Fic Toll de WifesKaulitz
Capítulo 10
— Tom, por favor…
— ¿Qué? — finalmente soltó el agarre en mi cabello e hizo que me pusiera de pie. Nos miramos en completo silencio.
— ¿No te parece muy estúpido? A penas nos conocemos y…
— En mi país las cosas son diferentes, allá los obligan a casarse y solo se conocen el día de la boda. — interrumpe acariciando mi mejilla. Sentí nuevamente ese cosquilleo escalofriante en mi estómago. — Bill, sé que es pronto pero en el proceso nos vamos a conocer. Tu mereces a alguien que te lleve a mucho más que el cine y ese soy yo.
— Tú solo me quieres llevar a tu cama.
— También.
— Mhmm… — miré por toda la suite, después empecé a caminar y palpar las cosas. Por el rabillo del ojo ví como se sentó en el lugar que yo estaba antes para seguir bebiendo después de quitarse la camisa. — ¿Sabes? no me gustan los chicos menores que yo. Son muy problemáticos, hasta… inexpertos en la cama. No quiero tener un novio que no me complace.
Soltó una carcajada ruidosa al escuchar las cosas que le estaba diciendo.
— ¿Por qué crees que estoy con Isaac?
— Dices eso porque no me has probado. — finalmente llegué hasta él y agarré la copa que estaba tomando para hacerlo yo también. Acabé de un bocado mientras el me miraba sonriente. Luego, acerqué mi rostro lo suficiente al suyo para estar de frente y relamí los labios. — No me subestimes por tener dieciocho, carita de angel.
— Si solo quieres coger, matemos las ganas aquí mismo y luego te olvidas de mí.
— Imposible, voy a querer darte hasta en el ascensor cada que te vea. — la mano izquierda de Tom ascendió desde mi cadera hasta llegar a mi cuello. Cerró con fuerza y me acercó un poco más hasta que sentí su respiración. Mientras mira mis labios, continua hablando: — ¿No te das cuenta de lo bueno que estás?
Gemí por lo bajo.
— ¿Pretendes que tenga dos novios a la vez?
— Gatito, soy comprensivo. Te daré el tiempo que creas necesario para que termines tu relación con él.
— Dame tiempo para pensarlo, por favor.
— Bill… — amenazó.
— Dijiste que eras comprensivo.
— ¿Y qué vas a dar a cambio?
— El hotel está muy bonito como para desperdiciar una noche entre los dos solos, ¿no crees?
— ¿Solo lo vas a chupar?
Ahora estamos más cerca, hasta el punto de rozar nuestros labios. Sujeta firmemente mi cuello con una mano mientras la otra acaricia mi mejilla y así, finalmente nuestros labios se funden en un beso ardiente y apasionado. La respiración se me vuelve entrecortada mientras su lengua explora cada rincón de mi boca.
Después, sus labios bajan por mi cuello, dejando suaves mordiscos y besos húmedos. Puedo sentir cómo crece entre mis pantalones una erección incapaz de ocultar. Su beso me hace poner ansioso de más.
— Tom. — susurré en medio del beso.
El mencionado se puso de pie para estar a mi altura. Mis manos recorren su espalda, acariciando cada centímetro de su piel mientras nuestros cuerpos se funden en un abrazo apasionado. Continuo está vez el beso con intensidad, dejando que el deseo me consuma por completo.
En ningún momento me suelta el cuello.
Tom ejerce presión sobre mi mientras me empuja contra la pared. Muerdo su labio inferior con la intención de no separarme porque estoy tan excitado. Su cuerpo se presiona contra el mío, creando una fricción entre nuestros sexos.
Lentamente soy despojado de la ropa, los pantalones se quedan a la altura de mis rodillas y me voltea para que le de la espalda. Siento besos en mi hombro, después bajando por mi espalda hasta llegar a mis glúteos.
Me sorprende la pasión desenfrenada con la que los besa. Enciende mi cuerpo a millones.
— Mhmm…, ¡ah! — sentí la calor acumularse en mi rostro de vergüenza y excitación. La razón era que Tom había separado mis nalgas para hundir su rostro. Gemí sin contener porque lo hacía suave y sensual. — ¡Ay! — chillé por él azote tan fuerte de nalgas. Lo hizo a manos llenas sin contemplación alguna.
Eso me volvió loquito.
— Dios, dios, dios… — susurraba calenturiento. — Tom… — provocaba unos escalofríos de placer que no los había sentido nunca.
El susodicho se puso de pie, me abraza por la cintura para que mis nalgas tengan contacto con su entrepierna. Yo estaba demás duro, goteaba mucho líquido seminal ¿y como no? si he pasado en abstinencia por un laaaargo tiempo.
Pronto sentí como rompió un preservativo para ponérselo con agilidad impresionante e hice un berrinche.
— ¿Qué pasa, carita de angel?
— Yo quería ponerlo con mi boca.
