
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 6
—¡Para…!— Logró decir, intentando apartar la mano de Tom.
Tom no se detuvo. En cambio, lo giró bruscamente para quedar frente a frente. Bill retrocedió hasta chocar contra la encimera de la cocina, sin espacio para escapar. Las manos de Tom se posaron a cada lado de él, atrapándolo.
—¿Por qué?— Preguntó Bill con voz temblorosa, sus ojos brillaban con lágrimas apunto de salirse.— ¿Por qué haces esto?
Tom lo observó en silencio por un momento, estudiando cada detalle del rostro de Bill. Luego, una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.
—¿Quieres saber por qué?— Su voz era baja, casi un susurro.— Porque te he deseado desde el momento en que entraste a esta casa.
Bill negó con la cabeza, sin comprender.
—No… no tiene sentido…
—Tenía doce años— Continuó Tom, y su mirada comenzó a intensificarse.— Doce años cuando te vi por primera vez. Mi padre acababa de perder a mi madre. Yo acababa de perder a mi madre. Y entonces apareciste tú.
Las palabras salían con resentimiento y algo más oscuro.
—Te observaba— Tom se acercó más, hasta que su aliento rozó el rostro de Bill.— Por las noches. Cada vez que mi padre te tocaba. Cada vez que gemías su nombre. Cada maldita vez.— Expresaba entre dientes.
Bill abrió los ojos con horror, comprendiendo.
—No…— Susurró
—Sí— Afirmó Tom.— Lo vi todo. Cómo te embarazó. Cómo formaron su perfecta familia, mientras yo seguía siendo invisible para él.
—Tom, yo…— Bill intentó hablar, pero las palabras no salían.
—Pero ahora…— Tom deslizó una mano por la mejilla de Bill, un gesto casi tierno que contrastaba con la intensidad de su mirada.— Ahora mi padre no está. Y tú… tú eres mío.
—No puedes…— Bill trató de apartarlo, empujando débilmente contra su pecho.
—¿No puedo?— Tom rió sin humor.— Ya lo he hecho. El otro día, ¿recuerdas? Y lo haré de nuevo. Y seguiré haciéndolo.
—Los niños…— Bill intentó usar su única defensa.
—Los gemelos no están aquí— Respondió Tom con calma.— Estarán entretenidos por horas.
El pánico se instaló en el pecho de Bill. Sin Andreas, sin Thomas, sin nadie que pudiera ayudarlo, estaba completamente solo con Tom.
—Por favor…— Suplicó, y sus lágrimas finalmente cayeron.— No hagas esto…
Tom limpió una lágrima con su pulgar, observándolo con fascinación.
—Llevo seis años esperando esto— Murmuró— Seis años observándote, deseándote y odiándote al mismo tiempo. No voy a parar ahora.
Tomó la mano de Bill y la guió hacia la salida de la cocina. Bill intentó resistirse, pero Tom era más fuerte. Lo llevó por las escaleras, y Bill sabía exactamente a dónde iban.
A la habitación que compartía con Thomas.
—No… no ahí…— Bill intentó detenerse, pero Tom lo jaló más.
—Especialmente ahí— Respondió Tom con esa sonrisa que ya no tenía nada de juvenil.— En su cama. Donde te hizo suyo tantas veces. Ahora es mi turno.
Entraron a la habitación. Bill vio la fotografía de su boda en la mesita de noche, su propia sonrisa feliz mirándolo desde ese marco, burlándose de lo que estaba a punto de pasar.
Tom cerró la puerta.
Bill retrocedió hasta que sus piernas chocaron con el borde de la cama. Tom avanzó lentamente, como un depredador acorralando a su presa.
—Tom, por favor…— Bill intentó una última vez.— Podemos hablar de esto. Yo… yo puedo ayudarte. Puedo…
—No quiero tu ayuda— Interrumpió Tom— Te quiero a ti.
Lo empujó suavemente y Bill cayó sobre el colchón. Tom se colocó sobre él, inmovilizándolo con su peso.
