Fic Toll de Lett_kltz

Capítulo 7: An unforgettable night

La música era fuerte, lo suficiente como para que las palabras se perdieran entre los ecos del bajo. El bar estaba abarrotado, las mesas de madera desgastadas estaban llenas de vasos medio vacíos, ceniceros olvidados y restos de botanas que nadie parecía recordar haber pedido. Un grupo de gente reía cerca de la barra, mientras el bartender, un tipo con un peinado demasiado elaborado hacía malabares con una botella de ron para impresionar a la chica sentada frente a él.

Yo estaba sentado en una esquina, dándole vueltas a mi cerveza, tratando de ignorar el olor a desinfectante barato mezclado con el perfume excesivo de alguien que había pasado por aquí hace rato. Gustav y Georg estaban conmigo, como siempre, haciendo de niñeras no oficiales. Porque, claro, le prometieron a mi madre traerme sano y salvo, como si yo fuera un niño de cinco años y no un adulto funcional. Bueno, funcional es discutible, pero el punto es que ahí estaban, supervisándome como si mi vida dependiera de ellos.

— ¿Entonces van a hacer el rol de niñeras? — pregunté con sarcasmo mientras le daba un sorbo a mi cerveza.

— Sí, somos como tus ángeles de la guarda, pero más guapos y con menos paciencia — añadió Georg, riéndose mientras se recargaba en el respaldo de la silla.

— Ustedes no son mis ángeles de la guarda, son mis carceleros — refunfuñé, cruzándome de brazos como si eso fuera a reforzar mi argumento.

— Llámalo como quieras, pero si llegas a casa hecho un desastre, Simone nos mata — agregó Gustav, encogiéndose de hombros — Y yo todavía tengo planes para mi vida, ¿Sabes? No voy a arriesgarme por tus caprichos.

Georg asintió como si estuviera firmando un contrato invisible.

— Además, alguien tiene que asegurarse de que no termines haciendo alguna tontería, como bailar en la barra o cantar karaoke.

— Eso fue una vez, y estaba bajo efectos externos.

— Claro, porque pedir ocho tragos seguidos no cuenta como decisión consciente — me respondió Gustav con sarcasmo.

Solté un suspiro, mirando el bar lleno de risas, luces tenues y el constante murmullo de conversaciones mezclado con música de fondo.

— Deberían agradecerme por mantener su vida social activa. Sin mí, estarían jugando videojuegos un viernes por la noche.

— Y sería un plan mil veces mejor que cuidar a un idiota que piensa que aún está en la secundaria — contraatacó Georg, riéndose.

— ¿Idiota? Por favor, yo soy el alma de la fiesta.

Ambos se echaron a reír al unísono.

— Si el alma de la fiesta significa arruinar tu dignidad y la nuestra en el proceso, entonces sí, tienes razón —remató Gustav, sacando su teléfono como si la conversación ya no mereciera su atención.

Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír. Por mucho que me molestaran, sabía que no podía pedir mejores amigos. Claro, nunca se los diría en voz alta, porque entonces nunca dejarían de recordármelo.

— ¿Así que esta era tu gran idea para «sacarme de casa»? — alce una ceja hacia Georg, que estaba entretenido viendo cómo un tipo fallaba miserablemente en meter la bola negra en una mesa de billar cercana.

— Oh, cállate, Tom — replicó, tomando un trago de su cerveza con una sonrisa socarrona — Te ves como un viejo de cuarenta años atrapado en el cuerpo de un veinteañero. Esto es para que recuerdes cómo se siente estar vivo.

— Porque nada grita «vida» como un bar con olor a papas y alcohol — murmuré, tomando un sorbo de mi cerveza de todos modos.

Gustav, siempre el mediador, se rió entre dientes y dejó su vaso sobre la mesa con un golpe seco.

— No le hagas caso, Tom. Este lugar tiene su encanto. Mira esa lámpara rota colgando del techo, eso es arte urbano.

— Si por «arte urbano» te refieres a «peligro inminente», entonces sí, Gustav, tienes toda la razón.

La verdad era que no estaba tan mal. Había algo reconfortante en el murmullo constante de conversaciones ajenas y en la calidez de las luces amarillas que daban al lugar una atmósfera más íntima de lo que merecía. Aún así, no podía evitar sentirme ligeramente fuera de lugar. Como si todos aquí supieran exactamente quiénes eran y qué estaban haciendo, mientras yo todavía intentaba descifrar qué hacer con mi vida.

— Bueno, Tom, ¿Qué tal si dejamos de quejarnos y hacemos algo productivo con nuestras vidas por una vez? — mire a Georg quien me señalo con la cabeza hacia la barra — Como comprar otra ronda.

— ¿Por qué siempre soy yo el que paga? — repliqué, pero ya estaba de pie, sacudiéndome el polvo imaginario del pantalón.

— Porque eres el único que no tiene excusas. Además, paga Gustav — añadió con una sonrisa inocente.

— ¿Yo? — levantó las manos como si acabara de ser acusado de un crimen — ¿Por qué siempre soy yo el que paga?

— Porque Georg es un tacaño y yo estoy en mi «crisis existencial», claramente — camine hacia la barra a pasos lentos. El bartender me miró con una mezcla de cansancio y paciencia cuando me acerqué.

— ¿Otra ronda? — preguntó, sin molestarse en mirar los vasos vacíos que aún tenía la mesa.

