales.
Había sido una antigua fábrica reconvertida, lo que quería decir que alguien había comprado el edificio y lo había alquilado por plantas. Abrí la puerta de un tirón y pasé delante del lobo, al que, al parecer, le gustaba seguirme por detrás y muy cerca. A veces me giraba un poco para observarlo, por si mi casa no le hacía sentirse lo suficiente «seguro». Por desgracia para él, el dinero que me había dado no era reembolsable.
Subimos unas escaleras bastante viejas con un pasamanos roto y pintarrajeado hasta alcanzar la tercera planta, allí giré por un
pasillo de moqueta azulada y manchada hacia una de las puertas del final en la que ponía «4A» pero a la que habían pintado para que parecieran dos «AA», con una en cursiva.
No era la razón por la que había decidido mudarme allí, pero le daba un toque. Abrí la puerta, las dos cerraduras, y pasé al interior, dejando las llaves sobre un taburete alto color verde que había allí y que había robado de un bar una noche de borrachera. Bien, mi apartamento no era gran cosa. Era un loft que atravesaban columnas de hierro rojas, con paredes de ladrillo, ventanales industriales y un tanto grasientos y manchados, una cocina
americana en una esquina, un pequeño sofá descosido frente a una vieja tele de plasma con una ligera grieta, suelos de madera gastada, y un pequeño apartado con una cama de matrimonio y la puerta de un baño. Eso era todo. Al menos era espacioso y le daba mucha luz los días soleados.
Encendí la lámpara de pie que había al lado de una de las columnas, arrojando una luz cálida y amarillenta sobre el loft. Le daba un ambiente íntimo y agradable, además de que las luces del techo no funcionaban. Me quité la chaqueta y miré al lobo; quien observaba el lugar muy atentamente con sus ojos amarillentos y anaranjados, olisqueando cada poco el aire como si pudiera percibir algo en especial. Preferí dejarle tranquilo y que hiciera lo que tuviera que hacer. No había nada de valor allí que pudiera robarme, porque todo lo que valía algo lo llevaba siempre conmigo encima.
Fui al apartado que era la habitación y dejé la chaqueta negra sobre la amplia repisa de los ventanales, echando un vistazo a la calle lluviosa y oscura. Una vieja costumbre de cuando tenía que preocuparme de que no me siguieran a casa.
Volví hacia el salón y apoyé el hombro en la pared entre la habitación y el resto, cruzándome de brazos y observando cómo el lobo daba pequeňos pasos, adentrándose en el loft poco a poco y con cuidado. Seguía mirando a todas partes, olisqueando el aire y con la espalda recta.
Tardó cinco buenos minutos en alcanzar la parte del sofá cerca de la esquina. Cogió los cojines y los olió antes de volver a arrojarlos de nuevo sobre el sillón. Solté un resoplido de incredulidad y puse los ojos en blanco, yendo a buscar la cạjetilla de tabaco y el zippo. Tom se puso un poco nervioso cuando oyó mis pasos sobre la madera y vio que me acercaba, pero señalé la puerta de incendios que había a un lado de la cocina.
—Daba a la escalera de incendios, pero está rota, así que es como una puerta de suicidio— le expliqué, rompiendo el silencio y abriendo la puerta metálica y de color rojo en la que había escrito «EXIT» ya la que yo había añadido «to hell».
Encendí el cigarro y me asomé hacia la caída de cuatro pisos que daba a un lado del edificio. Había una calle oscura iluminada por una solitaria farola bajo la que normalmente traficaban con droga; una vez incluso había habido un tiroteo.
El lobo continuó su exploración por la casa, después de olfatear el sofá y algunas cosas que allí había, fue hacia la cocina y repasó las alacenas y la nevera. Tampoco iba a encontrar gran cosa de valor allí: cereales, pasta y muchos botes de comida instantánea, además de un par de latas de cerveza, leche, pan de molde y los pocos ingredientes para hacer un sándwich. Ahora que tenía quinientos dólares, quizá incluso me comprara mayonesa.
Terminó con la cocina y fue hacia la habitación. Ahí fue cuando tiré la colilla del cigarro por la puerta y la cerré antes de seguirle. Mi habitación era la parte más personal de la casa, y no quería que ningún desconocido tocara lo que no tenía que tocar.