—Dime que no— Susurró Tom contra su oído.— Dime que no me deseas. Que nunca pensaste en mí. Que cuando mi padre te tocaba, nunca te preguntaste cómo sería con su hijo.
—¡Nunca!— Gritó Bill, horrorizado.— ¡Jamás pensé en ti de esa forma! ¡Eres un niño!
—Tengo dieciocho— Corrigió Tom, su voz se endureció.— Ya no soy un niño. Y te lo voy a demostrar.
Bill cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo Tom comenzaba a desabotonar su camisón. Puso sus manos sobre las de Tom, intentando de manera inútil pararlo.
—No… no…— Sollozaba, pero Tom no se detenía, y cada botón iba abriendo más su desnudez.
—Shh… Relájate. Será más fácil si no te resistes.
Pero Bill no podía relajarse. Su mente gritaba, su cuerpo se tensaba, cada fibra de su ser rechazaba lo que estaba sucediendo.
Cuando estuvo completamente expuesto, Tom se detuvo un momento, simplemente observando. Bill nunca se había sentido tan vulnerable, tan visto de una manera que no quería ser visto.
—¿Siempre estás sin ropa interior? Joder, ahora entiendo porque él te follaba a diario.
Bill giró el rostro hacia un lado, incapaz de mirarlo. Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas, empapando la almohada. La almohada de Thomas. El olor de su esposo todavía impregnaba las sábanas, un recordatorio cruel de lo que estaba perdiendo en este momento.
Tom se quitó su propia ropa con movimientos rápidos. Bill mantuvo los ojos cerrados, sin querer ver, sin querer que esto fuera más real de lo que ya era.
Sintió el peso de Tom regresar sobre él, piel contra su piel.
—Thomas…— Susurró sin darse cuenta. Su mente escapó hacia el único lugar seguro que conocía.
—¿Qué dijiste?
Bill abrió los ojos, dándose cuenta de su error demasiado tarde. La expresión de Tom había cambiado de deseo a furia pura.
—¿Dijiste su nombre?— La voz de Tom era peligrosamente baja.— ¿Ahora? ¿En este momento?
—Yo… lo siento…— Bill tartamudeó, aterrorizado.
—¿Lo sientes?— Tom rió sin humor.— Oh, claro que vas a sentirlo.
Lo que siguió fue peor que todo lo anterior. Tom subió las piernas de Bill a sus hombros, y sin ninguna preparación, su miembro entró en la cavidad de Bill. Cada penetración parecía diseñada para hacer que Bill olvidara el nombre que acababa de pronunciar.
Bill dejó de luchar. Dejó de suplicar. Su mente se desconectó de su cuerpo, flotando en algún lugar lejos, donde esto no estaba sucediendo. Donde todavía estaba seguro en los brazos de Thomas, donde sus hijos jugaban felices, donde Andreas seguía vivo y todo estaba bien.
No supo cuánto tiempo pasó. Segundos. Minutos. Horas. El tiempo perdió significado. Solo existía el dolor, la invasión, la pérdida de algo que nunca podría recuperar.
Cuando finalmente terminó, Tom se separó de él. Bill quedó inmóvil, sin fuerzas para moverse, con el cuerpo aún temblando y esa parte suya sensible, maltratada, húmeda por los rastros ajenos que aún resbalaban.
Tom se vistió en silencio, caminó hacia la puerta. Y antes de salir, se volvió hacia Bill.
—Los gemelos— Dijo— Están en casa de la vecina todavía, ¿cierto?
Bill finalmente reaccionó, girando su cabeza hacia Tom, mirándolo con los ojos hinchados y rojos.
—Por favor…— Su voz era apenas un susurro ronco.— Tráelos… tráelos a casa…
Tom lo observó por un largo momento. Luego asintió.
Salió, cerrando la puerta detrás de él.
Bill se quedó solo en la habitación, en la cama que compartía con Thomas, sintiendo el peso de lo que acababa de pasar.
