

Fic TOLL de Lett_kltz
Capítulo 13
— ¡Llévense todo pero no me hagan nada! —chillé, cerrando los ojos como si eso pudiera salvarme de la pistola que presionaba con insistencia mi cabeza. Un vivo recordatorio que si me movía, gritaba o hacía algo estúpido que enojara a estos dos grandulones, tendría una bala en medio de mis perfectas cejas.
De reojo, miré al tipo que tuvo la libertad de seguirme por la calle; estaba vigilando en la esquina como un perrito faldero listo para saltar y morder si veía a alguien más que pudiera ayudarme. Así que no, no podía darle una patada en los huevos al tipo frente a mí o tendría al otro detrás de mi culo. Ellos eran dos, yo uno. Y como si fuera poco, el que tenía delante mío portaba un arma, además de parecer un intento de fallido psicópata.
No era fácil, nada fácil.
Ví al frente de nuevo, y ojalá no lo hubiera hecho, porque solo encontré su asquerosa sonrisa peligrosamente cerca de mi cara, su aliento chocaba contra mi cara y no pude evitar girar la cabeza a un lado. Esto era incómodo y terrorífico en toda la extensión de la palabra.
— Que lindo, así si dan ganas de robar más —la voz burlona del hombre hizo que toda mi piel se erizará como si me hubieran echado una balde lleno de cubos de hielos. Tome una bocanada de aire como pude, mi espalda chocaba contra la pared, pero yo sentía la necesidad de retroceder más.
Tonta pared ábrete y trágame si puedes hacerlo.
No fue asi como quise terminar la noche, ni siquiera yo sabía como había acabado aquí… bueno si sabía. ¿Pero quién diablos pensaría que el callejón por dónde siempre paso y nunca pasa nada me llegarían a asaltar?
Maldita sea, hubiera evitado caminar por esta calle solitaria y desolada que desde un principio me dio mala leche de solo verla, pero no. Yo, en mi estupidez por querer ahorrar tiempo, tome la grandiosa y fantástica decisión de seguir de todas formas.
Sin duda la próxima vez le haría caso a mi instinto y descartaría la idea de pensar que soy un paranoico.
— La mochila, bonito —señalo con la barbilla mi mochila que descansaba en mi hombro.
Mierda.
Mierda, mierda y más mierda.
No quería entregarle nada, en la mochila estaban todas las cosas que me había esforzado en comprar con horas extras, soportando gente insufrible que te tocaban las pelotas como si hacerlo fuera su don. MIS COSAS, cosas que adoraba más que a mí mismo… Entonces:
¿La mochila o mi vida?
Umm…
Mi vida. No iba a morir, no esta noche, no cuando tengo una venganza en marcha que va tal como quiero. Y por más importantes que sean mis cosas y las adore más que a mi mismo, tendría que lidiar con su ausencia.
Mis manos fueron automáticas, temblorosas como una gelatina flácida. Me descolgué la mochila y se la extendí como si estuviera agarrando una rata. No quería hacer esto más doloroso, tenerla un segundo más me haría arrepentirme de mi decisión. Pero por suerte el imbécil la tomo de un tirón, volviendo a reír.
— A ver… que tenemos por acá.
Bufé.
— ¿Vas a revisar la mochila, en serio? —alcé las cejas. ¿Que era todo esto? ¿Un robo o un unboxing? Es la primera vez que me asaltaban y… ¡Oh sorpresa! El ladrón se pone a revisar la jodida mochila, ¿Que no se supone que después de robar a su víctima salen corriendo?— ¿Estás de broma? —mi voz salió burlona sin poder controlarla. Me tape la boca al procesar lo que dije, pero era tarde; el tipo me había escuchado fuerte y claro.
Joder, yo y mi boca suelta.
— Escucha niño bonito: cállate o una linda bala de esta pistola va a perforar tu cara de puta —él volvió a presionar la pistola contra mí sien, está vez más fuerte— ¿O te lo tengo que explicar con manzanitas?
Silencio.
El silencio fue mi única respuesta.
No iba a decir nada más para defenderme o el intento fallido de psicópata me mataría aquí mismo por mi insolencia. Aunque la garganta me ardía con mil insultos que ni sabían que existían y no dudaría en inventar, ¿Había escuchado mal o el idiota este me había dicho puta?
— ¿Qué? —su estúpida voz volvió a sonar cerca mío— ¿Te enojaste muñequito?
Respire hondo.
¡Si! Estaba hasta los cojones de este par, ¿Que acaso no podían robarme e irse corriendo? ¡Claro que no! Ellos no son ladrones normales, a uno lo tengo pegado como chicle a mí, cómo si entablar una conversación conmigo fuera su unica preocupación del mundo.
Ya, solo róbenme y váyanse. Solo pido eso.