El lobo hizo lo mismo que en el sofá, olisqueó las almohadas y después las mantas. Fue hacia el armario y lo abrió, empezando a ponerme un poco de los nervios. Cuando cogió algunas de mis prendas de vestir y las olfateó también, me acerqué con expresión seria.
—Vuelve a tirar ropa al suelo, y no volverás a esta casa— le advertí, señalando la camiseta que había arrojado a un lado sin ningún miramiento.
El lobo me miró un momento en silencio.
—No huele a otros machos. Bien— respondió.
—Bien — murmuré, no demasiado emocionado.
El lobo se fue hacia la puerta del baño, la abrió con cuidado y miró al interior. Solté un suspiro y me acerqué para encender la luz a un lado de la pared. Era un puto cuarto de baño viejo con lavabo, ducha y un espejo; pero quizá quería olfatear la taza del váter para ver si se habían sentado «otros machos»
El lobo tomó una buena respiración y asintió, cerrando la puerta sin llegar a entrar. Y con eso, creía, daría por terminada su exploración, pero me equivocaba. Lo que hizo fue quitarse la camiseta, descalzarse, bajarse el pantalón de chándal y tirarse sobre la cama completamente desnudo.
—Emh…— murmuré, ladeando un poco la cabeza —¿Qué demonios haces, Tom? —El lobo no me escuchó, o no quiso escucharme, mientras se restregaba contra el edredón gris y se metía debajo para seguir frotando su cuerpo desnudo contra todo. Yo estaba demasiado alucinado para reaccionar, hasta que cogió una de las almohadas y se la pasó por la entrepierna.
—¡Eh!, eh… —di un paso y levanté las manos. —Ahí pongo yo la cara…—El lobo me miró con sus ojos amarillentos bordeados de esas largas pestañas, sin ningún tipo de arrepentimiento en su rostro.
—Tom deja su olor, así machos no acercarse— dijo.
—Me da igual, no pases la verga por la almohada— respondí.
Él dejó la almohada a un lado, se puso de cara al techo de un giro que hizo temblar la cama y quitó el edredón, descubriendo su cuerpo musculoso, velludo y desnudo.
Era la primera vez que le veía sin ropa, ya que en el auto no se la había quitado. Tenía… el cabrón tenía un cuerpo increíble. Grande, pero no definido, como una mezcla perfecta entre músculo y un poco de grasa. De piernas gruesas, espalda ancha, pecho poderoso y una pequeña barriga. Le repasé con la mirada de arriba abajo, deteniéndome en su verga ya bastante dura y mojada.
No es que fuera grande, que lo era, pero no con respecto a su tamaño. Podía decirse que era proporcionada a un hombre de su altura y peso. Eso sí, era una verga preciosa. Gruesa, firme, con un par de venas marcadas y una cabeza más llena que el tronco que no paraba de gotear lentamente un líquido viscoso y cristalino.
Con la excitación, llegó el olor fuerte y pesado, una mezcla de su sudor y su entrepierna, cubriendo la habitación como había cubierto el auto y provocando mi propia erección. Una vez más, era absurdo que aquello me pusiera tan caliente cuando hacía apenas una hora que me había corrido.
Me pasé la lengua por los labios para humedecerlos y miré de nuevo sus ojos. Estaba allí tumbado, ocupando casi la totalidad de la cama, con las piernas abiertas y los brazos extendidos, moviendo un poco la cadera como si quisiera llamar la atención sobre su verga húmeda, gorda y muy firme.
—Vale… —murmuré, rascándome un momento el bigote antes de quitarme la gorra de béisbol, la camiseta, las zapatillas y el pantalón.
Fui hacia él, pero cuando quise ponerme encima, me rodeó con los brazos, me dio la vuelta y me cubrió con su cuerpo enorme y pesado. Sin ropa de por medio, la sensación
y el olor era más intenso y asfixiante que nunca. Jadeé de puro placer con algo tan estúpido como aquello, más cuando me abrió las piernas con las suyas y me la metió casi de una estocada hasta el fondo. Empezó a gruñir ya mover la cadera con la intensidad de siempre, buscando mis muñecas para apretarlas y ponerlas al lado de mi cabeza.
