Fic Toll de Lett_kltz

Capítulo 8: Amusement park (P.1)

El silencio reinaba en la casa. Mi madre y Nataly habían salido al supermercado con la promesa de hacer algo especial para cenar, dejándome solo con mis pensamientos y, francamente, con una oportunidad de oro para hacer un poco de exploración arqueológica en busca de respuestas.

Me levanté de la cama con el cabello hecho un desastre y una resaca emocional más grande que la física. Decidí que ya había sido suficiente de esa mierda. Si no podía recordar, tal vez podía encontrar algo que me ayudara a armar las piezas. Algo, lo que fuera. Y si no lo encontraba, al menos habría hecho algo más útil que quedarme tirado en la cama como un vegetal.

Si algo quedaba por descubrir, este era el momento. No es que alguien me lo hubiera prohibido explícitamente, pero sabía que a mamá no le hacía mucha gracia verme revolviendo cosas del pasado. Así que, mientras ellas compraban verduras y quién sabe qué más, yo estaba decidido a destapar cada rincón de esta casa como si fuera un detective en una mala serie policiaca.

No me preocupe en siquiera ponerme mis sandalias, baje rápidamente por las escaleras con mis calcetines. Comencé por las habitaciones del piso de abajo. La sala fue mi primer objetivo, porque, ¿Por qué no? Abrí los cajones, revisé detrás de los muebles, incluso debajo del sofá. Encontré todo tipo de cosas inútiles: controles remotos viejos, un par de calcetas que no combinaban, y un manual de instrucciones para un microondas que probablemente ya no existía.

— Genial Tom, un detective de mierda —murmuré, frustrado.

Después de revolver todo lo que había en la sala sin ningún éxito, me moví al comedor, ahí revisé los armarios donde mamá guardaba la vajilla “especial”. La misma que decía que era para “ocasiones importantes” pero que nadie había tocado desde que yo tenía memoria. Saqué un juego de copas envuelto en plástico burdo y revisé detrás de ellas. Nada. Solo polvo y más polvo.

Después de díez minutos de inútil rebusqueo, subí las escaleras. Cada paso crujía ligeramente bajo mis pies, como si la casa estuviera juzgándome por mis intenciones. Me dirigí primero a la habitación de Nataly. Era un caos: colores por todas partes, peluches apilados en las esquinas, y una mezcla entre aroma a shampoo de fresa y desastre infantil.

Revisé con cuidado, porque si había algo peor que olvidarme de los fragmentos de mi vida, era el peligro de que Nataly descubriera que había tocado sus cosas. Su escritorio estaba lleno de libretas de colores, rotuladores y cosas con brillantina. Revisé uno de los cajones y me encontré con su diario. Era rosa, tenía un candado pequeño y la palabra “Privado”, obviamente no tenía intenciones de abrirla, soy su hermano no un monstruo.

— Bueno, al menos a alguien aquí no se le olvidan las cosas.

Con un suspiro, cerré la puerta y avancé hacia la habitación de mamá. Ahí fue diferente. Todo estaba impecable, como si hubiera un cartel invisible que dijera: «Aquí no se toca nada». Pero, bueno, los detectives no siguen reglas, ¿Verdad?

Abrí los cajones de su escritorio y me encontré con recibos de luz, fotos antiguas de nosotros en Navidad, y un montón de papeles que no me servían para nada. Revisé el armario, moviendo cajas de zapatos y abrigos. Y ahí, detrás de una pila de ropa perfectamente doblada, encontré una caja mediana de madera con un candado.

— ¿Y esto?

La coloqué en la cama y tiré del candado, pero obviamente no se abrió. Me agaché para buscar algo más en los cajones, un papel, una llave, cualquier cosa. Después de varios minutos de búsqueda intensa, tuve que rendirme. Mamá realmente sabía cómo guardar un secreto.

Tomé la caja y volví a mi habitación, era algo pesada pero la dejé en mi escritorio, junto a una foto que había encontrado durante mi búsqueda. En ella estábamos mi madre, Nataly y yo, en lo que parecía ser mi cumpleaños. Pero lo que más llamó mi atención no fue la tarta, ni los globos, sino lo que tenía en las manos: mi guitarra.

Recordé ese momento como si hubiera sido ayer. Siempre había soñado con tener una guitarra eléctrica, con poder sentir el poder de las cuerdas vibrando como si estuviera en el escenario de un gran concierto. Pero mamá, con todo su esfuerzo, solo pudo comprarme una acústica. Y no me importó. Para mí, era perfecta. Había pasado horas y horas aprendiendo a tocarla, como si fuera mi mejor amiga.