— Sí, pero esta vez pon algo de esperanza en el vaso, si es posible.

El tipo sonrió, pero no respondió. Mientras esperaba las cervezas, volví la mirada hacia mis amigos. Georg estaba señalando algo en su teléfono a Gustav, que negaba con la cabeza como si quisiera desaparecer de la conversación. En ese momento me di cuenta de algo: aunque a veces me sacaran de quicio, estos dos eran probablemente lo más estable que tenía en mi vida ahora mismo. Volví a la mesa con las cervezas y me dejé caer en la silla.

— Bueno, aquí está su esperanza líquida. No digan que no soy generoso.

— A veces incluso eres tolerable, Tom — mire a Gustav quien ya estaba levantando su vaso en un brindis improvisado.

Georg se unió al gesto, y no tuve más remedio que hacer lo mismo.

— Por nosotros, porque claramente nadie más brindará por este desastre de grupo — sonrieron ambos.

— Por nosotros — repetí, intentando no sonreír demasiado.

Georg se recargó en el respaldo de la silla, dando un largo trago a su cerveza y mirando alrededor con la mirada de un depredador en busca de su próxima presa. Gustav lo notó de inmediato, porque claro, Georg no puede hacer nada sin parecer un maldito cliché de sí mismo.

— ¿Qué tanto miras, Georg? — le preguntó, arqueando una ceja.

— Evaluando posibilidades, hermano. Evaluando posibilidades — soltó un suspiro dándole un golpecito a su vaso como si estuviera a punto de dar un discurso motivacional — Esa chica de allá, por ejemplo. La de cabello oscuro. ¿Ves? Esa que está riéndose con sus amigas como si el mundo fuera perfecto.

Le seguimos la mirada y, efectivamente, había una chica en la barra que parecía sacada de un comercial de perfume barato. Pero había que admitirlo: era bonita, con ese aire de alguien que no tiene ni idea de que está rompiendo corazones solo por existir.

— No tienes ni una maldita oportunidad, Georg — solté, porque era mi deber moral como amigo derribar sus esperanzas antes de que el mundo lo hiciera por mí.

— Oh, cállate, Tom.

— Mejor quédate aquí Georg, no vale la pena — Gustav se volteo a verlo dándole una palmada en el hombro.

— Cállate Gustav — intervino visiblemente ofendido, fingiendo pensarlo — La última vez que tú intentaste coquetear con alguien, terminaste hablando de astronomia.

— ¡Es un tema interesante! — protesto Gustav, pero se quedó en silencio ya que sabía que tenía razón.

— Seguro, sí, porque nada excita más a las chicas que escuchar sobre el universo — replicó Georg, sacudiendo la cabeza como si no pudiera creer que respirara el mismo aire que nosotros.

— Bueno, entonces, gran maestro del romance, ¿qué vas a hacer? ¿Pedirle su número con un poema de Neruda? — pregunté, con sarcasmo.

— No. Iré directo al grano. Honestidad brutal. Las chicas aprecian eso.

— Claro, claro. Porque nada dice «hombre confiable» — añadió Gustav, riéndose.

— Ustedes dos son una bola de amargados. Verán. Me va a ir increíble — dijo Georg, acomodándose la chaqueta como si estuviera a punto de salvar el mundo.

— Dale, campeón. No olvides mencionarle tu colección de figuras de acción. A las chicas les encanta — lo animé, levantando mi vaso en un brindis irónico.

— No lo escucharás de él, pero creo que deberías abrir con un chiste de albañiles — dijo Gustav, dándole una palmada en la espalda — Siempre funciona.

— No, no, no. ¿Sabes qué tienes que hacer? — me puse serio de repente, dejando mi vaso en la mesa — Llegas, la miras directo a los ojos, y le dices: «Disculpa, ¿Te caíste del cielo? Porque pareces un ángel… Que se dio en la madre.»

— ¡Dios, Tom! — Georg me miró incrédulo, pero tratando de no reírse — ¿Quieres que me demande por acoso o qué?

— Claro, porque eso sería lo peor que podría pasar — Gustav se metió, soltando una carcajada — Yo creo que deberías intentar algo más moderno, como: «Oye, ¿Eres WiFi? Porque siento una conexión.»

— ¡Qué mierda de consejo es ese! — Georg negó con la cabeza, pero ya estaba sonriendo — lo último que quiero es sonar como un idiota tecnológico.

— Bueno, entonces intenta el clásico: «¿Tu papá es químico? Porque tú eres pura dinamita» — le guiñé un ojo, dándome todo el aire de genio del romance.

— ¿Por qué todo tiene que ver con el papá? — se quejó, tirando las manos al aire — ¡No voy a mencionar a los papás!

— ¿Y qué tal esto? — Gustav apoyó los codos en la mesa, como si estuviera conspirando — Te acercas y le dices: «Disculpa, ¿tienes un mapa? Porque me perdí en tu sonrisa.»

— Eso es… Tan ridículo que hasta podría funcionar — admitió Georg, aunque su tono estaba cargado de escepticismo.

— O mejor aún, algo más directo — sonreí ampliamente, emocionado por mi nueva idea — Le dices: «Hola, no soy fotógrafo, pero puedo imaginarte conmigo en cada una de mis fotos.»