El lobo jadeaba cerca de mi oreja, gruñía y seguía sin parar, cubriéndome con todo su cuerpo como si fuera una especie de necesidad para él. Junto con un gemido más alto llegó la primera corrida, me mordió el pelo y siguió hasta que, quizá cuatro minutos después llegó la segunda.
Entonces me soltó las muñecas y me rodeó el cuello con sus enormes brazos, elevándome un poco y aumentando el ritmo con el que me cogía. Yo ya no sabía qué decir, había repetido tantas veces «demonios» que ya apenas era una palabra con sentido en mis labios húmedo y jadeantes. En algún momento, llegó la tercera corrida y todo fue cesando lentamente. El lobo se dejó caer sobre mí, tuvo sus pocos espasmos y la verga se le inflamó, produciendo una mueca de incomodidad en mi rostro.
Nos quedamos en silencio y, como solía hacer, el lobo se limpió el sudor del rostro contra mi nuca y mi pelo. El olor… aquella peste animal se iba a pegar a mis sábanas hasta el final de los tiempos, casi podía sentirlo. No quería ni imaginarme lo que pasaría después del Celo. Tendría que quemarlas. Pero en aquel momento, mi única preocupación era disfrutar de tener a un enorme lobo encima, caliente y pesado, cubriéndome por entero y haciéndome sentir tan extrañamente relajado y… protegido.
Una palabra que surgió de mi mente sin sentido alguno y que no me gustó en absoluto. Yo no necesitaba que nadie me protegiera, y mucho menos un lobo tarado que no sabía ni hablar bien.
La inflamación terminó y él se hizo a un lado, cayendo sobre su costado y saliendo de dentro de mí en el proceso. Cogí aire aprovechando que ahora era capaz de respirar por entero, levanté la cabeza y estiré un poco el cuello antes de girarla y mirarlo. Estaba a mi lado, pero no pegado, con el rostro apoyado en la almohada y sus extraños ojos fijos en mí. Quizá se creyera que iba a atacarlo después de que me hubiera reventado el culo, lo que, siendo sinceros, siempre podía ser una posibilidad.
—¿Esto también era parte de lo que tenías que hacer en mi casa?— le pregunté —¿Querías probar la cama o algo?
El lobo negó suavemente con la cabeza y yo solté un murmullo y asentí. Me giré del todo hacia él, apoyando mejor la cabeza en la almohada y mirando aquellos ojos que resultaban tan perturbadores y a la vez tan suaves gracias a las pestañas densas y oscuras.
Moví una mano, sin ninguna razón racional, para acariciar su pecho abultado y velludo con el reverso de los dedos. Quizá solo quisiera saber qué se sentía al tocarlo, la sensación de aquel pelo negro e hirsuto, el calor de su piel y aquellos enormes pectorales. El lobo no tardó demasiado en ronronear por lo bajo tras cada respiración y en empezar a cerrar los ojos. De vez en cuando los abría y parpadeaba, luchando por no dormirse; algo muy complicado cuando descendí hacia su barriga y empecé a frotarla con toda la mano.
Sin demasiada dificultad, empujé suavemente al lobo para dejarle cara al techo. Me acerqué un poco y apoyé el codo en la almohada para apoyar la cabeza y tener una mejor perspectiva. El apenas mantenía los ojos abiertos, casi uniendo sus largas pestañas mientras ronroneaba pesadamente. Le acariciaba la barriga un poco abultada y firme, hasta la parte baja del ombligo bajo el edredón y vuelta arriba, dando pequeños círculos, usando la palma entera o solo la punta de los dedos. Era como un enorme y estúpido oso peludo que ocupaba casi toda mi cama, que apestaba y que se quedó dormido tras un par de minutos de caricias.
Lo supe no solo por sus ojos cerrados y su respiración más lenta, sino porque, como habían dicho en la charla comenzó a tener pequeños espasmos musculares en las piernas y los brazos, moviéndolas un poco de vez en cuando.