— ¿Te comió la lengua el gato? —soltó una pequeña cargada, negando suavecito, burlándose de mí el muy descarado. Él lo hacía a propósito— Pues bien, calladito te ves más bonito.
Bla, bla, bla. Métete tus palabras por…
— Los anillos, dame los anillos, y ese collar también. Se ve fino, y si es fino lo robo. Ya sabes, ley de vida, bonito.
No tuve más opción que entregarle lo que me pedía. Después de un rato aguantando las estupideces que soltaba. Ambos se fueron tan campantes, como si no me hubieran robado hasta la existencia. Incluso los pude escuchar burlarse de «lo fácil que fue asaltarme».
Ja…
Ni un centavo me dejaron, y lo peor del caso es que tendría que ir a casa caminando, ¿Que castigo peor que ese? Eran miles de metros.
Mhm… Aún así, corrí veinte cuadras solo para llegar a Tom, podría hacerlo ahora sí me lo proponía.
Si, si podía.
Pero… ¿A qué hora exactamente llegaría a casa?
Ni de broma les iba a decir a mis padres que me robaron. Ellos empezarían con su maldito sermón de horas, y yo ya me imaginaba sentado en el sillón sin saber que decir. Y como cereza del pastel, no aceptarían que trabaje en el restaurante ni en ningún otro lugar, harían lo que fuera para que renuncié, incluso atarme a la cama si eso aseguraba mi bienestar. No podía darme esa libertad, necesitaba el dinero, y convencerlos para que me dejarán trabajar no fue nada fácil, tuve que rogarles semanas enteras, diciéndoles que era seguro, que nada me pasaría.
Suspiré con desdén y camine sin ánimo por el callejón. Al llegar a la calle principal, mire los alrededores; pocas personas esperando un taxi o caminando.
Ni un solo policía cerca, siendo unos fantasmas en los momentos que se los necesitaba. Bueno, mis cosas ya las daba más que perdidas, de nada me serviría ahora tratar de encontrar a los ladrones.
Seguí andando por las calles habituales, rogando que por casualidades del destino Tom aparezca y sea mi salvación como lo fue antes. Por favor universo, ponlo en mi camino otra vez.
Y aunque me costaba admitirlo, si Rodrigo aparecía con su estúpida moto no dudaría en pedirle que me lleve a casa. Este era un punto de desesperación máxima.
Pero… Nada.
Pasaban los minutos, caminaba como un zombi, arrastrando los pies y deteniéndome cada poco. Las tiendas iban cerrando en cada cuadra y mi única compañía eran las luces de los faros.
No sé cuánto tiempo paso. Solo ví la puerta de mi casa a unos metros.
Me detuve en la entrada, viendo las luces aún encendidas en el interior. No tenía otra opción más que golpear a la puerta porque no tenía mis llaves, y cuando dije que todo estaba en mi mochila, fue literalmente todo.
Mamá apareció frente a mí, con el ceño fruncido que se le relajo al verme.
— Cariño… ¿Donde estabas?
Carajo… Tengo que inventar algo pero rápido.
— Eh… con Sasha, mamá. Me la encontré por el camino y ya sabes como somos cuando estamos juntos. Se me pasó el tiempo, lo siento —murmure tan bajito que no sé si ella pudo escuchar algo.
— ¿Y tus llaves?
Tragué saliva.
— Las perdí en el caminó, ya sabes lo despistado que soy… —solté una risita baja, encogiéndome de hombros.
— Ten más cuidado la próxima vez, Bill —intento regañarme, pero su tono era suave, y la sonrisa que asomaba a sus labios era otro cuento— Estaba preocupada. Te llamé muchas veces, cariño. A veces no sé porque tienes un teléfono si no respondes mis llamadas.
— Se me apagó el celular —contesté rápido, demasiado rápido. Ella me miró curiosa unos segundos, buscando algo más en mi mirada que no iba a darle.
Al final asintió, y se hizo a un lado para que pudiera pasar.
— Debes tener hambre…
— No, mamá. Estoy bien, gracias— la interrumpí.
Solo necesitaba una ducha caliente, meterme en la cama y olvidar este fatídico día…
Maldito jueves.
&
Cómo las chicas lo habían prometido, se habían encargado de convencer a mi madre para pasar fuera este fin de semana. El viernes habían llegado de sorpresa a casa con sus postres favoritos y charlas animadas de porque era bueno que «pasáramos más tiempo juntos.»
Esa misma tarde en mi trabajo le pedí prestado el celular a uno de mis compañeros para poder hablar con Lia, Sasha o April.
Pero la única que contesto fue Lia; le conté todo. Ella me dijo que ya tenían un plan en mente… Y bueno, yo confiaba en ellas.
Como dije, ellas hicieron que mamá diga ese tan esperado «si», después de media hora de charlas en las que solo les faltaba arrodillarse.
«Estaremos en la casa de April.»
«Iremos de compras.»
«También daremos un paseó por el bosque.»