— ¿Por qué mierda suena eso como algo que diría un acosador? ¿No, saben que? Son consejos baratos que hasta pienso que los sacaron de las galletas de la fortuna — se frotó la cara, claramente agobiado por nuestras ideas, pero eran grandes ideas funcionales.

— Porque lo eres, Georg — se burló Gustav, levantando su cerveza para brindar.

— ¿Qué tal algo simple? — él intentó ignorarnos, pero yo no estaba listo para rendirme.

— Simple, no funciona. Tienes que ser memorable. — hice una pausa dramática — Escucha: «Hola, ¿Puedo invitarte a cenar? O si quieres, me salto la cena y voy directo al postre.»

Gustav se atragantó de la risa, golpeando la mesa mientras trataba de recuperar el aliento.

— ¡Eso no es memorable, Tom! ¡Eso es vergonzoso! — Georg me miró como si acabara de perder la cordura.

— Vergonzoso, pero efectivo — le guiñé un ojo — Créeme, si no funciona, al menos tendrás una historia para contar.

— No necesito historias, necesito resultados — suspiró y miró su cerveza con resignación.

— Mira, amigo, la clave no está en lo que dices, sino en cómo lo dices — Gustav trató de sonar más serio esta vez — Puedes decir la tontería más grande, pero si la dices con confianza, ella se lo creerá.

— Exacto — asentí, como si acabara de descubrir el secreto del universo — Incluso si dices algo como: «Hola, ¿me puedes dar tu número? Mi mamá dice que tengo que superar mi miedo a las mujeres bonitas.»

— Ya, ya, lo entendí — levantó sus manos, rindiéndose ante nuestra lluvia de estupideces — Estoy condenado.

— No estás condenado, Georg. Solo necesitas practicar — le di una palmada en el hombro — Pero, por favor, no vengas a llorar cuando funcione y te cases con esa chica.

— Claro, claro, porque seguro mi boda será gracias a ustedes dos, los cupidos más idiotas del mundo.

Los tres estallamos en carcajadas, mientras Georg se resignaba a soportar nuestras «sabias» enseñanzas un poco más.

— Dale, Georg, mi pequeño saltamontes — dije, fingiendo limpiarme una lágrima imaginaria — Mírate nada más, todo un hombrecito intentando conquistar corazones. Aún recuerdo cuando te conocí, con la camisa mal planchada y miedo a pedir una hamburguesa sin pepinillos. Has crecido tanto.

— Cállate, idiota — gruñó Georg, aunque no podía evitar reírse.

— No, no, no. Pero escucha. Si de verdad quieres conquistarla, haz algo impactante. Tipo, ponte a hablarle de los agujeros negros y cómo el tiempo se curva en el espacio. Nada como la física para derretir corazones — otra vez Gustav con sus mierdas del espacio.

— Claro, porque a las chicas les encanta un tipo que las aburra a muerte con teorías científicas — dije, mientras ponía los ojos en blanco — Bueno, si no quieres aburrirla, entonces haz algo más creativo. Por ejemplo, ofrécele un tour guiado por el bar, pero con datos inventados. “A la derecha tenemos la mesa donde Elvis Presley probablemente bebió una cerveza, y a la izquierda, la barra donde nació el cóctel Margarita.”

— ¡Qué mierda de ideas son esas! — Georg agitó las manos, incrédulo.

— ¡Ey! Agradece que no te estamos diciendo que te pongas a cantar. Aunque, pensándolo bien… — Gustav se giró hacia mí con una sonrisa malvada— ¿Recuerdas cuando Georg trató de cantar en la secundaria y sonó como si estuvieran torturando a un gato?

— ¡Eso fue una vez! — él se cruzó de brazos, sonrojándose ligeramente.

— Bueno, aquí tienes tu segunda oportunidad. Ve, canta algo de Luis Miguel y listo. La tendrás comiendo de tu mano.

— Luis Miguel no es su estilo —interrumpí, dándole una mirada seria — Tienes que ir con algo más… Profundo. Como “Baby Shark”. Pero cántalo con sentimiento.

— Están mal de la cabeza — él ya no sabía si reír o tirarnos la cerveza encima.

— Entonces ve con algo más casual, pero efectivo. Acércate y dile: “Perdona, tengo un problema. Se me olvidó cómo respirar cuando te vi. ¿Me ayudas?”

— O dile que te ayude a resolver un dilema existencial — añadió Gustav, golpeando la mesa suavemente — Algo como: “Oye, ¿crees que los perros piensan que los humanos somos sus mascotas?”

— Sí, sí, o mejor aún: “Si el pan de ajo es tan bueno, ¿Por qué no lo comemos en los postres?” — añadí, riéndome como un loco — ¡Ah ya se! Lo que tienes que hacer, Georg, es algo más audaz, algo que la impresione. Cómo… No sé, bailar breakdance a su alrededor mientras le pides su número.

— Si, o le preguntas si quiere firmar una petición para salvar a los pandas, y cuando te diga que si, le das un papel donde escribiste tu número — Gustav estaba casi doblado de risa mientras decía todo eso.

— ¡Basta! — Georg levantó las manos, ya completamente derrotado por nuestras tonterías — Voy a ignorarlos y hacer lo mío — se levanto y camino hacia la chica con paso seguro.

Gustav y yo lo seguimos con la mirada, tratando de no estallar en carcajadas antes de tiempo. Desde nuestra mesa, observábamos como dos padres orgullosos mirando con melancolía.