Me levanté y miré hacia el rincón de mi armario. Ahí estaba, cubierta de polvo, pero intacta. La saqué con cuidado y la limpié con la manga de mi sudadera. Sentí un cosquilleo en los dedos al rozar las cuerdas. Me senté en la cama, la coloqué sobre mis piernas y dejé que mis manos se movieran casi por instinto.

No sé qué canción toqué. Era algo que surgió en el momento, una mezcla de notas suaves y pacíficas. Cada acorde parecía contar una historia, una que mi mente había olvidado pero mi corazón aún recordaba.

Cuando terminé, me recosté en la cama, con la guitarra aún sobre mí. Miré el techo y suspiré. Puede que no hubiera encontrado todas las respuestas que buscaba, pero había algo en esos acordes, en esas cuerdas gastadas, que me hizo sentir un poco más cerca de mí mismo.

&

Cuando escuché el ruido de la puerta principal cerrándose y las risas de Mamá y Nataly desde la planta baja, supe que habían vuelto del supermercado. Me levanté de la cama como si tuviera un resorte en las piernas. La misión: saquear las bolsas antes de que me regañen por meter la nariz donde no debo.

Bajé las escaleras saltando los últimos dos escalones. La cocina estaba llena de bolsas, mamá organizándolas como si estuviera preparando un inventario militar y Nataly, con una sonrisa triunfante, rebuscando algo entre ellas.

— ¿Y? ¿Qué trajeron para el consentido de esta casa? — dije, con mi mejor cara de perro hambriento.

Mamá ni me miró, solo siguió sacando cosas de las bolsas con una tranquilidad que me sacaba de quicio.

— Nada. Compramos lo necesario para la cena.

— ¿Nada? — revisé las bolsas rápidamente, como un mapache desesperado — ¿Ni un miserable chocolate? ¿Unas papas? ¿Algo?

— Claro que no, Tom. Si quieres golosinas, ve y cómpralas tú.

— ¡Pero soy un hombre convaleciente! — exclamé, llevándome una mano al pecho como si fuera a desfallecer.

Fue entonces cuando Nataly decidió meter sus narices, como siempre. Literalmente, porque sacó un helado de una de las bolsas y me lo mostró con una sonrisa que solo podía describirse como malvada.

— A mí sí me compró algo. Mira, helado. Mi favorito — abrió la envoltura lentamente, mirándome directo a los ojos mientras se lo llevaba a la boca — ¡Porque yo soy su favorita, tú eres adoptado!

— ¡Esto es un abuso! — la señalé como si estuviera acusándola de un crimen — ¡Me están discriminando!

— Ay, no exageres. Te trajimos manzanas — respondió mamá con sarcasmo, mientras seguía organizando todo.

— ¿Manzanas? ¡Manzanas! Eso no es comida para sobrevivir, eso es castigo medieval.

— Entonces, ve a cortar las verduras para la cena. Haz algo útil, por una vez en tu vida — y con eso me entregó un cuchillo y un montón de zanahorias.

Gruñí, pero obedecí. Aunque lo de «cortar» es una palabra generosa para describir lo que estaba haciendo. Las zanahorias parecían haber sobrevivido a un ataque con machete y los pimientos… Mejor ni hablar.

— ¿Qué le estás haciendo a las verduras? — ella me quito el cuchillo de las manos examinando los pedazos.

— Estoy innovando, mamá. Cocina moderna, cortes abstractos. Esto nos va a poner en las tendencias de Internet.

— No, Tom. Esto nos va a poner en las noticias. Algo tipo: «Familia intoxicada por hijo que no sabe cortar zanahorias.»

Nataly, mientras tanto, seguía sentada en la mesa, disfrutando su helado como si fuera el mejor banquete del mundo.

— Tom, pareces un cavernícola. ¿Por qué sostienes el cuchillo como si fueras a cazar mamuts?

— ¿Sabes qué, Nataly? Nadie te preguntó. Además, esto tiene estilo. No como tu helado que, por cierto, se está derritiendo — ella me sacó la lengua mientras mamá tomaba el control del cuchillo.

— Mira y aprende, Tom. Asi es cómo se corta una zanahoria.

Me crucé de brazos, observándola cortar. Lo intenté de nuevo, pero mis cortes seguían siendo un desastre.

Todo iba más o menos bien hasta que mamá sacó un ramo de brócoli del refrigerador.

— No. Ni lo pienses. No voy a comer eso — di un paso atrás como si el brócoli fuera a atacarme.

— Tom, es brócoli. Es bueno para ti.

— Es una tortura disfrazada de vegetal. Odio el brócoli.

— Pues tendrás que comerlo. No es negociable.

— ¿Cómo que no es negociable? Esto es una democracia, mamá. ¡Votemos!

— ¡Yo voto que sí! — Nataly levantó la mano como si fuera a ganar algo.