«¡Es el cumpleaños de Lia!»
Y con eso último, mamá ya no pudo negarse. Yo estuve más que feliz, festejando por dentro. Pero las chicas gritaron, como si fueran ellas las que pasarían ese fin de semana al lado de Tom. Se me hizo gracioso, aunque les agradecía y debía más que lo que imaginaba.
April se encargo de prestarme su celular y pude contactar a Tom. Todo había salido más que bien, evitando la noche del robo.
Y ahora estaba aquí… Sentado, respirando el aire del parque, esperando a que el auto de Tom llegue.
No sé que le pasa a mi cuerpo, mi piel se eriza de solo pensarlo. Mi mente reproducía su cara y su sonrisa sin mi consentimiento, mi piel recuerda sus toques y mis labios aún guardan el rastro de sus besos.
Estaba… ¿Nervioso?
Jo… claro que no. Es solo una venganza, no hay sentimientos involucrados. Es solo la adrenalina que corre por mis venas, la embriaguez por tener lo prohibido.
Solo eso.
— ¿En qué piensas tanto? —la voz me tomo desprevenido. Mire al frente y lo encontré a unos pasos, con unos lentes oscuros, ropa deportiva. Pero lo que más me atrapó de una forma bruta fue la sonrisa que tenía… Me quedé bobo, hipnotizado sin quererlo.
El semblante de Tom era, ¿Cómo decirlo? No sabías si te estaba comiendo con la mirada o siendo amable. O las dos cosas. Todo era probable con él.
Eso, eso era ser un seductor nato. Pero no me imaginaba a Tom siendo un galán con lo serio e inexpresivo que se mostraba ante todos. Aunque este tiempo a su lado me está mostrando cosas que no creería, cosas que antes no se me pasarían por la cabeza.
Es divertido, si. No te aburres con él, y sobre todo, es guapo. El sueño de toda mujer, incluso el de mi tía.
Pero sus caprichos y discusiones lo alejan de él, y como bien dicen: el que se va a villa, pierde su silla.
Y Heidi ya perdió la silla, no hay retorno. Ni siquiera con brujería.
— ¿Bill?
Sacudí la cabeza y me puse de pie de un salto, arreglando mi cabello y relajando mi cuerpo. Agarre mejor la mochila que me acompañaba y camine hacia él.
— Hola… —siseé, y mis ojos recorrieron su figura disimuladamente.
Tom, nunca dejes de usar ropa deportiva, por favor.
— ¿Que pasa? Hoy estás distinto.
— ¿Yo? —negué, con una sonrisa traviesa recorriendo mis labios. Evadiendo su pregunta— Para nada… ¿Nos vamos?
Tom me miró más segundos de la cuenta, queriendo ver dentro de mi, buscando cualquier cosa que le diera la razón. Yo me mantuve sereno, aún sin borrar la sonrisa que aparentaba normalidad en mí. No queria decirle que estaba así por mis cosas, que me habían robado. No porque no sentía la confianza para hacerlo, si no que… no quería preocuparlo o algo así.
Estábamos aquí para pasar un agradable fin de semana. Y tenía que ser eso: agradable, liviano y desestresante. Quería sacar de mi cabeza este jueves de terror.
Él bufó con resignación cuando no encontró nada sospechoso.
— Vamos… mi auto está por allá. Si quieres podemos ir a comer a… —sus palabras se detuvieron abruptamente. Respiro hondo, como si hubiera recordado algo que no quería. Lo ví en sus ojos, un pequeño brillo que fue casi imperceptible, pero pasó— Mejor vamos al lugar que tengo planeado. Nada de lugares públicos ni restaurantes.
Ahí entendí que pasaba.
— ¿Tienes miedo de que otro tipo me mande un vino? —bromeé, pero a Tom no le dió risa. Su semblante se puso más serio y murmuró algo ininteligible.
Había tocado un punto sensible…
Vaya, vaya.
— ¿Miedo? No, es todo lo contrario —refunfuño, pasándose una mano por la barba— Son celos. No quiero que nadie más aparte de mí te vea.
Oh… Que bien se sentía oírlo salir de sus labios.
Pronto, empezamos a caminar por el parque, yo a su lado con las manos en los bolsillos. Esas palabras se hundían de una manera venenosa en mi mente. Y la sonrisa que tenía me parecía irreal, solo un poco más y soy un anuncio perfecto para Colgate. Bien, Bill, que grandioso todo, ahora sonríes como un maldito psicópata por algo… que no debería importar.
Nuestros hombros se rozaban de vez en cuando y un silencio nos acompaño por un rato. Nada incómodo, nada que te haga querer salir corriendo, era acogedor.
Mantenía la vista en el suelo, mirando mis botas y… joder eran mis favoritas. Sin duda la mejor inversión que pude hacer. Y aunque fueran llamativas, el que las portaba lo era aún más, yo hacía brillar cada atuendo como si fuera un modelo.