— Diez dólares a que se tropieza antes de llegar — dije, dándole un codazo a Gustav.

— No, hombre. Yo apuesto que llega, pero olvida cómo hablar.

— ¿Y si lo hace bien? — le pregunté, levantando una ceja.

— Por favor, es Georg. Eso no está en su naturaleza.

Volvimos a mirar hacia Georg que ya había llegado a la barra, inclinándose con la confianza de alguien que claramente no ha aprendido de sus fracasos anteriores. No podíamos escuchar lo que decía, pero vimos cómo la chica se giraba hacia él con una expresión neutral, como si estuviera evaluando si valía la pena gastar oxígeno en esa conversación.

Duró menos de un minuto.

Georg regresó a nuestra mesa con las manos en los bolsillos y una expresión que mezclaba humillación y resignación.

— Bueno, ¿Qué pasó, Casanova? — preguntó Gustav, aguantándose la risa.

Georg se dejó caer en la silla, tomando su cerveza de un solo trago antes de responder:

— Tiene novio.

Estallé en carcajadas. Literalmente escupí un poco de mi cerveza, pero no me importó. Gustav no se quedó atrás, golpeando la mesa mientras se reía como si acabara de escuchar el mejor chiste del mundo.

— ¡Por supuesto que tiene novio! — dije entre risas — ¿Qué esperabas? ¿Que te viera y dejara todo por ti en un instante?

— Hey, no te burles. Al menos lo intenté, cosa que ustedes dos cobardes nunca hacen — se defendió, aunque su tono dejaba claro que sabía que no tenía mucho con qué trabajar.

— Es cierto, pero, amigo… Deberías haber visto la cara que puso cuando te acercaste. Era como si estuviera evaluando si llamar a la policía o no — dijo Gustav, llorando de la risa.

— Que se jodan los dos — murmuró. levantando su vaso vacío en dirección al bartender — Otra cerveza. Necesito ahogar mi dignidad.

— Escuchen, par de idiotas — dije mientras me levantaba con un aire de falsa superioridad y señalándolos con el dedo — Ustedes no entienden nada. Lo que Georg hizo estuvo bien… Pero no lo hizo con la actitud correcta.

— ¿Ah, sí? — preguntó Gustav, cruzando los brazos y mirándome con escepticismo — ¿Y tú qué sabes de actitudes correctas?

— Yo fui un maldito casanova en la secundaria ¿Lo olvidan? — dije, ignorando su comentario mientras me acomodaba la chaqueta, como si fuera James Bond a punto de hacer una misión — Todas las chicas morían por mí. ¿Creen que algo cambió? El encanto sigue intacto, amigos.

Ellos intercambiaron una mirada, claramente disfrutando el show que les estaba ofreciendo, en eso Georg soltó una carcajada tan fuerte que la gente de la mesa de al lado volteó a mirarnos.

— ¿Y qué piensas hacer, Don Juan? — entrecerre los ojos al escuchar a Georg.

— Voy a demostrarles que aún tengo lo que se necesita — respondí con confianza desbordante. Levanté mi cerveza como si brindara por mi propia victoria anticipada — Y aquí está el trato: si voy con la misma chica que te rechazó, Georg, y me dice que no tiene novio, ustedes dos me deben 50 dólares cada uno.

Gustav se rió tan fuerte que casi se atraganta con su cerveza.

— Claro que sí, campeón. Acepto. Pero cuando te diga que tiene novio, tú nos das 50 a cada uno.

— Hecho — extendí la mano para sellar el acuerdo.

Georg aún dudaba, pero al final estrechó mi mano también, con una sonrisa que parecía decir: «Esto será divertido»

— Buena suerte, Tom. No olvides llevar un pañuelo para las lágrimas cuando te rechace — dijo Georg, sonriendo de oreja a oreja. Blah, blah, blah, se va a comer sus palabras.

Ignoré su comentario y caminé hacia la barra con toda la confianza del mundo, adoptando la postura de un hombre que está a punto de hacer historia. En mi cabeza, ya estaba celebrando la victoria. La chica estaba exactamente donde la había dejado Georg, hablando con sus amigas y riéndose de algo. Perfecto, tomé aire y sonreí.

— Hola — le dije, apoyándome en la barra con el tipo de sonrisa que debería estar patentada como arma de seducción masiva — Espero no interrumpir, pero no pude evitar notar que tu sonrisa ilumina todo el lugar.

Ella levantó la vista, claramente sorprendida, pero su expresión no era hostil. Punto para mí.

— Oh, vaya. Gracias… — respondió, claramente intrigada.

— Mira, voy a ser directo. No quiero robarte mucho tiempo. ¿Es cierto que tienes novio? — me incliné un poco hacia ella con un aire de conspiración.

Ella arqueó una ceja y por un momento, me sentí como si estuviera siendo evaluado en un examen sorpresa.

— No, no tengo novio — respondió finalmente.

¡Bingo!

— ¿Por qué preguntas? — añadió, mirando curiosa.

Sonreí, aprovechando la oportunidad para vengar a Georg de manera sutil.

— Solo quería pedirte un favor — ella asintió entusiasmada pensando que le pediría el número o algo así — Ya que estamos aquí, ¿Crees que podrías darme el número de tu amiga? — pregunté, señalando casualmente a la chica que estaba a su lado. Ví como su sonrisa se desvanecía completamente de su cara, ¡Toma eso!

