
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 8
La casa estaba sumida en silencio. Nikki y Nick dormían profundamente en su habitación, envueltos en sus mantas, y balbuceando entre sueños.
Bill cerró la puerta de los gemelos con suavidad y se quedó en el pasillo oscuro, totalmente en blanco.
Podía quedarse en su propia habitación. Podía encerrarse. Pero entonces Tom vendría a buscarlo, y los niños podrían despertar, podrían escuchar, podrían ver. Y no podía permitir eso.
Con pasos lentos, casi arrastrándose, caminó por el pasillo. Cada paso se sentía como caminar hacia su propia ejecución. Sus pies descalzos apenas hacían ruido sobre la madera fría del suelo.
Llegó frente a la puerta de Tom. La luz se filtraba por debajo, indicando que estaba despierto, esperando por él. Bill levantó su mano temblorosa, dudando. Quizás si no tocaba, si simplemente se quedaba ahí…
Pero la puerta se abrió. Tom estaba ahí, sin camisa, con una expresión de satisfacción y deseo oscuro. No dijo nada. Solo se hizo a un lado, dejándole espacio para entrar. Bill entró, sintiendo cómo la puerta se cerraba detrás de él.
Y entonces Tom lo jaló hacia él, con esa fuerza suya que no admitía resistencia. Lo besó como hacía cada vez que lograban quedarse solos. El roce fue urgente. Su prenda cayó al suelo sin que Bill notara cuándo, y lo siguiente que sintió fueron las sábanas frías contra su piel.
Sus piernas fueron abiertas y el interior de su muslo derecho recorrido con besos húmedos hasta llegar a su intimidad.
El contacto era experto. Bill apretaba las sábanas, giraba la cabeza de un lado a otro con los ojos apretados, e intentaba contener cualquier sonido, pero los jadeos se le escapaban junto con algún gemido leve que lo traicionaba. Su cuerpo temblaba, respondiendo por instinto, y supo que estaba a punto de terminar, aunque una parte de él se negaba a derramarse en la cara de su hijastro.
—Tom… Apártate por favor…— Sus ojos brillosos de lágrimas suplicaban. Pero Tom no lo hizo.
Bill eyaculó en su cara sabiendo que su cuerpo lo había traicionado.
Tom, satisfecho, esparció los fluidos y preparó su entrada con dos dedos. Cuando estos entraron con facilidad, se aproximó a bajarse los pantalones junto con su boxer y se posicionó encima de Bill.
Su miembro entró sin ningún problema. Las penetraciones fueron aumentando de poco en poco. Tom parecía no cansarse. Y a Bill no le quedó más opción que esperar a que su resistencia se desvaneciera.
A la mañana siguiente, Bill abrió los ojos. Estaba en la cama de Tom, desnudo, adolorido, con marcas nuevas encima de las otras.
Tom dormía a su lado, con un brazo colocado posesivamente en su cintura. Bill se deslizó fuera de la cama con cuidado, recogiendo su camisón del suelo. Se vistió rápidamente con manos temblorosas y salió de la habitación, cerrando la puerta en silencio.
Caminó hacia su propia habitación como un fantasma, se metió bajo las sábanas que todavía olían a Thomas, y lloró en silencio hasta que escuchó a los gemelos despertar.
Caminó hacia su propia habitación como un fantasma, se metió bajo las sábanas que todavía olían a Thomas, y lloró en silencio hasta que escuchó a los gemelos despertar
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Era una tarde casi tranquila. Los gemelos jugaban en el patio. Sus voces llegaban a través de la ventana abierta de la cocina.
Bill estaba frente al fregadero, lavando los platos del almuerzo, frotando cada plato con movimientos repetitivos que hacían que su cuerpo se balanceara ligeramente de lado a lado.
Miraba por la ventana, hacia el patio, observando cómo Nick buscaba algo entre el monte, probablemente algún insecto o piedra interesante. Nikki estaba más cerca, y parecía también buscar algo entre el pasto. Ambos con concentración total.
Tom estaba a su lado, recargado contra el estante del lavadero, con los brazos cruzados sobre el pecho. No ayudaba, no hacía nada. Solo observaba a Bill con esa intensidad que siempre lo hacía sentir desnudo.
—¿No te aburres de ser ama de casa?— Bill se tensó ligeramente al escuchar su voz, pero no dejó de lavar.
—No…— Respondió con voz baja.
—Recuerdo que ibas a la Uni.
Bill asintió despacio. Tom lo veía fijamente, sin apartar sus ojos de Bill.
—¿Qué estudiabas?
—Enseñanza— Dijo— Quería ser maestro— Aclaró para que Tom no siguiera con sus preguntas. Pero eso solo lo hizo preguntar más.
—Querías— Repitió Tom, notando el tiempo pasado.— ¿Ya no quieres?
