

Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 1
—Oh no, joder. ¿Otra vez el hijo del señor Kaulitz?
—Así es. El muchacho le ha destrozado la cara a un joven de su misma edad. Los testigos dicen que el chico lo provocó. Tom Kaulitz solo ha hecho de las suyas.— El oficial terminó de informar con tono seco, casi resignado.
—Voy para allá.— Con un suspiro pesado, el oficial Gordon se levantó de su despacho.
—Entendido, señor.
Menos de veinte minutos después, el ambiente estaba cargado de una tensión palpable. El joven con la cara hinchada, amoratada y marcada por puños, ya hacía en una ambulancia, intentando controlar el dolor de costillas quebradas y dedos doblados. La respiración entrecortada era un recordatorio constante del daño.
Tom permanecía vigilado, una figura tensa, rígida, como una estatua de hielo. Sus ojos, oscuros y distantes, se mantenían en un punto fijo, quemando con un fuego sordo.
—Y bien, ¿qué tienes que decir, muchacho?— La voz de Gordon resonó intentando romper el muro de silencio.
—No ha querido hablar, oficial.— Gordon alzó una ceja, intrigado y preocupado.
—Ya veo. Déjennos solos.
Uno a uno, los policías se retiraron, dejando atrás un vacío incómodo. Sólo quedaron Gordon y Tom, dos mundos opuestos en un mismo espacio.
—¿No quieres hablar, Tom?— La pregunta cayó unos segundos después.
—Vete a la mierda, Gordon.— La respuesta salió como un dardo venenoso, rápida y fría, mientras Tom no apartada su mirada de aquel punto.
Gordon dio un paso hacia adelante, con una mezcla de cansancio y preocupación.
—¿Problemas familiares nuevamente?— Tom soltó un bufido seco, una respuesta sin palabras.— Tom, tienes dieciocho años, puedes irte de esa casa.— El hombre habló con firmeza, como ofreciendo una puerta abierta. Tom permaneció inmóvil, con el peso de los años reflejado en sus hombros caídos.— ¿No quieres? Bueno, ya que no, vamos a tu casa.
No hubo resistencia cuando fue llevado. Durante el trayecto, el silencio entre ellos era absoluto, interrumpido sólo por el ruido del motor.
Al llegar, Gordon tocó la puerta con suavidad.
—¿Quién es?— Una voz suave, dulce, pero firme, rompió la quietud.
La puerta se abrió lentamente y apareció Bill, envuelto en un camisón de seda color crema que rozaba suavemente sus piernas, su cabello en rastas cayendo con desorden controlado sobre sus hombros. Sus ojos, grandes y cálidos, mostraban preocupación.
—Oh… Bill, he traído a Tom conmigo.
Bill se mostró preocupado, y su mirada se posó sobre Tom, quien lo miraba con desprecio.
—¿Oficial Gordon? ¿Qué ha pasado?— La voz de Bill, aunque calmada, temblaba ligeramente por la tensión.
—Nada bueno. Tom se ha peleado con un chico. Nuevamente… — Dijo, de tantas veces que se repetía lo mismo.— El chico está en el hospital. Esta vez no fue tan grave.
—Oh, por Dios… Tom…— Habló Bill, mezclando temor y cariño.
—No lo encerré. Supongo que he de dejarlo en su casa. Pronto nos comunicaremos con el señor Kaulitz.
—Gracias oficial Gordon.
Gordon asintió y se despidió.
—Pasa feliz noche, Bill. Cuida a los niños.— Antes de irse, se volvió a Tom.— Tom, pórtate bien.
Tom chasqueó la lengua con fastidio y entró casi empujando a Bill, quien no reaccionó al impacto por la misma preocupación que tenía hacia su hijastro.
Bill intentó acercarse. —¿Tom? ¿Estás bien? ¿Te has lastimado? ¿No quieres un…?
—Ah… Cierra tu maldita boca.— Le interrumpió Tom. La respuesta fue cortante, y Bill retrocedió apenas, con una sombra de tristeza en sus ojos.
—Tom, no me hables así…— Su voz bajó, buscando no romper del todo el frágil vínculo.
—¿Qué? ¿Te hablo como mi padre? ¿Eso quieres?— Tom sonrió, desafiando, con veneno en cada palabra.
—Basta, Tom.— Bill apretó los labios, luchando contra el dolor que las palabras provocaban.
—Claro, no eres más que la puta de mi padre.— El insulto fue un golpe seco, un disparo al corazón que Bill absorbió en silencio.
—¡Tom…!— Bill alzó la voz, más dolido, pero sin dejar de mostrar cariño.
—Felices sueños… Putita.— Tom se retiró, dejando la sala llena de ecos y heridas invisibles, mientras subía a su habitación.
Unos segundos después, una figurita pequeña bajaba las gradas.