Su amiga, que había estado escuchando, sonrió de inmediato y sacó su teléfono.

— Claro, aquí está — dijo ella, escribiendo su número en mi mano con un bolígrafo que sacó de su bolso como si estuviera preparada para este momento.

— Gracias, eres un amor — me rei, esa típica risa que las vuelve locas, sin antes guiñarle un ojo y de darme la vuelta con aire triunfal.

Cuando regresé a la mesa, estaba sonriendo de oreja a oreja.

— Señores, les presento a un maestro del arte de salvar dignidades y ganar apuestas — rei triunfal dejándome caer en la silla — ¿Qué les dije, imbéciles? — solté, levantando mi mano para mostrar el número.

— No puedo creerlo. ¿De verdad le pediste el número de su amiga y no el de ella? — Gustav agarró mi mano, leyendo los números con incredulidad.

— ¿Lo dudas? Esto es lo que pasa cuando tienes encanto y estilo, muchachos. Tomen nota… Además, ella se merecía eso, nadie le derrumba las ilusiones a Georg a menos que sea yo.

Georg estaba tan atónito que no pudo decir nada por unos segundos. Finalmente, soltó un resoplido.

— Espera, ¿Le pediste el número para ti o para mí?

— Obvio para mí, ¿Quién más? Pero si te portas bien, tal vez te presente a su amiga… En otra vida.

Ambos se rieron, aunque con una mezcla de resignación y diversión.

— Eres un maldito idiota — dijo Georg, entre risas.

— Sí, pero un idiota con cien dólares. ¿Dónde está mi dinero, cabrones?

Gustav me lanzó un billete arrugado, riéndose.

— Aquí tienes, casanova. Pero no olvides que la próxima vez te toca fallar.

— No hay próxima vez. Esto es talento puro — respondí, levantando mi cerveza en un brindis.

La noche continuó con más bromas, risas y cervezas, pero ninguno de ellos olvidaría el momento en que Tom Kaulitz, el autoproclamado casanova, se las ingenió para salir victorioso en un bar lleno de desconocidos.

&

El alcohol había hecho su magia, dejándome una resaca que parecía haber instalado una construcción en mi cabeza. Abrí los ojos con dificultad, la luz que se colaba por las cortinas y era un recordatorio cruel de que no debería haber aceptado esa última ronda de cervezas… O la penúltima.

Mientras mi cerebro trataba de poner en orden los recuerdos de la noche anterior, un vago flashback se abrió paso.

Habíamos salido del bar medio tambaleantes, yo riendo a carcajadas por algo que Georg había dicho, aunque ahora no podía recordar qué era tan gracioso. Gustav trataba de mantener el equilibrio mientras sostenía dos chaquetas: la suya y la mía, porque aparentemente decidí que usarla como almohada en la mesa era mejor idea.

— ¡Taxi! — había gritado Georg con toda la dignidad que alguien con tres cervezas de más puede reunir.

El viaje en el taxi fue… Peculiar. Gustav no paraba de filosofar sobre por qué los semáforos deberían tener más colores, y Georg intentaba convencer al taxista de que el karaoke debería ser un deporte olímpico. Yo, por mi parte, estaba en mi propio mundo, debatiendo si la vida sería mejor si todo supiera a papas fritas.

Llegamos a casa, mi casa, porque claro, mi madre se había ofrecido a ser la niñera no oficial de todos nosotros. Apenas crucé la puerta, la vi parada en la sala con los brazos cruzados, pero con una expresión que mezclaba más cansancio que enojo.

— Ay, muchachos, ¿En qué estaban pensando? — suspiró, mirándonos como si fuéramos niños pequeños que acababan de romper su jarrón favorito.

— En nuestra defensa, mamá, fue idea de Georg — solté, señalándolo sin ningún remordimiento.

— ¡Hey! No es cierto. Gustav fue quien sugirió la última ronda — él levantó las manos, indignado.

— ¡No es cierto! — se defendió Gustav, poniendo cara de niño bueno, mientras se escondía detrás de mí.

— Mamá, estamos bien. No chocamos, no matamos a nadie… Técnicamente, una noche exitosa — intenté usar mi tono más conciliador, pero mi sonrisa borracha no ayudó mucho.

Ella se frotó las sienes, claramente tratando de no reírse.

— A ver, solo digan esto… ¿Cuántas rondas fueron?

— ¿Oficiales o extraoficiales? — preguntó Gustav, ganándose un codazo de mi parte.

— Mejor no me respondan — mamá negó con la cabeza y señaló las escaleras — ¡Arriba, a dormir! Y ustedes dos — miró a Georg y Gustav con una ceja levantada — Están muy borrachos como para ir solos a su casa, les diré a sus mamás que se quedarán aquí.

— ¿Habrá desayuno? — Georg intento sonreír, poniendo su mejor cara de cachorro.

— Solo si cocinas tú — respondió mi madre, girándose hacia la cocina con un gesto despreocupado.

De alguna manera, subí las escaleras, tambaleándome, con Gustav y Georg riéndose a mis espaldas. No recordaba cómo me quité los zapatos ni cómo llegué a la cama, pero ahora ahí estaba, sintiendo que una procesión de tambores pasaba por mi cabeza.