Cogí una bocanada de aquel aire que olía tanto a él y puse una mueca de labios fruncidos. Al final me pasaría el puto Celo con un lobo de un metro noventa y cinco y ciento y pico kilos de peso, en mi casa, en mi cama, y había muchas cosas que preparar y mucho de lo que preocuparse. El sexo no era el problema, porque, si había algo que debía reconocer, era que coger con un lobo era toda una experiencia; no, el problema era el tiempo y las preocupaciones.
Tom sorbió por la nariz y se removió un poco, frunció el ceño de espesas cejas negras y entreabrió los ojos. Me clavó una mirada rápida y seria, como si estuviera enfadado por haberle hecho quedarse dormido. Soltó uno de aquellos gruñidos de advertencia y levanté lentamente la mano con la que le seguía acariciando la barriga.
Sin decir nada, se incorporó, se sentó al borde de la cama, de espaldas a mí, y agitó la cabeza para despejarse. Yo me quedé allí, con el codo apoyado en la almohada y la cabeza apoyada en la mano, viendo cómo se levantaba, iba hacia su ropa y se la ponía a prisa. Primero el pantalón, sin nada debajo, seguido de la camiseta negra y todavía manchada con los restos de mi corrida del auto, manchas blanquecinas en el negro impoluto.
El lobo parecía un poco molesto y me miraba atentamente de vez en cuando; por el contrario, yo estaba muy tranquilo en la cama, pensando en lo mucho que me gustaba que Tom fuera tan grande. Nunca me habían gustado los hombres más altos y anchos que yo, pero con él mis preferencias sexuales parecían haber dado un giro de ciento ochenta grados. No sé, quizá fueran las feromonas.
—Tom vuelve— dijo con su voz grave y profunda antes de darse la vuelta e irse.
Esperé a oír el golpe de la puerta al cerrarse y me levanté para ir al baño. Cogí una buena bocanada de aire y me lavé el rostro antes de soltar una queja baja y sentarme en el retrete. Todavía tenía el culo empapado de toda aquella lubricación y, peor aún, el recto lleno de semen de lobo. Era muy divertido cuando lo sentías entrar, pero no era tan divertido cuando lo sentías salir.
Cuando me quejé de que mi casa olía un poco a lobo porque me había olvidado de apartar la chaqueta, no tenía ni idea de lo que estaba diciendo. Después de la visita de Tom mi cama apestaba, y lo digo de verdad, apestaba a él. Como había pensado, aquel olor se había pegado a las sábanas con fuerza y no iba a cambiarlas, no aún. Sería estúpido hacerlo antes de El Celo. Así que tuve que dormir varios días en una cama que me estaba poniendo muy caliente. Literalmente, me empalmaba cada vez que me acercaba a mi habitación y esa peste me alcanzaba.
Era bastante frustrante, pero la verdad es que me ayudó mucho a afrontar El Celo con muchas más ganas. Prepararlo todo fue menos problemático cuando estabas deseando que Tom volviera a tu casa para ponerte de espaldas y taladrarte el culo como un martillo percutor.
De todas formas, sufrí momento de dudas e indignación. A veces en la tienda, cuando me sorprendía a mí mismo echaba un ojo a las barritas energéticas expuestas y a las bebidas deportivas y rehidratantes, me sentía furioso y molesto. Había una desagradable sensación que me acompañaba, un pensamiento que me decía que yo no debería estar preocupado ni esforzándome por nadie, y menos por un estúpido lobo.
Era ese sentimiento el que me hacía pasar de largo la farmacia, una y otra vez, fumando cigarro tras cigarro mientras farfullaba por lo bajo. Sin lugar a dudas, esa fue la parte más difícil. Jamás me había puesto un enema, nunca, y me parecía indignante tener que hacerlo por él. Lo de reunir las bebidas y la comida… vale, pero lo de hacerse una lavativa era otra cosa muy diferente.
Casi esperé a los últimos días para entrar en la farmacia de la calle de la tienda en la que trabajaba, con la cabeza muy alta y mi expresión de hombre peligroso al que era mejor no molestar. Como solía pasarme, la mujer tras el mostrador se puso nerviosa al verme. Quizá fuera por los tatuajes de mis brazos, o quizá por los pendientes y mi expresión intimidante de mirada fija por el borde inferior de los ojos.