Y hablando de modelos, ahora que me lo planteaba en la cabeza, ¿Por qué no soy uno? Digo, tengo la altura perfecta, el cuerpo ni se diga; la cara y la actitud para sobresalir. Ya me imaginaba a todas las agencias peleándose por mi. Y siendo sincero, cualquier cosa por enojar a Heidi era tentador.
Porqué no…
— Entra —Tom estaba en frente mío de nuevo, está vez con la puerta de su coche abierta para que yo me digne a entrar.
— Como órdenes —fue lo único que dije, guiñándole un ojo antes de subirme al asiento de copiloto por completo.
Él rodeó el auto y se subió con calma, casi perezoso. Y ahí estaba, otra vez ese silencio interrumpido por el rugir del motor. La cuidad como siempre era un caos, embotellamientos por aquí, gente estresada por allá.
— ¿Que les has dicho a tus padres como para pasar un fin de semana fuera y te dijeran que sí? —le oí.
— Solo un par de mentirillas —repetí con una sonrisa pícara, encogiéndome de hombros como si no fuera gran cosa. Tom me miró de reojo, con esa ceja arqueada que siempre me hacía sentir que me estaba escaneando el alma.
— ¿Mentirillas? —repitió, su voz baja y divertida, pero con ese tonito que decía que no se la creía ni un poquito— ¿Qué tan grandes fueron esas mentirillas, Bill?
Bufé, cruzándome de brazos y mirando por la ventana como si de repente el tráfico de la ciudad fuera lo más interesante del mundo.
— Nada importante —le solté, con mi mejor tono de burla— Solo lo necesario para que me dejaran salir un fin de semana entero. Punto.
Él soltó una risa corta, tamborileando los dedos contra el volante.
— Si, claro… —declaro, cambiando de carril con una mano sola en el volante. La otra… ay, la otra descansaba en la palanca de cambios, peligrosamente cerca de mi pierna. No la tocaba, pero el calor se sentía igual— Un día tus padres van a descubrir que eres un mentiroso profesional y te van a encerrar para siempre.
— Ojalá lo intenten —respondí, rodando los ojos— Ya vería cómo escaparme por la ventana. Además, ¿Quién eres tú para hablar de mentir? El señor “vamos al lugar que tengo planeado” que de repente decide que los lugares públicos y restaurantes son muy peligrosos para mí.
Tom apretó los labios, conteniendo una sonrisa.
— No es mentira. Es precaución. No quiero compartirte.
Uff… otra vez con eso.
Mi corazón dio un saltito y tuve que mirar al frente para que no viera cómo me subía el color a las mejillas.
— Posesivo —murmuré.
— Mucho —confirmó él sinvergüenza.
Intentó sacar más información después de eso. Que qué había hecho estos días, que si había pasado algo en el trabajo… Pero yo le salía con cada excusa más tonta que la anterior.
«Estaba calculando cuántas horas extras necesito para comprarme algo más lindo que lo que me rob… eh, que lo que vi en una tienda.»
Casi se me escapa lo del robo. Casi.
Él seguía insistiendo, con esa paciencia de depredador que sabe que tarde o temprano la presa va a tropezar. Pero yo no tropecé.
Lo que sí me di cuenta después de un rato largo de manejar, fue que la ciudad se estaba… desapareciendo.
Los edificios altos dieron paso a unos más bajitos, luego a casas con jardines, luego a puro verde. Árboles, campos, cielo abierto. El tráfico se volvió lejano y el aire que entraba por la ventanilla ya no olía a cuidad sino a pasto recién cortado.
Fruncí el ceño.
— Tom… ¿A dónde me estás llevando?, ¿Me vas a matar en medio de un bosque?
Él solo sonrió de lado y subió el volumen de la radio. De repente el auto se llenó de hip hop, de esos que tienen bajos pesados pero son pegajosos y aprendes la letra de la canción en contra de tu voluntad. Me miró un segundo, cantando bajito una parte, moviendo la cabeza al ritmo como si nada.
¿En serio?
Me dieron ganas de reírme, pero también de grabarlo para tener material de chantaje de calidad. Lo hubiera hecho, claro que si, pero recordé que mi teléfono ya no estaba más conmigo.
Auch… Después de este fin de semana en el que al menos tenía a Tom para pasar el rato, ¿Que seguiría después de esto? El curro como mínimo me mantendría distraído desde las una de la tarde hasta las siete de la noche.
Y no es por exagerar, pero yo soy un maldito dependiente al teléfono. Lo uso para todo y nada. Pero ahora, no tenerlo era una agonía mortal.
Tendría que ahorrar para comprar uno idéntico, pero pronto o mamá se daría cuenta, no en todas las ocasiones saldría con la excusa de «No tiene pila», ella sospecharía aún más. Las mamás tienen ese don sobrenatural, no sé cómo, pero siempre te pillan tarde o temprano, y mi madre me conocía como la palma de su mano. No podía ocultarlo y fingir demencia por mucho. Y mi padre… ni hablar.