—Mami… ¿Te hizo algo el monstruo?— Preguntó Nick, frotándose los ojos, con ese tono temeroso que solo usan los niños cuando saben que algo no está bien.
Bill se agachó frente a él, acomodándole un mechón de cabello tras la oreja.
—No, pequeño…— Dijo despacio, como si no quisiera que su voz temblara.— Deberías estar dormido. Papá aún no vendrá.
El niño bajó la mirada.
—Oh…
Bill lo observó un segundo más, intentando leer lo que escondía detrás de esos ojitos oscuros.
—¿Nikki está despierto?
—No, mami. Él está dormido.
—Ve a dormir tú también entonces.— Le acarició la mejilla, forzando una sonrisa suave.— No pienses en nada más.
—Es que… Tom me miró raro cuando me vio en el pasillo.— Confesó, arrugando la nariz.
Bill se tensó, pero mantuvo el mismo tono dulce.
—A veces tu hermano está de mal humor, ya lo sabes. No significa nada.
—Pero… Estaba sonriendo.— El niño frunció el ceño.— Y no era bonito.
Bill se incorporó lentamente, mirando hacia el pasillo oscuro.
—Ya está bien. Ve a tu cama.
—¿Y tú, mami?
—Dormiré en cuanto venga papá.— Caminó tomando la manita de su hijo, directo a la habitación en donde su otro hijo dormía.
La luz de la mañana entraba por los ventanales, iluminando la mesa perfectamente servida. El aroma a café recién hecho y pan tostado llenaba la cocina.
Thomas Kaulitz, impecablemente vestido incluso en casa, hojeaba el periódico mientras tomaba un sorbo de su café.
Bill se movía por la cocina en silencio, en camisón junto con un delantal, sirviendo el desayuno para su esposo y los gemelos.
El sonido de pasos pesados en la escalera anunció la llegada de Tom. Bajó con la misma ropa del día anterior, sentándose en la mesa como si fuera el rey del lugar.
—Buenos días— Dijo Bill con un tono suave, dejando frente a él un plato con huevos revueltos, jamón y pan caliente.— Aquí tienes.
Tom miró el plato como si hubiera visto algo desagradable.
—¿Qué es esto?— Preguntó con desdén.
—Lo que preparé para todos…
—Pues a mí prepárame otra cosa. — Interrumpió, empujando el plato apenas con la mano.
El periódico de Thomas cayó sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Perdón?— Dijo el padre, su voz grave cargada de desaprobación.— Tom, no eres un niño para exigir como si estuvieras en un hotel.
Tom lo miró, encogiéndose de hombros.
—Solo dije que no me gusta. ¿Desde cuándo es un crimen pedir otra cosa?
—Desde que tienes dos manos y puedes hacértelo tú.— Replicó Thomas molesto.— Bill no está aquí para ser tu sirviente. No tienes cinco años para estar con esos caprichos. Bill cocina para todos, y aquí se come lo que hay.
Los gemelos, sentados en sus pequeñas sillas, miraban en silencio, intercambiando miradas incómodas. Uno de ellos incluso dejó la cuchara flotando en el cereal.
Bill levantó una mano suavemente.
—Ya, ya… no empecemos. No frente a los niños.— Dijo, con una sonrisa forzada, mientras recogía el plato y lo devolvía a la encimera.— Tom, ¿quieres que te haga algo más o prefieres preparártelo tú?
—Hazme un café fuerte.— Pidió, sin apartar la mirada de su padre.
—Amor, no es necesario.— Se interpuso Thomas, tampoco dejando de ver a su hijo.
—Lo es. No es complicado, cariño.
—Por eso mismo, Tom puede hacérselo solo.
—Lo haré solo esta vez, ¿sí?— Bill empezó a preparar la cafetera. Tom le sonrió a su padre con victoria, esbozando esa sonrisa burlona que tenía para todos.
Thomas negó, desaprobando lo que había escuchado, pero se obligó a volver a su periódico.
El resto del desayuno transcurrió en un silencio espeso. Cuando terminaron de comer y los niños se levantaron para ir a jugar, Thomas se volvió hacia su hijo.
—Tú y yo tenemos que hablar.—Anunció con voz firme.
Tom lo miró y luego giró lentamente hacia Bill con una mirada afilada, como si quisiera atravesarlo. Claramente pensaba que su «querida madrastra» ya había ido a quejarse.
Pero Thomas lo cortó antes que abriera la boca:
—Bill no me ha dicho nada. Fue el oficial Gordon.
Aun así, Tom siguió mirando a Bill con molestia, como si no creyera ni una palabra. Bill, en cambio, bajó la mirada y recogió los platos en silencio, fingiendo que nada le afectaba.
Aún así, Tom siguió clavando sus ojos en Bill, como si la culpa siguiera siendo suya.
—Ya basta, Tom.— Continuó, enderezándose en su silla.— Tienes que cambiar tu actitud. Ya no eres un crío. Es hora de madurar, de dejar de pelear por todo.