— Por favor, que alguien apague el sol… — murmuré, enterrando la cara en la almohada mientras intentaba decidir si sobrevivir al día valía la pena.

Me senté en la cama, más por necesidad de enderezar mi existencia que por gusto. Mi cabeza seguía martillando como si hubiera una banda de rock dando un concierto privado ahí dentro. Cuando mis ojos lograron enfocar la escena frente a mí, era… Surrealista.

Georg estaba tirado en el sillón de mi habitación, con un brazo colgando hacia el suelo y la boca abierta como si estuviera tratando de atrapar moscas. Parecía un muñeco de trapo abandonado después de una fiesta infantil. Su chaqueta estaba colgada de una forma inexplicable en una lámpara, como si hubiera decidido que ese era el lugar más lógico para dejarla.

Gustav, por otro lado, había optado por el suelo. Bueno, optado quizá no era la palabra correcta. Estaba boca abajo, con un pie sobre mi escritorio como si hubiera intentado escalarlo y luego hubiera decidido rendirse a medio camino. Tenía una de mis almohadas en la cabeza, como si pensara que con eso podía bloquear toda la luz del día y las malas decisiones.

— Por Dios… Parecen víctimas de un crimen mal organizado — murmuré, masajeándome las sienes.

No pude evitar soltar una risa ahogada cuando noté que Georg tenía un calcetín colgando del hombro. Ni siquiera su calcetín. Era mío. ¿Cómo demonios terminó ahí?

Tomé mi teléfono para capturar el momento, porque claro, esto era material de chantaje de primera categoría. Me aseguré de hacer zoom en el pie de Gustav, pues tenía un calcetín de spiderman.

— Georg, cabrón, parece que intentaste fusionarte con el sillón — le dije en voz baja, aunque sabía que no me escucharía.

De repente, Gustav se movió y murmuró algo inentendible antes de acomodarse mejor. Ahora estaba abrazando una de mis zapatillas como si fuera un peluche.

— Perfecto, este tipo está viviendo su mejor vida.

El eco de la regañada de mi madre aún rondaba mi cabeza, pero ver a estos dos ahí, en poses más ridículas que las de cualquier dibujo animado, aligeró un poco mi resaca. Después de todo, ¿Qué clase de noche épica no termina con tus amigos desmayados en posiciones vergonzosas en tu habitación?

No pude resistirme. El espectáculo era demasiado bueno como para no inmortalizarlo. Empecé a sacar fotos desde todos los ángulos posibles. Una con zoom al calcetín en el hombro de Georg, otra del abrazo apasionado de Gustav con mi zapatilla, y una más panorámica para capturar la tragedia completa.

— Esto va directo al salón de la fama de las malas decisiones — susurré, conteniendo una risa.

Satisfecho con mi obra, me recosté en la cama, cerrando los ojos por un momento para intentar calmar el retumbar en mi cabeza. Pero claro, la paz nunca dura demasiado en esta casa.

— ¡ARRIBA, VAGOS! — un grito infernal resonó en mi habitación, acompañado por el ruido ensordecedor de un sartén golpeado con un palo.

— ¡¿Qué carajos…?! — grité, sobresaltado, mientras me incorporaba de golpe.

Georg casi se cae del sillón, pataleando como si estuviera luchando contra un ataque invisible. Gustav se sentó de golpe, con la almohada aún en la cabeza, luciendo como un monje desorientado.

— ¡¿Qué demonios es eso?! — gruñó Georg, llevándose las manos a los oídos.

Nataly estaba en la puerta con una sonrisa diabólica, golpeando el sartén como si estuviera en un desfile militar.

— ¡Es hora de levantarse, dormilones! Mamá dijo que el desayuno está listo y que bajen de inmediato.

— ¡Por el amor de Dios, deja de hacer ruido! — Gustav gimió, hundiendo la cara en sus manos.

— Por favor, Nataly, te lo suplico… Mi cabeza va a explotar — dije, mirándola como si fuera la encarnación del mal.

Pero Nataly, como todo buen pequeño diablo, ignoró nuestras súplicas y empezó a golpear el sartén aún más fuerte, como si fuera un tambor en plena guerra.

— ¡RUIDO! ¡MÁS RUIDO! — canturreó, mientras todos nos retorcíamos en agonía.

— ¡YA, POR FAVOR! — gritó Georg, tirándose de nuevo al sillón — ¡Prometo no volver a beber en mi vida!

— Eso dijiste la última vez — replicó Gustav, enterrando la cabeza en la almohada como si eso pudiera salvarlo.

Finalmente, Nataly se detuvo, pero no porque se apiadara de nosotros.

— Mamá dice que bajen ya si no quieren que venga ella misma a arrastrarlos por las orejas.

Con eso, giró sobre sus talones y salió, dejando el sartén y el palo en la puerta, como una advertencia silenciosa de lo que podría volver a pasar si no obedecíamos.

Nos miramos entre nosotros, derrotados, soltamos un suspiro colectivo.

— Si vuelvo a salir contigo, Tom, juro que me llevo tapones para los oídos —murmuró Gustav, poniéndose de pie con dificultad.

— Yo… Yo necesito terapia después de esto — añadió Georg, mientras intentaba recomponerse.

— Vamos, niñas. Antes de que mi mamá decida subir y hacernos desear no haber nacido — dije, arrastrándome fuera de la cama con dificultad.