Seguimos manejando. Todo era más verde, más silencio, menos señales de civilización. Hasta que, después de un tramo largo en donde yo ya estaba entre divertido y confundido, Tom bajó la velocidad y giró hacia un camino privado flanqueado por árboles altos.
El auto se detuvo frente a una reja enorme que se abrió sola. Y detrás… una finca. Pero no una finquita cualquiera. Una de esas grandes que parecía sacada de revista, con establos al fondo, piscina que brillaba bajo el sol y jardines perfectos muy bien cuidados… Todo gritaba dinero y buen gusto, como siempre, típico en Tom.
Me quedé mirando como idiota.
— ¿Qué…? —fue lo único que salió de mi boca.
Tom apagó el motor, se quitó los lentes oscuros y me miró con una sonrisa traviesa.
— ¿No querías montarte en Tormenta? —exclamó, como si fuera lo más obvio del mundo— Pues aquí estamos. Lo vas a conocer.
¿QUÉ?
Mi cerebro tardó tres segundos en procesar. Y cuando lo hizo, una sonrisa enorme, de esas que no puedo controlar se me escapó.
— ¿En serio? —pregunté, ya desabrochándome el cinturón— ¿Trajiste a tu caballo aquí?
— Siempre estuvo aquí —respondió él, bajándose del auto— La finca es mía. Bueno, de la familia, pero este fin de semana es nuestra.
Nuestra.
Esa palabra se me quedó dando vueltas en la cabeza mientras bajaba del auto. El aire era fresco, olía a tierra y a paz. Uno de esos lugares en los que dejas tu mente en blanco, sin preocupaciones. Caminamos hacia la entrada principal, yo todavía procesando el tamaño del lugar, era ENORME, obvio no esperaba menos de alguien como Tom, cuando de repente sentí su mano en mi cintura. Me pegó a su costado como si fuera lo más natural.
Di un saltito interno y miré alrededor por instinto, buscando… no sé, empleados, jardineros, alguien que pudiera vernos.
— Tom… —murmuré, medio nervioso.
Él se inclinó un poco, como si me hubiera leído el pensamiento.
— Tranquilo —susurró, y su voz me erizó toda la piel— Aquí no hay absolutamente nadie. Ni personal, ni familia, ni curiosos. Solo tú y yo todo el fin de semana. Podemos hacer lo que queramos… con total libertad.
Ay Dios.
Mi mente traicionera inmediatamente fue a lugares prohibidos. Imaginé sus manos por todos lados, su boca, su cuerpo contra el mío sin miedo a que nadie nos interrumpa… y sentí que me calentaba entero.
Tragué saliva y traté de disimular, pero él seguro lo notó porque su mano apretó un poquito más mi cintura.
Entramos a la finca y… wow. Los techos eran altos, la madera rondaba por todos lados, los ventanales enormes que daban al campo y la decoración era espectacular. Olía rico, a algo de lavanda y flores.
Tom cerró la puerta detrás de nosotros y me soltó solo para quitarse la sudadera. No pude evitar que mis ojos lo recorrieran, se veía bien, esa polera negra ajustada definía tan jodidamente bien su cuerpo. Instintivamente, yo me quité también la chaqueta. Por estos lugares suele hacer mucho más calor que en la cuidad… o tal vez ese calor repentino sea Tom.
Mhm…
— Ahora sí, ¿Tienes hambre? —preguntó con un tono más suave— Podemos cocinar algo juntos si quieres. Y no es por jactarme, pero cocino increíble.
— No lo dudo —respondí, con una sonrisa que esta vez no era sarcástica ni burlona— Vamos.
Y mientras él me guiaba a la cocina enorme y preciosa, con su mano otra vez en mi cintura como si no pudiera dejar de tocarme, yo ya tenía en cuenta que todo lo que venía estos días serían interesantes.
Demasiado.
La cocina era un sueño y estaba más que seguro que mi madre se volvería loca en un lugar tan grande como este. Había una encimera de mármol blanca en el centro. Tom se acercó a ella y sacó los ingredientes con serenidad: carne de res, verduras frescas, especias y una bandeja grande.
— Vamos a hacer un estofado picante… —anunció, remangándose la polera negra hasta los codos. Dios, esos brazos— Con arroz y algo de puré de papas.
Sonreí.
— Mientras no me hagas picar cebollas, estoy dentro.
Él soltó una carcajada baja y me pasó un delantal que encontró colgado en la puerta.
—Póntelo, chef. No quiero que te manches esa ropa que tanto te gusta presumir.
Me lo até con dramatismo, remendando sus palabras y haciendo un nudo exagerado atrás.
— ¿Me queda bien? ¿O me veo más sexy sin él?