— Claro que tú votas que sí. Eres una traidora.

Mamá, por supuesto, no se dejó intimidar por mi drama.

— El brócoli va. Fin de la discusión.

— Pues yo no como — ella me lanzó una mirada que, honestamente, me hizo considerar retirarme de la conversación. Pero mi orgullo era más fuerte.

— Perfecto. Así sobra más para nosotros — respondió finalmente dándome una sonrisa que era un desafío directo.

Nataly, mientras tanto, no paraba de reírse.

— Ay, Tom. Qué drama. Si te dan un premio por ser el más llorón, seguro ganas.

— Sabes qué, Nataly. Ve y dile eso a alguien que te crea.

Al final, terminé rebanando un poco más de zanahorias, porque sabía que, aunque amenazara con no comer, la verdad era que tenía más hambre que orgullo. La batalla del brócoli quedó en una humillante derrota para mí, con mamá como clara ganadora.

Porque si algo he aprendido en esta casa, es que cuando peleas contra ella, siempre pierdes.

Después de un rato logrando, milagrosamente que la cocina no terminara en llamas, el aroma de la comida nos envolvía. Habíamos preparado pasta con verduras (brócoli incluido, para mi desgracia), acompañada de pollo al horno. Mamá era una genia en la cocina, incluso cuando me obligaba a colaborar bajo protesta.

— ¿Ves? Hasta parece que sabes cocinar — dijo mamá, sirviendo su plato con una sonrisa que parecía decir «yo lo hice todo».

— Claro, porque cortar las verduras como si fuera un carnicero profesional cuenta como cocinar, ¿No? — solté, sirviendo un poco de pasta, asegurándome de esquivar los trozos de brócoli como si fueran minas terrestres.

— Exageras, Tom —Nataly se sentó a la mesa con una actitud digna de reina, como si el pollo hubiera sido preparado exclusivamente para ella — Si no fuera por mamá, esa olla seguiría vacía.

— ¡Ja! Y tú, princesa, ¿Qué hiciste además de traer los vasos? — respondí, apuntándola con el tenedor.

— Supervisé. Eso cuenta.

Rodé los ojos y mamá intervino antes de que la guerra comenzara.

— Ya, ya. Coman antes de que el pollo se enfríe. Además, tengo algo importante que decir.

Mamá siempre tenía algo importante que decir, y nueve de cada diez veces significaba trabajo extra para mí.

— Suéltalo. Estoy preparado para lo peor. — mastiqué un trozo de pollo mentalizándome para una catástrofe.

Mamá se acomodó en su silla, con ese tono solemne que usaba cuando quería que la tomáramos en serio.

— Estaba pensando, ya que mañana es domingo, y como el lunes Tom vuelve a la universidad… Deberíamos hacer algo juntos. Pasar tiempo para despejar la mente.

— ¿Algo como qué? — preguntó Nataly con la emoción de un cachorrito al que le prometieron un paseo.

— Podemos hacer un picnic — Mamá sonrió, como si fuera la mejor idea del siglo.

— Claro, porque sentarme en el pasto mientras las hormigas invaden mi comida suena increíble — levanté una ceja, dándole un mordisco al pollo.

— Siempre tan dramático — Mamá suspiró — Está bien, ¿Qué tal ir al lago?

— ¿Y que Nataly me empuje al agua como la última vez? No, gracias.

— ¡Eso fue un accidente! — me miró indignada, aunque su sonrisa traicionera decía otra cosa.

— Claro, «accidente» — hice comillas en el aire — Todavía tengo pesadillas con eso.

— Vale, nada de lago. ¿Qué tal ir al cine? — sugirió de nuevo, tratando de mantener la paz.

— ¡Eso no! — saltó Nataly — Cada quien termina viendo su propia película.

— Además, ¿Quién quiere gastar una fortuna en palomitas que saben igual que las de microondas? — añadí, ganándome una mirada de desaprobación.

— Entonces, ¿Qué proponen ustedes? —suspiro pesadamente, claramente cansada de nuestras quejas.

— Un zoológico estaría bien — Nataly sonrió, obviamente intentando parecer la madura del grupo.

— ¿Zoológico? ¿Para qué? ¿Para ver monos hacer cosas más interesantes que mi vida? No, paso — tomé un sorbo de agua, descartando la idea sin remordimientos.

— ¡Entonces, un parque de diversiones! — dijo Nataly casi gritando, con los ojos brillando de emoción.

— ¿Parque de diversiones? — repetí, sintiendo que mi dignidad corría peligro.

— Sí, para que te subas a la montaña rusa y no grites como bebé esta vez —Nataly me miró con esa sonrisa que prometía puro caos.