Se acurrucó en posición fetal, abrazando sus rodillas, y los sollozos finalmente escaparon sin restricción. Su cuerpo temblaba incontrolablemente. Todo estaba en silencio, salvo por los sollozos ahogados que provenían de Bill.
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El aire frío de Stuttgart le golpeó el rostro mientras caminaba por la calle oscura hacia la casa de la vecina. Sus manos estaban en los bolsillos, con su expresión completamente neutra.
Llegó a la casa de la vecina y tocó la puerta con firmeza. Unos segundos después, una chica de su edad abrió la puerta. Cabello rubio, ojos claros, sonrisa coqueta que se dibujó inmediatamente al verlo.
—Oh, Tom…— Ronroneó ella, apoyándose en el marco de la puerta.— Qué sorpresa verte por aquí.
Tom la miró con expresión fría e indiferente.
—Vengo por los gemelos.
—¿Ya tan pronto?— La chica se mordió el labio, claramente intentando llamar su atención.— Pensé que tu madrastra vendría por ellos…
—Pues no— Cortó Tom secamente.— Diles que salgan.
La chica pestañeó, ligeramente ofendida por su frialdad, pero mantuvo la sonrisa. Sabía que Tom era peligroso, todos en el vecindario lo sabían. Pero eso solo lo hacía más atractivo a sus ojos.
—Claro— Dijo, volteándose hacia el interior de la casa.— ¡Niños! ¡Su hermano vino por ustedes!
Se escucharon pasos pequeños acercándose. Nick y Nikki aparecieron en la puerta, con las manos y la ropa manchadas de harina. Ambos levantaron la vista hacia Tom y sus expresiones se volvieron cautelosas.
—Vámonos— Ordenó Tom con voz firme.
—¿Ya?— Preguntó Nick, con un puchero.— Pero todavía no terminamos de decorar…
—Ahora— Insistió Tom, sin espacio para discusión.
Los gemelos bajaron la cabeza y salieron de la casa lentamente. La vecina seguía en la puerta, observando a Tom con interés.
—¿Seguro que no quieres entrar un momento?— Intentó nuevamente.— Podríamos… hablar.
Tom la ignoró completamente, dándose la vuelta sin siquiera despedirse.
—Vamos— Ordenó a sus hermanos.
Nick y Nikki lo siguieron rápidamente. La chica se quedó en la puerta, viéndolos alejarse con frustración y fascinación.
La noche estaba oscura, con apenas unas pocas farolas iluminando el camino de regreso a casa. Los gemelos caminaban en silencio detrás de Tom, intercambiando miradas preocupadas.
—Tom…— Llamó Nick con voz pequeña.
—¿Qué?— Respondió Tom sin voltear.
—¿Dónde está mami?
—En casa.
—¿Por qué no vino por nosotros?— Preguntó Nikki, con voz temblorosa.
—Porque yo vine— Respondió Tom con simpleza.
Los gemelos se quedaron en silencio, pero Tom podía escuchar sus pasos nerviosos detrás de él. La oscuridad de la calle los estaba asustando.
—Tom…— Volvió a llamar Nick, esta vez con más urgencia.— ¿Nos puedes tomar de la mano?
Tom se detuvo en seco. Los gemelos casi chocaron contra él.
—No— Dijo con frialdad.— Tómense de las manos ustedes.
Nick y Nikki se miraron, con los ojos brillando de lágrimas que querían salir, y se tomaron de las manos entre ellos, apretándose fuerte mientras seguían caminando.
Tom continuó avanzando, pero escuchó sollozos bajos. Miró hacia atrás y vio sus pequeñas figuras aferradas la una a la otra, temblando no solo de frío sino de miedo.
Se detuvo y extendió ambas manos hacia ellos sin decir palabra. Los gemelos lo miraron sorprendidos, dudando.
—¿Qué esperan?— Habló Tom.
Los pequeños soltaron sus manos y rápidamente tomaron las de Tom, uno a cada lado. Sus manitas eran tan pequeñas, tan frágiles en comparación con las suyas.
Caminaron el resto del trayecto así, en silencio, hasta llegar a casa.