No respondió de inmediato. Continuó lavando.
—Las cosas cambiaron— Habló finalmente.
—Por él— No era una pregunta.
Bill asintió apenas, sin mirarlo.
—¿Valió la pena?— Preguntó Tom, y había algo afilado en su tono— Dejar tus sueños por él.
—No los dejé— Dijo defensivamente.— Solo… los pospuse.
—Claro— Sonrió sin humor.— Los pospusiste. ¿Y cuándo planeas retomarlos? ¿Cuando los gemelos crezcan? ¿Cuando tengas cuarenta años?
Bill apretó los labios, sin querer continuar esta conversación.
—¿Cómo lo conociste?— Preguntó Tom de repente, cambiando de tema.
Suspiró, sabiendo que no podría evitar responder.
—Mi hermano nos presentó.
—Oh, claro. El rubio. ¿Andrés? Así se llamaba, ¿no? Recuerdo muchas cosas de él antes que muriera.
—Andreas…— Le aclaró. Y ante la mención de lo último, sus lágrimas amenazaban con salir.
—¿Y?— Insistió— ¿Qué pasó?
—Nada… No hablamos mucho ese día.
—¿Y te gustó desde ese momento?— La voz de Tom se volvió más intensa.
Bill se encogió ligeramente de hombros. No respondió, frotando el mismo plato una y otra vez.
—Debió parecerte interesante— Continuó Tom.— Un hombre mayor, con dinero, con experiencia. Tan diferente a los chicos de tu edad.
—No fue por eso— Murmuró
—¿Entonces por qué?
—Porque… porque era diferente a los demás. Me veía realmente.
—¿En serio?— Soltó una risa burlona, posicionándose detrás de él.— Yo miraba lo contrario. Todo el tiempo te miraba como si quisiera follarte ahí mismo.
—Eso no es…
—Claro que es cierto— Lo interrumpió Tom.
Bill no habló más.
Tom observó cómo el cuerpo de Bill se movía mientras lavaba. El balanceo nervioso de sus caderas, la curva de su espalda inclinada sobre el fregadero, el trasero que se movía ligeramente con cada movimiento desesperado de sus manos intentando terminar rápido.
Era hipnótico. Era tentador.
Y sin advertencia alguna, Tom levantó su mano y la dejó caer con fuerza sobre el trasero de Bill.
El sonido resonó en la cocina. Un golpe seco que hizo que Bill soltara un jadeo involuntario, mezclado con sorpresa y dolor. El plato resbaló de sus manos y cayó de vuelta al agua con un splash fuerte.
Bill se quedó paralizado. Sus manos aferradas al borde del fregadero, respirando entrecortadamente, sin poder moverse.
—¿Mami?
Bill se quedó inmóvil.
Ambos giraron su cabeza hacia la entrada de la cocina, donde Nikki estaba parado en el umbral.
En sus manitas sostenía algo con cuidado, mientras sus ojitos grandes miraban a Bill con preocupación.
—¿Estás bien, mami?— Preguntó el niño, acercándose un poco más.
Bill se limpió rápidamente las manos con su misma prenda, forzando una sonrisa temblorosa mientras intentaba controlar su respiración.
—Sí, cielo— Dijo con voz que intentaba sonar normal.— Estoy bien. ¿Qué traes ahí?
Nikki extendió sus manos, mostrando orgulloso un saltamontes verde brillante que se movía entre sus dedos.
—¡Mira! ¡Lo encontré en el pasto!— Exclamó con emoción infantil.— Es bonito, ¿verdad?
—Sí… sí, es muy bonito, mi amor…
Nikki lo miraba con esa expresión de confusión inocente mezclada con preocupación. Había visto algo, aunque no entendía qué exactamente. Pero había escuchado el jadeo de su mami, había visto cómo se aferraba al fregadero y cómo Tom se quitaba de detrás suya borrando inmediatamente la sonrisa de su rostro, cambiándola a una fría en cuanto lo vio.
Tom volvió a su lugar.
—¿Seguro que estás bien, mami?— Insistió el niño, todavía dudando.
—Sí, mi amor— Bill asintió rápidamente, agachándose para quedar a su altura.— Solo me asusté con el ruido del plato. Pero estoy bien. ¿Por qué no vas a mostrarle tu saltamontes a Nick? Seguro le encantará verlo.
Nikki dudó un momento más. Sus ojitos yendo entre Bill y Tom, quien permanecía viendo la escena con indiferencia.
Finalmente el niño asintió.
—¡Está bien! ¡Voy a enseñárselo a Nick!— Dijo con renovado entusiasmo, girándose y corriendo de vuelta al jardín con su tesoro.— ¡Nick, Nick, mira lo que encontré!