— ¡No grité! Fue… Una expresión de sorpresa.

— Ajá, «sorpresa» — Mamá no pudo evitar reírse — Creo que el parque de diversiones es una buena idea.

— ¿En serio? — la miré como si acabara de traicionarme — ¿Por qué no un lugar tranquilo? ¿Un spa, tal vez?

— ¡Un spa! — Nataly soltó una carcajada tan fuerte que casi tira su vaso — Claro, porque Tom necesita un tratamiento facial urgentemente.

— Ya, basta los dos — ella golpeó la mesa suavemente para llamar nuestra atención — Está decidido. Mañana vamos al parque de diversiones. Y quiero ver sonrisas, no caras largas.

— ¿Podemos al menos evitar los juegos que giran demasiado? — puse los codos sobre la mesa mientras entrelazaba los dedos como si estuviera apunto de firmar un contrato millonario.

— No — dijo Nataly rápidamente — Además, quiero subirme a todos los juegos. Montañas rusas, el barco pirata y esas cosas que te lanzan como si fueras un cohete.

— Yo paso de esa última — me estremecí de solo pensarlo. No podía creerlo. Mi destino estaba sellado: un día lleno de montañas rusas, gritos y probablemente vómitos. A pesar de todo, algo me decía que iba a ser un día interesante… Aunque nunca se los admitiría.

&

El día empezó mal para mí, como era de esperarse. A las seis de la mañana, Nataly irrumpió en mi habitación como un torbellino. Saltando en mi cama como si estuviera celebrando el Año Nuevo, mientras repetía a gritos lo mismo.

— ¡Vamos, Tom! ¡Ya es tarde! ¡Levántate! ¡El parque nos espera!

Abrí un ojo, todavía medio dormido, y la miré con una mezcla de confusión y furia.

— ¿Qué diablos haces? — gruñí, enterrando la cara en la almohada.

— Es tardísimo. ¡Mamá dijo que nos tenemos que alistar ya!

— Nataly, son las seis de la mañana. El parque ni siquiera está abierto — me di la vuelta, intentando ignorarla.

— ¡Exacto! Si no salimos temprano, habrá filas kilométricas.

— Vete a molestar a mamá — la apunté vagamente con un dedo antes de cubrirme con las cobijas.

Ella soltó una risita y se fue, no sin antes gritar.

— ¡No te quedes dormido, flojo!

Pero, por supuesto, me volví a dormir.

A las ocho, finalmente me levanté, guiado más por el aroma del desayuno que por mi propia voluntad. Bajé en pijama, con cara de muerto viviente, directo a la cocina, donde mamá había preparado hotcakes, huevos revueltos y café.

— Mira quién decidió unirse a nosotros — dijo Nataly, ya vestida y peinada como si fuéramos a una gala, con una sonrisa.

— Cállate — murmuré, sirviéndome una montaña de hotcakes.

— Buenos días, Tom. ¿Dormiste bien? —preguntó mamá con una sonrisa.

— Hubiera dormido mejor si alguien no hubiera invadido mi cuarto antes del amanecer.

— Yo solo estaba emocionada. No es mi culpa que seas un gruñón.

La ignore y ataqué mi desayuno como si no hubiera comido en días.

Después del desayuno, comenzó el caos. La casa se convirtió en un campo de batalla. Nataly corría de un lado a otro, buscando su bolso, sus gafas de sol y quién sabe qué más. Mamá intentaba organizar todo, gritando instrucciones desde la sala.

— ¡Tom, busca la botella de agua! ¡Nataly, no te olvides del bloqueador!

Yo, por mi parte, subí a mi habitación para empezar mi ritual de preparación. Primero, me miré al espejo y solté un suspiro. Mi cabello estaba hecho un desastre, así que lo arreglé rápidamente, recogiéndolo en las trenzas que siempre usaba, me puse mi banda, una de color negra, perfecta y hermosa. Luego, me lavé los dientes mientras revisaba mi teléfono, alternando entre enjuagarme o responder los mensajes de Gustav y Georg, que obviamente querían detalles sobre mi «aventura familiar».

Cuando terminé, saqué mi crema hidratante. No era que estuviera obsesionado con mi piel, pero tampoco quería parecer una lija. La apliqué en el rostro con movimientos rápidos, asegurándome de no dejarme manchas blancas.

Luego vino el perfume. Dos rociadas en el cuello, una en la muñeca. Ni más, ni menos. Perfume caro, porque si algo había aprendido, era que un buen aroma te daba puntos extra en la vida.

Ahora, el dilema: la ropa. Revisé mi armario con cara de desespero, había mucha ropa, holgada, claro.

— ¿Qué diablos se supone que uno se pone para un parque de diversiones? — murmuré, sacando una polera negra que parecía la opción más segura.