Tom me miró de arriba abajo, mordiéndose el labio inferior un segundo.
— Demasiado sexy. Me vas a distraer.
Después de un pequeño debate, empezamos.
Él cortaba la carne y yo picaba las verduras, menos la cebolla, obvio, él se encargó y se quejaba de que le ardían los ojos. Ví unas lagrimas resbalar por su mejilla, mientras luchaba por mantener los ojos abiertos y cortar bien las cebollas.
En una de esas, a Tom se le ocurrió acompañarlo con pan de ajo. Y bueno, era rico, me gustaba ¿Por qué no?
Él se encargo de preparar la masa y yo le ayude con lo más «básico», por no decir fácil.
Cuando estuvo listo, lo metió al horno y volvimos a concentrarnos en las verduras. Y mientras yo echaba las zanahorias a la olla, Tom se acercó por detrás fingiendo ayudar y me robó un trozo.
— Ladrón —lo acusé, dándole un codazo suave.
Él se lo metió a la boca entero, masticando con cara de desafío.
— Riquísimo. Prueba.
Y antes de que pudiera reaccionar, me metió otro trozo en la boca con los dedos. Rozó mis labios a propósito.
Maldito.
— Estás jugando sucio —protesté, pero ya me reía.
La guerra empezó ahí. Yo le lancé un pedacito de apio, él me respondió salpicándome con un poco de agua. Terminamos persiguiéndonos alrededor de la cocina, riéndonos como dos críos.
— ¡Para, para! —grité cuando me acorraló contra la encimera. Sus manos descansaban a cada lado del mármol, no tenía escapé.
— ¿O qué? —preguntó, acercándose peligrosamente.
Le tiré harina que estaba a un lado. Le cayó en el pecho y un poco en la cara. Tom se quedó quieto un segundo y luego atacó. Sus dedos fueron directos a mis costados.
— ¡Tom, no! —me retorcí muerto de risa, intentando escapar pero él me tenía atrapado entre sus brazos y la encimera.
— Pide perdón por haberme echado harina.
— ¡No!
Más cosquillas.
Las lágrimas se me salían. Al final me rendí, recuperando la respiración como si me hubieran sacado del agua.
— Perdón, perdón… Tu ganas —suplique.
Él paró. Sus manos se quedaron quietas en mi cintura pero no se apartó. Nuestras respiraciones estaban agitadas, las risas se fueron apagando poco a poco y nos quedamos mirándonos.
Solo eso. Mirarnos.
Tenía harina en la mejilla, yo fijo era un desastre, pero sus ojos… esos ojos marrones me estaban devorando. La sonrisa que tenía era suave y la mía seguro era igual de boba.
Iba a decir algo, lo vi abrir la boca apenas, pero ni lo dejé.
En menos de un segundo me lancé a sus labios. Él respondió al instante, inclinándose y profundizando.
Un beso lento, suave. Pero los besos así no duran mucho; la intensidad de nuestras lenguas subían, tratamos de controlar al otro. Yo le mordía el labio inferior, arrancándole gruñidos que hacían que mi cuerpo se encendiera aún más. Su voz grave y ronca era una delicia para mis oídos.
Sus manos subieron por mi espalda y me pegó más a su cuerpo. Yo enredé los dedos en su pelo, tirando un poco hacia atrás.
De imprevisto, Tom me alzó de las piernas sin esfuerzo y me sentó en la encimera. Me abrió las piernas para meterse entre ellas como una serpiente que arremete contra su víctima, y yo las enrosqué en su cintura automáticamente, atrayéndolo más.
Sus manos bajo mi camiseta fueron suaves, como si fuera la primera vez que me tocará y tuviera miedo romperme. Las mías en cambio, bajaron por su pecho con rudeza, sintiendo los músculos tensos bajo la tela. Tiré de su polera hacia arriba, él se la quitó en un movimiento rápido y la lanzó al suelo.
Piel contra piel, más besos, más profundo. Sus labios bajaron por mi cuello, mordisqueando y yo solté un gemido bajito que no pude controlar.
Estaba perdido. Totalmente perdido en él.
— Quítatelos —murmuró, dejando una última mordida en mi cuello antes de alejarse para darme un poco más de espacio.
No le iba a hacer que lo repita dos veces. Como un cachorro que obedece a su dueño, lleve mis manos atrás de mi espalda, desatando el delantal y tirándolo lejos. Luego pase al borde de mi polera, dejando poco a poco al descubierto mi abdomen y mi pecho.
Las malditas hormonas me estaban matando vivo, me sentía en el paraíso y…
— Mierda… —le escuché y me detuve. Mis brazos quedaron entendidos hacia arriba y la tela cubría mi cabeza. Bajó las manos a mis muslos, apretando una vez.
— ¿Que pasa? —interrogué, cuando sentí que se alejaba por completo de mí.