Cuando entraron, la casa estaba en silencio. Demasiado silencio. Los gemelos miraron alrededor, buscando a su madre con la mirada.
—¿Mami?— Llamó Nikki.
No hubo respuesta.
—¿Dónde está mami?— Preguntó Nick, con voz preocupada.
Tom cerró la puerta detrás de ellos.
—Tiene dolor de cabeza— Dijo con tono neutro.— Está descansando. No lo molesten.
Los gemelos intercambiaron miradas tristes. Nick tenía lágrimas en los ojos.
—Pero… mami prometió que nos bañaría…— Murmuró— Y que jugaría con nosotros mientras nos bañábamos…
—Yo los bañaré— Declaró Tom.
—¿Tú?— Nikki lo miró con desconfianza.
—Sí, yo. ¿Algún problema?
Los gemelos negaron rápidamente con la cabeza, intimidados por su tono.
—Vamos. Al baño. Ahora.
Los gemelos subieron las escaleras despacio, seguidos por Tom. Entraron al baño y Tom abrió la llave de la bañera.
—Quítense la ropa— Ordenó, esperando a que la bañera se llenara con agua tibia.
Los gemelos obedecieron en silencio, quitándose sus ropitas sucias y metiéndose a la bañera. Tom se sentó en el inodoro cerrado, tomando un periódico que había en el baño y comenzando a leerlo con expresión completamente seria.
Nick y Nikki se miraron entre sí, confundidos. Normalmente su mami jugaba con ellos durante el baño, les hacía figuras con la espuma, les contaba historias. Pero Tom solo leía su periódico, ignorándolos completamente.
Los gemelos comenzaron a jugar entre ellos, chapoteando suavemente en el agua, pero sin hacer mucho ruido para no molestar a Tom. De vez en cuando, Tom levantaba la vista del periódico para asegurarse que no se estuvieran ahogando, y luego volvía a su lectura.
—Tom…— Llamó Nick después de un rato.
—¿Qué?— Respondió sin levantar la vista.
—¿Mami está bien?
—Sí. Solo está cansado.
—Pero… mami nunca se cansa tanto como para no venir a vernos…— Murmuró Nikki, con voz triste.
Tom no respondió. Solo siguió leyendo, ignorando la pregunta.
Después de unos quince minutos, Tom dejó el periódico a un lado.
—Ya. Salgan.
Los gemelos salieron de la bañera, goteando agua por todas partes. Tom tomó dos toallas grandes, y con movimientos hábiles, enrolló a cada uno de ellos en una toalla, secándolos rápidamente.
—Levanten los brazos— Ordenó, y los gemelos obedecieron mientras Tom los secaba con más cuidado.
Cuando estuvieron secos, Tom los cargó a ambos, uno en cada brazo, con expresión completamente seria. Los gemelos se aferraron a él, sorprendidos por el gesto. Era raro que Tom los cargara, mucho menos a los dos al mismo tiempo.
Los llevó a su habitación y los dejó sobre sus camas respectivas. Luego sacó sus pijamas de los cajones y comenzó a vestirlos, abotonando camisitas y subiendo pantaloncitos con movimientos precisos pero sin ninguna ternura.
— A dormir— Dijo cuando terminó
—¿No nos vas a leer un cuento?— Preguntó Nick, esperanzado del comportamiento de su hermano.
—No
—¿Ni nos vas a dar un beso de buenas noches?— Intentó Nikki
—No
Los gemelos se metieron bajo las sábanas, con expresiones tristes. Tom apagó la luz, dejando solo la lamparita de noche encendida.
Tom cerró la puerta detrás de él y caminó por el pasillo oscuro hacia su propia habitación. Pasó frente a la habitación de Bill y su padre y se detuvo apenas un segundo, mirando la puerta cerrada.
No escuchó nada del otro lado.
Siguió caminando, entró a su habitación y cerró la puerta.
Una sonrisa se dibujó en sus labios, lenta. No era de alegría, sino de alguien que acababa de ganar sin mover un solo dedo.
Continúa…
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