Terminé eligiendo unos pantalones anchos y cómodos, porque no quería sufrir en las montañas rusas. Las combiné con unos tenis negros que, sinceramente, eran más por estilo que por practicidad. Me miré en el espejo una última vez. No estaba nada mal.

Cuando bajé, Nataly me miró de arriba abajo y soltó un bufido.

— ¿Es en serio? ¿Todo negro? ¿Vas a un funeral o qué?

— A diferencia de ti, no necesito vestirme como un arcoíris para llamar la atención.

Ella puso los ojos en blanco y mamá apareció con una mochila llena de snacks y botellas de agua.

— ¿Tienen todas sus cosas? No quiero escuchar quejas a medio camino.

— Oye, mamá, ¿Qué te parece si invito a Gustav y Georg al parque con nosotros?

Ella dejó de revisar las llaves y levantó la mirada, sonriendo como si le acabara de proponer algo sensato.

— ¿Los chicos? Claro, me parece una buena idea.

— ¿En serio? Pensé que me dirías algo como «es un día familiar».

— Pues sí, pero no veo problema en que vengan. Los ví crecer, son como mis hijos y además, así te entretienes y no andas fastidiando a Nataly todo el día.

— ¡Ey! — ella protestó desde la sala, donde estaba trasteando con su mochila — Yo no soy tan aburrida.

— Depende del día — le respondí con una sonrisita burlona. Luego volví hacia mamá — Entonces les aviso, ¿No?

— Claro, pero diles que no se tarden. No vamos a estar esperando una eternidad.

— Sí, sí, ahora los llamo — saqué mi teléfono y marqué el número de Gustav mientras mamá volvía a repasar mentalmente su lista de cosas por hacer. Nataly, entre tanto, se había sentado en el sofá a atarse las zapatillas y jugaba con su cabello, claramente entretenida con nuestra conversación.

— ¿Gustav? — hablé en cuanto contesto — ¿Estás con Georg?… ¿Qué hacen?… ¿Nada? Perfecto. Vente con Georg a mi casa en diez minutos. Vamos al parque de diversiones.

Una pausa. Podía oír a Georg gritando algo en el fondo, probablemente sobre lo lento que era Gustav para arreglarse.

— Sí, a ese parque. Tráete energía, que Nataly está insoportable como siempre — sonreí al ver cómo ella fruncía el ceño al escucharme — Los esperamos entonces.

Colgué y guardé el teléfono, justo cuando mamá empezó a hablar.

— Ah, por cierto, Bill va a estar allá esperándonos.

Me congelé un segundo.

— ¿Bill? ¿Qué tiene que ver con esto?

— Hablé con él ayer. Le dije que íbamos al parque, y me dijo que le parecía buena idea unirse.

— Claro, porque a Bill siempre le encanta estar en medio de todo.

Nataly, que ya estaba poniéndose de pie, aprovechó para meterse.

— A mí me cae bien Bill. Es más divertido que tú.

— Solo porque siempre te consiente y te compra cosas. No cuenta.

Ella me respondió con una sonrisa burlona, claramente disfrutando del momento. Mamá, mientras tanto, revisaba su reloj.

— Bueno, ahora toca esperar a los chicos. Espero que no nos hagan llegar tarde.

— No te preocupes, mamá. Georg seguro llega en pantuflas, pero llegan.

Nataly se acercó al espejo del pasillo para acomodarse una trenza y lanzó una última provocación.

— Espero que Gustav traiga helado. Él sí piensa en los demás.

Me limité a rodar los ojos y apoyarme en el marco de la puerta mientras esperábamos. La casa estaba en completo movimiento, con mamá y Nataly haciendo ajustes de último minuto, mientras yo me preparaba mentalmente para lo que sería un día lleno de caos.

Después de díez minutos Gustav y Georg llegaron, como si de verdad fueran puntuales por primera vez en su vida. Apenas entraron, Georg lanzó su clásica burla.

— ¿Ya están listos o todavía necesitan una hora más para peinarse?

— Si tienes un problema con mi estilo impecable, dilo, Georg — le respondí, señalando mi cabello con un toque exagerado de orgullo.

— Impecable, claro… — dijo entre risas mientras se acomodaba la gorra.

Gustav, en cambio, se limitó a saludar a mamá con esa sonrisa amable que siempre lo salvaba de ser víctima de nuestras bromas.

— Bueno, chicos, al taxi que ya se nos hace tarde — anunció mamá mientras cerraba la puerta detrás de nosotros.

Nos subimos al taxi, Nataly insistió en sentarse al frente, alegando que necesitaba «aire fresco». Mientras el auto arrancaba, Georg miró alrededor y rompió el silencio.