— El pan de ajo está listo —soltó una risa burlona. Claro, increíble, ahora su prioridad era el maldito pan de ajo… — Lo voy a sacar del horno —canturreó.
El horno. El maldito pan de ajo avisando que ya estaba listo. El momento se había esfumado como humo.
Diablos.
Yo me quedé como un idiota, sentado en la encimera, con la polera tapándome la vista. Que genial todo, eh…
— Tengo tanta hambre que te comería a ti entero ahora mismo —aproveche para bajar la polera de nuevo, y cuando nuestras miradas se encontraron, él me sonrió con cinismo— Pero eso… eso lo guardamos para después.
Me mordí el labio inferior sin querer.
— Y esta vez sin interrupciones —finalizó, con esa voz ronca que me prometía el cielo y el infierno al mismo tiempo. Camino hacia su polera en el suelo y se la puso de nuevo.
Tragué saliva con dificultad, como si mi garganta tuviera una lija por dentro. Mis piernas todavía temblaban un poco cuando bajé de la encimera, planchando la polera como si eso pudiera disimular el desastre que era mi cara: rojo como tomate, labios hinchados, pelo revuelto. Tom me dio una última mirada cargada antes de girarse hacia el horno, poniéndose unos guantes de cocina como si nada hubiera pasado. Cómo no, si ese es su don; fingir que nada pasa.
Puff…
Lo vi sacar la bandeja con el pan dorado y humeante, dejarla en la mesa con calma y quitarse los guantes. Todo tan normal, tan controlador. Yo me quedé ahí de pie, un poco decepcionado. Bueno, bastante. Cruzado de brazos para disimular.
“Tranquilo, Bill”, me dije por dentro. “Ya habrá tiempo para eso. No pueden estar follando a cada rato como conejos en celo”. Aunque, joder, con él sí podría.
Revisamos la carne después: ya estaba tierna y jugosa. Apagamos el fuego, servimos todo en platos y nos fuimos al comedor que daba al ventanal enorme. Ls luz del sol entraba con amplitud, haciendo todo más agradable con su brillo dorado.
Nos sentamos el uno frente al otro. Sin decir nada, ni pio, solo el sonido de los tenedores y el canto lejano de los pájaros. Estaba rico, demasiado rico, la carne se deshacía en la boca, las especias le daban el toqué, todo en su punto.
Tom levantó la vista, con una sonrisa presumida.
— ¿Está bueno?
Rodé los ojos, pero asentí.
— Sí, está bueno —me lleve un pedazo de pan a la boca.
Él se señaló el pecho con el tenedor, todo chistoso.
— Obvio. Si soy un cocinero excelente. Deberías agradecerme de rodillas.
Puse cara de incredulidad y solté una risa.
— Eres un creído y ególatra —le solté, pero por dentro le daba todos los puntos del mundo. Cocina delicioso el muy desgraciado.
Terminé el plato satisfecho, con la panza llena y feliz. Me recosté un poco en la silla, suspirando.
Tom me miró, limpiándose la boca con la servilleta.
— ¿Quieres que te muestre toda la finca? Hay mucho por ver.
Mis ojos se iluminaron solos. Soy curioso como un gato, y un lugar así… imposible decir que no.
— Llévame.
Se levantó, camino hacía mi, me tomó de la mano y me guió por pasillos hasta un cuarto aparte. Al abrir la puerta, lo primero que divisé fue una mesa de billar enorme.
Sonreí de oreja a oreja.
— ¿Tienes cuarto de juegos? —lo miré desafiante— Juguemos. Te reto.
Él arqueó una ceja, cruzándose de brazos con esa actitud suya.
— Acepto. Pero si gano yo… me debes un favor. Uno que yo elija.
Me mordí el labio, fingiendo pensarlo.
— Y si gano yo, lo mismo.
— Trato hecho —agarro un taco que estaba en la pared, lo untó con tiza azul y me lo entregó mientras me explicaba rápido las reglas, aunque yo ya sabía, pero dejé que hablara porque me gustaba verlo serio.
Empecé, me incliné, apunté y golpeé. Dos bolas sólidas directas entraron a las buchacas y las otras rodaron por toda la mesa.
— Suerte de principiante —murmuró él, pero ya se le notaba el pique.
Le tocó a él.
Se inclinó sobre la mesa, el taco deslizándose entre sus dedos y golpeó: tres rayadas seguidas, una tras otra. Tom se movía alrededor con calma, calculando cada ángulo.
Joder, hasta jugando billar estaba sexy.
Cuando me tocó otra vez, decidí que era hora de jugar sucio.
Me acerqué despacio, me puse justo detrás de él. Mi espalda contra su pecho. Fingí que iba a apuntar desde ahí y me incliné sobre la mesa restregándole «sin querer” el culo contra su pelvis. Suave pero obvio.
Un poco de sufrimiento para él.