El descenso por las escaleras fue un espectáculo. Georg, con su cabello aplastado como si hubiera dormido sobre un ladrillo, iba primero, tambaleándose y murmurando algo sobre que su cuerpo ya no estaba diseñado para este tipo de maltrato. Gustav venía detrás, usando la barandilla como si estuviera escalando el Everest, y yo… Bueno, digamos que cada paso que daba era un recordatorio de que mezclar cervezas con vodka nunca era una buena idea.

Cuando llegamos al comedor, el olor a desayuno recién hecho nos golpeó como un camión. Sobre la mesa, un festín: huevos revueltos, tocino dorado, pan recién tostado, café humeante, y un montón de otras cosas que mi cerebro no logró procesar porque mi estómago estaba cantando el himno nacional.

— Esto… Esto es hermoso — murmuró Georg, dejando caer su trasero en la silla como si fuera un saco de papas.

— Hermoso no, esto es un milagro — dijo Gustav, agarrando la cafetera como si fuera el santo grial.

Mi madre apareció desde la cocina con los brazos cruzados y una mirada que era mitad «te quiero» y mitad «te quiero matar».

— Mírenlos. Parecen sobrevivientes de un apocalipsis. ¿Qué demonios hicieron anoche?

— Mamá, no empieces… — intenté protestar, aunque mi voz sonó más como un croar de rana.

— No, claro que voy a empezar — se acercó y nos miró como si fuéramos niños de cinco años — ¿Qué fue todo ese escándalo anoche? Llegaron como si vinieran de un concierto y dejaron la sala oliendo a bar.

Georg intentó disimular una risa, pero un codazo de Gustav lo hizo toser.

— Lo sentimos mucho. Prometemos que no volverá a pasar.

— Claro que no volverá a pasar, porque la próxima vez los dejo durmiendo en el porche.

Gustav trató de no reír, pero Georg ya estaba escondiendo la cara detrás de una rebanada de pan. Yo, por mi parte, sabía que cualquier intento de defensa era inútil.

— Mamá, por favor, tenemos resaca. Un poco de compasión, ¿Sí?

— Compasión, dice… — se sirvió una taza de café, con esa expresión de «Soy tu madre y soy imbatible» que solo las mamás dominan — Bueno, voy a ser compasiva. Les hice el desayuno. Pero no se acostumbren.

Nos sentamos a comer como si fuera nuestra última cena, devorando todo lo que había en la mesa. Mamá nos observaba con una mezcla de ternura y lástima.

— Por cierto, Tom, tenemos que hablar sobre la universidad — dijo de repente, y todos nos detuvimos en seco.

— ¿Qué pasa con la universidad? —pregunté, con la boca llena de pan.

—Hablé con ellos, como te prometí, y fue un dolor de cabeza, pero… Lo logré. En una semana vuelves a clases. Aunque no fue nada fácil, tuve que insistir demasiado para que considerarán tu caso.

Georg dejó caer su cuchillo. Gustav me miró con las cejas levantadas. Yo solo tragué lo que tenía en la boca antes de responder.

— ¿En serio?

— En serio. Tienen tu lugar reservado. Obviamente tendrás que ponerte al día, pero al menos no tendrás que empezar desde cero.

— Wow, Mamá… Gracias

— No me des las gracias todavía. Vas a tener que trabajar duro para ponerte al corriente.

Georg decidió romper el momento con su típica actitud.

— Bueno, ¿Y qué? ¿Vamos a hacerle una fiesta de despedida de la resaca a nuestro chico universitario?

—Sí, pero sin alcohol esta vez — Mamá lo fulminó con la mirada antes de levantarse y llevar su taza al fregadero — Y recuerden, chicos: la próxima vez que vuelvan borrachos, no seré tan amable.

Mientras ella salía de la cocina, Georg me miró con una sonrisa burlona.

— ¿Crees que deberíamos ponerle una placa en tu silla en la universidad? Algo como “El que volvió del más allá”.

— Cállate y pásame el tocino, idiota — le di un codazo, pero no pude evitar reírme.

Tal vez, solo tal vez, volver a la universidad no sería tan malo. Pero primero, necesitaba sobrevivir a esta resaca.

De repente Nataly entró al comedor hecha un huracán, con su uniforme escolar perfectamente planchado, pero su cabello era otra historia. Parecía que había luchado contra un gato callejero y perdido.

— ¡Tom! — gritó, tirando su mochila al suelo como si pesara una tonelada — ¡Hazme un peinado!

La miré desde mi silla con el café en la mano, más confundido que un pez fuera del agua.

— ¿Qué? ¿Por qué yo?

— Porque mamá está ocupada, y no voy a llegar al colegio pareciendo loca. Además, tú tienes manos, ¿No?

— Sí, pero no soy estilista, niña.

Georg y Gustav estaban en la mesa, disfrutando del espectáculo con unas sonrisas burlonas.

— Esto va a estar bueno — dijo Georg, cruzando los brazos como si estuviera viendo un programa de comedia en vivo.

— Vamos, Tom, demuéstrale tus habilidades — añadió Gustav, tratando de no reírse.

— Silencio, público no deseado — les lancé una mirada antes de concentrarme en Nataly, tome el cepillo y la liga que me tendía, y la hice sentarse en una silla.

— Pero no te quejes después — suspiré mientras trataba de desenredar su cabello con movimientos torpes.