— Entonces, ¿Qué tan intenso es este parque? ¿Ruedas de la fortuna, montañas rusas, o es más tipo “calesita para niños”?

— Hay de todo un poco — respondió mamá con calma desde el asiento trasero — Aunque dudo que alguien quiera subirse a las montañas rusas después de la última vez que Tom gritó como si lo estuvieran matando.

— ¡Oh, por favor! ¿Todavía con eso? Fue hace años — intenté defenderme, pero Georg y Gustav ya estaban riéndose.

— Años o no, creo que ese grito quedó grabado en nuestras almas — añadió Gustav, intentando sonar serio pero fallando.

— Muy graciosos. Cuando yo esté en la rueda de la fortuna con mi algodón de azúcar, no les compartiré nada.

— ¿Qué te hace pensar que queremos de tu algodón? — Nataly volteó desde el frente con una sonrisa burlona.

Pasamos el resto del trayecto hablando de las atracciones, haciendo apuestas sobre quién sería el primero en rendirse en las montañas rusas y burlándonos de Gustav, quien confesó que siempre llevaba un «kit de emergencia» con chicles y caramelos para calmarse los nervios.

Cuando el taxi se detuvo frente al parque, todos nos bajamos emocionados. El lugar era enorme: una rueda de la fortuna se alzaba majestuosamente en el horizonte, con luces que seguramente se verían aún más impresionantes de noche. Había carritos de comida repartidos por todo el lugar, y desde la entrada ya se escuchaban los gritos de emoción (y terror) provenientes de las montañas rusas.

Mientras comprábamos los boletos, mamá miró a su alrededor y señaló a alguien entre la multitud.

— Ahí está Bill.

Giré la cabeza y efectivamente, ahí estaba, con su típico estilo impecable y esa sonrisa que parecía sacada de un comercial. Georg y Gustav lo saludaron con entusiasmo, dándole palmadas en la espalda y abrazándolo como si no lo hubieran visto en años.

— Bill, viejo, ¿Cómo estás? — preguntó Georg mientras Gustav asentía.

— Vivo y listo para lo que sea — él nos miró a todos, especialmente a mí, y añadió — ¿Listo para las montañas rusas, Tom?

— Ah, claro, claro… Estoy súper listo —dije, intentando sonar confiado mientras ellos reían.

Con los boletos en mano, pasamos la entrada y comenzamos a explorar el lugar. Había puestos de algodón de azúcar, juegos mecánicos de todo tipo y hasta una sección de juegos de feria. Pero lo que más llamó nuestra atención fue un lago que estaba rodeado de pasto verde, con patos nadando tranquilamente y peces que se asomaban a la superficie cada tanto.

— ¿Qué les parece si nos sentamos ahí un rato? — sugirió mamá, señalando una pequeña área junto al lago donde algunas familias ya estaban instaladas con mantas.

— Me parece perfecto. Ya caminamos suficiente para empezar —Gustav se dejó caer sobre el pasto apenas llegamos, como si el viaje hubiera sido agotador.

Nataly corrió hacia el lago para observar los patos, mientras yo me sentaba junto a Georg, quien estaba más interesado en los botes que flotaban en el agua.

— ¿Se pueden alquilar? — preguntó, mirando hacia un pequeño muelle con letreros que anunciaban paseos en lancha.

— Sí, pero espero que sepas remar, Georg. No pienso mover un dedo — lo miré con una sonrisa burlona.

— Tú ni te preocupes, Tom. Yo los llevaré al otro lado del lago como todo un profesional — se golpeó el pecho en un gesto dramático, lo que provocó risas de todos.

Nos instalamos junto al lago, en un espacio perfecto bajo la sombra de un árbol. Mamá había sacado un mantelito de esos que claramente compró para ocasiones “especiales”, aunque a mí me parecía que simplemente le gustaba alardear de su buen gusto. Colocó encima un par de sándwiches envueltos en servilletas y unos jugos. Nada gourmet, pero suficiente para calmar el hambre.

Georg agarró uno de los sándwiches como si no hubiera comido en días.

— ¿Esto es de pollo o de atún? —preguntó antes de darle una mordida descomunal.

— Es de pollo, Georg — Mamá lo miró con una ceja levantada — No sé cómo no te diste cuenta con el olor.

— Pues qué te digo, estoy tan hambriento que me lo comería aunque fuera de pimientos — eso hizo que me atragantara con mi jugo mientras me reía.

—¿Pimiento? Qué asco — dije entre tosidos — Mejor no des ideas, mamá es capaz de intentarlo.

— Claro que no, Tom. Aunque, ahora que lo mencionas… — respondió ella con un tono juguetón.