Sentí cómo se tensó entero, su respiración se cortó y tuvo que tomar aire.
— Ups —susurré, moviéndome un poquito más para ajustar la posición— Es que desde aquí veo mejor la mesa. No te molesta, ¿O sí?
Tom soltó el aire despacio y su mano bajó un segundo a mi cadera, apretando.
Lo iba a tomar como un «No, no me molesta.»
Hice el tiro fingiendo concentración, el taco chocó contra la bola blanca que rodó perfecta y mandó dos sólidas a la buchaca. Me enderecé despacio, sintiendo todavía el calor de su cuerpo detrás de mí y me di la vuelta.
Ahí estaba Tom, a centímetros, con los ojos oscuros fijos en mis labios. La mandíbula apretada, la respiración un poco más pesada de lo normal. Quería besarme. Lo vi clarísimo, esa mirada hambrienta, la forma en que se inclinó apenas hacia adelante buscando de mi contacto.
Ladeó la cabeza con una sonrisa encantadora.
— ¿Te pasa algo? —balbuceó, todo inocente.
Él avanzó un paso más, como si ya no pudiera resistirse, pero yo me aparté justo a tiempo, girándome hacia la mesa con una risita baja. Pequeña venganza por lo de la cocina. Que sufra un poquito, que sepa lo que se siente.
Tom soltó un bufido bajo, mitad frustrado mitad divertido y se pasó la mano por el pelo, revolviéndolo.
— Nada… —cuchicheó, pero ya estaba cogiendo el taco otra vez.
Seguimos jugando. Yo intenté distraerlo un par de veces más, pero él ya estaba mas concentrado.
Fallé un tiro fácil por estar demasiado pendiente de cómo se le marcaban los brazos cada vez que se inclinaba, y al final… ganó él.
Obvio.
Se enderezó, apoyó el taco en la mesa y me miró con esa sonrisa de maldita superioridad.
— Mi favor… —anunció, acercándose despacio— Créeme, voy a saber aprovecharlo.
Fruncí el ceño.
— ¿Ahora? —pregunté, cruzándome de brazos.
Él negó con la cabeza, sus ojos brillando con algo que no logré descifrar.
— No hoy —respondió simplemente y se giró hacia la puerta— Vamos. Ahora sí es momento de que conozcas a Tormenta.
No dije nada más. Me quedé con la intriga clavada en el pecho, pero lo seguí igual.
Salimos de la casa y el sol seguía en su punto, más abrasador que antes. Caminamos por el sendero de piedra que cruzaba los jardines, con vistas realmente hermosas.
Mientras avanzábamos hacia las caballerizas, Tom iba hablando de tonterías: que el jardinero venía solo dos veces por semana, que la piscina estaba climatizada por si quería meterme después, que tenía un viñedo pequeño más allá del establo. Yo lo escuchaba a medias, más pendiente de cómo el sol le iluminaba el perfil y le hacía brillar el pelo.
Llegamos y ya se oían los relinchos suaves, el golpeteo de los cascos contra el suelo. Eran tres caballos: uno castaño, otro blanco con manchas y uno negro azabache que destacaba como un rey entre plebeyos. Grande, musculoso, con el pelo largo y brillante.
Ese tenía que ser.
Tom sacó unas zanahorias de un saco a su derecha y me pasó un par.
— Dales un poco. Les encanta.
Me acerqué primero al castaño, que me olfateó la mano con curiosidad antes de coger la zanahoria. Le acaricié el cuello, sintiendo el calor del pelaje bajo mis dedos, era muy hermoso.
— Eres precioso —le susurré, y él resopló como respondiendo.
Pasé al blanco, que era más juguetón y me empujó un poco con la cabeza pidiendo más. Reí bajito, rascándole detrás de las orejas. Hasta el negro se acercó cuando le ofrecí la zanahoria, aunque con cautela: me miró fijo, como evaluándome antes de aceptarla.
Tom estaba apoyado en la pared de madera, mirándome con una sonrisa suave.
— Ese de ahí es Tormenta —confirmó, señalando al negro— Lo tengo desde potrillo. Mi padre me lo regaló cuando cumplí dieciséis. Decía que un hombre necesita un buen caballo para sentirse libre.
Lo dijo tranquilo, pero había algo en su voz… nostalgia, cariño puro. Me giré a mirarlo, todavía acariciando el hocico de Tormenta, que ahora me empujaba suavecito, pidiendo más mimos y zanahorias.
— ¿Y es tan bravo como su nombre?
Tom soltó una risa baja.
— Solo con quien no conoce. Contigo va a portarse bien, ya lo verás.
Se acercó, puso su mano sobre la mía en el cuello del caballo, y por un segundo nos quedamos así: en silencio, con el olor a heno y a animal llenándonos los pulmones.
Después de un rato, Tom se apartó un paso y me miró directo a los ojos.
— ¿Quieres montarlo?
Continúa…
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