—¿Madurar?— Tom soltó una risa seca.— ¿Y ahora qué? ¿Me vas a dar un sermón cada vez que no me guste algo?
—Si no haces caso, tendré que mandarte al servicio militar.—Amenazó Thomas con calma fría.
—¿En serio?— Tom bufó.— No puedes ni soportar que diga lo que pienso y ahora quieres jugar al general.
—No es «jugar», Tom. Y otra cosa: más respeto hacia Bill. Es tu madrastra y la madre de mis hijos, tus hermanos, te guste o no. No voy a tolerar que lo trates como basura.
Los ojos de Tom incendiaban con una chispa de furia.
Thomas, ya con el saco puesto, miró su reloj.
—Bueno, me voy al trabajo.— Se acercó a Bill para darle un beso en sus labios.— Cuídate, bonito, y si Tom se pone insoportable… Me avisas.
Bill sonrió de lado, sin responder.
Cuando la puerta se cerró, Tom ya estaba camino a la sala como si hubiese sido liberado de una tortura. Encendió la tele, se tiró en el sillón y en menos de cinco minutos ya estaba en la cocina, buscando qué comer.
Trajo un par de golosinas, un yogur y una bolsa de papas fritas al sillón. Y empezó a comer, dejando caer migas por todo el asiento y el suelo. Entre tanto, el yogur terminó con una mancha en la alfombra.
Bill, desde la cocina, lo observó en silencio. No frunció el ceño ni bufó, simplemente suspiró y tomó un trapo para limpiar. Al acercarse, notó que Tom tenía los pies estirados sobre la pequeña mesa de centro.
—Tom…— Dijo con voz tranquila.— Levanta tus piernas, por favor.
El muchacho ni siquiera lo miró, concentrado en el programa de televisión.
—Mmm… Luego.
Bill respiró hondo, conteniendo las ganas de insistir. Se inclinó para recoger unas migas del suelo, y al levantar la mirada, se encontró con los ojos de Tom mirándolo fijamente. El chico metió otra papa en la boca, masticó lento… y dejó caer un par de migas más al cojín, sin apartar la vista.
—Ups…— Dijo con una sonrisita burlona.
Bill no respondió. Simplemente se incorporó y continuó limpiando, como si ese juego pasivo—agresivo no le afectara.
—Por favor, Tom. Levanta las piernas.
Tom, sin quitar la sonrisa, continúo viendo el programa, y empujó aún más la bolsa de papas hacia su regazo. Cruzó las piernas sobre la mesa, como si estuviera marcando territorio.
—Me siento cómodo así.
Bill suspiró, terminó de limpiar las migas y fue por una escoba para barrer el resto del desastre que Tom dejaba. Mientras lo hacía, podía sentir cómo el chico lo seguía con la mirada, disfrutando provocar.
Los gemelos entraron corriendo a la cocina, llamando a su madre.
—¡Mami, queremos ver tele!— Pidió Nikki, casi saltando frente a Bill.
—¡Sí, queremos ver caricaturas!— Añadió el otro.
Bill se dirigió a la sala con los gemelos detrás, comenzó a barrer el desastre de Tom y los miró con calma.
—No, su hermano está viendo algo. Esperen un rato.
—¡Pero queremos ver ahora!— Gritó el mayor, ya frunciendo el ceño.
—¡Sí, ahora!— Repitió el otro, girándose hacia Tom.— ¡Cambia eso, queremos ver caricaturas!
Tom ni siquiera parpadeó, recostado en el sofá con las piernas aún sobre la mesa.
—Váyanse a la mierda.— Dijo sin levantar la voz, pero con la frialdad suficiente para que ambos quedaran en shock.
Bill lo miró sorprendido.
—¡Tom…! No les hables así. Son tus hermanos pequeños, respétalos.
Tom soltó una risa seca y giró apenas la cabeza para mirarlo.
—Calla, puta.
El silencio que siguió fue tan pesado que hasta los gemelos dejaron de quejarse. Bill apretó la escoba entre las manos, sin saber qué hacer y decir.
Tom terminó cambiando de canal sin interés, viendo la pantalla como si nada en el mundo le importara. Los gemelos seguían parados, cruzados de brazos, murmurando entre ellos.
—Tomen, vean sus caricaturas de mierda.— Dijo, dejando caer el control en el sofá con un golpe seco.
Pero no fue un gesto amable; ni siquiera los miró. Sus ojos estaban fijos en Bill, clavados con un odio que ardía sin necesidad de palabras. El ambiente se volvió espeso. Bill le sostuvo la mirada apenas.
Tom se fue directo hacia la puerta. La abrió de golpe y salió a la calle, sin decir una sola palabra más.
Con un portazo que resonó en toda la casa.
Continúa…
Gracias por leer. Te invitamos a comentar 🙂