— Uh, que bonito te vez. — besó mi mejilla con ganas mientras alineaba su polla en mi recto. Daba caricias suaves justo en la espalda para calmar el dolor que estaba sintiendo cuando lo enterraba. Aruñe la pared y pegué la frente sudorosa. Mi boca formó una «o» perfecta con los ojos bien cerrados. — ¿Duele?
— Solo un poco, mierda.
Desliza su miembro dentro y fuera con calma. Me gusta la paciencia que tiene. Es muy delicado.
Pronto empecé a gemir de placer, lo que le hizo cambiar el ritmo a uno más veloz, descontrolado, intenso…
Estaba gritando con cada movimiento porque eran profundos, alcanzaba mi punto máximo al instante.
Mi cuerpo iba y venía sin control, mi pene estaba sensible y ahora más porque estaba siendo estimulado con salvajada. No podía controlar las ganas de eyacular. Son más fuertes que yo. La pared seguramente quedaría con un bonito adorno para el día siguiente.
— ¡Mhmm! — fui empujado directamente a la cama. Tom quitó el resto que tenía de la ropa para que abra las piernas a su disposición.
Se vió muy atractivo lo sonrojado que estaba. Le brillaba la piel por la capa de sudor.
No estaba demás decir que Tom me había probado en distintas posiciones que acabé rendido en la cama y débil.
Me corrí unas cuantas veces hasta que ya no podía sacar más y no voy a negarlo, si me gustó.
&
La mañana siguiente volví a casa en un taxi, me di una ducha y comí todo lo que encontré a mi paso, tenía una hambre infernal.
¿Serán esas las consecuencias de estar deslechado? si es así, tengo que exigirle a mi futuro novio que llene mi despensa con cosas de mi antojo.
— Bill. — llama Zamira desde la sala interrumpiendo mis pensamientos. Coloqué la botella de yogurt vacía en la basura y me apresuré a llegar hasta donde estaba. La boca se me abrió de par en par.
Juro que se me fue la vida al ver una Pucca gigante sentada en el sofá junto a Garu y en la mitad tenía un osito rosado pequeño con una carta. Observo a Zamira con un toque de envidia.
— ¿Tienes idea de cuánto hemos buscado un par de peluches así de grandes como esos dos y nunca encontramos? dios, no sabes la envidia de la buena que te tengo, ¿quien es el afortunado, eh? yo también los quiero.
— Dime tú, porque eso no es mío, te lo mandaron a ti.
Me atraganté con mi propia saliva.
— ¿Crees que eso lo mandó Isaac?
— Voy a ver la carta. — asentí caminando hasta los dos peluches para sentarme en medio de ellos y agarrar el osito rosado. Lo abracé con ganas y pegué mi mejilla en su cabeza esponjada. Adoro el pelaje junto con el aroma de peluche nuevo, me hace sentir un niño todavía. — Dice… carita de angel…
«… el día que te esperaba en
tu casa me enteré muchas cosas
entre ellas ese gran detalle de tu
amor hacia ese llavero tuyo,
entonces creí que era conveniente
regalarte un par gigante solo
por guapo.
Ah… y me olvidaba el peluche rosado,
lo añadí porque así es el color de
tu ano…»
— T.K.
.
— Bill, ¿qué carajo? — tapé mi rostro con ambas manos muy avergonzado por eso último. Zamora no tenía que haber leído eso, que pena siento. — El vecino fue quien lo mandó, ¿¡por qué!? ¿¡qué hiciste!?
Empecé a contarle lo que había sucedido ayer a detalle mientras escondía mi rostro rojo con él peluche. Zamira primero se molestó después empezó a gritar de la emoción sin control, por poco e iba a dejarme sordo.
— Vamos… — empezó a jalar mi mano a la fuerza.
— ¿A dónde?
— ¡A qué termines con Isaac, hombre! ¿¡a dónde más!?
— ¡Dije que lo iba a pensar! no te dejes llevar por los detalles, aún no confío en el, ¿qué tal si después vuelve a los insultos feos? ¡además no quiero caer tan bajo! solo lo hago hasta ganar su confianza y que borre el vídeo, es todo.
— Entonces le digo yo.
— ¡No! — me tiré a ella pero ya había abierto la puerta y ahí estaba Isaac parado con una rosa blanca. Ambos lo miramos nerviosos, ¿habrá oído lo que estábamos hablando? si es así, estoy cagado.
— Isaac.
— Hola… ¿podemos hablar?
— ¿Hace cuánto estuviste ahí? — cuestiona Zamira de brazos cruzados. Yo también me preguntaba lo mismo antes de responderle.
— Ahorita llegué.
— Ah, ya. Entra. — obedeció al instante. Agarró mi mano para darme la rosa y miró los peluches asombrado. — Son míos, ¿por qué los miras mucho?
— Lo siento.
— Isaac, ¿de qué quieres hablar? — llamé su atención colocando mi mano sobre su brazo. Este me miró con tristeza. — ¿Qué tienes?
— Discúlpame por dejarte plantado ayer, tuve una emergencia en casa y no pude, perdón…
Continúa…
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