Cuando le pedí una caja de enemas, puso cara de sorpresa y se apresuró a responder un «sí, claro, por supuesto». Eso me enfadó, aunque no fue su culpa, era el hecho de estar allí comprando aquello para que un lobo pudiera darme bien por el culo todo lo que quisiera. Lo pagué con un par de billetes arrugados, metí la caja rápidamente en el bolsillo y salí de aquella farmacia sin mirar atrás.
Al llegar a casa lo saqué, lo tiré sobre la barra de la cocina y me encendí un cigarro, apoyando el hombro en el marco de la puerta de incendios sin escaleras. El cielo todavía estaba grisáceo y, al parecer, sería una semana lluviosa.
En las noticias de la radio que escuchaba de madrugada en la tienda, habían hablado sobre el Celo. Un experto de la universidad de no sé dónde había insistido en dar numerosas advertencias sobre los lobos y explicar a los oyentes que El Celo no era un pasatiempo que tomarse a la ligera; que esa idea generalizada de que serían tres O cuatro días de sexo maravilloso y puro placer, no se ajustaban a la realidad.
Después había llamado la presidenta de la asociación de «Amantes de los Hombres Lobo» para decirle al profesor de universidad que, lo que pasaba, era que no había «Mujeres Lobo», porque entonces El Celo sería una fiesta nacional y las noticias estarían llenas de hombretones muy felices por haber encontrado a una mujer que les estuviera montando cuatro días seguidos. Eso me había hecho mucha gracia.
Tras el primer cigarro, me fumé otro, leyendo las instrucciones de la caja de enemas extra fuertes y enfadándome más y más a cada palabra que leía. No iba a ser divertido, y no lo fue. Me pasé la tarde del salón al baño, gritando insultos al aire cada vez que sentía uno de aquellos retortijones.
Llegó un punto en el que preferí quedarme sentado en la taza del váter, mirando la pared de azulejos con profundo odio y tomando profundas respiraciones mientras apretaba la botella de bebida energética en la mano. En teoría, no podía comer nada, solo beber un montón de líquidos y esperar a que incluso los intestinos me salieran disparados por el culo.
Quinientos dólares no habían sido suficientes para pagar aquello.
Tras toda una tarde de enfados, frustración y preparación, dejé las cosas que había comprado en la tienda a un lado de la cama. Barritas, bebidas, una especie de sobres de yogur líquido y los bidones de agua de cinco litros cada uno para el lobo. Al parecer, bebían una media de un bidón al día durante el Celo, así que había comprado cuatro; solo por si acaso, porque Tom podría tener un celo corto y, con suerte, estar fuera de allí a los tres días.
Echo todo aquello, me senté en el sofá, sintiéndome hambriento, enfadado, caliente e impaciente. Encendí mi televisión con un manchón verde y violáceo en la esquina y me recosté con las piernas sobre la mesa baja, a la espera del estúpido lobo. Miré los ventanales sucios, cada vez más oscuros, y llegué a preguntarme si quizá Tom Había cambiado de idea y se había buscado a otro hombre… Buff… más le valía que no. Porque entonces quemaría su puto auto, su puto local y todo lo que hubiera de paso. De eso podía estar seguro. A mí no me…
Y entonces unos golpes fuertes resonaron desde la puerta. Apagué la televisión, fui hacia la entrada y agarré el bate que había a un lado, solo por si acaso era una visita no deseada que venía en busca de problemas. Miré por la mirilla y vi unos ojos enormes y amarillo. La puerta volvió a retumbar con más golpes fuertes y ruidosos. Dejé el bate a un lado y abrí las dos cerraduras antes de mover la puerta.
Tom estaba allí, jadeando, completamente empalmado bajo su chándal negro, mirándome fijamente y apestando más que nunca a sudor denso, almizclado y asfixiante. Tenía pupilas tan dilatadas que su iris era apenas un anillo amarillento en mitad de sus ojos. Su pecho abultado y grande ascendía y descendía con cada acelerada respiración, expulsando un vaho caliente hacia mi rostro.
—Bill… — fue lo última palabra que me diría en cuatro días.
El Celo había comenzado.
Continúa…
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