Gustav se unió a la conversación mientras deslizaba su sandwich al centro del mantel como si tuviera miedo de que alguien lo cambiara por pimiento de verdad.

— Yo no confiaría en nada de lo que ponen en la comida últimamente. Un día estás comiendo pollo y al otro, sorpresa: era soya.

— Tú siempre paranoico, Gustav. No es un complot mundial, solo es pollo — le dijo Bill mientras tomaba un sorbo de su jugo, relajado como siempre.

— ¡Ya déjense de tonterías! — gritó Nataly, con los ojos puestos en los juegos mecánicos a lo lejos. Tenía las manos pegadas al mantel como si estuviera a punto de lanzarlo todo por el aire — ¡Apúrense que quiero subirme a TODO!

Georg levantó la cabeza, viendo cómo Nataly devoraba su sandwich como si estuviera compitiendo en un concurso.

— ¿Tienes alguna emergencia o qué? ¿Por qué comes como si no hubieras probado bocado en tres días?

— Porque ustedes son más lentos que una tortuga coja — respondió con la boca llena — ¡Y no pienso esperar toda la tarde aquí!

—¿Una tortuga coja? ¿De dónde sacas esas comparaciones? — preguntó Gustav, claramente entretenido con la escena.

Nataly lo ignoró por completo y terminó su jugo de un trago. Después, se levantó y empezó a saltar alrededor de la manta como si eso fuera a hacer que nos moviéramos más rápido.

— Vamos, ¡vamos, flojos! El parque no se va a disfrutar solo.

— Cálmate, Nataly, ni que se fuera a acabar el parque en una hora — intenté sonar razonable, pero fue inútil.

— ¡No me importa! Quiero subirme a la montaña rusa, a los carritos chocones, a esa cosa que da vueltas y… — comenzó a enumerar con tanta emoción que casi me contagiaba.

— Dios mío, alguien denle más jugo para que se calme — Georg se recostó en el pasto, mirando al cielo como si estuviera agotado solo de escucharla.

— ¿Estás seguro de que es jugo lo que necesita? — añadió Bill, fingiendo una seriedad que no engañaba a nadie.

— Lo que necesita es paciencia — Mamá intervino, recogiendo las envolturas del mantel — Pero no se preocupen, en un rato ya estará cansada de tanto correr.

— ¡Nunca me canso! — gritó mientras saltaba, como si quisiera demostrarlo.

Yo terminé mi sandwich con calma, disfrutando del momento. Sabía que en cuanto nos levantáramos, la locura comenzaría.

— Bueno, chicos, hora de movernos antes de que Nataly explote — me puse de pie, dándole una palmada a Gustav para que se levantara.

— Si muero subiendo en uno de esos juegos, quiero que pongan en mi lápida: “Lo hizo por su familia, con honor” —Gustav se levantó con un suspiro dramático, provocando risas de todos.

Y así, dejamos nuestro pequeño rincón junto al lago, excepto por mi madre, le insistimos pero ella estuvo firme diciendo que quería estar ahí sentada solo observando el paisaje, que nosotros fuéramos a divertirnos. Y bueno, nos rendimos.

Ahora caminábamos por los senderos del parque, rodeados de colores vibrantes, gritos de emoción y el sonido de las atracciones funcionando a todo volumen. El lugar era enorme, lleno de todo tipo de juegos mecánicos, puestos de comida y hasta pequeñas presentaciones callejeras. Podías sentir la energía en el aire, y eso hacía que fuera casi imposible decidir por dónde empezar.

— ¿Entonces? ¿A cuál nos subimos primero? — preguntó Nataly, caminando unos pasos por delante con un entusiasmo desbordante.

— A algo tranquilo, ¿no? — dijo Gustav, mirando hacia una atracción que giraba lentamente — Esa rueda de la fortuna se ve bien.

— ¡Tranquilo dice! — Nataly soltó una carcajada exagerada — ¡Estamos en un parque de diversiones, no en un asilo!

— Ey, a algunos nos gusta disfrutar las cosas sin sentir que vamos a morir, ¿Okey? — se defendió Gustav, fingiendo estar ofendido.

Nataly soltó un bufido y señaló una atracción cercana: una especie de barco gigante que se balanceaba de un lado a otro, cada vez más alto.

— ¡Ese! ¡Vamos a ese!

— ¿El barco pirata? Eso está entre tranquilo y casi vomitar. Perfecto equilibrio.

— ¿Te mareas? — le preguntó Nataly con una mirada traviesa.

— No, pero si tú lo haces, no pienso limpiarlo.

Bill caminaba a mi lado en silencio, observando todo con una sonrisa tranquila. Por alguna razón, su calma me ayudaba a no dejarme llevar por el caos que generaban los demás.

— ¿Y tú? ¿Te subes? — le pregunté.