— Solo haz algo decente, por favor. Una coleta alta. No es tan complicado.

Empecé con toda la intención de hacer un buen trabajo, pero el cabello de Nataly tenía otros planes. Cada vez que pasaba el cepillo, se enredaba más, como si tuviera vida propia.

— ¿Qué demonios tienes en la cabeza, paja? — murmuré, tratando de sujetar el cabello con la liga.

— ¡Hazlo bien, Tom! No quiero llegar tarde.

— Estoy intentando, ¿Vale? Esto es más difícil que los exámenes de economía.

Después de un par de minutos de lucha, finalmente conseguí amarrar su cabello. Bueno, técnicamente estaba recogido, pero el resultado parecía más un nido de pájaros que una coleta.

— Listo. Es único, exclusivo. Llamémoslo «arte abstracto».

Nataly se miró en la pantalla de su teléfono y puso los ojos como platos.

— ¡¿Qué es esto?! ¡Parezco un personaje de caricatura después de una explosión!

— Es estilo, hermanita. Estilo que no todos entenderán — le di una palmadita en el hombro, satisfecho con mi hermoso trabajo.

Georg y Gustav no podían más de la risa. Georg casi se cae de la silla mientras Gustav se daba golpes en la mesa.

— Tom, hermano, si alguna vez te quedas sin trabajo, abre un salón. Pero no olvides el nombre: “Peinados Kaulitz: del desastre al caos”.

— ¡Cállate, Georg! — le lancé el cepillo como si fuera un proyectil, pero él lo esquivó mientras seguía riéndose.

Nataly, que ya estaba deshaciendo el peinado, me miró con una mezcla de decepción y furia.

— Olvídalo, lo haré yo sola. No sé cómo sobrevives en la vida, Tom.

— Yo tampoco, pero aquí estoy, siendo un éxito rotundo — respondí con una sonrisa sarcástica.

Ella salió del comedor, refunfuñando, mientras Georg y Gustav seguían carcajeándose.

— Hermano, no sirves ni para niñera — dijo Gustav, todavía con lágrimas en los ojos.

— Pues ustedes no se ofrecieron a ayudar, ¿Verdad? Bola de inútiles — me dejé caer de nuevo en la silla, tratando de ignorar el alboroto.

Nataly podrá quejarse todo lo que quiera, pero yo sé que ese peinado tenía potencial… Bueno, potencial para un meme, al menos.

Después de unos minutos los tres ya teníamos el estómago más que lleno, justamente mamá ya estaba lista para salir con Nataly, quien ahora lucía un peinado decente, cortesía de ella misma, claro.

— Bueno, chicos, me llevo a Nataly al colegio y luego me voy al trabajo. Pórtense bien, ¿Eh? — ella me miro especialmente a mí como si fuera la oveja negra de los tres.

— Sí, mamá. Somos los ejemplos perfectos de buenos modales —respondí, mientras Georg trataba de esconder una risita. Ella suspiró, claramente resignada mientras revisaba su cartera.

— ¡Adiós, chicos! — dijo Nataly, sacando la lengua a Georg antes de salir por la puerta.

— Que tengan un buen día — Gustav sonrió como un angelito que no engañaba a nadie.

— Lo intentaré — nos miró por última vez antes de salir y cerrar la puerta.

El silencio reinó en la casa por unos segundos hasta que Georg se levantó de la mesa con un brillo travieso en los ojos.

— Bueno, ¿Y ahora qué hacemos?

— ¿Qué crees que hacemos cuando estamos solos? — me levante yo también, llevando mi taza vacía al fregadero.

— Planear el fin del mundo — intervino Gustav, estirándose como si estuviera a punto de empezar un maratón.

— No, idiota. ¡Jugar videojuegos! —repliqué, girándome hacia ellos con una sonrisa.

— Ah, cierto, tienes esa consola en tu cuarto. La última vez que jugué contigo te pateé el trasero. ¿Te acuerdas, Tom? — dijo Georg, cruzándose de brazos con una sonrisa satisfecha.

— Claro que no. Eso fue porque el control estaba fallando. Pero hoy les voy a demostrar quién manda.

— ¡Ja! Seguro. Vamos a verlo, campeón — Gustav también se levantó de su asiento mientras los tres subíamos las escaleras.

Entramos a mi cuarto, y ahí estaba mi amada consola, esperándonos como una reina en su trono.

— Bien, señores, el campo de batalla está listo. Que comience la carnicería —me fui directo a encender la consola, después de un rato saque los controles y se los lance a cada uno.

Gustav y Georg se sentaron en el suelo como si estuvieran en un torneo profesional, mientras yo me acomodaba en la cama con la confianza de un campeón invicto.

— Espero que estés listo para perder, Gustav. Aún recuerdo todos los trucos sucios que usaste la última vez.

— Ah, Tom, Tom… No sabes que soy el maestro. Prepárate para llorar.

— Y yo solo estoy aquí para disfrutar del espectáculo — dijo Georg, aunque ya tenía un brillo competitivo en los ojos.

La batalla comenzó, y el cuarto pronto se llenó de gritos, insultos y carcajadas mientras nos lanzábamos de todo, tanto en el juego como en la vida real. La resaca parecía cosa del pasado, reemplazada por pura adrenalina y diversión.

Continúa…

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por Lett_Kltz

Escritora del Fandom

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