Bill se quedó ahí unos segundos, suspirando aliviado, antes de obligarse a volver al fregadero. Tenía que terminar. Tenía que actuar normal.
Tomó la esponja con manos temblorosas y continuó lavando, aunque ya no sabía qué estaba lavando realmente. Solo movía las manos, intentando concentrarse en algo, en cualquier cosa que no fuera lo que estaba viviendo.
Entonces sintió las manos de Tom rodeándolo por detrás. Bill se congeló completamente. Su respiración se detuvo. El plato resbaló de sus dedos pero esta vez cayó al agua sin hacer tanto ruido. Sus manos volvieron a aferrarse al fregadero.
Las manos de Tom se deslizaron desde su cintura hacia arriba, explorando lentamente. Una mano se quedó en su pecho, acariciándolo sobre la tela. La otra se deslizaba entre su cadera y muslo.
—Tom…
—Es tan suave— Respondió Tom con una sonrisa que Bill podía sentir contra su cuello.
—Ah… Tom, no…— La voz de Bill salió quebrada al sentir cómo los dedos de Tom giraban en su pezón ya duro, mientras que la otra mano dejó de apretar su muslo para subir lentamente a su pecho y estimular el otro pezón.
Bill sintió cómo todo dentro de él se revolvía. Las náuseas que había estado conteniendo toda la tarde finalmente explotaron.
Con un movimiento desesperado, se apartó de él. No esperó a ver su reacción, simplemente corrió.
Salió de la cocina, con las manos todavía mojadas, dirigiéndose al baño de su habitación. Podía escuchar la risa de Tom detrás de él. Esa risa oscura y satisfecha que resonaba en la casa silenciosa.
Apenas tuvo tiempo de llegar al inodoro antes que todo saliera.
Vomitó violentamente, vaciando lo poco que había comido ese día. Su cuerpo se sacudía con cada arcada. Las lágrimas se mezclaron con el sudor en su rostro. Las manos le temblaban mientras se aferraba al borde del inodoro.
Cuando finalmente se detuvo, se dejó caer al suelo frío, recostándose contra la pared. Respiraba entrecortadamente, limpiándose la boca con el dorso de la mano temblorosa. Las náuseas no cesaban completamente.
El sonido de pasos se acercó. La madera crujió. Bill levantó la mirada cuando el pomo giró lentamente.
Tom entró al baño, cerrando la puerta detrás de él con un clic suave pero definitivo. Se quedó ahí parado, observando a Bill en el suelo, con esos ojos que no mostraban ni culpa ni preocupación real.
—¿Estás bien?— Preguntó, pero su tono estaba vacío de genuina preocupación. Había curiosidad. Satisfacción incluso.
Bill no respondió. Solo lo miró con ojos llorosos y enrojecidos.
El de rastas se acercó despacio, con movimientos medidos. Se arrodilló frente a Bill, demasiado cerca, invadiendo su espacio personal otra vez.
—¿Te hice vomitar?— Preguntó con una sonrisa ladeada, casi divertida.— ¿Te doy tanto asco?
—Tom, por favor…— Bill intentó apartarse pero estaba acorralado contra la pared, sin espacio para escapar.
—O tal vez…— Inclinó la cabeza, estudiándolo con esa intensidad perturbadora.— No es asco. Es miedo.
Bill temblaba violentamente, sin poder responder, con la garganta todavía ardiendo del ácido.
Extendió la mano y limpió las lágrimas del rostro de Bill con el pulgar, ese gesto casi tierno que contrastaba grotescamente con todo lo demás que había hecho.
—No tienes que tenerme miedo— Murmuró. Su voz bajó a un susurro íntimo.— Yo no soy como él.
—¿Qué…?— Bill lo miró confundido, parpadeando a través de las lágrimas.
—Tu esposo— Aclaró, y su voz se endureció con algo oscuro.— Yo jamás te golpearía como él lo hizo.
Bill se quedó helado. Completamente paralizado. Sus ojos se abrieron más, el shock reemplazando momentáneamente el miedo.
—No… no fue…
—¿No fue qué?— Tom se acercó más, su rostro a centímetros del de Bill.— ¿No fue tan grave? ¿No fue para tanto? ¿Es eso lo que te dices para justificarlo?
—Fue un accidente…— Sollozó— Yo descuidé a Nikki… yo merecía…
—¿Merecías?— Tom lo interrumpió, y su voz subió ligeramente.— ¿Merecías que te golpeara? ¿Qué te humillara? ¿Qué te hiciera sentir como basura?
Bill cerró los ojos con fuerza, y las memorias pasadas inundaron su mente contra su voluntad.
Y entonces Tom habló con voz más suave, casi seductora:
—Déjame recordarte lo que realmente pasó esa noche, Bill. Déjame recordarte cómo te trató. Y luego dime… dime si yo soy peor que él…
Continúa…
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