— ¿Por qué no? — respondió, mirándome directamente a los ojos. Su tono era casual, pero había algo en su mirada que me hizo sentir una extraña conexión. Algo que no podía explicar.

— Entonces está decidido, vamos al barco pirata — dije, tratando de ignorar esa sensación mientras seguíamos caminando hacia la atracción.

Hicimos fila para el barco pirata mientras Nataly prácticamente vibraba de la emoción. Había niños pequeños saltando en sus lugares, parejas tomándose selfies, y uno que otro valiente que presumía que había sobrevivido al juego en rondas anteriores. Yo trataba de mantener la calma, pero la verdad es que la vista de ese barco balanceándose cada vez más alto no ayudaba.

— ¿Estás nervioso, Tom? — preguntó Georg con una sonrisa burlona.

— Para nada — levanté las cejas con fingida confianza — Es un simple columpio gigante. ¿Qué podría salir mal?

— Ajá, seguro. Luego no me culpes si te desmayas — Gustav se cruzó de brazos, mirando el juego como si estuviera evaluando su estrategia de supervivencia.

Bill estaba tranquilo, como siempre, aunque sus ojos seguían con atención el movimiento del barco, como si intentara calcular algo. No decía mucho, pero su presencia era casi tranquilizadora.

Finalmente, llegó nuestro turno. Subimos al barco, y Nataly se aseguró de sentarse en una de las esquinas más extremas.

— ¡Aquí se siente más la emoción! — dijo, casi gritando.

— Más bien, aquí es donde sientes que tu alma abandona tu cuerpo — me senté cerca de ella, porque alguien tenía que asegurarse de que no se lanzara por la borda por la emoción.

Georg y Gustav tomaron los asientos del otro extremo, y Bill se sentó justo en el centro, con una postura relajada, como si estuviera a punto de tomar un café en lugar de enfrentarse a la gravedad.

El operador del juego dio las instrucciones de seguridad, y el barco comenzó a moverse lentamente. Al principio, era casi relajante, como estar en un columpio. Pero luego, el balanceo se intensificó.

El viento golpeaba mi cara mientras el barco se inclinaba cada vez más alto. Mi estómago hizo un giro completo cuando alcanzamos el punto más alto, y por un segundo sentí que el asiento desaparecía bajo mí.

— ¡Esto es increíble! — gritó Nataly, levantando los brazos como si no le importara que su cuerpo estuviera básicamente en caída libre.

— ¡Increíblemente aterrador! — respondí, agarrándome con fuerza de la barra de seguridad.

Gustav y Georg no dejaban de reírse, aunque de vez en cuando soltaban algún grito ahogado cuando el barco descendía con fuerza. Bill, por otro lado, permanecía estoico, con una sonrisa ligera, como si estuviera disfrutando del espectáculo.

El barco se detuvo en lo más alto por un segundo que pareció eterno antes de caer de golpe hacia el otro extremo. El grito colectivo del grupo probablemente se escuchó en todo el parque.

— ¡No puedo creer que paguemos por esto! — grité, entre risas nerviosas.

El juego terminó después de lo que parecieron siglos, y mientras el barco se desaceleraba, el alivio era palpable. Bajamos tambaleándonos, algunos con más dignidad que otros.

— Eso fue brutal — Georg se estiró, como si hubiera salido de una batalla épica.

— ¿Brutal? Por favor, fue increíble — Nataly daba pequeños saltos mientras hablaba — ¡Tenemos que subirnos otra vez!

— Ni lo sueñes. Mi estómago todavía está tratando de entender qué acaba de pasar — levanté una mano en señal de protesta mientras intentaba recuperar el equilibrio.

—¿Tanto drama por un juego? — preguntó Bill, con su tono tranquilo de siempre.

— No todos somos inmunes a la gravedad, Bill — le di una mirada sarcástica, pero él solo se encogió de hombros con una pequeña sonrisa.

Seguimos caminando por el parque, todavía riéndonos y comentando nuestras reacciones. Nataly iba al frente, señalando todo lo que le parecía interesante, mientras nosotros debatíamos cuál sería la próxima atracción.

— ¿Y ahora qué? — preguntó Gustav, mirando alrededor.

— Algo menos… Extremo, por favor — toqué mi pecho como si todavía estuviera recuperándome del susto del barco.

— ¡Entonces vamos a la casa del terror! — propuso Georg, con un brillo malicioso en los ojos.

— ¿Menos extremo, dice? — resopló Nataly, rodando los ojos — Si no gritas como una niña ahí, te doy un premio.

Yo suspiré, sabiendo que la locura apenas comenzaba. Este día prometía ser uno de los más caóticos… Y, curiosamente, divertidos.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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